El príncipe de los ríos

Por 6 diciembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)

Hubo una vez un dios, príncipe de todos los ríos y padre de todas las aguas dulces del mundo, llamado Aquelóo; Αχελώος, “el que ahuyenta el pesar”; que se enamoró de una hija del rey de Calidón, Deyanira, y pidió a su padre que se la diera en matrimonio. La pobre muchacha no amaba al espantoso rio en absoluto y así se lamentaba de su destino en Las Traquinias de Sófocles:

Yo, cuando habitaba aún en Pleurón en la casa de mi padre Eneo, experimenté una repugnancia muy dolorosa por el matrimonio, en mayor grado que cualquier mujer etolia. En efecto, tenía como pretendiente un río, me refiero a Aquelóo, el cual, bajo tres apariencias, me pedía a mi padre. Se presentaba, unas veces, en figura de toro, otras, como una serpiente de piel moteada y, otras, con cara de buey en un cuerpo humano. De su sombrío mentón brotaban chorros de agua como de una fuente. Mientras yo esperaba temerosa a semejante pretendiente, pedía una y otra vez, desventurada, morir antes que acercarme nunca a este tálamo.

Heracles también procuraba a la dulce Deyanira y ella le prefería entre los dos; porque la muy ingenua ignoraba que este último la abandonaría tras contraer matrimonio. Hubo un duelo y tuvieron que medir su amor en un enfrentamiento carnicero el rio y el héroe. En el transcurso de esta batalla, el dios fluvial utilizó la astucia, pues se sabía inferior en fuerza al semidiós, y adoptó la forma de diversos animales para derrotarlo. Primero se transformó en una serpiente escabrosa y curvilínea pero fue estrangulado casi hasta la muerte por su rival, más tarde adoptó la forma de un toro enorme pero Hércules lo tomó por las astas, lo arrastró por los suelos, le arrancó uno de sus cuernos y lo tiró al rio. El cuerno cercenado fue recogido por las náyades que lo llenaron de flores y frutas como un cuerno de la abundancia.

Se puede decir que los mitos representan una ingenua respuesta a los interrogantes más complejos y profundos del ser humano: lo que le asombra, lo que le espera en el futuro, de dónde venimos, cual es la fuerza de la naturaleza, cómo se organiza la realidad y qué produce los fenómenos físicos observables. Estrabón interpreta este mito de Aquelóo atendiendo a la naturaleza del mismo río cuyas frecuentes inundaciones asolaban los campos de Calidón, confundiendo las fronteras y provocando por esto varias guerras entre los pueblos limítrofes. La forma de serpiente de Aquelóo alude a la sinuosidad de su trazado, y la de toro, a la fuerza de sus inundaciones y al rugido de sus aguas precipitándose en torbellinos. Heracles uniformó su cauce poniéndole diques y reuniendo en un sólo lecho los dos brazos de su curso, de aquí que le dejara con un cuerno sólo. La cuenca transformada del Aqueloo fue responsable de la riqueza del país que regaba con sus aguas, que guardaría buena relación con el cuerno de la abundancia.

Seguimos echando mano de explicaciones fantásticas cuando la realidad nos sorprende, cuando nos levantamos una mañana y contra todo pronóstico ha ganado un toro rubio y furibundo las elecciones en Estados Unidos. Como no quedan dioses que construyan historias y nos muestren las razones, buscamos entre entelequias como los Big Data los rastros que dejamos en nuestro paso por el inframundo de las redes, que son manipulados sin que apenas nos demos cuenta para que gane el toro antes que el héroe. Y Deyanira se desmaya.

Pero volvamos al rio que derrotado y solitario, fluyendo entre Etolia y Acarnania pensaba solamente en venganza. Unas Ninfas habían preparado un sacrificio para honrar a un dios y convidaron a todas las divinidades de las aguas para que asistieran a la ceremonia. Se olvidaron, sin embargo, de invitar a Aqueloo. Toda la cólera del dios-rio se enardeció con este nuevo desprecio. Aquelóo hizo subir las aguas hasta el límite de las tierras y las inundó. En su torrente arrastró, implacable, a las cuatro Ninfas y al lugar que ellas habían adornado para realizar la ceremonia del sacrificio. No satisfecho aún con su propia violencia, transformó a las jóvenes en islas, las Equinades del mar Jónico, que quedaron flotando para siempre en su desembocadura. Después, aplacado no del todo su odio, volvió a correr entre Etolia y Acarnania, pero siguió llevando consigo toda su amargura en sus aguas, dejando sedimentos aquí y allá, crecidas devastadoras, sequias y plagas a su antojo; donde había tierras firmes las separó en islas y donde había islas y penínsulas las anegó con sus limos y las transformó en valles y lomas. Son las cosas que pasan cuando se enrabietan los dioses ríos-toros-serpientes, rubios o no.

