Pan con aceite en Paxos

Por 12 febrero, 2017 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)

Con la brisa los olivos trazan ondas plateadas sacudidos con el paso del viento. Es octubre y es Paxos. Las mallas se extienden bajo los olivares para atrapar las aceitunas que caen por su peso. ¿A quién se le ocurriría comerse esta fruta amarga y áspera? ¿Quién inventaría la salmuera para curar sus prietas mollas? ¿Quién estrujó su cuerpo jugoso para extraer el delicado perfume? ¿Quién inventó el Mediterráneo?

Por los huecos de los mantos negros se asoman los cuellos de cientos de ciclámenes que inclinan sus sonrosadas cabezas sobre las frutas recién caídas, las miran como niños maniatados, sin poder hacer nada con ellas. Me gusta este color para acompañarme bajo los árboles que tamizan los rayos como un cedazo y dejan la tierra moteada de luces y sombras. De cuando en cuando, alguna chispa de sol alcanza a un ciclámen que se yergue hipnotizado y más flor que el resto. Allí al fondo está el azul ineludible del jónico, que aunque no se ve se imagina y se huele. Me agrada el sonido al pisar las hojas picantes de los olivos, acumuladas durante siglos, desde que los plantaron los venecianos, y desde mucho antes que ellos, de sus primos los acebuches. Esas hojas medicinales que disminuían la tensión y el exceso de azúcar, y coronaban las cabezas de los atletas vencedores.

 

Paxos-olivo

Los olivos son capaces de modificar la cantidad y calidad de la luz que pasa por las capas más externas de la copa, de tal forma que logran que la luminosidad que llega al interior sea estable durante todo el año y así, sus verdes olivitas se mecen sin sobresaltos, engordando y amoratándose. Pretendidas por pájaros e insectos, que picotean las ramas y producen un crepitar soñoliento, que sumado al zumbido de la mosca y el tip-top sordo de su propia caída, aderezan el reposo de cualquier mediodía de otoño. Por cierto, era Pan, el de los cuernos y las patas peludas, el fauno dios de la vida campestre, de los animales y las plantas del bosque y de las cabras locas y diabólicas; el mismo dios de la siesta.

Todas estas cosas se pueden meditar, y otras muchas, cuando se duerme bajo viejos los troncos imposibles, estrangulados y contraídos. Hay árboles buenos para soñar y otros malditos, como el sicomoro. La higuera tiene mala hasta la sombra y se la debe sangrar antes de tumbarse bajo sus ramas, dicen, para no volverse loco. Pan era terrible cuando se le interrumpía su sueño del mediodía.

Fue aquí en Paxos donde se anunció la muerte del último dios olímpico. Lo cuenta Lawrence Durrell en las “Islas griegas“en el capítulo dedicado a Paxos y Corfu. La narración corresponde a su vez a una interpretación de otro relato de Plutarco. Dice Durrell que en tiempos de Tiberio, un barco que transportaba mercancías, se encontraba frente a la costa de Paxoí, cuando ya caía la noche. Oyeron todos una voz que parecía proceder de la isla dirigiéndose al piloto:
«Cuando el barco llegue a Palodes, debes anunciar la muerte del gran dios Pan».

En el lugar indicado, el capitán gritó la noticia, del mar se elevó un gran lamento y con él el corazón del mundo antiguo dejó de latir. Los albores del cristianismo mataron al gozoso sátiro y lo condenaron a representar al diablo, que de aquí en adelante tendrá la figura de macho cabrío, lascivo, maligno y lujurioso. La cabra infernal, que en griego se dice τράγος, como τραγούδι, canción, y como τραγωδία, tragedia. El macho de ojos verticales y penetrantes que interpreta una función y berrea cuando corteja a la hembra.

Aunque realmente, el texto de Plutarco dice:

Encontrándose un navío, de noche, cerca de Paxis, una de las pequeñas islas Echinades, del golfo de Patrás, no muy lejos de la desembocadura del río sagrado Aqueloos, río toro y fecundo, en un momento de calma…

Las Equinadas y el Aqueloo están a unas 70 millas más al sur de Paxos. Así que hay alguna incongruencia en la historia. O hay alguien intentando hacernos creer que el averno está donde no debe. Desde luego, no bajo los aceituneros del jónico.

