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Egeo

Los tiempos perdidos de Sérifos

Por 24 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)

Cada una de las horas de nuestra vida que se alejan velozmente antes de que seamos capaces de degustarlas del todo, no mueren, permanecen agazapadas en algún objeto o lugar, adormecidas, escondidas. Si alguna vez tenemos la fortuna de doblar la curva de un antiguo camino a la hora certera en que un rayo de sol ilumine de la misma forma el roble solitario de la vereda, con un sortilegio se personificaran a tropel los numerosos fantasmas sensuales, ocultos hasta entonces, que nos harán revivir la misma sensación del pasado, con más nitidez que si fuese la primera vez. A Proust mojar un pan tostado en un té caliente le trasplantó a los felices momentos de su infancia en la casa de su abuelo. Para mí, el viaje en el tiempo se produjo al vislumbrar la roca hosca y solemne de Serifos. Me transportó a 25 años atrás en mi existencia; y a la primera Jora blanca que veía en mi vida y que me emocionó por el pasmo que deja en los ojos la cal radiante sobre el pliegue de la montaña oscura con el salpicado azul de cúpulas cerúleas y divinas. Sigue hoy asombrando la sorpresa de ese pueblo, pues a diferencia de otras Cícladas, donde las construcciones de villas y apartamentos salpican la montaña y te acostumbran y te preparan de alguna manera para la apoteosis final, aquí todo sigue igual, o parecido, y el susto casi es seguro que te lo lleves cuando llegues y el barco doble la entrada del puerto, la única forma posible de acercarse al mundo Serifos. Visualicé aquella tienda donde, en puro invierno, el dueño y sus contertulios remendaban redes mientras nosotros rebuscábamos entre el batiburrillo de artículos algo que sirviera para comer. Volví a oír el murmullo de sus conversaciones y el olor a pescado rancio de los trasmallos cuando los aireaban para repararlos. Era un “pantopolío” παντοπωλείο; literalmente: establecimiento donde se vende de todo o dicho con más propiedad; lugar donde hay posibilidades de que encuentres cualquier cosa, por rara que te parezca.

En español también teníamos palabras originales para designar esas tiendas eclécticas; había colmados, nombre que hacía referencia a la forma de apilar las mercancías en su interior, o ultramarinos, que remitía a un origen remoto y colonial de sus contenidos. La sola palabra ultramar ya hacía esperar materiales exóticos y extravagantes venidos de otras partes del planeta a bordo de grandes vapores. Yo siempre pensé de niña que las latas de atún de los marmóreos mostradores, el chocolate o el café, eran completamente distintos de los que se podía comprar en el mercado y de mucha más calidad. Esta imagen de la balanza de pesas oliendo a bacalao salado también se materializó y quedó bailando un rato en mis retinas cuando volví a Sérifos.

En la parte suroeste, la isla se encuentra perforada como una esponja podrida. La roca deja ver grandes oquedades, como bocas de gigantones terribles que acabaran de regurgitar sus entrañas negras y pestilentes. Estos espasmos de piedras color azabache oscurecen más si cabe el paisaje y dejan un punto melancólico a la costa. En playas como la de Livadión o Cutalás todavía quedan restos de los muelles de cargamento de metales y de las largas vías donde transportaban el hierro.

La isla fue famosa por su riqueza en hierro que comenzó a extraerse a finales del siglo XIX. Esta industria atrajo a mucha gente en busca de trabajo y la población llegó a duplicarse, teniendo en los momentos álgidos más de 4000 habitantes. La empresa explotadora de las minas se llamaba Serifos-Spiliasésa y era propiedad del alemán Emilio Groman, un inteligente emprendedor que no tardó en establecer conexiones y entramados políticos que le aseguraran la estabilidad de sus negocios. Las condiciones de trabajo eran parecidas a la esclavitud; los mineros trabajaban desde la salida hasta la puesta de sol sin ninguna supervisión de su seguridad, en galerías sin afirmar ni apuntalar y finalizada la jornada laboral tenían que desplazarse grandes distancias hasta sus casas; comían poco, dormían poco y trabajaban mucho; como resultado, los accidentes y decesos estaban a la orden del día; nadie ha podido cuantificar los cientos de personas que quedaron sepultados en los subterráneos de la isla. El rico empresario fue adquiriendo terrenos de los propietarios locales a cambio de regalarles un pequeño apartamento miserable; por supuesto, si se negaban, las cosas se hacían de otra manera. En julio de 1916 se fundó la primera unión de trabajadores de la minería y en agosto de ese mismo año se declaró la primera huelga; los mineros se negaron a cargar de hierro el barco “Manusi” atracado en Livadión y ocuparon las propias oficinas que la empresa tenía en ese mismo puerto. En la revuelta participaron hasta mujeres y niños. La carga policial resultó en varios manifestantes muertos, varios policías heridos, uno de ellos arrojado al mar desde el muelle de carga y el teniente de policía apedreado hasta la muerte. Sí que es verdad que las condiciones laborales mejoraron algo para los futuros mineros, pero con la llegada a la empresa de los herederos de Groman esta fue deslocalizada a África, donde las condiciones salariales de los trabajadores no eran tan exigentes y permitían mayor rentabilidad. Las minas fueron totalmente abandonadas. Fin.

