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Jónico

Pan con aceite en Paxos

Por 12 febrero, 2017 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)

Con la brisa los olivos trazan ondas plateadas sacudidos con el paso del viento. Es octubre y es Paxos. Las mallas se extienden bajo los olivares para atrapar las aceitunas que caen por su peso. ¿A quién se le ocurriría comerse esta fruta amarga y áspera? ¿Quién inventaría la salmuera para curar sus prietas mollas? ¿Quién estrujó su cuerpo jugoso para extraer el delicado perfume? ¿Quién inventó el Mediterráneo?

Por los huecos de los mantos negros se asoman los cuellos de cientos de ciclámenes que inclinan sus sonrosadas cabezas sobre las frutas recién caídas, las miran como niños maniatados, sin poder hacer nada con ellas. Me gusta este color para acompañarme bajo los árboles que tamizan los rayos como un cedazo y dejan la tierra moteada de luces y sombras. De cuando en cuando, alguna chispa de sol alcanza a un ciclámen que se yergue hipnotizado y más flor que el resto. Allí al fondo está el azul ineludible del jónico, que aunque no se ve se imagina y se huele. Me agrada el sonido al pisar las hojas picantes de los olivos, acumuladas durante siglos, desde que los plantaron los venecianos, y desde mucho antes que ellos, de sus primos los acebuches. Esas hojas medicinales que disminuían la tensión y el exceso de azúcar, y coronaban las cabezas de los atletas vencedores.

 

Paxos-olivo

Los olivos son capaces de modificar la cantidad y calidad de la luz que pasa por las capas más externas de la copa, de tal forma que logran que la luminosidad que llega al interior sea estable durante todo el año y así, sus verdes olivitas se mecen sin sobresaltos, engordando y amoratándose. Pretendidas por pájaros e insectos, que picotean las ramas y producen un crepitar soñoliento, que sumado al zumbido de la mosca y el tip-top sordo de su propia caída, aderezan el reposo de cualquier mediodía de otoño. Por cierto, era Pan, el de los cuernos y las patas peludas, el fauno dios de la vida campestre, de los animales y las plantas del bosque y de las cabras locas y diabólicas; el mismo dios de la siesta.

Todas estas cosas se pueden meditar, y otras muchas, cuando se duerme bajo viejos los troncos imposibles, estrangulados y contraídos. Hay árboles buenos para soñar y otros malditos, como el sicomoro. La higuera tiene mala hasta la sombra y se la debe sangrar antes de tumbarse bajo sus ramas, dicen, para no volverse loco. Pan era terrible cuando se le interrumpía su sueño del mediodía.

Fue aquí en Paxos donde se anunció la muerte del último dios olímpico. Lo cuenta Lawrence Durrell en las “Islas griegas“en el capítulo dedicado a Paxos y Corfu. La narración corresponde a su vez a una interpretación de otro relato de Plutarco. Dice Durrell que en tiempos de Tiberio, un barco que transportaba mercancías, se encontraba frente a la costa de Paxoí, cuando ya caía la noche. Oyeron todos una voz que parecía proceder de la isla dirigiéndose al piloto:
«Cuando el barco llegue a Palodes, debes anunciar la muerte del gran dios Pan».

En el lugar indicado, el capitán gritó la noticia, del mar se elevó un gran lamento y con él el corazón del mundo antiguo dejó de latir. Los albores del cristianismo mataron al gozoso sátiro y lo condenaron a representar al diablo, que de aquí en adelante tendrá la figura de macho cabrío, lascivo, maligno y lujurioso. La cabra infernal, que en griego se dice τράγος, como τραγούδι, canción, y como τραγωδία, tragedia. El macho de ojos verticales y penetrantes que interpreta una función y berrea cuando corteja a la hembra.

Aunque realmente, el texto de Plutarco dice:

Encontrándose un navío, de noche, cerca de Paxis, una de las pequeñas islas Echinades, del golfo de Patrás, no muy lejos de la desembocadura del río sagrado Aqueloos, río toro y fecundo, en un momento de calma…

Las Equinadas y el Aqueloo están a unas 70 millas más al sur de Paxos. Así que hay alguna incongruencia en la historia. O hay alguien intentando hacernos creer que el averno está donde no debe. Desde luego, no bajo los aceituneros del jónico.