Es cierto que cuando navegas por la zona debes dar buen resguardo a su desembocadura, que plagada de sedimentos, avanza año tras año mar adentro cambiando la distribución de lo que son tierras o aguas y ha dejado un paisaje muy característico de marismas, salinas, lagunas e islotes, como si fuera un enorme plato de sopa con menudillos, y que para entrar en Mesolongi hay que hacerlo atravesando con atención un canal balizado con poco calado en sus extremos. Pero el paisaje que deja es sorprendente, un reino lodoso y acuático donde los humanos habitan, con consentimiento del Aqueloo, los cachitos firmes que les ha ido dejando como por olvido. Los palafitos, empalizadas, plataformas de pesca y las ciudades que aparecen flotando, como nenúfares, en las superficies especulares de los pantanos tienen una quietud y hasta una modorra genuina. Sirva de ejemplo la pequeña y curiosa ciudad de Etóliko, unos 600 km2 de terreno, secuestrados a la laguna y unidos por una carretera de entrada y otra de salida a la tierra firme, si se puede hablar de algo firme en este universo de charcos, bancos y ríos vengativos, donde sus habitantes deben pasear despacio para no precipitarse al agua en un traspiés.

Si hay un sitio emocionante cerca del Aquelóo, en su ribera oeste, es la antigua Oiniades, una ciudad portuaria importante de Acarnania fundada en el siglo V a. C. sobre una colina rodeada de marismas y protegida por unas fuertes murallas del invasor, que estaba obligado a llegar por mar. La ciudad debió tener mucha importancia comercial en la antigüedad con un considerable tráfico marítimo. Hoy en día  descansa sobre un montículo tierra adentro gracias a los depósitos y aluviones fluviales de 26 siglos. Las excavaciones arqueológicas han conseguido recuperar parte de sus murallas, su precioso teatro, y unas atarazanas.

Yo aquel día reservaba mi entusiasmo para esto último, para el varadero, pues significaba para mí la confluencia de mis pasiones: el mar, los barcos y Grecia. Siempre que visito algún punto de la costa donde se ubicó un puerto griego clásico, me deleito contemplando sus contornos e imaginando las idas y venidas de naves de diversos tamaños impulsadas a vela o a remos entre los espigones, cómo azotaban los vientos dominantes, cuál era la calidad de su abrigo. Incluso cuando no queda ya el más mínimo vestigio de lo que fue, como en los restos micénicos, mi imaginación disfruta sin límites ni ataduras de estos lugares. Pero sabía, por alguna fotografía, que las atarazanas que íbamos a ver no eran simples piedras dispersas para hacer trabajar a nuestra imaginación sino algo más imponente.

Era un precioso día de septiembre, húmedo pero luminoso, cuando llegamos acompañados por unos hospitalarios amigos de Mesolongi. Los robles empezaban a deshacerse de parte de su frondosidad que crujía a nuestros pies dando una atmosfera de suspense e intriga y el cercano rio se deslizaba casi dormido y sin torbellinos.

 

neorio

El astillero solo es visible al doblar un recodo, momento en el cual te quedas tan de piedra como él desde hace 25 siglos. Te quita el aliento la envergadura del edificio, excavado en la montaña, que albergaba hasta 7 naves de 40 metros de eslora. Te mete en escena las enormes charcas que consiente, por el momento, el nivel freático del Aquelóo. Te anestesia el fru-fru de los robles perdiendo sus hojas, el zumbido de los insectos y las nubes estáticas de una mañana exactamente igual a la de hace 2500 años. Te embriaga el olor a rio y humedales. Te hipnotiza el tic-toc de tu corazón que reclama tiempo recorriendo el varadero.

