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Anecdotas

Unas fieras lanudas

Por 16 septiembre, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)
Estoy en Grecia, estoy en una isla y quiero comer pescado. Yo explico que el pescado aquí es caro, que la pesca es muy artesanal y que si se salen de la sardina, la marida y el boquerón, los precios son elevados; que el mejor pescado fresco se come en Madrid. Bah. ¡Qué me dices! Si quieres comer algo rico lo mejor es el cordero o la cabra. Me miran como si hubiera bajado de Marte. ¿No os dais cuenta de que esas piedras inmóviles que pretendéis ver por el monte son en realidad ovejas? Fieras lanudas, que diría Sófocles, que llevan pastando en esa tierra desde que el hombre es hombre; tanto que dejaron estas islas tan peladas como ahora comprobáis. Tras los minutos de “se está quedando con nosotros” todos acaban por aceptar que tengo parte de razón. Y acaban degustando cordero.

Una tarde de septiembre en una playa del sur de Naxos, cuando el meltemi empezaba a arreciar y todos nos refugiábamos a sotavento de la isla, los pocos turistas que quedaban se bañaban en unas aguas cristalinas y nosotros esperábamos que el viento dejara de ulular. La tarde, pese al vendaval, era apacible y nos deleitábamos viendo a una pareja de águilas planear sobre nuestras cabezas. De repente algo cambió en el ambiente, se oyó como un trueno y un tremolar de la tierra; una nube ascendió a los cielos y cubrió los rayos tardíos del sol. En instantes un estruendo de cacharreos y campanillas nos dejó a todos aturdidos y expectantes. Apareció tras un recodo del camino un rebaño incalculable de bestias peludas que bajaban por el valle despendoladas como piedras de un alud. Debió de ser el mar, el apremio de los pastores, el terror al encontrase con extraños en la playa; el caso es que emprendieron la carrera y se produjo una estampida tremebunda, unas chocaban con las delanteras, más pelmazas; las traseras eran azuzadas por el perro nervioso, todas al unísono desbocadas hacían temblar el suelo, hollaban la arena y se oía un potoblom potoplom de alta frecuencia de patas en la tierra que acalló el trino de los pájaros.

Una pareja había dejado sus toallas y pertenencias bajo un árbol frondoso cuando se disponían a darse un baño; el escándalo los frenó en seco y cuando vieron venir la desbandada de animales con los ojos desorbitados y los badajos a tumba abierta, ellos también se asustaron; ella se metió en el agua hasta el cuello, él, más valiente, esperó donde cubre por las rodillas intentando protegerla; ellas pasaron ajenas a todo y sobre todo, especialmente sobre sus toallas; allí recurvaron en una esquina del camino y más serenas retomaron el paso monte  arriba hasta su redil. La nube de polvo, ya silenciosa y oscura, se continuó viendo durante casi media hora, hasta que la polvareda se sedimentó y tuvimos tiempo de apreciar lo sucedido. La playa era un campo tras la batalla.

Esta mal reírse de estas cosas, pero debo confesar que nos desternillamos cuando la pareja desenterró sus toallas de la arena, sepultadas por las pezuñas de las locas. Las sacudieron para quitarles la arena; y quien sabe que otras cosas que no pudimos apreciar en la distancia; y apenas tuvieron valor para secarse un poco. Se pusieron la ropa con aprensión y se fueron con su coche rumbo al hotel a darse una buena ducha caliente. Las playas griegas son con frecuencia bastante peligrosas, uno no sabe lo que se va a encontrar.

Después de esos deportes, nervios y carreras tienen las carnes prietas y sabrosas. Convendréis conmigo que vale la pena probarlas.

