Viajar en barco no siempre es un cuento de hadas; hay malos
momentos; y en especial cuando te mueves por países que no conoces los
problemas con las autoridades son frecuentes; bueno y sin ser extranjeros
también, nuestra benemérita no se queda a la zaga en cuanto a controles y
papeleos. A veces por desconocimiento, a veces por bajar la guardia, a veces
por reglamentaciones obsoletas y farragosas, a veces por interpretaciones
excesivamente rígidas del policía de turno; nadie está exento de meterse en un
embrollo que la mayoría de las veces se salda con una buena multa y siempre con
una experiencia enervante. Yo esto lo he vivido varias veces,  en Italia, en Turquía, en Grecia, en Croacia. En este último caso, que ahora me ocupa, la situación fue bastante más
allá que una experiencia desagradable.
Si bien todavía era finales de Junio el día era tan tórrido
que me sofoco de recordarlo; ni las chicharras, todavía primaverales e
inmaduras, se atrevían a berrear. Aunque el golfo de Kotor tiene unas aguas
gélidas y refrescantes, las enormes masas montañosas mandaban un viento seco y
abrasador que te secaban instantáneamente. Ese golfo es en realidad un cañón
sumergido de un desaparecido río que transporta aguas heladas de las montañas
al mar; creo que es uno de los fiordos más espectaculares del Mediterráneo.
Expiraba nuestro permiso de un mes  para navegar por Montenegro, que recién
estrenada su independencia descubría un país de lo más alegre, esforzado en
agradar al visitante y repleto de banderas rojas con el águila bicéfala dorada
que tantos disgustos ha traído a Europa a lo largo de la historia. Contrastaba
mucho con el carácter callado y hasta hosco de los vecinos croatas, por cuyo
país llevábamos viajando todo el año. Todavía teníamos permiso de unos meses
para navegar por Croacia y salimos de Kotor, Montenegro, para dirigirnos al
puerto croata más próximo, Cavat. Pero como comentaba, el calor era asfixiante,
así que decidimos pararnos en una cala adyacente a la frontera Croacia- Montenegro
donde había otros 4 barcos fondeados. Cuando ya dejaba de apretar Lorenzo una
patrullera apareció solicitando papeles y pasaportes.
– Les hemos visto venir de Montenegro.
– Sí, es verdad, pero todavía tenemos en vigor el permiso de
navegar por Croacia.
– Pero debería haber ido primero a un puerto de entrada.
– Solo habíamos parado para bañarnos.
Pasamos un buen rato de suspense mientras se metían en el
puente y hablaban por radio.
– Sígannos, están detenidos.
No nos dio tiempo ni a protestar, si es que la protesta
sirve de algo en esos casos, antes de que se montara una comitiva de todos los
veleros que estábamos allí siguiendo a la policía, a todos los nudos que da el
motor, rumbo a Cavat y sin pasaportes. A la llegada nos asignaron un lugar
donde echar el ancla y nos avisaron de que a las 7 de la mañana estuviéramos
frente al puesto de la policía.
Con las primeras luces un grupo de extranjeros despistados y
somnolientos nos congregábamos, mientras un puñado de auxiliares hinchables se
empujaban unas a otras, en el muelle. Si
hubiera tenido alguna gracia podríamos empezar con ese chiste fácil de: se
encuentran un neozelandés, un inglés, un alemán, un sueco y dos españoles en un
puerto de Croacia…
En unos minutos apareció un furgón policial que abrió la
puerta corredera con un escueto
– ¡Suban!¡ Solo los caballeros! Las mujeres deben permanecer a
bordo de los barcos.
La mujer neozelandesa se resistió y se introdujo en el
furgón acompañando a su marido del que de ninguna manera pensaba separase. Una
policía con cara de enterradora se encogió de hombros y la observó con desdén.
Yo miré a la furgoneta blindada y miré al barco que se
quedaba solo fondeado. Decidí en un instante fortuito de miradas cruzadas,
acercarme con la neumática y recoger el móvil. Me dio el tiempo justo de
deslizarlo en el coche antes de que cerraran la puerta.
– ¿Dónde los llevan?
– No se preocupe. Estarán bien
.
Por la ventanilla el patrón inglés me gritó: Dile a mi mujer
que estoy bien. Está sola con dos niños pequeños.
El día transcurrió con toda la lentitud que tienen los días
cuando no sabes que sucede y no quieres que suceda o deseas que pase cualquier
cosa para saber qué pasa. Se nos prohibió bajar a tierra. Yo alternaba los prismáticos
con saludos a la pobre británica que me sonreía con un bebe entre los brazos y
otro de corta edad aferrado a sus rodillas. Me llegaban mensajes escuetos.
Estamos en comisaria. Retenidos. Nos van a juzgar. Esperamos el abogado. Faltan
los traductores. Estamos con dos albaneses detenidos en la frontera. Nos
trasladan a Dubrovnik. Se demora. Hace falta que esté libre un juzgado.  Nos declaran culpables, ¿A qué no te lo imaginabas?.
Los llantos de los niños ingleses me despertaban de la
monotonía y veía la cara desencajada de la pobre mujer que ya no sabía qué
hacer para entretenerlos. Fue ya bien entrada la noche cuando recibí un
“volvemos”. Y allí estuve, cuando aparcó el furgón y dejo salir a los
convictos, cabizbajos, hambrientos y sedientos, con sus correspondientes multas
en las manos para hacer efectivas al día siguiente. Sumando la sanción, los
abogados, los gastos de juicio y los traductores, el resultado era una bonita
cantidad a abonar si queríamos salir de allí.
Cuando fui al banco por la mañana coincidí con la pareja
neozelandesa. Les deseé un buen viaje y él amargamente respondió:
– Quiero olvidarme de esto cuanto antes. Nunca me había
sentido tratado de esa manera; solo había fondeado, después de hacer la salida
del país, para tensar la correa del alternador con calma. Me sentí como el
ganado. No nos ofrecieron de comer ni de beber en todo el día, ni nos dirigían la palabra. El feliz viaje
empezará cuando me aleje de aquí.
Es tremendo como una circunstancia así puede dar al traste
con la imagen de un país sorprendente como Croacia. Yo intenté que no me
llevaran los prejuicios y seguir disfrutando de la estancia. Pero la verdad, el
regusto amargo te queda siempre.

Mucho tiempo después, estando amarrados en un puerto oí
comentar a un barco vecino una historia similar que había sufrido en sus carnes
uno de ellos. Y posteriormente leí en una revista náutica testimonios de
diversos patrones que habían pasado por igual trago. Así que la conclusión es
que alguien le había tomado el gusto a la caza y se apostaban en la
frontera para ver picar a las perdices. 
Share: