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Egeo

Los pescadores fanfarrones de Anáfi

Por 9 octubre, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)
Hay islas que te miran cuando arribas. Un abrir ventanas y
descorrer visillos al acercarte y ojos que se clavan como alfileres ¿Quién
será? ¿Qué querrá? ¿De dónde vendrá? En este universo insular, pelágico, con el
mar como el caos y la entropía feroz, la ordenada estructura de la tierra la
atisbas desde lejos, reconoces sus perfiles en las cartas y lentamente la ves
agrandarse, más grande, elevándose para producir una sombra y hacerte olvidar
que alrededor es la anarquía marina. Hay islas como peñones, hay islas tan
retiradas que la llegada produce asombro, tanto para el visitante como para el
visitado y ambos se observan con intriga.
La primera vez que pasamos un invierno en Grecia; hace ya
tantos años que prefiero no contarlos, por norma espiritual; lo hicimos en el
Egeo, alternando unas cuantas islas, desde grandes y autosuficientes como
Naxos, hasta pequeñas y arrinconadas como el Folégandros de entonces. Pero
todas ellas tenían en común el vivir a ritmo de la llegada del ferry, la
conexión con el mundo de verdad, ese que existía más allá de su rocosa
existencia. La expectación en un puerto vacío unas horas antes de que se oyera
el tan esperado  bocinazo atronador, toda
una exclamación de júbilo, que daba lugar a un frenesí en el que todos corrían de
un lado a otro nerviosos por la llegada de los parientes, los turistas, los
camiones de mercancías deseadas. A la entrada del barco todo se iluminaba como en
unas navidades improvisadas, con el campanilleo de las anclas dejándose caer
sobre el mar oscuro. Terminado el trasiego todos se alejaban y se volvía a la
armoniosa calma de una isla invernal. Finalizaba el festejo con ese susurro afligido
que dejan las amarras de los barcos cuando zarpan e incluso después, con el
lamento de sus sirenas que se hacen eco de la partida, un mugido de vaca triste, hasta
que sus luces se vuelven invisibles.
Siempre quise llegar a Anáfi, quizás porque viendo su figura
de gota en la carta y las descripciones de los derroteros la tenía por la
isla más difícil a la que arrumbar; y lo es. Imagino que la tremenda explosión
que reventó la vecina Santorini produjo entre tsunamis y terremotos la
formación de unas islas efímeras que emergerían y se sumergirían al ritmo de
esas olas monstruosas. Santorini se convirtió en una caldera, Astipalea en una
mariposa y cada una de las Cícladas se retorcieron sobre sus piedras hasta
adquirir la forma actual. Anáfi, como una lagrima redonda y lisa se quedó
destinada al fracaso de una isla sin puerto. Ni un solo doblez de su costa
abriga la esperanza de dar refugio a un barco. Tan solo hay un muelle, que no
da resguardo ninguno, para el desembarque de pasajeros y mercancías. Cuando
hace mal tiempo los barcos no tienen otro remedio que ser varados mediante una grúa.
Pero incluso en los días buenos, la pequeñez de la isla hace que la mar de fondo dé toda la vuelta y el balanceo sea considerable. Aquí solo se puede
nacer o llegar en barco. La importancia del ferry es absoluta, toda conexión
depende de su llegada y su partida y cuando en invierno, debido a los temporales,
no puede amarrar, la isla se atrinchera en su autogestión obligada dejando
pasar los días de vendavales mientras se aguarda el bocinazo rescatador.
Los sueños se cumplen alguna vez, así que este año logramos
fondear en Anáfi y a pesar del bailoteo nocturno pudimos conocer algo de su
universo particular. A parte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las
anécdotas y conversaciones porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de
una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes, el resto es
material de instagram y selfies. Lo importante no es donde estuve si no que me
llevo de equipaje en el maletero de mi cabeza.

