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Dodecaneso

Hijos de emigrantes

Por 4 febrero, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (6 Comentarios)
Siempre me pareció falso el nombre que nos han dado: emigrantes. 
Pero emigración significa éxodo. Y nosotros 
no hemos salido voluntariamente eligiendo otro país 
para en él establecernos, mejor si es para siempre. 
Nosotros hemos huido. Expulsados somos, desterrados… 
Bertolt Brecht
Estos días pasados leíamos la noticia de los tres bomberos españoles, que habían acudido como voluntarios de una ONG para ayudar en la avalancha de inmigrantes que llegan desde Turquía, apresados por las autoridades griegas en Lesbos. Se les acusaba de tráfico ilegal de personas. Muchos se llevan las manos a la cabeza leyendo esos artículos no muy bien explicados por la prensa. Así que últimamente se repiten las preguntas al respecto y mis amigos se sorprenden cuando conocen la ley. Me gustaría aportar mi grano de arena.Las leyes internacionales marítimas hace obligatoria la asistencia y el auxilio en el mar; ningún capitán se puede negar a ello, sea barco profesional o de recreo. Pero si el salvamento requiere el embarcar personas ilegales a bordo, las circunstancias se complican porque no se puede trasladar individuos sin papeles y desembarcarlos en ningún país sin permiso de las autoridades. Es decir, los puedes embarcar, pero desde ese momento no puedes arribar a ningún puerto y debes esperar a que algún país te deje entrar. Esto fue lo que le paso al pesquero español “Francisco y Catalina” hace algunos años, que rescató a 51 inmigrantes a cien millas de las costas maltesas. Esa ocasión fue especialmente dura, ya que problemas burocráticos impidieron durante ocho días el desembarco de los inmigrantes en tierra; creo recordar que se les acabaron hasta los víveres.El caso de los bomberos es algo diferente ya que sí tenían permiso griego para asistir y trasladar a los náufragos pues colaboraban con proem-aid, organización española no gubernamental para el rescate de personas en el mar. Según sus propias palabras, copiadas de un artículo del Pais:
“Eran las tres y estábamos en la costa ayudando a las personas que acababan de llegar en una embarcación. Entonces, un compañero nos alertó de que otra se estaba hundiendo en mitad del mar. Así que nos fuimos con un barco hacia la zona. Pero no lo encontramos. Navegábamos bastante alejados de la costa. Entonces, otro de los españoles, Manuel Blanco, comentó que nos estábamos acercando a aguas turcas. Decidimos volvernos. Y a los cinco minutos apareció la policía portuaria.
De acuerdo a la versión de los guardias costeros, los bomberos navegaban en una embarcación particular, propiedad al parecer de uno de los voluntarios daneses, también detenido, que no estaba autorizada para llevar a cabo rescates de refugiados.La verdad nunca la sabremos, sobre todo cuando hay por medio juicios y abogados. El caso es que las leyes están para cumplirlas, desgraciadamente incluso cuando nos parecen injustas, pero mucho más en zonas de conflictos como son las fronteras entre Grecia y Turquía. Este último país no ha parado de denunciar violaciones de sus aguas a cargo de las embarcaciones de salvamento. Los turcos no se andan con chiquitas y que no se nos olvide que derribaron un avión de combate ruso por motivos parecidos. Es posible que por estas u otras razones, ciertas autoridades griegas estén empezando a atársela con papel de fumar.Quién sabe.

El inconveniente de esta reglamentación es que las consecuencias son atroces tanto para los refugiados como para los griegos. Numerosos barcos de crucero o embarcaciones deportivas alteran sus recorridos para no verse inmiscuidos en fregados interminables con la policía y arruinar las vacaciones de sus pasajeros. Un país que vive casi exclusivamente de los ingresos del turismo y unas personas desesperadas que huyen de una guerra que no provocaron. Por no hablar de los casos de hacer la vista gorda a un naufragio en el mar; algunos contrastados y, desgraciadamente, cientos que nunca conoceremos. La crueldad humana es inimaginable.

