Dátiles hospitalarios

Por 13 marzo, 2017 Etiquetas: , Comentar (11 Comentarios)

Tanto los dátiles como la fabricación del azúcar vinieron de oriente, de donde viene la luz, el sol y el cielo que se derrumba sobre nuestras cabezas cada noche. Y como todo está entremezclado y enrevesado sin principio ni fin, como una cinta de Moebius, voy a tratar de demostrar que por culpa de palmeras y endulzantes, el mundo se hizo pequeño y partieron viajes y expediciones de una parte a otra del globo a descubrirlo todo; hasta llegar a este mismo instante en el que tecleo yo bobadas.

Las palmeras son un símbolo de elegancia y delicadeza por su altura y porque concentran sus preciados atributos en la parte más lejana e inaccesible, la belleza debe siempre comportar algo de imposible, algo de esfuerzo inútil. Aunque no son árboles propiamente dichos, más bien plantas arbóreas. No tienen troncos de madera con anillos anuales, sino que sus largos cuerpos son la suma de pequeños conductos tubulares y fibrosos, como diminutas venas, que las hacen mucho más flexibles y les permiten doblarse con viento como una ligera bailarina.

Así decía Ulises, cuando llega al reino de lo feacios y se encuentra con hija del rey, Nausicaa, a la que compara con una palmera por su hermosura:

Que nunca se ofreció a mis ojos un mortal semejante, ni hombre ni mujer, y me he quedado atónito al contemplarte. Solamente una vez vi algo que se te pudiera comparar en un joven retoño de palmera, que creció en Delos, junto al ara de Apolo -estuve allí con numeroso pueblo, en aquel viaje del cual habían de seguirme funestos males-; de la suerte que a la vista del retoño quedeme estupefacto mucho tiempo, pues jamás había brotado de la tierra un vástago como aquél.
Homero, Odisea VI

Bajo esa palmera de Delos que describe Homero, Leto dio a luz a Apolo y convirtiendo el árbol exótico en especie noble y sagrada, con sus palmas, aventajando a los insignes laureles, agitadas para recibir a ilustres y campeones; costumbre que también copiaron los cristianos para celebrar la llegada de Jesus a Jerusalén.

Los feacios de Corfú siempre me cayeron bien porque no se interesaban por batallas ni conquistas sino que dedican sus energías a los mástiles y los remos, y a las bellas embarcaciones que cortan los mares cubiertos de espuma. Yo no sé si tuvieron algo que ver con los fenicios, por su nombre y aficiones, pero sí que curiosamente, en griego estos últimos se llamaban como la palmera, φοίνικας , como la que alude Odiseo al contemplar a la bella princesa Nausicaa. Y ella, al descubrir al náufrago tendido en la playa, se lamenta:

Éste es un infeliz que viene perdido y es necesario socorrerle, pues todos los extranjeros y pobres son de Zeus

La hospitalidad era insoslayable para los griegos, e incluso hoy sigue siendo una costumbre tradicional de las áreas rurales. Todos los extranjeros y pobres estaban bajo la protección directa de Zeus y no cumplir con el deseo del dios era un sacrilegio. Esta divinización de la acogida facilitó que los griegos fueran un pueblo viajero y permitió su contacto y enriquecimiento con otras civilizaciones. El forastero era rápidamente convertido en invitado y agasajado con comida, descanso, aseo y hasta provisto de sirvientes, animales y naves para completar su aventura. La costumbre no carece de interés, ya que el visitante queda automáticamente en deuda con el anfitrión, por lo tanto, en cualquier situación en la que él necesite ayuda podrá pedirla. Y así lo expresa Menelao:

También nosotros, hasta que logramos volver acá, comimos frecuentemente en la hospitalaria mesa de otros varones; y quisiera Zeus liberarnos de la desgracia para en adelante.
Homero, Odisea IV

Los frutos anaranjados, colgados a montones de sus pedúnculos como abalorios, son terribles bombas energéticas para recorrer desiertos; la falta de humedad hace que se concentren los minerales, azucares y vitaminas en una pulpa apretada y vigorizante. Los griegos clásicos comían los dátiles secos acompañados de vino e higos, ofreciéndolos como un manjar delicioso y preciado en los buenos banquetes. Jenofonte relataba que en las mesas nobles persas se servían ejemplares enormes y jugosos mientras que los pequeños, como los que se vendían en Grecia, eran ofrecidos a los siervos y esclavos. Los persas siempre fueron lo más en temas gastronómicos, quizás por eso perdieron la guerra.