El puerto son cuatro casas blancas y la vida de Anáfi se
reduce a la vida de la jora, 2 kilómetros montaña arriba. En realidad cuando
quieres alejarte del muelle siempre te enfrentas a alguna pendiente
descabellada; todo sube. En la taberna se oía una algarabía de gente que brindaba
voceando. Era un grupo que habían venido desde Santorini con una neumática
descomunal y un motor de 200 HP. Se pavoneaban de las maravillas de Santorini,
de sus bellezas, de las manadas de turistas que todo los días llegaban allí,
haciendo participes al resto de comensales que nos distribuíamos por las mesas
vecinas. No paraban de pedir cervezas como demostrando su riqueza y poderío
mirando por encima del hombro a dos pescadores que tomaban café cabizbajos en
su mesa. La tabernera protestaba entre dientes porque le daban mucho trabajo
pero en el fondo la cuenta iba a ser pequeña.
Es curioso como en unas islas se enfrentan a las penurias con
sonrisas y unas millas más allá, todos son lamentos y reproches. La mujer que
llevaba la taberna me decía que este invierno que se les avecinaba sería penoso.
Solo les habían dejado 2 ferris semanales y un médico; su madre, que apenas se movía
ya de la silla tenía que buscar a alguien que la llevara hasta el banco una vez a la
semana para cobrar su pensión, debido a ese corralito al que no se le veía final.
Creo que esa era la razón de que le doliera un poco el jaleo presumido que
montaban los visitantes pomposos.
– ¿Sois españoles, verdad? Os vi llegar con el barco. Aquí siempre estamos pendientes de las visitas; vienen bien pocas a estas alturas
del año. En un mes nos quedaremos solos.
Las voces iban en aumento y cuando nos retirábamos hacia el
barco la conversación había subido de tono y versaba sobre pescados. Los de
Santorini chafardeaban del tamaño de los peces de su isla. Los pescadores taciturnos
de la mesa colindante levantaron la cabeza para decir que “vaya trola” y la
volvieron a bajar sin enervarse. Siguieron con los calamares y langostas de
proporciones monumentales, meros y atunes casi alienígenas que ellos habían atrapado
y vendido a los restaurantes pero que en Anáfi sería difícil, por no decir imposible
de pescar. Siguieron cayendo cervezas frescas hasta que todo el mundo estuvo
bien caliente. Cuando el fantasmeo llegó al punto culminante los forasteros
decidieron que era hora de irse, el cielo estaba ya rojo con la despedida
solar, momento que aprovecharon para ir dando tumbos hasta su embarcación,
subieron cómo pudieron y con la música a todo volumen encendieron el potente
motor. Con el sopor de las cervezas olvidaron poner la cola en posición
vertical y la hélice empezó a girar a media agua generando un chorro tan gigantesco
como los peces de los que hablaban; se fueron empapados y
maldiciendo pero dando tremendas risotadas.
– Ya ves- dijo uno en la taberna- Estos no han visto un
calamar fresco ni dibujado. Nosotros pescamos pero no se lo decimos a nadie
porque nos lo comemos.- Se echaron todos a reír. Se levantaron dando un golpe en la mesa con sus vasos
y se dirigieron hacia las barcas que se mecían en la orilla. Fueron arrancando
una tras otra hasta que su petardeo se perdió en el horizonte.

Σε καινούρια βάρκα μπήκα
και στον Αϊ-Γιώργη βγήκα

Έχετε ψαράδες ψάρια
αστακούς και καλαμάρια

Εχουμε παστά και χλώρια
και πέντ’εξι οκάδες χώρια

Πάρε βούρλα βούρλισέ τα
και άμα έχεις πλήρωσέ τα

Εχουμε ,δεν τα πουλάμε 
με τους φίλους θα τα φάμε

Entré en una barca nueva
Y en San Jorge sali
Tenéis pescadores peces
Langostas y calamares
Tenemos salados y frescos
Y 5 o 6 ocas (medida de peso) apartadas
Coge y elige lo que quieras
Y si tienes págalo
Tenemos, no lo vendemos
Con los amigos lo comeremos.
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La luz y la pobreza

Por 2 octubre, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (19 Comentarios)

