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Giróspiti

Girospiti. El salto

Por 12 mayo, 2016 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)

Un techo puede ser lo más parecido a la bóveda celeste; por su forma, por lo elevado, por lo intangible, por lo inabarcable.En el tiempo récord de un año habíamos conseguido reparar el tejado; para estar tan lejos y tan a desmano no estaba mal la plus marca. Ahora tocaba, sin dilaciones, proteger la madera con pintura, sobre todo en la terraza, de las inclemencias del tiempo. Era mi turno. Era verano. Me compré una escalera y una pértiga. Me organicé el trabajo en las jornadas de las que disponía.

– Un planing se llama. – Le decía yo a los gatos que pasaban a fisgonear.

– Y calcular que si todo marcha bien, en una semana podrá estar acabado. –  Se alejaban con los rabos bajos y desilusionados.

Todos los días me levantaba al amanecer y acompañada de una botella de agua congelada me dirigía a mi faena.  Las labores de contorsión no me acobardaban, estaba curtida en trabajos náuticos de posturas invertebradas, pero aquí se añadía la atracción del abismo, encaramada en lo alto, en una terraza sin barandilla. A los dos días tenía una tortícolis de muerte, una centésima del trabajo esperado hecho y una desmoralización preocupante; al tercero me había comprado un compresor. La máquina no mejoró mis músculos maltrechos pero sí me hacía avanzar más rápido. Aunque ante las miradas inquisitoriales de los vecinos con los que me cruzaba decidí no utilizarlo a la hora de la siesta y seguir con el rodillo neolítico; yo era una extranjera y me había dispuesto a pasar desapercibida.

Lo peor era subir todos los utensilios a la casa, porque el pueblo, como muchos otros de las islas, está colgado del monte y no puedes dar dos pasos sin subir una cuesta, lo que lo hace complicado incluso para los automóviles. Los habitantes tienen bombas hidráulicas por corazones y su longevidad es sorprendente, de hecho el nombre Ευγηρος, viene de καλἀ γεράματα, es decir, la buena vejez. Pero a mí me costó coger fondo unos cuantos días de sube y baja.

 

El cabo Ducaton al fondo

A menudo me quedaba obnubilada, observando los campos allá abajo con las ovejas pastando y el cabo Ducaton al fondo, me detenía en cada detalle y me olvidaba del grosor de la brocha que se transformaba en el fino pincel para copiar la naturaleza.  Tenía la sensación del vuelo, planeando sobre las montañas, descendiendo suave sobre el valle y remontando un poco más tarde hasta donde empezaba el mar; para llegar a los blancos acantilados que dan el nombre leuco a la isla de Lefkada. Blanca la pintura, blancas las manos, blanco el tejado, blanco el cuerpo y los ojos, todo era blanco y luminoso. Demasiado.

El cabo Ducaton es conocido por haber servido de trampolín a amantes despechados que querían curarse de su pasión no correspondida y borrar, a través de un salto certero, el dolor corrosivo del desquerer. Si sobrevivían se deshacían en el salto de todas las desdichas y sufrimientos. Sus cortadas se hicieron famosas como recurso infalible para el olvido. Los oficiantes, hacían ofrendas, de las que los sacerdotes daban buena cuenta, y  los pescadores avispados sacaban del mar los despojos, cobrándoles un buen dinero si respiraba todavía. El rescatado pagaba gustoso, anonadado y feliz  por haber sobrevivido ¿Cómo no se le iba a olvidar cualquier cosa? Bastantes pocos consiguieron salir con vida, pero todos, todos, olvidaron. Pero quien acabó por dotar de renombre al cabo para la posteridad fue Safo, la poetisa de Mitilini. Debió penar mucho por su amado barquero Faon, para viajar de una parte a otra de Grecia y suicidarse justamente aquí, en el “Salto de Safo”. Es posible que nada de esto sea cierto, pues muchos relatan que envejeció y murió en Lesbos, su tierra, pero no importa la verdad, la fábula al fin y al cabo, hace más llevadera la vida. Y a mí me entretenía en mi  pintura; que más se puede pedir.