Es en los meses de octubre y noviembre cuando se endulzan y engordan los dátiles, cambiando y oscureciendo su color. La planta los sigue alimentando, como buena nodriza, con su sabia, para cebarlos y suavizarlos, pero con los primeros sirocos, azota el viento las largas pelambres y airea los racimos listos para la recolecta a golpe de machete. Algunas variedades más delicadas como el Deglet Noor, o dátil de la luz, requieren una recolección más esmerada, encaramándose a lo alto de la palmera y escogiendo uno por uno sus frutos.

Las buenas cocinas griegas acumulan tarritos de colores llenos de frutos rojos, verdes y amarillos, reposados y brillantes, que descansan en elevadas alacenas, al abrigo de los gatos, para agasajar al visitante. Son los “dulces de cuchara”; frutas en un denso almíbar que se sirven en pequeños platos de cristal acompañados de minúsculas cucharillas. Al depositar una pequeña cantidad en la boca, se cierran los ojos y se piensa en la fruta; cual es, en qué lugar se recolectó, como se cocinó, como se formó lentamente el caramelo y se dejó espesar, qué viajero de Arabia trajo el azúcar, que curioso es que entonces la miel fuera barata y el azúcar extremadamente caro, cómo cambian las cosas, que rico que está el bísino de agrias cerezas y el kumkat de naranjas enanas de Corfú, aunque prefiero el dulce de pistachos de Egina, de uvas, higos y mandarinas de Quíos, con limones de Santorini, con las nueces ikariotas o de las almendras con canela de Kos, que bonita está la tarde y que viento más agradable agita el mar contra la otra orilla. Y cuando el último vestigio de sabor se cuela por las papilas gustativas y la imagen del postrero pensamiento se desmadeja, se chasquea la lengua varias veces y se bebe un empañado vaso de agua helada. Si eso os ocurre alguna vez y al abrir los ojos veis a una sonriente señora que pregunta si queréis más, ya sabes que siempre estaréis en deuda con ella y que gracias a su invitación, en algún momento, se pudo llegar a la luna.

 

Dátiles

 

La receta de hoy es un dulce de dátiles muy simple que encontré en un libro para niños. Según el autor es un dulce típico bizantino elaborado en los monasterios de las islas jónicas, donde la cocina está claramente influenciada por los italianos.

Dulcia domestica
Ingredientes:
• 200 gr. de dátiles frescos o secos
• 50 gr. de nueces troceadas
• un poco de sal y pimienta
• vino con miel

Preparación:
Eliminar los huesos de los dátiles y rellenar con las nueces. Salpimentar y cubrir con el vino con miel. Cocinar a fuego lento hasta que las pieles de los dátiles se desprendan con facilidad (aproximadamente 5-10 minutos). Dejar reposar

Que aproveche.

ΑΦΡΙΚΑΝΑ
Σαν λουλούδι πλάνο μαγικό
Μυρωμένο και ελκυστικό
Είναι το γλυκο της στόμα
Το φιδίσιο της το σώμα

Μες τη χώρα αυτή τη ξωτική
Τη μαγεύτρα πλάνα Αφρική
Του χουρμά όλη τη γλύκα
Στα χειλάκια της τη βρήκα

Αχ πως ποθώ μελαμψή Αφρικάνα
Να ριχτώ ξανά μια βραδιά
μες την αγκαλιά σου την πλάνα
Αχ νοσταλγώ τον τρελό τον σεβντά σου
Τα θερμά σου λάγνα φιλιά
Και το μυρωμένο άρωμά σου.

AFRICANA
Como flor sensual mágica
aromática y atractiva
es el dulce de su boca,
su cuerpo serpenteante.

En este exótico pais,
en la sensual Africa mágica
la dulzura del dátil
en sus labios encontré.

¡Aj! Como anhelo a mi negra africana
y arrojarme de nuevo una noche
a su abrazo sensual
¡Aj! Como añoro tu turbadora melancolía
tus ardientes besos voluptuosos
y tu aroma embriagador.

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Pájaros en Creta

Por 28 febrero, 2017 Etiquetas: , , , Comentar (3 Comentarios)

Los pájaros contribuyen, por su envidiable vuelo, sus bucólicas cantilenas, sus plumajes de fantasía y en resumen, por escapar al control del hombre, una componente mágica a cuentos, supercherías y cábalas mitológicas. Tenían los clásicos, pájaros para el amor, como el torcecuello, pájaros que curaban la ictericia, como la oropéndola, o los nidos del martín para los eccemas. Hay pájaros para sanar nuestro ánimo y calmar tempestades, para oír, perseguir, admirar, o simplemente, para dejarnos el recuerdo de su viaje.