Hace algún tiempo llegaba a Gaios, la capital, un hidroavión con pasajeros procedente de Corfú. Amerizaba sobre las 6 de la tarde cuando más bullicio había en el puerto y todos los yates buscaban sitio en sus muelles; momentos antes aparecía un señor en una barquita azul y comenzaba a vociferar para que todos se apartaran; era el controlador. Son esas escenas de modernidad impuesta a la carrera sobre una forma de vida tradicional y tranquila. Algunas veces, el hombre volvía afónico a su casa porque no todos lograban comprender que se les venía un avión sobre la cabeza. Pan era también el dios del pánico.

Aquí, en Paxos, recuerdo las tabernas de mesas adornadas con jarritas de un aceite denso, dorado y aromático que se derramaba con lentitud sobre las rebanadas de pan. Solo con esto ya comíamos, para horror del tabernero. Dejado caer sobre el blanco plato al que se hacía girar, observando la textura y color de ese oro verde que mezclado con el regusto a salitre de la noche revelaban la lujuria insaciable de Pan. No sé si seguirá en el puerto, prefiero no indagar, el almacén donde vendían aceite a granel. Lo sacaba un señor con un cacillo de mango largo, de unos toneles metálicos con tapas de madera divididas en dos por una bisagra bloqueada por la grasa. Lo hundía hasta el fondo y rellenaba la botella que relucía a la luz de la bombilla como el lucero del alba.

Dejando caer la tarde entre los olivares, se encienden las copas y las hojas dejan atravesar rayos dulzones y tendidos, la tierra se llena de largas manos huesudas de sombras, ejércitos de brujas que ansían la oscuridad, sembrando el campo de conjuros maliciosos. Entre las ramas, todavía se ven los últimos jadeos rojizos del sol y su fiel planeta acompañante.

Hablo del lucero del alba y me doy cuenta de que la pobre Paxos siempre acaba trayendo a colación al diablo sin quererlo. Venus, el planeta admirado por todos, el lucero que escolta al sol a su salida y su puesta, el astro bello, por un error de traducción acabó representando también al demonio. La historia es tan absurda como la anterior de Pan: antiguamente se pensaba que había dos astros independientes, uno al amanecer y otro al atardecer, Héspero, Ἓσπερος, era el lucero vespertino y Eósforo, Ἐωσφόρος, hijo de la aurora y lucero del alba,“el que transporta a Eos”, también conocido por otros como Fósforo, Φωσφόρος, “el que trae la luz” . Cuando se traduce al latín queda para la mitología romana convertido en Lucifer.

Cuando San Jerónimo escribió La Vulgata , su traducción al latín del hebreo de la Biblia, se encontró con un texto de Isaías que hablaba del rey de Babilonia como el “astro rutilante”, hijo de la aurora, que había caído por soberbio y enfrentarse a Dios. San Jerónimo empleó la palabra Lucifer en vez de “astro rutilante” y el hermoso Fósforo, Afrodita y Venus, fue arrojado al fuego del infierno de un plumazo.

Esta pequeña isla, que los romanos siguen invadiendo cada verano por tierra mar y aire, tiene ese defecto, del cual no es culpable; traer olores de azufre. Sobre todo en agosto, porque llega arder y en la marmita de Pedro Botero se cuecen turistas emperifollados y bronceados que ni saben quién es Pan, ni Fósforo ni Venus. Ni que las cabras salvajes que triscan los acebuches son las descendientes de un dios que nunca volverá.

Στίχοι: Κώστας Τριπολίτης
Μουσική: Μίκης Θεοδωράκης

Η σκοτεινιά της κάμαρας
θα ρθει μαζί σου
ντύσου ντύσου ντύσου
κι η νύχτα αυτή που κράτησες δική σου
ντύσου ντύσου

Ο κόσμος ξημερώνει
ο κόσμος ξημερώνει

Με τα φιλιά που κάρφωσα
εδώ βαθιά σου
βιάσου βιάσου βιάσου
κι αυτά που απόψε κέρδισες δικά σου
βιάσου βιάσου

Ο κόσμος ξημερώνει
ο κόσμος ξημερώνει

Letra: Kostas Tripolitis
Música: Mikis Theodorakis

La oscuridad de la habitación
vendrá contigo
vístete, vístete, vístete
y la noche esta que guardabas para ti
vístete, vístete

