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Mil viajes a Itaca

Por 11 noviembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (9 Comentarios)
Tengo una relación sentimental con Itaca un tanto complicada; amores y desafectos, ternuras y resentimientos que se alternan como un hilván de hilo brillante para aparecer y desaparecer de tanto en cuando. Supongo que al conocerla desde hace tiempo, como en todos los idilios hay momentos de euforia y de bajón. Una música oída muchas veces genera la rutina de la sucesión esperada de notas que no te deja disfrutar de la melodía como la primera vez.

Es obvio que esta isla atrae sin conocerla; por su nombre legendario como ningún otro, por su pasado fantaseado en cuentos y poemas que no dejamos de imaginar o releer. Pero además es que su forma de huella de gigante torpe, o de paramecio demacrado, según la mires, abre el apetito de la fantasía. Saber lo que existe al fondo de una enorme bahía oculta por los requiebros de la tierra excita a cualquier navegante. Y lo que encuentras, cuando lo descubres, merece las penas de mil viajes.

Pero si hay algo que me gustaba de la Itaca que hace tiempo conocí era su concierto vespertino. La armonía polifónica era digna de oírse; entonado con solo dos notas y otras dos silabas, comenzaba en un punto lejano y se iba extendiendo por toda la ladera hasta llegar al puerto. Un lamento de His y Hos desacompasados, con contrapunto, entremezclados con algún staccato de hi-hi-hi que acababa en un pianísimo para resurgir otra vez en otra esquina de la gran bahía de Vathi. Llegaba el culmen final enloquecedor, cuando el estruendo de burros se hacía casi imposible, para caer en el silencio que daba paso a la noche. Me encantaba ese canto gregoriano de asnos rebeldes itacenses. En concreto había uno que lo ataban donde acababa el pueblo, cercano a una zapatería de pantuflas de cuadros, que gritaba como ninguno. A veces me atreví a acariciarle y él con los ojos bizcos rebuscaba entre mis bolsas, si las llevaba, y se quedaba quieto y paciente mientras que yo le decía unas palabras amables, aunque eran puros monólogos. Con el tiempo, la orquesta fue menguando y solo quedaba algún solista. El de la zapatería se esfumó y en su lugar apareció una moto. Y yo, no sé muy bien porque no me alcanza la empatía de ponerme a hablar con una moto, pero pasé de largo. Algo se rompió en mi corazón cuando la llegada a Vathi nunca volvió a ser acompañada de esa actuación musicovocal entrañable. La verdad es que en verano ya no se distinguirían bien los borricos cantores de los insultos poliglotas de los patrones de los barcos de recreo que amarran en el puerto, mientras el viento feroz del ocaso entorpece sus maniobras. Qué cantidad de bestiadas puedes llegar a oír en todos los idiomas en una tarde estival. Pero, ves, no me siento motivada a hablar con estos pero si con los otros; es curioso.

La segunda cosa que no tardaron en cerrar fue la discoteca. No es que yo sea bailonga y por eso me lamento, pero es que ésta me gustaba porque se llamaba como solo se puede llamar un tugurio de cortinas de terciopelo rojo: “El pulpo”. Tenía una bola redonda de espejitos que giraba, como gira el mundo, como girábamos nosotros, desbocados, dislocados, desmelenados, con bebidas y dientes fluorescentes, en un sitio donde nadie podía reconocerte. Bueno, con el tiempo esto último dejo de ser verdad y cuando aparecía acompañada de amigos fascinados con la bola y los chupitos de fósforo que servían en la barra, los chavales del pueblo se frotaban las manos y acudían en tropel ante la expectativa de un intercambio cultural con extranjeros/as. Un día ya no estaba; estaban construyendo un supermercado en su lugar. Está claro que no iban a estar esperándonos todo el año mirando la bola, pero sentí una punzada de dolor al distinguir los espejuelos desmembrados en un contenedor de desescombro.

