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Jónico

Mil viajes a Itaca

Por 11 noviembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (9 Comentarios)
Tengo una relación sentimental con Itaca un tanto complicada; amores y desafectos, ternuras y resentimientos que se alternan como un hilván de hilo brillante para aparecer y desaparecer de tanto en cuando. Supongo que al conocerla desde hace tiempo, como en todos los idilios hay momentos de euforia y de bajón. Una música oída muchas veces genera la rutina de la sucesión esperada de notas que no te deja disfrutar de la melodía como la primera vez.

Es obvio que esta isla atrae sin conocerla; por su nombre legendario como ningún otro, por su pasado fantaseado en cuentos y poemas que no dejamos de imaginar o releer. Pero además es que su forma de huella de gigante torpe, o de paramecio demacrado, según la mires, abre el apetito de la fantasía. Saber lo que existe al fondo de una enorme bahía oculta por los requiebros de la tierra excita a cualquier navegante. Y lo que encuentras, cuando lo descubres, merece las penas de mil viajes.

Pero si hay algo que me gustaba de la Itaca que hace tiempo conocí era su concierto vespertino. La armonía polifónica era digna de oírse; entonado con solo dos notas y otras dos silabas, comenzaba en un punto lejano y se iba extendiendo por toda la ladera hasta llegar al puerto. Un lamento de His y Hos desacompasados, con contrapunto, entremezclados con algún staccato de hi-hi-hi que acababa en un pianísimo para resurgir otra vez en otra esquina de la gran bahía de Vathi. Llegaba el culmen final enloquecedor, cuando el estruendo de burros se hacía casi imposible, para caer en el silencio que daba paso a la noche. Me encantaba ese canto gregoriano de asnos rebeldes itacenses. En concreto había uno que lo ataban donde acababa el pueblo, cercano a una zapatería de pantuflas de cuadros, que gritaba como ninguno. A veces me atreví a acariciarle y él con los ojos bizcos rebuscaba entre mis bolsas, si las llevaba, y se quedaba quieto y paciente mientras que yo le decía unas palabras amables, aunque eran puros monólogos. Con el tiempo, la orquesta fue menguando y solo quedaba algún solista. El de la zapatería se esfumó y en su lugar apareció una moto. Y yo, no sé muy bien porque no me alcanza la empatía de ponerme a hablar con una moto, pero pasé de largo. Algo se rompió en mi corazón cuando la llegada a Vathi nunca volvió a ser acompañada de esa actuación musicovocal entrañable. La verdad es que en verano ya no se distinguirían bien los borricos cantores de los insultos poliglotas de los patrones de los barcos de recreo que amarran en el puerto, mientras el viento feroz del ocaso entorpece sus maniobras. Qué cantidad de bestiadas puedes llegar a oír en todos los idiomas en una tarde estival. Pero, ves, no me siento motivada a hablar con estos pero si con los otros; es curioso.

La segunda cosa que no tardaron en cerrar fue la discoteca. No es que yo sea bailonga y por eso me lamento, pero es que ésta me gustaba porque se llamaba como solo se puede llamar un tugurio de cortinas de terciopelo rojo: “El pulpo”. Tenía una bola redonda de espejitos que giraba, como gira el mundo, como girábamos nosotros, desbocados, dislocados, desmelenados, con bebidas y dientes fluorescentes, en un sitio donde nadie podía reconocerte. Bueno, con el tiempo esto último dejo de ser verdad y cuando aparecía acompañada de amigos fascinados con la bola y los chupitos de fósforo que servían en la barra, los chavales del pueblo se frotaban las manos y acudían en tropel ante la expectativa de un intercambio cultural con extranjeros/as. Un día ya no estaba; estaban construyendo un supermercado en su lugar. Está claro que no iban a estar esperándonos todo el año mirando la bola, pero sentí una punzada de dolor al distinguir los espejuelos desmembrados en un contenedor de desescombro.

He desarrollado una especie de alergia al cambio de los sitios donde me sentí a gusto alguna vez, una hipersensibilidad a que la modernidad y el turismo lleguen como una plaga exterminadora y arrasen con todo; e intento desafectarme de los lugares amados antes de que esto ocurra. A veces creo que me paso de profilaxis, pero es que no me gusta sufrir.  A Itaca, por suerte o por desgracia, he tenido que volver mil veces por motivos de trabajo y la verdad es que los amigos y conocidos que vas haciendo con el transcurso de los años te hacen ver las cosas de diferente forma, te agarran con lazos y te dicen que te dejes de hipocondrías y que no te alejes demasiado. Pero fundamentalmente sabía que si quería reconciliarme con ella tendría que venir fuera de temporada; bien acabado el verano; en otoño, en esa época en que todo comienza su letargo pero aún no ha alcanzado el sueño invernal.

