Hubo una vez un dios, príncipe de todos los ríos y padre de todas las aguas dulces del mundo, llamado Aquelóo; Αχελώος, “el que ahuyenta el pesar”; que se enamoró de una hija del rey de Calidón, Deyanira, y pidió a su padre que se la diera en matrimonio. La pobre muchacha no amaba al espantoso rio en absoluto y así se lamentaba de su destino en Las Traquinias de Sófocles:

Yo, cuando habitaba aún en Pleurón en la casa de mi padre Eneo, experimenté una repugnancia muy dolorosa por el matrimonio, en mayor grado que cualquier mujer etolia. En efecto, tenía como pretendiente un río, me refiero a Aquelóo, el cual, bajo tres apariencias, me pedía a mi padre. Se presentaba, unas veces, en figura de toro, otras, como una serpiente de piel moteada y, otras, con cara de buey en un cuerpo humano. De su sombrío mentón brotaban chorros de agua como de una fuente. Mientras yo esperaba temerosa a semejante pretendiente, pedía una y otra vez, desventurada, morir antes que acercarme nunca a este tálamo.

Heracles también procuraba a la dulce Deyanira y ella le prefería entre los dos; porque la muy ingenua ignoraba que este último la abandonaría tras contraer matrimonio. Hubo un duelo y tuvieron que medir su amor en un enfrentamiento carnicero el rio y el héroe. En el transcurso de esta batalla, el dios fluvial utilizó la astucia, pues se sabía inferior en fuerza al semidiós, y adoptó la forma de diversos animales para derrotarlo. Primero se transformó en una serpiente escabrosa y curvilínea pero fue estrangulado casi hasta la muerte por su rival, más tarde adoptó la forma de un toro enorme pero Hércules lo tomó por las astas, lo arrastró por los suelos, le arrancó uno de sus cuernos y lo tiró al rio. El cuerno cercenado fue recogido por las náyades que lo llenaron de flores y frutas como un cuerno de la abundancia.

Se puede decir que los mitos representan una ingenua respuesta a los interrogantes más complejos y profundos del ser humano: lo que le asombra, lo que le espera en el futuro, de dónde venimos, cual es la fuerza de la naturaleza, cómo se organiza la realidad y qué produce los fenómenos físicos observables. Estrabón interpreta este mito de Aquelóo atendiendo a la naturaleza del mismo río cuyas frecuentes inundaciones asolaban los campos de Calidón, confundiendo las fronteras y provocando por esto varias guerras entre los pueblos limítrofes. La forma de serpiente de Aquelóo alude a la sinuosidad de su trazado, y la de toro, a la fuerza de sus inundaciones y al rugido de sus aguas precipitándose en torbellinos. Heracles uniformó su cauce poniéndole diques y reuniendo en un sólo lecho los dos brazos de su curso, de aquí que le dejara con un cuerno sólo. La cuenca transformada del Aqueloo fue responsable de la riqueza del país que regaba con sus aguas, que guardaría buena relación con el cuerno de la abundancia.

Seguimos echando mano de explicaciones fantásticas cuando la realidad nos sorprende, cuando nos levantamos una mañana y contra todo pronóstico ha ganado un toro rubio y furibundo las elecciones en Estados Unidos. Como no quedan dioses que construyan historias y nos muestren las razones, buscamos entre entelequias como los Big Data los rastros que dejamos en nuestro paso por el inframundo de las redes, que son manipulados sin que apenas nos demos cuenta para que gane el toro antes que el héroe. Y Deyanira se desmaya.

Pero volvamos al rio que derrotado y solitario, fluyendo entre Etolia y Acarnania pensaba solamente en venganza. Unas Ninfas habían preparado un sacrificio para honrar a un dios y convidaron a todas las divinidades de las aguas para que asistieran a la ceremonia. Se olvidaron, sin embargo, de invitar a Aqueloo. Toda la cólera del dios-rio se enardeció con este nuevo desprecio. Aquelóo hizo subir las aguas hasta el límite de las tierras y las inundó. En su torrente arrastró, implacable, a las cuatro Ninfas y al lugar que ellas habían adornado para realizar la ceremonia del sacrificio. No satisfecho aún con su propia violencia, transformó a las jóvenes en islas, las Equinades del mar Jónico, que quedaron flotando para siempre en su desembocadura. Después, aplacado no del todo su odio, volvió a correr entre Etolia y Acarnania, pero siguió llevando consigo toda su amargura en sus aguas, dejando sedimentos aquí y allá, crecidas devastadoras, sequias y plagas a su antojo; donde había tierras firmes las separó en islas y donde había islas y penínsulas las anegó con sus limos y las transformó en valles y lomas. Son las cosas que pasan cuando se enrabietan los dioses ríos-toros-serpientes, rubios o no.

Es cierto que cuando navegas por la zona debes dar buen resguardo a su desembocadura, que plagada de sedimentos, avanza año tras año mar adentro cambiando la distribución de lo que son tierras o aguas y ha dejado un paisaje muy característico de marismas, salinas, lagunas e islotes, como si fuera un enorme plato de sopa con menudillos, y que para entrar en Mesolongi hay que hacerlo atravesando con atención un canal balizado con poco calado en sus extremos. Pero el paisaje que deja es sorprendente, un reino lodoso y acuático donde los humanos habitan, con consentimiento del Aqueloo, los cachitos firmes que les ha ido dejando como por olvido. Los palafitos, empalizadas, plataformas de pesca y las ciudades que aparecen flotando, como nenúfares, en las superficies especulares de los pantanos tienen una quietud y hasta una modorra genuina. Sirva de ejemplo la pequeña y curiosa ciudad de Etóliko, unos 600 km2 de terreno, secuestrados a la laguna y unidos por una carretera de entrada y otra de salida a la tierra firme, si se puede hablar de algo firme en este universo de charcos, bancos y ríos vengativos, donde sus habitantes deben pasear despacio para no precipitarse al agua en un traspiés.

