¿Qué es un amigo? No está claro. Hay personas que viven mucho tiempo  a nuestro lado y que tras riñas y reencuentros siguen cerca, aunque todos hayamos cambiado tanto que apenas nos reconozcamos. Amigos. Otras pasan, como la brisa suave veraniega que sopla fuerte durante el día por el calentón solar, para morir con la noche cuando la tierra se enfría con prisas. Hay quien no llega al céfiro. Ni al suspiro. Hay quien no deja huella, ni marca, ni sombra. Hay amigos tan grandes que nunca ven ponerse el sol. Hay amigos con los que nunca pudimos hablar.

El caso de este amigo es digno de considerar, pues en tantas ocasiones hemos estado cerca el uno del otro que sería demostrable matemáticamente la imposibilidad de no haber intercambiado palabra; pero así es. La primera vez que nos cruzamos debió ser en Atenas, en el aeropuerto viejo, aquel que daba vértigo cuando el avión se posaba entre los edificios del barrio de Glifada; daba tiempo de saludar a la gente en sus balcones ¡Fantástico este aeropuerto! Según tomabas la primera bocanada de aire al atravesar la puerta de llegadas ya estabas rodeado de vida y de tabernas. En pleno corazón del Pireo. Los turistas decían:

– Que cutre! Parece una estación de autobuses

Que lerdos. Yo he pasado noches magnificas esperando el avión de la mañana; y como es normal en Grecia, a nadie le importaba si habías extendido el saco de dormir frente a la antesala de la capilla o en los sofás de la franquicia de turno. El personal del aeropuerto saltaba por encima de tu cadáver sin inmutarse.

Esa fue la primera vez que lo sentí. Me crucé con alguien, que… ¡Ostras! Casi ni cuenta, pero me dejó un aroma de jazmines estivales que me desvelaron la noche. Me olvidé.

Yo creo que la segunda vez fue en Delos. Tuvimos el privilegio de visitar la isla sagrada cuando todavía se podía atracar en su puerto, allí estuvo La Maga Azul, como una diosa en el muelle marmóreo; una mañana radiante de la embrionaria primavera de marzo. Estábamos tan felices de pasear solos por el recinto arqueológico que casi nos ofendimos de ver a una pareja que deambulaba más allá de las casas nobles, solo figuras recortadas sobre el azul egeo; Delos como nadie para esto. Olía a lavanda y aliaga.

Más tarde fue en Rodas; un hombre solo y pensativo que dejaba regueros de espliego y albahaca. Y luego, quizás me confundo, creo que el siguiente encuentro fue de bruces con una pareja y dos niños; debía se Creta. Como en otras ocasiones sentí un  extraño perfume de flores recién cortadas cuando nos cruzábamos.

Una tarde  en una exposición en Coruña, Marta,  la fotógrafa que exhibía su trabajo me hablo de él:

– No lo conozco, le dije

– Yo tampoco, pero me cae genial.

Que tendrá este hombre para hacer tantos amigos en la distancia. Será su esencia de claveles reventones, de azahares de semanas santísimas; esos olores te dejan atontada incluso para un rato. Como aquella vez que salí a tirar la basura, entre hedores inconfesables noté un efluvio agradable. O esa manifestación anticlerical, donde estuvimos estoy segura cerca muy cerca. Gladiolos; siempre fueron muy de la iglesia.

Para no despistar confesaré que hemos intercambiado opiniones, músicas, fotografías y citas literarias, pero siempre ha sido en un mundo virtual, poblado de ceros, unos y  bits intermitentes, a través de cables o antenas; pero nunca, nunca nos hemos visto en persona. Pero ¿Por qué creo que es mi amigo, sin conocerle? Es difícil de explicar, el otro día pensaba que el misterio estaba en que …cuando el sufre yo también paso las noches en blanco.

Un abrazo, Ras ; el plural no es una errata, que conste. Un abrazo de gardenias.

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