He desarrollado una especie de alergia al cambio de los sitios donde me sentí a gusto alguna vez, una hipersensibilidad a que la modernidad y el turismo lleguen como una plaga exterminadora y arrasen con todo; e intento desafectarme de los lugares amados antes de que esto ocurra. A veces creo que me paso de profilaxis, pero es que no me gusta sufrir.  A Itaca, por suerte o por desgracia, he tenido que volver mil veces por motivos de trabajo y la verdad es que los amigos y conocidos que vas haciendo con el transcurso de los años te hacen ver las cosas de diferente forma, te agarran con lazos y te dicen que te dejes de hipocondrías y que no te alejes demasiado. Pero fundamentalmente sabía que si quería reconciliarme con ella tendría que venir fuera de temporada; bien acabado el verano; en otoño, en esa época en que todo comienza su letargo pero aún no ha alcanzado el sueño invernal.

Había encontrado una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando al puerto en un pequeño velero con los brazos abiertos y la emoción de la ansiada arribada en su cara. La instantánea, ya amarillenta, era de los años 50 y llamó mi atención por varios motivos. Primero porque era un griego que había cruzado el Atlántico norte a vela en una pequeña embarcación de 8 metros sin motor, lo que era un hito desconocido para mí, pero fundamentalmente porque el paisaje que aparecía tras sus brazos era exactamente igual al que yo contemplaba en el presente; las mismas montañas vacías. Sorprendente. Y yo una exagerada fatalista. El caso es que el épico viaje está relatado en un libro escrito por el mismo navegante, Sabbas Yeorgiu, y encabezado por la siguiente frase:
 «….εσύ που είχες την καλοσύνη & την υπομονή να διαβάσεις αυτό το βιβλίο, πήγαινε στη θάλασσα, αν δεν έχεις πάει ακόμη. Θα λυτρωθείς. Ανάμεσα ουρανού και θάλασσας το μυαλό σου θα λαμπικάρει. Θα νοιώσεις ελεύθερος. Πήγαινε…..»

“…tú que tienes la amabilidad y la paciencia de leer este libro, vete al mar, si no lo has hecho todavía. Te redimirás. Entre el cielo y el mar tu mente se depurará y te sentirás libre. Vete…

Desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y el libro es por el momento difícil de conseguir. Pero el dueño de la tienda donde encontré la fotografía desencadenante de mi curiosidad  me dijo que si le daba tiempo me lo fotocopiaría. Tiempo. Desde entonces cada vez que paso por Itaca me asomo a su establecimiento con la ilusión de que el tiempo haya sido suficiente. Pero esto es Grecia y como tal cualquier espera requiere de mucho estoicismo. Pasaron los meses con una letanía de:

– Lo siento, no he tenido un minuto. – Dijo.
– Vale- Dije.
– Mañana me pongo.-Dijo
– Estupendo.-Dije.
– ¿Podrías venir la semana que viene? -Dijo
– Sí, claro.- Dije
– Cuando acabe agosto lo tengo fijo.- Dijo
– Mira, en Octubre, antes de volver a España, cuando ya estés más libre, me pasaré por aquí y si quieres lo fotocopio yo misma.- Respondí ya como un ultimátum.
– Una idea excelente. En octubre.- Dijo.

Y volví en octubre pero estaba de vacaciones en Patrás. Esta vez no dijo nada pero me prometió por teléfono y por no sé cuántas cosas y ascendientes suyos que me lo enviaba por correo. Todavía miro el buzón con inocencia.

De todas formas, los días pasados en octubre en la isla, mientras localizaba a Mr Tiempo infinito, dejaron en mí la ternura de un amor recuperado. Al acabar el verano es como si recogieran el escenario de un teatrillo callejero  o las sillas de una procesión y todos regresaran a sus quehaceres comunes. Los aperitivos al sol, los cafés repletos durante los partidos, las salidas a pescar y las tertulias de plaza. Parecía increíble que unos días atrás solo hubiera navegantes rugidores de polos coloridos. Me senté a contemplar el sol sobre el agua inquieta y abrí los brazos emulando al individuo de la fotografía. Idéntica isla, idéntico paisaje al que vio ese hombre hace 65 años. Todo permanecía en su sitio. Alguien se acercó por detrás con sigilo.

