Barcos y monstruos marinos

Por 28 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (No Comentarios)

Sentada esta tarde en una linda isla, esperando que amaine el Meltemi para zarpar, y pensando indudablemente en la belleza, como no puede ser de otro modo en un lugar como este, me ha dado por especular que el diseño de los barcos ha iniciado un lento declive hacia la degradación de las líneas y los cánones de belleza en aras de una mayor comodidad.

No voy a entrar en el mundo de las motoras, que me horroriza, porque amarradas unas al lado de las otras me recuerdan a una inmensa zapatería de deportes. Y prefiero olvidar las grandes unidades, esos yates modernos que iluminan cielo y mar por las noches, cuyo único propósito es la ostentación y normalmente pertenecen a propietarios, ricos riquísimos, sin el más mínimo gusto por las cosas. Siempre hay excepciones, está claro pero estas no justifican lo anterior.

Una flota de veleros fondeada, siempre ha sido una imagen de gracia y esbeltez. Cuando desplegaban las velas y cogían movimiento tomaban la forma de pájaros o bailarinas, como en los cuadros de Degas. Es impensable que todos naveguemos en aquellas elegantes joyas antiguas en las que se sacrificaban candeleros y pasamanos ante el más mínimo atisbo de superfluo o antiestético; esto solo está al alcance de unos pocos y más si queremos que nuestros balandros cumplan a la vez el papel de buenos marineros y confortables cobijos. Pero creo que debe haber un término medio entre la exquisitez desnuda de los antiguos clásicos y la tendencia a convertir el barco en carromatos quincalleros.

Los propietarios somos muchas veces culpables, pretendiendo ubicar en el limitado espacio de cubierta todo tipo de artilugios que nos faciliten la vida: bicicletas, canoas, tablas, placas solares, generadores eólicos, toldos y capotas, por nombrar solo lo inmediato, porque la imaginación se queda corta comparada con todo lo que se puede llevar a bordo. De vez en cuando deberíamos bajarnos de los barcos y mirarlos desde lejos, para evaluar, con sinceridad y el corazón en la mano, si él se merecía el resultado, con lo bello que era el día que lo compramos. Pero dejando a un lado ese mal uso, a veces inevitable, que hacemos de los barcos, creo que uno de los problemas está en los nuevos diseños de veleros modernos y un público nada entendido, que es capaz de hacer grandes colas para comprar la última monería extraplana de Apple, pero al que las líneas marineras de su barco se la traen al fresco.

Buscando engendros que hayan surcado los mares, me topé con los barcos del almirante ruso Popov. Los términos del tratado firmado en París en 1856 tras la guerra de Crimea, prohibía a Rusia la navegación por el mar Negro en buques de guerra, lo que dificultaba controlar su costa. La solución que se le ocurrió a Andrei Alexandrovich Popov fue la de crear un nuevo tipo de nave capaz de patrullar por áreas costeras y por ríos, unas cañoneras capacitadas para maniobrar en aguas poco profundas. Nacieron las conocidas como “popoffkas”, unos minúsculos acorazados de forma circular y seis hélices propulsoras. En aguas someras se manejaran relativamente bien, pero por desgracia para Popov su diseño se mostró demasiado lento y para colmo, cuando sus torres disparaban, la nave tendía a girar sobre sí misma siguiendo un principio de acción y reacción desdeñado por el bien intencionado diseñador. Nunca se debe olvidar que los barcos son naves que surcan y desplazan el agua, si arrinconamos este atributo estaremos tan perdidos como Popov.

