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Egeo

El viento de Syros

Por 24 enero, 2017 Etiquetas: , , , Comentar (10 Comentarios)

Los nombres de los negocios y establecimientos a veces son un poco pretenciosos, imposibles o desorientadores y nos hacen preguntarnos el porqué de dicho apodo, qué pensó su dueño y cuál fue la curiosa historia que llevó a la elección de semejante sello, pero no nos atrevemos a sonsacar, pues suponemos que puede estar harto de explicarlo a todo el mundo.

Una vez me encontré una carnicería que se llamaba, “Rosa de los vientos”, ανεμολόγιο en griego. El letrero de colores me intrigó y desafió mi imaginación, desde entonces no he cesado en buscar la relación entre ambos conceptos; carne y aire, chicha y corriente, músculo y céfiro. Con el paso del tiempo se me olvidó, pero volvió a resurgir con fuerza la pugna cuando me topé con una ψησταριά con el mismo nombre: Rosa de los vientos. Una ψησταριά es un asador de carbón, un tiovivo de pollos, corderos y tripejas enrolladas, girando hasta el aburrimiento, como gira el mundo, como gira el universo y el aroma irresistible de las piezas en el espeto ¿Sería por eso? La tierra al girar produce el viento, como las barras metálicas ensartadas de esas piezas apetitosas difunden los olores. No sé, puestos a emparejar, ya se sabe que es posible hacerlo con el tocino y la velocidad ¿por qué no entre chuletas y brisas?

En Syros volví a encontrar una “Rosa de los vientos” pero esta vez eran unos apartamentos de alquiler. Aquí el nombre estaría más justificado. Yo imaginaba una persona en el balcón, al punto del vuelo, con el cabello revoloteando, con el fondo del cielo y mar azul batido por el Meltemi de verano y los Nortes de invierno, hasta la demencia. Las Cícladas, al estar en el centro del Egeo son las islas más ventosas y en concreto Syros, que está en el eje del archipiélago, es la isla por la que todo tiene que pasar, hasta el viento.

Aunque algunos vientos reciben nombres locales, hay una especie de convención pan-mediterránea de denominar a los grandes vientos, los más comunes, de manera parecida a una parte y otra del mar. Situándonos en un punto central imaginario, intermedio entre Creta y Malta, los vientos se denominan según su procedencia. Así el Siroco es el viento del sureste, el que viene de Siria. El Gregal o Greco es el viento de dirección noreste, la actual Grecia. El Mistral, Maestro o Maestrale es el viento del noroeste, el viento que provenía del centro del mundo: Roma. Y el Libeccio o Libico, el viento que venía de Libia. Aunque yo siempre mantengo que pudo ser el revés, que alguno de estos vientos tenía ya de por sí tanta presencia y personalidad que sustantivaban a los países de donde provenían.

En Syros está la capital de las Cicladas; Ermoúpolis. La ciudad pierde el toque pueblerino de las islas cercanas y se hace más cosmopolita. Su puerto, en el centro del Egeo, llegó a ser uno de los principales tras la independencia de Grecia y se convirtió en el centro naviero y comercial del recién estrenado país. Tuvo uno de los astilleros más importantes y productivos que atrajo dinero y población extranjera. Cuatro años después de la emancipación de Turquía solo tenía una iglesia y un puñado de casas, a finales de siglo, las desnudas rocas grises y las playas de guijarros se transformaron en viviendas y calles para albergar una población de cerca de 50.000 personas, una ciudad cosmopolita dividida en dos colinas, con su barrio católico y su barrio ortodoxo. Cuando el Pireo tomó el relvo, a finales de 1800, Syros quedó convertida en una dama distinguida que vive de sus recuerdos y viejos tiempos, con sus elegantes edificios neoclásicos, hoy anacrónicos, como joyas inservibles y con un pretencioso teatro Apollo copia de la mismísima Scala de Milan. Con el declive naval de Syros, también se asistió a la caída y desaparición de los grandes veleros de carga y cabotaje, dejando paso al modernísimo vapor. Los mástiles se amontonaban en las esquinas sucias de los puertos mientras las chimeneas resoplaban orgullosas. El viento siguió siendo importante, pero ya no indispensable.