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Casi no llegamos al concierto

Por 14 julio, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (17 Comentarios)
Comenzó la caída del rocío sobre las ramas de los árboles y sobre las piedras desgastadas de lo poco que quedaba de un monasterio. La ausencia de brisa dejaba arder llamas verticales y limpias que subían de cada vela, colocadas en fila en el escenario, en los escalones, bajo los pequeños iconos de la capilla abierta de par en par esa noche; iconos ortodoxos de miradas sesgadas y enigmáticas. El pope daba sus últimas bendiciones mientras los tres músicos y la cantante se disponían bajo un cielo aun de raso y con alguna estrella impaciente como nosotros. La electricidad era palpable y hacía saltar chispas a cada movimiento. Era el domingo 12 de julio y mientras nosotros escuchábamos a Ludovikos ton Anogión, el futuro del país se debatía a puerta cerrada a muchos kilómetros de aquí. Presentíamos que aquella noche era única y última;  la última de algo que nadie se atrevía a nombrar.
Este músico y compositor cretense es de los favoritos de mi amiga María. Cuando, saltando y palmoteando, me dijo que actuaba en un monasterio medio abandonado del bosque, no lo dudé un segundo y le dije:

– Esa tarde cierras la taberna, venimos a por ti y nos vamos dando un paseo por el campo.

– Sí. Y me pondré mi vestido blanco.

Se enfrascó en sacar y colocar todos los CDs que tenía de él y disponerlos alrededor de la foto enmarcada del cantante, como en un altar. A ella misma le dio un ataque de risa.

Cuando llegué la tarde del concierto y vi toda la taberna llena de gente la miré y sin esperar mi pregunta respondió:

– Tenían sed y ¿Qué iba a hacer yo?- Se arrimó a mi oído y me dijo en voz baja- Después del concierto vienen los músicos a cenar a mi taberna.- Destapó unas cacerolas y me admiré de los exquisitos platos que había estado cocinando; empanadas de calabacín y menta, flores rellenas de arroz, pollo al limón.- ¿Le gustará al cretense? ¿Tú que crees?

El teléfono no paraba de sonar. Que si periquito tiene hambre y hay que subirle un bocadillo al monasterio, que si a Juanito, montando el escenario, se le ha caído una piedra en el pie y necesita una tirita, que si zutanito quiere agua. Andaba por allí Stelios, un amable vecino que a veces aparece en la taberna a ayudar, a cambio de que le dejen darle un buen tiento a la nevera
de las cervezas. Subía y bajaba Stelios con todos los recados, pero cuando llamaron pidiendo Frapés, primero se negó en redondo, luego me miró y por último, con ese alegre desparpajo que tienen los griegos, para los que pocas veces algo es considerado imposible, nos dijo:

– Yo llevo el coche y vosotros los cafés.

No rechistamos. Nos metimos en el automóvil abrazados a unos vasos bailarines y salpicantes, mientras él se encargaba de pillar todos losbaches, subirse en todas la piedras y tomar las curvas lo más deprisa posible. Cuando llegamos, la mayor parte del café la llevábamos encima pero a nadie pareció importarle. Las sillas estaban dispuestas, las velas colocadas y el escenario preparado.
Volvimos a la taberna para darle el primer aviso a María, pero estaba desolada. Acababa de descubrir una mancha en su vestido y sin pensárselo dos veces lo había lavado y colgaba chorreando de un árbol en medio de las mesas, donde todavía daba el sol. Los clientes que pasaban indudablemente se enredaban en sus flecos.

– Si no se seca me lo pondré mojado.

El teléfono seguía sonando y yo comenzaba a impacientarme mirando el reloj. Pero con la última llamada, María se había puesto lívida y se aferraba al auricular mientras canturreaba una canción. Colgó y casi no hablaba.

– Era él, Ludovico. Me ha preguntado ¿De qué color es el amor? Y luego me la ha cantado bajito.- No hubo forma de que se recuperara, flotaba como un algodón de campo mientras me preguntaba al oído- ¿Tú sabes de qué color es el amor?

– Rojo, María. Como el de la rabia que nos va a dar como no lleguemos al concierto.

Conseguimos embutirle el vestido mojado y cerrar sus pulseras finas. Se pintó ojos y labios, coloreó sus mejillas y tras media hora de mirarse al espejo; tiempo que decidimos pasar compartiendo con Stelios parte de la nevera; apareció en la puerta como una sacerdotisa blanca. Se agarró a nuestro brazo y nos fuimos. Nos paramos a saludar a todas y cada una de las personas con las que nos cruzamos.

– Stelios ¿Te vienes?
– No, me quedo a controlar las brasas. Dijo mientras buscaba
el abrebotellas.