Entre ensueño y espejismo fui acabando mi cometido. Estaba cansada, mareada, veía estrellitas y me movía como un pinocho de madera, con todos los músculos agarrotados. Cuando ya me iba, al pasar por delante de la taberna, alguien me llamó. Yo frené. Girarme no podía. Di marcha atrás. Me olvidé del desnivel. Di marcha atrás. Y sentí un vacío, una pérdida de sustentación, unas ruedas girando en el aire… Me caí a la cancha de baloncesto. Ahí morían mis sueños de vivir de incógnito y no dar el cante, en el bochorno de la tarde y en el de mi amor propio. Cómo envidiaba a Safo en su fatídico salto, para desaparecer de allí cuanto antes.

Cancha de baloncesto

Vula, se asomó a la terraza y sin preguntarme nada empezó a llamar a unos y a otros. Pronto apareció medio pueblo armado con palos, piedras, gatos y planchas; se les notaba acostumbrados a estos menesteres y tras grandes discusiones y forcejeo, lograron sacar el coche de allí. Todos sudábamos y resoplábamos.Durante algún tiempo me resigné a ser la “hispanída” que se había caído a lapista de baloncesto. Pero un día me consoló la estupidez de no ser la única. En una curva me encontré a todo el pueblo vociferando con palos, piedras, gatos y planchas; abajo, despeñado por un barranco estaba el coche de un vecino que venía un poco tarde de tomar ouzos.

Adaptación de Sotiris Kakisis del fragmento 95 de Safo ( libro V) cantado por Eleftheria Arvanitaki.

Ήρθε και τρύπωσε ο Ερμής στο όνειρό μου μέσα
και του είπα·”Αφεντάκο μου, πώς χάθηκε η ζωή μου
Και δε γελώ, δε χαίρομαι, μήτε τα πλούτη θέλω
μα κάποιος πόθος με βαστά, ζητάω να πεθάνω
Τις υγρές να δώ με τους λωτούς, του Αχέροντα τις όχθες”.

Vino y se deslizó Hermes en mi sueño,
y le dije “Mi Señor, cómo se perdió mi vida.
Ni me río, ni me alegro, ni las riquezas busco,
tan solo un deseo me sostiene : quiero morir
Ver las aguas con lotos, las orillas
del Aqueronte”.

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Giróspiti. La casa de Evgiros

Por 10 mayo, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (14 Comentarios)

Era el mediodía más tórrido que puedo recordar y las previsiones que se avecinaban no dejaban chispa de esperanza. Una ola de calor asediaba el archipiélago y las calzadas se desleían con su propia calima que emanaba del asfalto licuado; de quedarte inmóvil corrías el peligro de adherirte al pavimento y fundirte lentamente con él, tal que si de arenas movedizas se tratara; sin ninguna posibilidad de ayuda, sin poder pedir auxilio, porque no había ni un alma en la plaza de ese pueblo donde habíamos ido a parar. Las chicharras estaban mudas o moribundas, habían abandonado su estridente salmodia y renunciado a la ilusión inútil que resultaba de batir sus alas para refrescarse con ese aire sofocante. Lo único sensato a esas horas era buscar una sombra trascendente donde amodorrarse y soñar con céfiros frescos y relentes. Nunca antes habíamos pasado por este pueblo; pueblo que te encuentras de esquinazo, cuando crees que ya no puedes encontrar nada más y que de seguir así, por la carretera, el despeñe por un precipicio es inmediato. Pero seguíamos porque se veía Itaca, sumergida en el calor y en un azul marino que se evaporaba hacia el cielo; seguíamos y seguíamos sin pensar en parar, embelesados, como ratones de Hamelín. Fue la primera vez que vi Evgiros.  Porque no la había buscado antes; no es una errata, Evgiros es femenino; porque no viene en los mapas, porque está en el άκρη, en una esquina, y porque al turista, que tiene el tiempo justo, no se le ha perdido nada en esta aldea; porque creo en los hados y porque en esta tierra la realidad y la fábula se confunden con cabezonería.  Evgiros salió a buscarnos.

En la plaza de la iglesia, o la plaza, había un árbol descomunal con un banco y un grifo atornillado a la corteza de su tronco, que murmuraba aguas gélidas. Pero nos embobó el café de suculenta terraza emparrada, con sillas dispuestas en corro, esperando chácharas y tertulias; y con las mesas repletas de botellas abandonadas, como si los clientes hubieran huido repelidos por una lengua de fuego bíblica. Alguna hormiga mirmidona hacía acopio del ágape desatendido. ¡Qué pueblo tan salado! Y las moscas ¿Dónde están las moscas? Muertas.