Uno de los verdaderos culpables de esta liquidación de los buenos diseños marineros, que evidentemente y por principios termodinámicos todavía no descritos, son los más bonitos, es la masificación en el mundo del alquiler. Mucha gente de la que alquila veleros hoy en día no tiene realmente vocación de navegante sino que se lanza por una corriente de moda: todos sus amigos lo han hecho, así que adquiere un titulillo, que parece otorgarle la destreza suficiente para deslizarse por las autopistas marinas y navegar por islas remotas. Pero el mar es un medio incómodo, no hay que negarlo; y en esto también radica su virtud. Hay un cierto reparo a que la familia eche de menos las molicies caseras y acabe recriminándole la “mierda de vacaciones a la que nos has traído este año”. Los griegos tienen una expresión para pedir que en el suvlaki con pita te pongan un poco de todo; patatas, cebolla, tomate, tzatsiki; dicen απ’ολα, traducido por “de todo”. Y eso es lo que buscan ellos, un barco con “de todo”: lavadora, secadora, aire acondicionado, potabilizadora, generador y televisión por satélite por si hay Champion’s. Claro, todo eso no cabe y la única solución, parecida a la barbaridad que se le ocurrió al almirante ruso, es añadir más pisos al barco, así se crean super estructuras y sobre cubiertas que sobresalen como moños puntiagudos de un peinado victoriano horripilante. En un monocasco estas excrecencias tienen un límite, pero los catamaranes son más, digamos, edificables. Así que se han puesto de moda unidades de varias plantas, donde el patrón tiene su puesto de mando en las alturas, aislado de la tripulación; en una especie de castillete, como si fuera la carroza de Melchor en una noche de reyes. Aparte de su fealdad, pues parecen edificios flotantes, siempre he pensado en el pobre capitán con mala mar, subido a cinco metros sobre el nivel del mar, intentando reparar cualquier problema en la botavara; las debe pasar canutas. Evidentemente rara vez sacan las velas, son sucedáneos baratos de las motoras. Para finalizar el desastre y debido a motivos de seguridad; dado que un catamarán llevado por manos inexpertas es un bólido donde no se tiene sensación de eso que llamamos “ir pasado de trapo”, les acortan los mástiles dejando una relación de aspecto deplorable. Nunca diré que no hay catamaranes bonitos, los hay hermosos como insectos articulados que se deslizan por el mar casi sin rozarlo; pero estos nuevos de crucero son horrendos. No se trata de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que me estoy rayando, que también; sino de que, por lo menos en el mundo marino; cualquier tiempo pasado fue más bello.

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Vuelvo mi mirada a la luminosa y proporcionada isla de Milos  para olvidarme del sobresalto que me dio aquel barco que pasó con la música a todo volumen. La belleza siempre está si la buscas con cuidado.

meditando

 

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Los tiempos perdidos de Sérifos

Por 24 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)

Cada una de las horas de nuestra vida que se alejan velozmente antes de que seamos capaces de degustarlas del todo, no mueren, permanecen agazapadas en algún objeto o lugar, adormecidas, escondidas. Si alguna vez tenemos la fortuna de doblar la curva de un antiguo camino a la hora certera en que un rayo de sol ilumine de la misma forma el roble solitario de la vereda, con un sortilegio se personificaran a tropel los numerosos fantasmas sensuales, ocultos hasta entonces, que nos harán revivir la misma sensación del pasado, con más nitidez que si fuese la primera vez. A Proust mojar un pan tostado en un té caliente le trasplantó a los felices momentos de su infancia en la casa de su abuelo. Para mí, el viaje en el tiempo se produjo al vislumbrar la roca hosca y solemne de Serifos. Me transportó a 25 años atrás en mi existencia; y a la primera Jora blanca que veía en mi vida y que me emocionó por el pasmo que deja en los ojos la cal radiante sobre el pliegue de la montaña oscura con el salpicado azul de cúpulas cerúleas y divinas. Sigue hoy asombrando la sorpresa de ese pueblo, pues a diferencia de otras Cícladas, donde las construcciones de villas y apartamentos salpican la montaña y te acostumbran y te preparan de alguna manera para la apoteosis final, aquí todo sigue igual, o parecido, y el susto casi es seguro que te lo lleves cuando llegues y el barco doble la entrada del puerto, la única forma posible de acercarse al mundo Serifos. Visualicé aquella tienda donde, en puro invierno, el dueño y sus contertulios remendaban redes mientras nosotros rebuscábamos entre el batiburrillo de artículos algo que sirviera para comer. Volví a oír el murmullo de sus conversaciones y el olor a pescado rancio de los trasmallos cuando los aireaban para repararlos. Era un “pantopolío” παντοπωλείο; literalmente: establecimiento donde se vende de todo o dicho con más propiedad; lugar donde hay posibilidades de que encuentres cualquier cosa, por rara que te parezca.