Era sorprendente ver aquel imponente perímetro sin un solo visitante a parte de nosotros y eso, aunque egoístamente podríamos pensar que era un privilegio, implica que muchas veces estos lugares se tienen que cerrar por no poder mantenerlos. Y ese era también el temor de mis generosos anfitriones. El mundo es así de absurdo: el turista solo quiere ir a lugares ya famosos y contrastados por hordas anónimas, con muchos likes y followers. A quién leches le va a importar tu selfie si no tienen ni la más remota idea de donde está hecho. La cosa cambiaría si consiguieran traer aquí a Cristiano Ronaldo; entonces sería la bomba. Igual Deyanira cambiaría de parecer y se desposaría a gusto con el rio.

Το ποτἀμι

Γύρισα πάλι στα ίδια μέρη
Κι εκεί που όλα μοιάζαν ξένα
Κάτι μου θύμισε εσένα
Κι είπα, εδώ είναι η πατρίδα
Το φως που ξέρω και με ξέρει.

Κοίταξα μέσα από το τζάμι
Κι είδα στρωμένο το τραπέζι
Δίπλα η κόρη μου να παίζει
Κι είπα, εδώ θέλω να ζήσω
Εδώ κυλάει το ποτάμι.

Άλλοτε πέτρα, άλλοτε σφαίρα
Που δεν μπορεί να κάνει πίσω
Σαν να κρατιέμαι απ’ τον αέρα
Ψάχνω μια γη για να πατήσω.

Έφευγα πάντα σαν το βέλος
Βρήκα ανοιχτό ουρανό και πήγα
Έψαξα αλλού και βρήκα λίγα
Κάποτε ήμουνα των άλλων
Τώρα δικός σας ως το τέλος.

El río

Regresé de nuevo al mismo sitio
y allí donde todo parecía extraño
algo me recordó a ti
Y dije: aquí está mi patria
la luz que conozco y me conoce.

Miré tras el cristal
Y vi la mesa preparada
A un lado mi hija jugar
Y dije: aquí quiero vivir
Aquí fluye el rio.

A veces piedra, a veces esfera
que no puede volver atrás
Para mantenerme contra el viento
busco una tierra firme.

Salí siempre como una flecha
encontré el cielo abierto y me fui.
Busque en otros lados y encontré poco.
Una vez fui de los demás
ahora, tuyo siempre hasta el final.

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Diciendo adiós a L. Cohen

Por 15 noviembre, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (9 Comentarios)

Esta semana ha desaparecido uno de los cantantes más inseparables e imprescindibles para mí, posiblemente porque él a su vez también se ha conservado fiel a un estilo de música y poesía, sin ceder un ápice a modas ni tendencias, humilde y atormentado como pocos y que por vicisitudes de la vida se ha mantenido componiendo hasta el fin de sus días. Mi devoción por Leonard Cohen, igual por sus partisanos que por sus Aleluyas, por sus dioses angustiados o por su último disco de despedida, que todavía no he tenido ocasión de oír y que seguro que duele tanto como su pérdida, tiene también algo de hermandad, por el gran cariño por Grecia que nos unía y por la aventura de poseer ambos una casa de pueblo en una isla. Decía Cohen que un poeta no puede lamentarse sin sentido ni profundidad, ni siquiera de la muerte, si no busca la belleza por encima de todo; y en eso radicó el poder de sus canciones.

 

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Leonard Cohen en Hydra



Siempre hay una favorita, aparte de esas que suenan a épocas hermosas de juventud. Yo elegí la de Alexandra leaving, primero porque la música me parece preciosa y después porque a la letra le había yo asignado un significado, mejor dicho inventado, que hasta ahora no he podido resolver. Imaginaba la perdida de una Alexandra muy querida por el autor y hasta le inventé una relación amorosa o familiar intensa, aunque me sorprendía esa melodía dulce, sensual y envolvente; como la increíble voz de Cohen; que casi te transportaba a la alegría y la celebración. Los buenos poetas no son tan inmediatos y juegan a ocultar secretos en sus versos para hacernos pensar y elucubrar; en sí cada poema es un auténtico tratado extraído de un pedazo minúsculo de existencia, pero con toda una vida a sus espaldas; es una clara invitación a que nos detengamos y saboreemos algo que no salió de su pluma veloz sino de días y noches, después de mucho idear, recapacitar y pulir, así que el que lee tiene un hermoso cometido por delante.
A raíz de su muerte, esperada pero no menos triste, una amiga me dio la pista tanto tiempo ignorada y debo decir que me emocionó, porque comprendí nítidamente sus palabras: La belleza por encima de todo, como bien expresó mucho antes Pericles en su famoso discurso. El taimado Cohen había cambiado una letra y la tal Alexandra no era más que la legendaria Alejandría, como un intento del autor de distanciarse de un poema de Kavafis, “El dios abandona Antonio”, al que no intenta versionar sino hacerlo propio. Yo había leído ambas cosas varias veces pero no se me ocurrió casarlas.