En la ventana del cafetín había un rotulo de “Se vende”. Ay, si se vende esto que será de nosotros; sin parras, sin tertulias, sin corrillo para dirimir los acontecimientos históricos; desamparados. Y como tales, corrían los sudores por nuestras nucas; corre, corre que me seco, que se me va el último hálito de humedad. Allí, allí hay una fuente, en el árbol. Ese mastodonte de afectuosas ramas que se inclinaban como única oportunidad del superviviente. ¡Qué pueblo tan salado!

Entre las brumas del calor apareció un hombre, que yo diría irreal, porque hacía un minuto no estaba allí, el banco vacío;  porque hacia un buen rato que no se oía un susurro o un pío pío de pájaros; esperaban callados a que dejaran de arderles las plumas; porque con tanto silencio y tanto sigilo no se podía haber plantado allí sin notarlo. Vestía camiseta sport y nos echó  la mirada del “qué buscáis”, el ademán  universal interrogador; cejas altas y cabeza alta, hombros altos.

– Solo mirábamos el café en venta.

– No es el café lo que se vende, si no la casa de al lado

Nos respondió sorprendido de que habláramos griego. Mucho tiempo después me confesó que éramos los primeros turistas con los que charlaba, porque todos le contestaban en inglés y él solía abandonar por aburrimiento la conversación  que derivaba en “por señas”.

– Pues que buenas vistas
– Sí
– Es pequeña
– Sí
– ¿Buscáis casa?
– No
– No exactamente
– ¡Anda! ¿Queee?
– Pues mi primo vende la suya.
– Estupendo
– ¿Dónde?
-¿Qué estás diciendo?
-¿Queréis verla?
-¡No!
-Sííí
-Ahora llamo a mi mujer que traiga las llaves.

Y su mujer se llamaba Sofía y vino con una sonrisa inmensa y con las llaves, claro. Y él se llamaba Giorgos y era el secretario del ayuntamiento; “el secretario” para más señas. Y la casa era de su abuelo; y la casa era muy antigua, y la casa había sobrevivido a no sé cuántos terremotos y no se quintas guerras. Y la casa era fresquita de miedo y se metía en la roca de la montaña. Y se veía el mar y se veía Itaca y se veía a Safo saltar desde los blancos acantilados. Y aunque un gran ciprés tapaba parte de la vista…pues lo cortas… ¿Cómo voy a cortar semejante ciprés? Pues esto es Grecia. Y ves…aunque el acceso es malo pronto van a hacer un δρομος, una calle.¿Cuándo? Pronto

¿Qué puedo más decir? Pues que a los cinco días y tras de hacer todo tipo de papeleos y burocracias ¡nimaginables, de las que salíamos bien parados gracias al ir acompañados y recomendados por el “secretario” nos personábamos ante la notaría  para adquirir la casa.

La notaria hablaba despacito, como concesión a nuestra condición de extranjeros chapurreantes someros del griego; y nosotros tratábamos de comprender cada una de las silabas. Llegó el momento del consabido nombre de pila del padre; al que son muy aficionados los griegos;  estado civil y bla bla,  domicilio bla bla , nacionalidad, bla bla…

 – ¿Fecha en la que contrajeron matrimonio?

Nos miramos el uno al otro y empezamos a contar con los
dedos en vano. No teníamos ni idea. Que desalmados ¿No? Notario, ayudante, secretario, esposa y primo nos miraban absolutamente atónitos.  Pero que raros son los guiris, señor. Para salir del trance me la inventé. Y así conseguimos abandonar  la notaría como flamantes propietarios de una casa de piedra en Evgiros; eso sí para entrar a vivir.
 

 

 
De las historias que van rellenando una vida, son las irracionales las más enriquecedoras.
 

Πες μου όνειρα γλυκά
Ελευθερία
Αρβανιτάκη

Βρισκόμουνα σ’ ένα κελί
όπου όλα τα `χα χτίσει
τις πόρτες, τα παράθυρα
το στρογγυλό φεγγίτη.
Κι έβλεπα πως ζωγράφισα
πάνω σ’ ένα χαρτόνι
ένα σπιτάκι παιδικό
μ’ ένα μικρό μπαλκόνι.
Τις νύχτες δεν κοιμάμαι
Ξυπνάω και φοβάμαι
Πες μου όνειρα γλυκά.
Με το μολύβι χτύπαγα
κλαίγοντας να μ’ ανοίξουν
την πόρτα τη ζωγραφιστή
έξω να μη μ’ αφήσουν.
Ώσπου η πόρτα σκίστηκε
και είδα από μια τρυπούλα
μια ίδια μικροσκοπική
χτισμένη καμαρούλα.
Τις νύχτες δεν κοιμάμαι
Ξυπνάω και φοβάμαι

Πες μου όνειρα γλυκά.