En español también teníamos palabras originales para designar esas tiendas eclécticas; había colmados, nombre que hacía referencia a la forma de apilar las mercancías en su interior, o ultramarinos, que remitía a un origen remoto y colonial de sus contenidos. La sola palabra ultramar ya hacía esperar materiales exóticos y extravagantes venidos de otras partes del planeta a bordo de grandes vapores. Yo siempre pensé de niña que las latas de atún de los marmóreos mostradores, el chocolate o el café, eran completamente distintos de los que se podía comprar en el mercado y de mucha más calidad. Esta imagen de la balanza de pesas oliendo a bacalao salado también se materializó y quedó bailando un rato en mis retinas cuando volví a Sérifos.

En la parte suroeste, la isla se encuentra perforada como una esponja podrida. La roca deja ver grandes oquedades, como bocas de gigantones terribles que acabaran de regurgitar sus entrañas negras y pestilentes. Estos espasmos de piedras color azabache oscurecen más si cabe el paisaje y dejan un punto melancólico a la costa. En playas como la de Livadión o Cutalás todavía quedan restos de los muelles de cargamento de metales y de las largas vías donde transportaban el hierro.

La isla fue famosa por su riqueza en hierro que comenzó a extraerse a finales del siglo XIX. Esta industria atrajo a mucha gente en busca de trabajo y la población llegó a duplicarse, teniendo en los momentos álgidos más de 4000 habitantes. La empresa explotadora de las minas se llamaba Serifos-Spiliasésa y era propiedad del alemán Emilio Groman, un inteligente emprendedor que no tardó en establecer conexiones y entramados políticos que le aseguraran la estabilidad de sus negocios. Las condiciones de trabajo eran parecidas a la esclavitud; los mineros trabajaban desde la salida hasta la puesta de sol sin ninguna supervisión de su seguridad, en galerías sin afirmar ni apuntalar y finalizada la jornada laboral tenían que desplazarse grandes distancias hasta sus casas; comían poco, dormían poco y trabajaban mucho; como resultado, los accidentes y decesos estaban a la orden del día; nadie ha podido cuantificar los cientos de personas que quedaron sepultados en los subterráneos de la isla. El rico empresario fue adquiriendo terrenos de los propietarios locales a cambio de regalarles un pequeño apartamento miserable; por supuesto, si se negaban, las cosas se hacían de otra manera. En julio de 1916 se fundó la primera unión de trabajadores de la minería y en agosto de ese mismo año se declaró la primera huelga; los mineros se negaron a cargar de hierro el barco “Manusi” atracado en Livadión y ocuparon las propias oficinas que la empresa tenía en ese mismo puerto. En la revuelta participaron hasta mujeres y niños. La carga policial resultó en varios manifestantes muertos, varios policías heridos, uno de ellos arrojado al mar desde el muelle de carga y el teniente de policía apedreado hasta la muerte. Sí que es verdad que las condiciones laborales mejoraron algo para los futuros mineros, pero con la llegada a la empresa de los herederos de Groman esta fue deslocalizada a África, donde las condiciones salariales de los trabajadores no eran tan exigentes y permitían mayor rentabilidad. Las minas fueron totalmente abandonadas. Fin.

