Browsing Tag

Jónico

Los barberos de Koroni

Por 22 septiembre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)
Koroni es el pueblo que se puede esperar, en el Peloponeso, cuando te enteras de que tiene una fortaleza casi tan grande como su casco urbano. Koroni es además un nombre determinista y descriptivo que te prepara para ver coronas y castillos. Verás coronas y castillos.

Es un puerto al que recurrimos con frecuencia cuando pasamos por el sur de Mesenia, el dedo pulgar de la tierra de Pélope. Si le llamamos puerto seríamos generosos pues tan solo un espigón abriga de los vientos del sur; aunque cuando sopla el siroco las olas saltan por la escollera, indiferentes a muelles u obstáculos; e incluso con buen tiempo la resaca es considerable y los barcos permanecen alejados del muelle dejándose ir y venir con amarras largas y elásticas para evitar los socollazos. Sale ganando Koroni, porque la vista sobre el pueblo es limpia y sin distracciones, cuando llegas por el mar; las casas de colores moderados y teja descolorida por la frecuente lluvia, se reúnen en filas dando el aspecto de un gran teatro repleto de espectadores discretos. El castro, como una corona viene a darle el punto final del que hablaba.

De Koroni me gustan sobre todo dos cosas: las barcas que venden pescado y los barberos. Con la calma matutina se acercan los caiques al muelle a vender la captura de la noche. Cada uno tiene su mostrador metálico fijo en el que exponen su mercancía; sacan una balanza de platillos abollados que brincan y tintinean con el regateo y el tira y afloja; las pesas deformes e injustas hacen kilos de tres cuartos a tal rapidez que no da tiempo a la interjección, pero siempre te regalan el puñadito final para que te vayas satisfecho. Esta vez compramos koutsumouras, un pescado afín al salmonete pero de linaje más  humilde, aunque el aroma al freírlo es tan intenso como el de sus primos de sangre azul. Creo que se corresponde con nuestro “salmonete de fango” pero no sé qué tipo de fango será el que le da un sabor intenso.

Las barberías me interesan más que los peces y no sé por qué extraña razón en Koroni hay bastantes. Esos cilindros de rallas azules y rojas dando vueltas me dejan pasmada y me dibujan en la memoria las bacinillas metálicas, el chic-chac de las tijeras, el olor a colonia barata y aquellos señores simpáticos, charlatanes, de camisolas blancas abotonadas en un hombro, con un peine saliendo del bolsillo, que se inclinaban sobre sus clientes para dejarlos hechos un pincel y perfumados; salían todos dándose golpecitos en la mejilla. El dejà vú de los dulces sueños que uno siempre quiere volver a soñar me lo servía en bandeja el aroma de potingues y crecepelos junto con las orlas giratorias, me hipnotizaron. Este país, con frecuencia, tiene el poder de transportarme a entrañables fantasías.

Una de las barberías se llamaba la tijera de oro, haciendo un juego con unas tijeras abiertas y la X de χρυσό, toda una hazaña en diseño de logotipos. Me trajo a la memoria un cuento que inventé de pequeña sobre una modistilla que tenía unas tijeras de oro y un dedal de plata.

La chica tenía el don de trabajar muy rápido y provocar la modorra de sus clientes con el ir y venir de las tijeras doradas y el dedal plateado; mientras dormían cosía y cuando despertaban tenía listo el traje encargado. El resultado era como un guante y no solo eso, si no que en cuanto se vestían se convertían en personas elegantes y atractivas, fueran como fueran antes. La fama de la costurera voló como el polvo y llego a los oídos de una señora muy rica y muy fea que le hizo varios encargos. Cada vestido que le cosía era más primoroso y le sentaba mejor, los admiradores se agrupaban en su puerta para verla pasar. Como siempre, los malos del cuento tienen que ser mezquinos y egoístas, así que la falsamente hermosa señora encerró a la muchacha en un castillo para que solo confeccionara para ella. La historia tenía diversos desenlaces dependiendo de mi estado de ánimo y del público; desde el romántico y apuesto muchacho que veía los reflejos dorados salir por el ventanuco y la salvaba, hasta el más cruento clavar de tijeras afiladas en el corazón de la malvada. O bien se quedaba en suspenso porque creo que prefiero los cuentos sin final y cada uno que invente según sus gustos.

Debía llevar un rato obnubilada frente al cartel porqué me di cuenta que todos miraban hacia afuera y que el peluquero ponía cara de preguntar ¿que desean? Yo no podía entrar y sentarme en la butaca porque el establecimiento era exclusivo para caballeros y Jesús no accedía, aunque yo insistía, a afeitarse la barba que lleva desde que nació, así que le pedí disculpas al señor y abandonamos su puerta para seguir con el paseo.