Hasta ahora los socios de la UE tan solo han acogido a una ínfima parte de los refugiados que se comprometieron dentro del programa de re-ubicación. Pero en Europa, cada vez más, se alzan las voces pidiendo eliminar a Grecia  de la zona Schengen. Solo la mera petición revuelve el intestino y sobrepasa lo más rastrero alcanzado jamás por la Unión Europea en esta crisis. Los problemas del vecino no son los míos. Algo tan brutal como la reclusión de los leprosos de por vida en los Lazaretos.

Yo solo he tenido una experiencia de encuentro con embarcaciones ilegales, pero las condiciones no fueron tan dramáticas. A unas millas al sur de Formentera localizamos un pequeño pesquero a la deriva que llevaba unas 6 personas a bordo. Solo pedían gas oil y agua para proseguir su viaje. Nos pusimos en contacto con la estación radio costera que nos ordenó permanecer en sus inmediaciones hasta la llegada de la patrullera de la Guardia Civil. Siempre me he preguntado qué hubiera hecho si las circunstancias hubieran sido críticas ¿Los hubiera embarcado? Creo que la respuesta es que sí. Porque las leyes están para incumplirlas cuando son injustas y crueles; si no lo hiciéramos  ¿dónde nos quedaría nuestra dignidad?esa sin la cual es imposible levantarse por las mañanas. Quién de nosotros no ha oído, en boca de nuestros padres y abuelos, historias de desarraigo, éxodos y exilios; conversaciones de recurso tras las largas comilonas familiares. Todos somos hijos de emigrantes.

En la  peor crisis humanitaria a la que se enfrenta Europa desde la Segunda Guerra Mundial salvan el tipo los de siempre; los ciudadanos de a pie, sencillos y anónimos de las islas griegas con algo más de sensibilidad que nuestros representantes. Empatía es una palabra griega. Los casos son innumerables pero voy a poner el ejemplo que más trascendencia ha tenido en los medios: el panadero de Kos.
Su familia huyó de la invasión turca de Esmirna en 1922, que desplazó a un millón de griegos, muchos de los cuales se refugiaron en Australia.  Dionisis, el panadero, sabe  lo que es ser hijo de refugiado. Todos los días, sobrepasa la producción habitual de su panadería en 100 kilos de bollos. Con su furgoneta se presenta frente a la comisaría de la policía y organiza la larga fila para repartir gratis el pan.
Cuando Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, visitó la isla dijo: “Europa no es un grupo de ultras que se reúnen para quemar un albergue de sirios. Europa es el panadero de Kos, que ofrece su pan gratis para paliar el hambre de los refugiados”.  Cinismo es una palabra europea pero tiene origen griego.

Desde el comienzo de la crisis de refugiados, pescadores, amas de casa, pensionistas, profesores de las islas griegas y otros voluntarios han abierto sus casas y sus corazones para salvar a niños, hombres y mujeres refugiados que huyen de la guerra y el terror por lo cual se les ha propuesto para el premio nobel de la paz. La iniciativa, secundada por Avaaz  ya cuenta con más de 600.000 firmas. Si se lo conceden me alegraré mucho. Pero me imagino a la academia sueca entregando el galardón en un acto solemne y pomposo. La hipocresía, otra vez más, es un término griego que significa sobre-actuar, representar lo que no eres.

 

Μουσική: Zülfü Livaneli
Στίχοι:Λευτέρης Παπαδόπουλος
Ερμηνεία:Μαρία Φαραντούρη


Σαν τον μετανάστη στη δική σου γη,
μέρα-νύχτα λύνεις-δένεις την πληγή
κι όλα γύρω ξένα κι όλα πετρωμένα
και δεν ξημερώνει να ‘ρθει η χαραυγή.

Στράγγισε η ζωή σου που αιμορραγεί,
κάθε ώρα πόνος, τρόμος και κραυγή
και σ’ ακούν οι ξένοι κι ο αδερφός σωπαίνει.
Αχ, δεν είναι άλλη πιο βαθειά πληγή!

Σύρμα κι άλλο σύρμα και χοντρό γυαλί,
μάτωσε ο ήλιος την ανατολή.
Κλαις κι αναστενάζεις, λευτεριά φωνάζεις,
μα η ελπίδα μαύρο, άπιαστο πουλί.

