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Evgiros.

La verbena

Por 21 agosto, 2013 Etiquetas: , , Comentar (14 Comentarios)
Colgaron de un cordel, de esquina a esquina un cartel, con banderas de papel verdes, rojas y amarillas.  Y pusieron mesas y sillas por toda la plaza; algunas esquinadas y hasta en pendientes peligrosas; con manteles blancos y escandalosos al volar con el viento; asadores con brasas y antiguas neveras desvencijadas llenas de hielo para refrescos y cervecitas. El tinglado lo montaron en tres patadas con dudosas maderas y pocos clavos, ristras de bombillas y telas de colores; todo el día dándole al martillo; a la cárcel se hubieran ido en España por saltarse toda la normativa de seguridad al completo. Pero ¡Que narices! Era el día 15 de agosto, la Kira Panagia, nuestra Señora la Virgen; fiesta grande en todo pueblo griego que se precie.¡Για σας! Και  ¡Χρόνια Πολλά!   ¡Salud! Y ¡Muchos años!

Una buena verbena griega no puede carecer de música ni bailes, ni por supuesto, carbón, pinchitos con orégano y vino. Todo el pueblo convertido en una humareda y un aroma que despertaba el apetito por el valle. Y de allí, desde el llano, iban llegando bailarines y comilones, familias, parejas, pandillas, horteras repeinados, jóvenes elegantes, abuelitas oscuras y muchachas endomingadas. ¡Vamos subiendo la cuesta que arriba mi pueblo se vistió de fiesta!

Es costumbre en Grecia que los músicos toquen por una pequeña cantidad y luego se hagan peticiones que cada cual abona por separado. Pero en Evgiros decidieron tirar la casa por la ventana y pagaron por adelantado; asegurándose así folclore desde las 11 hasta las 6 de la mañana. Literal: toda la noche, ni diez minutillos de descanso ni nada. Los cantantes se iban turnando alternando los estilos; desde un ligero bustamantiano al más movido, a lo taxista ateniense; pasando por una sosa que se había tragado un palo de escoba y acabando en una rubia racial a lo María Jiménez que se dejó aliento y piel en el escenario; así, dado el muestrario de canciones y la duración del evento, nadie se quedó con las ganas de escuchar…” esa que dice…” Porque las cantaron todas.

Aunque las voces tenían sus periodos de descanso; es entonces cuando se atiborraban a combinados de Coca-Cola para aguantar; los pobres músicos no; y supongo que al desdichado que le tocó buzuqui le tuvieron que enyesar los dedos al acabar las actuaciones. Porque no lo había dicho antes; fueron dos días seguidos; para que todos pudieran acudir.

Y bailar… ¿Bailar? Allí bailaron todos; los jóvenes, los niños, los abuelos, los gatos y los perros. Algunos se atrevían solo a suaves y sociales corros de la patata; otros con brincos y piruetas espectaculares, con movimientos frenéticos y agotadores. Algún solitario también hubo, danzando a zancadas por la pista, con la cabeza inclinada y los brazos extendidos a los lados. Tonadas, largamente esperadas, lanzaban a todo el mundo al centro con los brazos en alto y un ¡Ohhhh! Corrían el vino y los suvlakis, las flores y papelillos lanzadas al escenario; platos no, porque no había. Algún adinerado pedía champagne y el camarero le acercaba una copa a la cantante para que la levantara en alto y dijera lo de ¡A su salud!

Me gusta ver bailar a la gente aquí. No es solo una forma de diversión o de expresión corporal, es una necesidad interior, un rito inexcusable al oír el compás de unas notas, una manera de mirar al mundo, con cabezas gachas o altivas; un Zorba de Kazantzakis.

Tengo que reconocer que no pude aguantar hasta las 6; me derrotaron. Pero no me perdí ninguna canción, porque dado el volumen de los altavoces y la proximidad de mi casa, las oí tan ricamente desde la cama. El caso es que a eso de las cinco me incorporé de un salto y hubiera bajado corriendo con las manos haciendo palillos. Esa justamente era la mía, la cantaba la rubia racial de largo escote y mucha lentejuela; se le oía el desgarro en cada nota.