Si hay un sitio emocionante cerca del Aquelóo, en su ribera oeste, es la antigua Oiniades, una ciudad portuaria importante de Acarnania fundada en el siglo V a. C. sobre una colina rodeada de marismas y protegida por unas fuertes murallas del invasor, que estaba obligado a llegar por mar. La ciudad debió tener mucha importancia comercial en la antigüedad con un considerable tráfico marítimo. Hoy en día  descansa sobre un montículo tierra adentro gracias a los depósitos y aluviones fluviales de 26 siglos. Las excavaciones arqueológicas han conseguido recuperar parte de sus murallas, su precioso teatro, y unas atarazanas.

Yo aquel día reservaba mi entusiasmo para esto último, para el varadero, pues significaba para mí la confluencia de mis pasiones: el mar, los barcos y Grecia. Siempre que visito algún punto de la costa donde se ubicó un puerto griego clásico, me deleito contemplando sus contornos e imaginando las idas y venidas de naves de diversos tamaños impulsadas a vela o a remos entre los espigones, cómo azotaban los vientos dominantes, cuál era la calidad de su abrigo. Incluso cuando no queda ya el más mínimo vestigio de lo que fue, como en los restos micénicos, mi imaginación disfruta sin límites ni ataduras de estos lugares. Pero sabía, por alguna fotografía, que las atarazanas que íbamos a ver no eran simples piedras dispersas para hacer trabajar a nuestra imaginación sino algo más imponente.

Era un precioso día de septiembre, húmedo pero luminoso, cuando llegamos acompañados por unos hospitalarios amigos de Mesolongi. Los robles empezaban a deshacerse de parte de su frondosidad que crujía a nuestros pies dando una atmosfera de suspense e intriga y el cercano rio se deslizaba casi dormido y sin torbellinos.

 

neorio

El astillero solo es visible al doblar un recodo, momento en el cual te quedas tan de piedra como él desde hace 25 siglos. Te quita el aliento la envergadura del edificio, excavado en la montaña, que albergaba hasta 7 naves de 40 metros de eslora. Te mete en escena las enormes charcas que consiente, por el momento, el nivel freático del Aquelóo. Te anestesia el fru-fru de los robles perdiendo sus hojas, el zumbido de los insectos y las nubes estáticas de una mañana exactamente igual a la de hace 2500 años. Te embriaga el olor a rio y humedales. Te hipnotiza el tic-toc de tu corazón que reclama tiempo recorriendo el varadero.

Era sorprendente ver aquel imponente perímetro sin un solo visitante a parte de nosotros y eso, aunque egoístamente podríamos pensar que era un privilegio, implica que muchas veces estos lugares se tienen que cerrar por no poder mantenerlos. Y ese era también el temor de mis generosos anfitriones. El mundo es así de absurdo: el turista solo quiere ir a lugares ya famosos y contrastados por hordas anónimas, con muchos likes y followers. A quién leches le va a importar tu selfie si no tienen ni la más remota idea de donde está hecho. La cosa cambiaría si consiguieran traer aquí a Cristiano Ronaldo; entonces sería la bomba. Igual Deyanira cambiaría de parecer y se desposaría a gusto con el rio.

Το ποτἀμι

Γύρισα πάλι στα ίδια μέρη
Κι εκεί που όλα μοιάζαν ξένα
Κάτι μου θύμισε εσένα
Κι είπα, εδώ είναι η πατρίδα
Το φως που ξέρω και με ξέρει.

Κοίταξα μέσα από το τζάμι
Κι είδα στρωμένο το τραπέζι
Δίπλα η κόρη μου να παίζει
Κι είπα, εδώ θέλω να ζήσω
Εδώ κυλάει το ποτάμι.

Άλλοτε πέτρα, άλλοτε σφαίρα
Που δεν μπορεί να κάνει πίσω
Σαν να κρατιέμαι απ’ τον αέρα
Ψάχνω μια γη για να πατήσω.

Έφευγα πάντα σαν το βέλος
Βρήκα ανοιχτό ουρανό και πήγα
Έψαξα αλλού και βρήκα λίγα
Κάποτε ήμουνα των άλλων
Τώρα δικός σας ως το τέλος.

El río

Regresé de nuevo al mismo sitio
y allí donde todo parecía extraño
algo me recordó a ti
Y dije: aquí está mi patria
la luz que conozco y me conoce.

Miré tras el cristal
Y vi la mesa preparada
A un lado mi hija jugar
Y dije: aquí quiero vivir
Aquí fluye el rio.

A veces piedra, a veces esfera
que no puede volver atrás
Para mantenerme contra el viento
busco una tierra firme.

Salí siempre como una flecha
encontré el cielo abierto y me fui.
Busque en otros lados y encontré poco.
Una vez fui de los demás
ahora, tuyo siempre hasta el final.

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