Browsing Tag

Barcos

El príncipe de los ríos

Por 6 diciembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (12 Comentarios)

Hubo una vez un dios, príncipe de todos los ríos y padre de todas las aguas dulces del mundo, llamado Aquelóo; Αχελώος, “el que ahuyenta el pesar”; que se enamoró de una hija del rey de Calidón, Deyanira, y pidió a su padre que se la diera en matrimonio. La pobre muchacha no amaba al espantoso rio en absoluto y así se lamentaba de su destino en Las Traquinias de Sófocles:

Yo, cuando habitaba aún en Pleurón en la casa de mi padre Eneo, experimenté una repugnancia muy dolorosa por el matrimonio, en mayor grado que cualquier mujer etolia. En efecto, tenía como pretendiente un río, me refiero a Aquelóo, el cual, bajo tres apariencias, me pedía a mi padre. Se presentaba, unas veces, en figura de toro, otras, como una serpiente de piel moteada y, otras, con cara de buey en un cuerpo humano. De su sombrío mentón brotaban chorros de agua como de una fuente. Mientras yo esperaba temerosa a semejante pretendiente, pedía una y otra vez, desventurada, morir antes que acercarme nunca a este tálamo.

Heracles también procuraba a la dulce Deyanira y ella le prefería entre los dos; porque la muy ingenua ignoraba que este último la abandonaría tras contraer matrimonio. Hubo un duelo y tuvieron que medir su amor en un enfrentamiento carnicero el rio y el héroe. En el transcurso de esta batalla, el dios fluvial utilizó la astucia, pues se sabía inferior en fuerza al semidiós, y adoptó la forma de diversos animales para derrotarlo. Primero se transformó en una serpiente escabrosa y curvilínea pero fue estrangulado casi hasta la muerte por su rival, más tarde adoptó la forma de un toro enorme pero Hércules lo tomó por las astas, lo arrastró por los suelos, le arrancó uno de sus cuernos y lo tiró al rio. El cuerno cercenado fue recogido por las náyades que lo llenaron de flores y frutas como un cuerno de la abundancia.

Se puede decir que los mitos representan una ingenua respuesta a los interrogantes más complejos y profundos del ser humano: lo que le asombra, lo que le espera en el futuro, de dónde venimos, cual es la fuerza de la naturaleza, cómo se organiza la realidad y qué produce los fenómenos físicos observables. Estrabón interpreta este mito de Aquelóo atendiendo a la naturaleza del mismo río cuyas frecuentes inundaciones asolaban los campos de Calidón, confundiendo las fronteras y provocando por esto varias guerras entre los pueblos limítrofes. La forma de serpiente de Aquelóo alude a la sinuosidad de su trazado, y la de toro, a la fuerza de sus inundaciones y al rugido de sus aguas precipitándose en torbellinos. Heracles uniformó su cauce poniéndole diques y reuniendo en un sólo lecho los dos brazos de su curso, de aquí que le dejara con un cuerno sólo. La cuenca transformada del Aqueloo fue responsable de la riqueza del país que regaba con sus aguas, que guardaría buena relación con el cuerno de la abundancia.

Seguimos echando mano de explicaciones fantásticas cuando la realidad nos sorprende, cuando nos levantamos una mañana y contra todo pronóstico ha ganado un toro rubio y furibundo las elecciones en Estados Unidos. Como no quedan dioses que construyan historias y nos muestren las razones, buscamos entre entelequias como los Big Data los rastros que dejamos en nuestro paso por el inframundo de las redes, que son manipulados sin que apenas nos demos cuenta para que gane el toro antes que el héroe. Y Deyanira se desmaya.