Cuéntame dulces sueños
Eleftheria
Arvanitaki

 

Estaba en
una celda
Donde todo
había sido construido por mi
Las puertas,
las ventanas,
El tragaluz redondo
Y vi como yo dibujaba
en una caja
de cartón
una casa de juguete
con un
pequeño balcón
Por las noches
no duermo
Me despierto con miedo
Cuéntame
dulces cuentos
Golpeaba con
mi lápiz
llorando para
que abrieran la puerta,
la dibujada en el cartón,
y que no me
dejaran fuera
Hasta que la
puerta se rompió
Y a través
del agujero vi
la misma y también minúscula

habitación.

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El baile del águila

Por 20 agosto, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (8 Comentarios)
Desperté soñando que una melaza empalagosa y mórbida manaba de las montañas como una lava suave y se extendía lentamente por los prados, subiendo los troncos de los árboles, trepando a las copas de los cipreses, con el rayar del alba grisácea le daba al momento un toque irreal. Pero no fue realmente un despertar, si no ese estado ilusorio que existe entre el sueño y la vigilia en el que los sentidos intercambian sensaciones entre ellos. No era un manantial de mermelada si no el sonido dulzón de un clarinete que acompañaba una voz rasgada y destemplada, entonando una melodía repetitiva. ¡Qué exagerados que son! Eran las 6 de la mañana. Decidí acercarme a la plaza para ver quien cantaba y quien bailaba a esas horas azules.

El 15 de agosto es una fiesta muy especial en Grecia. Es como nuestra Virgen de Agosto, días de festejos y verbenas, pero para los griegos es tan importante como la Pascua o las Navidades; momento de desplazarse a las islas y los pueblos de los abuelos y de reencontrarse con familiares y amigos que hace tiempo que no se ven, comentar las novedades, constatar cómo han crecido los niños, quien ha emigrado, quien ha conseguido volver. Para los habitantes de los pequeños pueblos son días de mucha felicidad porque logran ver la pequeña villa, casi abandonada en invierno, bullendo otra vez con gente, como en los buenos tiempos. Pero sobre todo son noches de música, de pinchos a la brasa y de bailar hasta que el cuerpo aguante.

Cuando me arrimé al escenario los músicos  se tambaleaban cansados al compás de la canción y un solo bailarín permanecía en la pista. Era un hombre delgado, con el pelo cano y unos bigotes enormes. Vestido como los camareros de antaño; camisa blanca remangada, pantalones negros y zapatos acharolados de cordones que relucían con sus pasos de baile, iluminados por las bombillas festivas de colores. Danzando con los brazos en alto y la cabeza gacha. Concentrado en su coreografía como si no hubiera más en el mundo que esos gestos y esa composición que ejecutaba; ni amanecer, ni fiesta, ni gente dormitando sobre las mesas. Bailaba solo, para sí mismo, con una incomunicación solemne.

Los griegos suelen bailar en corro como un estado de comunión con los amigos. Bailar, pueblo y país tienen la misma raíz. El baile tiene un sentido ancestral de intercambio y unión entre los bailarines. Nada nuevo, se baila de esa forma en muchas partes del mundo. Solo el que lleva la voz cantante, el primero de la fila, se permite hacer filigranas diferentes a las del resto del grupo. Apareció mi amiga Sula, de 80 años, toda vestida de negro; con el menguar de los años parecía una hormiguita oscura entre un coro de patosos elefantes. Los llevó a todos por la calle de la amargura bailando una danza antigua; de sus mozos tiempos; que nadie conocía también como ella. Le aplaudieron a rabiar. Yo también salí, he de confesarlo, y resurgí airosa del trance. Pero eso fue a primera hora de la noche, con el pasar de las horas, solo quedaron los resistentes.

El viento del alba levantaba los vasos de plástico que giraban en el suelo y en las mesas como el solitario danzarín y las brasas aun no extinguidas de la hoguera de suvlaquis ascendía hacia el cielo ahumando a las pobres lechuzas que no habían osado a dar un Cuu en toda la noche. Los finales de fiesta siempre tienen algo de desolación, pero ese hombre solitario girando con la triste melodía superaba toda melancolía. Pocas veces he visto a alguien danzando tan elegantemente un “zeibekiko” y con tanta introspección.

