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Evgiros.

Calabacines con sentimiento

Por 6 julio, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (7 Comentarios)
Los tiempos son duros y todos los que tienen un pequeño trozo de tierra se han puesto a plantar hortalizas y a dejar corretear gallinas ponedoras, picadoras  y escampadoras de porquería. Como todo agricultor sabe, las verduras no salen por demanda, si no cuando les toca fructificar, así que un mes te puedes encontrar con la despensa llena de berenjenas y al mes siguiente enrojecida por el zumo de tomate triturado. Ahora es el momento de los calabacines. Está siendo un año de buena cosecha.

Si vives en un pueblo y tienes buenos amigos lo normal es que te paren y te digan: tengo unos calabacines para ti. Muchas gracias les respondo, me encantan. Así que abro la nevera y se me caen todos encima.
Me hace gracia, porque te los dan a escondidas. No creo que se deba a que otros vecinos puedan sentirse celosos. Realmente, la única persona que no cultiva calabacines soy yo, todos tienen los suyos. Así que pienso que la clandestinidad se puede deber al temor de que los propios no sean tan gordos y brillantes como los del otro, con las flores tan tersas o las pieles finas y el dadivoso pueda ser considerado como un pésimo agricultor. Abro la nevera y los tengo de todos los tamaños, acostados unos sobre otros, como las botellas de buen vino, con sus florecillas como plumeros amarillos. Uff ¡Qué voy a hacer con vosotros!

He repasado y ejecutado todo la farmacopea calabacitil: rellenos de carne, con salsa de avgo-lemono, flores rellenas de arroz, fritos, en tortilla, con queso. Para no volver a empezar desde el principio, como el CD de un coche en un viaje largo, esta noche voy a inventarme una receta para dar salida a unos cuantos. Los voy a cubrir con una bechamel de mejillones y al horno. No sabía cómo titularlos, por si me salen buenos y tengo que volver a repetirlos, es necesario poder dirigirme a ellos con un nombre. ¿Calabacines del No? ¿Calabazas para Europa? ¿Calabacines a la importancia? ¿Mejillones en carroza? ¿La furia del Eurogrupo? ¿Calabacines enrojecidos de la vergüenza por la prensa tendenciosa? Pero creo que he dado con el apelativo: Calabacines a la Varufakis;o Varukolokizakia que suena mejor en griego. Así, cuando invite a cenar a algunas amigas mías, estoy segura de su aprobación casi sin llevarselos a la boca.

¡Qué bueno!

Pero no solo por eso. Si no porque creo que el gesto de hoy de este político es el digno colofón a una semana de nervios, rumores, desdichas, mentiras y una decisión rotunda a no ser humillados más. Se merece un buen plato histórico de sencillos ingredientes, tal que el pollo Marengo del famoso Napoleón; ese que ideó su cocinero con los pocos víveres que encontró en el campo de batalla. Como se lo merecen todos los griegos, cultivadores o no de verduras. Porque cada vez me emocionan más y me siento más cerca de ellos y de sus calabacines, de su pobreza compartida, de su miseria sonriente, de sus gustos humildes. A todo esto, espero que me salgan bien para estar a la altura de las circunstancias y no me tenga que arrepentir de la dedicatoria y tener que buscarles un nombre de última hora.

Mientras escribía estas notas han llamado a la puerta. Era Kostas, mi viejo amigo pescador últimamente retirado del mar y reconvertido a la agricultura de autoconsumo. Me ha dado una bolsita llena a rebosar y me ha dicho.

– Toma, esta es vuestra parte.
– ¿Nuestra parte?
– Sí, porque vosotros sois de los míos, tanto como mi familia.

Me he quedado inmóvil, sin poder hablar y he metido la cabeza de lleno en la bolsa, como queriendo captar el aroma de la fruta recién cortada. El plástico se inflaba y se desinflaba con mi respiración. Todo antes de mostrarle las lágrimas que me salían solas y sin llamarlas.

Afortunadamente entre muchos calabacines había un pepino y podré hacer ensalada, pero no tengo más remedio que idear otro plato para mañana. Lo titularé calabacines sentimentales, como si fueran unos nocturnos de Chopin. Se admiten sugerencias.