Cuando a menudo recibo correos de desconocidos pidiéndome consejos y recomendaciones para navegar en Grecia; algunos sin presentación, ni un simple “por favor”, no sé qué responder ¿Les invito a que conozcan las barberías de Koroni? Cómo poder recomendarles nada, si no los conozco, ni siquiera sé lo que sueñan por las noches.

Share:

Tras la pista de Kaváfis

Por 17 septiembre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)
No era un sitio bonito Kyparissia;  al menos visto desde el puerto, porque la
ciudad sube por la montaña hasta acabar en un castro y posiblemente la parte de
arriba debía tener mejor aspecto. Pero en la costa se había inclinado por el desarrollo
cochinista de apartamentos de playa de medio pelo y casas de semirricos y
medioenterados que gustan de la horterada y de la estridencia, solo por parecer
diferentes. Lo más sorprendente es que el puerto parecía abandonado, muy ajeno
a otros muelles griegos donde la gente acude al atardecer a dar paseos de ida y
vuelta, innumerables, mientras voltean el kombolori y discuten de las cosas más
diversas; del futbol y de la troika. Las dársenas y los paseos marítimos
siempre suelen ser lugares aseados, con cafés, kioscos, mazorcas asadas, globos
de colores y gran vocerío. En este, cuatro gatos vivían a sus anchas en los
contenedores y escampaban la basura por el varadero dejándolo todo sucio y
maloliente. Nosotros habíamos parado allí solo por una noche, como escala
técnica, cuando subíamos a Lefkada; de esto hace ya un año. Cuando a la mañana
siguiente me acerqué a comprar el pan a una pequeña tienda cercana al puerto,
la señora tendera, muy amable y charlatana, como con pena y asumiendo el pecado
de un sitio tan desastrado me dijo:
– ¿Ya os vais? ¿No subís al castro? No sabes lo que os
perdéis. Es un lugar precioso, con el pueblo viejo, con las fuentes, con el
Jónico entero que se ve tan azul que duelen los ojos. Y podréis vislumbrar
Pilos y Zankynthos.- Y dale que te pego con la cháchara, pasaba el tiempo y no
me dejaba irme; yo estaba encantada, tengo que reconocerlo; y ella se
entusiasmaba cada vez más con los asombros que aguardaban en Kyparissia y no
debíamos desaprovechar.-  Las mejores
puestas de sol que se puedan imaginar.
¡Ay, lo dijo! ¡Hλιοβασίλεμα!
Ahí me llegó al corazón. El griego, que tiene palabras tan gráficas como sus raíces,
las que se hunden en la profundidad de los tiempos, cuando no se sabía cómo
interpretar las cosas más comunes que se podían observar, me recordaba esta
joya; To ηλιοβασίλεμα, el ocaso,
el “reinado del sol”. Una palabra curiosa que elige la puesta del astro para
coronarlo, no precisamente cuando culmina en el cielo, a la mayor altura y pasa
por nuestro meridiano, que sería lo más lógico; es posible que intente hacer
patente la aureola de rojos y morados que deja el sol cuando se hunde en el
horizonte, o quizás a la hermosura de su despedida, digna de un rey. Pero en
todo caso es una descripción, con solo un término, insuperable.
– Tan bonitas son las puestas de sol en Kyparissia– Ella
seguía sin descanso- que hasta un gran poeta griego dejó escrito unos versos.- Frunció
el ceño y elevo los ojos al cielo como queriendo iluminarse.- Ah sí, ya me
acuerdo: ¡Kaváfis!
– ¿Kaváfis?
– Sí, él mismo, lo escribió cuando estuvo una temporada
viviendo y admirando los atardeceres sobre el mar.
Ha pasado un año y no he dejado de buscar el dichoso poema
del ilustre alejandrino. ¿Kaváfis en Kyparissia? O en Arcadia, como
antiguamente se le llamó también. Busqué por títulos, en la web, me leí hasta
el último libro que tenía a mi alcance. Nada de nada, no fui capaz de encontrar
el poema de Kavafis dedicado a ese pueblo tan bello con esas puestas de sol tan
espectaculares. Y con ese puerto tan feo. Así que como era de esperar volvimos
a Kyparissia en busca de esas estrofas perdidas del poeta, era ya cuestión de
honor.
La verdad es que cuando subes un poco la cuesta encuentras
una ciudad alegre y en plena ebullición, con una plaza grande y terrazas bajo
la sombra de imponentes árboles, con una zona de mercado y comercio donde la
gente se saluda feliz y se sienta en las mesas de cafés improvisados a
pontificar sobre el mundo; Grecia pura. Habían puesto una noria y a sus pies,
infinidad de puestos de suvlakis que generaban una densa nube negra y aromática
subiendo al compás de los carricoches de la atracción; entre los chillidos de
la chiquillería en lo alto y el humo que los envolvía a todos te dejaban la
sensación de ser almas purgando en el infierno. Todavía se hacía más grande el
misterio del puerto vacío; en cuanto enfilabas la cuesta que baja hasta el mar…
la nada.
Yo en todas partes preguntaba y todos se encogían de hombros
¿Kaváfis? Llegó un momento que abandoné la murga y decidí olvidarme del tema;
el viaje genera infinidad de pistas para seguir, eso está bien, aunque a veces
estas son falsas y hay que saber renunciar a tiempo. Pero nos paramos en una
librería a punto de cerrar, donde el librero, muy contento, ponía música a todo
volumen y exclamaba ¡Otra vez! cuando alguna canción era de su agrado. Así que
le pregunté. Y el preguntó ¿Kaváfis? Y yo le dije lo del Hλιοβασίλεμα.
– ¡Ah no! Ese no es Kaváfis si no Palamás. Vivió un tiempo
aquí en casa de su hermano.
Kostis Palamás es un poeta griego de principios del siglo
pasado que le dio letra al himno olímpico y fue uno de los defensores de la
implantación del griego demótico que se habla hoy en Grecia, frente al idioma
katharevusa, mucho más ilustrado y arcaico.
El librero corrió a una estantería y bajó un libro. Comenzó
a buscar con rapidez entre sus páginas y señaló con el dedo.
– Aquí esta.
No me quedó otra solución que comprar el libro; una obra de
gran interés que versaba sobre la creación de los diversos barrios de Kyparissia
a lo largo de los tiempos; ciento y pico hojas en griego y con pocas
ilustraciones. Y como no me había fijado en la página que señalaba el librero
he tenido que leerlo todo hasta llegar al poema de Palamás. Hoy ha llegado el
día señalado y por fin lo encontré, escondido entre sus líneas soporíferas, que
emoción. Pero no era una estrofa si no una frase:
En Kyparissia me encontré viviendo unos pocos meses con el
disfrute, cada ocaso, de las hermosas puestas de sol que me ofrecía y todavía
me veo en un jardín, es decir, en un trozo de tierra baldía, donde he
descubierto un granado en flor. Con el creé el poema “La flor del granado”
.
¿Eso era todo? Me entraron ganas de estrangular a alguien.
Pero visto de otra forma, solo me quedan dos cosas que
hacer: o buscar el poema de Palamás, o buscar en Kyparissia las fuentes que
describía el libro en cada uno de los barrios, con sus inscripciones y con sus
historias; menester para próximas visitas. Si sigo tirando del hilo seguro que llego hasta Kaváfis, si no es
que he llegado ya, pues fue precisamente él quien convirtió en credo lo de que
el viaje tiene que ser largo para que tus ojos se detengan en puertos que antes
ignoraban y que si cuando llegas al destino, lo encuentras pobre… pues eso, que
te compres cualquier libro que te abra la mente a nuevas aventuras.  O puede que nos sea más próximo lo de: “Caminante
no hay camino, se hace camino al andar”.
Kyparissia en una fotografía de wikipedia