El zeibekiko es un baile de origen tracio, exportado a Asia menor y posteriormente recuperado con la llegada de los refugiados griegos expulsados de Esmirna y Estambul en los años 20. Según autores, el nombre proviene de Zeus, el dios, y beko, pan; la unión del cuerpo con el espíritu. También le llaman el baile del águila, el alter ego de Zeus, porque se baila con los brazos bien abiertos e incluso moviendo las manos hacia arriba, con el chasquear los dedos, imitando el movimiento de las plumas distales de las alas del ave al planear. Es un baile estrictamente masculino que implica un sufrimiento y una pasión interior que solo puede calmar con una danza eremita en busca del éxtasis y el consuelo. Nadie aplaude, todos miran; a lo sumo se arrodillan frente a él dando palmas secas en una forma de acompañamiento y conmiseración con el doliente. Antiguamente solo podían bailarlo mujeres mayores y con lutos desgraciados pero en la actualidad hay muchas féminas que se atreven con él, dándole un toque más dulce y menos sobrio.

El ritmo del zeibekiko es un endemoniado 9 por 8, muy difícil de interiorizar para un neófito. No tiene pasos, sino figuras y se trata más de una improvisación que de un baile de normas establecidas, algo parecido al flamenco. La canción se espera o se elige y a menudo es una petición a los músicos para que interpreten esa que al bailarín le transporta a ese lugar tan suyo de pena y oscuridad personal. Si la tararea, lo hará bajito, se agachará y dará palmadas en el suelo, golpeando a la tierra para que le deje entrar y terminar así con su sufrimiento.
Así fue, el último acorde paró en seco y el hombre permaneció con una rodilla al suelo y un puñetazo en tierra. Clareaba. Me acordé de una estrofa de Markos Bambakaris:
Τι πάθος ατελείωτο που είναι το δικό μου, όλοι να θέλουν την Ζωή και εγώ το θάνατο. Que pasión interminable la mía, todos quieren la vida y yo la muerte…

La vida continuó al día siguiente.

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Giróspiti. El colchón

Por 16 febrero, 2014 Etiquetas: , , Comentar (11 Comentarios)
En Grecia tengo la sensación de vivir en un delirio, una alucinación de cosas sin remedio, pero que en el último instante, con un toque de varita mágica, un prodigio o un eureka de algún Arquímedes ingenioso, se solucionarán de la manera más loca e insólita posible. O bien  yo siempre voy a dar con personajes excéntricos o bien la originalidad y la extravagancia es un gen helénico. Esto no siempre es apreciado por los visitantes norteños, más cartesianos, pero a mí esas peripecias me provocan alegría. La vida es demasiado hermosa como para tomársela en serio.

Había acabado de barnizar el suelo. La madera soltaba unos chispazos de brillo que me llenaban de orgullo y gratificaban esos días en cuclillas, mano tras mano, con  la preocupación de que no cayera ninguna gota de sudor sobre el barniz, sobre todo cuando el cerco se iba estrechando poco a poco hasta acorralar al pintor de suelos en un laberinto sin salida. Ya solo me quedaba, antes de irme con el barco a trabajar, comprar un colchón para que cuando llegase mi chico tuviera donde dormir.

Como las medidas eran un tanto raras no tuve otra opción que encargarlo. El dependiente, con una gran sonrisa y tras una breve conversación a grito pelado por el teléfono, me aseguró que tardaría 3 días. Perfecto, pensé, tendré tiempo de sobra para llevarlo y prepararlo todo.

No me extrañé de que a los 3 días no hubiera llegado nada. No me preocupé porque a los 4 días tampoco. Intenté tranquilizarme cuando a los 6 días el camión no daba señales de vida. Y me desesperé el día en que tenía que zarpar, sin que  el colchón hubiera aparecido. El dependiente, y su sonrisa, se encogían de hombros con un “así es la vida” que no daba lugar a mi cabreo, pero sí a mi ¿ahora qué?

– ¿Cómo le digo yo que no tiene sitio para dormir?

– Pues yo te cuento lo que vamos a hacer: cuando venga que me llame y yo le espero con el colchón.

– Pero llegará en el autobús de la noche.

– Pues se lo dejaré en la taberna de mi primo que está el lado de mi casa. Que se pase por allí y lo recoja.

– ¿En la taberna?

– Sí.

– ¿A las 2 de la mañana?