El desmantelar la factoría, las minas y los cargaderos debió ser un proceso fulminante y rápido; muchas de las vagonetas, la maquinaria, las grúas y los puentes de carga yacen abandonados de tal guisa que alguien podría decir que sus dueños se fueron ayer a ver a un pariente si no fuera porque la herrumbre deja constancia del paso de los años. Los volquetes, todavía en sus railes, parece que van a echar a andar y los muelles de estiba chirrían con el viento, petrificados en un estado de oxidación terminal, con sus maderos a punto de precipitarse al abismo pero en un equilibrio inverosímil que nunca acaba de desmoronarlos. Es sorprendente la facilidad con que las cosas se fosilizan en este país y se quedan intactas sin que nadie las toque o les haga caso, dejando que el tiempo las vacíe de su terrible significado y les de otro más nuevo y romántico. Hoy Livadión es una agradable playa con cuatro casas blancas y unas hermosas sabinas que crecen entre la arena y dan sombra a las tabernas. El enorme y elegante edificio de las oficinas de la empresa minera permanece abandonado y lleno de basura que la gente deposita entre sus muros a pesar del cartel de prohibición. Nos contaron que el ayuntamiento tiene intención de restaurarlo y convertirlo en museo; pero, como siempre, esto es Grecia y las cosas van tan despacio como los vagones atorados en las vías podridas que recorren como cremalleras el paisaje áspero.

Sentarse bajo los árboles de la playa para ver caer el sol mientras la luz chisporrotea en la superficie del agua es de esos momentos que quizás me aparezcan de sopetón en un futuro y me vuelvan a transportar hasta aquí provocando la resurrección de esta sensibilidad. Aunque el entorno es hermoso y se han encendido con rabia los rojos de la tierra, de los matojos resecos, del óxido de las grúas y maquinarias y del sol en su coronación diaria, no puedo dejar olvidar su feo pasado y negras figuras apareciendo de las oquedades. Pero a pesar de todo es inevitable la belleza del lugar, porque esta no se encuentra solamente como el superlativo de lo acostumbrado sino que puede ser sorprendente, como una Jora, y surgir por ensalmo de las historias más siniestras. Por cierto, el vino que me tomé seguro que se ha quedado guardado en algún pliegue de la isla; solo tengo que volver para rescatar su aroma.

livadion-puente

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Si hay burros hay esperanza

Por 16 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)

Es necesario volver una y otra vez a la misma isla si quieres que llegue al final a abrirse como una granada madura y mostrarte sus frutos más dulces; si solo la visitas en una ocasión, es posible que la encuentres verde.

Kea, es la Cíclada más próxima al continente. Como buena Cíclada es una isla parda y grisácea desde lejos, con una jora que se sonroja al atardecer. Siempre me llamó la atención su tono rosado, hasta que un día, al acercarme, me di cuenta de que sus casas tenían tejados cerámicos para protegerlas de la lluvia, a diferencia de sus vecinas, de terrazas desnudas y resecas, con amplios canalones para recoger las aguas del cielo. Dispone la isla de pocas carreteras que la atraviesan de parte a parte y de numerosos caminos radiales para pasear y descender a sus playas. Caminos marcados con números para que los caminantes los recorran sin prisas, con un claro deseo de que te quedes y permanezcas; los automóviles son demasiado veloces y no son lo que merece.

Sentados en una taberna, en Kato Meriá, pueblo del silencio, barrido por el viento y los espinos rodantes que asustaban a perros y gatos erizados, nos sentamos a tomar una cerveza y lo que tuvieran, para dejarnos ensimismar por el polvo del Meltemi dando vueltas hasta el aburrimiento.

-¿Bajasteis a Karthea?

-No.

-Deberíais bajar, os lo recomiendo. Son sólo tres kilómetros andando. Pero tenéis que llevaros agua; abajo no hay ninguna taberna.