– Ese hombreee, ese… que camina siempre cabizbajooo… llooora  por mi…

¡La bordó!

Αυτός ο άνθρωπος αυτός
που περπατάει πάντα σκυφτός
και δεν μιλάει σε κανένα …
κλαίει κλαίει
κλαίει για μένα ….
Αυτός ο άνθρωπος αυτός
που ήταν τόσο δυνατός …
και με κοιτάζει πικραμένα …
κλαίει κλαίει
κλαίει για μένα …
Αυτός ο άνθρωπος αυτός …
ήταν ο άλλος μου εαυτός …
ήταν το άλλο
το μισό από το κορμί μου …
Este hombre,
este
Que camina
siempre cabizbajo
Y que no
habla con nadie
Llora, llora
Lora por mi…
Este hombre,
este
Que era tan
fuerte
Y que me
mira con amargura
Llora, llora
Lora por mi…
Este hombre,
este
Era mi otro yo
La otra
mitad de mi cuerpo
Llora, llora
Llora por mí.
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Pan brujo

Por 7 agosto, 2013 Etiquetas: , , Comentar (13 Comentarios)

Era bien de noche; la verdad es que me costó trabajo levantarme de la cama, pues son las mejores horas, el alivio del tórrido verano. El pueblo estaba sumido en un absoluto silencio. Me acerqué a la única puerta iluminada y llamé con los nudillos. No tardó más que un minuto en abrirla con una sonrisa enorme; tan pequeña, con su pañuelo blanco recogido sobre la cabeza de esa forma tan curiosa  que le obliga a recolocarlo de vez en cuando. No reconocería a Ioanna sin su pañuelo. Luego llegó Rosa, la albanesa que le ayuda. Tres mujeres, las tres de la mañana; un sótano. Un sótano tan blanco como su pañuelo, de las capas de cal anuales, desde los años inmemoriales, cubriéndolo todo, hasta el tiempo y la luz; de la harina que flotaba como polvo en el aire; de los lienzos de hilo esperando tendidos sobre la mesa.

En la pared blanca y rugosa, muertos, recuerdos, santos y relojes nos miraban muy callados; con ese mirar sobrecogedor que tienen estas cosas.


Yo bostezaba, todavía con el olor suave de las sábanas, no imaginaba lo que estaba a punto de presenciar; había visto hacer pan muchas veces pero algo me decía que el de Ioanna tenía algún secreto inconfesable, alquimia misteriosa; aunque solo hornea una vez a la semana el pan se come fresco siete días seguidos.

Empezó el espectáculo. Volcó los sacos de harina en un mortero gigante que daba vueltas, desatando una polvareda densa; le añadió el “protzimi”; la masa fermentada que sobró de la semana anterior y un poquito de levadura prensada para agilizar el proceso. Dos varillas giraban en el recipiente mezclándolo todo. Tomó una jarra de agua con sal y la fue añadiendo muy lentamente dejándola resbalar por el vástago central del bol. La máquina no era muy ruidosa pero en el silencio de la noche me pareció atronadora. Aproximadamente una hora llevó el amasado, así que en el intervalo:

– ¿Un café?

Rosa casi no hablaba griego y permaneció callada en su silla sorbiendo el café. Yo, que empezaba a espabilarme la inundé a preguntas tontas. ¿Cuánto tiempo? ¿Cómo? ¿Con quién?
Ella daba vueltas a su taza y mojaba su culuraqui (rosquilla); respondía despacio y con parsimonia.

– Llevo 48 años haciendo pan. Empecé con mi marido. Lo hacíamos  todo a mano, pero él quiso comprar esta máquina. Yo al principio me negué; era fuerte como una mula y joven, pero ahora sí que se lo agradezco.

Dio otro sorbo al cafetín mientras señalaba una fotografía del que debió ser su compañero de fogones. Se levantó, apagó la máquina y el silencio nos taladró los oídos. Con mucho cuidado cogió uno de los lienzos y tapó el mortero para la primera fermentación.