Share:

Las islas sin retorno

Por 12 septiembre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (15 Comentarios)
En las islas Strofades, hierve el mar con la tempestad. Los griegos lo expresan muy gráficamente; Η θαλασσα καπνίσει, el mar humea. Y debe ser así; yo me las imagino como una fumarola o como una chimenea en medio del agua, porque entre los bajíos, el temporal, las lluvias  y las corrientes, el mar puede acabar como un potaje. Esta es una causa, pero también la del poco abrigo que dan para un barco, ni siquiera para los vientos dominantes; de que estos pedazos de tierra que parecen olvidados, casi dejados caer y flotando cual restos de un naufragio, bien lejos de cualquier lugar civilizado, obren el milagro de amordazar a los mecanismos del reloj y dejarlos parados. Las Strofades valen su misa.

En estas islas, cuyo nombre quiere decir algo a si como vuelta o retorno, moraban las horrorosas Arpías, consideradas como las  personificaciones de la naturaleza destructiva del viento. Retenían a Fineo, rey de Tracia que tenía el don de la profecía y al que Zeus castigó por revelar secretos importantes del Olimpo. Este cautiverio se prolongó hasta la llegada de Jasón y los Argonautas, que enviaron tras las Harpías a los héroes alados Calais y Zetes, los Boréadas o hijos del Boreas, el viento del norte. Así que la importancia de la meteorología  en las Strofades estaba descrita ya en la antigüedad. Pero la historia de este archipiélago siguió mucho después ligada a los vientos y las tormentas. Dicen que fue la princesa Irene de Constantinopla, la que al salvarse de un temporal ordenó a un puñado de sufridos monjes que se quedaran a vivir en aquel lugar inhóspito.

