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Anecdotas

La escalera

Por 6 febrero, 2015 Etiquetas: , , Comentar (14 Comentarios)
Algunos, que conocimos Grecia hace ya muchos años,
coincidimos en una cosa; era un pobre país sin pobres. La población humilde
vivía en un nirvana solidario, llamativo a nuestros ojos extranjeros, en el que
ser justo y honrado era elegante. No era infrecuente que gastaran buena parte
del telediario en contar la historia de un niño que había encontrado una
cartera con dinero y la había entregado a la policía. Era el gran héroe del
día. Ellos entonces no podían darse cuenta de que vivían en el cielo, un paraíso
de casas con las puertas abiertas, de automóviles rotos durmiendo con las
llaves puestas, de tiendas sin tenderos, de bicicletas apoyadas en la farola y de
barcos que iban y venían al pueblo cercano para traer el pan de toda una isla.
Esa sensación familiar te acababa por agarrar fuerte el corazón y luego te
echaba mano a la garganta española, atenazándola con una triste sensación de
pérdida, de Arcadia olvidada, y un regusto melancólico que te dificultaba
tragar cuando volvías a tu país. Pronto descubrimos que si allí nos habían llevado héroes, cuentos y dioses, lo que se nos revelaba eran los misterios de
unos habitantes tan peculiares que acababas desarmado y rindiéndote a sus encantos sin oponer resistencia.
El estado era un ente lejano que vivía una existencia
paralela, no ofrecía nada pero tampoco pedía mucho. Era más bien una penitencia
ineludible que llevaban con indiferencia. Tampoco molestaba con su aliento
sobre el hombro diciendo lo que sí y lo que no. Y esta orfandad de papá-estado
propiciaba agudizar el ingenio para sobrevivir y componértelas solo y,  como una presión evolutiva, la selección de
individuos más imaginativos, estrafalarios, autosuficientes, excéntricos y algo
chalados.
Una vez nos invitaron a cenar unos amigos a su casa, todavía
sin finalizar, en el sur de Lefkada, colgada en la pendiente de un monte y con
una vista interrumpida sobre Itaca.
El tema de las casas sin acabar es uno de los primeros que
llama la atención en Grecia. Se completa la planta baja y a lo sumo el primer
piso, pero siempre se dejan las varillas de los pilares sobresaliendo por
encima del último forjado. Así más tarde podían seguir subiendo y como la casa
no estaba acabada no había que pagar los impuestos. A veces encuentras calles
enteras de estas construcciones, casas con pelos erizados que asemejan
guerreros hoplitas con lanzas.
Dejamos el coche en un entrante de la montaña, sobresaliendo
un poco en la carretera, cuando ya anochecía. Al asomarme al arcén me daba un
poco de vértigo, el precipicio, el mar abajo, la nada en medio.
– Buenas vistas sí tendrá.
– Claro que sí.
– ¿Por dónde andará el camino para bajar?
Comenzó a llover. Por mucho que buscáramos a tientas no
encontrábamos ni rastro de calzada, así que iniciamos el descenso por intuición
sobre aquella pista pedregosa. De vez en cuando el pie resbalaba, la piedra
salía despedida y caía dando tumbos para precipitarse en la noche oscura.
Seguía lloviendo. Quizás lo más sensato sería sentarse y bajar arrastrando.
– ¿En el barro?
– En el barro.
Decidimos deslizarnos, como en un tobogán engrasado, hasta
darnos de bruces con la casa. Cuando llegamos estábamos literalmente enfangados
y la vivienda que encontramos era sombría, silenciosa, oscura; una obra
abandonada.
– ¿Dónde viven?
Me asomé por el vano de una puerta que daba al precipicio y
al profundo mar. Dios mío. Apoyada en el quicio había una escala de aluminio
sin aferrar  que crujía con el viento, al
seguir con la mirada sus peldaños vislumbré un resplandor que salía del piso de
abajo como un fuego fatuo.
– Pues habrá que bajar.
Las piernas temblaban, los ojos entrecerrados, el corazón
dando saltos. Cuando por fin conseguí pisar tierra firma un alivio heroico me
recorrió el cuerpo.
– Ah ¡Bravo! – Exclamaron nuestros amigos sorprendidos ellos
también de que no hubiéramos rechistado durante la sorprendente rapelada por la
montaña.
Con la luz me di cuenta de que nuestro aspecto era tan
deplorable como el que cabe imaginar después de sentarse en el suelo, quitarse
los pelos de la cara con la mano y rascarse ocasionalmente la nariz.
Un perro negro se acercó encantado a saludar moviendo la
cola con rapidez y se detuvo a olfatear, con insistencia y entusiasmo; la que
ponen los canes cuando algo les gusta; los pegotes de tierra de mis piernas y
brazos. Debía olerle aquello a delicias;  a tierra, a lombrices, a musgo, a
desperdicios, a mundo al fin y al cabo, a la libertad soñada.
– Es muy bueno. Nunca sale de casa.
Yo miré al perro y a la escalera. El movió el rabo.
– No cómo el gato, ese era malo. Se escapó un día y nunca
volvió.