 

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Hoy las tornas han cambiado otra vez y el puerto de Ermupolis vuelve a albergar a los numerosos veleros de alquiler, en la temporada estival, de tripulaciones de todo el mundo, que poco a poco ocupan los muelles y desplazan a los vapores y ferris. Estos también, amedrentados por la feroz fama del Meltemi andan día y noche consultando las previsiones meteorológicas y la fuerza de los vientos.

Debido a la categoría de su puerto marítimo, Syros fue una de las islas que más refugiados recibió tras la crisis de 1922, la expulsión de la población griega residente en Turquía y la quema de Esmirna. Algunos de los emigrantes trajeron su música popular que, enriquecida con otros elementos, convirtió a la isla en una de las cunas de la rebétika. Quisieron las musas que en la isla, en el barrio católico, naciera uno de los mejores compositores de rebétika de todos los tiempos: Markos Vamvakaris, Ο Μαρκος.

A la edad de 12 años, Markos, huyó de Ermupolis y desembarcó en un Pireo efervescente. El puerto de los expatriados y del lumpen, de las drogas y la prostitución; se sumergió en la melodía de un mundo que marcaría su vida para siempre. Fascinado por un hombre que tocaba el buzuki en un café, juró que si no aprendía a tocarlo en 6 meses se cortaría los dedos con una cuchilla de carnicero; instrumento que conocía bien por sus trabajo habitual como carnicero y matarife. La música era la única forma de redimirse en un mundo tan sangriento y sórdido. Compuso sus mejores canciones con los recuerdos de los aullidos del Meltemi en su isla natal y el chillido salvaje de las reses en el matadero de Atenas y nos dejó baladas tan hermosas como la que pongo más abajo.

Yo me conformé con haber encontrado el engarce entre los dos eslabones; la carne y el viento. Correspondencia que, aunque un poco endeble, me permitía descargarme de mi obsesión y respirar complacida viendo letreros sin preocuparme. Pero algún tiempo después, paseando por las calles me topé con una peluquería canina que se llamaba Ο Ανεμοστρόβιλος, El Tornado. Me desesperé al principio por la intriga, pero rápidamente me tranquilicé imaginando a sus clientes todos cardados, con sus pelos de punta, electrizados por el secador, los rabos enroscados, huyendo del salón de belleza, apresurados y dando vueltas alrededor del árbol más próximo en pos de cualquier meada como almas que lleva el diablo. Pues sí, es bastante descriptivo, yo misma lo habría elegido también.

Μες στη χασάπικη αγορά ένα χασαπάκι,
με την ελίτσα και τα φρίδια τα σμιχτά
όταν με βλέπει και περνάω από μπροστά του
τη μαχαιρίτσα του στο κούτσουρο χτυπά.

Τα μάγουλα του κοκκινίζουν και με σφάζουν
η όμορφιά του μ’ έχει κάνει σαν τρελή
με γοητεύει, με μαγεύει, με παιδεύει
τον έσυμπάθησα, μανούλα μου, πολύ.

Έχει ένα μπόι λεβεντιά, σαν τη λαμπάδα
να ξέρες, μάνα μου, πολύ τον αγαπώ
κι αν δεν το πάρω, να το ξέρεις θα χτικιάσω,
γιαυτόνε, μάνα μου, στη μαύρη γη θα μπω

En el mercado de la carne un carnicerito,
aceitunado y cejijunto
cuando me ve pasar por delante
su cuchillito golpea contra el tajo.

Sus mejillas se sonrojan y me matan
su belleza me ha vuelto loca
me seduce, me embruja, me mortifica,
me gusta, mamita mía, mucho.

Tiene una talla elegante, como un cirio
Qué sepas, mamita mía, que le amo
y si no lo consigo, qué lo sepas, enfermaré
por ello, mamita mía, en la negra tierra entraré.

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De cómo una isla se elevó a los cielos

Por 14 enero, 2017 Etiquetas: , , , , , Comentar (12 Comentarios)

La divina Calipso le dijo a Ulises que si quería navegar rumbo a oriente debía llevar a su izquierda a aquella que nunca se baña en el mar. Con un dulce viento, Ulises, sentado al timón, vigilaba a las Pléyades y al carro de la Osa que gira sin dejar de acechar a Orión.

