Hay una sensibilidad universal para las cosas hermosas. No se discute sobre la belleza del mar, del fuego, de una montaña; existe una especie de gen cósmico para aceptar las cosas naturales como bonitas. Pero si hay una belleza incondicional para todos es la de la contemplación del cielo, sentirlo inconmensurable, penetrar en sus misterios y descubrir que también tiene un ritmo, como la música, una elegancia de movimiento. El alma de un firmamento nocturno es algo que nos apabulla desde el inicio de la humanidad y el afán de explicarlo ha dado lugar a teorías tan diversas como las mitológicas, las religiosas, las astrológicas, las pitagóricas e infinidad de escuelas de astronomía, hasta los complicados análisis matemáticos de ahora. Pero dejando a un lado la sorpresa del universo, si solo atendemos a la estética de la composición, hay dos momentos mágicos del día en el firmamento: el ocaso y el amanecer. Son etapas de transición del día a la noche en el que los últimos, o los primeros, rayos del Sol trasmiten el suspense de que algo nuevo va a suceder.

Durante los amaneceres y anocheceres es posible la contemplación de Venus, el lucero del alba o el lucero vespertino, que se enciende, acompaña  y escolta al “dios Sol” en su viaje celeste. No en vano al planeta se le otorga el nombre de la diosa de la belleza, Venus para los romanos, Afrodita para los griegos; vuelve a ser indiscutible que es uno de los momentos más agraciados de la noche.

El hecho de que solo sea visible durante los crepúsculos es porque es un planeta interno, está más cerca del Sol que la Tierra. De noche, tanto el Sol como los planetas internos están bajo el horizonte y son invisibles. De día la luz del Sol no deja que ningún astro salvo él o la Luna sean visible en el firmamento, a excepción del tránsito del planeta por delante del Sol o de un eclipse solar.

Antiguamente se pensaba que eran dos astros  independientes y se asignaron dos nombres diferentes, Héspero, Ἓσπερος, era el lucero vespertino y  Eósforo, Ἐωσφόρος, el lucero del alba,“el que transporta a Eos”, la que era su madre y diosa del amanecer. También era conocido el lucero matutino como Fósforo, Φωσφόρος, “el que trae la luz” y su transcripción a la mitólogía romana es Lucifer. Más tarde Pitágoras dictaminó que era un solo planeta, una sola divinidad que parecía pasar de un lado al otro de la Tierra.

Resulta sorprendente que un astro dedicado a la belleza de Afrodita o Venus fuera también calificado con un nombre que evoca al mal del mundo y al olor a azufre; que acabaría siendo sinónimo de Satanás, Belcebú o Diablo. El hermoso ángel caído, el más bello de la creación, que arrogante y soberbio quiso ser como Dios provocando una rebelión en los cielos cuyas consecuencias fueron funestas para el mundo. Lucifer es considerado desde entonces como la personificación del mal, el lado oscuro del hombre, el tentador, el pecado, la bestia. Pero su mito está lleno de contradicciones, frutos de un equívoco, de un simple error de traducción no del todo fortuito.

Cuando San Jerónimo escribió la Vulgata, su traducción al latín del hebreo de la Biblia, se encontró con un texto de Isaías que hablaba de  Helel; literalmente “resplandeciente”, en hebreo. Como todo traductor, intentaría conciliar los muchos sentidos que el texto parecía contener, el caso es que utilizó a Lucifer en su trabajo por su relación con la luz y el resplandor.  Se montó un gran lio posterior cuando algunos proceres de la Iglesia creyeron encontrar en aquellas palabras la descripción de la caída de Satanás y encima les venía al pelo que el tal Lucifer fuera hijo de dioses pagános y por tanto aborrecibles. Pero en realidad en el texto de Isaías representaba a Yahvé evocando la derrota de su enemigo, el rey de Babilonia:

¿Cómo has caído del cielo, astro rutilante, hijo de la aurora, y has sido arrojado a la tierra, tú que vencías a las naciones? Tú dijiste en tu corazón: “El cielo escalaré, por encima de las estrellas de El elevaré mi trono y me sentaré en la montaña del encuentro, en los confines del Safón; escalaré las alturas de las nubes, me igualaré a Elyón (el Altísimo)”. Por el contrario, al sol has sido precipitado, al hondón de la fosa» (Is. 14, 12-11). 


San Jerónimo empleó la palabra Lucifer en vez de “astro rutilante” y el pobre Fósforo, Afrodita, Venus, Lucifer fue arrojado a los infiernos de un plumazo no del todo bienintencionado. El mito crecería más tarde alimentándose de leyendas medievales y simbolismos. En realidad Isaías, o el autor de los versos de la Biblia, nada sabían de mitología clásica ni de quien era Venus, pero sí de luchas de poder de dioses y reyes. Posteriormente, alguien se debió dar cuenta del entuerto porque el nombre de Lucifer ya no aparece en ninguna Biblia moderna, aunque sí estuvo representado en las más antiguas. Fue borrado de la historia, pero no del imaginario popular que sentía escalofríos al oir su nombre sin saber que era un bello planeta visible al amanecer.

Dejémonos de historias malignas y centrémonos solo en la belleza.

Το μινόρε της αυγής
Χάρις Αλεξιου

Ξύπνα, μικρό μου, κι άκουσε
 κάποιο μινόρε της αυγής,
 για σένανε είναι γραμμένο
 από το κλάμα κάποιας ψυχής.

 Το παραθύρι σου άνοιξε
 ρίξε μου μια γλυκιά ματιά
 Κι ας σβήσω πια τότε, μικρό μου,
 μπροστά στο σπίτι σου σε μια γωνιά.

El acorde menor del amanecer
Haris Alexiοu


Despierta, pequeño mio, y escucha
un acorde en menor del amanecer
para ti está escrito
desde el llanto de un alma

Abre tu ventana
échame una dulce mirada
mientras me apago, pequeño mio
frente a tu casa, en un rincón.

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