Hace algún tiempo llegaba a Gaios, la capital, un hidroavión con pasajeros procedente de Corfú. Amerizaba sobre las 6 de la tarde cuando más bullicio había en el puerto y todos los yates buscaban sitio en sus muelles; momentos antes aparecía un señor en una barquita azul y comenzaba a vociferar para que todos se apartaran; era el controlador. Son esas escenas de modernidad impuesta a la carrera sobre una forma de vida tradicional y tranquila. Algunas veces, el hombre volvía afónico a su casa porque no todos lograban comprender que se les venía un avión sobre la cabeza. Pan era también el dios del pánico.

Aquí, en Paxos, recuerdo las tabernas de mesas adornadas con jarritas de un aceite denso, dorado y aromático que se derramaba con lentitud sobre las rebanadas de pan. Solo con esto ya comíamos, para horror del tabernero. Dejado caer sobre el blanco plato al que se hacía girar, observando la textura y color de ese oro verde que mezclado con el regusto a salitre de la noche revelaban la lujuria insaciable de Pan. No sé si seguirá en el puerto, prefiero no indagar, el almacén donde vendían aceite a granel. Lo sacaba un señor con un cacillo de mango largo, de unos toneles metálicos con tapas de madera divididas en dos por una bisagra bloqueada por la grasa. Lo hundía hasta el fondo y rellenaba la botella que relucía a la luz de la bombilla como el lucero del alba.

Dejando caer la tarde entre los olivares, se encienden las copas y las hojas dejan atravesar rayos dulzones y tendidos, la tierra se llena de largas manos huesudas de sombras, ejércitos de brujas que ansían la oscuridad, sembrando el campo de conjuros maliciosos. Entre las ramas, todavía se ven los últimos jadeos rojizos del sol y su fiel planeta acompañante.

Hablo del lucero del alba y me doy cuenta de que la pobre Paxos siempre acaba trayendo a colación al diablo sin quererlo. Venus, el planeta admirado por todos, el lucero que escolta al sol a su salida y su puesta, el astro bello, por un error de traducción acabó representando también al demonio. La historia es tan absurda como la anterior de Pan: antiguamente se pensaba que había dos astros independientes, uno al amanecer y otro al atardecer, Héspero, Ἓσπερος, era el lucero vespertino y Eósforo, Ἐωσφόρος, hijo de la aurora y lucero del alba,“el que transporta a Eos”, también conocido por otros como Fósforo, Φωσφόρος, “el que trae la luz” . Cuando se traduce al latín queda para la mitología romana convertido en Lucifer.

Cuando San Jerónimo escribió La Vulgata , su traducción al latín del hebreo de la Biblia, se encontró con un texto de Isaías que hablaba del rey de Babilonia como el “astro rutilante”, hijo de la aurora, que había caído por soberbio y enfrentarse a Dios. San Jerónimo empleó la palabra Lucifer en vez de “astro rutilante” y el hermoso Fósforo, Afrodita y Venus, fue arrojado al fuego del infierno de un plumazo.

Esta pequeña isla, que los romanos siguen invadiendo cada verano por tierra mar y aire, tiene ese defecto, del cual no es culpable; traer olores de azufre. Sobre todo en agosto, porque llega arder y en la marmita de Pedro Botero se cuecen turistas emperifollados y bronceados que ni saben quién es Pan, ni Fósforo ni Venus. Ni que las cabras salvajes que triscan los acebuches son las descendientes de un dios que nunca volverá.