La ninfa Calisto, fue condenada con su hijo Arkás; αρκούδα es oso en griego; a no aparecer por el este y desaparecer por el oeste, sino permanecer dando vueltas en el firmamento. Zeus, fue su amante y para evitar las iras de su esposa Hera, los transformó en osos los agarró de la cola y los lanzó al cielo donde quedaron prendidos para la eternidad formando la osa mayor y la osa menor. La desgraciada ninfa nunca se acercaría al reino marino y daría giros infinitos sin tocarlo.

Así hicimos nosotros, sin desorientarnos ni un grado, navegamos rumbo a oriente hasta darnos de bruces con Asia.

Andaba yo inapetente y aburrida con el sube y baja de la costa y los golfos y los cabos que dibujan un mundo que luego sale en las bolas del mundo y la terra trema corría monótona de norte a sur sin un solo aliciente. Yo ansiaba una piedra a la deriva para rodearla, una roca salpicada por todos los vientos y muchas olas. Así que por mi insistencia dimos rumbo a Simi, a pesar de la prohibición, por aquel entonces, de navegar en zig-zag entre la costa turca y las islas griegas. Nada esperaba de la elección, al fin y al cabo nada cambia tanto en unas millas de mar a pesar de pertenecer a diferentes países, tanto una como otra fueron  Grecia en la antigüedad y todas las orillas tenían idéntico color.

Lo singular de acercarte a una isla desconocida por el mar es que la ves crecer y desarrollarse, como un huevo de gigante. Al principio flotaba como un corcho azulado en el agua, acabó eclosionando y permitió que nos adentráramos por sus fracturas, buscando el germen. Seguimos navegando por sus pliegues y hendiduras esperando ver las plumas del pollito feo. Y al final sí, se rompió del todo y se dividió para mostrar totalmente su interior. Pero no encontré feos pájaros en Simi.

No podría explicar lo que me sucedió, ni creo que nadie pueda revivirlo tal y como lo sentí, ni siquiera yo misma, y menos tras más de 20 años de no haber estado allí. Noté un escalofrió que me recorría la columna vertebral, se me nubló la visτa y mis ojos se llenaron de lágrimas sin ningún motivo, me tuve que sentar en cubierta deslumbrada, sin poder pensar en la maniobra. El puerto se abría como un salón de baile, sus casas en filas ascendentes parecían los integrantes de un coro polifónico, preparados para entonar una melodía sobrecogedora, pero ningún sonido salía de sus bocas de piedra. La superficie del mar duplicaba el tono de los cantantes que entornaban sus persianas de colores. Tuve una alucinación parecida a la de Stendhal cuando deambulando por Florencia fue arrastrado por la saturación de la belleza, pero a diferencia de él yo solo contemplaba un pequeño pueblo del Egeo.

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». Stendhal

Pronto se me pasó, cuando amarramos en el bullicioso puerto entre los vendedores de pescado y los puestos de esponjas, sobre unas aguas alegres que reverberaban el resplandor del sol hasta hacerlo invisible.

Volví varias veces a Simi y una de las ocasiones, no recuerdo muy bien cuando, ya de noche, una mujer mayor se cruzó en mi camino cuando deambulaba por las callejuelas empinadas del puerto. Llevaba un pañuelo blanco anudado en la cabeza, aunque el resto de su atuendo era negro y una vela delgaducha encendía su sonrisa. Me paró, me miró y me cogió del brazo, transmitiendo con el roce una dulzura y familiaridad sorprendentes.

– Η Παναγιά , έλα πάμε. La virgen, venga vamos.

