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Anecdotas

De cómo una isla se elevó a los cielos

Por 14 enero, 2017 Etiquetas: , , , , , Comentar (12 Comentarios)

La divina Calipso le dijo a Ulises que si quería navegar rumbo a oriente debía llevar a su izquierda a aquella que nunca se baña en el mar. Con un dulce viento, Ulises, sentado al timón, vigilaba a las Pléyades y al carro de la Osa que gira sin dejar de acechar a Orión.

La ninfa Calisto, fue condenada con su hijo Arkás; αρκούδα es oso en griego; a no aparecer por el este y desaparecer por el oeste, sino permanecer dando vueltas en el firmamento. Zeus, fue su amante y para evitar las iras de su esposa Hera, los transformó en osos los agarró de la cola y los lanzó al cielo donde quedaron prendidos para la eternidad formando la osa mayor y la osa menor. La desgraciada ninfa nunca se acercaría al reino marino y daría giros infinitos sin tocarlo.

Así hicimos nosotros, sin desorientarnos ni un grado, navegamos rumbo a oriente hasta darnos de bruces con Asia.

Andaba yo inapetente y aburrida con el sube y baja de la costa y los golfos y los cabos que dibujan un mundo que luego sale en las bolas del mundo y la terra trema corría monótona de norte a sur sin un solo aliciente. Yo ansiaba una piedra a la deriva para rodearla, una roca salpicada por todos los vientos y muchas olas. Así que por mi insistencia dimos rumbo a Simi, a pesar de la prohibición, por aquel entonces, de navegar en zig-zag entre la costa turca y las islas griegas. Nada esperaba de la elección, al fin y al cabo nada cambia tanto en unas millas de mar a pesar de pertenecer a diferentes países, tanto una como otra fueron  Grecia en la antigüedad y todas las orillas tenían idéntico color.

Lo singular de acercarte a una isla desconocida por el mar es que la ves crecer y desarrollarse, como un huevo de gigante. Al principio flotaba como un corcho azulado en el agua, acabó eclosionando y permitió que nos adentráramos por sus fracturas, buscando el germen. Seguimos navegando por sus pliegues y hendiduras esperando ver las plumas del pollito feo. Y al final sí, se rompió del todo y se dividió para mostrar totalmente su interior. Pero no encontré feos pájaros en Simi.

No podría explicar lo que me sucedió, ni creo que nadie pueda revivirlo tal y como lo sentí, ni siquiera yo misma, y menos tras más de 20 años de no haber estado allí. Noté un escalofrió que me recorría la columna vertebral, se me nubló la visτa y mis ojos se llenaron de lágrimas sin ningún motivo, me tuve que sentar en cubierta deslumbrada, sin poder pensar en la maniobra. El puerto se abría como un salón de baile, sus casas en filas ascendentes parecían los integrantes de un coro polifónico, preparados para entonar una melodía sobrecogedora, pero ningún sonido salía de sus bocas de piedra. La superficie del mar duplicaba el tono de los cantantes que entornaban sus persianas de colores. Tuve una alucinación parecida a la de Stendhal cuando deambulando por Florencia fue arrastrado por la saturación de la belleza, pero a diferencia de él yo solo contemplaba un pequeño pueblo del Egeo.

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». Stendhal

Pronto se me pasó, cuando amarramos en el bullicioso puerto entre los vendedores de pescado y los puestos de esponjas, sobre unas aguas alegres que reverberaban el resplandor del sol hasta hacerlo invisible.

Volví varias veces a Simi y una de las ocasiones, no recuerdo muy bien cuando, ya de noche, una mujer mayor se cruzó en mi camino cuando deambulaba por las callejuelas empinadas del puerto. Llevaba un pañuelo blanco anudado en la cabeza, aunque el resto de su atuendo era negro y una vela delgaducha encendía su sonrisa. Me paró, me miró y me cogió del brazo, transmitiendo con el roce una dulzura y familiaridad sorprendentes.

– Η Παναγιά , έλα πάμε. La virgen, venga vamos.