Había encontrado una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando al puerto en un pequeño velero con los brazos abiertos y la emoción de la ansiada arribada en su cara. La instantánea, ya amarillenta, era de los años 50 y llamó mi atención por varios motivos. Primero porque era un griego que había cruzado el Atlántico norte a vela en una pequeña embarcación de 8 metros sin motor, lo que era un hito desconocido para mí, pero fundamentalmente porque el paisaje que aparecía tras sus brazos era exactamente igual al que yo contemplaba en el presente; las mismas montañas vacías. Sorprendente. Y yo una exagerada fatalista. El caso es que el épico viaje está relatado en un libro escrito por el mismo navegante, Sabbas Yeorgiu, y encabezado por la siguiente frase:
 «….εσύ που είχες την καλοσύνη & την υπομονή να διαβάσεις αυτό το βιβλίο, πήγαινε στη θάλασσα, αν δεν έχεις πάει ακόμη. Θα λυτρωθείς. Ανάμεσα ουρανού και θάλασσας το μυαλό σου θα λαμπικάρει. Θα νοιώσεις ελεύθερος. Πήγαινε…..»

“…tú que tienes la amabilidad y la paciencia de leer este libro, vete al mar, si no lo has hecho todavía. Te redimirás. Entre el cielo y el mar tu mente se depurará y te sentirás libre. Vete…

Desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y el libro es por el momento difícil de conseguir. Pero el dueño de la tienda donde encontré la fotografía desencadenante de mi curiosidad  me dijo que si le daba tiempo me lo fotocopiaría. Tiempo. Desde entonces cada vez que paso por Itaca me asomo a su establecimiento con la ilusión de que el tiempo haya sido suficiente. Pero esto es Grecia y como tal cualquier espera requiere de mucho estoicismo. Pasaron los meses con una letanía de:

– Lo siento, no he tenido un minuto. – Dijo.
– Vale- Dije.
– Mañana me pongo.-Dijo
– Estupendo.-Dije.
– ¿Podrías venir la semana que viene? -Dijo
– Sí, claro.- Dije
– Cuando acabe agosto lo tengo fijo.- Dijo
– Mira, en Octubre, antes de volver a España, cuando ya estés más libre, me pasaré por aquí y si quieres lo fotocopio yo misma.- Respondí ya como un ultimátum.
– Una idea excelente. En octubre.- Dijo.

Y volví en octubre pero estaba de vacaciones en Patrás. Esta vez no dijo nada pero me prometió por teléfono y por no sé cuántas cosas y ascendientes suyos que me lo enviaba por correo. Todavía miro el buzón con inocencia.

De todas formas, los días pasados en octubre en la isla, mientras localizaba a Mr Tiempo infinito, dejaron en mí la ternura de un amor recuperado. Al acabar el verano es como si recogieran el escenario de un teatrillo callejero  o las sillas de una procesión y todos regresaran a sus quehaceres comunes. Los aperitivos al sol, los cafés repletos durante los partidos, las salidas a pescar y las tertulias de plaza. Parecía increíble que unos días atrás solo hubiera navegantes rugidores de polos coloridos. Me senté a contemplar el sol sobre el agua inquieta y abrí los brazos emulando al individuo de la fotografía. Idéntica isla, idéntico paisaje al que vio ese hombre hace 65 años. Todo permanecía en su sitio. Alguien se acercó por detrás con sigilo.

– Hola Ana ¿Cuándo has llegado?
– ¡Vassilis! ¡Qué sorpresa! Llegué ayer desde el Egeo. ¿Y tú? ¿Cómo te va la vida?
– Muy bien, vengo de tocar la trompeta, vuelvo a ensayar con la banda ¿Nos vemos esta noche en la taberna?
– Hoy no, Vassilis, dale recuerdos a Harula. Hoy debemos comernos un pescado que cogimos ayer y si no se estropeará.
– Ay, ni hablar ¡Os lo cocino yo! ¿Cómo no vas a venir esta noche a mi taberna? Esta noche tú pones el pescado y al resto os invito yo para celebrar que ya ha pasado la vorágine.