Στίχοι: Κώστας Τριπολίτης
Μουσική: Μίκης Θεοδωράκης

Η σκοτεινιά της κάμαρας
θα ρθει μαζί σου
ντύσου ντύσου ντύσου
κι η νύχτα αυτή που κράτησες δική σου
ντύσου ντύσου

Ο κόσμος ξημερώνει
ο κόσμος ξημερώνει

Με τα φιλιά που κάρφωσα
εδώ βαθιά σου
βιάσου βιάσου βιάσου
κι αυτά που απόψε κέρδισες δικά σου
βιάσου βιάσου

Ο κόσμος ξημερώνει
ο κόσμος ξημερώνει

Letra: Kostas Tripolitis
Música: Mikis Theodorakis

La oscuridad de la habitación
vendrá contigo
vístete, vístete, vístete
y la noche esta que guardabas para ti
vístete, vístete

El mundo amanece
El mundo amanece

Con los besos que clavé
aquí, en tu interior
Apresúrate, apresúrate, apresúrate
y eso que anoche ganaste para ti
Apresúrate, apresúrate

El mundo amanece
El mundo amanece

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Los Mangas de Meganisi

Por 26 julio, 2016 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)

El fenómeno del turismo es uno de los más curiosos de la humanidad. Seguro que dentro de muchos siglos algún extraterrestre llegará a la tierra y encontrara un vasto y enorme archivo de material donde indagar en nuestra civilización. No sé qué pensará de los trillones de instantáneas de raros especímenes sonrientes con mares y precipicios detrás ni de los muy interesante yacimientos de palos metálicos telescópicos cercanos a las cataratas de Iguazú, las pirámides de Egipto o las islas Seychelles. Así como los enigmáticos jeroglíficos con el dibujo del Tripadvisor; bueno eso ellos no lo adivinarán y se devanaran los sesos intentando descifrarlo, porque yo tampoco lo entiendo.

Todos hemos hecho el turiston alguna vez. Yo misma me recuerdo subida en un autobús en el parque del Timanfaya, Lanzarote, donde ponían música de volcanes en erupción y acababan el trayecto frente a un asador de pollos a la fumarola. Fue esa vez cuando decidí que prefiero no ver las cosas a verlas de esa forma tan estabulada, porque al fin y al cabo ¿Qué me importaba a mí el antiguo volcán y qué hacía yo allí, con los pelos de punta, la piel de gallina y las gafas de sol puestas para camuflarme?

El turista es una presa fácil: no conoce el país, no conoce el idioma y lo único que desea es hacerse fotografías para mostrárselas a los amigos; el “yo estuve aquí”; así que no es improbable que acabe comprando alfombras persas made in china y oyendo o bailando bailes prefabricados para la ocasión que nada tienen que ver con el folclore local.

Hay una taberna en Meganisi donde durante la cena ponen música; siempre la misma; para amenizar a las flotillas de barcos que pasan la noche. Me sé de memoria la selección: primero El “Sirtaki”, el” Frankosiriani” y luego “Supe que eres un mangas”. Después ya se desparraman con los Bee Gees, Abba y por último la Macarena. El dueño les baila un poco, les enseña cuatro pasos y luego una especie de baile por parejas que se asemeja mucho a un, yo diría que…un rock and roll lento. Ellos lo aprenden con esmero ¡No se darán cuenta que les están tomando el pelo!

-Pero eso que enseñas es un chiste. Tu sí que eres un mangas—Le digo yo al dueño cuando no hay actuación. Tengo que apostillar que los mangas eran los personajes chulos y descarados de la rebétika.

-Y ¡qué más da! ¿Ellos se lo pasan bien o no? Además tengo piedras en el riñón y ya no puedo dar los brincos de antes.

En Meganisi hay otro reclamo turístico famoso que todos los días atrae a cientos de barcos y visitantes: La cueva de Papanikolis. Es una cueva accesible por mar donde las barcas meten sus proas entre el tumulto de neumáticas, surfistas, motos y nadadores arriesgados. Las colas en el puerto por las mañanas para embarcarse y visitar la famosa cueva son escalofriantes. Todos guardan su turno armados con sus palos selfie, como guerreros hoplitas.

Papanikolis fue un submarino griego heroico y famoso de la segunda guerra mundial. Forjo su leyenda por el arrojo de sus marineros; creo que este año murió el último tripulante con más de 100 años; y por haber hundido a un convoy italiano a pesar de la precariedad de sus medios. De hecho no podía mantenerse sumergido más de 10 horas y necesitaba emerger frecuentemente para renovar el aire. El puente del submarino se conserva en el museo del Pireo y el nombre de Papanikolis todavía hoy se utiliza para denominar unos modernos submarinos de fabricación germana que Grecia encargó en medio de la actual crisis con el anterior gobierno ¡Qué cosas!