Señaló hacia la cuesta que subía hacia la iglesia donde se oían rumores, oraciones, murmullos religiosos y pasos apresurados. Mi voluntad se quedó muda y seguí a la desconocida por la escalera como res al matadero. La subida se iluminaba con cientos de candilejas que se iban agrupando y cuando llegamos arriba la plaza ardía entre las llamas de los cirios, alumbrando las caras pálidas de los oficiantes que miraban embelesados un icono de la Virgen ortodoxa; de esas que parecen atravesarte con su mirada sin que tu puedas esconderte; mientras que del interior de una capilla dorada salía luminosidad a borbotones. Un agudo olor a cera y a iglesia antigua me dejó aturdida; me remataron las llamitas de las candelas que dejaban un humo narcótico en mis narices. Me puse a llorar electrizada, mientras mi acompañante me apretaba el brazo y comprendía ¿No era aquello la procesión más bonita del mundo? ¿Cómo no iba yo a emocionarme? En un descuido me lancé escaleras abajo y me fui a hacer un sortilegio en las aguas del mar, por si acaso los espíritus me habían poseído, cosa frecuente en Grecia, donde la ilusión y la realidad a menudo se confunden.

cirio

A los ídolos más admirados y los monstruos más temidos por nuestros antepasados podemos buscarlos en los cielos. Muchos de los personajes de Jasón y sus argonautas y su viaje en pos del vellocino de oro aparecen dibujados en los signos del zodiaco, lo que demuestra la categoría de esta aventura para el mundo clásico. Así Aries hace referencia al propio carnero del vellocino, Leo al león de Nemea de Heracles, al que se le representa siempre vestido con su piel, Géminis a los gemelos Cástor y Pólux, Virgo a la sacerdotisa del templo donde se custodiaba el vellocino. También existe una Argos Navis, una constelación del hemisferio sur, que se extiende desde Can Mayor a la Cruz del Sur.

Fue Eratóstenes quien se tomó la tarea de articular los antiguos mitos y su ascensión a los cielos. Su obra Catesterismo recoge estas hazañas mitológicas de la tradición popular intentando aunar las múltiples interpretaciones. El propio autor ideó una nueva constelación llamada la cabellera de Berenice, en honor a la esposa de Tolomeo, su rey, posiblemente como un encargo.

Una noche, fondeados en la cara sur, se recortaba la silueta oscura de Simi con un tenue resplandor que salía de sus entrañas; las luces del pueblo invisible tras las montañas. Yo me entretenía en buscar en el galimatías celeste las diversas constelaciones visibles y sobre todo, la imposible cabellera. Todo se detuvo un instante, noté un temblor y un rumor raro en las olas. Me sentí flotar de una forma peculiar, entre las estrellas, pero el barco y la costa me acompañaban por el espacio. Un viento me resbaló por la cara y agitó mis cabellos mientras las nebulosas pasaban a nuestro lado con suavidad. Tras el viaje, no sé si corto o largo, la tierra vibró un instante para volver a caer delicadamente sobre el mar, en silencio.

En aquel momento sonaba Bowie en la radio y el mayor Tom llamaba a Control de tierra:

And I’m floating in the most peculiar way
And the stars look very different today

No he vuelto a Simi, me da miedo. Me daria pena encontrar solo una bella isla sin más.

Space oddity

Ground control to major Tom
Ground control to major Tom
Take your protein pills and put your helmet on

Ground control to major Tom
Commencing countdown, engines on
Check ignition and may God’s love be with you

Ten, nine, eight, seven, six, five,
Four, three, two, one, liftoff

This is ground control to major Tom
You’ve really made the grade
And the papers want to know
whose shirts you wear
Now it’s time to leave the capsule
if you dare

This is major Tom to ground control
I’m stepping through the door
And I’m floating in a most peculiar way
And the stars look very different today

For here
Am I sitting in a tin can
Far above the world
Planet earth is blue
And there is nothing I can do

Though I’m past one hundred thousand miles
I’m feeling very still
And I think my spaceship knows which way to go
Tell me wife I love her very much
she knows

Ground control to major Tom
Your circuits dead,
there’s something wrong

Can you hear me, major Tom?
Can you hear me, major Tom?
Can you hear me, major Tom?
Can you….

Here am I floating round my tin can

Far above the moon
Planet earth is blue
And there’s nothing I can do.

Singularidad espacial

Control de Tierra a Mayor Tom
Control de Tierra a Mayor Tom
tome sus proteínas y póngase el casco

Control de Tierra a Mayor Tom
comienza la cuenta atrás, motores en marcha
Compruebe el encendido y que el amor de Dios le acompañe.

Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco,
cuatro, tres, dos, uno, despegando

Control de Tierra a Mayor Tom
realmente lo ha conseguido
y la prensa quiere conocer
de quién es la camiseta que viste
Ahora ha de abandonar la cápsula,si se atreve

Aquí mayor Tom a Base
estoy saliendo por la puerta
y estoy flotando de un modo muy peculiar
y las estrellas parecen tan distintas hoy

Por aquí
estoy sentado en un trasto de hojalata
muy por encima del mundo
La Tierra está azul
y no hay nada que yo pueda hacer

Aunque más allá de 100.000 millas
me siento muy tranquilo
y creo que mi nave conoce que camino seguir
Decidle a mi mujer que la quiero mucho,
ella sabe

Control de Tierra a Mayor Tom
sus circuitos están apagados
Debe haber algún problema

¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me…

Estoy aquí, flotando alrededor de este trasto de hojalata
muy por encima de la Luna
La Tierra es azul
y no hay nada que yo pueda hacer.

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La maga de Donousa

Por 5 enero, 2017 Etiquetas: , Comentar (15 Comentarios)

Un sombrero parlante de ala ancha se movía por la superficie cristalina del agua. Su sombra ovalada le seguía reptando, rezagada por el fondo. Mantenía una conversación a voz en cuello con otro sombrero asomado a un balcón azul de bellas macetas. Ambos sombreros daban gritos desproporcionados para la corta distancia que les separaba; la desmesura del timbre también era relativa al minúsculo puerto y a la pequeña isla. Al fin concluyó la cháchara y los berridos, el sombrero se elevó sobre el agua y descubrió el cuerpo de una rolliza señora vestida con una bata hasta las pantorrillas que caminaba hacia la orilla de unas aguas tan trasparentes que dejaban las piernas rotas y quebradas. Salió despacio enjugando las gotas de su cara y estrujando los picos de su vestido. Se alejó dejando un reguero mojado a su paso tambaleante, pues lo único que llevaba desnudo eran los pies que tropezaban con el empedrado. Un pope negro y esbelto se cruzó con la húmeda figura y le dedicó un saludo bendito acorde con la absoluta normalidad de su aspecto. En la arena un gran cartel advertía en varias lenguas: Prohibido el nudismo y la acampada.

Dicen que a los coleccionistas solo les atrae el proceso de búsqueda, la experiencia que se adquiere examinando elementos. Es comprensible que por esta causa, Charles Darwin, que fue un naturalista coleccionador de especímenes, acabara tras años de exploraciones, cacerías y disecaciones, haciendo un resumen de todo el conocimiento adquirido: escribió el “Origen de las especies”. Sin embargo dentro del mundo del coleccionista, hay una subclase, los completistas, cuyo único afán es consumar una compilación. Yo, personalmente, creo que el completismo es la infamia del coleccionismo; la adquisición del elemento final significaría la muerte de la aventura, el sacrificio del motivo vivo y apasionado de la recopilación con un FIN de serial que deja mal sabor y  pérdida de tiempo. Yo soy coleccionista de islas griegas y si en algún momento vislumbrara la posibilidad de finalizar mi colección ¿Qué haría? Pues volver a empezar por la primera porque en cada visita son inexplicablemente diferentes, como los naipes de los trileros.

Cuando de pequeños confeccionábamos álbumes con cromos sabíamos que por decreto había algunos dificilísimos de obtener, solamente aquellos compañeros de familias de posibles y muy consentidos por sus progenitores llevaban en esos inmensos fajos de estampillas canjeables los codiciados “imposibles”, que conseguían negociar al cambio de 10 a 1 como mínimo. Yo siempre acumulaba los comunes y rastreros, ya sobados tras sucesivos recreos sin conseguir interesar a nadie, que solían acabar en el cubo de la basura o pegados con engrudo en los árboles de camino a casa. Por eso conozco de cerca lo importante que son ciertos elementos en una serie, aquellos que cuestan más de conseguir, y esa dificultad se transforma en el propio leítmotiv de la colección; lo verdaderamente apasionante es conseguir y poseer aquellos elementos inalcanzables. En el caso de las islas, ya que mi método de conocerlas es visitandolas con barco, el hándicap está en la bondad de la meteorología o el buen abrigo de sus puertos. Hay algunas islas en Grecia que o bien solo tienen puerto de barquitas pequeñas o bien la protección que dan sus malecones deja mucho que desear. Así la posibilidad de amarrar radica en encontrarte en sus inmediaciones el día adecuado, es decir: que te toque la lotería.