Cuando le preguntaban a Henry Miller sobre cuáles eran las cosas que le habían gustado más de Grecia, él respondía: la luz y la pobreza. La respuesta era sin duda sorprendente, incluso podía ser considerada por algunos cómo una insolencia o una originalidad del excéntrico escritor; olvidando que Miller no era un rico americano cuando visitó el país heleno para escribir su Coloso de Marusi. Pero a nada que se profundiza un poco en Grecia, si esto se comienza a percibir como una experiencia singular, la frase cobra todo su significado. La luz es incontestable; más que una visión clara es un estado vital, una auténtica conmoción al contemplar el mar, una ermita, un paisaje, un cielo infinito, que no sabes bien si la produce el viento furibundo y loco que azota la tierra y barre el aire hasta dejarlo limpio como un recién nacido o la fuerza romántica y planetaria que emerge de sus piedras, sus columnas, sus mitos y sus cuentos inolvidables para transportarnos al ensueño de una tierra todavía por estrenar. Y en cuanto a la pobreza, la gallardía de hacer memorable hasta el alimento o acontecimiento más sencillo; un racimo de uvas, un higo, unas almendras, un vaso de agua fresca, una pequeña conversación o la sombra de un árbol; como si fuera un encuentro iniciático con sus antiguos dioses y misterios, eso, lo empiezas a sentir cuando tienes la suerte de charlar un poco con la gente humilde de las pequeñas islas. En ese momento ya estarás deslumbrado, perdido y ciego.Venía yo reflexionando sobre lo anterior y haciéndolo extensivo al “pobre” paisaje de Astipalea, una isla roca, marrón, recortada, con un escenario uniforme hasta el aburrimiento y donde cualquier repliegue de su orografía que da lugar a la existencia de un vegetal constituye una feliz ocurrencia. Solo el rojizo de la tierra, el azul del mar y las espumas blancas de las olas chocando contra sus farallones; la hermosura de la nada, extendida por millas y millas de costa elevaban el ánimo hasta la alegría. Así que doblar el recodo y encontrar la Jora blanca te produce un susto cegador, te hace entornar los ojos y protegerlos con la mano para poder admirar sus contornos limpios, cúbicos, escalonados, con el castro en la cumbre y sus cúpulas azules, como fanales celestes. Siempre me pareció que esas bóvedas pintadas de añil, pequeños espejos esféricos donde reflejar el cielo, crean más sensación de infinito y eternidad que las enormes catedrales, sean del credo que sean; seguramente es el efecto deseado por su constructor.

 

Astipalea es eso, una isla vacía, una Jora luminosa y algún que otro grupo de casas aisladas y casi sin habitar. Marrón, blanco, azul, marrón blanco, azul. La luz y la pobreza. Pasear por sus caminos es flotar en un espacio ingrávido donde tus pies avanzan pero tus sentidos no notan la más mínima alteración, formar parte de un lienzo de un pintor exquisito que resolvió su obra con pocos colores, muchos matices y un resultado elegante.

Dejando el espíritu, colmado, y volviendo a las cosas prosaicas, del cuerpo mortal, es necesario puntualizar que a veces, la pobreza, obliga a tirar de imaginación culinaria porque no es fácil encontrar productos frescos en estas islas, al margen de las ubicuas berenjenas y los siempre presentes tomates. Ya habíamos intentado en una carnicería de la jora lo que parecía una solución brillante y ya largo tiempo deseada de ¡un cordero al horno! Pero el carnicero dijo que no quedaba ninguno y que había que esperar unos meses a que crecieran los recién paridos. Y con cierta cara de asco añadió que tenía chuletas congeladas, pero de Irlanda. Pues no señor, agradezco su sinceridad que le va a llevar a no vendernos nada, pero  de esos corderos sin nombre y sin balidos no queremos, seguiremos con nuestra dieta vegana obligatoria desde hace unas semanas.

Los días pasaron entre tomates y berenjenas, hasta Maltezana y un paseo; cuatro casas y dos apartamentos para turistas ya cerrados. Un corral destartalado entre paso y paso, con un cartel de “Se vende pollo, conejo, perdices y huevos”. Llamamos a la puerta de cartón. Llamamos con insistencia. Llamamos con tanta fuerza que unos vecinos salieron a ayudarnos y empezaron a vocear requiriendo a Yanis, al Yanis que estaba allí pero que era un poco sordo y andaría en el huerto. Pero al final salió una señora, la señora de Yanis.

– ¿Tienen conejo?

– No

– ¿Y pollo?

– Tampoco.

Dos perdices en sus jaulas miraban con un ojo desorbitado y el alma en vilo por si seguíamos con la retahíla de peticiones de acuerdo al cartel.

– Ya los hemos matado todos y ahora hay que esperar a que crezcan los nuevos. Solo tengo huevos, berenjenas y tomates.

