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Evgiros.

Cartas y tarjetas

Por 6 julio, 2016 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)

Todos los días se aprenden cosas nuevas. Me ha quedado patente que es más importante saberte el número de teléfono de tu cartero que el de la tarjeta de crédito.

Grecia no es canción del verano este año, la liquidez de los tiempos ha hecho que se olviden las tonadillas del último estío. Pero las cosas siguen igual o peor. La subida del IVA ha disparado los precios ya estratosféricos y las pensiones y sueldos se han reducido a la mitad. Encima seguimos con el “corralito”, aunque ya nadie hable de él y tan solo se puede sacar del cajero 400 € a la semana; eso hoy en día no da para mucho. Nadie quiere oír hablar de transferencias ni tarjetas, porque el dinero se queda en el banco, hacienda sospecha que tienes muchos ingresos y te quita la mitad más otra mitad para el año siguiente. Así que ha florecido una microeconomía paralela en el que muchos andan a lo John Wayne, con los bolsillos abultados de billetes y otros a lo Chaplin, intentando cocinar un zapato. Cuando vas a pagar cualquier cosa y sacas la VISA te miran como si fuera un cromo del anticristo y prefieren fiarte y decirte que ya lo pagaras otro día; cuando consigas reunir la cantidad a base de pequeños ahorrillos de los 400 € semanales. Se inicia así un ciclo de deudas aplazadas que se pueden ir endosando a terceros. Si tú le debes a Nikos y este a su vez tiene una deuda con Sotiris, pues le pagas a este último tú mismo y todos tan felices. Bueno, esto no es verdad a todos los niveles; también hay grandes empresas con cuentas en el extranjero y algunas del norte del país, más afortunadas, desplazadas a Bulgaria para pagar mucho menos. Así que los búlgaros están que lo tiran y vienen a Grecia cargados de billetes para comprárselo, comérselo y bebérselo todo. ¿Serán los próximos en explotar? Bueno, así es este sistema que inventamos: una huida desbocada hacia adelante sin ninguna pizca de conmiseración ni de intención de arreglar nada, solo de seguir cuesta abajo hacia el abismo.

Pero lo que realmente me ocupa hoy no es esto sino una historia de un paquete y sus peripecias para llegar hasta mí, una aventura cargada de prejuicios, modernidades, berrinches y métodos tradicionales.

Como ya va siendo una maldición habitual en mí, este verano volvía a tener problemas con el móvil; con otra compañía diferente a la del año pasado, pero en el fondo todas son iguales. Le pedí a una amiga que me mandara un duplicado de mi SIM. El tema era peliagudo, ya que cuando emiten un duplicado te anulan la vieja y te quedas sin teléfono, y para mí, en estos momentos y por motivos de trabajo era fatal. El método más económico era enviarlo por correo exprés, pero me dio repelús, pensando sobre todo en la parte griega del trasiego y sus frecuentes huelgas, así que decidí gastarme el dinero y enviarlo por SEUR, empresa líder de paquetería y mensajería en España. Una pasta, pero con la promesa de que llegaría a su destino en 3 días. Como toda empresa moderna, SEUR tiene una aplicación donde puedes ver el estado de tu envío en cada momento: Mira, está en Madrid. Mira, está en el avión. Mira ha llegado a Grecia ¡Cielos está en Salónica! ¿Y qué hace allí? Aparecía en la pantalla una señal de admiración indicando algún problema y una sutil sugerencia de que te pusieras en contacto con ellos, a través de un 902, of course, al que es imposible llamar desde fuera de España.

Realmente me fascinan las teleoperadoras de los 902, bragadas en todo tipo de técnicas orientales de meditación y control de impulsos y emociones. Muy amablemente pasó mi queja al departamento correspondiente.
Pasaban los días, ya fuera de plazo, y yo seguía atenta a la pantalla de la aplicación. Una mañana desapareció la señal de alarma ¡Bien! Pero enseguida leí que el paquete había sido entregado en Salónica, a 500 km de su destino ¿Quién sería el afortunado que se quedó con mi número de teléfono? Esta vez la dulce señorita aguanto todo tipo de improperios sin soltar una interjección. Y no tardé en descubrir que había hasta páginas en internet de afectados por SEUR donde dejaban a la gente con casos similares al mío desgañitarse y berrear como método terapéutico.

