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Mil viajes a Itaca

Por 11 noviembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (9 Comentarios)
Tengo una relación sentimental con Itaca un tanto complicada; amores y desafectos, ternuras y resentimientos que se alternan como un hilván de hilo brillante para aparecer y desaparecer de tanto en cuando. Supongo que al conocerla desde hace tiempo, como en todos los idilios hay momentos de euforia y de bajón. Una música oída muchas veces genera la rutina de la sucesión esperada de notas que no te deja disfrutar de la melodía como la primera vez.

Es obvio que esta isla atrae sin conocerla; por su nombre legendario como ningún otro, por su pasado fantaseado en cuentos y poemas que no dejamos de imaginar o releer. Pero además es que su forma de huella de gigante torpe, o de paramecio demacrado, según la mires, abre el apetito de la fantasía. Saber lo que existe al fondo de una enorme bahía oculta por los requiebros de la tierra excita a cualquier navegante. Y lo que encuentras, cuando lo descubres, merece las penas de mil viajes.

Pero si hay algo que me gustaba de la Itaca que hace tiempo conocí era su concierto vespertino. La armonía polifónica era digna de oírse; entonado con solo dos notas y otras dos silabas, comenzaba en un punto lejano y se iba extendiendo por toda la ladera hasta llegar al puerto. Un lamento de His y Hos desacompasados, con contrapunto, entremezclados con algún staccato de hi-hi-hi que acababa en un pianísimo para resurgir otra vez en otra esquina de la gran bahía de Vathi. Llegaba el culmen final enloquecedor, cuando el estruendo de burros se hacía casi imposible, para caer en el silencio que daba paso a la noche. Me encantaba ese canto gregoriano de asnos rebeldes itacenses. En concreto había uno que lo ataban donde acababa el pueblo, cercano a una zapatería de pantuflas de cuadros, que gritaba como ninguno. A veces me atreví a acariciarle y él con los ojos bizcos rebuscaba entre mis bolsas, si las llevaba, y se quedaba quieto y paciente mientras que yo le decía unas palabras amables, aunque eran puros monólogos. Con el tiempo, la orquesta fue menguando y solo quedaba algún solista. El de la zapatería se esfumó y en su lugar apareció una moto. Y yo, no sé muy bien porque no me alcanza la empatía de ponerme a hablar con una moto, pero pasé de largo. Algo se rompió en mi corazón cuando la llegada a Vathi nunca volvió a ser acompañada de esa actuación musicovocal entrañable. La verdad es que en verano ya no se distinguirían bien los borricos cantores de los insultos poliglotas de los patrones de los barcos de recreo que amarran en el puerto, mientras el viento feroz del ocaso entorpece sus maniobras. Qué cantidad de bestiadas puedes llegar a oír en todos los idiomas en una tarde estival. Pero, ves, no me siento motivada a hablar con estos pero si con los otros; es curioso.

La segunda cosa que no tardaron en cerrar fue la discoteca. No es que yo sea bailonga y por eso me lamento, pero es que ésta me gustaba porque se llamaba como solo se puede llamar un tugurio de cortinas de terciopelo rojo: “El pulpo”. Tenía una bola redonda de espejitos que giraba, como gira el mundo, como girábamos nosotros, desbocados, dislocados, desmelenados, con bebidas y dientes fluorescentes, en un sitio donde nadie podía reconocerte. Bueno, con el tiempo esto último dejo de ser verdad y cuando aparecía acompañada de amigos fascinados con la bola y los chupitos de fósforo que servían en la barra, los chavales del pueblo se frotaban las manos y acudían en tropel ante la expectativa de un intercambio cultural con extranjeros/as. Un día ya no estaba; estaban construyendo un supermercado en su lugar. Está claro que no iban a estar esperándonos todo el año mirando la bola, pero sentí una punzada de dolor al distinguir los espejuelos desmembrados en un contenedor de desescombro.