Donousa es de esos cromos imposibles que año tras año hemos visto dibujados en el horizonte del mar Egeo sin posibilidad de visita. Maldecida por el viento del norte y situada frente a Naxos, pero lejos de su abrigo, la isla goza de un bienaventurado aislamiento del mundo que la ignora y que ella ve en televisión. Es cierto que se eligió como lugar de destierro o como refugio de piratas ¿Quién en su sano juicio iba a escaparse? ¿Quién tan valiente como para acercarse a combatir y robar a los ladinos bandidos?

Muchas islas del Egeo, como Donousa, son bastiones inexpugnables. En verano el viento estacional, etesio o Meltemi y en invierno el Norte o los Sirocos dejan sus puertos inabordables para los ferris y la población se aburre con desespero viéndolos pasar de largo. Todas ellas tienen una barca esencial y un café primordial. La primera teje una tela de araña con sus idas y venidas por toda la costa transportando cabras en invierno y turistas en verano, como una nave nodriza sin la cual la vida no es posible. El segundo, el bar, es el acontecimiento diario forzoso, la esperanza cotidiana: en que pase fulano, que venga mengano, que salude el pope, que fanfarronee el pescador, que se concentren los ociosos turistas en la antesala de la salida de la barca esencial que les llevara al más allá de las playas desiertas donde poder despelotarse sin carteles y construir sus chozas con cañas y sabinas secas, a la discreta sombra de las adelfas. ¿Se puede ser más feliz?

Al ser isla pequeña todo está en el mismo sitio, unas cosas frente a otras, como en las casas de muñecas. Y la barca, que se llama la Maga de Donousa, me llegó al corazón. Amarrada a los pies del café cabeceaba con colorines e impaciencia, deseosa de zarpar en busca de nuevos conjuros y susurraba, quién mejor que ella, entre chirridos de amarras y pajareos de charranes las viejas estrofas de Elytis:

En la encrucijada donde se detuvo la antigua maga
Quemando los vientos con tomillo seco
Las esbeltas sombras pasaron levemente
Con un cántaro de agua silenciosa en la mano

Los viajeros hacen cola entusiasmados cargados de mochilas y toallas, adquiriendo fruta, asomados en la terraza oteando la llegada de la tripulación que aborde la nave hechicera. Y alguno del pueblo pasa a comprar pan y café. Y aparece la sirenota empapada, con su sombrero oscilante, que se sienta y se transforma en mesa redonda, para continuar su escandalosa conversación, a medias lenguas con una mujer rubia y rosada que acomoda un libro de mil páginas en su capazo.

–¿Es su primera vez en Donousa? –Dice con el índice de la mano señalando arriba y abajo.

–Oh, yes it´s my first time here.

–Es la isla más bonita de Grecia. Las playas son las más grandes y viene gente de todo el mundo.

La turista le respondió con una sonrisa angelical sin entender nada de lo que decía; mientras, la Sibila de Donousa dio el primer pitido atronador, bocina de barco grande e importante que se hace a la mar sin retraso, con un horario de reloj suizo. Se vació el café, se llenó la barca y se alejó dando petardazos mientras el capitán explicaba las maravillas nunca vistas que iban a presenciar.

 

donousa-hechicera

 

La mesa camilla me vio titubear y exclamó.

–¿Sabes que esta es la isla más bonita de Grecia?

–Toma claro, y la de playas mas grandes. Aparece hasta en los cromos de todos los álbumes del mundo.

