Que será lo que tiene esto, tan agrio, tan dulce, tan monótono y tan sorprendente que te atrapa; hasta convertirse en el centro de tu existencia. Un barco navegando es hermoso; una imagen reconocida por todos, un lugar común de la belleza de la vida. Pero el iniciado sabe que llegará el momento, si no es capaz de realizar un viaje astral y observarlo todo desde arriba, en el que se preguntará ¿Que hago yo aquí? ¿Por qué no soy como los demás? Como los que ahora duermen en sus mullidas camas, abrigados del frío, secos y confortables; sin una pizca de sal sobre sus pestañas. La respuesta amigo… is blowing in the wind.

Fue una noche de esas, de preguntas, cuando navegábamos por el golfo de Patras. El resultado del no salgamos que tenemos bastante viento de proa y el tenemos que salir porque hemos quedado con unos amigos.

No me pidáis que explique la travesía, los bordos, las decisiones, la fuerza de los vientos, los tormentines, ni los rizos que tomamos; no es mi estilo. Como diría un amigo, los rizos se los toma uno en el bar. A mi me aburren esos relatos y yo intento no hacerlo. Solo diré que La Maga Azul debía lucir hermosa esa noche con la luna, con el viento, con las olas; pero también con la corriente en contra, con el frio de diciembre, con los rociones, con el sueño, con el viento que bufaba como si hubiera salido de un manicomio.

SWScan00001.jpg.A qué huelen los barcos

Que extraña forma de transportarse, de invertir casi un día entero en completar 60 millas, de dibujar zetas y más zetas sobre una línea que teóricamente era recta; que sinsentido para algunos, que desespero, para los terrestres. Pero ¡ay señor! Llegar no se llega igual. Cuando un barco dobla el espigón que lo protege y la mar se calma y el viento ya no importa; cuando el barco, que era una nave, se convierte en casa, por el mero acto de fondear, no hay sensación más placentera. Olor de café recién hecho. Nunca entenderé a aquellos que salen pitando hacia tierra firme, tan pronto como dan la última amarra. Pobres barcos abandonados, cuando venía lo mejor. Que tripulantes tan desagradecidos; buscan su confort lejos de ellos.

Pues eso, que llegamos a Patras, que amarramos, que pusimos las alfombras, que encendimos la lámpara de petróleo, la lámpara china que daba una luz inmensa y un calor agradecido. Y que aunque los ferrys entraban y salían dejando el puerto como una coctelera, se estaba como Dios.

Puerto de Patras

Hacía poco que habíamos pasado por Cerdeña y todavía me quedaba pecorino sardo y “Carta da música”. Esta última, también llamada pane carasau, es un pan ácimo a medias entre la oblea y el cenceño del gazpacho; pero a mí me encantó, sobre todo, su nombre. Según la tradición era un pan típico de pastores y de marineros, por su buena conservación y porque la misma torta, la carta, podía ser utilizada como plato.

Salí a comprar cordero, recogí un poco de hinojo campestre en las afueras de la ciudad y preparé un suculento “angelo a la carta da música”, un sorprendente plato Mediterráneo que, curiosamente, no lleva nada de berenjena.
Cuando todavía murmuraba en el horno, oímos las voces familiares que venían del muelle:

– ¡A del barco! ¡Dios! Que bien huele.
– ¡Hay que ver lo que tarda el autobús de Atenas!

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