Pero volvamos al rio que derrotado y solitario, fluyendo entre Etolia y Acarnania pensaba solamente en venganza. Unas Ninfas habían preparado un sacrificio para honrar a un dios y convidaron a todas las divinidades de las aguas para que asistieran a la ceremonia. Se olvidaron, sin embargo, de invitar a Aqueloo. Toda la cólera del dios-rio se enardeció con este nuevo desprecio. Aquelóo hizo subir las aguas hasta el límite de las tierras y las inundó. En su torrente arrastró, implacable, a las cuatro Ninfas y al lugar que ellas habían adornado para realizar la ceremonia del sacrificio. No satisfecho aún con su propia violencia, transformó a las jóvenes en islas, las Equinades del mar Jónico, que quedaron flotando para siempre en su desembocadura. Después, aplacado no del todo su odio, volvió a correr entre Etolia y Acarnania, pero siguió llevando consigo toda su amargura en sus aguas, dejando sedimentos aquí y allá, crecidas devastadoras, sequias y plagas a su antojo; donde había tierras firmes las separó en islas y donde había islas y penínsulas las anegó con sus limos y las transformó en valles y lomas. Son las cosas que pasan cuando se enrabietan los dioses ríos-toros-serpientes, rubios o no.

Es cierto que cuando navegas por la zona debes dar buen resguardo a su desembocadura, que plagada de sedimentos, avanza año tras año mar adentro cambiando la distribución de lo que son tierras o aguas y ha dejado un paisaje muy característico de marismas, salinas, lagunas e islotes, como si fuera un enorme plato de sopa con menudillos, y que para entrar en Mesolongi hay que hacerlo atravesando con atención un canal balizado con poco calado en sus extremos. Pero el paisaje que deja es sorprendente, un reino lodoso y acuático donde los humanos habitan, con consentimiento del Aqueloo, los cachitos firmes que les ha ido dejando como por olvido. Los palafitos, empalizadas, plataformas de pesca y las ciudades que aparecen flotando, como nenúfares, en las superficies especulares de los pantanos tienen una quietud y hasta una modorra genuina. Sirva de ejemplo la pequeña y curiosa ciudad de Etóliko, unos 600 km2 de terreno, secuestrados a la laguna y unidos por una carretera de entrada y otra de salida a la tierra firme, si se puede hablar de algo firme en este universo de charcos, bancos y ríos vengativos, donde sus habitantes deben pasear despacio para no precipitarse al agua en un traspiés.

Si hay un sitio emocionante cerca del Aquelóo, en su ribera oeste, es la antigua Oiniades, una ciudad portuaria importante de Acarnania fundada en el siglo V a. C. sobre una colina rodeada de marismas y protegida por unas fuertes murallas del invasor, que estaba obligado a llegar por mar. La ciudad debió tener mucha importancia comercial en la antigüedad con un considerable tráfico marítimo. Hoy en día  descansa sobre un montículo tierra adentro gracias a los depósitos y aluviones fluviales de 26 siglos. Las excavaciones arqueológicas han conseguido recuperar parte de sus murallas, su precioso teatro, y unas atarazanas.

Yo aquel día reservaba mi entusiasmo para esto último, para el varadero, pues significaba para mí la confluencia de mis pasiones: el mar, los barcos y Grecia. Siempre que visito algún punto de la costa donde se ubicó un puerto griego clásico, me deleito contemplando sus contornos e imaginando las idas y venidas de naves de diversos tamaños impulsadas a vela o a remos entre los espigones, cómo azotaban los vientos dominantes, cuál era la calidad de su abrigo. Incluso cuando no queda ya el más mínimo vestigio de lo que fue, como en los restos micénicos, mi imaginación disfruta sin límites ni ataduras de estos lugares. Pero sabía, por alguna fotografía, que las atarazanas que íbamos a ver no eran simples piedras dispersas para hacer trabajar a nuestra imaginación sino algo más imponente.

Era un precioso día de septiembre, húmedo pero luminoso, cuando llegamos acompañados por unos hospitalarios amigos de Mesolongi. Los robles empezaban a deshacerse de parte de su frondosidad que crujía a nuestros pies dando una atmosfera de suspense e intriga y el cercano rio se deslizaba casi dormido y sin torbellinos.

 

neorio

El astillero solo es visible al doblar un recodo, momento en el cual te quedas tan de piedra como él desde hace 25 siglos. Te quita el aliento la envergadura del edificio, excavado en la montaña, que albergaba hasta 7 naves de 40 metros de eslora. Te mete en escena las enormes charcas que consiente, por el momento, el nivel freático del Aquelóo. Te anestesia el fru-fru de los robles perdiendo sus hojas, el zumbido de los insectos y las nubes estáticas de una mañana exactamente igual a la de hace 2500 años. Te embriaga el olor a rio y humedales. Te hipnotiza el tic-toc de tu corazón que reclama tiempo recorriendo el varadero.