Calabazas de agosto

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Giróspiti. El colchón

Por 16 febrero, 2014 Etiquetas: , , Comentar (11 Comentarios)
En Grecia tengo la sensación de vivir en un delirio, una alucinación de cosas sin remedio, pero que en el último instante, con un toque de varita mágica, un prodigio o un eureka de algún Arquímedes ingenioso, se solucionarán de la manera más loca e insólita posible. O bien  yo siempre voy a dar con personajes excéntricos o bien la originalidad y la extravagancia es un gen helénico. Esto no siempre es apreciado por los visitantes norteños, más cartesianos, pero a mí esas peripecias me provocan alegría. La vida es demasiado hermosa como para tomársela en serio.

Había acabado de barnizar el suelo. La madera soltaba unos chispazos de brillo que me llenaban de orgullo y gratificaban esos días en cuclillas, mano tras mano, con  la preocupación de que no cayera ninguna gota de sudor sobre el barniz, sobre todo cuando el cerco se iba estrechando poco a poco hasta acorralar al pintor de suelos en un laberinto sin salida. Ya solo me quedaba, antes de irme con el barco a trabajar, comprar un colchón para que cuando llegase mi chico tuviera donde dormir.

Como las medidas eran un tanto raras no tuve otra opción que encargarlo. El dependiente, con una gran sonrisa y tras una breve conversación a grito pelado por el teléfono, me aseguró que tardaría 3 días. Perfecto, pensé, tendré tiempo de sobra para llevarlo y prepararlo todo.

No me extrañé de que a los 3 días no hubiera llegado nada. No me preocupé porque a los 4 días tampoco. Intenté tranquilizarme cuando a los 6 días el camión no daba señales de vida. Y me desesperé el día en que tenía que zarpar, sin que  el colchón hubiera aparecido. El dependiente, y su sonrisa, se encogían de hombros con un “así es la vida” que no daba lugar a mi cabreo, pero sí a mi ¿ahora qué?

– ¿Cómo le digo yo que no tiene sitio para dormir?

– Pues yo te cuento lo que vamos a hacer: cuando venga que me llame y yo le espero con el colchón.

– Pero llegará en el autobús de la noche.

– Pues se lo dejaré en la taberna de mi primo que está el lado de mi casa. Que se pase por allí y lo recoja.

– ¿En la taberna?

– Sí.

– ¿A las 2 de la mañana?

– Bueno, es una taberna.

Tendría que resignarme a lo que deparaba el destino, pero el problema más gordo era que no sabía cómo explicarlo sin perder la compostura.

– Ha habido un pequeño retraso… en fin que cuando llegues…esto… coges el coche y pasas por Geni. Ahí hay una taberna donde encontrarás el colchón.
….

– Lo mejor es que le llames antes para que te lo tengan preparado.
….

– Yo te dejo en el coche los datos de la taberna, el teléfono, el nombre y las medidas del colchón; por si acaso hubiera varios.- Me costaba contener la risa.

– Si no hay otro remedio.- Por fin se había roto el silencio suspensivo.- Diles que por lo menos vigilen que el perro no se acueste encima.

Me fui a ultimar unas cosas cuando por la carretera tuve la sensación de que alguien me seguía. Un camión comenzó a pitarme y hacerme luces, al disminuir la velocidad pude distinguir por el retrovisor al sonriente vendedor de colchones como copiloto, gesticulando con los brazos y señalándome. Paré para ver de cerca su sonrisa enorme y me dijo

– Ήρθε Το στρώμα (llegó el colchón)

En un momento, lo envolvimos en un plástico y lo pusimos sobre el techo del coche. Yo salí como un exabrupto para el pueblo con la satisfacción de haber conseguido en los últimos segundos salvar el partido. Y era tal mi contento que ni me planteé como iba a llevar eso yo sola. Pero el pueblo estaba desierto, la cuesta era vertical, el colchón era enorme, tenía poco tiempo. No me quedó otra que ponérmelo en la cabeza e iniciar la escalada.