He desarrollado una especie de alergia al cambio de los sitios donde me sentí a gusto alguna vez, una hipersensibilidad a que la modernidad y el turismo lleguen como una plaga exterminadora y arrasen con todo; e intento desafectarme de los lugares amados antes de que esto ocurra. A veces creo que me paso de profilaxis, pero es que no me gusta sufrir.  A Itaca, por suerte o por desgracia, he tenido que volver mil veces por motivos de trabajo y la verdad es que los amigos y conocidos que vas haciendo con el transcurso de los años te hacen ver las cosas de diferente forma, te agarran con lazos y te dicen que te dejes de hipocondrías y que no te alejes demasiado. Pero fundamentalmente sabía que si quería reconciliarme con ella tendría que venir fuera de temporada; bien acabado el verano; en otoño, en esa época en que todo comienza su letargo pero aún no ha alcanzado el sueño invernal.

Había encontrado una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando al puerto en un pequeño velero con los brazos abiertos y la emoción de la ansiada arribada en su cara. La instantánea, ya amarillenta, era de los años 50 y llamó mi atención por varios motivos. Primero porque era un griego que había cruzado el Atlántico norte a vela en una pequeña embarcación de 8 metros sin motor, lo que era un hito desconocido para mí, pero fundamentalmente porque el paisaje que aparecía tras sus brazos era exactamente igual al que yo contemplaba en el presente; las mismas montañas vacías. Sorprendente. Y yo una exagerada fatalista. El caso es que el épico viaje está relatado en un libro escrito por el mismo navegante, Sabbas Yeorgiu, y encabezado por la siguiente frase:
 «….εσύ που είχες την καλοσύνη & την υπομονή να διαβάσεις αυτό το βιβλίο, πήγαινε στη θάλασσα, αν δεν έχεις πάει ακόμη. Θα λυτρωθείς. Ανάμεσα ουρανού και θάλασσας το μυαλό σου θα λαμπικάρει. Θα νοιώσεις ελεύθερος. Πήγαινε…..»

“…tú que tienes la amabilidad y la paciencia de leer este libro, vete al mar, si no lo has hecho todavía. Te redimirás. Entre el cielo y el mar tu mente se depurará y te sentirás libre. Vete…

Desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y el libro es por el momento difícil de conseguir. Pero el dueño de la tienda donde encontré la fotografía desencadenante de mi curiosidad  me dijo que si le daba tiempo me lo fotocopiaría. Tiempo. Desde entonces cada vez que paso por Itaca me asomo a su establecimiento con la ilusión de que el tiempo haya sido suficiente. Pero esto es Grecia y como tal cualquier espera requiere de mucho estoicismo. Pasaron los meses con una letanía de:

– Lo siento, no he tenido un minuto. – Dijo.
– Vale- Dije.
– Mañana me pongo.-Dijo
– Estupendo.-Dije.
– ¿Podrías venir la semana que viene? -Dijo
– Sí, claro.- Dije
– Cuando acabe agosto lo tengo fijo.- Dijo
– Mira, en Octubre, antes de volver a España, cuando ya estés más libre, me pasaré por aquí y si quieres lo fotocopio yo misma.- Respondí ya como un ultimátum.
– Una idea excelente. En octubre.- Dijo.

Y volví en octubre pero estaba de vacaciones en Patrás. Esta vez no dijo nada pero me prometió por teléfono y por no sé cuántas cosas y ascendientes suyos que me lo enviaba por correo. Todavía miro el buzón con inocencia.

De todas formas, los días pasados en octubre en la isla, mientras localizaba a Mr Tiempo infinito, dejaron en mí la ternura de un amor recuperado. Al acabar el verano es como si recogieran el escenario de un teatrillo callejero  o las sillas de una procesión y todos regresaran a sus quehaceres comunes. Los aperitivos al sol, los cafés repletos durante los partidos, las salidas a pescar y las tertulias de plaza. Parecía increíble que unos días atrás solo hubiera navegantes rugidores de polos coloridos. Me senté a contemplar el sol sobre el agua inquieta y abrí los brazos emulando al individuo de la fotografía. Idéntica isla, idéntico paisaje al que vio ese hombre hace 65 años. Todo permanecía en su sitio. Alguien se acercó por detrás con sigilo.

– Hola Ana ¿Cuándo has llegado?
– ¡Vassilis! ¡Qué sorpresa! Llegué ayer desde el Egeo. ¿Y tú? ¿Cómo te va la vida?
– Muy bien, vengo de tocar la trompeta, vuelvo a ensayar con la banda ¿Nos vemos esta noche en la taberna?
– Hoy no, Vassilis, dale recuerdos a Harula. Hoy debemos comernos un pescado que cogimos ayer y si no se estropeará.
– Ay, ni hablar ¡Os lo cocino yo! ¿Cómo no vas a venir esta noche a mi taberna? Esta noche tú pones el pescado y al resto os invito yo para celebrar que ya ha pasado la vorágine.

