Hace 20 años habíamos leído demasiados libros de Moitessier, donde las jarcias se ataban con perrillos en vez de terminales, se construían barcos de materiales inimaginables, como el papel y donde la inocencia y algunas flores en el pelo abrían infinitas posibilidades de vivir deambulando por los mares. Nosotros lo conseguimos; conseguimos pasar todo el invierno con el poco dinero nos había quedado tras la construcción de La Maga Azul, nuestro velero de acero. Conseguimos lo más importante: ser felices. Por eso me encanta relatar esas primeras singladuras helenas e iniciáticas.  Debo reconocer que una de las mejores etapas de mi vida en barco, o de mi vida, porque no.

No hice caso del poeta. “… al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver “  Desde entonces, sigo en Grecia ; en otra época y con otro barco; pero disfrutando como el primer día de esta tierra mágica donde el sueño y la realidad se entremezclan hasta hipnotizarte. Este espacio es mi homenaje a esa tierra que tan buenos momentos me ha dado y que desgraciadamente lo está pasando tan mal en el presente.

Saber no quieras, que el saber esta vedado,
el fin que a ti y a mi, Leuconoe, nos tienen predestinados los dioses,
ni consultes los números babilonios.
Tanto sean muchos los inviernos que nos depara Júpiter,
tanto el postrero sea este que ahora azota al Tirreno contra la otra orilla.
Mantente serena y filtra tus vinos.
A la corta vida opón una esperanza larga.
Mientra hablamos, huye el tiempo envidioso.
Agarra el momento, no seas demasiado crédula en el día de mañana.
Carpe Diem, Horacio.

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