Cuando a medianoche se escuche
pasar una invisible comparsa
con música maravillosa y grandes voces,
tu suerte que declina, tus obras fracasadas
los planes de tu vida que resultaron errados
no llores vanamente.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
di tu adiós a Alejandría, que se aleja.
No te engañes
no digas que fue un sueño.
No aceptes tan vanas esperanzas.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos de débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos de la
comparsa misteriosa
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.

K. Kavafis

Σαν έξαφνα, ώρα μεσάνυχτ’, ακουσθεί
αόρατος θίασος να περνά
με μουσικές εξαίσιες, με φωνές—
την τύχη σου που ενδίδει πια, τα έργα σου
που απέτυχαν, τα σχέδια της ζωής σου
που βγήκαν όλα πλάνες, μη ανωφέλετα θρηνήσεις.
Σαν έτοιμος από καιρό, σα θαρραλέος,
αποχαιρέτα την, την Aλεξάνδρεια που φεύγει.
Προ πάντων να μη γελασθείς, μην πεις πως ήταν
ένα όνειρο, πως απατήθηκεν η ακοή σου·
μάταιες ελπίδες τέτοιες μην καταδεχθείς.
Σαν έτοιμος από καιρό, σα θαρραλέος,
σαν που ταιριάζει σε που αξιώθηκες μια τέτοια πόλι,
πλησίασε σταθερά προς το παράθυρο,
κι άκουσε με συγκίνησιν, αλλ’ όχι
με των δειλών τα παρακάλια και παράπονα,
ως τελευταία απόλαυσι τους ήχους,
τα εξαίσια όργανα του μυστικού θιάσου,
κι αποχαιρέτα την, την Aλεξάνδρεια που χάνεις.

Κ. Καβἀφης

Kavafis a su vez inicia su poema a raíz de un pequeño fragmento de “Las vidas paralelas” de Plutarco, en concreto la dedicada a Marco Antonio y a sus últimos momentos antes de ser vencido y suicidarse en Alejandría. Kavafis era alejandrino y nadie más apropiado para sentir en su propia piel la pérdida y el final en su ciudad inolvidable.

Plutarco intenta contar la historia tal cual fue, sin adornos ni embellecimientos, pero sí con una cierta intención moralizante y puntualizando que, como ya dijo Platón, los caracteres extraordinarios producen tanto grandes vicios como grandes virtudes. Describe a Marco Antonio como: “genio hueco, hinchado y lleno de vana arrogancia y presunción, con un aspecto en lo varonil que le asemejaba con los retratos de Hércules pintados y esculpidos… Antonio se jactaba de pertenecer a Hércules por el linaje y a Baco por la emulación de su tenor de vida, haciéndose llamar el nuevo Baco.” Pero lo disculpa añadiendo: “se le agregó por último mal el amor de Cleopatra, porque despertó e inflamó en él muchos afectos hasta entonces ocultos e inactivos, y si había algo de bueno y saludable con que antes se hubiese contenido lo borró y destruyó completamente…Su alma de amante vivió en un cuerpo ajeno; fue él arrastrado por aquella mujer como si estuviera adherido y hecho una misma cosa con ella”.

La historia de los dos amantes es tan densa y tormentosa, a parte de su importancia histórica, que ha sido el refugio de muchos escritores y artistas. Shakespeare es uno de los primeros en caer bajo los encantos de la intriga de Plutarco, intentado desmenuzar esos complejos personajes. Posteriormente los directores se turnaron por llevarla al cine en varias ocasiones; mi favorita es la de un Richard Burton perdidamente enamorado de una Liz Taylor que ya no cabía más en sí de guapa; aunque también dice Plutarco que Cleopatra no era excesivamente hermosa pero sí tremendamente irresistible y seductora.