Qué cosas tiene la vida. Según escribía esta entrada y ya a punto de presionar el botón de publicar, hace una hora, he recibido un correo de una editorial de Atenas, de las muchas a las que escribí, diciéndome que me mandan el libro. Así que ya tengo un interesante trabajo por delante.

ΙΘΑΚΗ – Στίχοι μουσική – ΝΙΚΟΣ ΠΑΠΑΚΩΣΤΑΣ 

Βροντά κι αστράφτει ο βοριάς
μέσα απ’ τα ξάρτια μου φυσάει λυσσασμένα.
Κι εγώ στη μέση αφρισμένου ωκεανού
για την Ιθάκη μου αρμενίζω απελπισμένα.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι
μέσα στου χρόνου το απέραντο κενό
μ’ ένα κουπί και με τρελό καραβοκύρη
τους Λαιστρυγόνες και τους Κύκλωπες να βρω.

Το δρόμο που `χω κάνει θα σου δείξω
 μήπως και βρεις κι εσύ το γυρισμό.
Από του Άτλαντα την άκρη ως την Αυλίδα
 κι από το νησί της Κίρκης ως εδώ.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι…



Itaka. Letra y música de Nikos Papakostas


Truena y relampaguea el viento del norte
entre mi jarcia sopla furioso
y yo en medio de un océano de espuma
hacia la Itaca mía navego desesperada

Para recomenzar un viaje interminable
dentro de un infinito vacío del tiempo
con un remo y un loco capitán
los Lestrigones y los Cíclopes encontrar.

El camino que he recorrido te lo mostraré
quizas encuentres tu el regreso
desde los confines del Atlas hasta la Aulide
y desde la isla de Circe hasta aquí.

Para recomenzar un viaje interminable…



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Cosas de cabras

Por 2 agosto, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (15 Comentarios)
Que todo vuelva a ser como al comienzo
En los dedos, en los ojos, en los labios
Y dejar la vieja enfermedad
Como la camisa que dejan las serpientes
Amarilla entre los verdes tréboles.
Yorgos Seféris

Cuando las cabras andan por los riscos a veces sucedan cosas indeseadas. Hay playas en Lefkada, de un azul apabullante, de cantos pulidos, redondos y blancos en la orilla, donde se puede correr un peligro inimaginable. El traspiés de una presurosa cabra, saltando de mata en mata, desprende un piedra que resbala dando tumbos por las paredes. Con el impulso que va tomando en su caída, acelera, se precipita con fuerza y choca con los acantilados, desgajando esquirlas y rocas que se suman al tumulto, colisionan a su vez y desatan la debacle de piedras estrelladas contra piedras de la playa que saltan y se sumergen en el azul apabullante del que hablaba. Como el sordo descorchar de una botella espumosa, a un clinc, le sigue un pam y un potoplom de trozos de montaña que se vienen abajo en un alud. Arriba solo el sonar del badajo del rebaño inocente, balando como si el mundo inferior no se desplomara bajo sus pies. Si no eres precavido, una sola cabra puede acabar con tu vida.
Miraba yo las piedras caer. Pensaba en cómo se magnifican las cosas; de una simple piedra a un exponencial estruendo. Y como unos pensamientos llevan a otros sin aparente conexión, acabé meditando sobre cómo ha cambiado esta isla desde que la conocí hace ya muchos años.
La tranquila belleza de este paisaje pasó mucho tiempo desapercibida a los turistas. De hecho Lawrence Durrell escribió de ella que era una isla carente de interés frente a la hermosa Corfú. Un poco presuntuoso, pienso, o quizás falto de tiempo para recorrerla, o pluma rápida; nadie que la conozca puede hacer una afirmación tan superficial e inexacta.
Esta isla fue realmente descubierta por los navegantes que pasaban por aquí en su viaje a las islas griegas, sin percibir que esto ya era una isla y ya era Grecia, y al recalar en alguna bahía en su derrota, se quedaban boquiabiertos ante el paraíso terrenal. Tantas millas para confesar que el famoso poema de Kavafis tenía más verdad en un verso que cientos de derroteros aprendidos de memoria. Yo, después de tantos años y pese a mis creencias, a veces sospecho que en estas islas existe la mano de un  “diseño inteligente” y que realmente son un Disney-archipielago para navegar en familia.
De estos principios  hippies al gran público, la rusa millonaria que se compró Skorpios, los enormes yates o  los  fotones remarcables de Instagram disparados desde ferries y cruceros, enfocando siempre la misma ermita, han pasado unas décadas. Pero Grecia se apiada de nosotros y hace que las cosas vayan lentas; las buenas, pero también las malas. Y si el ser humano tiene una extraña obsesión de ver levantarse una casa allí donde le sorprendió la belleza de una tierra inmaculada, yo veía que la isla se resistía a que le aparecieran construcciones como el moho de un pan bueno. Pero…la piedra primero cae…luego libera otras piedras. En los últimos tiempos las viviendas han tomado carrerilla y avanzan como ejércitos insensibles entre la maleza y los bosques. El otro día me comentaba una amiga de Itaca que el clamor popular ha conseguido parar la construcción de una urbanización de estilo “micénico”. ¿Hasta dónde aguantarán? No lo sé.Hay que aclarar que para construir una casa de 100 metros cuadrados aquí, hace falta excavar la montaña; siempre en pendiente; hacer un camino; siempre en zig-zag, y explanar medio monte para asentar los cimientos potentes de estas construcciones reglamentadas por una normativa antisísmica muy escrupulosa. Es decir para hacer una villa que se habita a lo sumo 2 meses en verano hay que destrozar medio bosque. La calva que dejan en el monte de este paisaje tan verde se ve a la distancia y perdura con los años, a pesar de que la vegetación indómita se empecina en lo contrario.