Y entonces apareció Yianis, delgado como una caña y esos ojos rojos de conjuntivitis crónica de la gente que ha contemplado mucho el mar sin resguardarse. Su mirada era translucida y azul, como si se hubiera quedado teñida con el esmalte del salitre y de los vientos. Dijo que había sido marino. Ya lo sabíamos nada más verle. Recitó una sucesión de palabras y frases en español pícaro, mal acentuadas por el olvido y los años, mientras cerraba los parpados evocando grandes momentos de tropelías mozas.

Le compramos huevos y berenjenas, qué otra cosa se podría hacer a la espera de ver crecer los animales de esa isla donde no se les ocurría que valía la pena criar algunos más. Comenzamos a charlar. La típica cháchara informal de ¿Cómo es el invierno aquí? ¿Cómo van las cosas por España? Y ya cuando se fue caldeando les pregunté por las elecciones del siguiente domingo 20 de septiembre.

– ¿Qué queréis que os diga? Qué me importa un bledo. Nada va a mejorar la vida para nosotros si gana uno u otro. ¿Sabes qué? Qué siempre que vienen los comunistas queriendo cambiarlo todo, este país acaba en un lio.

– ¿Dónde están esos comunistas?- dije yo- ahora ya todos dicen y hacen lo mismo. Lo único es pensar que los antiguos partidos robaron como cacos y estos no… Todavía.

Yanis se enderezó de la silla donde estaba encorvado, abrió bien los ojos de mirada transparente que comenzaron a sonreír mucho antes que sus labios y mucho antes que una sonora carcajada atronase el corral y aterrorizara a las perdices.

– Y nosotros, también robábamos. Los pequeños robamos al estado y el estado nos roba a nosotros. Y ahora quieren birlar más, subiendo los impuestos, pues seguiremos como estábamos, sisando. Eso no lo entienden los del norte, ellos vienen aquí buscando la playa y el sol y no encuentran más que la playa y el sol; luego vuelven a sus lugares tristes y grises, donde viven como máquinas, trabajando días enteros para poder comprar cosas que no sirven para nada, para seguir viviendo en sus ciudades grises y sus casas grises, siempre anhelando el mar y el sol sin remedio. No lo saben, son bárbaros, viven como autómatas unas vidas obligadas y no despiertan jamás. Yo cuando despierto por la mañana me voy al café a charlar con los amigos y luego a pescar con la barca de mí primo. Hay otra vida pero a mí no me interesa- Y soltó otro estallido de risa.

Yo pensé en meter baza en su discurso primario y extrovertido de niño grande que dice exactamente lo que piensa, pero quizás era mejor dejar hablar a ese personaje que empezaba a asomar de las páginas de un libro de Kazantzakis. Tenía en sus ojos el reflejo de todos los mares del mundo. Abandoné por completo la idea de preguntarle por qué no criaban más animales en la isla si se les terminaban tan pronto. Supongo que la respuesta hubiera sido tan simple y tan obvia que me hubiera dado la risa a mí también: la luz y la pobreza.

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Las buenas maniobras llevan a buenos puertos

Por 26 septiembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (18 Comentarios)
El trabajo de marino es una de las profesiones en las que más conocimientos se requieren en disciplinas tan dispares y alejadas entre sí como astronomía, derecho, pesca, meteorología, construcción naval, oceanografía, mecánica, reglamento, radiotelefonía, maniobras y hoy en día hasta informática. Tanto es así que un verdadero capitán no para de aprender en toda su vida laboral, lo cual también es un reto estimulante. Adquirir destreza en las maniobras es cuestión de experiencia, pero también de una actitud personal por buscar las cosas bien hechas. La navegación de recreo; sobre todo la del alquiler esporádico y veraniego, pierde la perspectiva de que los barcos son tanto técnica como arte; razón por la cual una maniobra debe ser elegante y sin artificios, como la buena música o la literatura; ya que las bellas maniobras llevan al barco a lugares hermosos, como las palabras meticulosamente escogidas llevan al texto a convertirse en una novela brillante. No solo hablo de veleros con tripulaciones numerosas en las que cada uno sabe lo que tiene que hacer y producen el resultado de un afinado concierto bajo la batuta de un buen capitán; si no que también me refiero a los pequeños barcos de solitarios o de pocas manos disponibles; igualmente en ellos, la elegancia es lo último que se tiene que perder. No soy amiga de contar historias marineras, pero esta vez me voy a permitir el desliz, lo más breve posible.