Pedí un nuevo duplicado de SIM y esta vez lo mandaron por Correos. El seguimiento del envío tanto en la página de Correos España como de ΕΛΤΑ en Grecia eran impecables, te decían hasta la hora en que lo cargaban en el camión. Cuando por fin llegó a Lefkada yo andaba tan impaciente que me fui directamente a la oficina de correos para asegurarme de que había llegado y saber cuándo lo entregarían.

-¿Cómo se llama tu cartero?
-¿Mi qué?
-Vale, dime en que pueblo vives.
-Evgiros.
-Estupendo. Se llama Giorgos y apunta su número de teléfono.
-¿Le llamo?
-Pues claro.

Un poco cortada y esperando un desplante llamé al tal Giorgos, en adelante “mi cartero”, que naturalmente me dio pelos y señales de mi paquete y concertó fecha y hora para entregármelo en mano. Y así fue, puntual como un reloj llegó con su moto al pueblo y todos le saludaron. Apunte su número de teléfono en todo tipo de agendas y recordatorios, porque hoy por hoy me es mucho más útil que el PIN de mi tarjeta de crédito.

-Siempre que esperes un envío, me llamas. Yo te traigo cualquier tipo de paquete. Bueno, si es muy grande y no me cabe en la moto te indicaré que pases por la oficina.

Perro moto

Me ha venido a la cabeza esta deliciosa música de una película entrañable; de un tiempo en que los carteros eran indispensables. Parece que an algunas partes del mundo sigue siendo así.

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Girospiti. El salto

Por 12 mayo, 2016 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)

Un techo puede ser lo más parecido a la bóveda celeste; por su forma, por lo elevado, por lo intangible, por lo inabarcable.En el tiempo récord de un año habíamos conseguido reparar el tejado; para estar tan lejos y tan a desmano no estaba mal la plus marca. Ahora tocaba, sin dilaciones, proteger la madera con pintura, sobre todo en la terraza, de las inclemencias del tiempo. Era mi turno. Era verano. Me compré una escalera y una pértiga. Me organicé el trabajo en las jornadas de las que disponía.

– Un planing se llama. – Le decía yo a los gatos que pasaban a fisgonear.

– Y calcular que si todo marcha bien, en una semana podrá estar acabado. –  Se alejaban con los rabos bajos y desilusionados.

Todos los días me levantaba al amanecer y acompañada de una botella de agua congelada me dirigía a mi faena.  Las labores de contorsión no me acobardaban, estaba curtida en trabajos náuticos de posturas invertebradas, pero aquí se añadía la atracción del abismo, encaramada en lo alto, en una terraza sin barandilla. A los dos días tenía una tortícolis de muerte, una centésima del trabajo esperado hecho y una desmoralización preocupante; al tercero me había comprado un compresor. La máquina no mejoró mis músculos maltrechos pero sí me hacía avanzar más rápido. Aunque ante las miradas inquisitoriales de los vecinos con los que me cruzaba decidí no utilizarlo a la hora de la siesta y seguir con el rodillo neolítico; yo era una extranjera y me había dispuesto a pasar desapercibida.

Lo peor era subir todos los utensilios a la casa, porque el pueblo, como muchos otros de las islas, está colgado del monte y no puedes dar dos pasos sin subir una cuesta, lo que lo hace complicado incluso para los automóviles. Los habitantes tienen bombas hidráulicas por corazones y su longevidad es sorprendente, de hecho el nombre Ευγηρος, viene de καλἀ γεράματα, es decir, la buena vejez. Pero a mí me costó coger fondo unos cuantos días de sube y baja.

 

El cabo Ducaton al fondo

A menudo me quedaba obnubilada, observando los campos allá abajo con las ovejas pastando y el cabo Ducaton al fondo, me detenía en cada detalle y me olvidaba del grosor de la brocha que se transformaba en el fino pincel para copiar la naturaleza.  Tenía la sensación del vuelo, planeando sobre las montañas, descendiendo suave sobre el valle y remontando un poco más tarde hasta donde empezaba el mar; para llegar a los blancos acantilados que dan el nombre leuco a la isla de Lefkada. Blanca la pintura, blancas las manos, blanco el tejado, blanco el cuerpo y los ojos, todo era blanco y luminoso. Demasiado.

