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Barbaridades náuticas

La alegría de vivir. Grecia

Por 26 junio, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (11 Comentarios)
En la playa, suceden cosas interesantes.
Una llamada del proedros y ya estábamos abajo. El proedros es el secretario del pueblo. La llamada es por tam-tam. Es decir; el proedros llama a la tabernera que como tiene el local en medio del pueblo sale a  terraza y empieza a vocear:
– Anaa
– Sí
– Que dice el proedros que bajes a la playa
– ¿Para qué?
– Ni idea. Algo pasa con un barco.
No sé qué nos imaginamos. Naves a la deriva, pecios, corsarios, invasiones por mar, un ataque de tiburones sanguinarios, avispas asesinas, gatos rabiosos, arañas peludas ¡Ha llegado el fin!
Cogimos el coche y nos despeñamos durante un kilómetro entre precipicios para llegar a la playa, donde todo, aparentemente, permanecía en calma; las barquitas flotando, los arboles serenos, las sillas esperando traseros  y las mesas ordenadas en fila. El coche viejo del viejo Kosta, el coche destartalado del destartalado pescador oficial, Vangelis, y el coche del proedros, que aunque se llama Spiros hace años que no se oye pronunciar su nombre.  Es secretario desde tiempos  homéricos y su nombre de pila solo lo mienta su madre, en circunstancias muy solemnes, casi aterradoras. Lo normal es que todos le saludemos con un simple
– Eh ¡Proedre!
Deslumbraba, ya desde arriba, el blanco de un catamarán de unos 14 metros amarrado entre  rojos y amarillos de redondeadas amuras y azules agua de una tarde apacible. Era curioso que no se hubiera colocado en cualquier otro sitio que no implicara ir sorteando obstáculos de botes y amarras, pero el patrón había visto el pequeño muelle que utilizan los pescadores para aproximarse cuando trapichean con sus redes y se había puesto nervioso. Sólo es un volado de cemento, sobresaliendo de la roca, como una mano abierta que desafía las leyes temporales, gravitatorias y meteorológicas; una plataforma obstinada que sigue en pie año tras año mientras hacemos apuestas sobre cuando caerá. Pero él vio el “muelle”, pensó en lo estupendo que sería en bajar a tomar una cerveza sin mojarse y allá que fue como un obús. La maniobra, toda una obertura rossiniana.
– Os he llamado porque hoy tenemos juerga.
– Ya veo.
Los tres estaban sentados en una mesa sorbiendo sus pajitas de café frapé. Vangelis, que suele hablar con coloratura, como si fuera el gallo Claudio, les decía que más fácil si se iban al otro lado, pero se lo decía con su sube y baja declamado y en griego. El patrón le respondía con una mirada de desprecio y aires de tunosabesquiensoyo. Siguieron sorbiendo sus pajitas.
A mí me admira el temple que tiene estos griegos; aquel mastodonte moviéndose bajo maniobras de torpes manos entre sus barcas me daba espanto. Si hubiera sido mi barco me hubiera tirado a degüello. Ellos sorbían pajitas.
¿Cuántos caballos tendrá? ¿Cuánto cala? Como lleva dos motores debe de girar en el sitio ¿Por qué hace eso? ¿Dónde habrá sacado el título? Si tira ahí el ancla enganchara todos nuestros muertos. ¿De donde será? ¿Por qué le chilla tanto a su mujer? Se habrá enfadado con ella.
Consiguieron amarrar el barco tras mucho esfuerzo y se quedó allí como un Gulliver grotesco en un Liliput de cascarones balanceantes. Bajaron en un exabrupto a tomarse una cerveza casi al gallete para seguir su periplo de mil calas en 6 días. Todo un estrés.

El trío había terminado sus cafés y ante la falta de espectáculo se disponían a salir cada uno por un lado, pero el aguerrido capitán ¿De dónde salen estos capitanes? quiso hacer una demostración de su valía marinera. Soltó las amarras y dio avante con los dos motores, de dos hélices para ser más exactos, en vez de cobrar el fondeo para alejarse despacio ¿Qué podríamos esperar? Enganchó la tela de araña con la que tejen los pescadores las amarras de sus barcos y se quedó tieso como un jamón. Se pararon los motores y las risotadas se oyeron en Itaca; sobre todas las de Vangelis que tiene risas de tres octavas. Y Kostas impertérrito viendo como la auxiliar que utiliza para llegar a su Dina, su barca en mayúsculas, sucumbía bajo el tirón de la amarra enredada en la hélice del héroe vespertino.

– La va a hundir.