Música:Zülfü Livaneli
Letra: Lefteri Papadopulos
Canta: María Faranduri


Como el emigrante en tu tierra
noche tras noche venda y desvenda su herida
y todo en torno a él es extraño y petrificado
y no amanece ni viene la aurora

Agotada tu vida en una hemorragia
a cada instante dolor, miedo y grito
y te oyen los extranjeros y el hermano calla
¡Aj, no existe herida más profunda!

Valla y otra valla y un vidrio grueso
ensangrientan el sol de oriente
Lloras y suspiras, libertad gritas
pero la esperanza es un negro pájaro intangible.



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La luz y la pobreza

Por 2 octubre, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (19 Comentarios)

Cuando le preguntaban a Henry Miller sobre cuáles eran las cosas que le habían gustado más de Grecia, él respondía: la luz y la pobreza. La respuesta era sin duda sorprendente, incluso podía ser considerada por algunos cómo una insolencia o una originalidad del excéntrico escritor; olvidando que Miller no era un rico americano cuando visitó el país heleno para escribir su Coloso de Marusi. Pero a nada que se profundiza un poco en Grecia, si esto se comienza a percibir como una experiencia singular, la frase cobra todo su significado. La luz es incontestable; más que una visión clara es un estado vital, una auténtica conmoción al contemplar el mar, una ermita, un paisaje, un cielo infinito, que no sabes bien si la produce el viento furibundo y loco que azota la tierra y barre el aire hasta dejarlo limpio como un recién nacido o la fuerza romántica y planetaria que emerge de sus piedras, sus columnas, sus mitos y sus cuentos inolvidables para transportarnos al ensueño de una tierra todavía por estrenar. Y en cuanto a la pobreza, la gallardía de hacer memorable hasta el alimento o acontecimiento más sencillo; un racimo de uvas, un higo, unas almendras, un vaso de agua fresca, una pequeña conversación o la sombra de un árbol; como si fuera un encuentro iniciático con sus antiguos dioses y misterios, eso, lo empiezas a sentir cuando tienes la suerte de charlar un poco con la gente humilde de las pequeñas islas. En ese momento ya estarás deslumbrado, perdido y ciego.Venía yo reflexionando sobre lo anterior y haciéndolo extensivo al “pobre” paisaje de Astipalea, una isla roca, marrón, recortada, con un escenario uniforme hasta el aburrimiento y donde cualquier repliegue de su orografía que da lugar a la existencia de un vegetal constituye una feliz ocurrencia. Solo el rojizo de la tierra, el azul del mar y las espumas blancas de las olas chocando contra sus farallones; la hermosura de la nada, extendida por millas y millas de costa elevaban el ánimo hasta la alegría. Así que doblar el recodo y encontrar la Jora blanca te produce un susto cegador, te hace entornar los ojos y protegerlos con la mano para poder admirar sus contornos limpios, cúbicos, escalonados, con el castro en la cumbre y sus cúpulas azules, como fanales celestes. Siempre me pareció que esas bóvedas pintadas de añil, pequeños espejos esféricos donde reflejar el cielo, crean más sensación de infinito y eternidad que las enormes catedrales, sean del credo que sean; seguramente es el efecto deseado por su constructor.

 

Astipalea es eso, una isla vacía, una Jora luminosa y algún que otro grupo de casas aisladas y casi sin habitar. Marrón, blanco, azul, marrón blanco, azul. La luz y la pobreza. Pasear por sus caminos es flotar en un espacio ingrávido donde tus pies avanzan pero tus sentidos no notan la más mínima alteración, formar parte de un lienzo de un pintor exquisito que resolvió su obra con pocos colores, muchos matices y un resultado elegante.

Dejando el espíritu, colmado, y volviendo a las cosas prosaicas, del cuerpo mortal, es necesario puntualizar que a veces, la pobreza, obliga a tirar de imaginación culinaria porque no es fácil encontrar productos frescos en estas islas, al margen de las ubicuas berenjenas y los siempre presentes tomates. Ya habíamos intentado en una carnicería de la jora lo que parecía una solución brillante y ya largo tiempo deseada de ¡un cordero al horno! Pero el carnicero dijo que no quedaba ninguno y que había que esperar unos meses a que crecieran los recién paridos. Y con cierta cara de asco añadió que tenía chuletas congeladas, pero de Irlanda. Pues no señor, agradezco su sinceridad que le va a llevar a no vendernos nada, pero  de esos corderos sin nombre y sin balidos no queremos, seguiremos con nuestra dieta vegana obligatoria desde hace unas semanas.