Señaló hacia la cuesta que subía hacia la iglesia donde se oían rumores, oraciones, murmullos religiosos y pasos apresurados. Mi voluntad se quedó muda y seguí a la desconocida por la escalera como res al matadero. La subida se iluminaba con cientos de candilejas que se iban agrupando y cuando llegamos arriba la plaza ardía entre las llamas de los cirios, alumbrando las caras pálidas de los oficiantes que miraban embelesados un icono de la Virgen ortodoxa; de esas que parecen atravesarte con su mirada sin que tu puedas esconderte; mientras que del interior de una capilla dorada salía luminosidad a borbotones. Un agudo olor a cera y a iglesia antigua me dejó aturdida; me remataron las llamitas de las candelas que dejaban un humo narcótico en mis narices. Me puse a llorar electrizada, mientras mi acompañante me apretaba el brazo y comprendía ¿No era aquello la procesión más bonita del mundo? ¿Cómo no iba yo a emocionarme? En un descuido me lancé escaleras abajo y me fui a hacer un sortilegio en las aguas del mar, por si acaso los espíritus me habían poseído, cosa frecuente en Grecia, donde la ilusión y la realidad a menudo se confunden.

cirio

A los ídolos más admirados y los monstruos más temidos por nuestros antepasados podemos buscarlos en los cielos. Muchos de los personajes de Jasón y sus argonautas y su viaje en pos del vellocino de oro aparecen dibujados en los signos del zodiaco, lo que demuestra la categoría de esta aventura para el mundo clásico. Así Aries hace referencia al propio carnero del vellocino, Leo al león de Nemea de Heracles, al que se le representa siempre vestido con su piel, Géminis a los gemelos Cástor y Pólux, Virgo a la sacerdotisa del templo donde se custodiaba el vellocino. También existe una Argos Navis, una constelación del hemisferio sur, que se extiende desde Can Mayor a la Cruz del Sur.

Fue Eratóstenes quien se tomó la tarea de articular los antiguos mitos y su ascensión a los cielos. Su obra Catesterismo recoge estas hazañas mitológicas de la tradición popular intentando aunar las múltiples interpretaciones. El propio autor ideó una nueva constelación llamada la cabellera de Berenice, en honor a la esposa de Tolomeo, su rey, posiblemente como un encargo.

Una noche, fondeados en la cara sur, se recortaba la silueta oscura de Simi con un tenue resplandor que salía de sus entrañas; las luces del pueblo invisible tras las montañas. Yo me entretenía en buscar en el galimatías celeste las diversas constelaciones visibles y sobre todo, la imposible cabellera. Todo se detuvo un instante, noté un temblor y un rumor raro en las olas. Me sentí flotar de una forma peculiar, entre las estrellas, pero el barco y la costa me acompañaban por el espacio. Un viento me resbaló por la cara y agitó mis cabellos mientras las nebulosas pasaban a nuestro lado con suavidad. Tras el viaje, no sé si corto o largo, la tierra vibró un instante para volver a caer delicadamente sobre el mar, en silencio.

En aquel momento sonaba Bowie en la radio y el mayor Tom llamaba a Control de tierra:

And I’m floating in the most peculiar way
And the stars look very different today

No he vuelto a Simi, me da miedo. Me daria pena encontrar solo una bella isla sin más.

Space oddity

Ground control to major Tom
Ground control to major Tom
Take your protein pills and put your helmet on

Ground control to major Tom
Commencing countdown, engines on
Check ignition and may God’s love be with you

Ten, nine, eight, seven, six, five,
Four, three, two, one, liftoff

This is ground control to major Tom
You’ve really made the grade
And the papers want to know
whose shirts you wear
Now it’s time to leave the capsule
if you dare

This is major Tom to ground control
I’m stepping through the door
And I’m floating in a most peculiar way
And the stars look very different today

For here
Am I sitting in a tin can
Far above the world
Planet earth is blue
And there is nothing I can do

Though I’m past one hundred thousand miles
I’m feeling very still
And I think my spaceship knows which way to go
Tell me wife I love her very much
she knows

Ground control to major Tom
Your circuits dead,
there’s something wrong

Can you hear me, major Tom?
Can you hear me, major Tom?
Can you hear me, major Tom?
Can you….

Here am I floating round my tin can

Far above the moon
Planet earth is blue
And there’s nothing I can do.

Singularidad espacial

Control de Tierra a Mayor Tom
Control de Tierra a Mayor Tom
tome sus proteínas y póngase el casco

Control de Tierra a Mayor Tom
comienza la cuenta atrás, motores en marcha
Compruebe el encendido y que el amor de Dios le acompañe.

Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco,
cuatro, tres, dos, uno, despegando

Control de Tierra a Mayor Tom
realmente lo ha conseguido
y la prensa quiere conocer
de quién es la camiseta que viste
Ahora ha de abandonar la cápsula,si se atreve

Aquí mayor Tom a Base
estoy saliendo por la puerta
y estoy flotando de un modo muy peculiar
y las estrellas parecen tan distintas hoy

Por aquí
estoy sentado en un trasto de hojalata
muy por encima del mundo
La Tierra está azul
y no hay nada que yo pueda hacer

Aunque más allá de 100.000 millas
me siento muy tranquilo
y creo que mi nave conoce que camino seguir
Decidle a mi mujer que la quiero mucho,
ella sabe

Control de Tierra a Mayor Tom
sus circuitos están apagados
Debe haber algún problema

¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me…

Estoy aquí, flotando alrededor de este trasto de hojalata
muy por encima de la Luna
La Tierra es azul
y no hay nada que yo pueda hacer.

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Giróspiti. La casa de Evgiros

Por 10 mayo, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (14 Comentarios)

Era el mediodía más tórrido que puedo recordar y las previsiones que se avecinaban no dejaban chispa de esperanza. Una ola de calor asediaba el archipiélago y las calzadas se desleían con su propia calima que emanaba del asfalto licuado; de quedarte inmóvil corrías el peligro de adherirte al pavimento y fundirte lentamente con él, tal que si de arenas movedizas se tratara; sin ninguna posibilidad de ayuda, sin poder pedir auxilio, porque no había ni un alma en la plaza de ese pueblo donde habíamos ido a parar. Las chicharras estaban mudas o moribundas, habían abandonado su estridente salmodia y renunciado a la ilusión inútil que resultaba de batir sus alas para refrescarse con ese aire sofocante. Lo único sensato a esas horas era buscar una sombra trascendente donde amodorrarse y soñar con céfiros frescos y relentes. Nunca antes habíamos pasado por este pueblo; pueblo que te encuentras de esquinazo, cuando crees que ya no puedes encontrar nada más y que de seguir así, por la carretera, el despeñe por un precipicio es inmediato. Pero seguíamos porque se veía Itaca, sumergida en el calor y en un azul marino que se evaporaba hacia el cielo; seguíamos y seguíamos sin pensar en parar, embelesados, como ratones de Hamelín. Fue la primera vez que vi Evgiros.  Porque no la había buscado antes; no es una errata, Evgiros es femenino; porque no viene en los mapas, porque está en el άκρη, en una esquina, y porque al turista, que tiene el tiempo justo, no se le ha perdido nada en esta aldea; porque creo en los hados y porque en esta tierra la realidad y la fábula se confunden con cabezonería.  Evgiros salió a buscarnos.

En la plaza de la iglesia, o la plaza, había un árbol descomunal con un banco y un grifo atornillado a la corteza de su tronco, que murmuraba aguas gélidas. Pero nos embobó el café de suculenta terraza emparrada, con sillas dispuestas en corro, esperando chácharas y tertulias; y con las mesas repletas de botellas abandonadas, como si los clientes hubieran huido repelidos por una lengua de fuego bíblica. Alguna hormiga mirmidona hacía acopio del ágape desatendido. ¡Qué pueblo tan salado! Y las moscas ¿Dónde están las moscas? Muertas.

En la ventana del cafetín había un rotulo de “Se vende”. Ay, si se vende esto que será de nosotros; sin parras, sin tertulias, sin corrillo para dirimir los acontecimientos históricos; desamparados. Y como tales, corrían los sudores por nuestras nucas; corre, corre que me seco, que se me va el último hálito de humedad. Allí, allí hay una fuente, en el árbol. Ese mastodonte de afectuosas ramas que se inclinaban como única oportunidad del superviviente. ¡Qué pueblo tan salado!

Entre las brumas del calor apareció un hombre, que yo diría irreal, porque hacía un minuto no estaba allí, el banco vacío;  porque hacia un buen rato que no se oía un susurro o un pío pío de pájaros; esperaban callados a que dejaran de arderles las plumas; porque con tanto silencio y tanto sigilo no se podía haber plantado allí sin notarlo. Vestía camiseta sport y nos echó  la mirada del “qué buscáis”, el ademán  universal interrogador; cejas altas y cabeza alta, hombros altos.

– Solo mirábamos el café en venta.

– No es el café lo que se vende, si no la casa de al lado

Nos respondió sorprendido de que habláramos griego. Mucho tiempo después me confesó que éramos los primeros turistas con los que charlaba, porque todos le contestaban en inglés y él solía abandonar por aburrimiento la conversación  que derivaba en “por señas”.