Qué cosas tiene la vida. Según escribía esta entrada y ya a punto de presionar el botón de publicar, hace una hora, he recibido un correo de una editorial de Atenas, de las muchas a las que escribí, diciéndome que me mandan el libro. Así que ya tengo un interesante trabajo por delante.

ΙΘΑΚΗ – Στίχοι μουσική – ΝΙΚΟΣ ΠΑΠΑΚΩΣΤΑΣ 

Βροντά κι αστράφτει ο βοριάς
μέσα απ’ τα ξάρτια μου φυσάει λυσσασμένα.
Κι εγώ στη μέση αφρισμένου ωκεανού
για την Ιθάκη μου αρμενίζω απελπισμένα.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι
μέσα στου χρόνου το απέραντο κενό
μ’ ένα κουπί και με τρελό καραβοκύρη
τους Λαιστρυγόνες και τους Κύκλωπες να βρω.

Το δρόμο που `χω κάνει θα σου δείξω
 μήπως και βρεις κι εσύ το γυρισμό.
Από του Άτλαντα την άκρη ως την Αυλίδα
 κι από το νησί της Κίρκης ως εδώ.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι…



Itaka. Letra y música de Nikos Papakostas


Truena y relampaguea el viento del norte
entre mi jarcia sopla furioso
y yo en medio de un océano de espuma
hacia la Itaca mía navego desesperada

Para recomenzar un viaje interminable
dentro de un infinito vacío del tiempo
con un remo y un loco capitán
los Lestrigones y los Cíclopes encontrar.

El camino que he recorrido te lo mostraré
quizas encuentres tu el regreso
desde los confines del Atlas hasta la Aulide
y desde la isla de Circe hasta aquí.

Para recomenzar un viaje interminable…



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La luz y la pobreza

Por 2 octubre, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (19 Comentarios)

Cuando le preguntaban a Henry Miller sobre cuáles eran las cosas que le habían gustado más de Grecia, él respondía: la luz y la pobreza. La respuesta era sin duda sorprendente, incluso podía ser considerada por algunos cómo una insolencia o una originalidad del excéntrico escritor; olvidando que Miller no era un rico americano cuando visitó el país heleno para escribir su Coloso de Marusi. Pero a nada que se profundiza un poco en Grecia, si esto se comienza a percibir como una experiencia singular, la frase cobra todo su significado. La luz es incontestable; más que una visión clara es un estado vital, una auténtica conmoción al contemplar el mar, una ermita, un paisaje, un cielo infinito, que no sabes bien si la produce el viento furibundo y loco que azota la tierra y barre el aire hasta dejarlo limpio como un recién nacido o la fuerza romántica y planetaria que emerge de sus piedras, sus columnas, sus mitos y sus cuentos inolvidables para transportarnos al ensueño de una tierra todavía por estrenar. Y en cuanto a la pobreza, la gallardía de hacer memorable hasta el alimento o acontecimiento más sencillo; un racimo de uvas, un higo, unas almendras, un vaso de agua fresca, una pequeña conversación o la sombra de un árbol; como si fuera un encuentro iniciático con sus antiguos dioses y misterios, eso, lo empiezas a sentir cuando tienes la suerte de charlar un poco con la gente humilde de las pequeñas islas. En ese momento ya estarás deslumbrado, perdido y ciego.Venía yo reflexionando sobre lo anterior y haciéndolo extensivo al “pobre” paisaje de Astipalea, una isla roca, marrón, recortada, con un escenario uniforme hasta el aburrimiento y donde cualquier repliegue de su orografía que da lugar a la existencia de un vegetal constituye una feliz ocurrencia. Solo el rojizo de la tierra, el azul del mar y las espumas blancas de las olas chocando contra sus farallones; la hermosura de la nada, extendida por millas y millas de costa elevaban el ánimo hasta la alegría. Así que doblar el recodo y encontrar la Jora blanca te produce un susto cegador, te hace entornar los ojos y protegerlos con la mano para poder admirar sus contornos limpios, cúbicos, escalonados, con el castro en la cumbre y sus cúpulas azules, como fanales celestes. Siempre me pareció que esas bóvedas pintadas de añil, pequeños espejos esféricos donde reflejar el cielo, crean más sensación de infinito y eternidad que las enormes catedrales, sean del credo que sean; seguramente es el efecto deseado por su constructor.