Los días pasaron entre tomates y berenjenas, hasta Maltezana y un paseo; cuatro casas y dos apartamentos para turistas ya cerrados. Un corral destartalado entre paso y paso, con un cartel de “Se vende pollo, conejo, perdices y huevos”. Llamamos a la puerta de cartón. Llamamos con insistencia. Llamamos con tanta fuerza que unos vecinos salieron a ayudarnos y empezaron a vocear requiriendo a Yanis, al Yanis que estaba allí pero que era un poco sordo y andaría en el huerto. Pero al final salió una señora, la señora de Yanis.

– ¿Tienen conejo?

– No

– ¿Y pollo?

– Tampoco.

Dos perdices en sus jaulas miraban con un ojo desorbitado y el alma en vilo por si seguíamos con la retahíla de peticiones de acuerdo al cartel.

– Ya los hemos matado todos y ahora hay que esperar a que crezcan los nuevos. Solo tengo huevos, berenjenas y tomates.

Y entonces apareció Yianis, delgado como una caña y esos ojos rojos de conjuntivitis crónica de la gente que ha contemplado mucho el mar sin resguardarse. Su mirada era translucida y azul, como si se hubiera quedado teñida con el esmalte del salitre y de los vientos. Dijo que había sido marino. Ya lo sabíamos nada más verle. Recitó una sucesión de palabras y frases en español pícaro, mal acentuadas por el olvido y los años, mientras cerraba los parpados evocando grandes momentos de tropelías mozas.

Le compramos huevos y berenjenas, qué otra cosa se podría hacer a la espera de ver crecer los animales de esa isla donde no se les ocurría que valía la pena criar algunos más. Comenzamos a charlar. La típica cháchara informal de ¿Cómo es el invierno aquí? ¿Cómo van las cosas por España? Y ya cuando se fue caldeando les pregunté por las elecciones del siguiente domingo 20 de septiembre.

– ¿Qué queréis que os diga? Qué me importa un bledo. Nada va a mejorar la vida para nosotros si gana uno u otro. ¿Sabes qué? Qué siempre que vienen los comunistas queriendo cambiarlo todo, este país acaba en un lio.

– ¿Dónde están esos comunistas?- dije yo- ahora ya todos dicen y hacen lo mismo. Lo único es pensar que los antiguos partidos robaron como cacos y estos no… Todavía.

Yanis se enderezó de la silla donde estaba encorvado, abrió bien los ojos de mirada transparente que comenzaron a sonreír mucho antes que sus labios y mucho antes que una sonora carcajada atronase el corral y aterrorizara a las perdices.

– Y nosotros, también robábamos. Los pequeños robamos al estado y el estado nos roba a nosotros. Y ahora quieren birlar más, subiendo los impuestos, pues seguiremos como estábamos, sisando. Eso no lo entienden los del norte, ellos vienen aquí buscando la playa y el sol y no encuentran más que la playa y el sol; luego vuelven a sus lugares tristes y grises, donde viven como máquinas, trabajando días enteros para poder comprar cosas que no sirven para nada, para seguir viviendo en sus ciudades grises y sus casas grises, siempre anhelando el mar y el sol sin remedio. No lo saben, son bárbaros, viven como autómatas unas vidas obligadas y no despiertan jamás. Yo cuando despierto por la mañana me voy al café a charlar con los amigos y luego a pescar con la barca de mí primo. Hay otra vida pero a mí no me interesa- Y soltó otro estallido de risa.

Yo pensé en meter baza en su discurso primario y extrovertido de niño grande que dice exactamente lo que piensa, pero quizás era mejor dejar hablar a ese personaje que empezaba a asomar de las páginas de un libro de Kazantzakis. Tenía en sus ojos el reflejo de todos los mares del mundo. Abandoné por completo la idea de preguntarle por qué no criaban más animales en la isla si se les terminaban tan pronto. Supongo que la respuesta hubiera sido tan simple y tan obvia que me hubiera dado la risa a mí también: la luz y la pobreza.