– Llevo 48 años y nunca me he aburrido de hacerlo.

La miré con los ojos como platos, no era alguien corriente esa mujer menuda que tenía sentada delante de mí. Parecía crecerse en el transcurso de la noche, como si estuviera hecha de masa y de protzimi; esa materia que debajo del lienzo aumentaba implacable con el trabajo laborioso de las levaduras. Yo diría que se oía el flop, flop, del pan subiendo a escondidas bajo el cubre.

Ya serían las 5 cuando levantó el paño y miró la masa con aprobación. Rosa corría disponiendo los moldes circulares, barriendo restos, retirando jarras y trapos. Espolvoreó la mesa de harina y empezó a  trabajar las porciones de masa que Ioanna pesaba en una balanza de platillos imposibles, tan abollados que apenas se tenían derechos;  más antigua que el diluvio universal. Estaba de espaldas, inclinada sobre el marmitón, mientras nosotras íbamos y veníamos con los troqueles redondos. Es posible que tuviera un ojo en la nuca pues, sin volverse, de vez en cuando nos reprendía.

– Ese ahí no. Ese tiene que ir en la otra mesa.

¿Nos había visto? ¿Solo el sonido del entrechocar de la hojalata la alertaba? ¿Era quizás Kasparov con su tablero de ajedrez memorizado? Esta increíble mujer permanecía como un druida frente a su marmita, moviendo manos, masa y balanza, emitiendo conjuros y rezos silenciosos que hacían de ello un proceso único. Terminé de despertarme.

Cuando todos los moldes estuvieron llenos y dispuestos según un orden estrictísimo, los volvimos a tapar. Otra hora; otro café. Pero éste más corto, había que encender el horno.

Entramos la leña y la metimos en la tahona. Esta tenía dos compartimentos, arriba y abajo, comunicados por un agujero central; encendimos los dos y las llamas cambiaron de tonalidad las paredes encaladas. No parábamos ni un momento acarreando más y más leña, el fuego la engullía y la abrasaba en minutos. Sudábamos; la piel encendida y brillante.

– Mal trabajo este de panadero en verano.

Cuando la bóveda del horno estuvo bien caliente, con su barro crepitando, tomó una larga pala y comenzó a tirar las brasas por el agujero central dejándolas caer en la cámara de abajo. Destapó los moldes mirando a sus futuras hogazas y negando con la cabeza.

– Esta harina no es la que era, voy a tener que cambiar de marca.

A mí me parecían impecables, crecidos, esponjosos, inmaculados, inocentes, vírgenes esperando su sacrificio para loor los dioses. Pero ella seguía clamando al cielo con la cabeza.

Tomó una larga zapa de madera y se puso erguida como una Palas Atenea; cuando la inclinaba, Rosa depositaba un pan en la paleta y ella lo introducía en el horno; cirujana y enfermera, operando sincronizadas;  los iba colocando alrededor del hueco central, a un ritmo frenético, siguiendo una coreografía muy estudiada.

Y fue entonces cuando se obró el milagro; la hechicera, la bruja, la maga panadera, se hacía más grande, aumentaba de estatura y les rogaba a sus panes que se estuvieran quietos y ordenados mientras acababa su inmolación. Cruel, su cara luminosa y radiante, su sombra trepando por la pared.  Se volvió enorme su figura; lo llenó todo.

Rosa cansada y yo, con los sentidos saturados de olor, calor y color, estaba tan excitada que me apetecía saltar y dar palmas. Los moldes parecían también brincar y gritar en el fuego; en su pequeño aquelarre ¡Qué pena cuando cerró la compuerta! Ya no los pude oír más.

Se sentó, satisfecha, la directora de orquesta, esperando la calcinación de sus músicos. Y empezó a clarear.

– Σημερόνει, amanece.

– Sí es verdad, pero me gusta más la palabra χάραμα,  que viene de χαράσει, rayar, la primera raya de luz, la aurora.