El desmantelar la factoría, las minas y los cargaderos debió ser un proceso fulminante y rápido; muchas de las vagonetas, la maquinaria, las grúas y los puentes de carga yacen abandonados de tal guisa que alguien podría decir que sus dueños se fueron ayer a ver a un pariente si no fuera porque la herrumbre deja constancia del paso de los años. Los volquetes, todavía en sus railes, parece que van a echar a andar y los muelles de estiba chirrían con el viento, petrificados en un estado de oxidación terminal, con sus maderos a punto de precipitarse al abismo pero en un equilibrio inverosímil que nunca acaba de desmoronarlos. Es sorprendente la facilidad con que las cosas se fosilizan en este país y se quedan intactas sin que nadie las toque o les haga caso, dejando que el tiempo las vacíe de su terrible significado y les de otro más nuevo y romántico. Hoy Livadión es una agradable playa con cuatro casas blancas y unas hermosas sabinas que crecen entre la arena y dan sombra a las tabernas. El enorme y elegante edificio de las oficinas de la empresa minera permanece abandonado y lleno de basura que la gente deposita entre sus muros a pesar del cartel de prohibición. Nos contaron que el ayuntamiento tiene intención de restaurarlo y convertirlo en museo; pero, como siempre, esto es Grecia y las cosas van tan despacio como los vagones atorados en las vías podridas que recorren como cremalleras el paisaje áspero.

Sentarse bajo los árboles de la playa para ver caer el sol mientras la luz chisporrotea en la superficie del agua es de esos momentos que quizás me aparezcan de sopetón en un futuro y me vuelvan a transportar hasta aquí provocando la resurrección de esta sensibilidad. Aunque el entorno es hermoso y se han encendido con rabia los rojos de la tierra, de los matojos resecos, del óxido de las grúas y maquinarias y del sol en su coronación diaria, no puedo dejar olvidar su feo pasado y negras figuras apareciendo de las oquedades. Pero a pesar de todo es inevitable la belleza del lugar, porque esta no se encuentra solamente como el superlativo de lo acostumbrado sino que puede ser sorprendente, como una Jora, y surgir por ensalmo de las historias más siniestras. Por cierto, el vino que me tomé seguro que se ha quedado guardado en algún pliegue de la isla; solo tengo que volver para rescatar su aroma.

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Si hay burros hay esperanza

Por 16 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)

Es necesario volver una y otra vez a la misma isla si quieres que llegue al final a abrirse como una granada madura y mostrarte sus frutos más dulces; si solo la visitas en una ocasión, es posible que la encuentres verde.

Kea, es la Cíclada más próxima al continente. Como buena Cíclada es una isla parda y grisácea desde lejos, con una jora que se sonroja al atardecer. Siempre me llamó la atención su tono rosado, hasta que un día, al acercarme, me di cuenta de que sus casas tenían tejados cerámicos para protegerlas de la lluvia, a diferencia de sus vecinas, de terrazas desnudas y resecas, con amplios canalones para recoger las aguas del cielo. Dispone la isla de pocas carreteras que la atraviesan de parte a parte y de numerosos caminos radiales para pasear y descender a sus playas. Caminos marcados con números para que los caminantes los recorran sin prisas, con un claro deseo de que te quedes y permanezcas; los automóviles son demasiado veloces y no son lo que merece.

Sentados en una taberna, en Kato Meriá, pueblo del silencio, barrido por el viento y los espinos rodantes que asustaban a perros y gatos erizados, nos sentamos a tomar una cerveza y lo que tuvieran, para dejarnos ensimismar por el polvo del Meltemi dando vueltas hasta el aburrimiento.

-¿Bajasteis a Karthea?

-No.

-Deberíais bajar, os lo recomiendo. Son sólo tres kilómetros andando. Pero tenéis que llevaros agua; abajo no hay ninguna taberna.

Sonaron las campanas de la iglesia, repiquetearon los badajos del ganado cercano y llenamos la botella de agua.

Karthea es un recinto arqueológico cuyas excavaciones empezaron apenas 10 años atrás; una ciudad del siglo XII a. C. que permaneció habitada durante 1400 años y luego fue abandonada. Posiblemente su enclave costero impidió defenderla de los múltiples ataques piratas. Oculta por la inaccesibilidad del lugar y por muchas capas de rocas y barro desprendido de las montañas, solo dejaba asomar un trozo de teatro; comienzo que utilizaron los arqueólogos para ir desenterrando los restos.

En el cruce del camino, un burro blanco andaba suelto y mosqueado, recortado con precisión sobre el cielo azul; el indiscutible color celeste; y daba patadas sobre el suelo como queriendo despegar y salir volando sobre nuestras cabezas. Más allá había otro que asomaba el oscuro cabezón por encima de un cercado. No me cupo duda de que ese era el desvío.

Siempre me han gustado los burros, porque son de una calma exquisita y en sus ojos casi bizcos, cuando te miran, transmiten una extravagante sabiduría. Primero me enseña los dientes verdosos de hierba, cuando ve la cámara rebuzna a pulmón libre y al cabo de un instante, al dejar de oler a peligro, se acerca curioso por si la relación da para algo más que sobresalto. Se deja acariciar moviendo sus orejas puntiagudas; sus ojeras perfiladas le dan un toque elegante y distinguido. En Kea, afortunadamente, todavía hay muchos burros.

El descenso es pedregoso, por los mismos caminos que fueron las sendas de 3000 años atrás, pero a tramos, los robledos te permiten la sombra necesaria para disfrutar con la suave mañana de septiembre. Bajar, bajar, paralelos a un barranco que empieza a volverse verde de frutales y cañaverales por la proximidad de una fuente en un recodo; nada te hace prever el desenlace final de la llegada a la playa: el increíble cielo limpio que deja el viento, el mar azul y espumoso de olas que trae la brisa y los eternos mármoles blancos, nítidos y rotundos. Qué fantástico camino tortuoso de bajada; y la subida que nos espera. En realidad qué buena suerte la que ha impedido la llegada de vándalos y descendientes de Lord Elgin y ha dificultado el despojo de estas piedras para que no acabasen en museos de salas lúgubres y oscuras como conventos, o reconvertidas en iglesias por fieles católicos o casas de codiciosos nobles, como en la Esparta perdedora.

Qué inmensa y trascendente felicidad producen estos sitios. Cuando llegas inspiras y espiras con una profundidad inusitada para tus pulmones. Me cruzo con una mujer que me saluda como si me conociese desde siempre, con una amplia sonrisa y una mirada de complicidad, de compresión. Sé perfectamente como te sientes. Acercarse hasta la playa, dejando pasar las horas, hasta sentir hambre y sed que no aplaca tu cantimplora recalentada, es el mejor preludio para sentir la experiencia mística de estos recintos, “el amado” de esas piedras nutritivas que te alimentan al tocarlas, dejándote sentir el paso del tiempo mediante su salitre acumulado.

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La reconstrucción de los templos y el teatro se ha realizado con gusto y ganas de ofrecer un espacio delicado y agradable, para que la vista no se vaya corriendo al imponente mar Egeo y descanse sobre las piedras rosadas y hermosas. Hasta han tenido el detalle de obligarte a entrar a la Acrópolis a través de los propileos, restaurados con mármoles blancos, pulidos y nuevos; se siente una gran sensación de importancia cuando cruzas su entrada.

Me tumbé bajo una encina que crecía en el templo de Apolo, sobre un posible altar de sacrificio. Las hojas tamizaban la hiriente luz Egea y llegaban oleadas de aromas a hierba reseca. Casi me dormí, pensando en el privilegio de estar en estos sitios y lo sensato que me parecía conservarlos a base de hacerlos de difícil acceso. Espero que no aparezca un alcalde moderno y populista que recaude fondos para construir una carretera; definitivamente sería un desastre, es triste, pero es la pura realidad. Todos y cada uno de los que estábamos allí habíamos sufrido el descenso, soportaríamos la calurosa subida y estábamos viendo aquello que deseabamos ver.