Pidieron otro frapé y continuaron riendo a moco tendido. Mucho más cuando el capitán se tiró al agua con un puñal en la boca, en ese momento nos caímos de las sillas.

Me dieron una lección; la vida no hay que tomársela tan en serio ni a brazo partido es tan simple como verla pasar.

Una dedicatoria a aquellos que siembran cizaña y piensan que Grecia se acaba en sus telediarios.
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La delgada linea roja

Por 17 agosto, 2014 Etiquetas: , , , Comentar (44 Comentarios)
Por estas épocas del año siempre me suelo repetir, pero es que el agosto es mucho agosto y se echa a la calle tanto lo bueno como lo malo. Yo si pudiera, en agosto, me quedaría encerrada en mi casa con las ventanas y puertas selladas y una pila de libros para leer, pero no tengo más remedio que sobrellevarlo como puedo. Lo que ocurre es que con el paso de los años cada vez lo acuso más y con el paso de los años las cosas empeoran, el incremento del número de barcos es exponencial y hasta los moradores de las cloacas son capaces de comprarse una neumática con motor y venir a ensuciar las aguas de todos los mares, atronarnos y a hacernos la vida imposible.Todos a veces nos cabreamos con el vecino y en ocasiones hasta perdemos los nervios y gritamos; aunque suelo morderme los labios como los pretendientes de Penélope; pero a veces incluso de grandes peleas han surgido posteriores disculpas y amistades. Pero nunca hasta ahora este mundo se había parecido tanto al del automóvil, donde las más viles bajeza pueden salir de la boca de un conductor y donde hasta se es capaz de llegar  las manos por un quítame esas penas de un intermitente mal puesto. El hombre es un lobo para el hombre y si hasta ahora el universo náutico se había librado, porque éramos pocos, ya también este se sobrecalienta y se acerca al infierno; el hombre se puede convertir en una rata rabiosa. Afortunadamente solo en agosto.

De todas las especies con las que se puede tener un altercado estaréis de acuerdo conmigo que la de los italianos es la peor. Ni los flemáticos ingleses, que insultan con indirectas susurradas, ni los cuadriculados alemanes, ni los vociferantes búlgaros, ni los gesticulantes y malhablados españoles; con un italiano hay que tener mucho cuidado. Ya sé que italianos hay muchos y que las grandes masas siempre fermentan, sean de la nacionalidad que sean, pero en este caso atufan a“ garum”  y como se encuentran muy bien colocados en el centro del marenostrum, en verano legiones romanas enteras invaden todas las costas y clavan el pilum en territorios que piensan estar conquistados. Nunca te pelees con un italiano, me digo todas las mañanas antes de entonar el Ommm que me ayudará a pasar el día sin sobresaltos. Pero esta vez algo se ha roto, se ha sobrepasado la imaginaria línea roja que todo el mundo aceptamos, como práctica de la buena convivencia marinera, que no se debe pasar; nunca se toca el barco del vecino, ni ninguno de sus apéndices, amarras o anclas. Está escrito en las tablas de la ley; pero para saberlo hay que aprender a leer y no todo el mundo tiene el vicio.

En el caso que os cuento se trataba de fondear y dar un cabo a tierra, dada la profundidad de estos mares del jónico, a escasos metros de la orilla, es una práctica habitual y necesaria. La playa estaba sembrada de gomonne con la banderita roja verde y blanca; desde lejos se oía el vociferio de patio napolitano mientras se pasaban las fiambreras de una barca a otra. No me quedó otra que dar mi amarra entre dos gomonne que se encontraban un poco más distanciadas entre sí. Al momento hubo un silencio sepulcral y la ruidosa escena feliniana se transformó en una película de  suspense.

– Si tu cabo roza mi gomonne te lo cortaré.

– Ommmmm

– ¿Me has oído?

– Es solo un cabo. Ommmm. Pero si crees que te puede malograr tu “barca di merda”, digo tu linda barca, pues lo cortas. Ommm. Me comprare otro.

El tipo tenía una pinta insolente, descargador de muelle palermitano, con una gorra con la bandera italiana y acompañado de una  gorda michelinica y calva sentada en la borda que nos hacía cuernos.
Se reanudo el griterío neorrealista y nos metimos en el salón a comer. Cuando todavía no me había sentado a la mesa noté que el barco se movía diferente y vi pasar los acantilados por la popa, salí como un exabrupto. Efectivamente, me habían soltado el cabo, justo cuando la racha cargaba y justo cuando estaba dentro y no podía verlos. Recogí el ancla como pude, rozando las rocas, mientras el muñeco michelin se reía con las piernas metidas en el agua.