Παπανικολις
Una de las hazañas del Papanikolis fue el esconderse en una cueva en las aguas del Jónico, rozando el límite de sus resistencia. Esta cueva se encuentra a bastante profundidad al sur de Lefkada, en un sitio que los locales llaman “aguas negras”. Pero los antiguos pescadores reconvertidos en capitanes de barcas turísticas decidieron que mejor metían al Papanikolis en Meganisi y así todos se hacían la foto con el telón de sus aguas azules.

 

Meganisi cueva

Yo siempre pensé que había gato encerrado pues la cueva no tiene suficiente tamaño como para albergar un submarino con puente y todo. Y aún si lo hubieran metido con calzador, la limpidez de sus aguas hubiera hecho imposible el pasar desapercibido; se vería una mancha oscura en un fondo turquesa. Así que un día se lo pregunte a un antiguo marino amigo mío. Todavía se está riendo. Me dijo: pásate por el museo naval del Pireo y dime si eso cabe en la cueva. Se lo inventó un dia el capitán de un caique y ahora todos se lo creen.


Pues lo que decía, que los futuros visitantes de la tierra verán las tropecientas fotos de la cuevecita de Meganisi con diferentes rostros humanos y fliparan.

Έμαθα πως είσαι μάγκας
είσαι και μερακλής
πως γυρίζεις στις ταβέρνες
είσαι και μπελαλής

Τουρνέ και τούρνε
τουρνενέ
πες το βρε μάγκα
βρε μάγκα μου το ναι

Έμαθα πως παίζεις ζάρια
στις λέσχες πως γυρνάς
και στο σπίτι σου τα βράδια
ποτέ σου δεν πατάς

Τουρνέ και τούρνε…

Supe que eres un mangas
Que te gusta la buena vida
Que frecuentas las tabernas
Y te gustan las peleas.

Gira y gira
Gira
dilo, manga
Dime que sí.

Supe que juegas a los dados
Que frecuentas los clubs
Y que en tu casa por las noches
Nunca pisas.

Gira y gira…

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Los peligros del monte

Por 6 junio, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)

De vuelta y todo sigue en su sitio. Las conversaciones a mi llegada al país son las mismas que hace 5 meses, pero más enconadas. Han subido los impuestos, han bajado los sueldos y las pensiones a la mitad y los precios se han disparado hasta la estratosfera estelar. Muchos negocios prósperos cierran porque no les sale a cuenta seguir trabajando y todos son más pobres que hace unos meses. En Grecia se da la peculiaridad de que cuando haces la declaración, pagas por lo que has ingresado más una provisión estimada para el año siguiente. Se puede dar la casualidad de que acabes pagando más de lo que cobras y frente a tal expectativa muchos deciden echar el cerrojo.

Pero sigo encontrando chispas en esta tierra peculiar. El recibimiento en el pueblo ha sido excepcional y cálido. Aceitunas, huevos, cariño y muchos abrazos. La panadera está enferma, el pescador vende su barca y el mundo da giros y giros sin que nadie podamos detenerlo. ¿Será que Grecia me la invento o sigue siendo un sitio excepcional?

El caso es que todo el mundo se prepara para la temporada estival: llegan los primeros barcos, llegan las furgonetas, llegan los coches de matrículas extranjeras, pero hay una desesperación general, una sensación de que estos malos tiempos han venido, y como siempre por siglos en este país, para quedarse. Ya no se creen que aparezca ningún Leónidas que les salve milagrosamente por su bravura y heroicidad.

Lefkada es una isla abrupta; los saben sus vientos que la circundan para evitarla, los mares que son tan diferentes en uno y otro lado, los turistas que ruedan y ruedan por sus carreteras circulares para bañarse en sus playas de piedras, nunca adentrándose en su frío, rocoso, pelado y remoto interior. Hay una muralla virtual coronando la cima de la montaña que separa a un mundo de otro, cuando traspasas su puerta, entras en un espacio tan diferente al conocido que imaginas vivir dentro de un espejo. A mí me gusta atravesarlo de vez en cuando para buscar conejos malhumorados y gatos sonrientes.

