Todos los días se aprenden cosas nuevas. Me ha quedado patente que es más importante saberte el número de teléfono de tu cartero que el de la tarjeta de crédito.

Grecia no es canción del verano este año, la liquidez de los tiempos ha hecho que se olviden las tonadillas del último estío. Pero las cosas siguen igual o peor. La subida del IVA ha disparado los precios ya estratosféricos y las pensiones y sueldos se han reducido a la mitad. Encima seguimos con el “corralito”, aunque ya nadie hable de él y tan solo se puede sacar del cajero 400 € a la semana; eso hoy en día no da para mucho. Nadie quiere oír hablar de transferencias ni tarjetas, porque el dinero se queda en el banco, hacienda sospecha que tienes muchos ingresos y te quita la mitad más otra mitad para el año siguiente. Así que ha florecido una microeconomía paralela en el que muchos andan a lo John Wayne, con los bolsillos abultados de billetes y otros a lo Chaplin, intentando cocinar un zapato. Cuando vas a pagar cualquier cosa y sacas la VISA te miran como si fuera un cromo del anticristo y prefieren fiarte y decirte que ya lo pagaras otro día; cuando consigas reunir la cantidad a base de pequeños ahorrillos de los 400 € semanales. Se inicia así un ciclo de deudas aplazadas que se pueden ir endosando a terceros. Si tú le debes a Nikos y este a su vez tiene una deuda con Sotiris, pues le pagas a este último tú mismo y todos tan felices. Bueno, esto no es verdad a todos los niveles; también hay grandes empresas con cuentas en el extranjero y algunas del norte del país, más afortunadas, desplazadas a Bulgaria para pagar mucho menos. Así que los búlgaros están que lo tiran y vienen a Grecia cargados de billetes para comprárselo, comérselo y bebérselo todo. ¿Serán los próximos en explotar? Bueno, así es este sistema que inventamos: una huida desbocada hacia adelante sin ninguna pizca de conmiseración ni de intención de arreglar nada, solo de seguir cuesta abajo hacia el abismo.

Pero lo que realmente me ocupa hoy no es esto sino una historia de un paquete y sus peripecias para llegar hasta mí, una aventura cargada de prejuicios, modernidades, berrinches y métodos tradicionales.

Como ya va siendo una maldición habitual en mí, este verano volvía a tener problemas con el móvil; con otra compañía diferente a la del año pasado, pero en el fondo todas son iguales. Le pedí a una amiga que me mandara un duplicado de mi SIM. El tema era peliagudo, ya que cuando emiten un duplicado te anulan la vieja y te quedas sin teléfono, y para mí, en estos momentos y por motivos de trabajo era fatal. El método más económico era enviarlo por correo exprés, pero me dio repelús, pensando sobre todo en la parte griega del trasiego y sus frecuentes huelgas, así que decidí gastarme el dinero y enviarlo por SEUR, empresa líder de paquetería y mensajería en España. Una pasta, pero con la promesa de que llegaría a su destino en 3 días. Como toda empresa moderna, SEUR tiene una aplicación donde puedes ver el estado de tu envío en cada momento: Mira, está en Madrid. Mira, está en el avión. Mira ha llegado a Grecia ¡Cielos está en Salónica! ¿Y qué hace allí? Aparecía en la pantalla una señal de admiración indicando algún problema y una sutil sugerencia de que te pusieras en contacto con ellos, a través de un 902, of course, al que es imposible llamar desde fuera de España.

Realmente me fascinan las teleoperadoras de los 902, bragadas en todo tipo de técnicas orientales de meditación y control de impulsos y emociones. Muy amablemente pasó mi queja al departamento correspondiente.
Pasaban los días, ya fuera de plazo, y yo seguía atenta a la pantalla de la aplicación. Una mañana desapareció la señal de alarma ¡Bien! Pero enseguida leí que el paquete había sido entregado en Salónica, a 500 km de su destino ¿Quién sería el afortunado que se quedó con mi número de teléfono? Esta vez la dulce señorita aguanto todo tipo de improperios sin soltar una interjección. Y no tardé en descubrir que había hasta páginas en internet de afectados por SEUR donde dejaban a la gente con casos similares al mío desgañitarse y berrear como método terapéutico.

Pedí un nuevo duplicado de SIM y esta vez lo mandaron por Correos. El seguimiento del envío tanto en la página de Correos España como de ΕΛΤΑ en Grecia eran impecables, te decían hasta la hora en que lo cargaban en el camión. Cuando por fin llegó a Lefkada yo andaba tan impaciente que me fui directamente a la oficina de correos para asegurarme de que había llegado y saber cuándo lo entregarían.

-¿Cómo se llama tu cartero?
-¿Mi qué?
-Vale, dime en que pueblo vives.
-Evgiros.
-Estupendo. Se llama Giorgos y apunta su número de teléfono.
-¿Le llamo?
-Pues claro.

Un poco cortada y esperando un desplante llamé al tal Giorgos, en adelante “mi cartero”, que naturalmente me dio pelos y señales de mi paquete y concertó fecha y hora para entregármelo en mano. Y así fue, puntual como un reloj llegó con su moto al pueblo y todos le saludaron. Apunte su número de teléfono en todo tipo de agendas y recordatorios, porque hoy por hoy me es mucho más útil que el PIN de mi tarjeta de crédito.

-Siempre que esperes un envío, me llamas. Yo te traigo cualquier tipo de paquete. Bueno, si es muy grande y no me cabe en la moto te indicaré que pases por la oficina.

Perro moto

Me ha venido a la cabeza esta deliciosa música de una película entrañable; de un tiempo en que los carteros eran indispensables. Parece que an algunas partes del mundo sigue siendo así.

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