Me salieron dos lagrimones. Uno por la rabia y la sed de venganza, imaginando cuchillos que rajan las neumáticas, cabos y motores, la segunda resbalaba de pura tristeza, mientras el corazón se me hacía pedazos y se desmoronaba como una vasija de porcelana fina; nunca imaginé este mundo como el estercolero acostumbrado de siempre, nadie hasta ahora había osado atravesar le delgada línea roja. Pero ahora sí, ahora ya todo era posible; con premeditación y alevosía, cuando nadie te ve, cuando más daño puede hacer. Me sorbí los mocos e intenté amarrar un poco más alejada, mientras sonaban las risotadas de la gorda  en mi cabeza.

Una barquita de griegos que estaban al lado me llamaron y me dijeron que fuera a capitanía a denunciarles. Y los italianos al oír que yo hablaba en griego se quedaron lívidos de espanto. Pero la gorda reía, dando grandes manotazos sobre la barca.

– Bah ¿Qué puede hacernos?

Tenía razón, conozco este país y sé que ir a capitanía con estos cuentos es como denunciar en la guardia civil la desaparición de tu canarito. Aun así, me tomé la molestia de bajar a la playa y tomar datos y fotografías, con lo que el muñeco Michelin dejó de sonreír.

Este trabajo mío implica convivir con mucha gente dispar y aprendes a distinguir las bondades, maldades y debilidades humanas al instante; así que me fijé que el señor de una de las barcas no se mostraba muy cómodo con la acción de su amigo; bien sea por vergüenza o por miedo, qué más da, pero esto me dio pie para elaborar mi venganza y olvidar cuchillos y revólveres que solo me hubieran rebajado a su nivel y hubieran puesto en peligro mi vida seguramente. Cuando acabamos de comer le dije al muñeco neumático con la cara más hierática que pude:

– Me puede soltar el cabo señora. No nos apetece bañarnos ahora y ustedes saben muy bien como largar los cabos.

– ¿Cómo te atreves?

Y siguió una sarta de improperios que no me atrevo a repetir. Mientras tanto mi tripulación se partía de la risa escondida en el salón. Así que me dirigí al punto débil, a ese señor que parecía de otra especie. Y accedió de inmediato a soltar el cabo, mientras la gorda se deshacía en gritos, insultos y rabietas para impedírselo. Cuando acabé de recoger el ancla me acerque al señor y tal como aprendí en las peliculas del padrino, escuchando a Robert de Niro, le solté:

– Siñore grazie, ricorderò che ti devo un favore (me acordaré de que te debo un favor).

La gorda se quedó con la boca abierta y tan solo faltó la música de Nino Rota para completar la escena. Fue una venganza sutil, pero al fin y al cabo la sutileza es la única arma que ellos no saben manejar. De todas formas la línea roja se había traspasado y eso ya no tiene vuelta atrás; como no la tiene el volver a la feliz inopia de la infancia.

 

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La libertad y la seguridad

Por 24 abril, 2014 Etiquetas: , , , , Comentar (24 Comentarios)
Tucídides decía algo así como: Es la libertad o la tranquilidad; deberás elegir. Esa frase en estas épocas en que se recortan nuestras libertades por un estado, que con la cantinela de “por su seguridad” se dedica a reglamentarlo todo, hay veces que nos falta el aire, cuando exclamamos ¿Sabes que han prohibido…? ¿Sabes que ahora es obligatorio…? ¿Sabes que han subido el permiso para…? Y todo eso, como decía Tucídides se debe a una elección nuestra, debemos ser conscientes cuando la tomamos, que no tiene vuelta atrás. Serás libre o estarás tranquilo, no puedes tener ambas cosas.

El paso del tiempo origina trastornos muy graves, entre ellos, la sensación de que todo cambia para peor y de que las cosas que nos gustaban se restringen y se pervierten hasta llegar a no reconocerlas. Pero si algo tiene de bueno el tic tac incesante, eufemismo de edad, es que se sufre de una alopecia general, principalmente en la lengua.

Así que estos son mis diálogos platónicos con mis alumnos de los fines de semana:

– Una pregunta, vosotros ¿Para qué os sacáis el título de patrón?

– Hum… eh … por si nos gusta, para poder alquilarnos un barco, para en un futuro…, para que a mi familia le entre el gusanillo, para salir a bañarnos, porque mi amigo lo tiene…

– ¿En qué queréis convertiros? ¿En patrones o en conductores de barcos?