La crisis actual creo que le ha dado un empujón a la cabra. Los griegos, incluso los humildes, suelen poseer numerosos terrenos heredados de generación en generación. Como no se tributaba por ellos los mantenían sin problema y gracias a ello encontrabas esas islas virginales, sin edificaciones; repletas de rebaños autónomos que pastaban a su antojo. Al aplicarles de golpe un impuesto sobre la propiedad, muchos no pueden pagarlo y acaban vendiendo. La mayoría de los compradores son extranjeros. Poco  a poco, como hacen las hormiguitas, se va cimentando el hormiguero.
La explosión del turismo náutico en la zona ha sido exponencial. Es una de las periferias; provincias en Grecia, que más ingresos perciben durante el año y que hasta se ha permitido hacerle préstamos al gobierno central, en bancarrota. No solamente son los propietarios de barcos de toda Europa que vienen a conocer el archipiélago y que gastan su dinero en tabernas, mecánicos, veleros, varaderos y supermercados;  si no los miles de barcos de alquiler que todas las semanas aparecen como un estallido de velas blancas corriendo en pos de calas ignotas. No conozco a mucha gente que esté en paro en la isla.
Todo tiene que tener un límite, a partir del cual la naturaleza dice que ya no puede más, pero cuando alguien me pregunta si prefiero barcos o casas, la respuesta es evidente: los barcos en invierno se retiran y dejan al agua renovarse, las casas permanecen para siempre, mostrando la vergüenza de nuestra soberbia, vivir unos días ahí donde no llega nadie. Y les muestro el ejemplo español, pan para hoy, hambre para mañana. Y bocadillo para las grandes constructoras.
Así que tras la publicación, emocionante, de que en el cometa 67P  la nave Roseta ha identificado compuestos orgánicos capaces de sintetizar moléculas primordiales fundamentales para la vida, como los aminoácidos, fantaseo sobre la posibilidad de recrear una evolución parecida a la nuestra. Pero enseguida me invade la desazón de imaginar, con el tiempo, a un cometa dando vueltas al universo transportando una Marina D’or llena de turistas en su superficie.

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Casi no llegamos al concierto

Por 14 julio, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (17 Comentarios)
Comenzó la caída del rocío sobre las ramas de los árboles y sobre las piedras desgastadas de lo poco que quedaba de un monasterio. La ausencia de brisa dejaba arder llamas verticales y limpias que subían de cada vela, colocadas en fila en el escenario, en los escalones, bajo los pequeños iconos de la capilla abierta de par en par esa noche; iconos ortodoxos de miradas sesgadas y enigmáticas. El pope daba sus últimas bendiciones mientras los tres músicos y la cantante se disponían bajo un cielo aun de raso y con alguna estrella impaciente como nosotros. La electricidad era palpable y hacía saltar chispas a cada movimiento. Era el domingo 12 de julio y mientras nosotros escuchábamos a Ludovikos ton Anogión, el futuro del país se debatía a puerta cerrada a muchos kilómetros de aquí. Presentíamos que aquella noche era única y última;  la última de algo que nadie se atrevía a nombrar.
Este músico y compositor cretense es de los favoritos de mi amiga María. Cuando, saltando y palmoteando, me dijo que actuaba en un monasterio medio abandonado del bosque, no lo dudé un segundo y le dije:

– Esa tarde cierras la taberna, venimos a por ti y nos vamos dando un paseo por el campo.