– Bueno, es una taberna.

Tendría que resignarme a lo que deparaba el destino, pero el problema más gordo era que no sabía cómo explicarlo sin perder la compostura.

– Ha habido un pequeño retraso… en fin que cuando llegues…esto… coges el coche y pasas por Geni. Ahí hay una taberna donde encontrarás el colchón.
….

– Lo mejor es que le llames antes para que te lo tengan preparado.
….

– Yo te dejo en el coche los datos de la taberna, el teléfono, el nombre y las medidas del colchón; por si acaso hubiera varios.- Me costaba contener la risa.

– Si no hay otro remedio.- Por fin se había roto el silencio suspensivo.- Diles que por lo menos vigilen que el perro no se acueste encima.

Me fui a ultimar unas cosas cuando por la carretera tuve la sensación de que alguien me seguía. Un camión comenzó a pitarme y hacerme luces, al disminuir la velocidad pude distinguir por el retrovisor al sonriente vendedor de colchones como copiloto, gesticulando con los brazos y señalándome. Paré para ver de cerca su sonrisa enorme y me dijo

– Ήρθε Το στρώμα (llegó el colchón)

En un momento, lo envolvimos en un plástico y lo pusimos sobre el techo del coche. Yo salí como un exabrupto para el pueblo con la satisfacción de haber conseguido en los últimos segundos salvar el partido. Y era tal mi contento que ni me planteé como iba a llevar eso yo sola. Pero el pueblo estaba desierto, la cuesta era vertical, el colchón era enorme, tenía poco tiempo. No me quedó otra que ponérmelo en la cabeza e iniciar la escalada.

A penas veía nada porque la carga se doblaba por delante y por detrás hasta casi rozar el suelo y daba tumbos de parte a parte de la calle vencida por el peso a cada zancada. Y así fue como, llegué hasta la casa sin resuello y también como cuando me quedaban unos metros, me quedé atorada entre la puerta y la higuera. No podía avanzar. No podía soltar el colchón, le esperaba un suelo lleno de higos podridos. No podía rascarme  ¡Hay que ver como pica el sudor en esos momentos!

Un gato apareció maullando intrigado por el imprevisto. Anda minino, acércame ese palo de escoba. Miau. Si eres bueno y honrado te daré higadillos cada día. Miau. Y daba vueltas a mis piernas y se restregaba. Ron-ron. Las fuerzas me fallaban y el gato traicionero trepó a la higuera para olisquear el colchón desde las ramas.

– ¡Si te subes te mato!

 No pude hacer nada más que ir deslizándome bajo el peso y con una pierna que estiré como el héroe de un comic, tumbé la escoba y la deslicé hacia mí, apuntalé una esquina, apuntalé la otra en la higuera y la tercera en la valla ¡Eureka! Logré abrir la puerta de casa y a tirones, con media higuera detrás y con un puntapié al felino que empezaba a entusiasmarse con la expectativa, el colchón entró; lo dejé caer; me dejé caer encima.
Me equivoqué; ese gen estrafalario que yo creía tan griego, en realidad había viajado por toda la ecúmene para llegar a Hispanía y recombinarse con  mis cromosomas.
                                                   
                                                                          FIN

Cierro está serie de capítulos de la casa, Girospiti, por el momento. Y lo hago con esta canción de Mikis Theodorakis, cantada por Haris Alexiou en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos: “Prepara el colchón para dos” ¿A que os suena muchísimo?

Στρώσε το στρώμα σου για δυό

Ο δρόμος είναι σκοτεινός
ώσπου να σ’ανταμώσω
ξεπρόβαλε μεσοστρατίς
το χέρι να σου δώσω
Στρώσε το στρώμα σου για δυο
για σένα και για μένα
ν’αγκαλιαστούμε απ’την αρχή
ναν’ όλα αναστημένα
Σ’αγκάλιασα μ’αγκάλιασες
μου πήρες και σου πήρα
χάθηκα μες στα μάτια σου

και στη δική σου μοίρα.

Στρώσε το στρώμα σου για δυο…
Prepara el colchón para dos

El camino es oscuro
hasta que aparezcas
en mitad del camino
para darte mi mano.
Prepara el colchón para dos
para ti y para mi,
para que nos abracemos desde el principio
y todo renazca.
Te abracé, me abrazaste,
te tomé y me tomaste,
me perdí en tus ojos
y en tu destino.
Prepara el colchón para dos…
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