El cabo Ducaton es conocido por haber servido de trampolín a amantes despechados que querían curarse de su pasión no correspondida y borrar, a través de un salto certero, el dolor corrosivo del desquerer. Si sobrevivían se deshacían en el salto de todas las desdichas y sufrimientos. Sus cortadas se hicieron famosas como recurso infalible para el olvido. Los oficiantes, hacían ofrendas, de las que los sacerdotes daban buena cuenta, y  los pescadores avispados sacaban del mar los despojos, cobrándoles un buen dinero si respiraba todavía. El rescatado pagaba gustoso, anonadado y feliz  por haber sobrevivido ¿Cómo no se le iba a olvidar cualquier cosa? Bastantes pocos consiguieron salir con vida, pero todos, todos, olvidaron. Pero quien acabó por dotar de renombre al cabo para la posteridad fue Safo, la poetisa de Mitilini. Debió penar mucho por su amado barquero Faon, para viajar de una parte a otra de Grecia y suicidarse justamente aquí, en el “Salto de Safo”. Es posible que nada de esto sea cierto, pues muchos relatan que envejeció y murió en Lesbos, su tierra, pero no importa la verdad, la fábula al fin y al cabo, hace más llevadera la vida. Y a mí me entretenía en mi  pintura; que más se puede pedir.

Entre ensueño y espejismo fui acabando mi cometido. Estaba cansada, mareada, veía estrellitas y me movía como un pinocho de madera, con todos los músculos agarrotados. Cuando ya me iba, al pasar por delante de la taberna, alguien me llamó. Yo frené. Girarme no podía. Di marcha atrás. Me olvidé del desnivel. Di marcha atrás. Y sentí un vacío, una pérdida de sustentación, unas ruedas girando en el aire… Me caí a la cancha de baloncesto. Ahí morían mis sueños de vivir de incógnito y no dar el cante, en el bochorno de la tarde y en el de mi amor propio. Cómo envidiaba a Safo en su fatídico salto, para desaparecer de allí cuanto antes.

Cancha de baloncesto

Vula, se asomó a la terraza y sin preguntarme nada empezó a llamar a unos y a otros. Pronto apareció medio pueblo armado con palos, piedras, gatos y planchas; se les notaba acostumbrados a estos menesteres y tras grandes discusiones y forcejeo, lograron sacar el coche de allí. Todos sudábamos y resoplábamos.Durante algún tiempo me resigné a ser la “hispanída” que se había caído a lapista de baloncesto. Pero un día me consoló la estupidez de no ser la única. En una curva me encontré a todo el pueblo vociferando con palos, piedras, gatos y planchas; abajo, despeñado por un barranco estaba el coche de un vecino que venía un poco tarde de tomar ouzos.

Adaptación de Sotiris Kakisis del fragmento 95 de Safo ( libro V) cantado por Eleftheria Arvanitaki.

Ήρθε και τρύπωσε ο Ερμής στο όνειρό μου μέσα
και του είπα·”Αφεντάκο μου, πώς χάθηκε η ζωή μου
Και δε γελώ, δε χαίρομαι, μήτε τα πλούτη θέλω
μα κάποιος πόθος με βαστά, ζητάω να πεθάνω
Τις υγρές να δώ με τους λωτούς, του Αχέροντα τις όχθες”.

Vino y se deslizó Hermes en mi sueño,
y le dije “Mi Señor, cómo se perdió mi vida.
Ni me río, ni me alegro, ni las riquezas busco,
tan solo un deseo me sostiene : quiero morir
Ver las aguas con lotos, las orillas
del Aqueronte”.

