Quizás la culpa la tuvieron los poetas románticos con sus canciones de libertad, de rechazo de la sociedad del momento, de rebeldía, de independencia, de desprecio a las normas y las leyes que no fueran las de la propia naturaleza. La búsqueda de la libertad y de la belleza era su principal exigencia y el mar fue una inagotable fuente de inspiración. Nunca me volvió loca la poesía romántica pero es innegable que la idea de un velero asociado a un ser libre es común en el imaginario popular gracias a ella, y no habrá muchas personas que no reconozcan los versos de Espronceda y hasta los reciten de memoria.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar…


…Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Luego llegarían muchos otros escritores como Stevenson, como London; aventureros como Slocum, Moitessier y cientos de pirados más que pensaron que la tremenda soledad de un hombre frente al mar era la forma más pura de libertad. Ese es el contagio que sufrimos muchos y que nos hizo cambiar el curso de nuestra existencia para saborear, aunque solo fuera a instantes fugaces esa trascendencia que pocas cosas generan tan profundamente como un barco aislado en una superficie inmensa y peligrosa de agua bajo un cielo colosal. Pero la libertad siempre va asociada a la responsabilidad y a la autogestión, por eso muchos hombres huyen de ella.

El tomar de vez en cuando contacto con la enseñanza  tiene una vertiente inquietante, algo de aterrizaje forzoso, viendo lo que se viene encima y tomando tierra sin descompresión. Da pavor el sopapo que te aguarda. Cada vez que reemprendo las prácticas de navegación tengo la sensación de que esto ha tomado una carrerilla acelerada, cuesta abajo, hacia lo más profundo y que más pronto que tarde me faltará el aire. Hay una corriente infecciosa de banalizar todas las parcelas de la vida hasta vaciarlas de significado que se extiende como un virus y que mes a mes el enfermo empeora a pasos agigantados. No es lo mismo ahora que hace cuatro meses.

No creo que sea necesario recitar a Espronceda para captar el hechizo de la navegación o lo exigente que puede llegar a ser el mar a cambio de hacernos un poco más libres; ha habido muchos marinos casi analfabetos que lo han sentido como ninguno; pero que la literatura ayuda es indiscutible. No pido que nadie se lea a los clásicos para aprender a navegar, aunque sí que sea consciente de que se asoma a un mundo de muchos siglos de antigüedad, desconocido para él y por tanto con una serie de valores a respetar. Y creo que uno de los más representativos es la autosuficiencia una vez se largan amarras. Igual se cose una vela que se sala un pescado, se repara una avería de motor, se idea un aparejo de fortuna, se negocia un temporal o se aguanta uno frente una calma chicha. Salir de estas vicisitudes por uno mismo y sin ayuda externa es el leitmotiv del sabio marino que todos queremos llegar a ser y produce una satisfacción incomparable, te sientes un héroe, te estimula a seguir buscando aventuras vitales en el mar; estás más vivo que nunca. Es así como me recompensa los malos momentos, es entonces cuando me encuentro libre de ataduras. Yo intentaba transmitir este espíritu a los nuevos aprendices. Cada vez se me hacía más difícil. Hoy he abandonado por KO. Creo que es mejor pensar que son unas prácticas de autoescuela y esperar a que salga una buena App para descargarla en el móvil. Me rindo.

 Las preguntas que me hacen intento tomarlas a risa, pero mis respuestas no pueden ser más que ácidas:

– ¿Y no hay un servicio de asistencia en el mar como el de los coches?
– Sí hombre y qué más, qué vengan en helicóptero con la pieza de recambio.
– ¿Y no hay un servicio de práctico que se suba abordo y te amarre el barco?
– Esta es tan obvia que no puedo contestar mas que con un: No.
– Realmente lo más difícil es amarrar, porque una vez sales ya es todo más fácil. ¿No?
– Es verdad, capear un temporal está chupado.
– Pues ya podrían volar todos los bajos que hay, son un peligro para los navegantes.
– Yo añadiría más, que pongan unos carriles de boyas, asemejando autopistas, donde transitemos por riguroso orden y sin adelantar.

 Y de un tiempo a esta parte, una pregunta que antes aparecía casi como una anécdota, ahora se repite en cada grupo de alumnos:

– ¿No hay control de alcoholemia en el mar?
– Habéis oído una canción muy antigua que decía Ron,ron,ron…la botellaa… de ron.
– Bueno, pero esos eran piratas; criminales.

Al principio eran casos aislados, casi como una ocurrencia de preguntar por preguntar, pero la cosa se ha ido acelerando hasta convertirse en un machaque constante y  me muerdo la lengua para no entrar al trapo. Poco a poco he notado que más que una pregunta es un ruego, como si el estado vigilante hubiera bajado la guardia en este caso y los dejara desamparados frente a los actos vandálicos de multitud de borrachos navegantes que acechan detrás de las olas poniendo en peligro sus vidas y las de sus familias. Y yo me quedo mirándolos con asombro y conmiseración ¿Tendrán el síndrome de Estocolmo? ¿No tienen bastante policía, bastantes normas, prohibiciones, revisiones o  material de seguridad obligatorio y reclaman más? ¿Se puede uno a acostumbrar a vivir así? Me produce terror.

Me acuerdo de Grecia con melancolía y con asfixia. También de una frase de Tierno Galvan: Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad. A ambos los echo de menos.

El mar
Canta : Socratis Malamás
Musica: Zemi Karamuratidis




Η Θάλασσα
Tην άκουσα τη θάλασσα
Τα κύμματα να λύνει
Δεν είχα φίλους ναυτικούς
Τσιγάρο άναψα γι’ αυτούς
Που το νερό τους πίνει

Τον άκουσα τον άνεμο
Με δέντρα να παλεύει
Να σπάει στο γόνατο κλαδί
Να μετανοιώνει σαν παιδί
Τα φύλλα να χαϊδεύει

Τον άκουσα τον κεραυνό
Τα κρίματα να καίει
Με την λεπίδα του γυμνή
Κι έκανα μία προσευχή
Γι’ αυτόν που πρώτος φταίει.

Σε άκουσα που έκλαιγες
Κι ήθελες να γυρίσω
Δεν τους γυρνάς τους ποταμούς
Τσιγάρο άναψα γι’ αυτούς
Που πίσω μου θ’ αφήσω.

El mar
Oí el mar
las olas al romper
No tuve amigos marinos
Enciendo un cigarro por estos
a los que el agua se bebe

Escuché al viento
pelear con los árboles
quebrar las ramas
lamentarse como un niño
acariciar las hojas.

Oí al rayo
quemar las penas
con su filo desnudo
Y recé una oración
por el primer culpable.

Te oí llorar
Y querías que regresara
No puedes hacer volver a los rios
Enciendo un cigarro
por aquellos que dejo atrás.

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