– Sí. Y me pondré mi vestido blanco.

Se enfrascó en sacar y colocar todos los CDs que tenía de él y disponerlos alrededor de la foto enmarcada del cantante, como en un altar. A ella misma le dio un ataque de risa.

Cuando llegué la tarde del concierto y vi toda la taberna llena de gente la miré y sin esperar mi pregunta respondió:

– Tenían sed y ¿Qué iba a hacer yo?- Se arrimó a mi oído y me dijo en voz baja- Después del concierto vienen los músicos a cenar a mi taberna.- Destapó unas cacerolas y me admiré de los exquisitos platos que había estado cocinando; empanadas de calabacín y menta, flores rellenas de arroz, pollo al limón.- ¿Le gustará al cretense? ¿Tú que crees?

El teléfono no paraba de sonar. Que si periquito tiene hambre y hay que subirle un bocadillo al monasterio, que si a Juanito, montando el escenario, se le ha caído una piedra en el pie y necesita una tirita, que si zutanito quiere agua. Andaba por allí Stelios, un amable vecino que a veces aparece en la taberna a ayudar, a cambio de que le dejen darle un buen tiento a la nevera
de las cervezas. Subía y bajaba Stelios con todos los recados, pero cuando llamaron pidiendo Frapés, primero se negó en redondo, luego me miró y por último, con ese alegre desparpajo que tienen los griegos, para los que pocas veces algo es considerado imposible, nos dijo:

– Yo llevo el coche y vosotros los cafés.

No rechistamos. Nos metimos en el automóvil abrazados a unos vasos bailarines y salpicantes, mientras él se encargaba de pillar todos losbaches, subirse en todas la piedras y tomar las curvas lo más deprisa posible. Cuando llegamos, la mayor parte del café la llevábamos encima pero a nadie pareció importarle. Las sillas estaban dispuestas, las velas colocadas y el escenario preparado.
Volvimos a la taberna para darle el primer aviso a María, pero estaba desolada. Acababa de descubrir una mancha en su vestido y sin pensárselo dos veces lo había lavado y colgaba chorreando de un árbol en medio de las mesas, donde todavía daba el sol. Los clientes que pasaban indudablemente se enredaban en sus flecos.

– Si no se seca me lo pondré mojado.

El teléfono seguía sonando y yo comenzaba a impacientarme mirando el reloj. Pero con la última llamada, María se había puesto lívida y se aferraba al auricular mientras canturreaba una canción. Colgó y casi no hablaba.

– Era él, Ludovico. Me ha preguntado ¿De qué color es el amor? Y luego me la ha cantado bajito.- No hubo forma de que se recuperara, flotaba como un algodón de campo mientras me preguntaba al oído- ¿Tú sabes de qué color es el amor?

– Rojo, María. Como el de la rabia que nos va a dar como no lleguemos al concierto.

Conseguimos embutirle el vestido mojado y cerrar sus pulseras finas. Se pintó ojos y labios, coloreó sus mejillas y tras media hora de mirarse al espejo; tiempo que decidimos pasar compartiendo con Stelios parte de la nevera; apareció en la puerta como una sacerdotisa blanca. Se agarró a nuestro brazo y nos fuimos. Nos paramos a saludar a todas y cada una de las personas con las que nos cruzamos.

– Stelios ¿Te vienes?
– No, me quedo a controlar las brasas. Dijo mientras buscaba
el abrebotellas.

Concierto

Llegamos con las últimas bendiciones y las primeras notas. Comenzó la melodía y un gran silencio. Entre canción y canción Ludovico contaba
chistes y María se desternillaba. Con el inicio de los primeros compases de cada balada, María me agarraba el brazo hasta gangrenarlo; luego lloraba mientras canturreba bajito. Así se pasó la noche; llora que te llora, rie que te rie Algunos gritaban Viva Grecia, otros hacían coros con una estrofa sobre el Sí y el No. Nos emborrachamos con el encanto. Al día siguiente nos sorprendió la resaca.