Cuando ambos se repliegan, ya asediados por Octavio, en Alejandría, cuando siguiendo con su vida disoluta y desesperada pasan sus últimos días entre banquetes y festines bautizando su relación como “la confraternidad de los que mueren juntos”, el desenlace se torna trepidante, a modo del de Romeo y Julieta: él se suicida creyendo muerta a su amante, que en el fondo le ha traicionado, y ella arrepentida rescata su cadáver para dar fin a su vida también con una famosísima picadura de serpiente. Entre esas líneas hay un pasaje secundario, casi desapercibido para el común lector apabullado por tantos sucesos dramáticos e intrigantes superpuestos, donde fija Kavafis su fija mirada de miope y construye el precioso poema de más arriba: El dios abandona a Antonio. El fragmento de Plutarco es el siguiente:

Se cuenta que en aquella noche, como al medio de ella, cuando la ciudad estaba en el mayor silencio y consternación con el temor y esperanza de lo que iba a suceder, se oyeron repentinamente los acordados ecos de muchos instrumentos y griterío de una gran muchedumbre con cantos y bailes satíricos, como si pasara una inquieta turba de bacantes: que esta turba movió como de la mitad de la ciudad hacia la puerta por donde se iba al campo enemigo, y que saliendo por ella, se desvaneció aquel tumulto, que había sido muy grande. A los que dan valor a estas cosas les parece que fue una señal dada a Antonio de que era abandonado por aquel Dios a quien hizo siempre de parecerse, y en quien más articularmente confiaba.

Y luego llega Cohen y compone la canción que a tantos nos ha enamorado, pero con su acostumbrada humilde discreción deja patente que no copia al maestro y altera una letra en el título para que nos quedemos confusos, desorientados y nos calentemos la cabeza, como yo acabo de hacerlo ahora; por ello estaremos eternamente agradecidos. Y versionando, yo esta vez, a Platón puedo añadir que los caracteres extraordinarios producen tanto monstruosidades como enorme belleza, depende de quién los mire.

De pronto la noche se ha tornado más fría.
El dios del amor se prepara para partir
Alexandra alzada sobre sus hombros
Deslizándose entre los centinelas del corazón.
Mantenidos por las simplezas del placer,
Alcanzan la luz, se entrelazan informes
Y radiantes más allá de toda medida
Caen entre voces y vino.
No es una trampa que a tus sentidos engañan
un sueño interrumpido que la mañana apagará
Dile adiós a la Alexandra que se va
Después dile adiós a la pérdida de Alexandra.
Incluso aunque ella duerme sobre tus satenes
Incluso aunque te despierta con un beso
No digas que el momento fue imaginado
No te rebajes a estratagemas como esa
Como alguien preparado para ello por mucho tiempo
Ve firmemente a la ventana y bébelo
Música exquisita, Alexandra riendo.
Tus primeras promesas tangibles de nuevo
Y tú que tuviste el honor de su velada
y que por su honor tuviste tu sanación
Dile adiós a Alexandra que se va
Alexandra que se va con su señor.
Incluso aunque ella duerme sobre tus satenes…

Como alguien preparado  para la ocasión
Con total mando sobre cada plan que hiciste naufragar
No elijas una explicación cobarde
Que se esconda detrás de la causa y el efecto
Y tú que te desconcertaste por un significado
Cuyo código estaba roto, crucifijo descruzado
Dile adiós a Alexandra que se va
Después, dile adiós a la perdida de Alexandra.

L. Cohen

PD. Muchas gracias, Carmen Roibó, que siempre me dejas miguitas e hilos, no solo para que encuentre la salida sino para que me adentre en laberintos estimulantes.

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Habaneras de una goleta

Por 6 noviembre, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (2 Comentarios)

En la esquina más sucia de la dársena, al fondo, donde las corrientes acumulan porquerías, ratas y desechos me encontré con un barco que un día quise. Un amante casi olvidado que a pesar de los años y lo que habíamos cambiado me volcó el corazón. Se mecía con gemidos de barco viejo, aunque no lo era tanto, con hierros podridos y agujereados que ya no ansiaban cortar más mares que los de las aguas sucias y amargas de su amarre prisionero. Había tantas horas de mi vida entre sus cuadernas y baos, horas de pinturas, barnices,  singladuras, olas y calmas interminables que a pesar de la melancolía me acerqué a míralo de cerca. Los barcos suelen dejar alguna historia de amor, incluso aunque no hayamos sido sus propietarios y la relación haya sido estrictamente profesional, siempre deseamos que en nuestra forzosa ausencia queden en las mejores manos posibles para que los cuiden y los mimen como si fueran perros desvalidos.