“Días de Alcyone” es una figura retórica, una metáfora utilizada bastante en la lengua inglesa y poco en la nuestra, para referirse a un periodo de calma y bienestar; unos días que se grabaron en la memoria como gloriosos pero fugaces; normalmente durante la niñez. Esos días dulces y nostálgicos, se evocan como fechas de alegría e independencia; es decir cómo volátiles pájaros.

El Alcyone o Alcedo atthis, es un ave migratoria presente el Mediterráneo desde finales del verano hasta el principio de la primavera. Por lo general, ponen sus huevos en enero, en la orilla de los ríos y en las grietas de la costa, coincidiendo con las calmas invernales mediterráneas y con las menguas; es decir con la bajada del nivel del mar que se produce después del solsticio de invierno; de esta forma se desplaza poco para alimentar a su prole. El nombre común del pajarillo es Martín pescador, por su habilidad en estos menesteres, armado con su pico largo en forma de puñal, y con su plumaje colorido de plumier escolar.

Los pájaros se asocian a menudo con la alegría y libertad aunque a veces dan pena y están en jaulas; otras se cansan en sus vuelos etéreos y vulgarmente bajan a descansar donde pueden. No es extraño, en las travesías, cobijar algún pájaro aprovechado que utiliza el barco como el coche cama hasta que vuelve a oler tierra y se pira sin un pio. Esta facultad era aprovechada por los fenicios para aproximar su distancia a tierra en sus largas navegaciones. Normalmente son pájaros pequeños y agotados; gorriones, jilgueros, estorninos; despistados de su ruta por cualquier causa, que ven la cubierta del barco como la tabla de salvación. Pero a veces aparecen aves grandes, rapaces o pajarracos.

 

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Un día llegó un palomo. Tenía una cabeza redonda y pequeña que movía de un lado a otro y unos ojos furiosos, como clavos, que jamás entornaba y que se fijaban en tu nuca cuando le dabas la espalda; se posó en la cruceta del palo y cuando el viento arreciaba y le hacía resbalar por la superficie de aluminio, el desdichado se aventuraba a bajar a cubierta y agarrarse algún balcón, siempre a una distancia prudencial. Se llamaba Palomino y llegamos a tener cierta amistad pues el muy cara se recorrió gran parte del Mediterráneo de balde con nosotros. Ahí fue cuando empecé a poner en tela de juicio el incansable vuelo de las palomas mensajeras. La vida está llena de mitos que día a día vamos desmontando o nos desmontan y yo dudaba de que la blanca paloma con rama de olivo que apareció una mañana en el arca de Noé no viajara escondida en la nave desde hacía tiempo.

En otra ocasión, en un día tormentoso, aterrizó una nube de pajarillos menudos y rechonchos; unos cien mil, sin exagerar, qué no me gusta. Aspirados de su árbol por algún chubasco, estaban tan desorientados y maltrechos que no dudaban en meterse dentro del barco, escondiéndose por sus rincones, estirando la pata entre los libros, desapareciendo para siempre por los huecos de los mamparos y las insondables sentinas. Muchos salieron volando al llegar a tierra, otros aparecieron tiesos y fríos; pero de la gran mayoría no encontré ni plumas ni huesecillos ni nada, ni alcanzo a comprender que pudo ser de ellos o si uno de los agujeros que atravesaron era negro y ahora pian felices en alguna rama adimensional de otro mundo paralelo. Dejaron todo el barco como el palo de un gallinero.

Hay estudios que dicen que las aves se basan en un mapa geomagnético para orientarse y que utilizan una brújula cerebral. Se les puede desviar, falseando el campo magnético que perciben, de modo que cambien su orientación espacial, aunque sigan viendo el sol, las estrellas y otras referencias en el mismo sitio. Quizás es lo que pasó durante el chubasco. También esta natural orientación era empleada por los antiguos navegantes que seguían en sus rutas la migración de las aves. El caso es que barco y pájaro, volar y navegar, tienen muchos puntos de encuentro, hasta el funcionamiento de un velero tiene fundamento en un ala.