Era sorprendente ver aquel imponente perímetro sin un solo visitante a parte de nosotros y eso, aunque egoístamente podríamos pensar que era un privilegio, implica que muchas veces estos lugares se tienen que cerrar por no poder mantenerlos. Y ese era también el temor de mis generosos anfitriones. El mundo es así de absurdo: el turista solo quiere ir a lugares ya famosos y contrastados por hordas anónimas, con muchos likes y followers. A quién leches le va a importar tu selfie si no tienen ni la más remota idea de donde está hecho. La cosa cambiaría si consiguieran traer aquí a Cristiano Ronaldo; entonces sería la bomba. Igual Deyanira cambiaría de parecer y se desposaría a gusto con el rio.

Το ποτἀμι

Γύρισα πάλι στα ίδια μέρη
Κι εκεί που όλα μοιάζαν ξένα
Κάτι μου θύμισε εσένα
Κι είπα, εδώ είναι η πατρίδα
Το φως που ξέρω και με ξέρει.

Κοίταξα μέσα από το τζάμι
Κι είδα στρωμένο το τραπέζι
Δίπλα η κόρη μου να παίζει
Κι είπα, εδώ θέλω να ζήσω
Εδώ κυλάει το ποτάμι.

Άλλοτε πέτρα, άλλοτε σφαίρα
Που δεν μπορεί να κάνει πίσω
Σαν να κρατιέμαι απ’ τον αέρα
Ψάχνω μια γη για να πατήσω.

Έφευγα πάντα σαν το βέλος
Βρήκα ανοιχτό ουρανό και πήγα
Έψαξα αλλού και βρήκα λίγα
Κάποτε ήμουνα των άλλων
Τώρα δικός σας ως το τέλος.

El río

Regresé de nuevo al mismo sitio
y allí donde todo parecía extraño
algo me recordó a ti
Y dije: aquí está mi patria
la luz que conozco y me conoce.

Miré tras el cristal
Y vi la mesa preparada
A un lado mi hija jugar
Y dije: aquí quiero vivir
Aquí fluye el rio.

A veces piedra, a veces esfera
que no puede volver atrás
Para mantenerme contra el viento
busco una tierra firme.

Salí siempre como una flecha
encontré el cielo abierto y me fui.
Busque en otros lados y encontré poco.
Una vez fui de los demás
ahora, tuyo siempre hasta el final.

Share:

Habaneras de una goleta

Por 6 noviembre, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (2 Comentarios)

En la esquina más sucia de la dársena, al fondo, donde las corrientes acumulan porquerías, ratas y desechos me encontré con un barco que un día quise. Un amante casi olvidado que a pesar de los años y lo que habíamos cambiado me volcó el corazón. Se mecía con gemidos de barco viejo, aunque no lo era tanto, con hierros podridos y agujereados que ya no ansiaban cortar más mares que los de las aguas sucias y amargas de su amarre prisionero. Había tantas horas de mi vida entre sus cuadernas y baos, horas de pinturas, barnices,  singladuras, olas y calmas interminables que a pesar de la melancolía me acerqué a míralo de cerca. Los barcos suelen dejar alguna historia de amor, incluso aunque no hayamos sido sus propietarios y la relación haya sido estrictamente profesional, siempre deseamos que en nuestra forzosa ausencia queden en las mejores manos posibles para que los cuiden y los mimen como si fueran perros desvalidos.

Todavía era palpable, entre la dejación y el abandono, la esbeltez de aquella goleta de stay de airosos mástiles, uno de los aparejos más elegantes para este tipo de veleros, un buque escuela que causó la alegría y la vocación de muchos. Ahora no era más que un barco enfermo y débil al que le habían negado hasta el derecho, la leyenda y la heroicidad de hundirse por sus propios medios. Sus ocupantes parecían haber salido corriendo atraídos por misiones más importantes, dejando sus cabos desparramados por cubierta sin decoro, sus chicotes como plumeros sin rematar, sus velas reverdecidas por las lluvias de años, las amarras imbécilmente tendidas desde cualquier sitio en vez de por sus nobles gateras, sus toldos y lonas arrancados, descosidos e hirientes, sus barnices despellejados, sus bronces pringosos y con una pátina de inmundicia, sus defensas tan mugrientas que ya no defendían ni de sí mismas ¿Quién podía gustar tan poco del bello arte marinero? Esa ocupación que perdura incluso después de la maniobra de atraque y el descenso de pasajeros, ordenando, estibando, adujando, arranchando y aclarando su cabuyeria, dejándola lista y pulcra para el día siguiente.