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Giróspiti. La casa de Evgiros

Por 10 mayo, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (14 Comentarios)

Era el mediodía más tórrido que puedo recordar y las previsiones que se avecinaban no dejaban chispa de esperanza. Una ola de calor asediaba el archipiélago y las calzadas se desleían con su propia calima que emanaba del asfalto licuado; de quedarte inmóvil corrías el peligro de adherirte al pavimento y fundirte lentamente con él, tal que si de arenas movedizas se tratara; sin ninguna posibilidad de ayuda, sin poder pedir auxilio, porque no había ni un alma en la plaza de ese pueblo donde habíamos ido a parar. Las chicharras estaban mudas o moribundas, habían abandonado su estridente salmodia y renunciado a la ilusión inútil que resultaba de batir sus alas para refrescarse con ese aire sofocante. Lo único sensato a esas horas era buscar una sombra trascendente donde amodorrarse y soñar con céfiros frescos y relentes. Nunca antes habíamos pasado por este pueblo; pueblo que te encuentras de esquinazo, cuando crees que ya no puedes encontrar nada más y que de seguir así, por la carretera, el despeñe por un precipicio es inmediato. Pero seguíamos porque se veía Itaca, sumergida en el calor y en un azul marino que se evaporaba hacia el cielo; seguíamos y seguíamos sin pensar en parar, embelesados, como ratones de Hamelín. Fue la primera vez que vi Evgiros.  Porque no la había buscado antes; no es una errata, Evgiros es femenino; porque no viene en los mapas, porque está en el άκρη, en una esquina, y porque al turista, que tiene el tiempo justo, no se le ha perdido nada en esta aldea; porque creo en los hados y porque en esta tierra la realidad y la fábula se confunden con cabezonería.  Evgiros salió a buscarnos.

En la plaza de la iglesia, o la plaza, había un árbol descomunal con un banco y un grifo atornillado a la corteza de su tronco, que murmuraba aguas gélidas. Pero nos embobó el café de suculenta terraza emparrada, con sillas dispuestas en corro, esperando chácharas y tertulias; y con las mesas repletas de botellas abandonadas, como si los clientes hubieran huido repelidos por una lengua de fuego bíblica. Alguna hormiga mirmidona hacía acopio del ágape desatendido. ¡Qué pueblo tan salado! Y las moscas ¿Dónde están las moscas? Muertas.

En la ventana del cafetín había un rotulo de “Se vende”. Ay, si se vende esto que será de nosotros; sin parras, sin tertulias, sin corrillo para dirimir los acontecimientos históricos; desamparados. Y como tales, corrían los sudores por nuestras nucas; corre, corre que me seco, que se me va el último hálito de humedad. Allí, allí hay una fuente, en el árbol. Ese mastodonte de afectuosas ramas que se inclinaban como única oportunidad del superviviente. ¡Qué pueblo tan salado!

Entre las brumas del calor apareció un hombre, que yo diría irreal, porque hacía un minuto no estaba allí, el banco vacío;  porque hacia un buen rato que no se oía un susurro o un pío pío de pájaros; esperaban callados a que dejaran de arderles las plumas; porque con tanto silencio y tanto sigilo no se podía haber plantado allí sin notarlo. Vestía camiseta sport y nos echó  la mirada del “qué buscáis”, el ademán  universal interrogador; cejas altas y cabeza alta, hombros altos.

– Solo mirábamos el café en venta.

– No es el café lo que se vende, si no la casa de al lado

Nos respondió sorprendido de que habláramos griego. Mucho tiempo después me confesó que éramos los primeros turistas con los que charlaba, porque todos le contestaban en inglés y él solía abandonar por aburrimiento la conversación  que derivaba en “por señas”.

– Pues que buenas vistas
– Sí
– Es pequeña
– Sí
– ¿Buscáis casa?
– No
– No exactamente
– ¡Anda! ¿Queee?
– Pues mi primo vende la suya.
– Estupendo
– ¿Dónde?
-¿Qué estás diciendo?
-¿Queréis verla?
-¡No!
-Sííí
-Ahora llamo a mi mujer que traiga las llaves.

Y su mujer se llamaba Sofía y vino con una sonrisa inmensa y con las llaves, claro. Y él se llamaba Giorgos y era el secretario del ayuntamiento; “el secretario” para más señas. Y la casa era de su abuelo; y la casa era muy antigua, y la casa había sobrevivido a no sé cuántos terremotos y no se quintas guerras. Y la casa era fresquita de miedo y se metía en la roca de la montaña. Y se veía el mar y se veía Itaca y se veía a Safo saltar desde los blancos acantilados. Y aunque un gran ciprés tapaba parte de la vista…pues lo cortas… ¿Cómo voy a cortar semejante ciprés? Pues esto es Grecia. Y ves…aunque el acceso es malo pronto van a hacer un δρομος, una calle.¿Cuándo? Pronto

¿Qué puedo más decir? Pues que a los cinco días y tras de hacer todo tipo de papeleos y burocracias ¡nimaginables, de las que salíamos bien parados gracias al ir acompañados y recomendados por el “secretario” nos personábamos ante la notaría  para adquirir la casa.

