Desperté soñando que una melaza empalagosa y mórbida manaba de las montañas como una lava suave y se extendía lentamente por los prados, subiendo los troncos de los árboles, trepando a las copas de los cipreses, con el rayar del alba grisácea le daba al momento un toque irreal. Pero no fue realmente un despertar, si no ese estado ilusorio que existe entre el sueño y la vigilia en el que los sentidos intercambian sensaciones entre ellos. No era un manantial de mermelada si no el sonido dulzón de un clarinete que acompañaba una voz rasgada y destemplada, entonando una melodía repetitiva. ¡Qué exagerados que son! Eran las 6 de la mañana. Decidí acercarme a la plaza para ver quien cantaba y quien bailaba a esas horas azules.

El 15 de agosto es una fiesta muy especial en Grecia. Es como nuestra Virgen de Agosto, días de festejos y verbenas, pero para los griegos es tan importante como la Pascua o las Navidades; momento de desplazarse a las islas y los pueblos de los abuelos y de reencontrarse con familiares y amigos que hace tiempo que no se ven, comentar las novedades, constatar cómo han crecido los niños, quien ha emigrado, quien ha conseguido volver. Para los habitantes de los pequeños pueblos son días de mucha felicidad porque logran ver la pequeña villa, casi abandonada en invierno, bullendo otra vez con gente, como en los buenos tiempos. Pero sobre todo son noches de música, de pinchos a la brasa y de bailar hasta que el cuerpo aguante.

Cuando me arrimé al escenario los músicos  se tambaleaban cansados al compás de la canción y un solo bailarín permanecía en la pista. Era un hombre delgado, con el pelo cano y unos bigotes enormes. Vestido como los camareros de antaño; camisa blanca remangada, pantalones negros y zapatos acharolados de cordones que relucían con sus pasos de baile, iluminados por las bombillas festivas de colores. Danzando con los brazos en alto y la cabeza gacha. Concentrado en su coreografía como si no hubiera más en el mundo que esos gestos y esa composición que ejecutaba; ni amanecer, ni fiesta, ni gente dormitando sobre las mesas. Bailaba solo, para sí mismo, con una incomunicación solemne.

Los griegos suelen bailar en corro como un estado de comunión con los amigos. Bailar, pueblo y país tienen la misma raíz. El baile tiene un sentido ancestral de intercambio y unión entre los bailarines. Nada nuevo, se baila de esa forma en muchas partes del mundo. Solo el que lleva la voz cantante, el primero de la fila, se permite hacer filigranas diferentes a las del resto del grupo. Apareció mi amiga Sula, de 80 años, toda vestida de negro; con el menguar de los años parecía una hormiguita oscura entre un coro de patosos elefantes. Los llevó a todos por la calle de la amargura bailando una danza antigua; de sus mozos tiempos; que nadie conocía también como ella. Le aplaudieron a rabiar. Yo también salí, he de confesarlo, y resurgí airosa del trance. Pero eso fue a primera hora de la noche, con el pasar de las horas, solo quedaron los resistentes.

El viento del alba levantaba los vasos de plástico que giraban en el suelo y en las mesas como el solitario danzarín y las brasas aun no extinguidas de la hoguera de suvlaquis ascendía hacia el cielo ahumando a las pobres lechuzas que no habían osado a dar un Cuu en toda la noche. Los finales de fiesta siempre tienen algo de desolación, pero ese hombre solitario girando con la triste melodía superaba toda melancolía. Pocas veces he visto a alguien danzando tan elegantemente un “zeibekiko” y con tanta introspección.

El zeibekiko es un baile de origen tracio, exportado a Asia menor y posteriormente recuperado con la llegada de los refugiados griegos expulsados de Esmirna y Estambul en los años 20. Según autores, el nombre proviene de Zeus, el dios, y beko, pan; la unión del cuerpo con el espíritu. También le llaman el baile del águila, el alter ego de Zeus, porque se baila con los brazos bien abiertos e incluso moviendo las manos hacia arriba, con el chasquear los dedos, imitando el movimiento de las plumas distales de las alas del ave al planear. Es un baile estrictamente masculino que implica un sufrimiento y una pasión interior que solo puede calmar con una danza eremita en busca del éxtasis y el consuelo. Nadie aplaude, todos miran; a lo sumo se arrodillan frente a él dando palmas secas en una forma de acompañamiento y conmiseración con el doliente. Antiguamente solo podían bailarlo mujeres mayores y con lutos desgraciados pero en la actualidad hay muchas féminas que se atreven con él, dándole un toque más dulce y menos sobrio.

El ritmo del zeibekiko es un endemoniado 9 por 8, muy difícil de interiorizar para un neófito. No tiene pasos, sino figuras y se trata más de una improvisación que de un baile de normas establecidas, algo parecido al flamenco. La canción se espera o se elige y a menudo es una petición a los músicos para que interpreten esa que al bailarín le transporta a ese lugar tan suyo de pena y oscuridad personal. Si la tararea, lo hará bajito, se agachará y dará palmadas en el suelo, golpeando a la tierra para que le deje entrar y terminar así con su sufrimiento.
Así fue, el último acorde paró en seco y el hombre permaneció con una rodilla al suelo y un puñetazo en tierra. Clareaba. Me acordé de una estrofa de Markos Bambakaris:
Τι πάθος ατελείωτο που είναι το δικό μου, όλοι να θέλουν την Ζωή και εγώ το θάνατο. Que pasión interminable la mía, todos quieren la vida y yo la muerte…

La vida continuó al día siguiente.

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