Todavía era palpable, entre la dejación y el abandono, la esbeltez de aquella goleta de stay de airosos mástiles, uno de los aparejos más elegantes para este tipo de veleros, un buque escuela que causó la alegría y la vocación de muchos. Ahora no era más que un barco enfermo y débil al que le habían negado hasta el derecho, la leyenda y la heroicidad de hundirse por sus propios medios. Sus ocupantes parecían haber salido corriendo atraídos por misiones más importantes, dejando sus cabos desparramados por cubierta sin decoro, sus chicotes como plumeros sin rematar, sus velas reverdecidas por las lluvias de años, las amarras imbécilmente tendidas desde cualquier sitio en vez de por sus nobles gateras, sus toldos y lonas arrancados, descosidos e hirientes, sus barnices despellejados, sus bronces pringosos y con una pátina de inmundicia, sus defensas tan mugrientas que ya no defendían ni de sí mismas ¿Quién podía gustar tan poco del bello arte marinero? Esa ocupación que perdura incluso después de la maniobra de atraque y el descenso de pasajeros, ordenando, estibando, adujando, arranchando y aclarando su cabuyeria, dejándola lista y pulcra para el día siguiente.

Hay barcos que tienen malos comienzos, sobre todo cuando su armador no tiene claro si los quiere y mucho más cuando el propietario no es un individuo sino un ente abstracto como la administración. Ni siquiera en la elección de su nombre tuvieron acierto; cuando se mezclan politiqueos y marinería el resultado suele ser desastroso y se tiende más hacia los lugares comunes que a la solución brillante. La corrección política le privó de un nombre innegable o genuino y la convirtió en una goleta masculina, de un abominable mal fario. Con un gran contrasentido se la bautizó como la representación de un héroe de caballerías terrestres y polvorientas. Esos fueron sus nefastos orígenes. A pesar de ello vivió algunos años de andanzas honestas en su juventud.

Pienso que incluso en el caso de barcos con feos augurios y mala reputación,  sus tripulaciones pueden ser capaces de defenderlos a muerte como si fueran su propia familia. Para ello es obvio que debe haber una marinería competente que se encargue de las necesidades que surgen cuando desarrollan su cometido: navegar. Los técnicos terrestres no conocen sus exigencias como la gente que los marea, nunca se adelantará a sus debilidades o a sus penurias. Los barcos, incluso los más humildes, están bien siempre que los hombres que vayan a bordo sean buenos y afectuosos con ellos, pero si la gente que los tripula está de paso, nunca habrá una relación entrañable que les lleve a desvivirse por ellos. Por eso fue dañino, en un barco de esas características, poner un capitán contratado por días o por horas, para ahorrar gastos, como si se tratase de un conductor de camión. Quien así lo pensó no tiene ni idea de lo que es un barco. En esta ocupación mía de la náutica de recreo profesional, hasta el más nuevo advenedizo imagina que sabe horrores y que tu trabajo bien lo puede ejecutar un primo o sobrino amateur por el simple gozo de pasearse mirando a babor y estribor con complacencia y dar dos voces autoritarias.

Sus verdugos más despiadados fueron la vanidad y la codicia. La necesidad de gloria y mando de aquellos que solamente pensaron en la entrada triunfal a puerto con el timón en sus manos y la voracidad de otros que solo rumiaron venganzas e intereses, utilizando un bien público para sus negocios privados. Decía Conrad que el arte de gobernar barcos es más bello que el de manejar hombres pues a estos se les engaña con facilidad pero los primeros son criaturas traídas al mundo para que nos obliguen a dar la talla. Eso sería en sus tiempos románticos, ahora nada importa y todo vale, incluso dejar a un velero consumirse hasta su espina dorsal y luego abandonarlo.

A pesar de su desolación, en un último truco ilusionista de tapar sus vergüenzas le habían pintarrajeado la matrícula y el mascaron con colores chillones y llamativos, mientras por sus imbornales rezumaban goterones negros desconsolados. Y en el colmo de sus desdichas, unos días más tarde, la llevaron renqueando, mascando lamentos, como un penitente, a exhibir sus castigos en la Valencia Boat Show ; eso sí, la amarraron muy lejos de visitas y miradas, podrida en su dignidad y con unas banderitas de colores colgando sin hermosura como pingajos burlones.