Hay barcos que tienen malos comienzos, sobre todo cuando su armador no tiene claro si los quiere y mucho más cuando el propietario no es un individuo sino un ente abstracto como la administración. Ni siquiera en la elección de su nombre tuvieron acierto; cuando se mezclan politiqueos y marinería el resultado suele ser desastroso y se tiende más hacia los lugares comunes que a la solución brillante. La corrección política le privó de un nombre innegable o genuino y la convirtió en una goleta masculina, de un abominable mal fario. Con un gran contrasentido se la bautizó como la representación de un héroe de caballerías terrestres y polvorientas. Esos fueron sus nefastos orígenes. A pesar de ello vivió algunos años de andanzas honestas en su juventud.

Pienso que incluso en el caso de barcos con feos augurios y mala reputación,  sus tripulaciones pueden ser capaces de defenderlos a muerte como si fueran su propia familia. Para ello es obvio que debe haber una marinería competente que se encargue de las necesidades que surgen cuando desarrollan su cometido: navegar. Los técnicos terrestres no conocen sus exigencias como la gente que los marea, nunca se adelantará a sus debilidades o a sus penurias. Los barcos, incluso los más humildes, están bien siempre que los hombres que vayan a bordo sean buenos y afectuosos con ellos, pero si la gente que los tripula está de paso, nunca habrá una relación entrañable que les lleve a desvivirse por ellos. Por eso fue dañino, en un barco de esas características, poner un capitán contratado por días o por horas, para ahorrar gastos, como si se tratase de un conductor de camión. Quien así lo pensó no tiene ni idea de lo que es un barco. En esta ocupación mía de la náutica de recreo profesional, hasta el más nuevo advenedizo imagina que sabe horrores y que tu trabajo bien lo puede ejecutar un primo o sobrino amateur por el simple gozo de pasearse mirando a babor y estribor con complacencia y dar dos voces autoritarias.

Sus verdugos más despiadados fueron la vanidad y la codicia. La necesidad de gloria y mando de aquellos que solamente pensaron en la entrada triunfal a puerto con el timón en sus manos y la voracidad de otros que solo rumiaron venganzas e intereses, utilizando un bien público para sus negocios privados. Decía Conrad que el arte de gobernar barcos es más bello que el de manejar hombres pues a estos se les engaña con facilidad pero los primeros son criaturas traídas al mundo para que nos obliguen a dar la talla. Eso sería en sus tiempos románticos, ahora nada importa y todo vale, incluso dejar a un velero consumirse hasta su espina dorsal y luego abandonarlo.

A pesar de su desolación, en un último truco ilusionista de tapar sus vergüenzas le habían pintarrajeado la matrícula y el mascaron con colores chillones y llamativos, mientras por sus imbornales rezumaban goterones negros desconsolados. Y en el colmo de sus desdichas, unos días más tarde, la llevaron renqueando, mascando lamentos, como un penitente, a exhibir sus castigos en la Valencia Boat Show ; eso sí, la amarraron muy lejos de visitas y miradas, podrida en su dignidad y con unas banderitas de colores colgando sin hermosura como pingajos burlones.

 

lagrimas-negras

Lagrimas negras



-Pareces una ramera vieja, con el radiante carmín de tus labios, tus abalorios y el rímel corrido por el cansancio.- Me salió del alma, como al protagonista de “Memoria de mis putas tristes”, uno de los inmensos cuentos de García Marquez, cuando descubre que a su amada Delgadina la han transformado en una furcia corriente:

… me aturdieron los artificios: las pestañas postizas, las uñas de las manos y los pies esmaltadas de nácar, y un perfume de a dos cuartillos que no tenía nada que ver con el amor…Un vapor raro me subió de las entrañas.
—¡Puta! —grité.

