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Giróspiti

Girospiti. Ventanas azules.

Por 9 febrero, 2014 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)
¿Acaso era posible imaginar la casa sin ventanas azules? Quizás un griego se podría permitir otra cosa, en su tierra azul, acostumbrados como están a encontrarse el mar en cada esquina o  esperándoles al final de la calle; el mar cotidiano que salpica los miradores y se filtra por los vanos de las puertas, el mar frecuente, el que te persigue aunque te escondas; el que deja impreso en tu retina, al cerrar los ojos, una fotografía de inagotables azules, añiles, índigos, cobaltos, garzos, zarcos, azulados, azulinos y azulones. Un griego podría pintar sus ventanas rojas, verdes o granates; yo no.

Foto de mi amigo Luis

Compré la pintura y me dirigí hacia la casa. Por aquel entonces, había yo adquirido un rico e interesantísimo vocabulario; sabía decir en griego: ladrillo, cemento, yeso, enlucir, tabique, suelo, tubería, desagüe, canaleta, interruptor conmutado… y una infinidad de palabras más relacionadas con el mundo de la construcción. Me faltaba aprender sus declinaciones y podría escribir un tratado; el de la desesperación.

Como nadie hacía nada y todos echaban las culpas al prójimo decidí convocarlos aquel día a todos juntos; al hidraulikós; el fontanero; al electrológos; el electricista; y al mástoras ;en griego se llama maestro al albañil, lo cual resulta muchas veces un eufemismo, palabra griega por cierto.

Los tres fumaban nerviosos sin mirarse y se notaba cierta electricidad en el ambiente. Solo hizo falta un suave soplo, que movió la higuera, que agitó una rama, que desprendió un higo, que dio a caer en el suelo, espachurrándose con un plof, para que se iniciara la riña. Como una pelea de gatos, se oían soplidos  y bufidos por las tres bandas. Había resuelto armarme de paciencia, pero no pude cumplir el propósito por mucho rato; cuando el electrológos estaba a punto de clavarle un enchufe al mastoras, que a su vez se quejaba del retraso del hidraulikós, que no dejaba lugar a dudas, en sus improperios, que era culpa del electrológos, grité:

– πρέπει να συνεργαστούμε (debemos cooperar)

Lo dije por la más mera intención de hacer algo, sin esperar el más mínimo efecto, pero asombrosamente se hizo el silencio profundo, como si hubiera hablado la mismísima Atenea. Ahí llegó mi martirio, pues como soy mortal, no sabía por dónde salir. Proseguí a la aventura acordándome de ciertos famosos diálogos:

Yo: Empezaremos por ti, queridísimo electrológos. Si te parece bien.

Electrológos: Me parece.

Yo: ¿No es verdad que si no acabas las rozas de la electricidad no puede acabar nuestro mástoras?

Electrológos: Así es. Pero también es cierto que si no acaba su trabajo el hidraulikós yo no puedo entrar a hacer el mío.

Yo: En cuanto a ti, mí estimado hidraulikós. ¿Qué te impide acabar tu trabajo para que pueda entrar nuestro amigo el electrológos?

Hidraulikós: Me lo impide el mástoras que no acaba el tabique y yo no puedo pasar las tuberías ni hacer el desagüe.

Yo: ¿Y no parece acertada solución el que os turnarais en vuestros oficios y que colaborarais los unos con los otros?

Hidraulikós: En verdad, así es.

Yo: ¿Crees tú, mástoras, que si colaboráis acabaríais antes la obra?

Mástoras: Así es.

Yo: Y si acabáis antes, ¿cobraríais antes o después?

Mástoras: Antes.

Yo: Y… ¿no os interesa cobrar?

Mástoras: Si claro.

Yo: Y para cobrar es necesario que construyas las cosas como en los planos que te di ¿No?

Mástoras: Si.

Yo: ¿Y tú me dijiste que sabias leer planos?

Mástoras: Si, te lo dije.

Yo: Y en este plano ¿Dónde están las ventanas?

Mástoras: Aquí.

Yo: ¿y dónde están las ventanas en la realidad?

Mástoras: Aquí.

Yo: ¿Y no es verdad que no se parecen en nada?

Mástoras: Es que en Grecia no se hacen las ventanas de ese tamaño; el que ha dibujado el plano no sabe nada.

Yo: ¿Y no es bien cierto que el que ha dibujado el plano es a la vez el que paga?

Mástoras: Si, así es, creo.

Yo: ¿Y no hemos quedado que si no acabas no cobras?