La cena fue memorable. Nunca había comido la carne de vacas
que viven en libertad en una isla y que se cazan una vez al año. Nunca una
invitación me pareció tan emocionante. Empezaba yo a intuir que en este pais, cualquier cosa, por insignificante que fuera, tenía posibilidades de convertirse en una experiencia increible. 

Το σκαλοπάτι σου
Στίχοι: 
Βασίλης Τσιτσάνης & Γεράσιμος Τσάκαλος
Μουσική:  
Βασίλης Τσιτσάνης
Το σκαλοπάτι σου θα κάνω για κρεβάτι
αφού την πόρτα σου την άφησες κλειστή
θα μείνω έξω μια και το ‘βαλες γινάτι
κι από το κρύο η καρδιά μου θα σκιστεί
Το σκαλοπάτι σου απόψε θα ρωτήσω
γιατί εκείνο μου κρατάει συντροφιά
αν πρέπει να ‘ρθω ή να μην ξαναπατήσω
να δω τα μάτια σου γλυκιά μου ζωγραφιά
Tu escalera
Letra y
música: Basilis Tsitsanis
De la
escalera tuya haré mi cama
Aunque me
dejes la puerta cerrada
Me quedaré
aunque te empecines
Y mi corazón
se rompa con el frio
A tu
escalera esta noche le preguntaré,
Porque me
sostiene como a un camarada,
Si debo
venir o nunca más volver a pisarla
Para ver tu
dulces ojos dibujados.
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El baile de los malditos

Por 25 julio, 2014 Etiquetas: , Comentar (14 Comentarios)
De todos los animales parece ser que el hombre es el único que es capaz de bailar, me refiero a danzar por placer, no valen osos ni perritos amaestrados ¿Para bailar qué necesitamos? ¿Música? Yo creo que no hace falta una melodía elaborada, sino que a veces basta con un compás desnudo; el de unos tacones, unas palmas, unos nudillos, unos palillos o unas cucharillas. O con simples pedorretas.  Pero no es extraño ver bailar; ilusionadamente me refiero; a loros o cacatúas. Precisamente son ellos, como nosotros, los únicos capaces de entonar música con la boca. Alguna vez leí algo al respecto; que para sentir la necesidad de mover los huesos al ritmo de una harmonía es condición imprescindible poder entonarla primero. Ay que ver lo complicada que es la mente.

Este video que encontré en youtube con esta cacatúa rockanrolera ilustra muy bien lo que quiero decir. Se lo pasa de miedo.

Quien canta sus males espanta, pero quien baila también. Con los años, nos volvemos tan timoratos que solo cantamos y bailamos a solas, porque está claro que no lo hacemos muy bien de acuerdo a los cánones; nos olvidamos que ambas actividades son una válvula de escape a los sentimientos más profundos que se quedan dentro de la olla a presión de nuestro cerebro y que los bailes corales se idearon también como ceremonia de socialización y comunión entre los miembros de un clan.