La canción de hoy es una copla de León y Quiroga, “Ojos verdes”, conocida por todos en múltiples versiones, quizás la más famosa es la de la Piquer. La verdad es que todas tienen su encanto singular y aunque una de mis favoritas es la de Pasión Vega me he decantado por esta de Silvia Perez Cruz porque me parece original. La canción es una historia de prostíbulo que inicia la estrofa con un “apoyá en el quicio de la mancebía”. Me hizo gracia encontrar una antiquísima versión de la Jurado que la cambiaba por: “apoyá en la trama de la celosía”. Supongo que la censura de entonces evitó el referirse de esa forma al lupanar, pero luego el resto de la letra, pensé, ya no tenía ningún significado, y realmente las coplas eran historias cerradas y redondas, con argumentos de culebrón.  Pero estas cosas sin sentido me vien como anillo al dedo para esta entrada.

Share:

Barcos y monstruos marinos

Por 28 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (7 Comentarios)

Sentada esta tarde en una linda isla, esperando que amaine el Meltemi para zarpar, y pensando indudablemente en la belleza, como no puede ser de otro modo en un lugar como este, me ha dado por especular que el diseño de los barcos ha iniciado un lento declive hacia la degradación de las líneas y los cánones de belleza en aras de una mayor comodidad.

No voy a entrar en el mundo de las motoras, que me horroriza, porque amarradas unas al lado de las otras me recuerdan a una inmensa zapatería de deportes. Y prefiero olvidar las grandes unidades, esos yates modernos que iluminan cielo y mar por las noches, cuyo único propósito es la ostentación y normalmente pertenecen a propietarios, ricos riquísimos, sin el más mínimo gusto por las cosas. Siempre hay excepciones, está claro pero estas no justifican lo anterior.

Una flota de veleros fondeada, siempre ha sido una imagen de gracia y esbeltez. Cuando desplegaban las velas y cogían movimiento tomaban la forma de pájaros o bailarinas, como en los cuadros de Degas. Es impensable que todos naveguemos en aquellas elegantes joyas antiguas en las que se sacrificaban candeleros y pasamanos ante el más mínimo atisbo de superfluo o antiestético; esto solo está al alcance de unos pocos y más si queremos que nuestros balandros cumplan a la vez el papel de buenos marineros y confortables cobijos. Pero creo que debe haber un término medio entre la exquisitez desnuda de los antiguos clásicos y la tendencia a convertir el barco en carromatos quincalleros.

Los propietarios somos muchas veces culpables, pretendiendo ubicar en el limitado espacio de cubierta todo tipo de artilugios que nos faciliten la vida: bicicletas, canoas, tablas, placas solares, generadores eólicos, toldos y capotas, por nombrar solo lo inmediato, porque la imaginación se queda corta comparada con todo lo que se puede llevar a bordo. De vez en cuando deberíamos bajarnos de los barcos y mirarlos desde lejos, para evaluar, con sinceridad y el corazón en la mano, si él se merecía el resultado, con lo bello que era el día que lo compramos. Pero dejando a un lado ese mal uso, a veces inevitable, que hacemos de los barcos, creo que uno de los problemas está en los nuevos diseños de veleros modernos y un público nada entendido, que es capaz de hacer grandes colas para comprar la última monería extraplana de Apple, pero al que las líneas marineras de su barco se la traen al fresco.

Buscando engendros que hayan surcado los mares, me topé con los barcos del almirante ruso Popov. Los términos del tratado firmado en París en 1856 tras la guerra de Crimea, prohibía a Rusia la navegación por el mar Negro en buques de guerra, lo que dificultaba controlar su costa. La solución que se le ocurrió a Andrei Alexandrovich Popov fue la de crear un nuevo tipo de nave capaz de patrullar por áreas costeras y por ríos, unas cañoneras capacitadas para maniobrar en aguas poco profundas. Nacieron las conocidas como “popoffkas”, unos minúsculos acorazados de forma circular y seis hélices propulsoras. En aguas someras se manejaran relativamente bien, pero por desgracia para Popov su diseño se mostró demasiado lento y para colmo, cuando sus torres disparaban, la nave tendía a girar sobre sí misma siguiendo un principio de acción y reacción desdeñado por el bien intencionado diseñador. Nunca se debe olvidar que los barcos son naves que surcan y desplazan el agua, si arrinconamos este atributo estaremos tan perdidos como Popov.