 

Κάθομαι μέσα στον κόσμο και ξεχνάω
ησυχία στα λεπτά ψάχνω να βρώ
Μες τις παύσεις τη σιωπή μας λαχταράω
και εσύ τρώς στη Δονούσα παγωτό
και με ρωτούν μα εγώ κοιτώ…
που είσαι εσύ που μου απαντούσες…
περιφρονούν και εγώ ζητώ…
που είσαι εσύ που με κρατούσες…
Στο παράθυρο μου φύλλα έρχονται και πάνε
και δυο βήματα αργότερα εγώ
ψάχνω να σε βρώ μα πιά δεν σε θυμάμαι
και εσύ τρώς στη Δονούσα παγωτό
και με ρωτούν μα εγώ κοιτώ…
που είσαι εσύ που μου απαντούσες…

Me siento en el mundo y olvido
quiero encontrar la tranquilidad en los minutos
ansió las pausas de nuestro silencio
Y tu comes helado en Donousa
Y me preguntan y yo miro
donde estás tú que me respondías
Me desprecian y busco
Donde estas tu que me sujetabas
En mi ventana las hojas vienen y van
y yo dos pasos por atrás
busco encontrarte pero no te recuerdo
Y tu comes helado en Donousa
Y me preguntan y yo miro
donde estás tú que me respondías…

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Los tiempos perdidos de Sérifos

Por 24 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)

Cada una de las horas de nuestra vida que se alejan velozmente antes de que seamos capaces de degustarlas del todo, no mueren, permanecen agazapadas en algún objeto o lugar, adormecidas, escondidas. Si alguna vez tenemos la fortuna de doblar la curva de un antiguo camino a la hora certera en que un rayo de sol ilumine de la misma forma el roble solitario de la vereda, con un sortilegio se personificaran a tropel los numerosos fantasmas sensuales, ocultos hasta entonces, que nos harán revivir la misma sensación del pasado, con más nitidez que si fuese la primera vez. A Proust mojar un pan tostado en un té caliente le trasplantó a los felices momentos de su infancia en la casa de su abuelo. Para mí, el viaje en el tiempo se produjo al vislumbrar la roca hosca y solemne de Serifos. Me transportó a 25 años atrás en mi existencia; y a la primera Jora blanca que veía en mi vida y que me emocionó por el pasmo que deja en los ojos la cal radiante sobre el pliegue de la montaña oscura con el salpicado azul de cúpulas cerúleas y divinas. Sigue hoy asombrando la sorpresa de ese pueblo, pues a diferencia de otras Cícladas, donde las construcciones de villas y apartamentos salpican la montaña y te acostumbran y te preparan de alguna manera para la apoteosis final, aquí todo sigue igual, o parecido, y el susto casi es seguro que te lo lleves cuando llegues y el barco doble la entrada del puerto, la única forma posible de acercarse al mundo Serifos. Visualicé aquella tienda donde, en puro invierno, el dueño y sus contertulios remendaban redes mientras nosotros rebuscábamos entre el batiburrillo de artículos algo que sirviera para comer. Volví a oír el murmullo de sus conversaciones y el olor a pescado rancio de los trasmallos cuando los aireaban para repararlos. Era un “pantopolío” παντοπωλείο; literalmente: establecimiento donde se vende de todo o dicho con más propiedad; lugar donde hay posibilidades de que encuentres cualquier cosa, por rara que te parezca.

En español también teníamos palabras originales para designar esas tiendas eclécticas; había colmados, nombre que hacía referencia a la forma de apilar las mercancías en su interior, o ultramarinos, que remitía a un origen remoto y colonial de sus contenidos. La sola palabra ultramar ya hacía esperar materiales exóticos y extravagantes venidos de otras partes del planeta a bordo de grandes vapores. Yo siempre pensé de niña que las latas de atún de los marmóreos mostradores, el chocolate o el café, eran completamente distintos de los que se podía comprar en el mercado y de mucha más calidad. Esta imagen de la balanza de pesas oliendo a bacalao salado también se materializó y quedó bailando un rato en mis retinas cuando volví a Sérifos.

En la parte suroeste, la isla se encuentra perforada como una esponja podrida. La roca deja ver grandes oquedades, como bocas de gigantones terribles que acabaran de regurgitar sus entrañas negras y pestilentes. Estos espasmos de piedras color azabache oscurecen más si cabe el paisaje y dejan un punto melancólico a la costa. En playas como la de Livadión o Cutalás todavía quedan restos de los muelles de cargamento de metales y de las largas vías donde transportaban el hierro.