Sonaron las campanas de la iglesia, repiquetearon los badajos del ganado cercano y llenamos la botella de agua.

Karthea es un recinto arqueológico cuyas excavaciones empezaron apenas 10 años atrás; una ciudad del siglo XII a. C. que permaneció habitada durante 1400 años y luego fue abandonada. Posiblemente su enclave costero impidió defenderla de los múltiples ataques piratas. Oculta por la inaccesibilidad del lugar y por muchas capas de rocas y barro desprendido de las montañas, solo dejaba asomar un trozo de teatro; comienzo que utilizaron los arqueólogos para ir desenterrando los restos.

En el cruce del camino, un burro blanco andaba suelto y mosqueado, recortado con precisión sobre el cielo azul; el indiscutible color celeste; y daba patadas sobre el suelo como queriendo despegar y salir volando sobre nuestras cabezas. Más allá había otro que asomaba el oscuro cabezón por encima de un cercado. No me cupo duda de que ese era el desvío.

Siempre me han gustado los burros, porque son de una calma exquisita y en sus ojos casi bizcos, cuando te miran, transmiten una extravagante sabiduría. Primero me enseña los dientes verdosos de hierba, cuando ve la cámara rebuzna a pulmón libre y al cabo de un instante, al dejar de oler a peligro, se acerca curioso por si la relación da para algo más que sobresalto. Se deja acariciar moviendo sus orejas puntiagudas; sus ojeras perfiladas le dan un toque elegante y distinguido. En Kea, afortunadamente, todavía hay muchos burros.

El descenso es pedregoso, por los mismos caminos que fueron las sendas de 3000 años atrás, pero a tramos, los robledos te permiten la sombra necesaria para disfrutar con la suave mañana de septiembre. Bajar, bajar, paralelos a un barranco que empieza a volverse verde de frutales y cañaverales por la proximidad de una fuente en un recodo; nada te hace prever el desenlace final de la llegada a la playa: el increíble cielo limpio que deja el viento, el mar azul y espumoso de olas que trae la brisa y los eternos mármoles blancos, nítidos y rotundos. Qué fantástico camino tortuoso de bajada; y la subida que nos espera. En realidad qué buena suerte la que ha impedido la llegada de vándalos y descendientes de Lord Elgin y ha dificultado el despojo de estas piedras para que no acabasen en museos de salas lúgubres y oscuras como conventos, o reconvertidas en iglesias por fieles católicos o casas de codiciosos nobles, como en la Esparta perdedora.

Qué inmensa y trascendente felicidad producen estos sitios. Cuando llegas inspiras y espiras con una profundidad inusitada para tus pulmones. Me cruzo con una mujer que me saluda como si me conociese desde siempre, con una amplia sonrisa y una mirada de complicidad, de compresión. Sé perfectamente como te sientes. Acercarse hasta la playa, dejando pasar las horas, hasta sentir hambre y sed que no aplaca tu cantimplora recalentada, es el mejor preludio para sentir la experiencia mística de estos recintos, “el amado” de esas piedras nutritivas que te alimentan al tocarlas, dejándote sentir el paso del tiempo mediante su salitre acumulado.

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La reconstrucción de los templos y el teatro se ha realizado con gusto y ganas de ofrecer un espacio delicado y agradable, para que la vista no se vaya corriendo al imponente mar Egeo y descanse sobre las piedras rosadas y hermosas. Hasta han tenido el detalle de obligarte a entrar a la Acrópolis a través de los propileos, restaurados con mármoles blancos, pulidos y nuevos; se siente una gran sensación de importancia cuando cruzas su entrada.

Me tumbé bajo una encina que crecía en el templo de Apolo, sobre un posible altar de sacrificio. Las hojas tamizaban la hiriente luz Egea y llegaban oleadas de aromas a hierba reseca. Casi me dormí, pensando en el privilegio de estar en estos sitios y lo sensato que me parecía conservarlos a base de hacerlos de difícil acceso. Espero que no aparezca un alcalde moderno y populista que recaude fondos para construir una carretera; definitivamente sería un desastre, es triste, pero es la pura realidad. Todos y cada uno de los que estábamos allí habíamos sufrido el descenso, soportaríamos la calurosa subida y estábamos viendo aquello que deseabamos ver.

Me contó una amiga que tuvo la desgracia de estar en Dubrovnik coincidiendo con la llegada de tres cruceros. Desembucharon 3000 personas cada uno. Se formaron largas colas para entrar en la ciudad y el calor y el embotellamiento humano en las callejuelas provocó numerosos desmayos. Posiblemente, si hubieran hecho una encuesta, más de la mitad de los turistas hubiera preferido permanecer en el barco, pero bajaban porque tocaba hacerse la foto.