Llegábamos a Astipalea por el norte de la isla, viento a favor con un meltemi no excesivo  pero que se había puesto a cargar en las últimas millas. La Maga es un queche y llevábamos todo el trapo arriba; genova, mayor y mesana. El barco empezaba a ponerse duro al gobierno y era necesario quitar la mayor para finalizar la recalada viento en popa. En esas condiciones, intentar arriar la vela, aconchada fuertemente contra el mástil  es casi imposible, algo parecido a parar un coche acelerado por la bajada de una larga pendiente sin disponer de frenos, la única solución es girar y colocarlo cuesta arriba. Recogimos la vela de proa, orzamos y cazamos la mesana todo lo posible para que dejara el barco proa al viento; maravillosos queches que permiten estas y otras muchas cosas; pero la ola empezaba a ponerse muy vertical, al subir el fondo considerablemente de prisa a barlovento de la costa y empujaba la proa del barco sacándolo de rumbo.

Yo tuve un momento de debilidad y pregunté si arrancaba el motor para intentar mantener la proa. Una voz en mi interior me decía que eso no estaba del todo bien, pero otra voz más potente protestó: ¡Eso es una cochinada! Me entró la risa porque imaginé el mar lleno de basuras y desperdicios por mi error ¿Quizás yo también me estuviera embruteciendo? Tenían razón esas voces que me daban una lección de buena paciencia marinera; las prisas y la pereza están totalmente reñidas con las buenas prácticas del mar. Sacamos un pedazo de génova y acuartelamos el barco, entre la vela de proa y la de popa, el velero se quedó elegantemente parado subiendo y bajando las olas con dulzura. Pudimos arriar la mayor sin prisas y sin dificultades para poner nuevo rumbo a una ensenada difícil de localizar, entre los acantilados y las espumas de las olas que rompían contra la costa. Y ahí viene la siguiente disciplina: la navegación exquisita y sin errores para no fallar la recalada, pero esta vez no me voy a echar faroles; la navegación electrónica y el radar son grandes inventos de estos tiempos.

Entre las rocas peladas se abrió de sopetón, como un hachazo en la montaña, un estrecho canal que conducía a una espléndida ensenada protegida por los cuatro puntos cardinales y desventada, como una balsa tranquila, indiferente al tumulto de olas cruzadas y aullidos de viento que había en su entrada. Era el abrigo total que uno siempre imagina cuando se enfrenta a mares difíciles. De hecho la rada es utilizada por los pescadores cuando faenan por el norte de la isla y son sorprendidos por el mal tiempo o incluso cuando quieren dejar su barco a buen recaudo durante las temporadas de veda. Una bahía redonda entre montañas desiertas con cuatro casas sin pintar y sin peinar, como recién levantadas de la siesta y un balido persistente de los rebaños en la orilla. Una antigua fábrica de cal hoy abandonada, daba un detalle de industria desvencijada de pasados más célebres. Aquel sitio confortable y acogedor me hizo pensar en que los lugares no son lo que parecen realmente si no que la forma de acceder a ellos y las circunstancias nos muestran caras diferentes. Llegar a Vathi con la culpabilidad de haber hecho las cosas mal no hubiera tenido el mismo significado.

Vathi, Astipalea, un día de meltemi. Fotografía de expressonews.gr

De las cuatro casas, esto no es sorprendente, una era una taberna tan destartaladamente encantadora que no dejaba más opción que bajar a visitarla ¿Quién se dejará caer por aquí a parte de los yates del verano? La tabernera era una mujer desenvuelta que resultaba atrevida de pura espontaneidad y nos llamaba corazón mío, ojos míos, alma mía, niños míos, vidas mías y otra vez vuelta a empezar con corazones. Sin hacerle la más mínima pregunta nos las respondió todas. Sobre su vida en el Pireo y cuando se trasladó a la isla; ahora ya no volvería por nada del mundo a la ciudad donde nadie te conoce y donde te mueres en una esquina sin que te miren. Nos informó sobre la fábrica de cal y los años en que Vathi era un hervidero de barcos cargando polvo blanco, yendo y viniendo a todas horas. Luego la cerraron y todos se fueron a vivir a otro lado, pero ella no, porque qué iba a hacer ella en Atenas a estas alturas.