El color del amor
Letra y música: Ludovicos ton Anogión
¿Cual es el color del amor?
¿Quién me lo puede decir?
Si es rojo como el sol
Quemará como el fuego
Si es amarillo como la luna
Tendrá soledad
Si tiene el color del cielo
Estará muy lejano
Si es negro como la noche
Será malvado
Cual es el color del amor…
Si es una nube blanca
Irá y vendrá
Si es un blanco jazmin
Se marchitará
Si es un arcoíris no podre atraparlo
Siempre parece que lo alcanzo
Pero se escapa

Cual es el color del amor…

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Naufragios y turistas

Por 6 marzo, 2015 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)

El 30 de septiembre de 1980 el mercante Panayiotis surcaba las aguas del jónico con un cargamento ilegal de tabaco. El armador era un griego de Cefalónia, Karalambo Kombocekla, así como su capitán y gran parte de la tripulación. Transportaban cajetillas de cigarrillos de contrabando desde algún puerto de Yugoslavia o Albania, para descargarlo en la vecina Italia.
Como otras veces que habían hecho el mismo negocio les acompañaban una pareja de italianos supervisores de que todo el proceso se realizase sin “mermas a la carga”. Pero claro, la vida de los piratas y los marginales de la ley siempre está expuesta a contratiempos desagradables de última hora. Debió pensar el capitán que si tan buen negocio era ¿Por qué no lo hacían ellos? Y decidió retener a los dos inspectores italianos en un camarote y vender ellos mismos la partida. Supongamos que las negociaciones no llegaron a puerto alguno y que, a la desesperada, resolvieron conducir al mercante a la costa cercana, al norte de Zakintos y fondear en una bahía llamada Spirili, hoy Agios Ioanis, para esperar acontecimientos. Pero debido a las malas condiciones meteorológicas en esa costa tan abierta al viento del norte, acabaron garreando y encallando en la playa. Fue una situación de estrés increíble, con el barco varado en la arena, las olas que lo empujaban y las cosas que nunca mejoran cuando una nave ilegal ha dado con su quilla en la costa. Comenzaron a desembarcar las cajas quizás con la esperanza de salvar algo, quizás con la intención de reflotar la nave aligerando su desplazamiento. Pero el mar empezó a arreciar y la mayoría de las balas se perdieron, fueron arrancadas por las olas y acabaron flotando diseminadas por las cercanías. Ya sin nada que esperar, la tripulación tuvo un arranque de humanidad; los contrabandistas son ilegales pero no asesinos; liberaron a los dos italianos y se encaramaron trepando por los acantilados, llegando sin resuello hasta la capital de la isla.

Amaneció en la costa y con la tenue claridad se vislumbraba el mar lleno de bultos oscuros que iban y venían con las crestas blancas de las rompientes. Los habitantes de los pueblos cercanos se asomaron al precipicio y abrieron bien los ojos ¿Y por qué no lo cogemos nosotros? Y se lanzaron a la captura de los fardos. Hay que decir que el tabaco venia embalado de forma que no se malograra de inmediato si se mojaba. Vinieron caiques con pescadores, mujeres, niños, burros, perros, mayores y pequeños. Todos pillaron parte del maná que les ofrecía el cielo y corrieron a
esconderlo en sus casas, en sus tiendas, en el horno, en el establo, en la farmacia.

Cuentan las crónicas que la policía no es tonta y dio con la tripulación. Cuentan también que alguien debió hablar. Así que al final rebuscaron establos, hornos y farmacias y dieron con el tabaco que fue confiscado y vendido en pública subasta. Unos detenidos, otros deportados a Italia, algunos despojados de su botín, todos enrabietados. Que desconsuelo. Lo pagaron con el viejo buque de maderas consumidas y de hierros averiados. Lo desvalijaron hasta dejarlo desnudo mientras descansaba en la arena. Lo desplumaron hasta que de tan limpio parecía recién salido de un astillero. El mar, el salitre, el sol y la arena terminaron la faena para enrojecerlo, chorrearlo, triturarlo, semienterrarlo y olvidarlo.