– Hola Ana ¿Cuándo has llegado?
– ¡Vassilis! ¡Qué sorpresa! Llegué ayer desde el Egeo. ¿Y tú? ¿Cómo te va la vida?
– Muy bien, vengo de tocar la trompeta, vuelvo a ensayar con la banda ¿Nos vemos esta noche en la taberna?
– Hoy no, Vassilis, dale recuerdos a Harula. Hoy debemos comernos un pescado que cogimos ayer y si no se estropeará.
– Ay, ni hablar ¡Os lo cocino yo! ¿Cómo no vas a venir esta noche a mi taberna? Esta noche tú pones el pescado y al resto os invito yo para celebrar que ya ha pasado la vorágine.

Qué cosas tiene la vida. Según escribía esta entrada y ya a punto de presionar el botón de publicar, hace una hora, he recibido un correo de una editorial de Atenas, de las muchas a las que escribí, diciéndome que me mandan el libro. Así que ya tengo un interesante trabajo por delante.

ΙΘΑΚΗ – Στίχοι μουσική – ΝΙΚΟΣ ΠΑΠΑΚΩΣΤΑΣ 

Βροντά κι αστράφτει ο βοριάς
μέσα απ’ τα ξάρτια μου φυσάει λυσσασμένα.
Κι εγώ στη μέση αφρισμένου ωκεανού
για την Ιθάκη μου αρμενίζω απελπισμένα.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι
μέσα στου χρόνου το απέραντο κενό
μ’ ένα κουπί και με τρελό καραβοκύρη
τους Λαιστρυγόνες και τους Κύκλωπες να βρω.

Το δρόμο που `χω κάνει θα σου δείξω
 μήπως και βρεις κι εσύ το γυρισμό.
Από του Άτλαντα την άκρη ως την Αυλίδα
 κι από το νησί της Κίρκης ως εδώ.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι…



Itaka. Letra y música de Nikos Papakostas


Truena y relampaguea el viento del norte
entre mi jarcia sopla furioso
y yo en medio de un océano de espuma
hacia la Itaca mía navego desesperada

Para recomenzar un viaje interminable
dentro de un infinito vacío del tiempo
con un remo y un loco capitán
los Lestrigones y los Cíclopes encontrar.

El camino que he recorrido te lo mostraré
quizas encuentres tu el regreso
desde los confines del Atlas hasta la Aulide
y desde la isla de Circe hasta aquí.

Para recomenzar un viaje interminable…



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Naufragios y turistas

Por 6 marzo, 2015 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)

El 30 de septiembre de 1980 el mercante Panayiotis surcaba las aguas del jónico con un cargamento ilegal de tabaco. El armador era un griego de Cefalónia, Karalambo Kombocekla, así como su capitán y gran parte de la tripulación. Transportaban cajetillas de cigarrillos de contrabando desde algún puerto de Yugoslavia o Albania, para descargarlo en la vecina Italia.
Como otras veces que habían hecho el mismo negocio les acompañaban una pareja de italianos supervisores de que todo el proceso se realizase sin “mermas a la carga”. Pero claro, la vida de los piratas y los marginales de la ley siempre está expuesta a contratiempos desagradables de última hora. Debió pensar el capitán que si tan buen negocio era ¿Por qué no lo hacían ellos? Y decidió retener a los dos inspectores italianos en un camarote y vender ellos mismos la partida. Supongamos que las negociaciones no llegaron a puerto alguno y que, a la desesperada, resolvieron conducir al mercante a la costa cercana, al norte de Zakintos y fondear en una bahía llamada Spirili, hoy Agios Ioanis, para esperar acontecimientos. Pero debido a las malas condiciones meteorológicas en esa costa tan abierta al viento del norte, acabaron garreando y encallando en la playa. Fue una situación de estrés increíble, con el barco varado en la arena, las olas que lo empujaban y las cosas que nunca mejoran cuando una nave ilegal ha dado con su quilla en la costa. Comenzaron a desembarcar las cajas quizás con la esperanza de salvar algo, quizás con la intención de reflotar la nave aligerando su desplazamiento. Pero el mar empezó a arreciar y la mayoría de las balas se perdieron, fueron arrancadas por las olas y acabaron flotando diseminadas por las cercanías. Ya sin nada que esperar, la tripulación tuvo un arranque de humanidad; los contrabandistas son ilegales pero no asesinos; liberaron a los dos italianos y se encaramaron trepando por los acantilados, llegando sin resuello hasta la capital de la isla.