Sigue al interrogante un silencio de muertos con caras de sospecha de que se enfrentan a una extraterrestre.

– Me refiero a que una vez acabéis estas prácticas quedareis convertidos todos en conductores de barco, pero solo alguno de vosotros tendrá el interés suficiente para intentar ser patrón. Y eso, como os voy a demostrar, me afecta a mí personalmente. Por ejemplo un conductor de automóvil llama a la asistencia en carretera cuando tiene un problema. Como aquí no existe tal servicio, un patrón intentará arreglárselas por sí solo en la soledad del mar; el simple conductor se quedará desesperado a merced de las olas y el viento.

¡Ja! soy una narradora fantástica y a esas alturas aunque les dé la espalda ya sé que están todos aterrorizados y si hay alguna mujer, me observará con espanto. Me sonrío al acordarme de una anécdota que le sucedió a una amiga cuando llevó la rueda de su coche a reparar a un taller. El chaval que salió a atenderla se llevó un susto mortal y sin pronunciar correctamente, al no poder cerrar la boca, exclamó a voz en grito: ¡Jefe, aquí hay una señora que se ha cambiado la rueda ella sola!

El caso es que me pongo a enseñarles que con unas pocas herramientas, un poco de ingenio y unos recambios, que un patrón habrá sido previsor en embarcar, se es capaz de solucionar las averías más comunes de a bordo.

– Así que si sois conductores os quedareis tirados in eternum. Vosotros decidís que queréis ser. Descanso y reflexión. El alma se serena. Solo queda esperar el tímido:

– ¿Pero podremos pedir auxilio a Salvamento Marítimo? ¿No?

Ahí es donde yo quería llegar, al germen del mal, a la seguridad mal entendida, carísima, al del papá estado que debe velar por nuestra protección, incluso cuando se trata de ocios y desmanes. Y el papá nos contesta con más normas y reglas, algunas absurdas y otras racionales, para quitarse pulgas de encima. Y nosotros que nos quejamos porque al final esto no hay quien lo pague. Y el estado dice que él tampoco puede, así que lo mantengamos nosotros. Más tasas, más impuestos; justos y pecadores, conductores y patrones, los indios y los vaqueros, todos en la misma olla a hervir juntos y a pegarnos como garbanzos. Ah, que no me olvido, que alguien hace negocio de todo esto, también.

Hace ya algunos años, navegando por Ibiza, el parte meteorológico llevaba días advirtiendo de la entrada de Mistral. A las horas de comenzar el viento ya se había recibido el primer May day; una pareja de insensatos habían tenido la ocurrencia de ir a pasar la noche a cala Saona, completamente abierta al Noroeste. Ni siquiera sospecharon nada al estar ellos solos en una playa de Formentera en agosto, ni se escamaron por las nubes de lenteja, ni de las olas que venían por donde no tocaba, ni tuvieron esa sensación, que todo observador del mar debe tener, de que algo no va del todo bien y que lo mejor es largarse cuanto antes, porque los temporales no entran de improviso, como un milagro de Fátima. El caso es que se debieron asustar bastante, porque la mujer berreaba por la radio:

– Socorro. Que alguien nos ayude. Mi marido acaba de sacarse el título y no tiene ni puta idea.

– ¿Se puede poner el patrón a la radio?- Contestaba la costera.

– Nooo, está vomitando.

Ni que decir tiene que fue el espectáculo del día, todos permanecíamos atentos al serial radiofónico y hubiéramos pagado nuestra buena localidad, por ver la llegada al puerto del barco remolcado por Salvamento Marítimo, con el capitán- que- no- tenía -ni –puta- idea al timón.

Eso fue hace tiempo, no quiero ni pensar lo que será ahora el canal 16 en agosto, con gente pidiendo auxilio porque no le arranca el motor del velero o porque se ha quedado sin combustible o porque se ha pillado un dedo con la puerta y le marea la sangre.

Pues es por cosas como estas por las que Salvamento marítimo no da abasto y por las que el estado declara insostenible el organismo y que aparte de pagar los rescates paguemos también su mantenimiento. Es decir la tasa T0 de balizamiento la multiplicamos por 2 o por 3  y aquí paz y mañana gloria. El que no quiera que venda el barco; je, si puede.

Así que el que vosotros no queráis ser más que meros conductores sin orgullo marinero, nos toca el bolsillo a todos los que antes de que nacierais ya andábamos por los mares,  incluso a los que ahora se plantean el navegar como una aventura para degustar un poco de libertad y aire fresco, muy diferente a un videojuego de seguridad absoluta y contrastada desde el salón de nuestra casa.
Me espero un poco, no mucho, para oír la respuesta:

– Pero todos han empezado desde cero y se aprende a base de errores.

