El transporte llega a su fin y nos adentramos en el Jónico. Dejamos atrás las Equinadas, islas tal que erizos; que tienen ahora nuevo dueño. Como en un cuento infantil, un emir apareció, surcando los mares en un bajel inmenso, su yate, creando enormes olas que arribaron a playas lejanas. El príncipe quedó prendado de su belleza; y sin saber bien por qué, decidió construir un gran palacio. Desde ese día se las va comprando una a una. Los habitantes de Itaca, prefectura de la que dependen y por el presente bastante desesperados, se quedaron turulatos y dibujaron círculos con sus labios.

¿Qué vio el emir en este archipiélago?

Quizás vio la belleza en su desolación, en sus cabras desamparadas, secas como ruinas, que triscan y arrancan matas de donde no hay; o en sus mares de peces hastiados de dar vueltas infinitas en sus jaulas. El paraíso de las piscifactorías.

Son 18 las islas, pero él tan solo tiene 6. Las quiere todas. ¿Para qué querrá el emir tantas islas?

 Las aguas de las Equinadas no son turquesas como en el resto del Jónico, sino túrbidas y oscuras. Los limos del rio Aqueloo, llevan desde tiempos de Herodoto anegando sus fondos y tragándose islotes; quedan unidos por lodos al continente. Tucídides esperaba que así acabaria todo el archipiélago con el paso de los años, pero sus expectativas no se cumplieron del todo. El rio, a diferencia de los humanos, es lento.

¿Qué le veo yo a estas islas?

Precisamente eso, la nada, las cabras, las jaulas con los peces, el rio, la hermosura del vacío, el silencio ensordecedor, las 18 islas como erizos, plantadas sobre el agua, la imponente Oxia, puerta de salida del Jónico, el abrigo de Petalas, la semi-insula desierta, donde uno puede olvidar al resto del mundo por unos días, dejando caer su ancla en un fango espeso; el que lleva Aqueloo vomitando desde tiempos ignotos.

Las 6 islas que ha comprado su alteza no eran del estado, si no de una familia que poseía el título de propiedad desde la fundación del moderno estado de Grecia y a la que ya le costaba mantenerlas, así que el emir se ha convertido en amo y señor de 6 islas por 8,5 millones de euros. Una bicoca, si lo comparamos con los precios algunos pisos en capitales europeas. Debe estar en estos momentos, planeando la oferta para las otras 12, que no puedo asegurar a ciencia cierta si son privadas o del estado.

Y a mí, que no me gusta sospechar, me debería traer al fresco si los propietarios son unos u otros. Me traería al fresco, si respetaran sus cabras, su vacio, su silencio ensordecedor, sus pescadores, su imponente Oxia y su semi-insula desierta; si dejaran al Aqueloo que lentamente se las tragara todas. Pero algo en mi olfato, educado en las mejores escuelas de impotencia frente a la urbanización y destroza del entorno, la corrupción y el enriquecimiento de constructores, me dice que hay gato encerrado. Porque puestos a construir un palacio…

¿No tenía el Emir mejores islas que comprar que estas de turbias aguas?

– Es que se enamoró.

– Ah. Ya.

En 2010, cuando Grecia por primera vez buscó la ayuda de la UE y el FMI debido a la incapacidad de pagar su deuda externa, en los medios internacionales se dejaron caer las primeras sugerencias sobre la posible venta de las islas y territorio griego. Las autoridades lo negaron constantemente, pero a finales de agosto apareció la información de la posible venta o alquiler de las islas deshabitadas griegas en el marco del programa de privatización. Fue anunciado por el primer ministro del país, Antonis Samaras, en una entrevista concedida al diario francés Le Monde. La venta del terreno público se convirtió en un asunto muy polémico en el país heleno.

Desde el momento en que surgió la idea, los representantes de la Agencia griega de Privatización (HRADF, son sus siglas en griego) examinaron 562 de 6.000 islas griegas. Todas las elegidas tienen un área desde 500 metros cuadrados a tres kilómetros cuadrados. La HRADF decidió alquilar 40 islas deshabitadas por un período de 30 a 50 años. Hasta las malas lenguas decían que Israel andaba detrás de alguna para transformarla en base militar.

Creo que esta historia me suena de otro cuento: la viuda que teje, los pretendientes disputándose las migajas del trono, el héroe desaparecido, el reino esquilmado y venido a menos…

Así habló Telémaco:

«Pero no solo lloro y me lamento por aquél; que los dioses me han proporcionado otras malas preocupaciones, pues cuantos nobles reinan sobre las islas Duliquio, Same y la boscosa Zantez y cuantos son poderosos en la escarpada Itaca pretenden a mi madre y arruinan mi casa. Ella ni se niega al odioso matrimonio ni es capaz de ponerles coto, y ellos arruinan mi hacienda comiéndosela. Luego acabarán incluso conmigo mismo

Odisea. Canto I

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