– No, más hermosa todavía es αυγή, una palabra muy antigua. De ahí viene αυγερινός, el lucero del alba.

Y así, charlando, se fueron transformando las masas embrujadas e informes en panes redondos y perfectos. ¡Que dulce aroma! Perfumaban la mañana, los luceros y las rayas de todos los firmamentos. Cuando alguna chicharra se atrevía a iniciar su murga me despedí.

– ¿Podré venir otro día a esta sesión de magia?

 Ella se rió ilusionada.

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El progreso

Por 28 mayo, 2013 Etiquetas: , Comentar (13 Comentarios)
No era muy silencioso, todo hay que decirlo, ese era su principal defecto; aunque la mayoría del tiempo ni lo sentías, pero de vez en cuando, poseído por una fuerza interior descomunal, arremetía gritando. Y luego estaban esos efluvios que dejaba a su paso. Y con él las moscas. A pesar de todo, era un amigo y siempre que me veía se acercaba a saludar. De hecho, una de las cosas que más me gustaban de Evgiros era su presencia; hoy aquí, mañana allí; siempre sabiendo que estaba.

El caso es que las tardes estaban siendo aburridas por su ausencia y el pesado murmullo de la palomas durante el día y el uhu de las lechuzas durante la noche quedaban sosos y sin gracia sin la sorpresa de su vozarrón ocasional. No llegaba a comprender por qué se habría ido del pueblo.

– Es que protestaban los vecinos.

– ¿No me diga?

¿Por qué protestarían? ¿Qué tenían contra él? ¿Es que la gente no sabe apreciar a los individuos genuinos? Al final todos acabaremos pareciéndonos a los demás, para no destacar.

Estaba ya jubilado, atrás quedaron días de duro trabajo, había cumplido y ahora, tranquilo, bien merecido, caminaba entre la hierba con parsimonia;  no era raro ver asomar su cabezota rodeada de margaritas. Se le veía feliz;  te hacía feliz el verle.

¿Qué si era terco? Pues claro ¿Y quién no en su situación? Tenía las cosas claras y cuando decía no era que no; ninguna fuerza humana o sobrenatural le hacía cambiar de opinión. Daba un poco de envidia su determinación, sin ambages y sin dudas.

– Yo ya estoy mayor y no podía seguir saliendo por el campo con él.

– Y él solo ¿No?

– No

Otros decían que era tonto ¡Que necios ellos! Necia le gente que no sabe diferenciar la noble  humildad de la idiotez. ¿No tienen ni idea de que los sabios suelen ser discretos y no se pavonean nunca de sus conocimientos? “Solo sé que nada sé” le oí decir alguna vez, entre murmullos.

– Un día pasó un chaval y se lo llevó.

– ¿De verdad?

– Es como si lo hubiera casado.

Yo no le veía la gracia pero ella estalló en carcajadas.

– ¿Y no lo echa de menos?

– Tú sí.

– Yo sí.

Algunos añadieron, más tarde, que podría ser un peligro para los niños. Siempre los niños. ¡Dichosos niños! Más dichosos los que en su día pudieron jugar con él. Esos niños protegidos que al final no saben que las naranjas crecen en un árbol y que los pollos corren y picotean.

Subo la cuesta y todavía espero encontrarle; pero nada, nada de nada. Donde a veces se tumbaba ahora ha crecido una planta enigmática. Planta surgida de alguna semilla que él previamente habría rumiado y pasado por su panza, para después dejarla caer frente a mi casa.

No soporto este desdichado progreso y me consuelo pensando que ese rebuzno lejano que oigo es el suyo, que todavía vive en algún lado. Aunque creo que él, muy particular como siempre,  lo hacía partiendo de sol sostenido. Debe ser otro.

La primera vez que llegué a la vecina Itaca olía a burro 5 millas antes de entrar al puerto de Vathi. Al atardecer, con la caída del sol, con la llegada del descanso, el pueblo se convertía en auditorio de una sinfonía coral rezongona. Se entonaba un himno burril a varias voces, surgidas desde todos los rincones de las montañas.