A penas veía nada porque la carga se doblaba por delante y por detrás hasta casi rozar el suelo y daba tumbos de parte a parte de la calle vencida por el peso a cada zancada. Y así fue como, llegué hasta la casa sin resuello y también como cuando me quedaban unos metros, me quedé atorada entre la puerta y la higuera. No podía avanzar. No podía soltar el colchón, le esperaba un suelo lleno de higos podridos. No podía rascarme  ¡Hay que ver como pica el sudor en esos momentos!

Un gato apareció maullando intrigado por el imprevisto. Anda minino, acércame ese palo de escoba. Miau. Si eres bueno y honrado te daré higadillos cada día. Miau. Y daba vueltas a mis piernas y se restregaba. Ron-ron. Las fuerzas me fallaban y el gato traicionero trepó a la higuera para olisquear el colchón desde las ramas.

– ¡Si te subes te mato!

 No pude hacer nada más que ir deslizándome bajo el peso y con una pierna que estiré como el héroe de un comic, tumbé la escoba y la deslicé hacia mí, apuntalé una esquina, apuntalé la otra en la higuera y la tercera en la valla ¡Eureka! Logré abrir la puerta de casa y a tirones, con media higuera detrás y con un puntapié al felino que empezaba a entusiasmarse con la expectativa, el colchón entró; lo dejé caer; me dejé caer encima.
Me equivoqué; ese gen estrafalario que yo creía tan griego, en realidad había viajado por toda la ecúmene para llegar a Hispanía y recombinarse con  mis cromosomas.
                                                   
                                                                          FIN

Cierro está serie de capítulos de la casa, Girospiti, por el momento. Y lo hago con esta canción de Mikis Theodorakis, cantada por Haris Alexiou en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos: “Prepara el colchón para dos” ¿A que os suena muchísimo?

Στρώσε το στρώμα σου για δυό

Ο δρόμος είναι σκοτεινός
ώσπου να σ’ανταμώσω
ξεπρόβαλε μεσοστρατίς
το χέρι να σου δώσω
Στρώσε το στρώμα σου για δυο
για σένα και για μένα
ν’αγκαλιαστούμε απ’την αρχή
ναν’ όλα αναστημένα
Σ’αγκάλιασα μ’αγκάλιασες
μου πήρες και σου πήρα
χάθηκα μες στα μάτια σου

και στη δική σου μοίρα.

Στρώσε το στρώμα σου για δυο…
Prepara el colchón para dos

El camino es oscuro
hasta que aparezcas
en mitad del camino
para darte mi mano.
Prepara el colchón para dos
para ti y para mi,
para que nos abracemos desde el principio
y todo renazca.
Te abracé, me abrazaste,
te tomé y me tomaste,
me perdí en tus ojos
y en tu destino.
Prepara el colchón para dos…
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Girospiti. Ventanas azules.

Por 9 febrero, 2014 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)
¿Acaso era posible imaginar la casa sin ventanas azules? Quizás un griego se podría permitir otra cosa, en su tierra azul, acostumbrados como están a encontrarse el mar en cada esquina o  esperándoles al final de la calle; el mar cotidiano que salpica los miradores y se filtra por los vanos de las puertas, el mar frecuente, el que te persigue aunque te escondas; el que deja impreso en tu retina, al cerrar los ojos, una fotografía de inagotables azules, añiles, índigos, cobaltos, garzos, zarcos, azulados, azulinos y azulones. Un griego podría pintar sus ventanas rojas, verdes o granates; yo no.

Foto de mi amigo Luis

Compré la pintura y me dirigí hacia la casa. Por aquel entonces, había yo adquirido un rico e interesantísimo vocabulario; sabía decir en griego: ladrillo, cemento, yeso, enlucir, tabique, suelo, tubería, desagüe, canaleta, interruptor conmutado… y una infinidad de palabras más relacionadas con el mundo de la construcción. Me faltaba aprender sus declinaciones y podría escribir un tratado; el de la desesperación.