La notaria hablaba despacito, como concesión a nuestra condición de extranjeros chapurreantes someros del griego; y nosotros tratábamos de comprender cada una de las silabas. Llegó el momento del consabido nombre de pila del padre; al que son muy aficionados los griegos;  estado civil y bla bla,  domicilio bla bla , nacionalidad, bla bla…

 – ¿Fecha en la que contrajeron matrimonio?

Nos miramos el uno al otro y empezamos a contar con los
dedos en vano. No teníamos ni idea. Que desalmados ¿No? Notario, ayudante, secretario, esposa y primo nos miraban absolutamente atónitos.  Pero que raros son los guiris, señor. Para salir del trance me la inventé. Y así conseguimos abandonar  la notaría como flamantes propietarios de una casa de piedra en Evgiros; eso sí para entrar a vivir.
 

 

 
De las historias que van rellenando una vida, son las irracionales las más enriquecedoras.
 

Πες μου όνειρα γλυκά
Ελευθερία
Αρβανιτάκη

Βρισκόμουνα σ’ ένα κελί
όπου όλα τα `χα χτίσει
τις πόρτες, τα παράθυρα
το στρογγυλό φεγγίτη.
Κι έβλεπα πως ζωγράφισα
πάνω σ’ ένα χαρτόνι
ένα σπιτάκι παιδικό
μ’ ένα μικρό μπαλκόνι.
Τις νύχτες δεν κοιμάμαι
Ξυπνάω και φοβάμαι
Πες μου όνειρα γλυκά.
Με το μολύβι χτύπαγα
κλαίγοντας να μ’ ανοίξουν
την πόρτα τη ζωγραφιστή
έξω να μη μ’ αφήσουν.
Ώσπου η πόρτα σκίστηκε
και είδα από μια τρυπούλα
μια ίδια μικροσκοπική
χτισμένη καμαρούλα.
Τις νύχτες δεν κοιμάμαι
Ξυπνάω και φοβάμαι

Πες μου όνειρα γλυκά.

Cuéntame dulces sueños
Eleftheria
Arvanitaki

 

Estaba en
una celda
Donde todo
había sido construido por mi
Las puertas,
las ventanas,
El tragaluz redondo
Y vi como yo dibujaba
en una caja
de cartón
una casa de juguete
con un
pequeño balcón
Por las noches
no duermo
Me despierto con miedo
Cuéntame
dulces cuentos
Golpeaba con
mi lápiz
llorando para
que abrieran la puerta,
la dibujada en el cartón,
y que no me
dejaran fuera
Hasta que la
puerta se rompió
Y a través
del agujero vi
la misma y también minúscula

habitación.

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El baile del águila

Por 20 agosto, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (8 Comentarios)
Desperté soñando que una melaza empalagosa y mórbida manaba de las montañas como una lava suave y se extendía lentamente por los prados, subiendo los troncos de los árboles, trepando a las copas de los cipreses, con el rayar del alba grisácea le daba al momento un toque irreal. Pero no fue realmente un despertar, si no ese estado ilusorio que existe entre el sueño y la vigilia en el que los sentidos intercambian sensaciones entre ellos. No era un manantial de mermelada si no el sonido dulzón de un clarinete que acompañaba una voz rasgada y destemplada, entonando una melodía repetitiva. ¡Qué exagerados que son! Eran las 6 de la mañana. Decidí acercarme a la plaza para ver quien cantaba y quien bailaba a esas horas azules.

El 15 de agosto es una fiesta muy especial en Grecia. Es como nuestra Virgen de Agosto, días de festejos y verbenas, pero para los griegos es tan importante como la Pascua o las Navidades; momento de desplazarse a las islas y los pueblos de los abuelos y de reencontrarse con familiares y amigos que hace tiempo que no se ven, comentar las novedades, constatar cómo han crecido los niños, quien ha emigrado, quien ha conseguido volver. Para los habitantes de los pequeños pueblos son días de mucha felicidad porque logran ver la pequeña villa, casi abandonada en invierno, bullendo otra vez con gente, como en los buenos tiempos. Pero sobre todo son noches de música, de pinchos a la brasa y de bailar hasta que el cuerpo aguante.