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Las buenas maniobras llevan a buenos puertos

Por 26 septiembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (18 Comentarios)
El trabajo de marino es una de las profesiones en las que más conocimientos se requieren en disciplinas tan dispares y alejadas entre sí como astronomía, derecho, pesca, meteorología, construcción naval, oceanografía, mecánica, reglamento, radiotelefonía, maniobras y hoy en día hasta informática. Tanto es así que un verdadero capitán no para de aprender en toda su vida laboral, lo cual también es un reto estimulante. Adquirir destreza en las maniobras es cuestión de experiencia, pero también de una actitud personal por buscar las cosas bien hechas. La navegación de recreo; sobre todo la del alquiler esporádico y veraniego, pierde la perspectiva de que los barcos son tanto técnica como arte; razón por la cual una maniobra debe ser elegante y sin artificios, como la buena música o la literatura; ya que las bellas maniobras llevan al barco a lugares hermosos, como las palabras meticulosamente escogidas llevan al texto a convertirse en una novela brillante. No solo hablo de veleros con tripulaciones numerosas en las que cada uno sabe lo que tiene que hacer y producen el resultado de un afinado concierto bajo la batuta de un buen capitán; si no que también me refiero a los pequeños barcos de solitarios o de pocas manos disponibles; igualmente en ellos, la elegancia es lo último que se tiene que perder. No soy amiga de contar historias marineras, pero esta vez me voy a permitir el desliz, lo más breve posible.

Llegábamos a Astipalea por el norte de la isla, viento a favor con un meltemi no excesivo  pero que se había puesto a cargar en las últimas millas. La Maga es un queche y llevábamos todo el trapo arriba; genova, mayor y mesana. El barco empezaba a ponerse duro al gobierno y era necesario quitar la mayor para finalizar la recalada viento en popa. En esas condiciones, intentar arriar la vela, aconchada fuertemente contra el mástil  es casi imposible, algo parecido a parar un coche acelerado por la bajada de una larga pendiente sin disponer de frenos, la única solución es girar y colocarlo cuesta arriba. Recogimos la vela de proa, orzamos y cazamos la mesana todo lo posible para que dejara el barco proa al viento; maravillosos queches que permiten estas y otras muchas cosas; pero la ola empezaba a ponerse muy vertical, al subir el fondo considerablemente de prisa a barlovento de la costa y empujaba la proa del barco sacándolo de rumbo.

Yo tuve un momento de debilidad y pregunté si arrancaba el motor para intentar mantener la proa. Una voz en mi interior me decía que eso no estaba del todo bien, pero otra voz más potente protestó: ¡Eso es una cochinada! Me entró la risa porque imaginé el mar lleno de basuras y desperdicios por mi error ¿Quizás yo también me estuviera embruteciendo? Tenían razón esas voces que me daban una lección de buena paciencia marinera; las prisas y la pereza están totalmente reñidas con las buenas prácticas del mar. Sacamos un pedazo de génova y acuartelamos el barco, entre la vela de proa y la de popa, el velero se quedó elegantemente parado subiendo y bajando las olas con dulzura. Pudimos arriar la mayor sin prisas y sin dificultades para poner nuevo rumbo a una ensenada difícil de localizar, entre los acantilados y las espumas de las olas que rompían contra la costa. Y ahí viene la siguiente disciplina: la navegación exquisita y sin errores para no fallar la recalada, pero esta vez no me voy a echar faroles; la navegación electrónica y el radar son grandes inventos de estos tiempos.