 

lagrimas-negras

Lagrimas negras



-Pareces una ramera vieja, con el radiante carmín de tus labios, tus abalorios y el rímel corrido por el cansancio.- Me salió del alma, como al protagonista de “Memoria de mis putas tristes”, uno de los inmensos cuentos de García Marquez, cuando descubre que a su amada Delgadina la han transformado en una furcia corriente:

… me aturdieron los artificios: las pestañas postizas, las uñas de las manos y los pies esmaltadas de nácar, y un perfume de a dos cuartillos que no tenía nada que ver con el amor…Un vapor raro me subió de las entrañas.
—¡Puta! —grité.

La canción de hoy es una copla de León y Quiroga, “Ojos verdes”, conocida por todos en múltiples versiones, quizás la más famosa es la de la Piquer. La verdad es que todas tienen su encanto singular y aunque una de mis favoritas es la de Pasión Vega me he decantado por esta de Silvia Perez Cruz porque me parece original. La canción es una historia de prostíbulo que inicia la estrofa con un “apoyá en el quicio de la mancebía”. Me hizo gracia encontrar una antiquísima versión de la Jurado que la cambiaba por: “apoyá en la trama de la celosía”. Supongo que la censura de entonces evitó el referirse de esa forma al lupanar, pero luego el resto de la letra, pensé, ya no tenía ningún significado, y realmente las coplas eran historias cerradas y redondas, con argumentos de culebrón.  Pero estas cosas sin sentido me vien como anillo al dedo para esta entrada.

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Unos cuantos años

Por 29 octubre, 2016 Comentar (28 Comentarios)

Llevo ya un tiempo sin publicar nada y siento que la interrupción ha sido brusca, inesperada y sin muchas explicaciones; como la vida misma. Algunas historias se han quedado en el tintero y ya irán saliendo en su momento y poco a poco, como les gusta a ellas. Pero de lo que me he dado cuenta es que este mes se cumplen 6 años de vida de esta bitácora y me ha dado un poco de vértigo. Este espacio que empezó como un juego de agradecimiento y acabó convertido en mi ocupación más estimulante, en mi actividad plutónica (plutos es riqueza en griego) donde tanto él como yo cambiábamos con el paso de los años. Como era de esperar las publicaciones han perdido espontaneidad e inocencia; ahora me cuesta más encontrar ideas que sean interesantes, suficientemente buenas, redondas, llamativas, bien construidas y me esfuerzo más en buscar música y canciones a la vez que me produce terror meter la pata al traducirlas, cuando antes me lanzaba al abismo con facilidad, humildad y sin miedo a las equivocaciones; cada entrada me lleva días cuando antes eran horas.

Los caminos de este viaje interminable están escritos en el agua. El mar, a diferencia de la tierra firme, no tiene memoria ni deja rastro; las estelas se estiran y se desdibujan a nuestro paso para quedar convertidas en eternas olas y superficies en calma; los caminos se pierden para siempre. Solo importa la partida, la arribada y las recaladas para aprovisionarte en el camino. Durante todo este tiempo he buscado entre las estrellas, he indagado sobre los vientos, sobre sus nombres, sobre barcos que derivan, sobre islas que aparecen, sobre secretos escondidos y colores inolvidables; he hablado con personajes excepcionales, he hecho amistades enormes, he escudriñado entre las palabras, entre las piedras rotas y vencidas, he acariciado animales, los he visto volar y nadar con alegría, he saboreado manjares exquisitos, he merodeado por los mostradores de las tabernas, he cocinado en marmitas de formas inimaginables y bebido vinos que traían el aroma de miles de lustros. He sentido síndromes parecidos al de Stendhal, y he llorado ante la acumulación de belleza de la arquitectura más sencilla y popular. Y en cada uno de los casos he tirado de hilos que me llevaban por laberintos inquietantes y vericuetos que se encadenaban como cuentas de un rosario, con sus enigmas gozosos y dolorosos, y daban pie a historias que nacían unas de otras, como la reproducción de las amebas. He sido feliz y me he hecho más sabia. He cumplido los mandamientos de Kavafis como si fuera un catecismo. Y han pasado 6 años.