 

Astipalea es eso, una isla vacía, una Jora luminosa y algún que otro grupo de casas aisladas y casi sin habitar. Marrón, blanco, azul, marrón blanco, azul. La luz y la pobreza. Pasear por sus caminos es flotar en un espacio ingrávido donde tus pies avanzan pero tus sentidos no notan la más mínima alteración, formar parte de un lienzo de un pintor exquisito que resolvió su obra con pocos colores, muchos matices y un resultado elegante.

Dejando el espíritu, colmado, y volviendo a las cosas prosaicas, del cuerpo mortal, es necesario puntualizar que a veces, la pobreza, obliga a tirar de imaginación culinaria porque no es fácil encontrar productos frescos en estas islas, al margen de las ubicuas berenjenas y los siempre presentes tomates. Ya habíamos intentado en una carnicería de la jora lo que parecía una solución brillante y ya largo tiempo deseada de ¡un cordero al horno! Pero el carnicero dijo que no quedaba ninguno y que había que esperar unos meses a que crecieran los recién paridos. Y con cierta cara de asco añadió que tenía chuletas congeladas, pero de Irlanda. Pues no señor, agradezco su sinceridad que le va a llevar a no vendernos nada, pero  de esos corderos sin nombre y sin balidos no queremos, seguiremos con nuestra dieta vegana obligatoria desde hace unas semanas.

Los días pasaron entre tomates y berenjenas, hasta Maltezana y un paseo; cuatro casas y dos apartamentos para turistas ya cerrados. Un corral destartalado entre paso y paso, con un cartel de “Se vende pollo, conejo, perdices y huevos”. Llamamos a la puerta de cartón. Llamamos con insistencia. Llamamos con tanta fuerza que unos vecinos salieron a ayudarnos y empezaron a vocear requiriendo a Yanis, al Yanis que estaba allí pero que era un poco sordo y andaría en el huerto. Pero al final salió una señora, la señora de Yanis.

– ¿Tienen conejo?

– No

– ¿Y pollo?

– Tampoco.

Dos perdices en sus jaulas miraban con un ojo desorbitado y el alma en vilo por si seguíamos con la retahíla de peticiones de acuerdo al cartel.

– Ya los hemos matado todos y ahora hay que esperar a que crezcan los nuevos. Solo tengo huevos, berenjenas y tomates.

Y entonces apareció Yianis, delgado como una caña y esos ojos rojos de conjuntivitis crónica de la gente que ha contemplado mucho el mar sin resguardarse. Su mirada era translucida y azul, como si se hubiera quedado teñida con el esmalte del salitre y de los vientos. Dijo que había sido marino. Ya lo sabíamos nada más verle. Recitó una sucesión de palabras y frases en español pícaro, mal acentuadas por el olvido y los años, mientras cerraba los parpados evocando grandes momentos de tropelías mozas.

Le compramos huevos y berenjenas, qué otra cosa se podría hacer a la espera de ver crecer los animales de esa isla donde no se les ocurría que valía la pena criar algunos más. Comenzamos a charlar. La típica cháchara informal de ¿Cómo es el invierno aquí? ¿Cómo van las cosas por España? Y ya cuando se fue caldeando les pregunté por las elecciones del siguiente domingo 20 de septiembre.

– ¿Qué queréis que os diga? Qué me importa un bledo. Nada va a mejorar la vida para nosotros si gana uno u otro. ¿Sabes qué? Qué siempre que vienen los comunistas queriendo cambiarlo todo, este país acaba en un lio.

– ¿Dónde están esos comunistas?- dije yo- ahora ya todos dicen y hacen lo mismo. Lo único es pensar que los antiguos partidos robaron como cacos y estos no… Todavía.

Yanis se enderezó de la silla donde estaba encorvado, abrió bien los ojos de mirada transparente que comenzaron a sonreír mucho antes que sus labios y mucho antes que una sonora carcajada atronase el corral y aterrorizara a las perdices.