Mástoras: Si, así has dicho antes.

Yo: Pues ya estás haciendo las ventanas como toca, para que yo las pinte, para que el electricista acabe y el fontanero también y yo os pueda pagar.

Y como yo no soy Sócrates, sino una vulgar impostora, me alejé de allí corriendo antes de que me condenaran a muerte. Volví al cabo de una semana y todo seguía igual.

Las ventanas azules

Τα μπλε παράθυρα. 
Μάρκος Βαμβακάρης

Γυρνούσα και σ’ αντίκριζα
ψηλά στα παραθύρια
και τότε τα καμάρωνα
τα δυο σου μαύρα φρύδια

Επήγες σ’ άλλη γειτονιά
και εγώ τρελός γυρίζω
με παίρνει το παράπονο
κι ανώφελα δακρύζω

Πού να γυρίσω να σε βρω
στη γη στην οικουμένη
που έφυγες και μ’ άφησες
με την καρδιά καμμένη

Ξενοίκιασε το σπίτι σου
και έλα στη γειτονιά σου
όπως και πριν να σε θωρώ
απ’ τα παράθυρά σου.

Las ventanas
azules
Markos
Bambakaris
Me giré para mirar de frente
arriba a las ventanas
y entonces pude contemplar
tus negras cejas

Te fuiste a otro barrio
Y me vuelvo loco
Me atrapa la pena
Y lloro desconsoladamente

Donde iré para encontrarte
Por el mundo, por la Ecúmene
Te fuiste y me dejaste
con el corazón calcinado

Se alquiló tu casa
Voy a tu vecindario
Como antes para verte
A través de las ventanas

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Girospiti. Escombros, dedales y fotografías

Por 27 enero, 2014 Etiquetas: , , , Comentar (6 Comentarios)
Con un estruendo se precipitó el murete sobre mí y tuve suerte de coincidir con un vacío, porque las jambas de la puerta me rozaron los hombros. Me quedé inmóvil y sorda, con el mazo en la mano y con el retumbar del suelo, mientras un polvo blanco y dañino lo enturbiaba todo; como un fantasma albino y enharinado. Al rato pude ver los rayos polvorientos filtrándose por las ventanas y dejé de contener la respiración. Cañas y yeso, como un puzle desbaratado, a mis pies.

Cuando se toman decisiones con el corazón pero no con la cabeza, que son más gratificantes, ya se sabe, pero uno no sabe dónde se mete, o si lo sabe se hace el tonto; cuando uno no es rico en dinero, pero si en sueños y en ideas, solo cabe una alternativa  ¿Cómo salir de esta?

En aquel momento no disponíamos ambos de tiempo a la vez; ya se sabe lo de que codo a codo somos mucho más que dos; así que allí, lívida del susto y de la cal, estaba Agustina de Aragón o Sancho, sin pollino ni Quijote, intentando desescombrar una casa en Evgiros. Que buena idea parecía en su momento.

Yo miraba los cachos de tabique tumbados y me estremecía. Cogí uno de los pedazos más humanos y arrastrando conseguí sacarlo hasta la terraza jadeando. El sol, encarnando a un asesino sin piedad, se mofaba de mí. Cuando ya llevaba varios viajes y la inmensidad del tabique abatido me desesperaba, soñaba con fuentes frescas y me moría de sed. Me fui a la taberna a mendigar un vaso de agua;  allí estaba Vula, la tabernera, altiva e indiferente, pura Grecia, de esa que si te quedas con la fachada  habrás dejado pasar tu oportunidad de oro.

– Me darías un vaso de agua.

– Claro

Y dejó sobre la mesa una jarra empañada de cliticlins de hielos dando vueltas. Yo me la bebí sin un mu.

– Mira, necesito a alguien que me ayude a sacar los escombros de la casa; esa que está aquí al lado, que hemos comprado, somos españoles ¿Sabes? Es la a casa de…

– Si, ya sé.

En ese momento comprendí que una taberna no solo sirve para comer o beber, si no que en estos pueblos, encarna las labores de la oficina de información y turismo, de registro del padrón, así como la de recogida de correo y paquetería.

Sin un gesto de más cogió el teléfono y llamó a no sé quién, que tenía un amigo en no sé dónde, que conocía a alguien que sabía de un albanés que me podría ayudar.

Hablé con el trabajador, me pareció bien el precio y le dije que empezara cuando quisiera. Él comenzó enseguida, mientras yo seguía engullendo agua. Y como tenía que irme a preparar el barco para una salida inminente, le pagué por adelantado.