Como nadie hacía nada y todos echaban las culpas al prójimo decidí convocarlos aquel día a todos juntos; al hidraulikós; el fontanero; al electrológos; el electricista; y al mástoras ;en griego se llama maestro al albañil, lo cual resulta muchas veces un eufemismo, palabra griega por cierto.

Los tres fumaban nerviosos sin mirarse y se notaba cierta electricidad en el ambiente. Solo hizo falta un suave soplo, que movió la higuera, que agitó una rama, que desprendió un higo, que dio a caer en el suelo, espachurrándose con un plof, para que se iniciara la riña. Como una pelea de gatos, se oían soplidos  y bufidos por las tres bandas. Había resuelto armarme de paciencia, pero no pude cumplir el propósito por mucho rato; cuando el electrológos estaba a punto de clavarle un enchufe al mastoras, que a su vez se quejaba del retraso del hidraulikós, que no dejaba lugar a dudas, en sus improperios, que era culpa del electrológos, grité:

– πρέπει να συνεργαστούμε (debemos cooperar)

Lo dije por la más mera intención de hacer algo, sin esperar el más mínimo efecto, pero asombrosamente se hizo el silencio profundo, como si hubiera hablado la mismísima Atenea. Ahí llegó mi martirio, pues como soy mortal, no sabía por dónde salir. Proseguí a la aventura acordándome de ciertos famosos diálogos:

Yo: Empezaremos por ti, queridísimo electrológos. Si te parece bien.

Electrológos: Me parece.

Yo: ¿No es verdad que si no acabas las rozas de la electricidad no puede acabar nuestro mástoras?

Electrológos: Así es. Pero también es cierto que si no acaba su trabajo el hidraulikós yo no puedo entrar a hacer el mío.

Yo: En cuanto a ti, mí estimado hidraulikós. ¿Qué te impide acabar tu trabajo para que pueda entrar nuestro amigo el electrológos?

Hidraulikós: Me lo impide el mástoras que no acaba el tabique y yo no puedo pasar las tuberías ni hacer el desagüe.

Yo: ¿Y no parece acertada solución el que os turnarais en vuestros oficios y que colaborarais los unos con los otros?

Hidraulikós: En verdad, así es.

Yo: ¿Crees tú, mástoras, que si colaboráis acabaríais antes la obra?

Mástoras: Así es.

Yo: Y si acabáis antes, ¿cobraríais antes o después?

Mástoras: Antes.

Yo: Y… ¿no os interesa cobrar?

Mástoras: Si claro.

Yo: Y para cobrar es necesario que construyas las cosas como en los planos que te di ¿No?

Mástoras: Si.

Yo: ¿Y tú me dijiste que sabias leer planos?

Mástoras: Si, te lo dije.

Yo: Y en este plano ¿Dónde están las ventanas?

Mástoras: Aquí.

Yo: ¿y dónde están las ventanas en la realidad?

Mástoras: Aquí.

Yo: ¿Y no es verdad que no se parecen en nada?

Mástoras: Es que en Grecia no se hacen las ventanas de ese tamaño; el que ha dibujado el plano no sabe nada.

Yo: ¿Y no es bien cierto que el que ha dibujado el plano es a la vez el que paga?

Mástoras: Si, así es, creo.

Yo: ¿Y no hemos quedado que si no acabas no cobras?

Mástoras: Si, así has dicho antes.

Yo: Pues ya estás haciendo las ventanas como toca, para que yo las pinte, para que el electricista acabe y el fontanero también y yo os pueda pagar.

Y como yo no soy Sócrates, sino una vulgar impostora, me alejé de allí corriendo antes de que me condenaran a muerte. Volví al cabo de una semana y todo seguía igual.

Las ventanas azules

Τα μπλε παράθυρα. 
Μάρκος Βαμβακάρης

Γυρνούσα και σ’ αντίκριζα
ψηλά στα παραθύρια
και τότε τα καμάρωνα
τα δυο σου μαύρα φρύδια

Επήγες σ’ άλλη γειτονιά
και εγώ τρελός γυρίζω
με παίρνει το παράπονο
κι ανώφελα δακρύζω

Πού να γυρίσω να σε βρω
στη γη στην οικουμένη
που έφυγες και μ’ άφησες
με την καρδιά καμμένη

Ξενοίκιασε το σπίτι σου
και έλα στη γειτονιά σου
όπως και πριν να σε θωρώ
απ’ τα παράθυρά σου.