– Y nosotros, también robábamos. Los pequeños robamos al estado y el estado nos roba a nosotros. Y ahora quieren birlar más, subiendo los impuestos, pues seguiremos como estábamos, sisando. Eso no lo entienden los del norte, ellos vienen aquí buscando la playa y el sol y no encuentran más que la playa y el sol; luego vuelven a sus lugares tristes y grises, donde viven como máquinas, trabajando días enteros para poder comprar cosas que no sirven para nada, para seguir viviendo en sus ciudades grises y sus casas grises, siempre anhelando el mar y el sol sin remedio. No lo saben, son bárbaros, viven como autómatas unas vidas obligadas y no despiertan jamás. Yo cuando despierto por la mañana me voy al café a charlar con los amigos y luego a pescar con la barca de mí primo. Hay otra vida pero a mí no me interesa- Y soltó otro estallido de risa.

Yo pensé en meter baza en su discurso primario y extrovertido de niño grande que dice exactamente lo que piensa, pero quizás era mejor dejar hablar a ese personaje que empezaba a asomar de las páginas de un libro de Kazantzakis. Tenía en sus ojos el reflejo de todos los mares del mundo. Abandoné por completo la idea de preguntarle por qué no criaban más animales en la isla si se les terminaban tan pronto. Supongo que la respuesta hubiera sido tan simple y tan obvia que me hubiera dado la risa a mí también: la luz y la pobreza.

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Las buenas maniobras llevan a buenos puertos

Por 26 septiembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (18 Comentarios)
El trabajo de marino es una de las profesiones en las que más conocimientos se requieren en disciplinas tan dispares y alejadas entre sí como astronomía, derecho, pesca, meteorología, construcción naval, oceanografía, mecánica, reglamento, radiotelefonía, maniobras y hoy en día hasta informática. Tanto es así que un verdadero capitán no para de aprender en toda su vida laboral, lo cual también es un reto estimulante. Adquirir destreza en las maniobras es cuestión de experiencia, pero también de una actitud personal por buscar las cosas bien hechas. La navegación de recreo; sobre todo la del alquiler esporádico y veraniego, pierde la perspectiva de que los barcos son tanto técnica como arte; razón por la cual una maniobra debe ser elegante y sin artificios, como la buena música o la literatura; ya que las bellas maniobras llevan al barco a lugares hermosos, como las palabras meticulosamente escogidas llevan al texto a convertirse en una novela brillante. No solo hablo de veleros con tripulaciones numerosas en las que cada uno sabe lo que tiene que hacer y producen el resultado de un afinado concierto bajo la batuta de un buen capitán; si no que también me refiero a los pequeños barcos de solitarios o de pocas manos disponibles; igualmente en ellos, la elegancia es lo último que se tiene que perder. No soy amiga de contar historias marineras, pero esta vez me voy a permitir el desliz, lo más breve posible.

Llegábamos a Astipalea por el norte de la isla, viento a favor con un meltemi no excesivo  pero que se había puesto a cargar en las últimas millas. La Maga es un queche y llevábamos todo el trapo arriba; genova, mayor y mesana. El barco empezaba a ponerse duro al gobierno y era necesario quitar la mayor para finalizar la recalada viento en popa. En esas condiciones, intentar arriar la vela, aconchada fuertemente contra el mástil  es casi imposible, algo parecido a parar un coche acelerado por la bajada de una larga pendiente sin disponer de frenos, la única solución es girar y colocarlo cuesta arriba. Recogimos la vela de proa, orzamos y cazamos la mesana todo lo posible para que dejara el barco proa al viento; maravillosos queches que permiten estas y otras muchas cosas; pero la ola empezaba a ponerse muy vertical, al subir el fondo considerablemente de prisa a barlovento de la costa y empujaba la proa del barco sacándolo de rumbo.