Entre las rocas peladas se abrió de sopetón, como un hachazo en la montaña, un estrecho canal que conducía a una espléndida ensenada protegida por los cuatro puntos cardinales y desventada, como una balsa tranquila, indiferente al tumulto de olas cruzadas y aullidos de viento que había en su entrada. Era el abrigo total que uno siempre imagina cuando se enfrenta a mares difíciles. De hecho la rada es utilizada por los pescadores cuando faenan por el norte de la isla y son sorprendidos por el mal tiempo o incluso cuando quieren dejar su barco a buen recaudo durante las temporadas de veda. Una bahía redonda entre montañas desiertas con cuatro casas sin pintar y sin peinar, como recién levantadas de la siesta y un balido persistente de los rebaños en la orilla. Una antigua fábrica de cal hoy abandonada, daba un detalle de industria desvencijada de pasados más célebres. Aquel sitio confortable y acogedor me hizo pensar en que los lugares no son lo que parecen realmente si no que la forma de acceder a ellos y las circunstancias nos muestran caras diferentes. Llegar a Vathi con la culpabilidad de haber hecho las cosas mal no hubiera tenido el mismo significado.

Vathi, Astipalea, un día de meltemi. Fotografía de expressonews.gr

De las cuatro casas, esto no es sorprendente, una era una taberna tan destartaladamente encantadora que no dejaba más opción que bajar a visitarla ¿Quién se dejará caer por aquí a parte de los yates del verano? La tabernera era una mujer desenvuelta que resultaba atrevida de pura espontaneidad y nos llamaba corazón mío, ojos míos, alma mía, niños míos, vidas mías y otra vez vuelta a empezar con corazones. Sin hacerle la más mínima pregunta nos las respondió todas. Sobre su vida en el Pireo y cuando se trasladó a la isla; ahora ya no volvería por nada del mundo a la ciudad donde nadie te conoce y donde te mueres en una esquina sin que te miren. Nos informó sobre la fábrica de cal y los años en que Vathi era un hervidero de barcos cargando polvo blanco, yendo y viniendo a todas horas. Luego la cerraron y todos se fueron a vivir a otro lado, pero ella no, porque qué iba a hacer ella en Atenas a estas alturas.

-Aquí en esta taberna, corazones, somos todos como una familia y los pescadores vienen de vez en cuando a refugiarse y a contarnos chismes y aventuras, así que ¿Cómo voy a cerrar el local? Sobre todo en invierno, cuando más falta les hace.

Hoy justamente habían llegado barcas con salmonetes ¿Os pongo unos pocos, ojos míos? Debió de vernos la mirada de aparición milagrosa porque desapareció en la cocina para prepararlos. ¡Y unas berenjenas! Exclamé cuando se alejaba. Vino corriendo y muy seria me dijo que eso que pedía era mucha faena. No lo entendí muy bien pero para qué discutir con semejante elemento.

– Lo tenías que haber encargado antes. Si quieres patatas, bien.

– Ah. Vale, patatas ¿Y pulpo?

– Ahora veo lo que se puede hacer, corazón mío. Pero sobre todo, no le deis de comer al gato. Los turistas tienen la manía de tirarle espinas, yo les digo que no lo hagan, pero como solo hablo griego no me hacen caso. El pobrecillo, por las noches, tiene unos cólicos espantosos.- Me quedé mirando al tigre bengalí que dormitaba orondo sobre un cojín de una silla y bostezaba por alusiones.

Había al fondo, en una parte del establecimiento algo más abrigada del exterior por unos ventanales de madera, una gran mesa redonda donde se sentaba la gran familia de la que hablaba ella, los marineros recién llegados se acercaban a saludar con grandes aspavientos y eran recibidos con cálidos ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo no venías por aquí? ¿El meltemi? ¿Cómo anda el abuelo? La reina de corazones corría atosigada por los encargos y los abrazos de reencuentros. La mesa se fue llenando de aparecidos que pedían ouzos, cervezas, cafés y la taberna  se caldeaba con ese apacible afecto de los sitios remotos donde siempre hay un recodo de misericordia esperando. Se comentaban partidos, se discutían lances de pesca, se despotricaba del gobierno pasado y venidero; mientras se iba llenando de humo y vocerío.

Y nosotros, sonrientes, charlábamos sobre las maniobras, las malas y las buenas, las que te traen a sitios tan extraordinarios como este. O quizás, pensándolo bien, hacen sorprendentes los sitios a los que llegas porque, al fin y al cabo, todo en la vida es relativo.

– ¿Podrías traer más vino?

– Mira, corazón-ojos-cielos-entretelas y alma mía. Coge la jarra y te lo sirves tu misma de la nevera, que yo tengo mucho trabajo.

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