– Pues que buenas vistas
– Sí
– Es pequeña
– Sí
– ¿Buscáis casa?
– No
– No exactamente
– ¡Anda! ¿Queee?
– Pues mi primo vende la suya.
– Estupendo
– ¿Dónde?
-¿Qué estás diciendo?
-¿Queréis verla?
-¡No!
-Sííí
-Ahora llamo a mi mujer que traiga las llaves.

Y su mujer se llamaba Sofía y vino con una sonrisa inmensa y con las llaves, claro. Y él se llamaba Giorgos y era el secretario del ayuntamiento; “el secretario” para más señas. Y la casa era de su abuelo; y la casa era muy antigua, y la casa había sobrevivido a no sé cuántos terremotos y no se quintas guerras. Y la casa era fresquita de miedo y se metía en la roca de la montaña. Y se veía el mar y se veía Itaca y se veía a Safo saltar desde los blancos acantilados. Y aunque un gran ciprés tapaba parte de la vista…pues lo cortas… ¿Cómo voy a cortar semejante ciprés? Pues esto es Grecia. Y ves…aunque el acceso es malo pronto van a hacer un δρομος, una calle.¿Cuándo? Pronto

¿Qué puedo más decir? Pues que a los cinco días y tras de hacer todo tipo de papeleos y burocracias ¡nimaginables, de las que salíamos bien parados gracias al ir acompañados y recomendados por el “secretario” nos personábamos ante la notaría  para adquirir la casa.

La notaria hablaba despacito, como concesión a nuestra condición de extranjeros chapurreantes someros del griego; y nosotros tratábamos de comprender cada una de las silabas. Llegó el momento del consabido nombre de pila del padre; al que son muy aficionados los griegos;  estado civil y bla bla,  domicilio bla bla , nacionalidad, bla bla…

 – ¿Fecha en la que contrajeron matrimonio?

Nos miramos el uno al otro y empezamos a contar con los
dedos en vano. No teníamos ni idea. Que desalmados ¿No? Notario, ayudante, secretario, esposa y primo nos miraban absolutamente atónitos.  Pero que raros son los guiris, señor. Para salir del trance me la inventé. Y así conseguimos abandonar  la notaría como flamantes propietarios de una casa de piedra en Evgiros; eso sí para entrar a vivir.
 

 

 
De las historias que van rellenando una vida, son las irracionales las más enriquecedoras.
 

Πες μου όνειρα γλυκά
Ελευθερία
Αρβανιτάκη

Βρισκόμουνα σ’ ένα κελί
όπου όλα τα `χα χτίσει
τις πόρτες, τα παράθυρα
το στρογγυλό φεγγίτη.
Κι έβλεπα πως ζωγράφισα
πάνω σ’ ένα χαρτόνι
ένα σπιτάκι παιδικό
μ’ ένα μικρό μπαλκόνι.
Τις νύχτες δεν κοιμάμαι
Ξυπνάω και φοβάμαι
Πες μου όνειρα γλυκά.
Με το μολύβι χτύπαγα
κλαίγοντας να μ’ ανοίξουν
την πόρτα τη ζωγραφιστή
έξω να μη μ’ αφήσουν.
Ώσπου η πόρτα σκίστηκε
και είδα από μια τρυπούλα
μια ίδια μικροσκοπική
χτισμένη καμαρούλα.
Τις νύχτες δεν κοιμάμαι
Ξυπνάω και φοβάμαι

Πες μου όνειρα γλυκά.

Cuéntame dulces sueños
Eleftheria
Arvanitaki

 

Estaba en
una celda
Donde todo
había sido construido por mi
Las puertas,
las ventanas,
El tragaluz redondo
Y vi como yo dibujaba
en una caja
de cartón
una casa de juguete
con un
pequeño balcón
Por las noches
no duermo
Me despierto con miedo
Cuéntame
dulces cuentos
Golpeaba con
mi lápiz
llorando para
que abrieran la puerta,
la dibujada en el cartón,
y que no me
dejaran fuera
Hasta que la
puerta se rompió
Y a través
del agujero vi
la misma y también minúscula

habitación.

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Una historia interminable

Por 12 febrero, 2016 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)

Esta es una historia que se construye a sí misma. Cada vez que la escribo en una página deja entrevisto un fleco que asoma por debajo de la falda y tirando del hilo aparecen nuevas piernas que andando se van a otro paisaje y dan lugar a nuevos episodios. Me recuerda a una merienda con buñuelos que preparé una vez; me debí pasar en algún ingrediente porque aquello crecía hasta desparramarse por los bordes del recipiente. Nos pusimos a freír rosquitos sin descanso y cuando teníamos una montaña inabarcable ¡Dios, el cacharro volvía a estar colmado de masa! Llegamos al límite del empacho y la indigestión pero aquello no cedía. Terminamos por tirar el magma por el inodoro. Yo lo miré caer con aprensión, imaginando que seguiría creciendo allí donde fuera y si nadie lo paraba llegaría a apoderarse del mundo. Me tiré un tiempo oyendo las burbujas de su fermentación en mi cabeza.