Yo tuve un momento de debilidad y pregunté si arrancaba el motor para intentar mantener la proa. Una voz en mi interior me decía que eso no estaba del todo bien, pero otra voz más potente protestó: ¡Eso es una cochinada! Me entró la risa porque imaginé el mar lleno de basuras y desperdicios por mi error ¿Quizás yo también me estuviera embruteciendo? Tenían razón esas voces que me daban una lección de buena paciencia marinera; las prisas y la pereza están totalmente reñidas con las buenas prácticas del mar. Sacamos un pedazo de génova y acuartelamos el barco, entre la vela de proa y la de popa, el velero se quedó elegantemente parado subiendo y bajando las olas con dulzura. Pudimos arriar la mayor sin prisas y sin dificultades para poner nuevo rumbo a una ensenada difícil de localizar, entre los acantilados y las espumas de las olas que rompían contra la costa. Y ahí viene la siguiente disciplina: la navegación exquisita y sin errores para no fallar la recalada, pero esta vez no me voy a echar faroles; la navegación electrónica y el radar son grandes inventos de estos tiempos.

Entre las rocas peladas se abrió de sopetón, como un hachazo en la montaña, un estrecho canal que conducía a una espléndida ensenada protegida por los cuatro puntos cardinales y desventada, como una balsa tranquila, indiferente al tumulto de olas cruzadas y aullidos de viento que había en su entrada. Era el abrigo total que uno siempre imagina cuando se enfrenta a mares difíciles. De hecho la rada es utilizada por los pescadores cuando faenan por el norte de la isla y son sorprendidos por el mal tiempo o incluso cuando quieren dejar su barco a buen recaudo durante las temporadas de veda. Una bahía redonda entre montañas desiertas con cuatro casas sin pintar y sin peinar, como recién levantadas de la siesta y un balido persistente de los rebaños en la orilla. Una antigua fábrica de cal hoy abandonada, daba un detalle de industria desvencijada de pasados más célebres. Aquel sitio confortable y acogedor me hizo pensar en que los lugares no son lo que parecen realmente si no que la forma de acceder a ellos y las circunstancias nos muestran caras diferentes. Llegar a Vathi con la culpabilidad de haber hecho las cosas mal no hubiera tenido el mismo significado.

Vathi, Astipalea, un día de meltemi. Fotografía de expressonews.gr

De las cuatro casas, esto no es sorprendente, una era una taberna tan destartaladamente encantadora que no dejaba más opción que bajar a visitarla ¿Quién se dejará caer por aquí a parte de los yates del verano? La tabernera era una mujer desenvuelta que resultaba atrevida de pura espontaneidad y nos llamaba corazón mío, ojos míos, alma mía, niños míos, vidas mías y otra vez vuelta a empezar con corazones. Sin hacerle la más mínima pregunta nos las respondió todas. Sobre su vida en el Pireo y cuando se trasladó a la isla; ahora ya no volvería por nada del mundo a la ciudad donde nadie te conoce y donde te mueres en una esquina sin que te miren. Nos informó sobre la fábrica de cal y los años en que Vathi era un hervidero de barcos cargando polvo blanco, yendo y viniendo a todas horas. Luego la cerraron y todos se fueron a vivir a otro lado, pero ella no, porque qué iba a hacer ella en Atenas a estas alturas.

-Aquí en esta taberna, corazones, somos todos como una familia y los pescadores vienen de vez en cuando a refugiarse y a contarnos chismes y aventuras, así que ¿Cómo voy a cerrar el local? Sobre todo en invierno, cuando más falta les hace.

Hoy justamente habían llegado barcas con salmonetes ¿Os pongo unos pocos, ojos míos? Debió de vernos la mirada de aparición milagrosa porque desapareció en la cocina para prepararlos. ¡Y unas berenjenas! Exclamé cuando se alejaba. Vino corriendo y muy seria me dijo que eso que pedía era mucha faena. No lo entendí muy bien pero para qué discutir con semejante elemento.

– Lo tenías que haber encargado antes. Si quieres patatas, bien.

– Ah. Vale, patatas ¿Y pulpo?

– Ahora veo lo que se puede hacer, corazón mío. Pero sobre todo, no le deis de comer al gato. Los turistas tienen la manía de tirarle espinas, yo les digo que no lo hagan, pero como solo hablo griego no me hacen caso. El pobrecillo, por las noches, tiene unos cólicos espantosos.- Me quedé mirando al tigre bengalí que dormitaba orondo sobre un cojín de una silla y bostezaba por alusiones.