Cuando me arrimé al escenario los músicos  se tambaleaban cansados al compás de la canción y un solo bailarín permanecía en la pista. Era un hombre delgado, con el pelo cano y unos bigotes enormes. Vestido como los camareros de antaño; camisa blanca remangada, pantalones negros y zapatos acharolados de cordones que relucían con sus pasos de baile, iluminados por las bombillas festivas de colores. Danzando con los brazos en alto y la cabeza gacha. Concentrado en su coreografía como si no hubiera más en el mundo que esos gestos y esa composición que ejecutaba; ni amanecer, ni fiesta, ni gente dormitando sobre las mesas. Bailaba solo, para sí mismo, con una incomunicación solemne.

Los griegos suelen bailar en corro como un estado de comunión con los amigos. Bailar, pueblo y país tienen la misma raíz. El baile tiene un sentido ancestral de intercambio y unión entre los bailarines. Nada nuevo, se baila de esa forma en muchas partes del mundo. Solo el que lleva la voz cantante, el primero de la fila, se permite hacer filigranas diferentes a las del resto del grupo. Apareció mi amiga Sula, de 80 años, toda vestida de negro; con el menguar de los años parecía una hormiguita oscura entre un coro de patosos elefantes. Los llevó a todos por la calle de la amargura bailando una danza antigua; de sus mozos tiempos; que nadie conocía también como ella. Le aplaudieron a rabiar. Yo también salí, he de confesarlo, y resurgí airosa del trance. Pero eso fue a primera hora de la noche, con el pasar de las horas, solo quedaron los resistentes.

El viento del alba levantaba los vasos de plástico que giraban en el suelo y en las mesas como el solitario danzarín y las brasas aun no extinguidas de la hoguera de suvlaquis ascendía hacia el cielo ahumando a las pobres lechuzas que no habían osado a dar un Cuu en toda la noche. Los finales de fiesta siempre tienen algo de desolación, pero ese hombre solitario girando con la triste melodía superaba toda melancolía. Pocas veces he visto a alguien danzando tan elegantemente un “zeibekiko” y con tanta introspección.

El zeibekiko es un baile de origen tracio, exportado a Asia menor y posteriormente recuperado con la llegada de los refugiados griegos expulsados de Esmirna y Estambul en los años 20. Según autores, el nombre proviene de Zeus, el dios, y beko, pan; la unión del cuerpo con el espíritu. También le llaman el baile del águila, el alter ego de Zeus, porque se baila con los brazos bien abiertos e incluso moviendo las manos hacia arriba, con el chasquear los dedos, imitando el movimiento de las plumas distales de las alas del ave al planear. Es un baile estrictamente masculino que implica un sufrimiento y una pasión interior que solo puede calmar con una danza eremita en busca del éxtasis y el consuelo. Nadie aplaude, todos miran; a lo sumo se arrodillan frente a él dando palmas secas en una forma de acompañamiento y conmiseración con el doliente. Antiguamente solo podían bailarlo mujeres mayores y con lutos desgraciados pero en la actualidad hay muchas féminas que se atreven con él, dándole un toque más dulce y menos sobrio.

El ritmo del zeibekiko es un endemoniado 9 por 8, muy difícil de interiorizar para un neófito. No tiene pasos, sino figuras y se trata más de una improvisación que de un baile de normas establecidas, algo parecido al flamenco. La canción se espera o se elige y a menudo es una petición a los músicos para que interpreten esa que al bailarín le transporta a ese lugar tan suyo de pena y oscuridad personal. Si la tararea, lo hará bajito, se agachará y dará palmadas en el suelo, golpeando a la tierra para que le deje entrar y terminar así con su sufrimiento.
Así fue, el último acorde paró en seco y el hombre permaneció con una rodilla al suelo y un puñetazo en tierra. Clareaba. Me acordé de una estrofa de Markos Bambakaris:
Τι πάθος ατελείωτο που είναι το δικό μου, όλοι να θέλουν την Ζωή και εγώ το θάνατο. Que pasión interminable la mía, todos quieren la vida y yo la muerte…

La vida continuó al día siguiente.

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