Pero esta historia inacabable que hoy me trae, es más seria y empezó en  Itaca, cuando encontré una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando en un pequeño velero con los brazos abiertos; era un griego que había cruzado el Atlántico norte con su mujer allá por los años 50. El viaje estaba relatado en un libro autobiográfico del que desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y era difícil de conseguir. Después de escribir a medio mundo y de esperar en vano que una persona me lo fotocopiara contacté con un librero de viejo de Atenas que tenía un ejemplar y me lo mandó. Si queréis leer esa historia seguir este enlace.

Cuando comencé a leerlo, en los primero párrafos el autor hacía mención a un libro del escritor Tasos Zappas : “El Jónico en una barca”; la edición debía ser de los años 30. Así que me volví a poner a rastrear la pista de este segundo libro. Esta vez algún librero me dijo que lo intentaría pero luego no volvían a escribirme. Estos detalles dieron lugar a otras historietas que podéis leer aquí, si tenéis ganas.

Algún tiempo después, cuando volví a publicar en el Huffington post la anécdota del libro, y cuando ya daba por descontado que no lo conseguirá, me escribió una mujer desconocida contándome que había visto ese libro en una librería de Exarchia, en Atenas. Por supuesto que volví a escribir al nuevo librero que me avisó de que el libro era de segunda mano y que estaba en mal estado. Me lo compré.

Volvió a llegar el cartero. Esta vez el hombre del chaleco amarillo traía un aroma apolillado y remoto. Abrió su saca y alcancé a ver un chisporroteo de mosquitas brillantes y diminutas que se alejaban en todas direcciones dejándonos absortos.

-¿No he venido yo otra vez a esta casa con este paquete?

Yo no quise destrozarle el déjà vu; por él, porque siempre es mejor vivir en un hechizo que pisar la realidad; y por mí, para darle alguna posibilidad de que esto, como en un juego de muñecas rusas, fuera un cuento dentro de otro cuento que a su vez pertenece a otro cuento.

Subí las escaleras envuelta en tufos, mosquitas y recuerdos huidizos. Me dispuse a desenvolver, con un cuidado de neurocirujano, las capas y capas del embalaje cebollino, hasta llegar a un cuadernillo de pocas páginas y muchas heridas. Algún desalmado lo había intentado reparar con cinta de perfilar ¡qué pena daba! Nada más abrir sus tapas volaron miles de insectos imaginarios y la habitación se llenó de figuras y de esencias de libro viejo, tanto que me estremeció. No tenía fotografías pero sí unos dibujos a plumilla, honestos y genuinos, sin ningún esmero por aparentar.

Su primer dueño dejó grabada en la contraportada  la fecha de adquisición. O de lectura. O del regalo que recibió. La tinta era casi violeta y el año el mismo de la edición. Qué impaciencia debió tener ese desconocido lector. Qué lástima que no dejara su firma para poder dirigirme a él como dios manda. Qué perfume el de los libros viejos y usados. Por un lado contienen letras y palabras que articulan novelas, por el otro, emanan unos vapores sugerentes y enigmáticos. Me estoy yo enganchando a estos fetichismos bibliófilos. Cerré los ojos por un rato, medité y escribí a mi amiga Mayte Piera, la fotógrafa que con tanta delicadeza colabora conmigo  en las entradas del Huff.

-¿Tú serías capaz de plasmar el olor de este libro en el instante de tu cámara?

-Tengo que verlo.

Así que le dejé el cuadernillo, depositándolo con un mimo de relojero y con temor de que a la vuelta hubiera perdido ese olor que tanto me trastornaba. Pero era el precio que se debía pagar para viajar en el tiempo, hasta el año 38, a lomos de un perfume histórico.