El mundo amanece
El mundo amanece

Con los besos que clavé
aquí, en tu interior
Apresúrate, apresúrate, apresúrate
y eso que anoche ganaste para ti
Apresúrate, apresúrate

El mundo amanece
El mundo amanece

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La isla del ciervo y la luna

Por 2 febrero, 2017 Etiquetas: , , , , Comentar (14 Comentarios)

Me deslicé por la escalera sin ser consciente del agua, persiguiendo una estela blanca como si fuera un calamar. Cuando el mar ni siquiera se riza, la luna hace un camino limpio sobre la superficie, nítido y sin temblores. Directo, como un cañón la luz penetraba en el agua y hacía visible lo desconocido. En ese caso es una necesidad imperiosa transformarse en un ser marino y perseguir el resplandor, abriendo bien la boca para tragar agua salada y dejarla escapar por las branquias, recordando el pasado pez de nuestros ancestros. En el fondo, la arena se había quedado quieta dibujando suaves montañitas como si fueran olas capturadas en una instantánea, y entre las crestas, estrellas de mil pies andaban de un lado a otro indiferentes a la indiscreción del satélite luminoso. Salir a respirar era un auténtico desperdicio porque la luz argentina y onírica del interior del mar se transformaba en oscuridad al sacar la cabeza y contemplar el cielo vacío de estrellas dominado por la cara redonda de la loca blanca.

Selene era una deidad promiscua. Una de las historias mitológicas más turbadora es para mí la de los amores de Selene con el pastor Endimión, un joven rey destronado que se ocultaba en las montañas dedicándose a pastorear sus rebaños y a contemplar el firmamento por las noches. Endimión tras ponerse el sol, para distraer su soledad, observaba a Selene, a la que cortejaba en silencio; noche tras noche su alma se alimentaba de esa muda contemplación amorosa. Una noche Selene, sin saber nada de la gran pasión que ha inspirado, desciende a la tierra, le ve dormido, hermoso, desnudo, tumbado en la entrada de una cueva, irresistible en su juventud y se desliza con sus rayos blancos para yacer a su lado. La diosa también se enamora y empieza a frecuentarle cada noche. Endimión, despierto, languidece frente a su amor imposible, dormido, se convierte sin saberlo en el objeto de amor de la misma diosa. Él no sabe que ella le visita cuando sueña y ella no sabe que él la ama cuando está consciente. Son Selene y el pastor dos amantes que se persiguen sin encontrarse.

Una noche despierta Endimión entre la zozobra de un sueño, sintiendo el roce de su amada; el goce es infinito para ambos, se confiesan su amor y se observan de cerca, pero desde ese momento Endimión ya no es feliz, siente pánico. Es consciente del paso del tiempo, ese que tan finamente dibuja su pálida amante a base de días de ausencia y noches de ardor, que se les escapa irremediablemente y le deja aterrado ante los primeros signos de su propia vejez. Selene pide ayuda a Zeus y éste concede que Endimión permanezca intemporal mientras esté dormido; sólo envejecerá en los periodos de vigilia. Endimión hace prometer a Selene que estará siempre con él mientras duerma. Sueña y no envejece, siempre despierta enamorado. Pero entonces, cuando está despierto, ella no está y se desespera, solo desea volver a caer dormido otra vez para tenerla entre sus brazos.

Pobre Endimión ¿De qué le sirve su gozo si no puede deleitarse? Le dio tanto miedo el fugaz tic-tac de Cronos que no supo saborear el presente. No tiene más remedio, al final, que caer en un sueño interminable para poder detener las nuevas arrugas que cada día descubre en su rostro y retener así a su amada. Toda una paradoja de amor, tiempo, sueño y muerte: Si existiera el dormirse y no se compensara con el despertar que se origina del estar dormido, sería como estar muerto. ¿Sentirá ahora los besos de la luna? ¿Cómo gozará de ello si no aprecia nada? ¿De qué aprovecha la inmortalidad si esta es insensible?