Me sobresalté con estas pesadillas, pero luego tuve una revelación. ¿Y si utilizaran burros para bajar a la gente interesada pero poco ágil? Mataríamos dos pájaros de un tiro, se limitaría el número de visitantes y conservaríamos la presencia de los divertidos asnos.

El borrico albo me esperaba a la subida; ya más tranquilo, desplegó sus alas blancas y ascendió a los cielos como Pegaso.

burro-pegaso

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Ya vienen los días largos

Por 22 diciembre, 2015 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)
Feliz Solsticio a todos los lectores, visitantes, husmeadores, copiones, curiosos, amigos, enemigos, spameros, trolles, conocidos y desconocidos que os dejais caer por aquí, por este blog. Os deseo lo mejor en este comienzo de invierno.

Como todo los solsticios, coincide con el inicio de las navidades, esas fiestas que a mi no me gustan mucho pero que nos hacen ponernos a todos sesibles y lloricas; supongo que precisamente por eso no me agradan. Así que he elegido una foto un poco cursi, para no desentonar, pero sin caer en los tópicos de bolas, nieves y renos, ni perder el colorido y el kitsch propio de estas fechas.

Ahora en serio. Qué el año nuevo os traiga a todos una buena isla donde naufragar. Allí nos vemos.

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Los contrastes del mar. Thirasiá.

Por 29 octubre, 2015 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)
Puede ser que los viajes más hermosos sean los nunca realizados y los mares más azules aquellos por los que todavía no hemos navegado, porque imaginar y planear lo que está por venir es en sí un proceso de disfrute que hace más emocionante el futuro; si luego el escenario nos decepciona no representa ningún problema pues ya sabemos que lo mejor de nuestras vidas lo viviremos mañana y hay que empezar a soñarlo ahora. Pero a veces la realidad nos asombra y nos pilla por sorpresa, allí donde nunca imaginamos llegar, ese sitio al  que jamás prestamos atención, esa piedra con la que tropezamos fortuitamente y que casi nos quebró el pie, es en sí la guinda del camino.

Nuestra intención no era conocer Thira,  Santorini, o Santa Irene como la llamaron los venecianos, o Kallisté como la llamaron en la antigüedad aludiendo a su belleza, o Strongyli por su forma redonda primigenia; una de las islas más fotografiadas del mundo. Pero la realidad es que Santorini no es una isla sino un universo en sí mismo, con varios pedazos independientes alrededor de la caldera en permanente ebullición. No queríamos ir porque nos imaginábamos las riadas de turistas paseando por sus callejuelas, los chill out, las tiendas de ropa vaporosa y la última moda; las parejas de recién casados chinos que viajan a Santorini para hacerse el álbum de la boda. No vayáis- Me dijo alguien.- Está lleno de tules, azahares, novios y palos de selfie .

Por otro lado, amarrar en Santorini es tarea difícil ya que solo posee una pequeña marina en el sur, de poco calado y corto espacio. La opción de fondear en el cráter es totalmente descartable  por las enormes profundidades que tiene pegada a la orilla. Pero de todas maneras creo que existen sitios por los que hay que pasar alguna vez, aunque no te detengas, y navegar por un colosal volcán es uno de ellos; Santorini es una de esas maravillas terráqueas a las que necesariamente se debe llegar por mar si se quiere conocer su significado. Es realmente emocionante adentrarse en esa olla negra y circular que parece la muela podrida de un gigante marino.

Me sorprendió encontrar decenas de catamaranes con excursionistas y músicas atronadoras que iban y venían de la playa roja a la playa blanca, de ahí a la negra y después vuelta a empezar. Me gustaban más los antiguos caiques de colores con sus coplas de nisiótica estridente; los tiempos cambian qué le vamos a hacer, pero algo tiene el turismo de insano y contaminante; los que vinieron aquí buscando un lugar genuino y singular al final reproducen lo mismo que dejaron en sus países y la ley de la oferta y la demanda acaba dándoselo mascado, perdiéndose por el camino la primera premisa; lo singular y lo genuino.

Cuando ya decidimos que habíamos acabado de pasear por el cráter y nos disponíamos a dar rumbo a otros mundos, pasamos por Thirasiá, un cachito de la Strongili que estalló en pedazos, el pequeño segmento que cierra la circunferencia por su parte noroeste. El caso es que sin pretenderlo, observando los barcos que venían de Santorini cargados de gente para pasar el día en las tabernas al pie del acantilado, encontramos una boya donde dejar el barco seguro y afrontamos la interminable escalera que subía hasta la jora. Desde el primer momento tuve la sensación de que Thirasiá era una miniatura de Santorini, una igual solución para habitar estas rocas de lava; las mismas escaleras extenuantes, las mismas piedras negras y rojas, el pueblo blanco colgado en el precipicio oscuro, las reatas de burros que subían y bajaban. Pero había algo de extraordinario en esa isla ignorada por el turismo de masas porque los borricos llevaban cargamentos cotidianos de verduras, aperos  o habitantes de la isla que no tenían otra solución que montarse en el animal para no desfallecer en la subida, la jora era bonita pero sin amaneramiento, con casas pintadas o deslucidas, con iglesias grandes y pequeñas pero sin campanarios fotogénicos, con gatos enroscados y perros vulgares que se rascaban sus pulgas mirando al cielo. La chimenea carbonizada de la panadería se veía a distancia pero alguien tenía que acompañarte para acceder y atravesar la terraza del vecino, la verdulería daba vértigo y se corría el peligro del despeñe con los tomates rebotando entre las cabras, para comprar vino era obligado ir al pueblo de al lado a preguntar por el pope y los burros te increpaban por el camino buscando entre tus bolsas. Era todo lo contrario que su hermana mayor, allí delante, majestuosa, portada de publicaciones y escenario de múltiples películas.

En estas islas pequeñas una vez subes arriba tu visión es todo horizonte, el este y el oeste son un girar del cuello. Al este, el cráter erguido te invitaba a caer rodando por sus escaleras verticales sobre un agua sombría y abisal,  más allá Santorini como el espejo donde se miraba Thirasiá, al oeste una pendiente dulce y suave de caminos amables y ricos cultivos que llevaban a un mar más azul. ¿De qué pasta estaba hecha esta gente? Eran recalcitrantes y tozudos, sin duda,  y de igual forma que un día vinieron a habitar un volcán, ahora se negaban a vender su alma al diablo. O quizás me equivoco y era pura casualidad. Debería pasar unos meses allí para saberlo con certeza.

Llegó la tarde, los infinitos catamaranes, barcos y barcas empezaron a agolparse frente a Santorini, bajo Oia, para ver la famosa puesta de sol, principal atracción diaria de los turistas. Las cúpulas se encendieron rosadas y los infinitos destellos de las cámaras de fotos hicieron el efecto de un espectáculo lleno de trucos y maravillas. Yo miré al otro lado y observé al sol hundiéndose en el agua limpiamente y con tranquilidad, el  ηλιοβασίλεμα, la coronación del sol. Solo el agua salada separaba un ocaso de otro, solo el mar daba lugar a mundos tan diferentes. Bajamos las escaleras en silencio meditando sobre las cosas inesperadas. Cuando llegamos a la caldera no
había ni un alma, el último burro se había cruzado con nosotros minutos antes. ¡Vaya!
Pensé, es estupendo que un mismo mar pueda dar lugar a tantos contrastes.

Μάνος Χατζιδάκις


Θάλασσα πλατιά
σ’ αγαπώ γιατί μου μοιάζεις
θάλασσα βαθιά
μια στιγμή δεν ησυχάζεις
λες κι έχεις καρδιά
τη καρδιά μου την μικρούλα την φτωχιά.


Όνειρα τρελά
που πετούν στο κύμα πάνω
φτάνουν στην καρδιά
και τα νιάτα μας ξυπνάνε
όνειρα τρελά
και οι πόθοι φτερουγίζουν σαν πουλιά.


Έχω έναν καημό
που με τρώει γλυκά και με λιώνει
έχω ένα καημό θα ‘ρθω να στον πω
αδερφή μου εσύ θάλασσα που σ’ αγαπώ.


Κύματα πουλιά
στα ταξίδια σας που πάτε
τα αλαργινά 
την πικρή μου λύπη πάρτε
κι απο ‘κει μακριά
να μου φέρετε κι εμένα τη χαρά.

Manos Hatzidakis

Ancho mar
te amo porque te pareces a mi
Mar profundo
ni un momento te calmas
dices que tienes corazón
mi corazón, pequeño, pobre

Sueños locos
que vuelan sobre las olas
llegando al corazón
y despiertan la juventud
sueños locos
que agitan las pasiones como aletean los pájaros

Tengo un deseo
que me reconcome dulcemente y me agota
tengo un deseo e iré a contártelo
hermana mía, tú la mar que quiero.

Oleadas de pájaros 
que en vuestros viajes vais
a sitios lejanos
tomad mis penas ocultas
y llevarlas lejos
para traerme la dicha.

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