Recuerdo en un puerto fluvial en Creta donde estuvimos hace muchos años, un rio que desembocaba en una playa de aguas congeladas, donde la cubierta se llenaba frecuentemente unos pajarillos azules y naranjas que tenían sus nidos en pequeñas grutas y cuevas cercanas a la orilla, adornados con escamas de pescado, conchas y ramitas; eran Martines pescadores. Más allá del puerto, el rio era navegable para embarcaciones de poco calado hasta llegar a un gran lago de aguas azules y misteriosas; del que se especulaba que brotaba de corrientes submarinas a varios kilómetros de profundidad. La desembocadura daba paso a una playa donde los pocos turistas de aquellos maravillosos años tomaban el sol y se bañaban, haciendo uso de unas duchas improvisadas, abastecidas por las aguas del mismo rio. Al atardecer, las toallas se recogían a toda velocidad y sus dueños desaparecían corriendo, antes de que llegara la hora punta de los implacables mosquitos. Los pájaros zumbaban sobre la superficie, en línea recta con cortos planeos, apareciendo como sombras multicolores que se tiraban en picado sobre el lago y de una manera certera capturaban los pequeños peces desprevenidos; nunca les vi salir de vacío. Descansaban a puñados entre los cañaverales y sobre las conchas de las tortugas perezosas que les servían de improvisado flotador y silbaban unos pitidos agudos y atronadores al juntarse en un barullo, seguidos de un carraspeo áspero y cortante. Pi-pi-raca-raca…pi-pi-raca-raca. Y así pasábamos horas y siglos, pájaros y yo, revoloteando los unos y observando el ir y venir de esos perdigones azules. Me dejaron para siempre un recuerdo preciso, unos días de Alcione; en esa quietud y en ese pi-pi-raca-raca se escondieron mil sonidos emocionantes, de forma que si los volviera a oír se aparecería Creta ante mis ojos, indudable y firme. Mucho más que frente a las columnas rojas de Evans en el palacio de Cnosos.

Alcíone, ἀλκυών, era la hija de Eolo y se casó con Ceyx, rey de Tesalia, hijo de Eosfóro, el que trae a Eos, el que trae la aurora. Alcione y su marido vivían felices, pero Ceyx quiso consultar el oráculo de Apolo; pertrechó su nave y zarpó una buena mañana, negándose en redondo a que les acompañara la desconsolada Alcione. Ceyx pereció en una horrible tormenta y Alcyone nunca volvió a saber de él, ni de su triste naufragio. Día tras día ella aguardaba esperanzada su regreso. Fue Morfeo quien se compadeció de su inocente ignorancia y le hizo ver en sueños amargos a su amado desapareciendo en el mar en medio de una furiosa tempestad. Alcione se lanzó desde un acantilado para acabar con su vida. Pero la muerte no le fue concedida si no que se transformó en un hermoso pájaro. Eolo se apiadó de su hija e intercedió ante Zeus para que permitiera que durante un tiempo, el mar permaneciera en calma y el pájaro pudiera poner los huevos tranquilo; así nacieron los días de Alcione y su relación con las tempestades, las calmas y las navegaciones.

El fenómeno meteorológico existe, aunque no es fijo ni constante en el tiempo; hay años que no se produce; pero sí que hay un periodo de días en invierno, cercanos al solsticio, en que el anticiclón invade el Mediterráneo, solazándose y expandiéndose, para dar muy poco gradiente barométrico y casi nada de viento. En España solemos llamarle “calmas de enero”, aunque no siempre coinciden con este mes.

En la orilla, unos chavales cazaban pájaros, los hacían caer en trampas pegajosas para capturarlos y meterlos en una jaula improvisada con cubos y tela metálica. Creo que el método, antiquísimo, se llama cazar con liga y es muy poco selectivo. La liga es un pegamento natural que se extrae de una planta, se manipula un poco al fuego y se impregnan los matorrales donde suelen ir las aves. Durante el proceso, los animales pierden bastantes plumas que se quedan adheridas a la vegetación; los pobres bichos se agotaban aleteando incansablemente para liberarse de su enigmática inmovilidad y se desesperan viendo su pollada indefensa en la orilla. Cuando no era accesible el pegamento natural se fabricaba diluyendo suelas de zapatos en aceite caliente y se le añadía polvo de vidrio. Al fin cautivaron suficientes y los distribuyeron en unas balsas hechas con cañas y maderas que lanzaban corriente a favor por el rio; los forzosos argonautas azules no se atrevían ni a piar en su último viaje hacia el mar, donde casi seguro les esperaban las carroñeras gaviotas, entusiasmadas con sus presas facilonas. Los niños no son conscientes de la enorme crueldad que acarrean muchos de sus juegos, aunque ellos siempre los recordarán como sus tiernos “días de Alcione”.

Cuando estaba todo dispuesto se oyó un vocerío y un viejo harapiento surgió de entre los eucaliptos agitando un palo nudoso. Los brutales muchachos salieron espantados dejando su faena a medio acabar y los pájaros pegados sobre los maderos. El abuelo se acercó con murmullos de lastima y yo creo que lloraba. Uno a uno fue liberando a los desdichados mientras los acariciaba y les silbaba una melodía repetitiva. Los pájaros, a cambio se alejaban de la increíble pesadilla con trinos de triunfo.