Hi…hooooo. Hiii…hooo

El estruendo era mayúsculo y todos sabíamos que era el momento de una cerveza en la taberna. Una media hora duraba el concierto y después…el merecido silencio.

Hace años que no se oye un burro en Itaca.

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El telescopio de Constantina

Por 17 agosto, 2012 Etiquetas: , , Comentar (13 Comentarios)
La sonrisa de Constantina no es algo a
lo que una se pueda acostumbrar; ni resistir. Por las mañanas,
cuando oigo su “Hola” sé que algo serio va a pasar y que yo,
como Carroll, dejaré que esta Alicia atraviese mi espejo todas las
veces que quiera.
Me gusta y le gusta que le enseñe
palabras en español que ella repite como un loro:
– Buenos días Constantina ¿Cómo
estás?
– Buenos días ¿Cómo estás?
– No; tú tienes que decir : Bien ¿Y tú?
– Tú- tienes- que- decir- bien-y-tú.
Tú- tienes- que- decir- bien-y-tú. Tú- tienes- que- decir-
bien-y-tú. Tú- tienes- que- decir- bien-y-tú…tu…tu
Y así se queda toda la mañana hasta
que su increíble gata Bela; que no sonríe como el gato de Cheshire,
pero que sí, como él, deja en el aire una sonrisa sin gato; viene a
hacernos monadas y nos lleva directamente al país de las maravillas.
Este verano tenía planeado, en los
pocos días de ocio que se me presentaban, observar las estrellas que
tanto me gustan, la luna, cuando fuera llena, los planetas o
cualquier cosa que se me pusiera a tiro, para olvidarme de todo y
sorprenderme una vez más de lo insignificantes que somos, frente a
un firmamento inacabable, con un telescopio patatero que me habían
regalado. Pero llegó ella con su “Hola” y su sonrisa luminosa y
me pregunto:
– ¿Un telescopio?
– Un telescopio.
– Uaaa, ¡Que bonito!
Solo tuvo que decirlo tres veces, con
su mirada irresistible; se lo regalé.
– ¡TENGO UN TELESCOOOPIOOO!- Bramó por
todo el pueblo. Bela saltaba detrás.
Al día siguiente, un trasiego de
amiguetes venía a contemplar ese artefacto; aunque como para todo
niño de 7 años, la contemplación durase unos pocos minutos, para
salir despavoridos hacia nuevas y más emocionantes aventuras.
– ¡HEMOS VISTO UN TELESCOPIOOO!
El padre de Constantina nos dio las
gracias.
– Mira que si Constantina se convierte en
astrónoma.
– O en astronauta. Todo es posible; es
bastante lista.
– Sí lo es, pero el futuro está muy
negro ¿Qué país va a quedar para ellos? -Tras unos tensos
momentos de amargo silencio explotó.- Estoy pensando en irme a
Australia a buscar trabajo pero no es fácil para mí; no soy muy
joven, no sé inglés, no puedo dejar a la familia y me piden 40.000€
de depósito en un banco si llego sin contrato laboral.
Constantina pasó por allí corriendo,
congelando las palabras de su padre. Pensé en lo difícil que debe
ser tener una hija así y aguantar las ganas de coger una pistola
para atracar un banco. El pareció leerme el pensamiento.
– No me educaron para robar, solo sé
trabajar. Nuestros padres emigraron para darnos de comer, ahora nos
toca a nosotros. Quien sabe si nuestros hijos podrán disfrutar de
Grecia.
Imagen obtenida de Theprisma.com
– Mira, ven Constantina. Tienes que mirar
por aquí y hacer así y así con esta rueda. Sí, así, muy bien.
Tienes que mirar muy lejos, mas allá de Europa y de la tierra.
Tienes que ver a través de estos espejos. Ya sé que se ve todo del reves; no importa. Tienes que conseguir ver
las estrellas.
– Ver-las-estrellas, ver-las-estrellas,
ver-las estreeeellaaaas,
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