Uno de los verdaderos culpables de esta liquidación de los buenos diseños marineros, que evidentemente y por principios termodinámicos todavía no descritos, son los más bonitos, es la masificación en el mundo del alquiler. Mucha gente de la que alquila veleros hoy en día no tiene realmente vocación de navegante sino que se lanza por una corriente de moda: todos sus amigos lo han hecho, así que adquiere un titulillo, que parece otorgarle la destreza suficiente para deslizarse por las autopistas marinas y navegar por islas remotas. Pero el mar es un medio incómodo, no hay que negarlo; y en esto también radica su virtud. Hay un cierto reparo a que la familia eche de menos las molicies caseras y acabe recriminándole la “mierda de vacaciones a la que nos has traído este año”. Los griegos tienen una expresión para pedir que en el suvlaki con pita te pongan un poco de todo; patatas, cebolla, tomate, tzatsiki; dicen απ’ολα, traducido por “de todo”. Y eso es lo que buscan ellos, un barco con “de todo”: lavadora, secadora, aire acondicionado, potabilizadora, generador y televisión por satélite por si hay Champion’s. Claro, todo eso no cabe y la única solución, parecida a la barbaridad que se le ocurrió al almirante ruso, es añadir más pisos al barco, así se crean super estructuras y sobre cubiertas que sobresalen como moños puntiagudos de un peinado victoriano horripilante. En un monocasco estas excrecencias tienen un límite, pero los catamaranes son más, digamos, edificables. Así que se han puesto de moda unidades de varias plantas, donde el patrón tiene su puesto de mando en las alturas, aislado de la tripulación; en una especie de castillete, como si fuera la carroza de Melchor en una noche de reyes. Aparte de su fealdad, pues parecen edificios flotantes, siempre he pensado en el pobre capitán con mala mar, subido a cinco metros sobre el nivel del mar, intentando reparar cualquier problema en la botavara; las debe pasar canutas. Evidentemente rara vez sacan las velas, son sucedáneos baratos de las motoras. Para finalizar el desastre y debido a motivos de seguridad; dado que un catamarán llevado por manos inexpertas es un bólido donde no se tiene sensación de eso que llamamos “ir pasado de trapo”, les acortan los mástiles dejando una relación de aspecto deplorable. Nunca diré que no hay catamaranes bonitos, los hay hermosos como insectos articulados que se deslizan por el mar casi sin rozarlo; pero estos nuevos de crucero son horrendos. No se trata de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que me estoy rayando, que también; sino de que, por lo menos en el mundo marino; cualquier tiempo pasado fue más bello.

cata

Vuelvo mi mirada a la luminosa y proporcionada isla de Milos  para olvidarme del sobresalto que me dio aquel barco que pasó con la música a todo volumen. La belleza siempre está si la buscas con cuidado.

meditando

 

Share:

Los Mangas de Meganisi

Por 26 julio, 2016 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)

El fenómeno del turismo es uno de los más curiosos de la humanidad. Seguro que dentro de muchos siglos algún extraterrestre llegará a la tierra y encontrara un vasto y enorme archivo de material donde indagar en nuestra civilización. No sé qué pensará de los trillones de instantáneas de raros especímenes sonrientes con mares y precipicios detrás ni de los muy interesante yacimientos de palos metálicos telescópicos cercanos a las cataratas de Iguazú, las pirámides de Egipto o las islas Seychelles. Así como los enigmáticos jeroglíficos con el dibujo del Tripadvisor; bueno eso ellos no lo adivinarán y se devanaran los sesos intentando descifrarlo, porque yo tampoco lo entiendo.

Todos hemos hecho el turiston alguna vez. Yo misma me recuerdo subida en un autobús en el parque del Timanfaya, Lanzarote, donde ponían música de volcanes en erupción y acababan el trayecto frente a un asador de pollos a la fumarola. Fue esa vez cuando decidí que prefiero no ver las cosas a verlas de esa forma tan estabulada, porque al fin y al cabo ¿Qué me importaba a mí el antiguo volcán y qué hacía yo allí, con los pelos de punta, la piel de gallina y las gafas de sol puestas para camuflarme?

