Cada una de las horas de nuestra vida que se alejan velozmente antes de que seamos capaces de degustarlas del todo, no mueren, permanecen agazapadas en algún objeto o lugar, adormecidas, escondidas. Si alguna vez tenemos la fortuna de doblar la curva de un antiguo camino a la hora certera en que un rayo de sol ilumine de la misma forma el roble solitario de la vereda, con un sortilegio se personificaran a tropel los numerosos fantasmas sensuales, ocultos hasta entonces, que nos harán revivir la misma sensación del pasado, con más nitidez que si fuese la primera vez. A Proust mojar un pan tostado en un té caliente le trasplantó a los felices momentos de su infancia en la casa de su abuelo. Para mí, el viaje en el tiempo se produjo al vislumbrar la roca hosca y solemne de Serifos. Me transportó a 25 años atrás en mi existencia; y a la primera Jora blanca que veía en mi vida y que me emocionó por el pasmo que deja en los ojos la cal radiante sobre el pliegue de la montaña oscura con el salpicado azul de cúpulas cerúleas y divinas. Sigue hoy asombrando la sorpresa de ese pueblo, pues a diferencia de otras Cícladas, donde las construcciones de villas y apartamentos salpican la montaña y te acostumbran y te preparan de alguna manera para la apoteosis final, aquí todo sigue igual, o parecido, y el susto casi es seguro que te lo lleves cuando llegues y el barco doble la entrada del puerto, la única forma posible de acercarse al mundo Serifos. Visualicé aquella tienda donde, en puro invierno, el dueño y sus contertulios remendaban redes mientras nosotros rebuscábamos entre el batiburrillo de artículos algo que sirviera para comer. Volví a oír el murmullo de sus conversaciones y el olor a pescado rancio de los trasmallos cuando los aireaban para repararlos. Era un “pantopolío” παντοπωλείο; literalmente: establecimiento donde se vende de todo o dicho con más propiedad; lugar donde hay posibilidades de que encuentres cualquier cosa, por rara que te parezca.

En español también teníamos palabras originales para designar esas tiendas eclécticas; había colmados, nombre que hacía referencia a la forma de apilar las mercancías en su interior, o ultramarinos, que remitía a un origen remoto y colonial de sus contenidos. La sola palabra ultramar ya hacía esperar materiales exóticos y extravagantes venidos de otras partes del planeta a bordo de grandes vapores. Yo siempre pensé de niña que las latas de atún de los marmóreos mostradores, el chocolate o el café, eran completamente distintos de los que se podía comprar en el mercado y de mucha más calidad. Esta imagen de la balanza de pesas oliendo a bacalao salado también se materializó y quedó bailando un rato en mis retinas cuando volví a Sérifos.

En la parte suroeste, la isla se encuentra perforada como una esponja podrida. La roca deja ver grandes oquedades, como bocas de gigantones terribles que acabaran de regurgitar sus entrañas negras y pestilentes. Estos espasmos de piedras color azabache oscurecen más si cabe el paisaje y dejan un punto melancólico a la costa. En playas como la de Livadión o Cutalás todavía quedan restos de los muelles de cargamento de metales y de las largas vías donde transportaban el hierro.

La isla fue famosa por su riqueza en hierro que comenzó a extraerse a finales del siglo XIX. Esta industria atrajo a mucha gente en busca de trabajo y la población llegó a duplicarse, teniendo en los momentos álgidos más de 4000 habitantes. La empresa explotadora de las minas se llamaba Serifos-Spiliasésa y era propiedad del alemán Emilio Groman, un inteligente emprendedor que no tardó en establecer conexiones y entramados políticos que le aseguraran la estabilidad de sus negocios. Las condiciones de trabajo eran parecidas a la esclavitud; los mineros trabajaban desde la salida hasta la puesta de sol sin ninguna supervisión de su seguridad, en galerías sin afirmar ni apuntalar y finalizada la jornada laboral tenían que desplazarse grandes distancias hasta sus casas; comían poco, dormían poco y trabajaban mucho; como resultado, los accidentes y decesos estaban a la orden del día; nadie ha podido cuantificar los cientos de personas que quedaron sepultados en los subterráneos de la isla. El rico empresario fue adquiriendo terrenos de los propietarios locales a cambio de regalarles un pequeño apartamento miserable; por supuesto, si se negaban, las cosas se hacían de otra manera. En julio de 1916 se fundó la primera unión de trabajadores de la minería y en agosto de ese mismo año se declaró la primera huelga; los mineros se negaron a cargar de hierro el barco “Manusi” atracado en Livadión y ocuparon las propias oficinas que la empresa tenía en ese mismo puerto. En la revuelta participaron hasta mujeres y niños. La carga policial resultó en varios manifestantes muertos, varios policías heridos, uno de ellos arrojado al mar desde el muelle de carga y el teniente de policía apedreado hasta la muerte. Sí que es verdad que las condiciones laborales mejoraron algo para los futuros mineros, pero con la llegada a la empresa de los herederos de Groman esta fue deslocalizada a África, donde las condiciones salariales de los trabajadores no eran tan exigentes y permitían mayor rentabilidad. Las minas fueron totalmente abandonadas. Fin.

El desmantelar la factoría, las minas y los cargaderos debió ser un proceso fulminante y rápido; muchas de las vagonetas, la maquinaria, las grúas y los puentes de carga yacen abandonados de tal guisa que alguien podría decir que sus dueños se fueron ayer a ver a un pariente si no fuera porque la herrumbre deja constancia del paso de los años. Los volquetes, todavía en sus railes, parece que van a echar a andar y los muelles de estiba chirrían con el viento, petrificados en un estado de oxidación terminal, con sus maderos a punto de precipitarse al abismo pero en un equilibrio inverosímil que nunca acaba de desmoronarlos. Es sorprendente la facilidad con que las cosas se fosilizan en este país y se quedan intactas sin que nadie las toque o les haga caso, dejando que el tiempo las vacíe de su terrible significado y les de otro más nuevo y romántico. Hoy Livadión es una agradable playa con cuatro casas blancas y unas hermosas sabinas que crecen entre la arena y dan sombra a las tabernas. El enorme y elegante edificio de las oficinas de la empresa minera permanece abandonado y lleno de basura que la gente deposita entre sus muros a pesar del cartel de prohibición. Nos contaron que el ayuntamiento tiene intención de restaurarlo y convertirlo en museo; pero, como siempre, esto es Grecia y las cosas van tan despacio como los vagones atorados en las vías podridas que recorren como cremalleras el paisaje áspero.

Sentarse bajo los árboles de la playa para ver caer el sol mientras la luz chisporrotea en la superficie del agua es de esos momentos que quizás me aparezcan de sopetón en un futuro y me vuelvan a transportar hasta aquí provocando la resurrección de esta sensibilidad. Aunque el entorno es hermoso y se han encendido con rabia los rojos de la tierra, de los matojos resecos, del óxido de las grúas y maquinarias y del sol en su coronación diaria, no puedo dejar olvidar su feo pasado y negras figuras apareciendo de las oquedades. Pero a pesar de todo es inevitable la belleza del lugar, porque esta no se encuentra solamente como el superlativo de lo acostumbrado sino que puede ser sorprendente, como una Jora, y surgir por ensalmo de las historias más siniestras. Por cierto, el vino que me tomé seguro que se ha quedado guardado en algún pliegue de la isla; solo tengo que volver para rescatar su aroma.

livadion-puente

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