La canción que pongo a continuación es de Daphne y Dimitris Athanasopoulos a los que tuve la ocasión de oír en directo el otro día ; me sorprendieron muy gratamente y les deseo lo mejor, pues lo merecen. Sus canciones, con gran carga social, tienen sus raíces en la música más popular, pero su forma de interpretarlas y darles la vuelta con problemas actuales, es muy interesante. En este caso, sobre una tonada tradicional del Epiro, cuya letra original poco tenía que ver, se cuenta la historia de dos muchachos que esconden en el rio su amor proscrito; allí les sorprenden los padres y les atacan con cuchillos y piedras, sin entrar en razones. Al final, los jóvenes tienen que huir del pueblo. Parte de la estrofa, que hace referencia a la letra de la antigua canción, es intraducible, como ocurre con muchas canciones populares de estribillos repetitivos.

Μωρ’μαρώ

Από πέρα απτο ποτάμι
κι από δωθ απ’το πλατανι
κάθονταν δύο αγόρια
είναι Ο Γιώργος και Ο Ιωάννης
χέρι χέρι αγκαλιασμένοι
από το χωριό κρυμμένοι
ξάφνου να κι πατεράδες
μπρατσωμενοι μάτσο άντρες
με μαχαιριά και με πέτρες
ούτε λόγια ούτε κουβέντες
και το σκάσαν οι λεβέντες.

Μωρ’μαρώ και μαριγία
μαρανθος και ντερντελίνα
γαι σου Μάρο και μαρίγια

 Mor maró 

Enfrente de este rio
aquí en el plátano
están sentados dos chicos
son Juan y Jorge
mano a mano abrazados
a escondidas de su pueblo.
De repente sus padres
un manojo de hombres bragados
con cuchillos y piedras
sin palabras ni charlas
lo reventaron los valientes.

Mor maró y Mariyia
hinojo y derdelina
Hola Máro y Mariyia

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Pan con aceite en Paxos

Por 12 febrero, 2017 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)

Con la brisa los olivos trazan ondas plateadas sacudidos con el paso del viento. Es octubre y es Paxos. Las mallas se extienden bajo los olivares para atrapar las aceitunas que caen por su peso. ¿A quién se le ocurriría comerse esta fruta amarga y áspera? ¿Quién inventaría la salmuera para curar sus prietas mollas? ¿Quién estrujó su cuerpo jugoso para extraer el delicado perfume? ¿Quién inventó el Mediterráneo?

Por los huecos de los mantos negros se asoman los cuellos de cientos de ciclámenes que inclinan sus sonrosadas cabezas sobre las frutas recién caídas, las miran como niños maniatados, sin poder hacer nada con ellas. Me gusta este color para acompañarme bajo los árboles que tamizan los rayos como un cedazo y dejan la tierra moteada de luces y sombras. De cuando en cuando, alguna chispa de sol alcanza a un ciclámen que se yergue hipnotizado y más flor que el resto. Allí al fondo está el azul ineludible del jónico, que aunque no se ve se imagina y se huele. Me agrada el sonido al pisar las hojas picantes de los olivos, acumuladas durante siglos, desde que los plantaron los venecianos, y desde mucho antes que ellos, de sus primos los acebuches. Esas hojas medicinales que disminuían la tensión y el exceso de azúcar, y coronaban las cabezas de los atletas vencedores.

 

Paxos-olivo

Los olivos son capaces de modificar la cantidad y calidad de la luz que pasa por las capas más externas de la copa, de tal forma que logran que la luminosidad que llega al interior sea estable durante todo el año y así, sus verdes olivitas se mecen sin sobresaltos, engordando y amoratándose. Pretendidas por pájaros e insectos, que picotean las ramas y producen un crepitar soñoliento, que sumado al zumbido de la mosca y el tip-top sordo de su propia caída, aderezan el reposo de cualquier mediodía de otoño. Por cierto, era Pan, el de los cuernos y las patas peludas, el fauno dios de la vida campestre, de los animales y las plantas del bosque y de las cabras locas y diabólicas; el mismo dios de la siesta.

Todas estas cosas se pueden meditar, y otras muchas, cuando se duerme bajo viejos los troncos imposibles, estrangulados y contraídos. Hay árboles buenos para soñar y otros malditos, como el sicomoro. La higuera tiene mala hasta la sombra y se la debe sangrar antes de tumbarse bajo sus ramas, dicen, para no volverse loco. Pan era terrible cuando se le interrumpía su sueño del mediodía.