Amaneció en la costa y con la tenue claridad se vislumbraba el mar lleno de bultos oscuros que iban y venían con las crestas blancas de las rompientes. Los habitantes de los pueblos cercanos se asomaron al precipicio y abrieron bien los ojos ¿Y por qué no lo cogemos nosotros? Y se lanzaron a la captura de los fardos. Hay que decir que el tabaco venia embalado de forma que no se malograra de inmediato si se mojaba. Vinieron caiques con pescadores, mujeres, niños, burros, perros, mayores y pequeños. Todos pillaron parte del maná que les ofrecía el cielo y corrieron a
esconderlo en sus casas, en sus tiendas, en el horno, en el establo, en la farmacia.

Cuentan las crónicas que la policía no es tonta y dio con la tripulación. Cuentan también que alguien debió hablar. Así que al final rebuscaron establos, hornos y farmacias y dieron con el tabaco que fue confiscado y vendido en pública subasta. Unos detenidos, otros deportados a Italia, algunos despojados de su botín, todos enrabietados. Que desconsuelo. Lo pagaron con el viejo buque de maderas consumidas y de hierros averiados. Lo desvalijaron hasta dejarlo desnudo mientras descansaba en la arena. Lo desplumaron hasta que de tan limpio parecía recién salido de un astillero. El mar, el salitre, el sol y la arena terminaron la faena para enrojecerlo, chorrearlo, triturarlo, semienterrarlo y olvidarlo.

Las cosas fortuitas a veces tienen resultados sorprendentes. Al principio, las autoridades; siempre con tanta imaginación; se empecinaron en arrastrar el pecio a altamar para hundirlo y que no representase un deshecho irresponsable que se les pudiera echar en cara algún día para acabar con su brillante carrera. Pero siempre hay seres inteligentes y alguien cayo en la cuenta que lo que la naturaleza había diseñado en aquella playa quedaba mucho más hermoso y llamativo con el contrapunto de un cadáver de hierro, producto humano, oxidado y vencido. Lo fotografiaron en infinitas ocasiones y lo convirtieron en enseña de la oficina de turismo griego. El navagio. El naufragio.

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Grecia es un país de muchos naufragios, totalmente comprensibles si observamos la multitud de escollos e islotes que hacen difícil la navegación en circunstancias adversas. Estos siniestros normalmente son dramáticos pero con el paso del tiempo y la sal algunos quedan varados para la posteridad, vacíos de todo su horrible significado, para terminar en hermosas imágenes; atractivos para el viajero que le gusta soñar. Imprescindibles para el turista del selfie y del yo he estado aquí. Los encuentras por toda la costa como caparazones de enormes animales moribundos y mutilados, con una estela de historias que se arremolinan entre sus cuadernas roídas. Quizás los más conocidos, aparte del de Zakintos, son el de Gythion y el de Kythira. En todos ellos uno se puede pasar horas observando su tremendo poder evocador.
Verdaderamente este de Zakinthos es el más impresionante, posiblemente por la inaccesibilidad de sus acantilados, por la arena blanca que cubre buena parte de su obra muerta y por el azul dañino del mar en esta costa. Yo lo he visitado, hace ya muchos años, en varias ocasiones y tengo que reconocer que sobrecoge oír el viento resbalar por las paredes blancas, como quejidos del propio barco; solo te sosiega acordarte de que no hubo desgracias personales y que fue una aventura de chapuceros estraperlistas.

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La verdad es que los contrabandistas siempre me cayeron bien. Gran parte de las leyendas marinas se alimentaban de ellos. Esos marginales, al otro lado de la ley y la probidad, que intentaban sobrenadar un mundo inhóspito y un mar terrible. Es posible que también sean los dulces recuerdos de mi padre, que en sus años mozos se dedicó al oficio en Tánger, antes de que yo existiera. Con una gracia que en pocos he descubierto al vender, tanto te colocaba una partida de medias de seda como una de latas de bonito en conserva. Todas las historias que me contaba conseguía hacerlas divertidas, aunque supongo que la cruda realidad era más prosaica y de pura supervivencia.
Pero un día, dedicándome a mi afición favorita de rebuscar entre postales y calendarios por las tiendas de suvenires me encontré con esta imagen. ¡Ay dios!