Hace unos días volvía de Grecia en mi coche acompañada de mi amiga y tabernera favorita, Vula, que quería visitar a su hija en Italia. La despedida fue melancólica como siempre, porque Lefkada tiene el defecto de ponerse hermosa en octubre, cuando las lluvias tornan brillantes sus campos; y mis ojos. Pero en el fondo fue un adiós entrañable, salió a saludar todo el pueblo mientras Vula cargaba el coche, hasta el límite del estallido, con patatas, huevos, pollos y vino. Los vecinos andaban tristones también porque se vaciaban las calles y solo quedaban cientos de gatos hambrientos y peleones. Pero Vula les dio las llaves para que siguieran jugando a cartas y tomando café como si nada; a cambio ellos debían dar de comer a las gallinas, pasear a las cabras y regar las plantas si se terciaba.

Cuando emprendimos el camino yo tenía la imaginación constreñida por los sucesos de la vida y se había cerrado la espita de las cosas que normalmente salían de mi cabeza, como un torrente por estas épocas del año, en forma de cuentos para contar. Vula se puso a charlar por los codos entre saltos de huevos con patatas y a contarme tantas cosas de Grecia, de los griegos, de cómo han cambiado, de cómo era Lefkada cuando ella la conoció, de cómo antes la gente se peleaba por invitar a un forastero a su casa y ahora el turismo todo lo ha alterado, de cómo se prepara la trajaná; una pasta artesanal y nutritiva; de cómo habla con sus cabras, de cómo se indigna por que las playas se llenen de tumbonas sin dejar espacio, de que el mar esté sucio, de los restos arqueológicos abandonados, de la horrible bota germanoeuropea, de las navidades y del Panigiri de agosto, de cotilleos de Evgiros y de afrentas jamás olvidadas. Y yo sin grabadora en el coche. Pero poco a poco, con su cháchara inacabable, se fueron destapando los tapones de mi cabeza como “plofs” espumosos, dejando fluir un poco de linfa por mi cerebro. Si el viaje hubiera continuado y en vez de en Pescara se hubiera bajado en Moscú; con sus pollos y sus huevos dejados caer en medio de la Plaza Roja; ahora mismo tendría argumentos para escribir un novelón más extenso que Guerra y Paz.

Así que hoy me permito felicitarme a mí misma por mi 6º cumpleaños, con la esperanza de que me dure el fuelle por muchos más. Y para celebrarlo he elegido esta canción de Giorgos Kazantzis que lleva en el título el nombre de mi barco: La Maga. Hace mucho tiempo que llevo dándole vueltas pero la traducción de la letra me ha resultado dificultosa y aun hoy por hoy no estoy segura de haberle dado el giro adecuado. Así que se admiten correcciones; bueno, eso siempre. La interpreta Fotiní Belesiotu, una voz quebrada y oscura que sorprende desde los primeros compases pero de la que no te puedes despegar, me gusta todo lo que canta. Ya publiqué otra hermosa canción suya y también me costó mucho de traducir, de hecho se quedó solo apuntalada.

Hasta la próxima y buena suerte.

 

Αγγελος ή μάγισσα.

Νύχτα θα φορέσω κι ας χαθώ
νύχτα να φωτίζει τη ματιά μου.
Λίγο αν σε φτάσω, θα χαρώ.
Πάλι αν σε κερδίσω, χάρισμά μου.

Έκαψα για σένα τα σημάδια μου,
λίγο θλίψη, λίγο χάδι, λίγο ράγισμα.
Έπαιξα στ’ αστέρια τα σκοτάδια μου,
να με θες σα νά ‘μουν άγγελος ή μάγισσα.

Κόκκινα τραγούδια θα σου πω
κι όλα σου τα μαύρα θα τα ρίξω
πίσω από του χρόνου το γκρεμό
μέσα στου φιλιού το πρώτο ρίσκο.

Έκαψα για σένα …

Angel o maga

Me vestiré de noche aunque me pierda
y que la noche ilumine mi mirada.
Poco antes de alcanzarte gozaré
Si te recupero serás mi premio.

Quemé por ti todas mis marcas
algo de pena, algo de caricias, algo de quebranto
Representé en las estrellas mi lado oscuro
para que me quieras como a un ángel o una maga.

Te cantaré canciones encarnadas
para arrojar tu mala suerte
antes del momento del abismo
dentro del peligro del primer beso.

Quemé por ti…

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