Todo aquel que haya leído el Zorba de Katzatzakis, o visto la película del soberbio Anthony Quinn; que representó como nadie al griego inmortal; se acordará de lo importante que era el baile para el vital y libre personaje y que solo al final de la historia es capaz de hacer entender al intelectual y encorsetado Basil que la vida es mucho más simple y que muchas preocupaciones se solucionan de forma también sencilla; bailando.

Es verdad que los griegos son muy dados a sus bailes, en cuanto oyen un buzuqui, se ponen con las manos haciendo palillos, pero saben elegir muy bien el donde y el cuándo. A mí me revientan un poco los sitios turísticos donde ponen el Sirtaki y sacan a los guiris. Sosos, como ellos solos, se lanzan a dar patadas a diestro y siniestro con los brazos en alto. Es como lo del toro y el torero de los hoteles Portinax, en Ibiza, o en cualquier otro sitio de España; se me eriza el pelo de pensarlo. Así que cuando alguien me dijo lo de “enséñanos a bailar” Yo pensé que ni hablar, que habrase visto ¡Qué pensarán los de la taberna!
Pero fue en una noche de verano, de una lunita entera, llena de presagios y de hombres lobo, vampiros, locos y enajenados bailarines. La playa con 6 olivos oscuros, sordos y ciegos; para no decir ni mu. Solos solitos en la taberna, un rebétiko que te ponía la piel como de lija y los kilos de vino blanco que iban y venían de la cocina a la mesa ellos mismos, sin pedirlos.

Pamplinas al fin y al cabo, para justificar que al final consentí en enseñarles mi mal aprendido hasapikó, Sirtaki para el neófito, que me enseñó algún amigo bailón. Comenzamos a dar patadas a discreción, claro. Los hijos del tabernero, recién salidos del toril escolar, hacían sus deberes en una mesita en la esquina; o pintaban monas, más bien. Nos miraron divertidos y poco a poco se acercaron. El niño estaba muy serio,  yo le pregunté que si sabía bailar. Claro, me contestó muy orgulloso. Pues baila con nosotros. No. Pues nada, tú te lo pierdes. Y salió escopeteado a esconderse en la cocina.

Bailamos y bailamos, sin parar, como malditos; alzando los brazos, en corro y por separado. Y la niña, que era más niña, y que todavía no había sido picada por la timidez de los años se unió a la fiesta como uno más. Bailamos sin descanso. A su padre, el cocinero,  se le caía la baba de vernos, dejó el mandil sobre los fogones y salió también al ruedo. Bailamos todos como malditos. Y el niño, que atisbaba desde la cocina, se sintió estúpido y le entró una envidia total. Se arrimó como quien no quiere la cosa. Bailó como un maldito, rebozándose por los suelos, mientras le palmeábamos, pegando manotazos  a tierra y levantando la pierna sobre nuestras cabezas. Volaron los papelillos sobre nosotros que caían sobre el niño danzarín y en sus giros los revolvía haciéndolos flotar otra vez como torbellinos. Fue la luna, no lo dudo ¿Quién sino?

Cuando nos íbamos exhaustos, me preguntaron si habíamos disfrutado.

– ¿Cuándo nosotros vayamos a España también bailaremos como aquí?

– Claro, claro.

Pero no pude decirles  que un baile en España podría levantar ampollas, según en qué situaciones. Por ejemplo, si se ponen a bailar sevillanas en Bilbao o Sardanas en Valencia.
¿Cómo explicarles eso, si yo tampoco lo entiendo?

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Un barco vino de Francia cargado de…

Por 2 mayo, 2014 Etiquetas: , , Comentar (11 Comentarios)
Como un amigo me ha dedicado una entrada en su blog, no puedo por menos que devolvérsela.

Esta es la historia del transporte de un barco que vino de Francia
Negra negrita tenía el alma, negras sus velas como un tizón 
Oscuras y tenebrosas aguas surcaba y a la arribada nadie lo vio 
Su olor acompañó a la leyenda y alcanzaba hasta la orilla. 
Le llamaron para siempre el velero Carbonilla.

Mi amigo Martín, Mesié Martín, hubo un tiempo que se dedicaba a comprar veleros en Francia y venderlos en España. Tuvo muchas otras profesiones, pero eso es mejor que lo cuente él en sus memorias, que podrían ser extensas e interesantes, yo solo voy a coger prestado aquí un cachito de su vida.

