Es necesario volver una y otra vez a la misma isla si quieres que llegue al final a abrirse como una granada madura y mostrarte sus frutos más dulces; si solo la visitas en una ocasión, es posible que la encuentres verde.

Kea, es la Cíclada más próxima al continente. Como buena Cíclada es una isla parda y grisácea desde lejos, con una jora que se sonroja al atardecer. Siempre me llamó la atención su tono rosado, hasta que un día, al acercarme, me di cuenta de que sus casas tenían tejados cerámicos para protegerlas de la lluvia, a diferencia de sus vecinas, de terrazas desnudas y resecas, con amplios canalones para recoger las aguas del cielo. Dispone la isla de pocas carreteras que la atraviesan de parte a parte y de numerosos caminos radiales para pasear y descender a sus playas. Caminos marcados con números para que los caminantes los recorran sin prisas, con un claro deseo de que te quedes y permanezcas; los automóviles son demasiado veloces y no son lo que merece.

Sentados en una taberna, en Kato Meriá, pueblo del silencio, barrido por el viento y los espinos rodantes que asustaban a perros y gatos erizados, nos sentamos a tomar una cerveza y lo que tuvieran, para dejarnos ensimismar por el polvo del Meltemi dando vueltas hasta el aburrimiento.

-¿Bajasteis a Karthea?

-No.

-Deberíais bajar, os lo recomiendo. Son sólo tres kilómetros andando. Pero tenéis que llevaros agua; abajo no hay ninguna taberna.

Sonaron las campanas de la iglesia, repiquetearon los badajos del ganado cercano y llenamos la botella de agua.

Karthea es un recinto arqueológico cuyas excavaciones empezaron apenas 10 años atrás; una ciudad del siglo XII a. C. que permaneció habitada durante 1400 años y luego fue abandonada. Posiblemente su enclave costero impidió defenderla de los múltiples ataques piratas. Oculta por la inaccesibilidad del lugar y por muchas capas de rocas y barro desprendido de las montañas, solo dejaba asomar un trozo de teatro; comienzo que utilizaron los arqueólogos para ir desenterrando los restos.

En el cruce del camino, un burro blanco andaba suelto y mosqueado, recortado con precisión sobre el cielo azul; el indiscutible color celeste; y daba patadas sobre el suelo como queriendo despegar y salir volando sobre nuestras cabezas. Más allá había otro que asomaba el oscuro cabezón por encima de un cercado. No me cupo duda de que ese era el desvío.

Siempre me han gustado los burros, porque son de una calma exquisita y en sus ojos casi bizcos, cuando te miran, transmiten una extravagante sabiduría. Primero me enseña los dientes verdosos de hierba, cuando ve la cámara rebuzna a pulmón libre y al cabo de un instante, al dejar de oler a peligro, se acerca curioso por si la relación da para algo más que sobresalto. Se deja acariciar moviendo sus orejas puntiagudas; sus ojeras perfiladas le dan un toque elegante y distinguido. En Kea, afortunadamente, todavía hay muchos burros.

El descenso es pedregoso, por los mismos caminos que fueron las sendas de 3000 años atrás, pero a tramos, los robledos te permiten la sombra necesaria para disfrutar con la suave mañana de septiembre. Bajar, bajar, paralelos a un barranco que empieza a volverse verde de frutales y cañaverales por la proximidad de una fuente en un recodo; nada te hace prever el desenlace final de la llegada a la playa: el increíble cielo limpio que deja el viento, el mar azul y espumoso de olas que trae la brisa y los eternos mármoles blancos, nítidos y rotundos. Qué fantástico camino tortuoso de bajada; y la subida que nos espera. En realidad qué buena suerte la que ha impedido la llegada de vándalos y descendientes de Lord Elgin y ha dificultado el despojo de estas piedras para que no acabasen en museos de salas lúgubres y oscuras como conventos, o reconvertidas en iglesias por fieles católicos o casas de codiciosos nobles, como en la Esparta perdedora.

Qué inmensa y trascendente felicidad producen estos sitios. Cuando llegas inspiras y espiras con una profundidad inusitada para tus pulmones. Me cruzo con una mujer que me saluda como si me conociese desde siempre, con una amplia sonrisa y una mirada de complicidad, de compresión. Sé perfectamente como te sientes. Acercarse hasta la playa, dejando pasar las horas, hasta sentir hambre y sed que no aplaca tu cantimplora recalentada, es el mejor preludio para sentir la experiencia mística de estos recintos, “el amado” de esas piedras nutritivas que te alimentan al tocarlas, dejándote sentir el paso del tiempo mediante su salitre acumulado.

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La reconstrucción de los templos y el teatro se ha realizado con gusto y ganas de ofrecer un espacio delicado y agradable, para que la vista no se vaya corriendo al imponente mar Egeo y descanse sobre las piedras rosadas y hermosas. Hasta han tenido el detalle de obligarte a entrar a la Acrópolis a través de los propileos, restaurados con mármoles blancos, pulidos y nuevos; se siente una gran sensación de importancia cuando cruzas su entrada.

Me tumbé bajo una encina que crecía en el templo de Apolo, sobre un posible altar de sacrificio. Las hojas tamizaban la hiriente luz Egea y llegaban oleadas de aromas a hierba reseca. Casi me dormí, pensando en el privilegio de estar en estos sitios y lo sensato que me parecía conservarlos a base de hacerlos de difícil acceso. Espero que no aparezca un alcalde moderno y populista que recaude fondos para construir una carretera; definitivamente sería un desastre, es triste, pero es la pura realidad. Todos y cada uno de los que estábamos allí habíamos sufrido el descenso, soportaríamos la calurosa subida y estábamos viendo aquello que deseabamos ver.

Me contó una amiga que tuvo la desgracia de estar en Dubrovnik coincidiendo con la llegada de tres cruceros. Desembucharon 3000 personas cada uno. Se formaron largas colas para entrar en la ciudad y el calor y el embotellamiento humano en las callejuelas provocó numerosos desmayos. Posiblemente, si hubieran hecho una encuesta, más de la mitad de los turistas hubiera preferido permanecer en el barco, pero bajaban porque tocaba hacerse la foto.

Me sobresalté con estas pesadillas, pero luego tuve una revelación. ¿Y si utilizaran burros para bajar a la gente interesada pero poco ágil? Mataríamos dos pájaros de un tiro, se limitaría el número de visitantes y conservaríamos la presencia de los divertidos asnos.

El borrico albo me esperaba a la subida; ya más tranquilo, desplegó sus alas blancas y ascendió a los cielos como Pegaso.

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