Por supuesto escribí a la persona que me dio la dirección del librero y le di las gracias. Abrimos otra matrioska rusa. Ella pintaba y su marido escribía y era marino. Y casualidades de la vida, estaban haciendo un libro de recopilación de recetas de una gran cocinera de Cefalonia, la isla vecina a la mía, una tal Ioanna Lazaratos;  por amor al arte y de su cocina. Y me preguntaron si quería publicarlas yo en el blog. Así que se me ocurrió que si funciona, si nos gusta, si divierte, abriré una pestaña de recetas para ir colgándolas de vez en cuando. La pestaña de recetas, de libros, de fotografías, de historias, de buñuelos, de muñecas…rusas.

 

 

Συνταγές μαγειρικής
Από μικρή της άρεσε μες στην κουζίνα μόνη
τις ώρες να σκοτώνει με τη μαγειρική
και πέφτανε τα δάκρυα θυμώντας τη ζωή της
και δίναν στο φαΐ της μιά γεύση μαγική.
Κύμινο μοσχοκάριδο και κόκκινο πιπέρι
ποτέ δεν είχε ταίρι ν’ αλλάξει μιά ευχή
να χαμηλώσειs τη φωτιά μετά την πρώτη βράση
να γίνονταν η πλάση ξανά από την αρχή.
Ψιλοκομένος μαϊντανός και σκόρδο μιά
σκελίδα
νά ‘φεγγε μιά ελπίδα στα μάτια τα μελιά
και προς το τέλος πρόσθεσε ένα ποτήρι λάδι
νά ‘νοιωθε ένα χάδι μιά μέρα στα μαλλιά.
Μιά νύχτα έπιασε φωτιά μέσα στο μαγερειό
της
πού ‘κανε το φευγιό της να μοιάζει με γιορτή
τέτοια που γύρω φύτρωσαν άσπρα του γάμου
κρίνα
ολόιδια με κείνα που είχε ονειρευτεί.
Πόσες καρδιές που γίνανε αναλαμπή κι αθάλη
μας κάνανε μεγάλη κάποια μικρή στιγμή
κι αθόρυβα διαβήκανε απ’ της ζωής την άκρη
χωρίς ν’ αφήσει δάκρυ σε μάγουλο γραμμή.
Recetas de cocina
Desde pequeña le gustaba quedarse sola en la cocina
matando el tiempo cocinando
y derraba lágrimas recordando su vida
y le daban a sus guisos un sabor mágico.Comino, nuez moscada, pimentón
nunca tuvo compañero para intercambiar deseos
para reducir el fuego después del primer hervor
para rehacer la creación desde el principio.Perejil picado y diente de ajo
para alumbrar la esperanza en unos ojos de miel.
Y al final añade un vaso de aceite
para que sientas una caricia en el cabello por la mañana.

Un día prendió fuego a su cocina
hizo que su huida pareciera una fiesta
tal que a su alrededor florecieron lirios blancos de novia
iguales a aquellos que siempre había soñado.

Cuantos corazones que se convierten en destello y fuego
nos hicieron grande algún pequeño momento
y sin ruido pasan por la vida
sin dejar lágrimas que surquen sus mejillas.

 

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Mil viajes a Itaca

Por 11 noviembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (9 Comentarios)
Tengo una relación sentimental con Itaca un tanto complicada; amores y desafectos, ternuras y resentimientos que se alternan como un hilván de hilo brillante para aparecer y desaparecer de tanto en cuando. Supongo que al conocerla desde hace tiempo, como en todos los idilios hay momentos de euforia y de bajón. Una música oída muchas veces genera la rutina de la sucesión esperada de notas que no te deja disfrutar de la melodía como la primera vez.

Es obvio que esta isla atrae sin conocerla; por su nombre legendario como ningún otro, por su pasado fantaseado en cuentos y poemas que no dejamos de imaginar o releer. Pero además es que su forma de huella de gigante torpe, o de paramecio demacrado, según la mires, abre el apetito de la fantasía. Saber lo que existe al fondo de una enorme bahía oculta por los requiebros de la tierra excita a cualquier navegante. Y lo que encuentras, cuando lo descubres, merece las penas de mil viajes.