Fue aquí en Paxos donde se anunció la muerte del último dios olímpico. Lo cuenta Lawrence Durrell en las “Islas griegas“en el capítulo dedicado a Paxos y Corfu. La narración corresponde a su vez a una interpretación de otro relato de Plutarco. Dice Durrell que en tiempos de Tiberio, un barco que transportaba mercancías, se encontraba frente a la costa de Paxoí, cuando ya caía la noche. Oyeron todos una voz que parecía proceder de la isla dirigiéndose al piloto:
«Cuando el barco llegue a Palodes, debes anunciar la muerte del gran dios Pan».

En el lugar indicado, el capitán gritó la noticia, del mar se elevó un gran lamento y con él el corazón del mundo antiguo dejó de latir. Los albores del cristianismo mataron al gozoso sátiro y lo condenaron a representar al diablo, que de aquí en adelante tendrá la figura de macho cabrío, lascivo, maligno y lujurioso. La cabra infernal, que en griego se dice τράγος, como τραγούδι, canción, y como τραγωδία, tragedia. El macho de ojos verticales y penetrantes que interpreta una función y berrea cuando corteja a la hembra.

Aunque realmente, el texto de Plutarco dice:

Encontrándose un navío, de noche, cerca de Paxis, una de las pequeñas islas Echinades, del golfo de Patrás, no muy lejos de la desembocadura del río sagrado Aqueloos, río toro y fecundo, en un momento de calma…

Las Equinadas y el Aqueloo están a unas 70 millas más al sur de Paxos. Así que hay alguna incongruencia en la historia. O hay alguien intentando hacernos creer que el averno está donde no debe. Desde luego, no bajo los aceituneros del jónico.

Hace algún tiempo llegaba a Gaios, la capital, un hidroavión con pasajeros procedente de Corfú. Amerizaba sobre las 6 de la tarde cuando más bullicio había en el puerto y todos los yates buscaban sitio en sus muelles; momentos antes aparecía un señor en una barquita azul y comenzaba a vociferar para que todos se apartaran; era el controlador. Son esas escenas de modernidad impuesta a la carrera sobre una forma de vida tradicional y tranquila. Algunas veces, el hombre volvía afónico a su casa porque no todos lograban comprender que se les venía un avión sobre la cabeza. Pan era también el dios del pánico.

Aquí, en Paxos, recuerdo las tabernas de mesas adornadas con jarritas de un aceite denso, dorado y aromático que se derramaba con lentitud sobre las rebanadas de pan. Solo con esto ya comíamos, para horror del tabernero. Dejado caer sobre el blanco plato al que se hacía girar, observando la textura y color de ese oro verde que mezclado con el regusto a salitre de la noche revelaban la lujuria insaciable de Pan. No sé si seguirá en el puerto, prefiero no indagar, el almacén donde vendían aceite a granel. Lo sacaba un señor con un cacillo de mango largo, de unos toneles metálicos con tapas de madera divididas en dos por una bisagra bloqueada por la grasa. Lo hundía hasta el fondo y rellenaba la botella que relucía a la luz de la bombilla como el lucero del alba.

Dejando caer la tarde entre los olivares, se encienden las copas y las hojas dejan atravesar rayos dulzones y tendidos, la tierra se llena de largas manos huesudas de sombras, ejércitos de brujas que ansían la oscuridad, sembrando el campo de conjuros maliciosos. Entre las ramas, todavía se ven los últimos jadeos rojizos del sol y su fiel planeta acompañante.

Hablo del lucero del alba y me doy cuenta de que la pobre Paxos siempre acaba trayendo a colación al diablo sin quererlo. Venus, el planeta admirado por todos, el lucero que escolta al sol a su salida y su puesta, el astro bello, por un error de traducción acabó representando también al demonio. La historia es tan absurda como la anterior de Pan: antiguamente se pensaba que había dos astros independientes, uno al amanecer y otro al atardecer, Héspero, Ἓσπερος, era el lucero vespertino y Eósforo, Ἐωσφόρος, hijo de la aurora y lucero del alba,“el que transporta a Eos”, también conocido por otros como Fósforo, Φωσφόρος, “el que trae la luz” . Cuando se traduce al latín queda para la mitología romana convertido en Lucifer.

Cuando San Jerónimo escribió La Vulgata , su traducción al latín del hebreo de la Biblia, se encontró con un texto de Isaías que hablaba del rey de Babilonia como el “astro rutilante”, hijo de la aurora, que había caído por soberbio y enfrentarse a Dios. San Jerónimo empleó la palabra Lucifer en vez de “astro rutilante” y el hermoso Fósforo, Afrodita y Venus, fue arrojado al fuego del infierno de un plumazo.

