Sentada esta tarde en una linda isla, esperando que amaine el Meltemi para zarpar, y pensando indudablemente en la belleza, como no puede ser de otro modo en un lugar como este, me ha dado por especular que el diseño de los barcos ha iniciado un lento declive hacia la degradación de las líneas y los cánones de belleza en aras de una mayor comodidad.

No voy a entrar en el mundo de las motoras, que me horroriza, porque amarradas unas al lado de las otras me recuerdan a una inmensa zapatería de deportes. Y prefiero olvidar las grandes unidades, esos yates modernos que iluminan cielo y mar por las noches, cuyo único propósito es la ostentación y normalmente pertenecen a propietarios, ricos riquísimos, sin el más mínimo gusto por las cosas. Siempre hay excepciones, está claro pero estas no justifican lo anterior.

Una flota de veleros fondeada, siempre ha sido una imagen de gracia y esbeltez. Cuando desplegaban las velas y cogían movimiento tomaban la forma de pájaros o bailarinas, como en los cuadros de Degas. Es impensable que todos naveguemos en aquellas elegantes joyas antiguas en las que se sacrificaban candeleros y pasamanos ante el más mínimo atisbo de superfluo o antiestético; esto solo está al alcance de unos pocos y más si queremos que nuestros balandros cumplan a la vez el papel de buenos marineros y confortables cobijos. Pero creo que debe haber un término medio entre la exquisitez desnuda de los antiguos clásicos y la tendencia a convertir el barco en carromatos quincalleros.

Los propietarios somos muchas veces culpables, pretendiendo ubicar en el limitado espacio de cubierta todo tipo de artilugios que nos faciliten la vida: bicicletas, canoas, tablas, placas solares, generadores eólicos, toldos y capotas, por nombrar solo lo inmediato, porque la imaginación se queda corta comparada con todo lo que se puede llevar a bordo. De vez en cuando deberíamos bajarnos de los barcos y mirarlos desde lejos, para evaluar, con sinceridad y el corazón en la mano, si él se merecía el resultado, con lo bello que era el día que lo compramos. Pero dejando a un lado ese mal uso, a veces inevitable, que hacemos de los barcos, creo que uno de los problemas está en los nuevos diseños de veleros modernos y un público nada entendido, que es capaz de hacer grandes colas para comprar la última monería extraplana de Apple, pero al que las líneas marineras de su barco se la traen al fresco.

Buscando engendros que hayan surcado los mares, me topé con los barcos del almirante ruso Popov. Los términos del tratado firmado en París en 1856 tras la guerra de Crimea, prohibía a Rusia la navegación por el mar Negro en buques de guerra, lo que dificultaba controlar su costa. La solución que se le ocurrió a Andrei Alexandrovich Popov fue la de crear un nuevo tipo de nave capaz de patrullar por áreas costeras y por ríos, unas cañoneras capacitadas para maniobrar en aguas poco profundas. Nacieron las conocidas como “popoffkas”, unos minúsculos acorazados de forma circular y seis hélices propulsoras. En aguas someras se manejaran relativamente bien, pero por desgracia para Popov su diseño se mostró demasiado lento y para colmo, cuando sus torres disparaban, la nave tendía a girar sobre sí misma siguiendo un principio de acción y reacción desdeñado por el bien intencionado diseñador. Nunca se debe olvidar que los barcos son naves que surcan y desplazan el agua, si arrinconamos este atributo estaremos tan perdidos como Popov.

Uno de los verdaderos culpables de esta liquidación de los buenos diseños marineros, que evidentemente y por principios termodinámicos todavía no descritos, son los más bonitos, es la masificación en el mundo del alquiler. Mucha gente de la que alquila veleros hoy en día no tiene realmente vocación de navegante sino que se lanza por una corriente de moda: todos sus amigos lo han hecho, así que adquiere un titulillo, que parece otorgarle la destreza suficiente para deslizarse por las autopistas marinas y navegar por islas remotas. Pero el mar es un medio incómodo, no hay que negarlo; y en esto también radica su virtud. Hay un cierto reparo a que la familia eche de menos las molicies caseras y acabe recriminándole la “mierda de vacaciones a la que nos has traído este año”. Los griegos tienen una expresión para pedir que en el suvlaki con pita te pongan un poco de todo; patatas, cebolla, tomate, tzatsiki; dicen απ’ολα, traducido por “de todo”. Y eso es lo que buscan ellos, un barco con “de todo”: lavadora, secadora, aire acondicionado, potabilizadora, generador y televisión por satélite por si hay Champion’s. Claro, todo eso no cabe y la única solución, parecida a la barbaridad que se le ocurrió al almirante ruso, es añadir más pisos al barco, así se crean super estructuras y sobre cubiertas que sobresalen como moños puntiagudos de un peinado victoriano horripilante. En un monocasco estas excrecencias tienen un límite, pero los catamaranes son más, digamos, edificables. Así que se han puesto de moda unidades de varias plantas, donde el patrón tiene su puesto de mando en las alturas, aislado de la tripulación; en una especie de castillete, como si fuera la carroza de Melchor en una noche de reyes. Aparte de su fealdad, pues parecen edificios flotantes, siempre he pensado en el pobre capitán con mala mar, subido a cinco metros sobre el nivel del mar, intentando reparar cualquier problema en la botavara; las debe pasar canutas. Evidentemente rara vez sacan las velas, son sucedáneos baratos de las motoras. Para finalizar el desastre y debido a motivos de seguridad; dado que un catamarán llevado por manos inexpertas es un bólido donde no se tiene sensación de eso que llamamos “ir pasado de trapo”, les acortan los mástiles dejando una relación de aspecto deplorable. Nunca diré que no hay catamaranes bonitos, los hay hermosos como insectos articulados que se deslizan por el mar casi sin rozarlo; pero estos nuevos de crucero son horrendos. No se trata de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que me estoy rayando, que también; sino de que, por lo menos en el mundo marino; cualquier tiempo pasado fue más bello.

cata

Vuelvo mi mirada a la luminosa y proporcionada isla de Milos  para olvidarme del sobresalto que me dio aquel barco que pasó con la música a todo volumen. La belleza siempre está si la buscas con cuidado.

meditando

 

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