Tenía Martín un sobrino que vivía en Perpiñán y le hacía de ojeador, no de futbolistas si no de barquitos en venta. Sobre todo se fijaba en pequeñas unidades, 7 u 8 metros, que llevaban tiempo con cartel y por tanto se podía sospechar que el propietario estaba un poco aburrido y con ganas de deshacerse de él. Aquí hacia su aparición Mesie Martín, que criado desde pequeño en Tánger, tenía todo un máster en regateos y trilerías; quien ha vivido en Marruecos sabe que son estudios que se deben cursar con excelencia si no quieres que te tomen el pelo; aprendes sí, o te vas. Llegaba mi amigo, como iba diciendo, y le hacía una oferta leonina; el desesperado armador huía ofendido, pero al cabo de unos días decía: Mais Oui. Y accedía a venderlo, no sin antes vaciarlo por completo y dejarlo temblando, con a lo sumo unos cabos y unas velas, dos defensas y el ancla de una neumática.

Entonces nosotros íbamos, cogíamos el barco y se lo traíamos a Valencia. Tengo que hacer hincapié en las esloras de los veleros; porque aunque es verdad que todos empezamos con esos tamaños, con el tiempo prosperamos y nos lanzamos a barcos de más desplazamiento y se te olvida que en estos, si subes a bordo con impulso, corres el peligro de caerte por el otro lado. También el tamaño es importante en el mar, claro, y en invierno, en el Golfo de León, con un Mistral permanente recién salido del congelador de los Pirineos, a la más mínima ola los rociones barren por completo la cubierta.

Lo que no se había llevado el dueño se lo llevaba Martín, que siempre ha sido dado a la trapería y si quedaba algo brillante, por insignificante que fuera, lo arramplábamos nosotros, las urracas. Solo por el mero afán del pillaje, porque al final todo quedaba reducido a tener una colección impresionante de espejos de señales, transportadores de plástico, o a lo sumo una bolsa con arneses del año de la polca; pero ya se sabe que la gente de mar es supersticiosa y si algo no robabas…no sé, no tenías buenas vibraciones. Y a Martín ya le había amenazado su familia, varias veces, con llamar a un gitano que se llevara todos los trastos que ocupaban gran parte de su casa. La verdad es que su chatarrería nos ha venido bien en múltiples ocasiones:

– Martín ¿No tendrás una balsa salvavidas caducada para enseñar a los alumnos?

– Sí, creo que tengo una

– ¿Y una pieza de recambio para un winche que ya no se fabrica?

– Lo buscaré.

Y él mismo, que tiene ahora un barco, por lo que cuenta,  reconstruido con materiales reciclados, una verdadera pieza de museo de la prehistoria naval. Tengo ganas de conocerlo.

Martín nos llevaba hasta el puerto donde se encontraba el barco, normalmente en la costa Azul,  lo compraba y nos abandonaba a nuestra suerte. Bueno no, no voy a ser exagerada, nos dejaba un piloto automático, siempre el mismo, que había que mimar, porque era “El Piloto”. Eso sí, las cenas antes de zarpar, en la zona eran memorables y yo, cuando tenía tiempo, me acercaba a algún Château a comprar una garrafita del vino del año, para acompañar sinsabores.

Toda una generación de navegantes nos hemos curtido en “los transportes de Martín”. Así que cuando veías llegar a algún amigo con sal en las pestañas y el traje de aguas hecho jirones podías adivinar de donde:

– Vengo de hacerle un transporte a Martín.

En el caso del que me ocupo eran dos los barcos a transportar; Jesús llevaba uno y yo otro. Siempre es más entretenido navegar en conserva y dado que los susodichos estaban para cogerlos con pinzas, uno podía hacer de remolque del otro en un momento dado.