La isla de Elafonisos, de los ciervos, es un espectáculo durante el plenilunio, porque está hecha de arena y de dunas y se platea esas noches como una joya. Su nombre hace referencia a los muchos templos dedicados por la zona a Artemisa, la diosa virgen y cazadora, que iba acompañada siempre por un cervatillo; la que que usurpó a Selene su poderío lunar. Por cierto que fue otra virgen, la María, la que heredó a su vez el trono de Artemisa, por ello se la pinta frecuentemente pisando la luna. Los cristianos llegaron con pie firme para cambiar las cosas.

 

luna llena Elafónisos

 

Al principio Elafonisos era una pequeña excrecencia del cabo Maleas. Un terremoto quebró su unión con el Peloponeso y la isla se fue poco a poco separando y creando ese estrecho de aguas turquesas que tanto impresiona al visitante. Dicen que en 1677 todavía era posible cruzar de un lado a otro andando sobre los charcos. Los piratas sarracenos la conquistaron y asesinaron o esclavizaron su población; Elafonisos permaneció deshabitada y olvidada durante casi mil años. En el S XIX y por una disputa territorial, Kapodistrias decide mandar a unas familias a crear asentamientos y comienza a ser habitada oficialmente de nuevo.

Una barca cruzaba a remos al continente, manteniendo una línea irregular, autogestionada y espontánea, en la que los pasajeros eran invitados amablemente a remar y los animales a chapotear amarrados a sus costados; todos menos los burros que tienen pavor del agua y no saben nadar. Una mañana tranquila y calma de 1938 los ocupantes oyeron un estruendo y vieron a una barca roja acercarse a toda velocidad. ¡Nada menos que tenía 5 hp de motor! El joven piloto del flamante barco levantó el brazo y gritó señalando el nombre pintado en la borda:

–Esta es la Virgen María, ¡Mirad el futuro, la grandeza de la isla!

Y todos lanzaron sus sombreros al aire, ante el terror de los pollinos que comenzaron a rebuznar al unísono. Los remos cayeron en cubierta para siempre y los burros, poco a poco, se esfumaron con la bruma. La ruta fue operada por muchos y sucesivos barcos rojos que introdujeron a Elafónisos en una nueva era. En la actualidad, miles de coches y turistas visitan diariamente, en verano, una población de apenas 200 habitantes. Endimión se volvería a dormir para no ver ese precipicio del tiempo y de vírgenes coloradas que pisotean a su amante. Despertaría solo en el pansélino para bañarse en el agua y perseguir a su luna como si no hubieran pasado los siglos y todo fuera como antes del sueño.

La curiosa y sagaz lengua griega tiene la manía de cambiar conceptos al alterar los prefijos, dando lugar a comparaciones originales: Εκδρομές, quiere decir excursiones, recorridos de placer, hacer turismo; Επιδρομές, quiere decir invasiones, como los turistas a tropel. Y solo cambian 2 letras. Grecia necesita el turismo como el maná, pero a la vez el turismo la devora como Saturno. Una contradicción, una duda existencial ¿Qué quiero, qué? se pregunta Sapho.

Στίχοι: Σαπφώ
Μουσική: Νίκος Ξυδάκης
εκτέλεση: Ελευθερία Αρβανιτάκη

Ολονυχτίς ο σκοτεινός
τα μάτια ο ύπνος κυριεύει
και με καίει, με καίει
και μ’ ανάβει ο πόθος
σύγκορμη.

Τι θέλω τί, μήτε ξέρω τί,
δυο γνώμες μέσα μου.
Τι θέλω τί, μήτε ξέρω τί,
σταγόνα τη σταγόνα ο πόνος μου.

Letra: Sapfo
Música: Nikos Xydakis
Canta Eleftheria Arvanitaki

Toda la noche la oscuridad
los ojos el sueño domina
y me abrasa y me abrasa
y me enciende la pasión
el cuerpo entero

Qué quiero qué, ni sé qué
dos opiniones dentro de mí
qué quiero qué, ni sé qué
gota a gota mi dolor

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El viento de Syros

Por 24 enero, 2017 Etiquetas: , , , Comentar (10 Comentarios)

Los nombres de los negocios y establecimientos a veces son un poco pretenciosos, imposibles o desorientadores y nos hacen preguntarnos el porqué de dicho apodo, qué pensó su dueño y cuál fue la curiosa historia que llevó a la elección de semejante sello, pero no nos atrevemos a sonsacar, pues suponemos que puede estar harto de explicarlo a todo el mundo.