Las cosas fortuitas a veces tienen resultados sorprendentes. Al principio, las autoridades; siempre con tanta imaginación; se empecinaron en arrastrar el pecio a altamar para hundirlo y que no representase un deshecho irresponsable que se les pudiera echar en cara algún día para acabar con su brillante carrera. Pero siempre hay seres inteligentes y alguien cayo en la cuenta que lo que la naturaleza había diseñado en aquella playa quedaba mucho más hermoso y llamativo con el contrapunto de un cadáver de hierro, producto humano, oxidado y vencido. Lo fotografiaron en infinitas ocasiones y lo convirtieron en enseña de la oficina de turismo griego. El navagio. El naufragio.

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Grecia es un país de muchos naufragios, totalmente comprensibles si observamos la multitud de escollos e islotes que hacen difícil la navegación en circunstancias adversas. Estos siniestros normalmente son dramáticos pero con el paso del tiempo y la sal algunos quedan varados para la posteridad, vacíos de todo su horrible significado, para terminar en hermosas imágenes; atractivos para el viajero que le gusta soñar. Imprescindibles para el turista del selfie y del yo he estado aquí. Los encuentras por toda la costa como caparazones de enormes animales moribundos y mutilados, con una estela de historias que se arremolinan entre sus cuadernas roídas. Quizás los más conocidos, aparte del de Zakintos, son el de Gythion y el de Kythira. En todos ellos uno se puede pasar horas observando su tremendo poder evocador.
Verdaderamente este de Zakinthos es el más impresionante, posiblemente por la inaccesibilidad de sus acantilados, por la arena blanca que cubre buena parte de su obra muerta y por el azul dañino del mar en esta costa. Yo lo he visitado, hace ya muchos años, en varias ocasiones y tengo que reconocer que sobrecoge oír el viento resbalar por las paredes blancas, como quejidos del propio barco; solo te sosiega acordarte de que no hubo desgracias personales y que fue una aventura de chapuceros estraperlistas.

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La verdad es que los contrabandistas siempre me cayeron bien. Gran parte de las leyendas marinas se alimentaban de ellos. Esos marginales, al otro lado de la ley y la probidad, que intentaban sobrenadar un mundo inhóspito y un mar terrible. Es posible que también sean los dulces recuerdos de mi padre, que en sus años mozos se dedicó al oficio en Tánger, antes de que yo existiera. Con una gracia que en pocos he descubierto al vender, tanto te colocaba una partida de medias de seda como una de latas de bonito en conserva. Todas las historias que me contaba conseguía hacerlas divertidas, aunque supongo que la cruda realidad era más prosaica y de pura supervivencia.
Pero un día, dedicándome a mi afición favorita de rebuscar entre postales y calendarios por las tiendas de suvenires me encontré con esta imagen. ¡Ay dios!

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¿Qué fue de ese sitio tan magnifico de mis recuerdos? Con las barquitas de turistas flotando en el azul infinito y el sonido de los pájaros planeando en los acantilados. Creo que la tripulación de pobres contrabandistas nunca hubiera imaginado el resultado final de su accidente. Algo así ya me olía yo y me negaba a acercarme a esa playa. Donde fuiste feliz no debieras tratar de volver, porque ya habrá aparecido en el Tripadvisor y habrá
perdido su gracia.

 

Οι Μαυραγοριτες
Στίχοι και μουσική: Μιχάλης Γενίτσαρης

Μικροί μεγάλοι γίνανε
μαυραγορίτες όλοι
κι αφήσαν όλο τον ντουνιά
με δίχως πορτοφόλι
Ακόμα κι οι γυναίκες τους
τη μαύρη κυνηγάνε
τσάντες τσουβάλια κουβαλούν
κανέναν δεν ψηφάνε
Πρωί και βράδυ τρέχουνε
στους δρόμους σαν κοράκια
πελάτες ψάχνουν για να βρουν
να γδάρουνε κορμάκια
Πουλήσαμε τα σπίτια μας
και τα υπάρχοντα μας
για δυο ελιές κι ένα ψωμί
να φάνε τα παιδιά μας

Los estraperlistas
Letra y música: Mihalis Yenitsaris

Pequeños grandes se convirtieron
todos en estraperlistas
y dejaban a todo el mundo
con la billetera vacía.
Incluso sus mujeres
estaban en el negocio
acarreando bolsas y sacos
nada tenían en consideración.
Mañana y noche corren
por las calles como cuervos
clientes buscan para
despellejarlos.
Vendimos nuestras casas
y nuestras pertenencias
por dos aceitunas y un pan
para dar de comer a nuestros hijos.

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