Pero si hay algo que me gustaba de la Itaca que hace tiempo conocí era su concierto vespertino. La armonía polifónica era digna de oírse; entonado con solo dos notas y otras dos silabas, comenzaba en un punto lejano y se iba extendiendo por toda la ladera hasta llegar al puerto. Un lamento de His y Hos desacompasados, con contrapunto, entremezclados con algún staccato de hi-hi-hi que acababa en un pianísimo para resurgir otra vez en otra esquina de la gran bahía de Vathi. Llegaba el culmen final enloquecedor, cuando el estruendo de burros se hacía casi imposible, para caer en el silencio que daba paso a la noche. Me encantaba ese canto gregoriano de asnos rebeldes itacenses. En concreto había uno que lo ataban donde acababa el pueblo, cercano a una zapatería de pantuflas de cuadros, que gritaba como ninguno. A veces me atreví a acariciarle y él con los ojos bizcos rebuscaba entre mis bolsas, si las llevaba, y se quedaba quieto y paciente mientras que yo le decía unas palabras amables, aunque eran puros monólogos. Con el tiempo, la orquesta fue menguando y solo quedaba algún solista. El de la zapatería se esfumó y en su lugar apareció una moto. Y yo, no sé muy bien porque no me alcanza la empatía de ponerme a hablar con una moto, pero pasé de largo. Algo se rompió en mi corazón cuando la llegada a Vathi nunca volvió a ser acompañada de esa actuación musicovocal entrañable. La verdad es que en verano ya no se distinguirían bien los borricos cantores de los insultos poliglotas de los patrones de los barcos de recreo que amarran en el puerto, mientras el viento feroz del ocaso entorpece sus maniobras. Qué cantidad de bestiadas puedes llegar a oír en todos los idiomas en una tarde estival. Pero, ves, no me siento motivada a hablar con estos pero si con los otros; es curioso.

La segunda cosa que no tardaron en cerrar fue la discoteca. No es que yo sea bailonga y por eso me lamento, pero es que ésta me gustaba porque se llamaba como solo se puede llamar un tugurio de cortinas de terciopelo rojo: “El pulpo”. Tenía una bola redonda de espejitos que giraba, como gira el mundo, como girábamos nosotros, desbocados, dislocados, desmelenados, con bebidas y dientes fluorescentes, en un sitio donde nadie podía reconocerte. Bueno, con el tiempo esto último dejo de ser verdad y cuando aparecía acompañada de amigos fascinados con la bola y los chupitos de fósforo que servían en la barra, los chavales del pueblo se frotaban las manos y acudían en tropel ante la expectativa de un intercambio cultural con extranjeros/as. Un día ya no estaba; estaban construyendo un supermercado en su lugar. Está claro que no iban a estar esperándonos todo el año mirando la bola, pero sentí una punzada de dolor al distinguir los espejuelos desmembrados en un contenedor de desescombro.

He desarrollado una especie de alergia al cambio de los sitios donde me sentí a gusto alguna vez, una hipersensibilidad a que la modernidad y el turismo lleguen como una plaga exterminadora y arrasen con todo; e intento desafectarme de los lugares amados antes de que esto ocurra. A veces creo que me paso de profilaxis, pero es que no me gusta sufrir.  A Itaca, por suerte o por desgracia, he tenido que volver mil veces por motivos de trabajo y la verdad es que los amigos y conocidos que vas haciendo con el transcurso de los años te hacen ver las cosas de diferente forma, te agarran con lazos y te dicen que te dejes de hipocondrías y que no te alejes demasiado. Pero fundamentalmente sabía que si quería reconciliarme con ella tendría que venir fuera de temporada; bien acabado el verano; en otoño, en esa época en que todo comienza su letargo pero aún no ha alcanzado el sueño invernal.

Había encontrado una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando al puerto en un pequeño velero con los brazos abiertos y la emoción de la ansiada arribada en su cara. La instantánea, ya amarillenta, era de los años 50 y llamó mi atención por varios motivos. Primero porque era un griego que había cruzado el Atlántico norte a vela en una pequeña embarcación de 8 metros sin motor, lo que era un hito desconocido para mí, pero fundamentalmente porque el paisaje que aparecía tras sus brazos era exactamente igual al que yo contemplaba en el presente; las mismas montañas vacías. Sorprendente. Y yo una exagerada fatalista. El caso es que el épico viaje está relatado en un libro escrito por el mismo navegante, Sabbas Yeorgiu, y encabezado por la siguiente frase:
 «….εσύ που είχες την καλοσύνη & την υπομονή να διαβάσεις αυτό το βιβλίο, πήγαινε στη θάλασσα, αν δεν έχεις πάει ακόμη. Θα λυτρωθείς. Ανάμεσα ουρανού και θάλασσας το μυαλό σου θα λαμπικάρει. Θα νοιώσεις ελεύθερος. Πήγαινε…..»