Estábamos sentados bajo un frondoso árbol, charlando con mi amiga María mientras ella acababa de preparar sus albondiguitas con hierbabuena. De repente, como por ensalmo, en silencio y sin movimiento alguno apareció un hombre desaliñado en la puerta.

– Ay, Tasos, Tasulis, que bueno eres. – Exclamó María.

Y era tan bueno que le traía boñigas de cabra para abonar sus tomates. Dejó caer la bolsa oscura y olorosa frente al portón y se sentó en una mesa a tomarse una cerveza. Era muy delgado y algo deforme y tenía un hablar gangoso que me impedía entender lo que decía. Pero debía necesitar conversación porque se disparó a hablar como si le hubieran dado cuerda, y María no tuvo otro remedio que ir traduciendo la jerga incomprensible. Tasos era pastor y se tiraba gran parte de tiempo en la montaña a solas con sus cabras y sus ovejas. De vez en cuando fruncía el ceño, se quedaba en silencio y afilaba las orejas muy circunspecto, intentado escuchar ruidos que nosotros no oíamos.

-¿Qué oyes, Tasos?

-Los perros están ladrando.

Con la crisis, la cantidad de perros abandonados en la isla, como en todos los sitios, había ido en aumento. Los canes forman jaurías y suben a las montañas, donde está el ganado, atacándolo para alimentarse. Cientos de cabras, dijo Tasos, que había perdido este invierno.

Pero cuando veía pasar el peligro, volvía a su extravagante conversación, mezcla de rebaños y perros, mezcla de sus viajes alrededor del mundo como marino y contrabandista y mezcla de sus múltiples accidentes de los que había salido milagrosamente ileso pero que le habían dejado la cabeza, los brazos, las rodillas y la mayor parte del cuerpo ensamblada con tornillos y tuercas.

-Tasulis siempre se salva porque tiene un buen alma y le protege el cielo. -Me explicó mi amiga mientras el aludido sonreía tanto que parecía que se le fuera a partir el rostro en dos.

-Etoy eno de ecambios.

Mientras nos reíamos aparecieron unas vacas paseando por el pueblo. Parece ser que la CEE subvenciona aquí la cría de vacuno con 3000 € la cabeza. El avispado propietario las deja sueltas por el monte y ellas viven del pillaje, es decir de los huertos y jardines de los vecinos.

-Todos los días tiene una denuncia, pero le da exactamente igual.

Una negra y más grandota se metió en la casa de al lado y la emprendió con la parra. María empezó a gritar y cogió un buen palo para darle en la cabeza.

– Oooo, Maía, ooo. Ete e un macho.

María, llevada por su adrenalina, sin escucharle, cerró el portón del vecino y dejó al toro dentro que empezó a mugir enloquecido. Tasos se desternillaba y yo con mantilla y peineta me disponía a vitorearla y sacarla en hombros cuando a cámara lenta, con la misma velocidad con la que abríamos nuestras bocas de palmo, el torito pegó un brinco y se saltó la valla de dos metros, cayendo de cabeza en la calle y espatarrándose como una bailarina rusa. Para que voy a ser más explícita, yo metí un pie en la casa por precaución española y María levanto el palo como un cruzado. No sonaron las cornetas ni flamearon pañuelos, a lo sumo las carcajadas de Tasos y algún bufido del atontado animal. Este, sacudió la cabeza de un lado al otro y se fue tras una vaca que paseaba entre la maleza resoplando.

-Qué onito, qué onito…- Palmeaba Tasos en la mesa.

vacas en el monte
Pasado el trance disfrutamos de lo lindo recordando los detalles y hasta alguna tonadilla de Mari Fe de Triana. Así que cuando Tasos me invitó a subir a verle a la montaña, no lo dudé un solo momento

-¿Qué día te viene bien?

-Uando ieras.

Había una vez un hombre
tranquilo e inofensivo
tenía casa y campos
y rebaños y perros.
Y una red para cazar pájaros.

Tenía una fuente en su jardín
y un negro ciprés en sus sueños.
Amaba a una mujer
que cantaba a menudo
y hablaba quedamente.