Concierto

Llegamos con las últimas bendiciones y las primeras notas. Comenzó la melodía y un gran silencio. Entre canción y canción Ludovico contaba
chistes y María se desternillaba. Con el inicio de los primeros compases de cada balada, María me agarraba el brazo hasta gangrenarlo; luego lloraba mientras canturreba bajito. Así se pasó la noche; llora que te llora, rie que te rie Algunos gritaban Viva Grecia, otros hacían coros con una estrofa sobre el Sí y el No. Nos emborrachamos con el encanto. Al día siguiente nos sorprendió la resaca.

El color del amor
Letra y música: Ludovicos ton Anogión
¿Cual es el color del amor?
¿Quién me lo puede decir?
Si es rojo como el sol
Quemará como el fuego
Si es amarillo como la luna
Tendrá soledad
Si tiene el color del cielo
Estará muy lejano
Si es negro como la noche
Será malvado
Cual es el color del amor…
Si es una nube blanca
Irá y vendrá
Si es un blanco jazmin
Se marchitará
Si es un arcoíris no podre atraparlo
Siempre parece que lo alcanzo
Pero se escapa

Cual es el color del amor…

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La alegría de vivir. Grecia

Por 26 junio, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (11 Comentarios)
En la playa, suceden cosas interesantes.
Una llamada del proedros y ya estábamos abajo. El proedros es el secretario del pueblo. La llamada es por tam-tam. Es decir; el proedros llama a la tabernera que como tiene el local en medio del pueblo sale a  terraza y empieza a vocear:
– Anaa
– Sí
– Que dice el proedros que bajes a la playa
– ¿Para qué?
– Ni idea. Algo pasa con un barco.
No sé qué nos imaginamos. Naves a la deriva, pecios, corsarios, invasiones por mar, un ataque de tiburones sanguinarios, avispas asesinas, gatos rabiosos, arañas peludas ¡Ha llegado el fin!
Cogimos el coche y nos despeñamos durante un kilómetro entre precipicios para llegar a la playa, donde todo, aparentemente, permanecía en calma; las barquitas flotando, los arboles serenos, las sillas esperando traseros  y las mesas ordenadas en fila. El coche viejo del viejo Kosta, el coche destartalado del destartalado pescador oficial, Vangelis, y el coche del proedros, que aunque se llama Spiros hace años que no se oye pronunciar su nombre.  Es secretario desde tiempos  homéricos y su nombre de pila solo lo mienta su madre, en circunstancias muy solemnes, casi aterradoras. Lo normal es que todos le saludemos con un simple
– Eh ¡Proedre!
Deslumbraba, ya desde arriba, el blanco de un catamarán de unos 14 metros amarrado entre  rojos y amarillos de redondeadas amuras y azules agua de una tarde apacible. Era curioso que no se hubiera colocado en cualquier otro sitio que no implicara ir sorteando obstáculos de botes y amarras, pero el patrón había visto el pequeño muelle que utilizan los pescadores para aproximarse cuando trapichean con sus redes y se había puesto nervioso. Sólo es un volado de cemento, sobresaliendo de la roca, como una mano abierta que desafía las leyes temporales, gravitatorias y meteorológicas; una plataforma obstinada que sigue en pie año tras año mientras hacemos apuestas sobre cuando caerá. Pero él vio el “muelle”, pensó en lo estupendo que sería en bajar a tomar una cerveza sin mojarse y allá que fue como un obús. La maniobra, toda una obertura rossiniana.
– Os he llamado porque hoy tenemos juerga.
– Ya veo.
Los tres estaban sentados en una mesa sorbiendo sus pajitas de café frapé. Vangelis, que suele hablar con coloratura, como si fuera el gallo Claudio, les decía que más fácil si se iban al otro lado, pero se lo decía con su sube y baja declamado y en griego. El patrón le respondía con una mirada de desprecio y aires de tunosabesquiensoyo. Siguieron sorbiendo sus pajitas.
A mí me admira el temple que tiene estos griegos; aquel mastodonte moviéndose bajo maniobras de torpes manos entre sus barcas me daba espanto. Si hubiera sido mi barco me hubiera tirado a degüello. Ellos sorbían pajitas.
¿Cuántos caballos tendrá? ¿Cuánto cala? Como lleva dos motores debe de girar en el sitio ¿Por qué hace eso? ¿Dónde habrá sacado el título? Si tira ahí el ancla enganchara todos nuestros muertos. ¿De donde será? ¿Por qué le chilla tanto a su mujer? Se habrá enfadado con ella.
Consiguieron amarrar el barco tras mucho esfuerzo y se quedó allí como un Gulliver grotesco en un Liliput de cascarones balanceantes. Bajaron en un exabrupto a tomarse una cerveza casi al gallete para seguir su periplo de mil calas en 6 días. Todo un estrés.