Había al fondo, en una parte del establecimiento algo más abrigada del exterior por unos ventanales de madera, una gran mesa redonda donde se sentaba la gran familia de la que hablaba ella, los marineros recién llegados se acercaban a saludar con grandes aspavientos y eran recibidos con cálidos ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo no venías por aquí? ¿El meltemi? ¿Cómo anda el abuelo? La reina de corazones corría atosigada por los encargos y los abrazos de reencuentros. La mesa se fue llenando de aparecidos que pedían ouzos, cervezas, cafés y la taberna  se caldeaba con ese apacible afecto de los sitios remotos donde siempre hay un recodo de misericordia esperando. Se comentaban partidos, se discutían lances de pesca, se despotricaba del gobierno pasado y venidero; mientras se iba llenando de humo y vocerío.

Y nosotros, sonrientes, charlábamos sobre las maniobras, las malas y las buenas, las que te traen a sitios tan extraordinarios como este. O quizás, pensándolo bien, hacen sorprendentes los sitios a los que llegas porque, al fin y al cabo, todo en la vida es relativo.

– ¿Podrías traer más vino?

– Mira, corazón-ojos-cielos-entretelas y alma mía. Coge la jarra y te lo sirves tu misma de la nevera, que yo tengo mucho trabajo.

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Me compré unas cacerolas

Por 11 septiembre, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (9 Comentarios)
Todo empezó al fondear en una playa de Sifnos, una de las Cícladas, en esas aguas tan transparentes que hacen dudar de su existencia; hasta de la de uno mismo. Buceando un poco y ensimismada con las rocas, las algas móviles y los peces zigzagueantes vi que en el fondo abundaban las piedras rojas, me sumergí para coger alguna y noté que tenían textura de arcilla, parecían restos de vasijas que el mar y el tiempo hubieran redondeado. En la playa había una hermosa casa blanca con unas grandes letras azules donde se leía: “Ceramica Antsonios”, delante de ella un muelle y una barca. Podía ser que el tal Antsonios vertiera sus desperdicios en el mar, pero aquellas piezas de barro romo debían de llevar sus años dando vueltas por la playa. La casa se veía abierta y habitada pero no había nadie a quien preguntar. Entramos a husmear un poco y vimos un antiguo horno de leña y cientos de tipos de vasijas, cacerolas, botijos y jarras desparramados por los jardines. Me picó la curiosidad y el gusanillo de que ahí había alguna historia interesante.

Sifnos es una de las Cícladas “verdes”, es decir, no es solo una roca monda y pelada si no que numerosos árboles y matorrales le dan un aspecto más fresco que el de las islas vecinas. No era la primera vez que estábamos en la isla, de la que ya conocíamos su sublime castro, uno de los más bonitos del Egeo; pero esta vez queríamos rebuscar un poco por sus calas y pueblos para encontrar su corazón. En la playa de Vathi unas sabinas inmensas daban sombra a cuatro mesas y ocho sillas; componían la taberna perfecta. Sentados con un pie en la arena y otro en el agua, con la nisiótika (música del Egeo) sonando y mirando toda la bahía como si fuera obra de un santo milagrero,  le pregunté al tabernero señalando la casa de Antsonios.

– Lleva fabricando cerámica desde 1870. Esta es la cuarta generación que se dedica al oficio.

Acabó de atormentar mi instinto rastreador y me aposté en el barco con los prismáticos dispuesta a bajar corriendo a la alfarería al más mínimo movimiento. Salió un perro a corretear por la playa y en segundos estábamos llamando nosotros a la puerta azul. Un señor muy amable nos enseñó todo el taller por dentro y nos presentó a toda la sonriente familia que se desvivía para que admiráramos su colección de vasijas, cazuelas y botijos de varias bocas que suelen coronar las chimeneas, “kaminades”, de las casas de las Cícladas. Vivían aquí mismo, en esta casa, junto a la playa; de ahí su sonrisa y la cortesía con la que la madre nos ofreció unas golosinas. Se movía con la dulzura y la calma de los que habitan sitios hermosos como este, hasta el perro deambulaba por el taller desnervado, sin temor a derribar un estante con el movimiento de su rabo.