Sí señor, pero también hay libros que leer, infinidad de ellos, y lo más importante: la actitud con la que cada cual se enfrenta a las cosas. Es impresentable el pedir socorro porque no hemos sido capaces de mirar el nivel del depósito, no sabemos cambiar el rodete de una bomba de agua, no sabemos leer un parte meteorológico, no sabemos manejar una carta y navegamos con la aplicación del móvil, dejamos los cabos tirados por cubierta hechos un lío y las sentinas sucias y llenas de tropezones para que se atasquen las bombas. Es indecente que un velero sin motor, sea incapaz de volver a puerto por sus medios, aunque le cueste 3 días completar la hazaña, en no saber y practicar hasta la saciedad la maniobra de hombre al agua, en no comprobar nuestro fondeo, nuestra radio, nuestro material de salvamento; en fin, en no tener el prurito de intentar solventar las cosas por nosotros mismos; que es lo glorioso de este oficio y lo que te confiere la sensación de ser un poco libre. El buscar siempre al ángel de la guarda particular en los momentos en que los acontecimientos nos superan es la antítesis de las ansias de independencia que un navegante tiene. Esa es la diferencia entre un conductor y un patrón.

Pero cuando creo que lo han captado y que les he convencido, últimamente, debe ser moda, porque siempre llega un momento en que alguien pregunta:

– ¿Y no hay control de alcoholemia en el mar? Por la seguridad de los demás, me refiero. Imagina que voy con mis niños y…

Estamos a un tris de que nos prohíban  la botellita de vino o la cerveza mientras navegamos.

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Anclas, arañas y otras disputas

Por 3 agosto, 2012 Etiquetas: , Comentar (12 Comentarios)
En griego, un barco αραγμένο “aragmeno” es un barco amarrado; se parece bastante a αράχνη “aragni”, una araña; la que teje su tela, tela para que nada escape; una tela como la forma un barco
en el puerto con sus amarras y su fondeo, como la que forman las cadenas de los barcos bajo la superficie. Cuando llega el verano, el de verdad, el del 15 de Julio al 15 de Agosto; cuando aparecen por aquí la flor y nata de los alquileres sin patrón y de los propietarios estresados; ha llegado el momento de la guerra. Uno de los principales motivos de casus belli es el cruce de cadenas. He llegado a ver dos italianos cogidos del cuello, ante la sorpresa de los pescadores griegos, ante la mirada de los paseantes que acudieron al oír el estruendo y los chillidos, medio ahogados por la presión sobre las cuerdas bucales de ambos capitanes.
– ¿Qué ha pasado?- dijo un griego
– Que le han cruzado el ancla- respondió
otro sin apartar la vista de sus redes.
 – Y ¿Eso es tan grave?
 – Para ellos sí.
 La cosa se va calentando, como el mar. Y ya se sabe, cuando las aguas se templan mucho, aparecen las tormentas. La llegada al puerto de un nuevo barco, enemigo, va acompañada de un clamor popular, de un ejercito de guerreros en las proas, blandiendo bicheros, con los dientes apretados, con los puños amenazantes:
– ¡Me has cruzado el ancla!
¿No podríamos calmarnos todos? Esto de navegar ¿No era un placer? Me incluyo, porque este tiempo tormentoso acaba minando el carácter de cualquiera. Cruzar las anclas en los pequeños puertos griegos es un acto a veces inevitable, si fondeas enfrente de los que llegaron antes y quieres largar suficiente cadena. También, es verdad, a veces es fruto de la inexperiencia del timonel.
El problema es la nacionalidad de a quien le has cruzado el ancla. Si es griego; acostumbrado a estas cosas, te dirá:
– ¿A qué hora te vas mañana? tienes tucadena sobre la mía.
Se acuerda la hora y si es muy intempestiva, se repite la maniobra. Se acaba con una sonrisa y hasta con una cerveza en la taberna. Muy diferente al sofoco y mal humor de
las riñas enquistadas de otros navegantes más “civilizados”.
Al fin y al cabo, si te cruzan la cadena y has fondeado bien ( he ahí el quid de la cuestión) ¿Qué problema tienes? Más peso sobre tu cadena y menos posibilidades de garreo. Y si has fondeado
mal, igual tienes la suerte de que el otro lleve una buena ancla y refuerce tu mala maniobra.

El verano son 2 días. La vida 4 ¿Habría alguna posibilidad de que abandonásemos las trincheras?

Ommmmmm….
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