– ¿Qué has hecho qué?- El teléfono retembló en mi mano.

Cuando volví, los escombros se amontonaban en la subida de la casa, como era de esperar.

– Ay Vula, mira que soy idiota.

– No eres idiota, solo eres ξενη, extranjera; y no conoces las costumbres de aquí.

– ¿Qué costumbres del país? Si son hábitos internacionales. Que no, hija, que soy imbécil declarada.

Y ahí salió la tierna Vula, la de un poco más adentro, la de que si rascas un poquito la encuentras; la pura Grecia. Y me puso unas aceitunas como soles relucientes que preparaba ella misma, de  Grecia pura. Y yo tragaba, con amargura, pero con encanto; sencillamente y sin preámbulos, me dejé llevar por  aquello que parecía el principio de una gran amistad.

– Mira ¿sabes que te digo?

– ¿Qué?

– Pues que no te preocupes. No hagas nada. Ahí donde han dejado los escombros, en el camino, pronto van a hacer un “dromos”, una carretera, así que los dejas como están y cuando vengan las máquinas ya se encargaran de quitarlos.

– Y ¿Cuándo van a hacer el dromos?

– Muy pronto.

Me dejé convencer muy deprisa, por comodidad, con la espléndida solución; hoy, cinco años después, todavía cuando llego cada año, tengo vanas ilusiones de ver un “dromos” nuevo y reluciente. Pero ni que decir tiene que todo sigue  en su sitio; y el tiempo; que ya dijo Einstein que era relativo; se detiene con facilidad en estos pueblos; lo cual, si aprendes a interpretarlo, es una auténtica bendición. Pero claro, un día llegó en que los cascotes impedían acceder a la casa y tuvimos que llamar a  uno que llamó a otro, que conocía a nosequíen que tenía el telefono de un albanes para que quitara los escombros. Esta vez pagué a pie de obra.

Algunos meses más tarde, retirando los trastos acumulados en la casa, fundamentalmente aperos del campo, encontré un dedal, unas medias de mujer y una instantánea polaroid, ya muy  deslucida, en la que aparecía una abuelita muy sonriente vestida de negro. No guardé las medias pero si la fotografía y el dedal porque parecía que la casa me estuviera contando una historia que yo debía escuchar. La pena fue que la foto al ver la luz del sol hizo un fundido en negro y se tragó a la señora amable que me miraba y no pude observarla con detenimiento. El dedal se lo di a su nieta Georgía algunos años después, porque le pertenecía más que a mí, sin lugar a duda.

– No sé qué tiene esta casa que duermo como un tronco, de un tirón toda la noche.

– Es porque está construida con mucho amor. Mis abuelos eran la gente más buena y honrada que he conocido y su espíritu se quedó filtrado en las paredes y la roca. Ahí, bajo la higuera, solía sentarse mi abuela a coser y yo le escondía el dedal para hacerla rabiar; todavía puedo verla, paciente y sin enfadarse jamás conmigo, con una sonrisa en la cara.

Άλκηστις
Πρωτοψάλτη

Η φωτογραφία


Μια ευτυχισμένη Κυριακή του ‘33
κάναμε το αίσθημα σεμνή φωτογραφία
κι ύστερα κάτσαμε να φάμε
στο τραπέζι μας ψητό
σαλάτα, φρούτα και βανίλια παγωτό.
Ο Νίκος είχε άδεια απ’ τη μονάδα
υπηρετούσε κάπου στην Ορεστιάδα
κι ο φωτογράφος μας εφώναζε σε λίγο το
πουλί
απ’ το φακό μου θα σας στείλει ένα φιλί.
Κι ύστερα γίναμε ωραία φωτογραφία
και κρεμαστήκαμε μεσ’ την τραπεζαρία
και παν πενήντα τόσα χρόνια
απ’ αυτή τη Κυριακή
και τώρα όλοι είμαστε κάτω απ’ τη γη
  
La fotografía

Un feliz domingo del 33
nos hicimos una decorosa fotografía
Y más tarde nos sentamos a comer
en la mesa, nuestro asado,
ensalada, fruta y de vainilla el helado.

Nicos tenía permiso de su compañía
que servía en alguna parte de Orestiada
Y el fotógrafo nos advirtió que pronto un pajarito
desde el foco os mandará un besito.

Y después salimos en una hermosa fotografía
y colgamos del comedor
más de 50 años
después de ese domingo
Y ahora estamos todos bajo tierra

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