El trío había terminado sus cafés y ante la falta de espectáculo se disponían a salir cada uno por un lado, pero el aguerrido capitán ¿De dónde salen estos capitanes? quiso hacer una demostración de su valía marinera. Soltó las amarras y dio avante con los dos motores, de dos hélices para ser más exactos, en vez de cobrar el fondeo para alejarse despacio ¿Qué podríamos esperar? Enganchó la tela de araña con la que tejen los pescadores las amarras de sus barcos y se quedó tieso como un jamón. Se pararon los motores y las risotadas se oyeron en Itaca; sobre todas las de Vangelis que tiene risas de tres octavas. Y Kostas impertérrito viendo como la auxiliar que utiliza para llegar a su Dina, su barca en mayúsculas, sucumbía bajo el tirón de la amarra enredada en la hélice del héroe vespertino.

– La va a hundir.

Pidieron otro frapé y continuaron riendo a moco tendido. Mucho más cuando el capitán se tiró al agua con un puñal en la boca, en ese momento nos caímos de las sillas.

Me dieron una lección; la vida no hay que tomársela tan en serio ni a brazo partido es tan simple como verla pasar.

Una dedicatoria a aquellos que siembran cizaña y piensan que Grecia se acaba en sus telediarios.
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Cuando el absurdo se hace realidad