Una vez me encontré una carnicería que se llamaba, “Rosa de los vientos”, ανεμολόγιο en griego. El letrero de colores me intrigó y desafió mi imaginación, desde entonces no he cesado en buscar la relación entre ambos conceptos; carne y aire, chicha y corriente, músculo y céfiro. Con el paso del tiempo se me olvidó, pero volvió a resurgir con fuerza la pugna cuando me topé con una ψησταριά con el mismo nombre: Rosa de los vientos. Una ψησταριά es un asador de carbón, un tiovivo de pollos, corderos y tripejas enrolladas, girando hasta el aburrimiento, como gira el mundo, como gira el universo y el aroma irresistible de las piezas en el espeto ¿Sería por eso? La tierra al girar produce el viento, como las barras metálicas ensartadas de esas piezas apetitosas difunden los olores. No sé, puestos a emparejar, ya se sabe que es posible hacerlo con el tocino y la velocidad ¿por qué no entre chuletas y brisas?

En Syros volví a encontrar una “Rosa de los vientos” pero esta vez eran unos apartamentos de alquiler. Aquí el nombre estaría más justificado. Yo imaginaba una persona en el balcón, al punto del vuelo, con el cabello revoloteando, con el fondo del cielo y mar azul batido por el Meltemi de verano y los Nortes de invierno, hasta la demencia. Las Cícladas, al estar en el centro del Egeo son las islas más ventosas y en concreto Syros, que está en el eje del archipiélago, es la isla por la que todo tiene que pasar, hasta el viento.

Aunque algunos vientos reciben nombres locales, hay una especie de convención pan-mediterránea de denominar a los grandes vientos, los más comunes, de manera parecida a una parte y otra del mar. Situándonos en un punto central imaginario, intermedio entre Creta y Malta, los vientos se denominan según su procedencia. Así el Siroco es el viento del sureste, el que viene de Siria. El Gregal o Greco es el viento de dirección noreste, la actual Grecia. El Mistral, Maestro o Maestrale es el viento del noroeste, el viento que provenía del centro del mundo: Roma. Y el Libeccio o Libico, el viento que venía de Libia. Aunque yo siempre mantengo que pudo ser el revés, que alguno de estos vientos tenía ya de por sí tanta presencia y personalidad que sustantivaban a los países de donde provenían.

En Syros está la capital de las Cicladas; Ermoúpolis. La ciudad pierde el toque pueblerino de las islas cercanas y se hace más cosmopolita. Su puerto, en el centro del Egeo, llegó a ser uno de los principales tras la independencia de Grecia y se convirtió en el centro naviero y comercial del recién estrenado país. Tuvo uno de los astilleros más importantes y productivos que atrajo dinero y población extranjera. Cuatro años después de la emancipación de Turquía solo tenía una iglesia y un puñado de casas, a finales de siglo, las desnudas rocas grises y las playas de guijarros se transformaron en viviendas y calles para albergar una población de cerca de 50.000 personas, una ciudad cosmopolita dividida en dos colinas, con su barrio católico y su barrio ortodoxo. Cuando el Pireo tomó el relvo, a finales de 1800, Syros quedó convertida en una dama distinguida que vive de sus recuerdos y viejos tiempos, con sus elegantes edificios neoclásicos, hoy anacrónicos, como joyas inservibles y con un pretencioso teatro Apollo copia de la mismísima Scala de Milan. Con el declive naval de Syros, también se asistió a la caída y desaparición de los grandes veleros de carga y cabotaje, dejando paso al modernísimo vapor. Los mástiles se amontonaban en las esquinas sucias de los puertos mientras las chimeneas resoplaban orgullosas. El viento siguió siendo importante, pero ya no indispensable.

 

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Hoy las tornas han cambiado otra vez y el puerto de Ermupolis vuelve a albergar a los numerosos veleros de alquiler, en la temporada estival, de tripulaciones de todo el mundo, que poco a poco ocupan los muelles y desplazan a los vapores y ferris. Estos también, amedrentados por la feroz fama del Meltemi andan día y noche consultando las previsiones meteorológicas y la fuerza de los vientos.