Esta pequeña isla, que los romanos siguen invadiendo cada verano por tierra mar y aire, tiene ese defecto, del cual no es culpable; traer olores de azufre. Sobre todo en agosto, porque llega arder y en la marmita de Pedro Botero se cuecen turistas emperifollados y bronceados que ni saben quién es Pan, ni Fósforo ni Venus. Ni que las cabras salvajes que triscan los acebuches son las descendientes de un dios que nunca volverá.

Στίχοι: Κώστας Τριπολίτης
Μουσική: Μίκης Θεοδωράκης

Η σκοτεινιά της κάμαρας
θα ρθει μαζί σου
ντύσου ντύσου ντύσου
κι η νύχτα αυτή που κράτησες δική σου
ντύσου ντύσου

Ο κόσμος ξημερώνει
ο κόσμος ξημερώνει

Με τα φιλιά που κάρφωσα
εδώ βαθιά σου
βιάσου βιάσου βιάσου
κι αυτά που απόψε κέρδισες δικά σου
βιάσου βιάσου

Ο κόσμος ξημερώνει
ο κόσμος ξημερώνει

Letra: Kostas Tripolitis
Música: Mikis Theodorakis

La oscuridad de la habitación
vendrá contigo
vístete, vístete, vístete
y la noche esta que guardabas para ti
vístete, vístete

El mundo amanece
El mundo amanece

Con los besos que clavé
aquí, en tu interior
Apresúrate, apresúrate, apresúrate
y eso que anoche ganaste para ti
Apresúrate, apresúrate

El mundo amanece
El mundo amanece

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La isla del ciervo y la luna

Por 2 febrero, 2017 Etiquetas: , , , , Comentar (14 Comentarios)

Me deslicé por la escalera sin ser consciente del agua, persiguiendo una estela blanca como si fuera un calamar. Cuando el mar ni siquiera se riza, la luna hace un camino limpio sobre la superficie, nítido y sin temblores. Directo, como un cañón la luz penetraba en el agua y hacía visible lo desconocido. En ese caso es una necesidad imperiosa transformarse en un ser marino y perseguir el resplandor, abriendo bien la boca para tragar agua salada y dejarla escapar por las branquias, recordando el pasado pez de nuestros ancestros. En el fondo, la arena se había quedado quieta dibujando suaves montañitas como si fueran olas capturadas en una instantánea, y entre las crestas, estrellas de mil pies andaban de un lado a otro indiferentes a la indiscreción del satélite luminoso. Salir a respirar era un auténtico desperdicio porque la luz argentina y onírica del interior del mar se transformaba en oscuridad al sacar la cabeza y contemplar el cielo vacío de estrellas dominado por la cara redonda de la loca blanca.

Selene era una deidad promiscua. Una de las historias mitológicas más turbadora es para mí la de los amores de Selene con el pastor Endimión, un joven rey destronado que se ocultaba en las montañas dedicándose a pastorear sus rebaños y a contemplar el firmamento por las noches. Endimión tras ponerse el sol, para distraer su soledad, observaba a Selene, a la que cortejaba en silencio; noche tras noche su alma se alimentaba de esa muda contemplación amorosa. Una noche Selene, sin saber nada de la gran pasión que ha inspirado, desciende a la tierra, le ve dormido, hermoso, desnudo, tumbado en la entrada de una cueva, irresistible en su juventud y se desliza con sus rayos blancos para yacer a su lado. La diosa también se enamora y empieza a frecuentarle cada noche. Endimión, despierto, languidece frente a su amor imposible, dormido, se convierte sin saberlo en el objeto de amor de la misma diosa. Él no sabe que ella le visita cuando sueña y ella no sabe que él la ama cuando está consciente. Son Selene y el pastor dos amantes que se persiguen sin encontrarse.

Una noche despierta Endimión entre la zozobra de un sueño, sintiendo el roce de su amada; el goce es infinito para ambos, se confiesan su amor y se observan de cerca, pero desde ese momento Endimión ya no es feliz, siente pánico. Es consciente del paso del tiempo, ese que tan finamente dibuja su pálida amante a base de días de ausencia y noches de ardor, que se les escapa irremediablemente y le deja aterrado ante los primeros signos de su propia vejez. Selene pide ayuda a Zeus y éste concede que Endimión permanezca intemporal mientras esté dormido; sólo envejecerá en los periodos de vigilia. Endimión hace prometer a Selene que estará siempre con él mientras duerma. Sueña y no envejece, siempre despierta enamorado. Pero entonces, cuando está despierto, ella no está y se desespera, solo desea volver a caer dormido otra vez para tenerla entre sus brazos.