La isla fue famosa por su riqueza en hierro que comenzó a extraerse a finales del siglo XIX. Esta industria atrajo a mucha gente en busca de trabajo y la población llegó a duplicarse, teniendo en los momentos álgidos más de 4000 habitantes. La empresa explotadora de las minas se llamaba Serifos-Spiliasésa y era propiedad del alemán Emilio Groman, un inteligente emprendedor que no tardó en establecer conexiones y entramados políticos que le aseguraran la estabilidad de sus negocios. Las condiciones de trabajo eran parecidas a la esclavitud; los mineros trabajaban desde la salida hasta la puesta de sol sin ninguna supervisión de su seguridad, en galerías sin afirmar ni apuntalar y finalizada la jornada laboral tenían que desplazarse grandes distancias hasta sus casas; comían poco, dormían poco y trabajaban mucho; como resultado, los accidentes y decesos estaban a la orden del día; nadie ha podido cuantificar los cientos de personas que quedaron sepultados en los subterráneos de la isla. El rico empresario fue adquiriendo terrenos de los propietarios locales a cambio de regalarles un pequeño apartamento miserable; por supuesto, si se negaban, las cosas se hacían de otra manera. En julio de 1916 se fundó la primera unión de trabajadores de la minería y en agosto de ese mismo año se declaró la primera huelga; los mineros se negaron a cargar de hierro el barco “Manusi” atracado en Livadión y ocuparon las propias oficinas que la empresa tenía en ese mismo puerto. En la revuelta participaron hasta mujeres y niños. La carga policial resultó en varios manifestantes muertos, varios policías heridos, uno de ellos arrojado al mar desde el muelle de carga y el teniente de policía apedreado hasta la muerte. Sí que es verdad que las condiciones laborales mejoraron algo para los futuros mineros, pero con la llegada a la empresa de los herederos de Groman esta fue deslocalizada a África, donde las condiciones salariales de los trabajadores no eran tan exigentes y permitían mayor rentabilidad. Las minas fueron totalmente abandonadas. Fin.

El desmantelar la factoría, las minas y los cargaderos debió ser un proceso fulminante y rápido; muchas de las vagonetas, la maquinaria, las grúas y los puentes de carga yacen abandonados de tal guisa que alguien podría decir que sus dueños se fueron ayer a ver a un pariente si no fuera porque la herrumbre deja constancia del paso de los años. Los volquetes, todavía en sus railes, parece que van a echar a andar y los muelles de estiba chirrían con el viento, petrificados en un estado de oxidación terminal, con sus maderos a punto de precipitarse al abismo pero en un equilibrio inverosímil que nunca acaba de desmoronarlos. Es sorprendente la facilidad con que las cosas se fosilizan en este país y se quedan intactas sin que nadie las toque o les haga caso, dejando que el tiempo las vacíe de su terrible significado y les de otro más nuevo y romántico. Hoy Livadión es una agradable playa con cuatro casas blancas y unas hermosas sabinas que crecen entre la arena y dan sombra a las tabernas. El enorme y elegante edificio de las oficinas de la empresa minera permanece abandonado y lleno de basura que la gente deposita entre sus muros a pesar del cartel de prohibición. Nos contaron que el ayuntamiento tiene intención de restaurarlo y convertirlo en museo; pero, como siempre, esto es Grecia y las cosas van tan despacio como los vagones atorados en las vías podridas que recorren como cremalleras el paisaje áspero.

Sentarse bajo los árboles de la playa para ver caer el sol mientras la luz chisporrotea en la superficie del agua es de esos momentos que quizás me aparezcan de sopetón en un futuro y me vuelvan a transportar hasta aquí provocando la resurrección de esta sensibilidad. Aunque el entorno es hermoso y se han encendido con rabia los rojos de la tierra, de los matojos resecos, del óxido de las grúas y maquinarias y del sol en su coronación diaria, no puedo dejar olvidar su feo pasado y negras figuras apareciendo de las oquedades. Pero a pesar de todo es inevitable la belleza del lugar, porque esta no se encuentra solamente como el superlativo de lo acostumbrado sino que puede ser sorprendente, como una Jora, y surgir por ensalmo de las historias más siniestras. Por cierto, el vino que me tomé seguro que se ha quedado guardado en algún pliegue de la isla; solo tengo que volver para rescatar su aroma.

livadion-puente

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