Debido a la categoría de su puerto marítimo, Syros fue una de las islas que más refugiados recibió tras la crisis de 1922, la expulsión de la población griega residente en Turquía y la quema de Esmirna. Algunos de los emigrantes trajeron su música popular que, enriquecida con otros elementos, convirtió a la isla en una de las cunas de la rebétika. Quisieron las musas que en la isla, en el barrio católico, naciera uno de los mejores compositores de rebétika de todos los tiempos: Markos Vamvakaris, Ο Μαρκος.

A la edad de 12 años, Markos, huyó de Ermupolis y desembarcó en un Pireo efervescente. El puerto de los expatriados y del lumpen, de las drogas y la prostitución; se sumergió en la melodía de un mundo que marcaría su vida para siempre. Fascinado por un hombre que tocaba el buzuki en un café, juró que si no aprendía a tocarlo en 6 meses se cortaría los dedos con una cuchilla de carnicero; instrumento que conocía bien por sus trabajo habitual como carnicero y matarife. La música era la única forma de redimirse en un mundo tan sangriento y sórdido. Compuso sus mejores canciones con los recuerdos de los aullidos del Meltemi en su isla natal y el chillido salvaje de las reses en el matadero de Atenas y nos dejó baladas tan hermosas como la que pongo más abajo.

Yo me conformé con haber encontrado el engarce entre los dos eslabones; la carne y el viento. Correspondencia que, aunque un poco endeble, me permitía descargarme de mi obsesión y respirar complacida viendo letreros sin preocuparme. Pero algún tiempo después, paseando por las calles me topé con una peluquería canina que se llamaba Ο Ανεμοστρόβιλος, El Tornado. Me desesperé al principio por la intriga, pero rápidamente me tranquilicé imaginando a sus clientes todos cardados, con sus pelos de punta, electrizados por el secador, los rabos enroscados, huyendo del salón de belleza, apresurados y dando vueltas alrededor del árbol más próximo en pos de cualquier meada como almas que lleva el diablo. Pues sí, es bastante descriptivo, yo misma lo habría elegido también.

Μες στη χασάπικη αγορά ένα χασαπάκι,
με την ελίτσα και τα φρίδια τα σμιχτά
όταν με βλέπει και περνάω από μπροστά του
τη μαχαιρίτσα του στο κούτσουρο χτυπά.

Τα μάγουλα του κοκκινίζουν και με σφάζουν
η όμορφιά του μ’ έχει κάνει σαν τρελή
με γοητεύει, με μαγεύει, με παιδεύει
τον έσυμπάθησα, μανούλα μου, πολύ.

Έχει ένα μπόι λεβεντιά, σαν τη λαμπάδα
να ξέρες, μάνα μου, πολύ τον αγαπώ
κι αν δεν το πάρω, να το ξέρεις θα χτικιάσω,
γιαυτόνε, μάνα μου, στη μαύρη γη θα μπω

En el mercado de la carne un carnicerito,
aceitunado y cejijunto
cuando me ve pasar por delante
su cuchillito golpea contra el tajo.

Sus mejillas se sonrojan y me matan
su belleza me ha vuelto loca
me seduce, me embruja, me mortifica,
me gusta, mamita mía, mucho.

Tiene una talla elegante, como un cirio
Qué sepas, mamita mía, que le amo
y si no lo consigo, qué lo sepas, enfermaré
por ello, mamita mía, en la negra tierra entraré.

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De cómo una isla se elevó a los cielos

Por 14 enero, 2017 Etiquetas: , , , , , Comentar (12 Comentarios)

La divina Calipso le dijo a Ulises que si quería navegar rumbo a oriente debía llevar a su izquierda a aquella que nunca se baña en el mar. Con un dulce viento, Ulises, sentado al timón, vigilaba a las Pléyades y al carro de la Osa que gira sin dejar de acechar a Orión.

La ninfa Calisto, fue condenada con su hijo Arkás; αρκούδα es oso en griego; a no aparecer por el este y desaparecer por el oeste, sino permanecer dando vueltas en el firmamento. Zeus, fue su amante y para evitar las iras de su esposa Hera, los transformó en osos los agarró de la cola y los lanzó al cielo donde quedaron prendidos para la eternidad formando la osa mayor y la osa menor. La desgraciada ninfa nunca se acercaría al reino marino y daría giros infinitos sin tocarlo.

Así hicimos nosotros, sin desorientarnos ni un grado, navegamos rumbo a oriente hasta darnos de bruces con Asia.