El turista es una presa fácil: no conoce el país, no conoce el idioma y lo único que desea es hacerse fotografías para mostrárselas a los amigos; el “yo estuve aquí”; así que no es improbable que acabe comprando alfombras persas made in china y oyendo o bailando bailes prefabricados para la ocasión que nada tienen que ver con el folclore local.

Hay una taberna en Meganisi donde durante la cena ponen música; siempre la misma; para amenizar a las flotillas de barcos que pasan la noche. Me sé de memoria la selección: primero El “Sirtaki”, el” Frankosiriani” y luego “Supe que eres un mangas”. Después ya se desparraman con los Bee Gees, Abba y por último la Macarena. El dueño les baila un poco, les enseña cuatro pasos y luego una especie de baile por parejas que se asemeja mucho a un, yo diría que…un rock and roll lento. Ellos lo aprenden con esmero ¡No se darán cuenta que les están tomando el pelo!

-Pero eso que enseñas es un chiste. Tu sí que eres un mangas—Le digo yo al dueño cuando no hay actuación. Tengo que apostillar que los mangas eran los personajes chulos y descarados de la rebétika.

-Y ¡qué más da! ¿Ellos se lo pasan bien o no? Además tengo piedras en el riñón y ya no puedo dar los brincos de antes.

En Meganisi hay otro reclamo turístico famoso que todos los días atrae a cientos de barcos y visitantes: La cueva de Papanikolis. Es una cueva accesible por mar donde las barcas meten sus proas entre el tumulto de neumáticas, surfistas, motos y nadadores arriesgados. Las colas en el puerto por las mañanas para embarcarse y visitar la famosa cueva son escalofriantes. Todos guardan su turno armados con sus palos selfie, como guerreros hoplitas.

Papanikolis fue un submarino griego heroico y famoso de la segunda guerra mundial. Forjo su leyenda por el arrojo de sus marineros; creo que este año murió el último tripulante con más de 100 años; y por haber hundido a un convoy italiano a pesar de la precariedad de sus medios. De hecho no podía mantenerse sumergido más de 10 horas y necesitaba emerger frecuentemente para renovar el aire. El puente del submarino se conserva en el museo del Pireo y el nombre de Papanikolis todavía hoy se utiliza para denominar unos modernos submarinos de fabricación germana que Grecia encargó en medio de la actual crisis con el anterior gobierno ¡Qué cosas!

Παπανικολις
Una de las hazañas del Papanikolis fue el esconderse en una cueva en las aguas del Jónico, rozando el límite de sus resistencia. Esta cueva se encuentra a bastante profundidad al sur de Lefkada, en un sitio que los locales llaman “aguas negras”. Pero los antiguos pescadores reconvertidos en capitanes de barcas turísticas decidieron que mejor metían al Papanikolis en Meganisi y así todos se hacían la foto con el telón de sus aguas azules.

 

Meganisi cueva

Yo siempre pensé que había gato encerrado pues la cueva no tiene suficiente tamaño como para albergar un submarino con puente y todo. Y aún si lo hubieran metido con calzador, la limpidez de sus aguas hubiera hecho imposible el pasar desapercibido; se vería una mancha oscura en un fondo turquesa. Así que un día se lo pregunte a un antiguo marino amigo mío. Todavía se está riendo. Me dijo: pásate por el museo naval del Pireo y dime si eso cabe en la cueva. Se lo inventó un dia el capitán de un caique y ahora todos se lo creen.


Pues lo que decía, que los futuros visitantes de la tierra verán las tropecientas fotos de la cuevecita de Meganisi con diferentes rostros humanos y fliparan.

Έμαθα πως είσαι μάγκας
είσαι και μερακλής
πως γυρίζεις στις ταβέρνες
είσαι και μπελαλής

Τουρνέ και τούρνε
τουρνενέ
πες το βρε μάγκα
βρε μάγκα μου το ναι

Έμαθα πως παίζεις ζάρια
στις λέσχες πως γυρνάς
και στο σπίτι σου τα βράδια
ποτέ σου δεν πατάς

Τουρνέ και τούρνε…

Supe que eres un mangas
Que te gusta la buena vida
Que frecuentas las tabernas
Y te gustan las peleas.

Gira y gira
Gira
dilo, manga
Dime que sí.

Supe que juegas a los dados
Que frecuentas los clubs
Y que en tu casa por las noches
Nunca pisas.

Gira y gira…

Share: