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Derrotero Grecia

A qué huelen los barcos

Por 22 marzo, 2012 Etiquetas: , , Comentar (4 Comentarios)
Que será lo que tiene esto, tan agrio, tan dulce, tan monótono y tan sorprendente que te atrapa; hasta convertirse en el centro de tu existencia. Un barco navegando es hermoso; una imagen reconocida por todos, un lugar común de la belleza de la vida. Pero el iniciado sabe que llegará el momento, si no es capaz de realizar un viaje astral y observarlo todo desde arriba, en el que se preguntará ¿Que hago yo aquí? ¿Por qué no soy como los demás? Como los que ahora duermen en sus mullidas camas, abrigados del frío, secos y confortables; sin una pizca de sal sobre sus pestañas. La respuesta amigo… is blowing in the wind.

Fue una noche de esas, de preguntas, cuando navegábamos por el golfo de Patras. El resultado del no salgamos que tenemos bastante viento de proa y el tenemos que salir porque hemos quedado con unos amigos.

No me pidáis que explique la travesía, los bordos, las decisiones, la fuerza de los vientos, los tormentines, ni los rizos que tomamos; no es mi estilo. Como diría un amigo, los rizos se los toma uno en el bar. A mi me aburren esos relatos y yo intento no hacerlo. Solo diré que La Maga Azul debía lucir hermosa esa noche con la luna, con el viento, con las olas; pero también con la corriente en contra, con el frio de diciembre, con los rociones, con el sueño, con el viento que bufaba como si hubiera salido de un manicomio.

SWScan00001.jpg.A qué huelen los barcos

Que extraña forma de transportarse, de invertir casi un día entero en completar 60 millas, de dibujar zetas y más zetas sobre una línea que teóricamente era recta; que sinsentido para algunos, que desespero, para los terrestres. Pero ¡ay señor! Llegar no se llega igual. Cuando un barco dobla el espigón que lo protege y la mar se calma y el viento ya no importa; cuando el barco, que era una nave, se convierte en casa, por el mero acto de fondear, no hay sensación más placentera. Olor de café recién hecho. Nunca entenderé a aquellos que salen pitando hacia tierra firme, tan pronto como dan la última amarra. Pobres barcos abandonados, cuando venía lo mejor. Que tripulantes tan desagradecidos; buscan su confort lejos de ellos.

Pues eso, que llegamos a Patras, que amarramos, que pusimos las alfombras, que encendimos la lámpara de petróleo, la lámpara china que daba una luz inmensa y un calor agradecido. Y que aunque los ferrys entraban y salían dejando el puerto como una coctelera, se estaba como Dios.

Puerto de Patras

Hacía poco que habíamos pasado por Cerdeña y todavía me quedaba pecorino sardo y “Carta da música”. Esta última, también llamada pane carasau, es un pan ácimo a medias entre la oblea y el cenceño del gazpacho; pero a mí me encantó, sobre todo, su nombre. Según la tradición era un pan típico de pastores y de marineros, por su buena conservación y porque la misma torta, la carta, podía ser utilizada como plato.

Salí a comprar cordero, recogí un poco de hinojo campestre en las afueras de la ciudad y preparé un suculento “angelo a la carta da música”, un sorprendente plato Mediterráneo que, curiosamente, no lleva nada de berenjena.
Cuando todavía murmuraba en el horno, oímos las voces familiares que venían del muelle:

– ¡A del barco! ¡Dios! Que bien huele.
– ¡Hay que ver lo que tarda el autobús de Atenas!

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Mi derrotero de Grecia. Trizonia

Por 11 marzo, 2012 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)
Hay un sordo ruido del pasado
algunas imágenes entrevistas del futuro
Hay una sombra que cae sobre nosotros
como si no tuviera dónde ir
Hay tú
Hay yo
Dos visitantes de este siglo
olvidados por todos.
Dos vencedores sin victoria.
 

Nikos Dimu

 

Lo que tantas veces he dicho y que más me alivia de Grecia, es que las cosas no cambian a la velocidad cuántica; hecho por el cual, por otro lado, se la vilipendia. Puedes volver tras 20 años y encontrarlas perfectamente reconocibles. Un bálsamo para espíritus atribulados. Así que inicio, o más bien continuo, con la serie de relatos de  mi antiguo derrotero griego, aunque solo sea para rescatar preciosos dibujos y hermosos recuerdos. No me pidáis que sea precisa en las fechas; dejémoslo en hace mucho tiempo y ahora; todo mezclado.
He hecho este recorrido muchas veces; este mismo año, dos. Pero no es posible evitar la primera vez, la comparación ingenua con los recuerdos selectivos. Así que navegar por estas aguas y volver a entrar en estos puertos tiene un poco de psicoanálisis, de catarsis, de empezar de nuevo, de enamorarse otra vez;  ya no tanto de la hazaña y del descubrimiento, o del de abrir los ojos bien abiertos para no perdernos nada. Ahora se puede mirar con otros ojos, entrecerrados, con mirada sesgada; o sin ojos.
La isla de Trizonia fue, la primera vez que navegamos por Grecia, una de nuestras etapas en el golfo de Corinto. Era lo más aislado que se podía esperar para una isla a solo 4 millas del continente. Como siempre en este país, había una barca; una barca primordial que unía  la isla con la tierra firme, donde había coches y vida, poca;  donde no se encontraba  todo paralizado, inmovilizado y congelado, sobre todo cuando los blancos montes divinos vomitaban su gélido aliento, como aquellas navidades de hace tanto tiempo. Y la barca iba y venía;  venía e iba, con verduras, panes, maderas, ovejas, turistas, peces, popes, señoras de pañuelo negro, cestas de huevos, patatas… todo, todo lo que una isla pueda necesitar. El Parnaso congelaba la escena, como en una película de Theo Angelópulos. Tan congelada que 20 años después  nadie ha construido un puente, ni un túnel y la barca primordial sigue yendo y viniendo como el péndulo de Foucault, así que sentarse en una taberna y verla alejarse como un punto y retornar, como otro punto y adivinar que traerá en este viaje, es una estupenda forma de hipnotizarse.
trizonia+1.jpg.Mi derrotero de Grecia. Trizonia
Al otro lado del puerto, un letrero decía: Yatch club. Hacia allí nos encaminamos, con unos amigos que habían venido a pasar las fiestas con nosotros; allí donde jamás en mi país y con ese nombre, se me hubiera ocurrido ir; pero dada la atmosfera inmóvil y la ausencia de paseantes nos pareció una buena forma de tomar contacto con el lugar. Como todo club, era inglés. Y era como podéis imaginar…muy inglés.; muy gorgeous; un sitio para degustar un té delicius y donde  intercambiar información con otros navegantes, no griegos, acerca de Grecia. Oh my god, that’s Greece, isn’t that? Mientras se hacía la colada o se ojeaba el último numero del Yatching Monthly . Pero bueno, era great; cumplía su función.
Mucho después, cuando he vuelto a Trizonia, el club se veía abandonado, con su letrero de club casi ilegible y con un extraño olor a tristeza. Me interesé por su historia y descubrí que había un libro titulado Lizzie’s Paradise. La tal Lizzie era una inglesa de mediana edad que decidió remprender su vida, tras una grave enfermedad, en Grecia. De forma, casi casual, encontró una casa en Trizonia, la compro y la convirtió en un club náutico. El libro relata las vicisitudes de Lissie y su hija Allison para poner en orden todo aquello, en una isla sin carreteras y comunicada con el continente por la barca primordial; como subían los materiales por la montaña, los problemas con las autoridades griegas y un sinfín de aventuras vitales; les podía llevar todo un día llevar un cargamento a la casa. ¡That’s incredible! 
Se me ponían los pelos de punta porque me acordaba de unos españoles que habían reconstruido una casa centenaria en Evgiros, en una isla del Jónico; también habían emprendido una aventura loca. La recordaba a ella subiendo por una cuesta empinada y pedregosa, con un colchón de 150 por 2 metros en la cabeza que se quedaba trabado entre los cipreses. Hay gente para todo.
Lizzie abandonó el negocio, pero lo continuó su hija Allison, el club se hizo famoso y todo navegante que se preciara se dejaba caer por el lugar. El lugar debió ver tiempos gloriosos; sobre todo cuando se comenzó la construcción de una marina en su puerto; marina que nunca cumplió su función, pero que se llenó de barcos viajeros, que gustaban de la charla en el club.
 El final de la historia es triste, como ese extraño olor que deja la casa cuando pasas por su lado. Allison apareció un día muerta sin que nadie sepa a ciencia cierta cual fue la causa.
Creo que está en venta. Lo digo por si alguien quiere remprender… la aventura.
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En La Ciudad

Por 8 febrero, 2012 Etiquetas: , Comentar (10 Comentarios)

 

Nos colábamos por la niebla. Sombras de grandes  barcos al ancla; evitarlos. Remota murga de bocinazos de los faros. La calma absoluta. La incertidumbre. Los olores. Los sonidos. La vigilancia extrema. El murmullo de algún motor lejano. El mercante que aparece de la nada. El mercante de cubiertas nevadas. El mercante que viene del norte; del negro mar. Y la silueta que se perfila en la niebla. Que no es solo niebla, si no también  humo y hollín, vapor; humanidad concentrada. 
 

El perfil inconfundible de “La Ciudad”. El perfil que cualquiera dibujaría aún sin haberla conocido. La negra silueta de postizos minaretes de Santa Sofía. La hermosa de miles de aromas y varios nombres; todos griegos. La única que mereció llamarse “La Ciudad”; στην πόλη (stin poli) Estambul. La deseada Bizancio. La añorada Constantinopla.

 

La Mezquita Azul
Por el Bósforo, hasta Bebeck, a cinco millas al norte del Cuerno de Oro; navegábamos fascinados por lo que nos esperaba; porque intuíamos que aquella que poco a poco emergía de la niebla, era una de las más bonitas metrópolis que nunca antes habíamos visto.
 
Bebeck  es  uno de los barrios ricos y exclusivos de Estambul, antigua base de los yates antes de la construcción de las modernas marinas al sur de la ciudad. Huíamos de estas últimas; como todo viajero de presupuesto apretado; cogimos una de las boyas libres y nos amarramos a tierra, dejando el barco muy separado del muelle y bajando con la auxiliar. La cruda realidad es que te fondeas  en medio del Bósforo. El constante ir y venir de los mercantes y petroleros y la ola que entraba con vientos del sur lo hacían un poco incomodo; nada  muy serio; pero gratis en aquel entonces. Sus adinerados vecinos, no tenían inconveniente en que tomáramos agua de sus jardines para llenar los tanques.  Gracias a ello pudimos estar un mes entero en Estambul. 
 
Bebeck
Era en febrero, con un frío glacial, apartando la nieve de la cubierta cada mañana. Fue un mes de un sol inexistente y colores fríos; de vientos grises. Pero la explosión de la ciudad, cada tarde, con la llegada de la noche, con las mezquitas encendidas y los cañonazos, con la gente agolpándose frente a los cafés, haciendo cola en los transbordadores, ante las barcas de enormes sartenes del cuerno de oro, con los gritos de los almuecines y el confuso aroma de los miles de vendedores ambulantes, suplía con creces la usencia de colores. Estábamos en Ramadán.  

Un día largamos amarras y nos juramos no parar hasta ver el sol. Así fue, a muchos  nudos, con viento y corriente a favor; rumbo al sur, donde nos dijeron que había empezado la primavera. Desde entonces no he dejado de añorarla yo también.

 

Fotos y dibujos extraídos  de nuestro artículo “La Maga Azul en Turquía”, publicado en la revista Yate en Diciembre de 1994.
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Antiguo derrotero griego: Lixuri.

Por 5 febrero, 2011 Etiquetas: Comentar (6 Comentarios)

   Lixuri es un pueblo de Cefalonia. Cuando allí estuvimos con el barco, hace 20 años,  era  pequeño; un pequeño pueblo de Cefalonia. Creo que éramos el único velero del puerto.

    Lo bueno de Grecia, lo malo para algunos neoliberales, es que cambia poco. Estuve hace 2 años y todo era perfectamente reconocible.

 
l: 38ª 11,8′ N  y L: 020ª 26,4′ E

  Eos nos hizo un regalo, con sus divinos dedos; de rosa. Las montañas estaban nevadas y había dejado de llover. Nos animamos a caminar.
lixouri.jpg.Antiguo derrotero griego: Lixuri.

   Aquellos fueron los primeros paseos por Grecia, paseos rurales que nos ofrecían un mundo lleno de olivos y burros. Una imagen que se clavó en nuestra retina como los recuerdos infantiles; indelebles. El campo olía a mil cosas, buenas y malas; cosas del campo. Olía a hierba mojada, la que pisaban nuestros pies. Olía a ovejas, las que pastaban a lo lejos; muy empeñadas en producir excrementos, que también  pisaban nuestros pies.
   Cuando cayó la tarde, el pastor y sus ovejas se dirigieron hacia Lixuri, entre balidos y campaneos; nos cruzamos. Decidimos desandar el camino, tras ellos. El perro nos miró con desconfianza.
   Seguimos por las calles de Lixuri a aquella ruidosa y olorosa comparsa hasta llegar a una casa. Tenía un rotulo en la fachada algo descolorido.

Kre-o-po-li-o….Carniceria.
Abrió el carni-pastor la puerta y entraron todas contentas , las infelices,  perseguidas por el perro que les mordía las patas. Se arrebujaron en una esquina bajo un cartel; muy  descriptivo.

   No se organizó ninguna matanza de Texas, horrorizado lector, solo las encerró allí para pasar la noche. En su redil, aprisco, última morada. ¡los corderos durmiendo en la carniceria, bajo los retratos de sus antepasados!
Las chuletas…. soberbias.
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