Por 25 febrero, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)
Viajar en barco no siempre es un cuento de hadas; hay malos
momentos; y en especial cuando te mueves por países que no conoces los
problemas con las autoridades son frecuentes; bueno y sin ser extranjeros
también, nuestra benemérita no se queda a la zaga en cuanto a controles y
papeleos. A veces por desconocimiento, a veces por bajar la guardia, a veces
por reglamentaciones obsoletas y farragosas, a veces por interpretaciones
excesivamente rígidas del policía de turno; nadie está exento de meterse en un
embrollo que la mayoría de las veces se salda con una buena multa y siempre con
una experiencia enervante. Yo esto lo he vivido varias veces,  en Italia, en Turquía, en Grecia, en Croacia. En este último caso, que ahora me ocupa, la situación fue bastante más
allá que una experiencia desagradable.
Si bien todavía era finales de Junio el día era tan tórrido
que me sofoco de recordarlo; ni las chicharras, todavía primaverales e
inmaduras, se atrevían a berrear. Aunque el golfo de Kotor tiene unas aguas
gélidas y refrescantes, las enormes masas montañosas mandaban un viento seco y
abrasador que te secaban instantáneamente. Ese golfo es en realidad un cañón
sumergido de un desaparecido río que transporta aguas heladas de las montañas
al mar; creo que es uno de los fiordos más espectaculares del Mediterráneo.
Expiraba nuestro permiso de un mes  para navegar por Montenegro, que recién
estrenada su independencia descubría un país de lo más alegre, esforzado en
agradar al visitante y repleto de banderas rojas con el águila bicéfala dorada
que tantos disgustos ha traído a Europa a lo largo de la historia. Contrastaba
mucho con el carácter callado y hasta hosco de los vecinos croatas, por cuyo
país llevábamos viajando todo el año. Todavía teníamos permiso de unos meses
para navegar por Croacia y salimos de Kotor, Montenegro, para dirigirnos al
puerto croata más próximo, Cavat. Pero como comentaba, el calor era asfixiante,
así que decidimos pararnos en una cala adyacente a la frontera Croacia- Montenegro
donde había otros 4 barcos fondeados. Cuando ya dejaba de apretar Lorenzo una
patrullera apareció solicitando papeles y pasaportes.
– Les hemos visto venir de Montenegro.
– Sí, es verdad, pero todavía tenemos en vigor el permiso de
navegar por Croacia.
– Pero debería haber ido primero a un puerto de entrada.
– Solo habíamos parado para bañarnos.
Pasamos un buen rato de suspense mientras se metían en el
puente y hablaban por radio.
– Sígannos, están detenidos.
No nos dio tiempo ni a protestar, si es que la protesta
sirve de algo en esos casos, antes de que se montara una comitiva de todos los
veleros que estábamos allí siguiendo a la policía, a todos los nudos que da el
motor, rumbo a Cavat y sin pasaportes. A la llegada nos asignaron un lugar
donde echar el ancla y nos avisaron de que a las 7 de la mañana estuviéramos
frente al puesto de la policía.
Con las primeras luces un grupo de extranjeros despistados y
somnolientos nos congregábamos, mientras un puñado de auxiliares hinchables se
empujaban unas a otras, en el muelle. Si
hubiera tenido alguna gracia podríamos empezar con ese chiste fácil de: se
encuentran un neozelandés, un inglés, un alemán, un sueco y dos españoles en un
puerto de Croacia…
En unos minutos apareció un furgón policial que abrió la
puerta corredera con un escueto
– ¡Suban!¡ Solo los caballeros! Las mujeres deben permanecer a
bordo de los barcos.
La mujer neozelandesa se resistió y se introdujo en el
furgón acompañando a su marido del que de ninguna manera pensaba separase. Una
policía con cara de enterradora se encogió de hombros y la observó con desdén.
Yo miré a la furgoneta blindada y miré al barco que se
quedaba solo fondeado. Decidí en un instante fortuito de miradas cruzadas,
acercarme con la neumática y recoger el móvil. Me dio el tiempo justo de
deslizarlo en el coche antes de que cerraran la puerta.
– ¿Dónde los llevan?
– No se preocupe. Estarán bien
.
Por la ventanilla el patrón inglés me gritó: Dile a mi mujer
que estoy bien. Está sola con dos niños pequeños.
El día transcurrió con toda la lentitud que tienen los días
cuando no sabes que sucede y no quieres que suceda o deseas que pase cualquier
cosa para saber qué pasa. Se nos prohibió bajar a tierra. Yo alternaba los prismáticos
con saludos a la pobre británica que me sonreía con un bebe entre los brazos y
otro de corta edad aferrado a sus rodillas. Me llegaban mensajes escuetos.
Estamos en comisaria. Retenidos. Nos van a juzgar. Esperamos el abogado. Faltan
los traductores. Estamos con dos albaneses detenidos en la frontera. Nos
trasladan a Dubrovnik. Se demora. Hace falta que esté libre un juzgado.  Nos declaran culpables, ¿A qué no te lo imaginabas?.
Los llantos de los niños ingleses me despertaban de la
monotonía y veía la cara desencajada de la pobre mujer que ya no sabía qué
hacer para entretenerlos. Fue ya bien entrada la noche cuando recibí un
“volvemos”. Y allí estuve, cuando aparcó el furgón y dejo salir a los
convictos, cabizbajos, hambrientos y sedientos, con sus correspondientes multas
en las manos para hacer efectivas al día siguiente. Sumando la sanción, los
abogados, los gastos de juicio y los traductores, el resultado era una bonita
cantidad a abonar si queríamos salir de allí.
Cuando fui al banco por la mañana coincidí con la pareja
neozelandesa. Les deseé un buen viaje y él amargamente respondió:
– Quiero olvidarme de esto cuanto antes. Nunca me había
sentido tratado de esa manera; solo había fondeado, después de hacer la salida
del país, para tensar la correa del alternador con calma. Me sentí como el
ganado. No nos ofrecieron de comer ni de beber en todo el día, ni nos dirigían la palabra. El feliz viaje
empezará cuando me aleje de aquí.
Es tremendo como una circunstancia así puede dar al traste
con la imagen de un país sorprendente como Croacia. Yo intenté que no me
llevaran los prejuicios y seguir disfrutando de la estancia. Pero la verdad, el
regusto amargo te queda siempre.

Mucho tiempo después, estando amarrados en un puerto oí
comentar a un barco vecino una historia similar que había sufrido en sus carnes
uno de ellos. Y posteriormente leí en una revista náutica testimonios de
diversos patrones que habían pasado por igual trago. Así que la conclusión es
que alguien le había tomado el gusto a la caza y se apostaban en la
frontera para ver picar a las perdices. 
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