– En esta casa vivieron, en sus tiempos, hasta 20 alfareros y sus ayudantes. Muchos tenían casa en la jora pero la dificultad de los caminos hacía imposible el ir y venir en el día. Aquí formábamos una gran familia, trabajando sin descanso hasta la llegada del caique que se fondeaba en la bahía esperando que le entregáramos la partida de cazuelas de barro. Cuando completaba la carga zarpaba para vender las piezas en otras islas, por toda Grecia, en Malta, en Italia, en Esmirna. Todo eso hasta que llegó el aluminio, irrompible, y la gente empezó a comprar pucheros y chimeneas metálicos. La mayoría de los maestros ceramistas se fueron y os digo una cosa: encuentres la alfarería que encuentres, en cualquier parte del país, os aseguro que serán descendientes de nuestros “mastoras” que se llevaron su oficio allí donde fueron. Ahora seguimos haciendo cacharros de cocina, pero con diseños llamativos para venderlas como decoración.

Ya me imaginaba yo el caique dando balances con el Meltemi y la barca de cacerolas cabeceando con las olas y derramando algo de su carga en el trasvase. Esas eran las piedras rojizas de la playa que habíamos encontrado. Era realmente sorprendente que todavía quedara alguien que pudiera desempeñar un oficio tan antiguo en este lugar tan luminoso, casi emocionaba.

No tuve más remedio que comprar una cazuela y la señora, mientras me la envolvía me preguntaba: ¿De dónde venís? Del jónico. Ah que lejos. Y ¿Cómo es el jónico? ¿Cómo son los de allí? ¿Son buena gente? Podríamos haber estado hablando de la Patagonia en iguales términos. Pensándolo bien ¿Qué se le había perdido a esa feliz señora en otra parte del mundo que no fuera Sifnos y su alfarería frente a la playa dorada?

Fotografía tomada de www.ceramicartsonios.gr

Deambulando por la isla, un día llegamos a Platy Gialos, una bahía inmensa con una gran playa en la que el impulso turístico ya había perpetrado los desmanes caóticos típicos de estos desarrollos no planeados; no era feo pero lo será. Para pasear por la playa hay que ir saltando de bar en bar y de tienda en tienda, todas puestas una junto a la otra, compitiendo por la primera línea de costa; un sitio anodino que debió de ser un espectáculo en su momento.
Pegando brincos por las terrazas pasamos por varias tiendas de cerámica; supuse que venderían piezas de Antsonios. Pero en una tercera vimos que tenía fabricación propia así que nos metimos a cotillear. El hombre era amable, pero no sonriente y en cuanto le rascamos un poco  nos empezó a contar la historia de la alfarería en Platy Gialos ilustrada con preciosas fotografías antiguas tomadas por su primo. En la bahía, en los años 50, solo había 5 o 6 casas, todas dedicadas al barro y bien distanciadas las unas de las otras. Era todo un acontecimiento, cuando el tiempo mejoraba y la oscura proa del caique aparecía en la rada al traspasar el cabo, de cada casa salían apresuradas las barcas cargadas de cazuelas remando con ímpetu; el primero en llegar era el primero en vender, la competencia y las prisas hacían que el día de la calma tras los temporales  fuera un día de nervios. Hasta 3000  personas llegaron a vivir del oficio en Sifnos.

– Luego hicieron la carretera y el caique dejó de venir. Luego vino el aluminio y se acabaron las peticiones de cacerolas. Luego construyeron el hotel del fondo y vinieron los turistas. Luego me destruyeron el horno de leña con las obras del edificio de al lado y lo puse eléctrico. Y por último los turistas que vienen en verano se compran mis cacerolas, ahora bien, repintadas y diseñadas como recuerdo de la isla.-  Yo le compré una ¿Qué otra cosa podía hacer?

Meditaba yo esa noche sobre la frágil armonía de una isla, similar a un ecosistema cerrado en el que la más mínima perturbación; una carretera; puede desequilibrar el medio y perjudicar algunas especies; los caiques, los burros; y que la aparición de individuos nuevos y más resistentes al medio; el aluminio; hacen tambalear los cimientos de todo el delicado mecanismo, lo dejan listo para que nuevas variedades oportunistas; el turismo; lo colonicen y lo transformen en algo totalmente distinto. Me dormí con la cabeza turulata y soñé con  los botijos de 4 bocas de las “kaminades”;  eran indudables extraterrestres; simpáticos por otro lado; que bajaban de sus platillos volantes para posarse sobre las chimeneas blancas de las casas de Sifnos.

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