No entendió como la pudo matar
ni como quemó todo lo que amaba
Los campos, los rebaños,
las canciones, los besos.
Y nadie le saco una palabra.

Se quedó de pie frente a las ruinas
y se le salían las lágrimas, ¡dios mío!
“Ojalá tuviera una casa y una mujer
y campos y perros”
Y más tarde se lo llevaron los pájaros.

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Una historia interminable

Por 12 febrero, 2016 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)

Esta es una historia que se construye a sí misma. Cada vez que la escribo en una página deja entrevisto un fleco que asoma por debajo de la falda y tirando del hilo aparecen nuevas piernas que andando se van a otro paisaje y dan lugar a nuevos episodios. Me recuerda a una merienda con buñuelos que preparé una vez; me debí pasar en algún ingrediente porque aquello crecía hasta desparramarse por los bordes del recipiente. Nos pusimos a freír rosquitos sin descanso y cuando teníamos una montaña inabarcable ¡Dios, el cacharro volvía a estar colmado de masa! Llegamos al límite del empacho y la indigestión pero aquello no cedía. Terminamos por tirar el magma por el inodoro. Yo lo miré caer con aprensión, imaginando que seguiría creciendo allí donde fuera y si nadie lo paraba llegaría a apoderarse del mundo. Me tiré un tiempo oyendo las burbujas de su fermentación en mi cabeza.

Pero esta historia inacabable que hoy me trae, es más seria y empezó en  Itaca, cuando encontré una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando en un pequeño velero con los brazos abiertos; era un griego que había cruzado el Atlántico norte con su mujer allá por los años 50. El viaje estaba relatado en un libro autobiográfico del que desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y era difícil de conseguir. Después de escribir a medio mundo y de esperar en vano que una persona me lo fotocopiara contacté con un librero de viejo de Atenas que tenía un ejemplar y me lo mandó. Si queréis leer esa historia seguir este enlace.

Cuando comencé a leerlo, en los primero párrafos el autor hacía mención a un libro del escritor Tasos Zappas : “El Jónico en una barca”; la edición debía ser de los años 30. Así que me volví a poner a rastrear la pista de este segundo libro. Esta vez algún librero me dijo que lo intentaría pero luego no volvían a escribirme. Estos detalles dieron lugar a otras historietas que podéis leer aquí, si tenéis ganas.

Algún tiempo después, cuando volví a publicar en el Huffington post la anécdota del libro, y cuando ya daba por descontado que no lo conseguirá, me escribió una mujer desconocida contándome que había visto ese libro en una librería de Exarchia, en Atenas. Por supuesto que volví a escribir al nuevo librero que me avisó de que el libro era de segunda mano y que estaba en mal estado. Me lo compré.

Volvió a llegar el cartero. Esta vez el hombre del chaleco amarillo traía un aroma apolillado y remoto. Abrió su saca y alcancé a ver un chisporroteo de mosquitas brillantes y diminutas que se alejaban en todas direcciones dejándonos absortos.

-¿No he venido yo otra vez a esta casa con este paquete?

Yo no quise destrozarle el déjà vu; por él, porque siempre es mejor vivir en un hechizo que pisar la realidad; y por mí, para darle alguna posibilidad de que esto, como en un juego de muñecas rusas, fuera un cuento dentro de otro cuento que a su vez pertenece a otro cuento.

Subí las escaleras envuelta en tufos, mosquitas y recuerdos huidizos. Me dispuse a desenvolver, con un cuidado de neurocirujano, las capas y capas del embalaje cebollino, hasta llegar a un cuadernillo de pocas páginas y muchas heridas. Algún desalmado lo había intentado reparar con cinta de perfilar ¡qué pena daba! Nada más abrir sus tapas volaron miles de insectos imaginarios y la habitación se llenó de figuras y de esencias de libro viejo, tanto que me estremeció. No tenía fotografías pero sí unos dibujos a plumilla, honestos y genuinos, sin ningún esmero por aparentar.