Yo desde el primer momento noté que el mío olía raro, pero como el golfo de León es ventoso, no tuvimos que usar el motor por mucho tiempo, solo si entrabamos a algún puerto. El problema vino una vez dejamos atrás el Delta del Ebro, porque nos pilló una buena encalmada. Fue entonces cuando constaté que el motor de mi barco tiraba parte del escape dentro y lo llenaba todo de humo. Tenía el codo del escape unos poros que dejaban salir los gases. Como en el barco no había prácticamente nada y lo único que pude encontrar fueron tiritas pasadas en un armario, la cosa no tenía mucha solución. Al no poder coger aire limpio también corría peligro de ahogarse, así que decidí dejarle abiertos todos los registros de la cámara de motores; él respiraba, yo no. Él se quedó dentro, yo fuera, condenada. Mi cara y mis manos estaban siempre negras y aunque al principio no paraba de lavarme, al final decidí que era un trabajo perdido. Desde el otro barco se me debía ver cada vez más morena.

Conseguimos llegar a puerto, que no es poco, y todos se quedaron extrañados de ver pasar un barco negro con una mujer de color a la caña. Cuando amarré y baje a recoger mis pertenencias; las cuales tuvieron que ir directamente a la basura; aquello estaba más oscuro que una mina de Mieres. Y a Martín, que nos esperaba en el pantalán, le entró el desternille; puro humor negro.

El caso es que siempre me recuerda, cuando nos vemos, que no sabe cómo todavía le hablo. Ji,ji. Pero así son los aprecios, no atienden al sentido o la razón.

Me quedó la duda de saber qué deshollinadores contrataron para limpiar el barco por dentro, porque las tapicerías de origen eran de color crema.


Desde aquí oigo tus risas ¡mardito!
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Giróspiti. El colchón

Por 16 febrero, 2014 Etiquetas: , , Comentar (11 Comentarios)
En Grecia tengo la sensación de vivir en un delirio, una alucinación de cosas sin remedio, pero que en el último instante, con un toque de varita mágica, un prodigio o un eureka de algún Arquímedes ingenioso, se solucionarán de la manera más loca e insólita posible. O bien  yo siempre voy a dar con personajes excéntricos o bien la originalidad y la extravagancia es un gen helénico. Esto no siempre es apreciado por los visitantes norteños, más cartesianos, pero a mí esas peripecias me provocan alegría. La vida es demasiado hermosa como para tomársela en serio.

Había acabado de barnizar el suelo. La madera soltaba unos chispazos de brillo que me llenaban de orgullo y gratificaban esos días en cuclillas, mano tras mano, con  la preocupación de que no cayera ninguna gota de sudor sobre el barniz, sobre todo cuando el cerco se iba estrechando poco a poco hasta acorralar al pintor de suelos en un laberinto sin salida. Ya solo me quedaba, antes de irme con el barco a trabajar, comprar un colchón para que cuando llegase mi chico tuviera donde dormir.

Como las medidas eran un tanto raras no tuve otra opción que encargarlo. El dependiente, con una gran sonrisa y tras una breve conversación a grito pelado por el teléfono, me aseguró que tardaría 3 días. Perfecto, pensé, tendré tiempo de sobra para llevarlo y prepararlo todo.

No me extrañé de que a los 3 días no hubiera llegado nada. No me preocupé porque a los 4 días tampoco. Intenté tranquilizarme cuando a los 6 días el camión no daba señales de vida. Y me desesperé el día en que tenía que zarpar, sin que  el colchón hubiera aparecido. El dependiente, y su sonrisa, se encogían de hombros con un “así es la vida” que no daba lugar a mi cabreo, pero sí a mi ¿ahora qué?

– ¿Cómo le digo yo que no tiene sitio para dormir?

– Pues yo te cuento lo que vamos a hacer: cuando venga que me llame y yo le espero con el colchón.

– Pero llegará en el autobús de la noche.

– Pues se lo dejaré en la taberna de mi primo que está el lado de mi casa. Que se pase por allí y lo recoja.

– ¿En la taberna?

– Sí.

– ¿A las 2 de la mañana?

– Bueno, es una taberna.

Tendría que resignarme a lo que deparaba el destino, pero el problema más gordo era que no sabía cómo explicarlo sin perder la compostura.

– Ha habido un pequeño retraso… en fin que cuando llegues…esto… coges el coche y pasas por Geni. Ahí hay una taberna donde encontrarás el colchón.
….