Andaba yo inapetente y aburrida con el sube y baja de la costa y los golfos y los cabos que dibujan un mundo que luego sale en las bolas del mundo y la terra trema corría monótona de norte a sur sin un solo aliciente. Yo ansiaba una piedra a la deriva para rodearla, una roca salpicada por todos los vientos y muchas olas. Así que por mi insistencia dimos rumbo a Simi, a pesar de la prohibición, por aquel entonces, de navegar en zig-zag entre la costa turca y las islas griegas. Nada esperaba de la elección, al fin y al cabo nada cambia tanto en unas millas de mar a pesar de pertenecer a diferentes países, tanto una como otra fueron  Grecia en la antigüedad y todas las orillas tenían idéntico color.

Lo singular de acercarte a una isla desconocida por el mar es que la ves crecer y desarrollarse, como un huevo de gigante. Al principio flotaba como un corcho azulado en el agua, acabó eclosionando y permitió que nos adentráramos por sus fracturas, buscando el germen. Seguimos navegando por sus pliegues y hendiduras esperando ver las plumas del pollito feo. Y al final sí, se rompió del todo y se dividió para mostrar totalmente su interior. Pero no encontré feos pájaros en Simi.

No podría explicar lo que me sucedió, ni creo que nadie pueda revivirlo tal y como lo sentí, ni siquiera yo misma, y menos tras más de 20 años de no haber estado allí. Noté un escalofrió que me recorría la columna vertebral, se me nubló la visτa y mis ojos se llenaron de lágrimas sin ningún motivo, me tuve que sentar en cubierta deslumbrada, sin poder pensar en la maniobra. El puerto se abría como un salón de baile, sus casas en filas ascendentes parecían los integrantes de un coro polifónico, preparados para entonar una melodía sobrecogedora, pero ningún sonido salía de sus bocas de piedra. La superficie del mar duplicaba el tono de los cantantes que entornaban sus persianas de colores. Tuve una alucinación parecida a la de Stendhal cuando deambulando por Florencia fue arrastrado por la saturación de la belleza, pero a diferencia de él yo solo contemplaba un pequeño pueblo del Egeo.

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». Stendhal

Pronto se me pasó, cuando amarramos en el bullicioso puerto entre los vendedores de pescado y los puestos de esponjas, sobre unas aguas alegres que reverberaban el resplandor del sol hasta hacerlo invisible.

Volví varias veces a Simi y una de las ocasiones, no recuerdo muy bien cuando, ya de noche, una mujer mayor se cruzó en mi camino cuando deambulaba por las callejuelas empinadas del puerto. Llevaba un pañuelo blanco anudado en la cabeza, aunque el resto de su atuendo era negro y una vela delgaducha encendía su sonrisa. Me paró, me miró y me cogió del brazo, transmitiendo con el roce una dulzura y familiaridad sorprendentes.

– Η Παναγιά , έλα πάμε. La virgen, venga vamos.

Señaló hacia la cuesta que subía hacia la iglesia donde se oían rumores, oraciones, murmullos religiosos y pasos apresurados. Mi voluntad se quedó muda y seguí a la desconocida por la escalera como res al matadero. La subida se iluminaba con cientos de candilejas que se iban agrupando y cuando llegamos arriba la plaza ardía entre las llamas de los cirios, alumbrando las caras pálidas de los oficiantes que miraban embelesados un icono de la Virgen ortodoxa; de esas que parecen atravesarte con su mirada sin que tu puedas esconderte; mientras que del interior de una capilla dorada salía luminosidad a borbotones. Un agudo olor a cera y a iglesia antigua me dejó aturdida; me remataron las llamitas de las candelas que dejaban un humo narcótico en mis narices. Me puse a llorar electrizada, mientras mi acompañante me apretaba el brazo y comprendía ¿No era aquello la procesión más bonita del mundo? ¿Cómo no iba yo a emocionarme? En un descuido me lancé escaleras abajo y me fui a hacer un sortilegio en las aguas del mar, por si acaso los espíritus me habían poseído, cosa frecuente en Grecia, donde la ilusión y la realidad a menudo se confunden.

cirio

A los ídolos más admirados y los monstruos más temidos por nuestros antepasados podemos buscarlos en los cielos. Muchos de los personajes de Jasón y sus argonautas y su viaje en pos del vellocino de oro aparecen dibujados en los signos del zodiaco, lo que demuestra la categoría de esta aventura para el mundo clásico. Así Aries hace referencia al propio carnero del vellocino, Leo al león de Nemea de Heracles, al que se le representa siempre vestido con su piel, Géminis a los gemelos Cástor y Pólux, Virgo a la sacerdotisa del templo donde se custodiaba el vellocino. También existe una Argos Navis, una constelación del hemisferio sur, que se extiende desde Can Mayor a la Cruz del Sur.