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¿Qué fue de ese sitio tan magnifico de mis recuerdos? Con las barquitas de turistas flotando en el azul infinito y el sonido de los pájaros planeando en los acantilados. Creo que la tripulación de pobres contrabandistas nunca hubiera imaginado el resultado final de su accidente. Algo así ya me olía yo y me negaba a acercarme a esa playa. Donde fuiste feliz no debieras tratar de volver, porque ya habrá aparecido en el Tripadvisor y habrá
perdido su gracia.

 

Οι Μαυραγοριτες
Στίχοι και μουσική: Μιχάλης Γενίτσαρης

Μικροί μεγάλοι γίνανε
μαυραγορίτες όλοι
κι αφήσαν όλο τον ντουνιά
με δίχως πορτοφόλι
Ακόμα κι οι γυναίκες τους
τη μαύρη κυνηγάνε
τσάντες τσουβάλια κουβαλούν
κανέναν δεν ψηφάνε
Πρωί και βράδυ τρέχουνε
στους δρόμους σαν κοράκια
πελάτες ψάχνουν για να βρουν
να γδάρουνε κορμάκια
Πουλήσαμε τα σπίτια μας
και τα υπάρχοντα μας
για δυο ελιές κι ένα ψωμί
να φάνε τα παιδιά μας

Los estraperlistas
Letra y música: Mihalis Yenitsaris

Pequeños grandes se convirtieron
todos en estraperlistas
y dejaban a todo el mundo
con la billetera vacía.
Incluso sus mujeres
estaban en el negocio
acarreando bolsas y sacos
nada tenían en consideración.
Mañana y noche corren
por las calles como cuervos
clientes buscan para
despellejarlos.
Vendimos nuestras casas
y nuestras pertenencias
por dos aceitunas y un pan
para dar de comer a nuestros hijos.

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Viajar en barco.

Por 9 diciembre, 2010 Etiquetas: , Comentar (7 Comentarios)
Mi pulso se  aceleró. Mi paso era ligero sobre la cubierta. Sentí que no había vuelta atrás y que estaba embarcado en una aventura cuyo significado a duras penas conocía.

   No se de nadie que afirme que no le gusta el mar. He conocido a pocos que no disfruten de un barco fondeado en una bahía abrigada donde pasar el tiempo, sobre todo  el bueno. Pero existe una raza de hombres enloquecidos  a los que les cautiva el hecho simple de trasladarse sobre el mar de una manera lenta, incomoda; a ratos fatigosa, a ratos monótona, a veces angustiosa.

   

Espero que tu viaje sea largo…

   La rutina del barco es  una terapia única contra los problemas terrestres,  se alejan con la estela. Lo único esencial es el barco que me transporta, el mar que me mantiene y el tiempo que inexorablemente dibuja círculos de día y noche sin que me percate.
    
  El viaje me prepara para lo que tiene que llegar. Llevo días oyendo lenguas extrañas en la radio, leyendo libros sobre mi destino, imaginando países y puertos.
   
   Y en un momento, se quiebra el círculo; un punto oscuro sobre las olas. Y luego una montaña, un faro, un cabo borroso. La recalada es inminente. Comienza la inquietud ¿Será bueno mi rumbo? ¿Será el cabo que yo espero?  El derrotero ¿Estará equivocado?  ¿Calmará el viento?

Sabio como te habras vuelto…
   Y el punto se hace grande, el faro mas luminoso, el cabo evidente. Todo en orden., una satisfacción poderosa me invade: la recalada es buena.

   Dejas que te cobije  la tierra que te protegerá del mar, aunque estas en el mar para protegerte de la tierra.
  
   Suave, suave, te acercas. Fondo.  Ya está,  puedes descansar ahora.

P1011221.jpg.Viajar en barco
… te ha concedido ya un hermoso viaje. Sin ella no habrias partido…

Dedicado a todos los que andan siempre escapandose.

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