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crisis griega

Cosas de cabras

Por 2 agosto, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (15 Comentarios)
Que todo vuelva a ser como al comienzo
En los dedos, en los ojos, en los labios
Y dejar la vieja enfermedad
Como la camisa que dejan las serpientes
Amarilla entre los verdes tréboles.
Yorgos Seféris

Cuando las cabras andan por los riscos a veces sucedan cosas indeseadas. Hay playas en Lefkada, de un azul apabullante, de cantos pulidos, redondos y blancos en la orilla, donde se puede correr un peligro inimaginable. El traspiés de una presurosa cabra, saltando de mata en mata, desprende un piedra que resbala dando tumbos por las paredes. Con el impulso que va tomando en su caída, acelera, se precipita con fuerza y choca con los acantilados, desgajando esquirlas y rocas que se suman al tumulto, colisionan a su vez y desatan la debacle de piedras estrelladas contra piedras de la playa que saltan y se sumergen en el azul apabullante del que hablaba. Como el sordo descorchar de una botella espumosa, a un clinc, le sigue un pam y un potoplom de trozos de montaña que se vienen abajo en un alud. Arriba solo el sonar del badajo del rebaño inocente, balando como si el mundo inferior no se desplomara bajo sus pies. Si no eres precavido, una sola cabra puede acabar con tu vida.
Miraba yo las piedras caer. Pensaba en cómo se magnifican las cosas; de una simple piedra a un exponencial estruendo. Y como unos pensamientos llevan a otros sin aparente conexión, acabé meditando sobre cómo ha cambiado esta isla desde que la conocí hace ya muchos años.
La tranquila belleza de este paisaje pasó mucho tiempo desapercibida a los turistas. De hecho Lawrence Durrell escribió de ella que era una isla carente de interés frente a la hermosa Corfú. Un poco presuntuoso, pienso, o quizás falto de tiempo para recorrerla, o pluma rápida; nadie que la conozca puede hacer una afirmación tan superficial e inexacta.
Esta isla fue realmente descubierta por los navegantes que pasaban por aquí en su viaje a las islas griegas, sin percibir que esto ya era una isla y ya era Grecia, y al recalar en alguna bahía en su derrota, se quedaban boquiabiertos ante el paraíso terrenal. Tantas millas para confesar que el famoso poema de Kavafis tenía más verdad en un verso que cientos de derroteros aprendidos de memoria. Yo, después de tantos años y pese a mis creencias, a veces sospecho que en estas islas existe la mano de un  “diseño inteligente” y que realmente son un Disney-archipielago para navegar en familia.
De estos principios  hippies al gran público, la rusa millonaria que se compró Skorpios, los enormes yates o  los  fotones remarcables de Instagram disparados desde ferries y cruceros, enfocando siempre la misma ermita, han pasado unas décadas. Pero Grecia se apiada de nosotros y hace que las cosas vayan lentas; las buenas, pero también las malas. Y si el ser humano tiene una extraña obsesión de ver levantarse una casa allí donde le sorprendió la belleza de una tierra inmaculada, yo veía que la isla se resistía a que le aparecieran construcciones como el moho de un pan bueno. Pero…la piedra primero cae…luego libera otras piedras. En los últimos tiempos las viviendas han tomado carrerilla y avanzan como ejércitos insensibles entre la maleza y los bosques. El otro día me comentaba una amiga de Itaca que el clamor popular ha conseguido parar la construcción de una urbanización de estilo “micénico”. ¿Hasta dónde aguantarán? No lo sé.Hay que aclarar que para construir una casa de 100 metros cuadrados aquí, hace falta excavar la montaña; siempre en pendiente; hacer un camino; siempre en zig-zag, y explanar medio monte para asentar los cimientos potentes de estas construcciones reglamentadas por una normativa antisísmica muy escrupulosa. Es decir para hacer una villa que se habita a lo sumo 2 meses en verano hay que destrozar medio bosque. La calva que dejan en el monte de este paisaje tan verde se ve a la distancia y perdura con los años, a pesar de que la vegetación indómita se empecina en lo contrario.

La crisis actual creo que le ha dado un empujón a la cabra. Los griegos, incluso los humildes, suelen poseer numerosos terrenos heredados de generación en generación. Como no se tributaba por ellos los mantenían sin problema y gracias a ello encontrabas esas islas virginales, sin edificaciones; repletas de rebaños autónomos que pastaban a su antojo. Al aplicarles de golpe un impuesto sobre la propiedad, muchos no pueden pagarlo y acaban vendiendo. La mayoría de los compradores son extranjeros. Poco  a poco, como hacen las hormiguitas, se va cimentando el hormiguero.
La explosión del turismo náutico en la zona ha sido exponencial. Es una de las periferias; provincias en Grecia, que más ingresos perciben durante el año y que hasta se ha permitido hacerle préstamos al gobierno central, en bancarrota. No solamente son los propietarios de barcos de toda Europa que vienen a conocer el archipiélago y que gastan su dinero en tabernas, mecánicos, veleros, varaderos y supermercados;  si no los miles de barcos de alquiler que todas las semanas aparecen como un estallido de velas blancas corriendo en pos de calas ignotas. No conozco a mucha gente que esté en paro en la isla.
Todo tiene que tener un límite, a partir del cual la naturaleza dice que ya no puede más, pero cuando alguien me pregunta si prefiero barcos o casas, la respuesta es evidente: los barcos en invierno se retiran y dejan al agua renovarse, las casas permanecen para siempre, mostrando la vergüenza de nuestra soberbia, vivir unos días ahí donde no llega nadie. Y les muestro el ejemplo español, pan para hoy, hambre para mañana. Y bocadillo para las grandes constructoras.
Así que tras la publicación, emocionante, de que en el cometa 67P  la nave Roseta ha identificado compuestos orgánicos capaces de sintetizar moléculas primordiales fundamentales para la vida, como los aminoácidos, fantaseo sobre la posibilidad de recrear una evolución parecida a la nuestra. Pero enseguida me invade la desazón de imaginar, con el tiempo, a un cometa dando vueltas al universo transportando una Marina D’or llena de turistas en su superficie.