Las ventanas
azules
Markos
Bambakaris
Me giré para mirar de frente
arriba a las ventanas
y entonces pude contemplar
tus negras cejas

Te fuiste a otro barrio
Y me vuelvo loco
Me atrapa la pena
Y lloro desconsoladamente

Donde iré para encontrarte
Por el mundo, por la Ecúmene
Te fuiste y me dejaste
con el corazón calcinado

Se alquiló tu casa
Voy a tu vecindario
Como antes para verte
A través de las ventanas

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Girospiti. Escombros, dedales y fotografías

Por 27 enero, 2014 Etiquetas: , , , Comentar (6 Comentarios)
Con un estruendo se precipitó el murete sobre mí y tuve suerte de coincidir con un vacío, porque las jambas de la puerta me rozaron los hombros. Me quedé inmóvil y sorda, con el mazo en la mano y con el retumbar del suelo, mientras un polvo blanco y dañino lo enturbiaba todo; como un fantasma albino y enharinado. Al rato pude ver los rayos polvorientos filtrándose por las ventanas y dejé de contener la respiración. Cañas y yeso, como un puzle desbaratado, a mis pies.

Cuando se toman decisiones con el corazón pero no con la cabeza, que son más gratificantes, ya se sabe, pero uno no sabe dónde se mete, o si lo sabe se hace el tonto; cuando uno no es rico en dinero, pero si en sueños y en ideas, solo cabe una alternativa  ¿Cómo salir de esta?

En aquel momento no disponíamos ambos de tiempo a la vez; ya se sabe lo de que codo a codo somos mucho más que dos; así que allí, lívida del susto y de la cal, estaba Agustina de Aragón o Sancho, sin pollino ni Quijote, intentando desescombrar una casa en Evgiros. Que buena idea parecía en su momento.

Yo miraba los cachos de tabique tumbados y me estremecía. Cogí uno de los pedazos más humanos y arrastrando conseguí sacarlo hasta la terraza jadeando. El sol, encarnando a un asesino sin piedad, se mofaba de mí. Cuando ya llevaba varios viajes y la inmensidad del tabique abatido me desesperaba, soñaba con fuentes frescas y me moría de sed. Me fui a la taberna a mendigar un vaso de agua;  allí estaba Vula, la tabernera, altiva e indiferente, pura Grecia, de esa que si te quedas con la fachada  habrás dejado pasar tu oportunidad de oro.

– Me darías un vaso de agua.

– Claro

Y dejó sobre la mesa una jarra empañada de cliticlins de hielos dando vueltas. Yo me la bebí sin un mu.

– Mira, necesito a alguien que me ayude a sacar los escombros de la casa; esa que está aquí al lado, que hemos comprado, somos españoles ¿Sabes? Es la a casa de…

– Si, ya sé.

En ese momento comprendí que una taberna no solo sirve para comer o beber, si no que en estos pueblos, encarna las labores de la oficina de información y turismo, de registro del padrón, así como la de recogida de correo y paquetería.

Sin un gesto de más cogió el teléfono y llamó a no sé quién, que tenía un amigo en no sé dónde, que conocía a alguien que sabía de un albanés que me podría ayudar.

Hablé con el trabajador, me pareció bien el precio y le dije que empezara cuando quisiera. Él comenzó enseguida, mientras yo seguía engullendo agua. Y como tenía que irme a preparar el barco para una salida inminente, le pagué por adelantado.

– ¿Qué has hecho qué?- El teléfono retembló en mi mano.

Cuando volví, los escombros se amontonaban en la subida de la casa, como era de esperar.

– Ay Vula, mira que soy idiota.

– No eres idiota, solo eres ξενη, extranjera; y no conoces las costumbres de aquí.

– ¿Qué costumbres del país? Si son hábitos internacionales. Que no, hija, que soy imbécil declarada.