Su primer dueño dejó grabada en la contraportada  la fecha de adquisición. O de lectura. O del regalo que recibió. La tinta era casi violeta y el año el mismo de la edición. Qué impaciencia debió tener ese desconocido lector. Qué lástima que no dejara su firma para poder dirigirme a él como dios manda. Qué perfume el de los libros viejos y usados. Por un lado contienen letras y palabras que articulan novelas, por el otro, emanan unos vapores sugerentes y enigmáticos. Me estoy yo enganchando a estos fetichismos bibliófilos. Cerré los ojos por un rato, medité y escribí a mi amiga Mayte Piera, la fotógrafa que con tanta delicadeza colabora conmigo  en las entradas del Huff.

-¿Tú serías capaz de plasmar el olor de este libro en el instante de tu cámara?

-Tengo que verlo.

Así que le dejé el cuadernillo, depositándolo con un mimo de relojero y con temor de que a la vuelta hubiera perdido ese olor que tanto me trastornaba. Pero era el precio que se debía pagar para viajar en el tiempo, hasta el año 38, a lomos de un perfume histórico.

Por supuesto escribí a la persona que me dio la dirección del librero y le di las gracias. Abrimos otra matrioska rusa. Ella pintaba y su marido escribía y era marino. Y casualidades de la vida, estaban haciendo un libro de recopilación de recetas de una gran cocinera de Cefalonia, la isla vecina a la mía, una tal Ioanna Lazaratos;  por amor al arte y de su cocina. Y me preguntaron si quería publicarlas yo en el blog. Así que se me ocurrió que si funciona, si nos gusta, si divierte, abriré una pestaña de recetas para ir colgándolas de vez en cuando. La pestaña de recetas, de libros, de fotografías, de historias, de buñuelos, de muñecas…rusas.

 

 

Συνταγές μαγειρικής
Από μικρή της άρεσε μες στην κουζίνα μόνη
τις ώρες να σκοτώνει με τη μαγειρική
και πέφτανε τα δάκρυα θυμώντας τη ζωή της
και δίναν στο φαΐ της μιά γεύση μαγική.
Κύμινο μοσχοκάριδο και κόκκινο πιπέρι
ποτέ δεν είχε ταίρι ν’ αλλάξει μιά ευχή
να χαμηλώσειs τη φωτιά μετά την πρώτη βράση
να γίνονταν η πλάση ξανά από την αρχή.
Ψιλοκομένος μαϊντανός και σκόρδο μιά
σκελίδα
νά ‘φεγγε μιά ελπίδα στα μάτια τα μελιά
και προς το τέλος πρόσθεσε ένα ποτήρι λάδι
νά ‘νοιωθε ένα χάδι μιά μέρα στα μαλλιά.
Μιά νύχτα έπιασε φωτιά μέσα στο μαγερειό
της
πού ‘κανε το φευγιό της να μοιάζει με γιορτή
τέτοια που γύρω φύτρωσαν άσπρα του γάμου
κρίνα
ολόιδια με κείνα που είχε ονειρευτεί.
Πόσες καρδιές που γίνανε αναλαμπή κι αθάλη
μας κάνανε μεγάλη κάποια μικρή στιγμή
κι αθόρυβα διαβήκανε απ’ της ζωής την άκρη
χωρίς ν’ αφήσει δάκρυ σε μάγουλο γραμμή.
Recetas de cocina
Desde pequeña le gustaba quedarse sola en la cocina
matando el tiempo cocinando
y derraba lágrimas recordando su vida
y le daban a sus guisos un sabor mágico.Comino, nuez moscada, pimentón
nunca tuvo compañero para intercambiar deseos
para reducir el fuego después del primer hervor
para rehacer la creación desde el principio.Perejil picado y diente de ajo
para alumbrar la esperanza en unos ojos de miel.
Y al final añade un vaso de aceite
para que sientas una caricia en el cabello por la mañana.

Un día prendió fuego a su cocina
hizo que su huida pareciera una fiesta
tal que a su alrededor florecieron lirios blancos de novia
iguales a aquellos que siempre había soñado.

Cuantos corazones que se convierten en destello y fuego
nos hicieron grande algún pequeño momento
y sin ruido pasan por la vida
sin dejar lágrimas que surquen sus mejillas.

 

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