-Aquí en esta taberna, corazones, somos todos como una familia y los pescadores vienen de vez en cuando a refugiarse y a contarnos chismes y aventuras, así que ¿Cómo voy a cerrar el local? Sobre todo en invierno, cuando más falta les hace.

Hoy justamente habían llegado barcas con salmonetes ¿Os pongo unos pocos, ojos míos? Debió de vernos la mirada de aparición milagrosa porque desapareció en la cocina para prepararlos. ¡Y unas berenjenas! Exclamé cuando se alejaba. Vino corriendo y muy seria me dijo que eso que pedía era mucha faena. No lo entendí muy bien pero para qué discutir con semejante elemento.

– Lo tenías que haber encargado antes. Si quieres patatas, bien.

– Ah. Vale, patatas ¿Y pulpo?

– Ahora veo lo que se puede hacer, corazón mío. Pero sobre todo, no le deis de comer al gato. Los turistas tienen la manía de tirarle espinas, yo les digo que no lo hagan, pero como solo hablo griego no me hacen caso. El pobrecillo, por las noches, tiene unos cólicos espantosos.- Me quedé mirando al tigre bengalí que dormitaba orondo sobre un cojín de una silla y bostezaba por alusiones.

Había al fondo, en una parte del establecimiento algo más abrigada del exterior por unos ventanales de madera, una gran mesa redonda donde se sentaba la gran familia de la que hablaba ella, los marineros recién llegados se acercaban a saludar con grandes aspavientos y eran recibidos con cálidos ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo no venías por aquí? ¿El meltemi? ¿Cómo anda el abuelo? La reina de corazones corría atosigada por los encargos y los abrazos de reencuentros. La mesa se fue llenando de aparecidos que pedían ouzos, cervezas, cafés y la taberna  se caldeaba con ese apacible afecto de los sitios remotos donde siempre hay un recodo de misericordia esperando. Se comentaban partidos, se discutían lances de pesca, se despotricaba del gobierno pasado y venidero; mientras se iba llenando de humo y vocerío.

Y nosotros, sonrientes, charlábamos sobre las maniobras, las malas y las buenas, las que te traen a sitios tan extraordinarios como este. O quizás, pensándolo bien, hacen sorprendentes los sitios a los que llegas porque, al fin y al cabo, todo en la vida es relativo.

– ¿Podrías traer más vino?

– Mira, corazón-ojos-cielos-entretelas y alma mía. Coge la jarra y te lo sirves tu misma de la nevera, que yo tengo mucho trabajo.

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Esto es Grecia. Skinousa

Por 20 septiembre, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (13 Comentarios)
Αυτό είναι Ελλάδα. Esto es Grecia. Esta frase se repite con frecuencia entre los griegos cuando no quieren dar explicaciones. Tiene múltiples significados que van desde el haz lo que quieras, nadie te lo va a prohibir, mientras no molestes al vecino, que es en sí su versión  envidiable y la esencia del libre albedrío responsable; hasta llegar a esa resignación del “¡Qué le vamos a hacer!” ese pesimismo conformista de que en este país no hay forma de cambiar nada y es mejor dejarlo correr. Esa pereza de los griegos frente a su futuro, frente a sus políticos, frente a sus miserias, como si pensaran que solo los antiguos héroes eran capaces de alterar los designios divinos. Aquiles murió en Troya y Ulises en Itaca, ya no existen, por lo tanto confórmate y no protestes, nada puedes hacer. De ahí la desgana frente a las elecciones, tras un verano de infarto, en el que lo único que han conseguido es acostumbrase a vivir en un corralito perpetuo. Y si no está en tu mano solucionar nada, pasemos a la primera premisa y por lo menos vivamos haciendo lo que nos venga en gana. Αυτό είναι Ελλάδα.