Y ahí salió la tierna Vula, la de un poco más adentro, la de que si rascas un poquito la encuentras; la pura Grecia. Y me puso unas aceitunas como soles relucientes que preparaba ella misma, de  Grecia pura. Y yo tragaba, con amargura, pero con encanto; sencillamente y sin preámbulos, me dejé llevar por  aquello que parecía el principio de una gran amistad.

– Mira ¿sabes que te digo?

– ¿Qué?

– Pues que no te preocupes. No hagas nada. Ahí donde han dejado los escombros, en el camino, pronto van a hacer un “dromos”, una carretera, así que los dejas como están y cuando vengan las máquinas ya se encargaran de quitarlos.

– Y ¿Cuándo van a hacer el dromos?

– Muy pronto.

Me dejé convencer muy deprisa, por comodidad, con la espléndida solución; hoy, cinco años después, todavía cuando llego cada año, tengo vanas ilusiones de ver un “dromos” nuevo y reluciente. Pero ni que decir tiene que todo sigue  en su sitio; y el tiempo; que ya dijo Einstein que era relativo; se detiene con facilidad en estos pueblos; lo cual, si aprendes a interpretarlo, es una auténtica bendición. Pero claro, un día llegó en que los cascotes impedían acceder a la casa y tuvimos que llamar a  uno que llamó a otro, que conocía a nosequíen que tenía el telefono de un albanes para que quitara los escombros. Esta vez pagué a pie de obra.

Algunos meses más tarde, retirando los trastos acumulados en la casa, fundamentalmente aperos del campo, encontré un dedal, unas medias de mujer y una instantánea polaroid, ya muy  deslucida, en la que aparecía una abuelita muy sonriente vestida de negro. No guardé las medias pero si la fotografía y el dedal porque parecía que la casa me estuviera contando una historia que yo debía escuchar. La pena fue que la foto al ver la luz del sol hizo un fundido en negro y se tragó a la señora amable que me miraba y no pude observarla con detenimiento. El dedal se lo di a su nieta Georgía algunos años después, porque le pertenecía más que a mí, sin lugar a duda.

– No sé qué tiene esta casa que duermo como un tronco, de un tirón toda la noche.

– Es porque está construida con mucho amor. Mis abuelos eran la gente más buena y honrada que he conocido y su espíritu se quedó filtrado en las paredes y la roca. Ahí, bajo la higuera, solía sentarse mi abuela a coser y yo le escondía el dedal para hacerla rabiar; todavía puedo verla, paciente y sin enfadarse jamás conmigo, con una sonrisa en la cara.

Άλκηστις
Πρωτοψάλτη

Η φωτογραφία


Μια ευτυχισμένη Κυριακή του ‘33
κάναμε το αίσθημα σεμνή φωτογραφία
κι ύστερα κάτσαμε να φάμε
στο τραπέζι μας ψητό
σαλάτα, φρούτα και βανίλια παγωτό.
Ο Νίκος είχε άδεια απ’ τη μονάδα
υπηρετούσε κάπου στην Ορεστιάδα
κι ο φωτογράφος μας εφώναζε σε λίγο το
πουλί
απ’ το φακό μου θα σας στείλει ένα φιλί.
Κι ύστερα γίναμε ωραία φωτογραφία
και κρεμαστήκαμε μεσ’ την τραπεζαρία
και παν πενήντα τόσα χρόνια
απ’ αυτή τη Κυριακή
και τώρα όλοι είμαστε κάτω απ’ τη γη
  
La fotografía

Un feliz domingo del 33
nos hicimos una decorosa fotografía
Y más tarde nos sentamos a comer
en la mesa, nuestro asado,
ensalada, fruta y de vainilla el helado.

Nicos tenía permiso de su compañía
que servía en alguna parte de Orestiada
Y el fotógrafo nos advirtió que pronto un pajarito
desde el foco os mandará un besito.

Y después salimos en una hermosa fotografía
y colgamos del comedor
más de 50 años
después de ese domingo
Y ahora estamos todos bajo tierra

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