Me contó una amiga que tuvo la desgracia de estar en Dubrovnik coincidiendo con la llegada de tres cruceros. Desembucharon 3000 personas cada uno. Se formaron largas colas para entrar en la ciudad y el calor y el embotellamiento humano en las callejuelas provocó numerosos desmayos. Posiblemente, si hubieran hecho una encuesta, más de la mitad de los turistas hubiera preferido permanecer en el barco, pero bajaban porque tocaba hacerse la foto.

Me sobresalté con estas pesadillas, pero luego tuve una revelación. ¿Y si utilizaran burros para bajar a la gente interesada pero poco ágil? Mataríamos dos pájaros de un tiro, se limitaría el número de visitantes y conservaríamos la presencia de los divertidos asnos.

El borrico albo me esperaba a la subida; ya más tranquilo, desplegó sus alas blancas y ascendió a los cielos como Pegaso.

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Un arroz divino

Por 8 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (7 Comentarios)

La leyenda de Prometeo pertenece a la clase de mitos con la que los griegos clásicos intentaban explicar la metamorfosis del individuo nómada y cazador en sedentario, agrupándose en tribus asentadas, donde pudo dedicarse a la agricultura y la ganadería para dar paso a lo que llamamos hombre civilizado; aquel que “comía pan y era de fiar”, como muchas veces dijo Homero. Para tan dificil proceso hacía falta la ayuda de los cielos. Prometeo robó el fuego de los dioses y se lo regaló a los humanos para que fueran capaces de cocinar y almacenar sus cacerías haciéndolas más digeribles, permitiendo esta evolución. Atenea les regaló el olivo para obtener el aceite nutritivo y luminoso. Deméter les dio los cereales y el conocimiento para cultivarlos. Y Dionisos, en el colmo del refinamiento, para sublimar el paladar y los sentidos de aquellos fundadores de nuestra cultura, les regalo la sabiduría del vino.

Había una vez un rey llamado Oineas que gobernaba sobre unas islas llamadas Oiniades, cercanas a la desembocadura del rio Aqueloo, en el Jónico, y que formaron parte del archipiélago de las Equinadas hasta que el terrible rio las fue engullendo con sus sedimentos y las transformó en tierra firme. El Aqueloo, el príncipe de los ríos, el grande, como lo describió Pausanias. Tenía Oineas pastos y rebaños de los que se encargaba su fiel esclavo Estafílos. Todos los días llevaba Estafílos sus cabras a los forrajes más tiernos para que engordaran y dieran más blanca leche. Pero a menudo alguna res se le escapaba y corría hacia unas plantas retorcidas de frutas menudas. El pastor se dio cuenta de que la cabra, tras comer esos frutos, volvía al redil más contenta y vigorosa; pensó recoger las semillas y se las dio a su señor. Oineas decidió cultivarlas y se percató de los dulces frutos que producían esos tallos ensortijados, exprimía su jugo y lo mezclaba con las sagradas aguas del Aqueloo.

Fue un día Dionisos a visitarle, atraído por la belleza de su mujer. Oineas le agasajó con su dulce zumo y Dionisos quedó entusiasmado. Dicen las malas lenguas olímpicas que el astuto dios explicó al rey como fabricar el vino para yacer con su esposa, con la que más tarde tuvo un hijo, mientras él dormitaba obnubilado por el brebaje,  o quizás fue de buena fe, el caso es que desde entonces esa bebida sagrada y fermentada recibió el nombre de “oinos” que dio lugar a nuestro actual vino y el rey Oineas fue rico y poderoso por mucho tiempo gracias al presente del dios.

De esas vides primordiales el tiempo ha hecho un velo y el delta del rio ha devorado  las islas del rey iluminado, pero con las nuevas tecnologías y las técnicas de selección por análisis de ADN se ha conseguido revivir las cepas que producen un caldo primigenio, parecido  al que pudo probar Dionisos. A esas cepas y al vino que dan se les llama Malagusiá. Y aunque no tengo orígenes olímpicos puedo aseguraros que es una experiencia inolvidable.