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Calabacines con sentimiento

Por 6 julio, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (7 Comentarios)
Los tiempos son duros y todos los que tienen un pequeño trozo de tierra se han puesto a plantar hortalizas y a dejar corretear gallinas ponedoras, picadoras  y escampadoras de porquería. Como todo agricultor sabe, las verduras no salen por demanda, si no cuando les toca fructificar, así que un mes te puedes encontrar con la despensa llena de berenjenas y al mes siguiente enrojecida por el zumo de tomate triturado. Ahora es el momento de los calabacines. Está siendo un año de buena cosecha.

Si vives en un pueblo y tienes buenos amigos lo normal es que te paren y te digan: tengo unos calabacines para ti. Muchas gracias les respondo, me encantan. Así que abro la nevera y se me caen todos encima.
Me hace gracia, porque te los dan a escondidas. No creo que se deba a que otros vecinos puedan sentirse celosos. Realmente, la única persona que no cultiva calabacines soy yo, todos tienen los suyos. Así que pienso que la clandestinidad se puede deber al temor de que los propios no sean tan gordos y brillantes como los del otro, con las flores tan tersas o las pieles finas y el dadivoso pueda ser considerado como un pésimo agricultor. Abro la nevera y los tengo de todos los tamaños, acostados unos sobre otros, como las botellas de buen vino, con sus florecillas como plumeros amarillos. Uff ¡Qué voy a hacer con vosotros!

He repasado y ejecutado todo la farmacopea calabacitil: rellenos de carne, con salsa de avgo-lemono, flores rellenas de arroz, fritos, en tortilla, con queso. Para no volver a empezar desde el principio, como el CD de un coche en un viaje largo, esta noche voy a inventarme una receta para dar salida a unos cuantos. Los voy a cubrir con una bechamel de mejillones y al horno. No sabía cómo titularlos, por si me salen buenos y tengo que volver a repetirlos, es necesario poder dirigirme a ellos con un nombre. ¿Calabacines del No? ¿Calabazas para Europa? ¿Calabacines a la importancia? ¿Mejillones en carroza? ¿La furia del Eurogrupo? ¿Calabacines enrojecidos de la vergüenza por la prensa tendenciosa? Pero creo que he dado con el apelativo: Calabacines a la Varufakis;o Varukolokizakia que suena mejor en griego. Así, cuando invite a cenar a algunas amigas mías, estoy segura de su aprobación casi sin llevarselos a la boca.

¡Qué bueno!

Pero no solo por eso. Si no porque creo que el gesto de hoy de este político es el digno colofón a una semana de nervios, rumores, desdichas, mentiras y una decisión rotunda a no ser humillados más. Se merece un buen plato histórico de sencillos ingredientes, tal que el pollo Marengo del famoso Napoleón; ese que ideó su cocinero con los pocos víveres que encontró en el campo de batalla. Como se lo merecen todos los griegos, cultivadores o no de verduras. Porque cada vez me emocionan más y me siento más cerca de ellos y de sus calabacines, de su pobreza compartida, de su miseria sonriente, de sus gustos humildes. A todo esto, espero que me salgan bien para estar a la altura de las circunstancias y no me tenga que arrepentir de la dedicatoria y tener que buscarles un nombre de última hora.

Mientras escribía estas notas han llamado a la puerta. Era Kostas, mi viejo amigo pescador últimamente retirado del mar y reconvertido a la agricultura de autoconsumo. Me ha dado una bolsita llena a rebosar y me ha dicho.

– Toma, esta es vuestra parte.
– ¿Nuestra parte?
– Sí, porque vosotros sois de los míos, tanto como mi familia.

Me he quedado inmóvil, sin poder hablar y he metido la cabeza de lleno en la bolsa, como queriendo captar el aroma de la fruta recién cortada. El plástico se inflaba y se desinflaba con mi respiración. Todo antes de mostrarle las lágrimas que me salían solas y sin llamarlas.

Afortunadamente entre muchos calabacines había un pepino y podré hacer ensalada, pero no tengo más remedio que idear otro plato para mañana. Lo titularé calabacines sentimentales, como si fueran unos nocturnos de Chopin. Se admiten sugerencias.

Calabazas de agosto

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