Buscando un buen abrigo del meltemi fuimos a parar a Skinousa, una de las pequeñas Cícladas, cercana a Naxos. Fondeamos en el sur frente a un puñado de pequeñas playas, protegidas por un promontorio en el que se veía una actividad frenética de camiones y excavadoras a pesar de ser domingo. Estaban construyendo varias villas a la vez, distanciadas las unas de las otras y todo el recinto protegido por un muro de piedra; debía de ser una urbanización de lujo. Decidimos dar un paseo hasta el pueblo, distante apenas 2 kilómetros y para ello desembarcamos en una de las playas. En la arena había dos chicas tomando el sol en unas tumbonas, nos miraron con desprecio e indiferencia. Al subir para encontrar el camino un enorme letrero advertía de que era propiedad privada y alertaba de la existencia de perros peligrosos. Miramos por todas partes buscando una senda alternativa pero no existía, así que tuvimos que desembocar en el jardín de una de las enormes mansiones, encerrada como todas por una muralla bien alta ¿Alguien está recreando un castro medieval?

 A la primera señora que nos encontramos le pedimos respetuosamente permiso para atravesar por la casa y acceder a la carretera. No puso mucho inconveniente pero se la veía algo violenta; realmente todo aquello era un poco raro ¿Cómo podían cerrar el acceso a una playa? ¿No existe servidumbre de paso en Grecia? Los camiones y las palas excavadoras no paraban de ir y venir con materiales de construcción; quienquiera que fuera el promotor tenía bastante prisa en acabar las obras.

El paseo fue corto porque nos imaginábamos el desastre de que alguien cerrara la puerta y nos tocara saltarla con dos feroces molosos esperándonos al otro lado; o lo más probable, quedarnos a dormir en la carretera, así que volvimos a entrar en el recinto fastuoso. Esta vez se acercó un joven a preguntar a dónde nos dirigíamos. La historia comenzaba a ponerse interesante y  decidimos tirarle un poco de la lengua, le tentamos con la pregunta acerca de una posible bajada alternativa. ¿No? ¿Y cómo es eso?

– Αυτό είναι Ελλάδα.- Acabáramos. Le debió de dar un poco de vergüenza, pues puntualizó rápidamente que él no era el dueño.- Yo no tengo tanto dinero como para esto.- Dijo sonriendo y añadió bien bajito, para que nadie le oyera- Todo esto pertenece a un armador griego- Evidentemente no quiso pronunciar su nombre; tampoco nosotros le presionamos porque supusimos que trabajaba para él.

Al bajar, las chicas seguían desparramadas al sol, sorbiendo refrescos con una pajita y esta vez no nos tomamos la mínima molestia en saludarlas.

Rebuscando en internet sobre la ley de costas en Grecia dio la casualidad de que encontrasemos un artículo, publicado ese mismo día en un periódico local, que hablaba de los desmanes de un armador griego, propietario de un terreno descomunal, en Skinousa. El problema no era el acceso a las pequeñas playas en las que estábamos nosotros, si no que lo grave es que había ocupado el camino que llevaba al arenal de Livadi, al otro lado del promontorio que es, por así decirlo, la playa oficial de la isla. Cuando se produjo la venta de los terrenos, la escritura reflejaba claramente la existencia de una servidumbre de paso, pero el nuevo propietario se había pasado la cláusula por donde se suelen pasar estas cosas los poderosos sin escrúpulos.

Los vecinos se habían enfurecido con el cierre de una senda por donde ellos y sus antepasados llevaban toda la vida pasando. Y no solo estaba la cuestión sentimental, si no que la riqueza turística de la isla dependía de esas playas ¿Cómo iban a alquilar habitaciones si los clientes no se podían bañar? Habían intentado caminos secundarios para acceder; a la mañana siguiente estaban ya cerrados por cultivos sembrados milagrosamente por la noche.

La protesta había llegado al pleno del gobierno en Naxos; la isla pertenece a la administración territorial de Naxos y pequeñas Cícladas; y se les preguntaba a los representantes municipales sobre qué acciones se habían emprendido frente a tales irregularidades y quien había otorgado la licencia de obras. Las respuestas fueron algo vagas y como sacó a relucir en las intervenciones algún miembro de la oposición, el secretario del ayuntamiento trabajaba para el propio magnate dueño de los terrenos.

La historia de los adinerados navieros de este país, sus corruptelas, sus desmanes y sus conexiones políticas se repite una y otra vez como la estrofa de una vieja canción llamada “Esto es Grecia”. Seguiremos atentos a las noticias de esta pequeña isla a ver si esta vez el concierto acaba de otra manera y podemos aplaudir.

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