“…tú que tienes la amabilidad y la paciencia de leer este libro, vete al mar, si no lo has hecho todavía. Te redimirás. Entre el cielo y el mar tu mente se depurará y te sentirás libre. Vete…

Desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y el libro es por el momento difícil de conseguir. Pero el dueño de la tienda donde encontré la fotografía desencadenante de mi curiosidad  me dijo que si le daba tiempo me lo fotocopiaría. Tiempo. Desde entonces cada vez que paso por Itaca me asomo a su establecimiento con la ilusión de que el tiempo haya sido suficiente. Pero esto es Grecia y como tal cualquier espera requiere de mucho estoicismo. Pasaron los meses con una letanía de:

– Lo siento, no he tenido un minuto. – Dijo.
– Vale- Dije.
– Mañana me pongo.-Dijo
– Estupendo.-Dije.
– ¿Podrías venir la semana que viene? -Dijo
– Sí, claro.- Dije
– Cuando acabe agosto lo tengo fijo.- Dijo
– Mira, en Octubre, antes de volver a España, cuando ya estés más libre, me pasaré por aquí y si quieres lo fotocopio yo misma.- Respondí ya como un ultimátum.
– Una idea excelente. En octubre.- Dijo.

Y volví en octubre pero estaba de vacaciones en Patrás. Esta vez no dijo nada pero me prometió por teléfono y por no sé cuántas cosas y ascendientes suyos que me lo enviaba por correo. Todavía miro el buzón con inocencia.

De todas formas, los días pasados en octubre en la isla, mientras localizaba a Mr Tiempo infinito, dejaron en mí la ternura de un amor recuperado. Al acabar el verano es como si recogieran el escenario de un teatrillo callejero  o las sillas de una procesión y todos regresaran a sus quehaceres comunes. Los aperitivos al sol, los cafés repletos durante los partidos, las salidas a pescar y las tertulias de plaza. Parecía increíble que unos días atrás solo hubiera navegantes rugidores de polos coloridos. Me senté a contemplar el sol sobre el agua inquieta y abrí los brazos emulando al individuo de la fotografía. Idéntica isla, idéntico paisaje al que vio ese hombre hace 65 años. Todo permanecía en su sitio. Alguien se acercó por detrás con sigilo.

– Hola Ana ¿Cuándo has llegado?
– ¡Vassilis! ¡Qué sorpresa! Llegué ayer desde el Egeo. ¿Y tú? ¿Cómo te va la vida?
– Muy bien, vengo de tocar la trompeta, vuelvo a ensayar con la banda ¿Nos vemos esta noche en la taberna?
– Hoy no, Vassilis, dale recuerdos a Harula. Hoy debemos comernos un pescado que cogimos ayer y si no se estropeará.
– Ay, ni hablar ¡Os lo cocino yo! ¿Cómo no vas a venir esta noche a mi taberna? Esta noche tú pones el pescado y al resto os invito yo para celebrar que ya ha pasado la vorágine.

Qué cosas tiene la vida. Según escribía esta entrada y ya a punto de presionar el botón de publicar, hace una hora, he recibido un correo de una editorial de Atenas, de las muchas a las que escribí, diciéndome que me mandan el libro. Así que ya tengo un interesante trabajo por delante.

ΙΘΑΚΗ – Στίχοι μουσική – ΝΙΚΟΣ ΠΑΠΑΚΩΣΤΑΣ 

Βροντά κι αστράφτει ο βοριάς
μέσα απ’ τα ξάρτια μου φυσάει λυσσασμένα.
Κι εγώ στη μέση αφρισμένου ωκεανού
για την Ιθάκη μου αρμενίζω απελπισμένα.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι
μέσα στου χρόνου το απέραντο κενό
μ’ ένα κουπί και με τρελό καραβοκύρη
τους Λαιστρυγόνες και τους Κύκλωπες να βρω.

Το δρόμο που `χω κάνει θα σου δείξω
 μήπως και βρεις κι εσύ το γυρισμό.
Από του Άτλαντα την άκρη ως την Αυλίδα
 κι από το νησί της Κίρκης ως εδώ.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι…



Itaka. Letra y música de Nikos Papakostas


Truena y relampaguea el viento del norte
entre mi jarcia sopla furioso
y yo en medio de un océano de espuma
hacia la Itaca mía navego desesperada

Para recomenzar un viaje interminable
dentro de un infinito vacío del tiempo
con un remo y un loco capitán
los Lestrigones y los Cíclopes encontrar.

El camino que he recorrido te lo mostraré
quizas encuentres tu el regreso
desde los confines del Atlas hasta la Aulide
y desde la isla de Circe hasta aquí.

Para recomenzar un viaje interminable…



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