Pero la receta de hoy no tiene nada que ver con el proceso de fermentación del mosto sino que es un exquisito arroz. Como otras veces, mi amigo Rodi en su columna del periódico Aixmi de Mesolongi sugiere  utilizar el excelente  Malagusiá para cocinar, no solo para acompañar.  Yo siempre pienso en demonios cuando  me imagino vertiendo el vaso dorado sobre el guiso, porque seguro que antes de llegar a la sartén me lo bebería codiciosa. Pero vosotros no haced caso de mi tacañería y seguid la formula como la proponen. La he probado en Mesolongi elaborada por un excelente cocinero amigo y vale la pena hacerle caso.

Cuando leí  la receta me entró un resquemor. El catecismo valenciano, grabado año tras año en mi subconsciente, sobre como cocinar el arroz seco es muchas veces fundamentalista, o me atrevería a decir que casi estalinista y sofreír cebolla o cocer el grano con poco caldo y a fuego lento puede ser motivo de detención en la lubianka y hasta de deportación a Siberia. Pero hay que tener amplio paladar  para degustar muchas cosas y elegir lo conveniente. Donde fueres haz lo que vieres es para mí la única fórmula para desnudarse de nacionalismos y acercarse a la sabiduría. Poneros el delantal que empezamos.

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Mydopilafo. Arroz con Mejillones.
Ingredientes
Medio kilo de mejillones
250 gr. De arroz
Una cebolla picada
Un kilo de tomate natural y triturado
Un pimiento verde
3 cucharadas de Perejil
2 cucharadas de hierbabuena
4 dientes de ajo
Pimienta y pimentón dulce
1 vasito de Ouzo
Un vaso de vino
Un vaso de agua

Elaboración
Calentar el aceite y sofreír la cebolla, el ajo y el pimiento a medio fuego; añadimos sal, pimienta y pimentón. Se apaga con el ouzo y se añade el tomate y el vino. Más tarde los mejillones, sin concha, y el agua. Dejar hervir unos minutos y añadir el perejil y la hierbabuena y el arroz. Hay que vigilar que siempre tenga caldo. Cuando borbotee generosamente, apagamos el fuego y tapamos la cacerola para dejar que el arroz embeba el caldo- Servir con limón.

Buen provecho.

 Το κρασί του Διονύσου
Λουδοβίκος των Ανωγείων

Έκλεψαν το κρασί του Διονύσου
μέθυσαν οι αγγέλοι τ’ ουρανού
κατέβηκαν στη γη να αμαρτήσουν
την ώρα του μεγάλου εσπερινού

Κι ήρθαν οι νύμφες των κυμάτων
ντυμένες άμμο και αφρό
έπαιζαν και σιγογελούσαν
στύβοντας απ’ τις μπούκλες το νερό

Γυμνή αλήθεια του Θεού
πάνω στην άμμο ξαπλωμένη
κι ο ποταμός του φεγγαριού
πάνω στη λίμνη να μακραίνει

Ήπιανε όλο το κρασί
χόρεψαν οι αγγέλοι και οι δαιμόνοι
μα στο χορό των σταφυλιών
όσοι χορεύουν είναι μόνοι

El vino de Dionisio
Ludovikos ton Anogion

Robaron el vino de Dionisio
Se emborracharon los ángeles del cielo
Descendieron a la tierra para pecar
A la hora de las vísperas

Y vinieron las ninfas del océano
Vestidas de arena y espuma
Jugaban y reían quedamente
Escurriendo el agua de sus rizos

La desnuda verdad de Dios
Tendida sobre la arena
Y el rio de la luna
Alejándose sobre el lago.

Bebieron todo el vino
Bailaron ángeles y demonios
Pero en el baile de las uvas
Aquel que baila está solo

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