Pobre Endimión ¿De qué le sirve su gozo si no puede deleitarse? Le dio tanto miedo el fugaz tic-tac de Cronos que no supo saborear el presente. No tiene más remedio, al final, que caer en un sueño interminable para poder detener las nuevas arrugas que cada día descubre en su rostro y retener así a su amada. Toda una paradoja de amor, tiempo, sueño y muerte: Si existiera el dormirse y no se compensara con el despertar que se origina del estar dormido, sería como estar muerto. ¿Sentirá ahora los besos de la luna? ¿Cómo gozará de ello si no aprecia nada? ¿De qué aprovecha la inmortalidad si esta es insensible?

La isla de Elafonisos, de los ciervos, es un espectáculo durante el plenilunio, porque está hecha de arena y de dunas y se platea esas noches como una joya. Su nombre hace referencia a los muchos templos dedicados por la zona a Artemisa, la diosa virgen y cazadora, que iba acompañada siempre por un cervatillo; la que que usurpó a Selene su poderío lunar. Por cierto que fue otra virgen, la María, la que heredó a su vez el trono de Artemisa, por ello se la pinta frecuentemente pisando la luna. Los cristianos llegaron con pie firme para cambiar las cosas.

 

luna llena Elafónisos

 

Al principio Elafonisos era una pequeña excrecencia del cabo Maleas. Un terremoto quebró su unión con el Peloponeso y la isla se fue poco a poco separando y creando ese estrecho de aguas turquesas que tanto impresiona al visitante. Dicen que en 1677 todavía era posible cruzar de un lado a otro andando sobre los charcos. Los piratas sarracenos la conquistaron y asesinaron o esclavizaron su población; Elafonisos permaneció deshabitada y olvidada durante casi mil años. En el S XIX y por una disputa territorial, Kapodistrias decide mandar a unas familias a crear asentamientos y comienza a ser habitada oficialmente de nuevo.

Una barca cruzaba a remos al continente, manteniendo una línea irregular, autogestionada y espontánea, en la que los pasajeros eran invitados amablemente a remar y los animales a chapotear amarrados a sus costados; todos menos los burros que tienen pavor del agua y no saben nadar. Una mañana tranquila y calma de 1938 los ocupantes oyeron un estruendo y vieron a una barca roja acercarse a toda velocidad. ¡Nada menos que tenía 5 hp de motor! El joven piloto del flamante barco levantó el brazo y gritó señalando el nombre pintado en la borda:

–Esta es la Virgen María, ¡Mirad el futuro, la grandeza de la isla!

Y todos lanzaron sus sombreros al aire, ante el terror de los pollinos que comenzaron a rebuznar al unísono. Los remos cayeron en cubierta para siempre y los burros, poco a poco, se esfumaron con la bruma. La ruta fue operada por muchos y sucesivos barcos rojos que introdujeron a Elafónisos en una nueva era. En la actualidad, miles de coches y turistas visitan diariamente, en verano, una población de apenas 200 habitantes. Endimión se volvería a dormir para no ver ese precipicio del tiempo y de vírgenes coloradas que pisotean a su amante. Despertaría solo en el pansélino para bañarse en el agua y perseguir a su luna como si no hubieran pasado los siglos y todo fuera como antes del sueño.

La curiosa y sagaz lengua griega tiene la manía de cambiar conceptos al alterar los prefijos, dando lugar a comparaciones originales: Εκδρομές, quiere decir excursiones, recorridos de placer, hacer turismo; Επιδρομές, quiere decir invasiones, como los turistas a tropel. Y solo cambian 2 letras. Grecia necesita el turismo como el maná, pero a la vez el turismo la devora como Saturno. Una contradicción, una duda existencial ¿Qué quiero, qué? se pregunta Sapho.

Στίχοι: Σαπφώ
Μουσική: Νίκος Ξυδάκης
εκτέλεση: Ελευθερία Αρβανιτάκη

Ολονυχτίς ο σκοτεινός
τα μάτια ο ύπνος κυριεύει
και με καίει, με καίει
και μ’ ανάβει ο πόθος
σύγκορμη.

Τι θέλω τί, μήτε ξέρω τί,
δυο γνώμες μέσα μου.
Τι θέλω τί, μήτε ξέρω τί,
σταγόνα τη σταγόνα ο πόνος μου.

Letra: Sapfo
Música: Nikos Xydakis
Canta Eleftheria Arvanitaki

Toda la noche la oscuridad
los ojos el sueño domina
y me abrasa y me abrasa
y me enciende la pasión
el cuerpo entero

Qué quiero qué, ni sé qué
dos opiniones dentro de mí
qué quiero qué, ni sé qué
gota a gota mi dolor

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