Fue Eratóstenes quien se tomó la tarea de articular los antiguos mitos y su ascensión a los cielos. Su obra Catesterismo recoge estas hazañas mitológicas de la tradición popular intentando aunar las múltiples interpretaciones. El propio autor ideó una nueva constelación llamada la cabellera de Berenice, en honor a la esposa de Tolomeo, su rey, posiblemente como un encargo.

Una noche, fondeados en la cara sur, se recortaba la silueta oscura de Simi con un tenue resplandor que salía de sus entrañas; las luces del pueblo invisible tras las montañas. Yo me entretenía en buscar en el galimatías celeste las diversas constelaciones visibles y sobre todo, la imposible cabellera. Todo se detuvo un instante, noté un temblor y un rumor raro en las olas. Me sentí flotar de una forma peculiar, entre las estrellas, pero el barco y la costa me acompañaban por el espacio. Un viento me resbaló por la cara y agitó mis cabellos mientras las nebulosas pasaban a nuestro lado con suavidad. Tras el viaje, no sé si corto o largo, la tierra vibró un instante para volver a caer delicadamente sobre el mar, en silencio.

En aquel momento sonaba Bowie en la radio y el mayor Tom llamaba a Control de tierra:

And I’m floating in the most peculiar way
And the stars look very different today

No he vuelto a Simi, me da miedo. Me daria pena encontrar solo una bella isla sin más.

Space oddity

Ground control to major Tom
Ground control to major Tom
Take your protein pills and put your helmet on

Ground control to major Tom
Commencing countdown, engines on
Check ignition and may God’s love be with you

Ten, nine, eight, seven, six, five,
Four, three, two, one, liftoff

This is ground control to major Tom
You’ve really made the grade
And the papers want to know
whose shirts you wear
Now it’s time to leave the capsule
if you dare

This is major Tom to ground control
I’m stepping through the door
And I’m floating in a most peculiar way
And the stars look very different today

For here
Am I sitting in a tin can
Far above the world
Planet earth is blue
And there is nothing I can do

Though I’m past one hundred thousand miles
I’m feeling very still
And I think my spaceship knows which way to go
Tell me wife I love her very much
she knows

Ground control to major Tom
Your circuits dead,
there’s something wrong

Can you hear me, major Tom?
Can you hear me, major Tom?
Can you hear me, major Tom?
Can you….

Here am I floating round my tin can

Far above the moon
Planet earth is blue
And there’s nothing I can do.

Singularidad espacial

Control de Tierra a Mayor Tom
Control de Tierra a Mayor Tom
tome sus proteínas y póngase el casco

Control de Tierra a Mayor Tom
comienza la cuenta atrás, motores en marcha
Compruebe el encendido y que el amor de Dios le acompañe.

Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco,
cuatro, tres, dos, uno, despegando

Control de Tierra a Mayor Tom
realmente lo ha conseguido
y la prensa quiere conocer
de quién es la camiseta que viste
Ahora ha de abandonar la cápsula,si se atreve

Aquí mayor Tom a Base
estoy saliendo por la puerta
y estoy flotando de un modo muy peculiar
y las estrellas parecen tan distintas hoy

Por aquí
estoy sentado en un trasto de hojalata
muy por encima del mundo
La Tierra está azul
y no hay nada que yo pueda hacer

Aunque más allá de 100.000 millas
me siento muy tranquilo
y creo que mi nave conoce que camino seguir
Decidle a mi mujer que la quiero mucho,
ella sabe

Control de Tierra a Mayor Tom
sus circuitos están apagados
Debe haber algún problema

¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me…

Estoy aquí, flotando alrededor de este trasto de hojalata
muy por encima de la Luna
La Tierra es azul
y no hay nada que yo pueda hacer.

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