– Lo mejor es que le llames antes para que te lo tengan preparado.
….

– Yo te dejo en el coche los datos de la taberna, el teléfono, el nombre y las medidas del colchón; por si acaso hubiera varios.- Me costaba contener la risa.

– Si no hay otro remedio.- Por fin se había roto el silencio suspensivo.- Diles que por lo menos vigilen que el perro no se acueste encima.

Me fui a ultimar unas cosas cuando por la carretera tuve la sensación de que alguien me seguía. Un camión comenzó a pitarme y hacerme luces, al disminuir la velocidad pude distinguir por el retrovisor al sonriente vendedor de colchones como copiloto, gesticulando con los brazos y señalándome. Paré para ver de cerca su sonrisa enorme y me dijo

– Ήρθε Το στρώμα (llegó el colchón)

En un momento, lo envolvimos en un plástico y lo pusimos sobre el techo del coche. Yo salí como un exabrupto para el pueblo con la satisfacción de haber conseguido en los últimos segundos salvar el partido. Y era tal mi contento que ni me planteé como iba a llevar eso yo sola. Pero el pueblo estaba desierto, la cuesta era vertical, el colchón era enorme, tenía poco tiempo. No me quedó otra que ponérmelo en la cabeza e iniciar la escalada.

A penas veía nada porque la carga se doblaba por delante y por detrás hasta casi rozar el suelo y daba tumbos de parte a parte de la calle vencida por el peso a cada zancada. Y así fue como, llegué hasta la casa sin resuello y también como cuando me quedaban unos metros, me quedé atorada entre la puerta y la higuera. No podía avanzar. No podía soltar el colchón, le esperaba un suelo lleno de higos podridos. No podía rascarme  ¡Hay que ver como pica el sudor en esos momentos!

Un gato apareció maullando intrigado por el imprevisto. Anda minino, acércame ese palo de escoba. Miau. Si eres bueno y honrado te daré higadillos cada día. Miau. Y daba vueltas a mis piernas y se restregaba. Ron-ron. Las fuerzas me fallaban y el gato traicionero trepó a la higuera para olisquear el colchón desde las ramas.

– ¡Si te subes te mato!

 No pude hacer nada más que ir deslizándome bajo el peso y con una pierna que estiré como el héroe de un comic, tumbé la escoba y la deslicé hacia mí, apuntalé una esquina, apuntalé la otra en la higuera y la tercera en la valla ¡Eureka! Logré abrir la puerta de casa y a tirones, con media higuera detrás y con un puntapié al felino que empezaba a entusiasmarse con la expectativa, el colchón entró; lo dejé caer; me dejé caer encima.
Me equivoqué; ese gen estrafalario que yo creía tan griego, en realidad había viajado por toda la ecúmene para llegar a Hispanía y recombinarse con  mis cromosomas.
                                                   
                                                                          FIN

Cierro está serie de capítulos de la casa, Girospiti, por el momento. Y lo hago con esta canción de Mikis Theodorakis, cantada por Haris Alexiou en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos: “Prepara el colchón para dos” ¿A que os suena muchísimo?

Στρώσε το στρώμα σου για δυό

Ο δρόμος είναι σκοτεινός
ώσπου να σ’ανταμώσω
ξεπρόβαλε μεσοστρατίς
το χέρι να σου δώσω
Στρώσε το στρώμα σου για δυο
για σένα και για μένα
ν’αγκαλιαστούμε απ’την αρχή
ναν’ όλα αναστημένα
Σ’αγκάλιασα μ’αγκάλιασες
μου πήρες και σου πήρα
χάθηκα μες στα μάτια σου

και στη δική σου μοίρα.

Στρώσε το στρώμα σου για δυο…
Prepara el colchón para dos

El camino es oscuro
hasta que aparezcas
en mitad del camino
para darte mi mano.
Prepara el colchón para dos
para ti y para mi,
para que nos abracemos desde el principio
y todo renazca.
Te abracé, me abrazaste,
te tomé y me tomaste,
me perdí en tus ojos
y en tu destino.
Prepara el colchón para dos…
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