En Grecia tengo la sensación de vivir en un delirio, una alucinación de cosas sin remedio, pero que en el último instante, con un toque de varita mágica, un prodigio o un eureka de algún Arquímedes ingenioso, se solucionarán de la manera más loca e insólita posible. O bien  yo siempre voy a dar con personajes excéntricos o bien la originalidad y la extravagancia es un gen helénico. Esto no siempre es apreciado por los visitantes norteños, más cartesianos, pero a mí esas peripecias me provocan alegría. La vida es demasiado hermosa como para tomársela en serio.

Había acabado de barnizar el suelo. La madera soltaba unos chispazos de brillo que me llenaban de orgullo y gratificaban esos días en cuclillas, mano tras mano, con  la preocupación de que no cayera ninguna gota de sudor sobre el barniz, sobre todo cuando el cerco se iba estrechando poco a poco hasta acorralar al pintor de suelos en un laberinto sin salida. Ya solo me quedaba, antes de irme con el barco a trabajar, comprar un colchón para que cuando llegase mi chico tuviera donde dormir.

Como las medidas eran un tanto raras no tuve otra opción que encargarlo. El dependiente, con una gran sonrisa y tras una breve conversación a grito pelado por el teléfono, me aseguró que tardaría 3 días. Perfecto, pensé, tendré tiempo de sobra para llevarlo y prepararlo todo.

No me extrañé de que a los 3 días no hubiera llegado nada. No me preocupé porque a los 4 días tampoco. Intenté tranquilizarme cuando a los 6 días el camión no daba señales de vida. Y me desesperé el día en que tenía que zarpar, sin que  el colchón hubiera aparecido. El dependiente, y su sonrisa, se encogían de hombros con un “así es la vida” que no daba lugar a mi cabreo, pero sí a mi ¿ahora qué?

– ¿Cómo le digo yo que no tiene sitio para dormir?

– Pues yo te cuento lo que vamos a hacer: cuando venga que me llame y yo le espero con el colchón.

– Pero llegará en el autobús de la noche.

– Pues se lo dejaré en la taberna de mi primo que está el lado de mi casa. Que se pase por allí y lo recoja.

– ¿En la taberna?

– Sí.

– ¿A las 2 de la mañana?

– Bueno, es una taberna.

Tendría que resignarme a lo que deparaba el destino, pero el problema más gordo era que no sabía cómo explicarlo sin perder la compostura.

– Ha habido un pequeño retraso… en fin que cuando llegues…esto… coges el coche y pasas por Geni. Ahí hay una taberna donde encontrarás el colchón.
….

– Lo mejor es que le llames antes para que te lo tengan preparado.
….

– Yo te dejo en el coche los datos de la taberna, el teléfono, el nombre y las medidas del colchón; por si acaso hubiera varios.- Me costaba contener la risa.

– Si no hay otro remedio.- Por fin se había roto el silencio suspensivo.- Diles que por lo menos vigilen que el perro no se acueste encima.

Me fui a ultimar unas cosas cuando por la carretera tuve la sensación de que alguien me seguía. Un camión comenzó a pitarme y hacerme luces, al disminuir la velocidad pude distinguir por el retrovisor al sonriente vendedor de colchones como copiloto, gesticulando con los brazos y señalándome. Paré para ver de cerca su sonrisa enorme y me dijo

– Ήρθε Το στρώμα (llegó el colchón)

En un momento, lo envolvimos en un plástico y lo pusimos sobre el techo del coche. Yo salí como un exabrupto para el pueblo con la satisfacción de haber conseguido en los últimos segundos salvar el partido. Y era tal mi contento que ni me planteé como iba a llevar eso yo sola. Pero el pueblo estaba desierto, la cuesta era vertical, el colchón era enorme, tenía poco tiempo. No me quedó otra que ponérmelo en la cabeza e iniciar la escalada.

A penas veía nada porque la carga se doblaba por delante y por detrás hasta casi rozar el suelo y daba tumbos de parte a parte de la calle vencida por el peso a cada zancada. Y así fue como, llegué hasta la casa sin resuello y también como cuando me quedaban unos metros, me quedé atorada entre la puerta y la higuera. No podía avanzar. No podía soltar el colchón, le esperaba un suelo lleno de higos podridos. No podía rascarme  ¡Hay que ver como pica el sudor en esos momentos!

Un gato apareció maullando intrigado por el imprevisto. Anda minino, acércame ese palo de escoba. Miau. Si eres bueno y honrado te daré higadillos cada día. Miau. Y daba vueltas a mis piernas y se restregaba. Ron-ron. Las fuerzas me fallaban y el gato traicionero trepó a la higuera para olisquear el colchón desde las ramas.

– ¡Si te subes te mato!

 No pude hacer nada más que ir deslizándome bajo el peso y con una pierna que estiré como el héroe de un comic, tumbé la escoba y la deslicé hacia mí, apuntalé una esquina, apuntalé la otra en la higuera y la tercera en la valla ¡Eureka! Logré abrir la puerta de casa y a tirones, con media higuera detrás y con un puntapié al felino que empezaba a entusiasmarse con la expectativa, el colchón entró; lo dejé caer; me dejé caer encima.
Me equivoqué; ese gen estrafalario que yo creía tan griego, en realidad había viajado por toda la ecúmene para llegar a Hispanía y recombinarse con  mis cromosomas.
                                                   
                                                                          FIN

Cierro está serie de capítulos de la casa, Girospiti, por el momento. Y lo hago con esta canción de Mikis Theodorakis, cantada por Haris Alexiou en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos: “Prepara el colchón para dos” ¿A que os suena muchísimo?

Στρώσε το στρώμα σου για δυό

Ο δρόμος είναι σκοτεινός
ώσπου να σ’ανταμώσω
ξεπρόβαλε μεσοστρατίς
το χέρι να σου δώσω
Στρώσε το στρώμα σου για δυο
για σένα και για μένα
ν’αγκαλιαστούμε απ’την αρχή
ναν’ όλα αναστημένα
Σ’αγκάλιασα μ’αγκάλιασες
μου πήρες και σου πήρα
χάθηκα μες στα μάτια σου

και στη δική σου μοίρα.

Στρώσε το στρώμα σου για δυο…
Prepara el colchón para dos

El camino es oscuro
hasta que aparezcas
en mitad del camino
para darte mi mano.
Prepara el colchón para dos
para ti y para mi,
para que nos abracemos desde el principio
y todo renazca.
Te abracé, me abrazaste,
te tomé y me tomaste,
me perdí en tus ojos
y en tu destino.
Prepara el colchón para dos…
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