Las islas desiertas no están mal; pero las semidesiertas y con pretéritos habitados fascinan de verdad, porque están pobladas de fantasmas. Solo hay que quedarse una noche mirando al imponente castro oscuro que domina la isla mas importante; los ves ir y venir con desparpajo, preparando el fuego griego, derramando el aceite hirviendo, emitiendo suspiros lastimeros durante los asedios y sonando la campana; o moliendo el grano en el molino en un día corriente. Ultracuerpos con forma de oca corretean entre los muros graznando.

Es uno de los recintos medievales más sugerentes que hemos visitado, no hay que olvidar que están en una isla y eso ayuda, pero la parte más inquietante es que todo se encuentra congelado y  detenido; hasta la puerta de entrada es la misma que hace mil años con sus clavos de mil años y sus rejas de mil años. Y las piedras del molino. Y las vigas y entramados; que podíamos atravesar con un dedo como si fueran espuma, de corroídas que estaban ¿O es posible que también nosotros nos hayamos convertido en ectoplasmas y podamos franquearlo ya todo? Estas cosas pasan en estos sitios.

Solo se dejan caer por aquí los psarades; pescadores; y algún que otro barco de recreo en su tránsito hacia el Peloponeso, o hacia el norte; hacia el Jónico más conocido. Así que resulta un tanto curioso que estos islotes hayan albergado una colonia de unas 60 personas, allá por el siglo XIII y construyeran piedra a piedra este mastodóntico edificio que ahora contemplamos.  El asentamiento fue posible porque las islas tienen abundante agua potable; también sorprende que cachos tan minúsculos de planeta tengan sitio para manantiales.

El castro bizantino permanece en pie, pero con tambaleos y recosidos tras los sucesivos seísmos  y junto con un monasterio forman un recinto amurallado que quedaba clausurado y autosuficiente al cerrar las puertas; cuando se preveía el ataque de piratas. Piratas es un genérico, pues se podría hablar de  normandos, venecianos, genoveses, catalanes, cruzados, búlgaros o turcos…en fin, todo el que se atrevió a transitar estas aguas en busca de los tesoros del imperio romano de oriente.  Pero fueron los turcos los que perpetraron la peor matanza, decapitando a todos los monjes menos a tres, que lograron escapar con el cuerpo incorrupto de San Dionisio y lo llevaron hasta Zakinthos. Hoy todavía existe una pequeña capilla llena de iconos del santo, donde levantado una alfombra se ve la tumba vacía y un monumento a los monjes decapitados. Espíritus y sombras.

En la actualidad solo vive un “papás”que ronda los 100 años y lleva 40 en la isla, cuidando su rebaño de ovejas, sus cabras, sus gallinas, sus gatos y un perro. En verano dos guardas le hacen compañía, pero pasado noviembre se queda solitario con sus fantasmas y solo se ausenta una semana al año para hacerse un chequeo médico. Supongamos que el galeno que le trata alucinará y estará escribiendo una tesis sobre la relación entre la longevidad y la ausencia de estrés. Conseguí verle al segundo día, con unas barbas por las rodillas; no sé si porque le crecieron desmesuradamente o porque a la vejez se mengua, y se movía algo mejor que muchos con la mitad de su edad. Ganas no me faltaron de hacerle una foto pero hubiera sido una falta de respeto y me reprimí. Además, posiblemente él era también parte de una aparición milenaria y ya se sabe que las cámaras no captan lo intangible y ultramundano.

– Te enamoras fácilmente de estas islas.- Me comentaba un conocido que había ido a visitar al papás.- Y si te gusta la naturaleza, cuando te vas de aquí las añoras más que tu casa. Así que ese debe ser el secreto de este hombre superviviente; que lleva 40 años enamorado.

Lo que apena bastante es el grado de deterioro del monasterio y el castro. Me comentaba el guarda que harían falta unos 10 millones de euros para restaurarlo y que claro, el estado griego no quiere ni oír hablar del tema. Es posible que si no hacen nada sea irrecuperable y en un próximo terremoto todo se venga abajo. Aunque ya sabemos que sucede cuando se restauran las cosas; todo cambia bajo la imaginación del historiador y las puertas, con sus clavos milenarios son sacadas de sus goznes y las piedras que trituraban el trigo de hace 10 siglos desmembradas de su molino; acaban sus días tras la vitrina de un museo. Si esto sucede, los fantasmas pierden interés y se evaporan en el aire sin un mu ni un arrastrar de cadenas. La discusión de siempre, la controversia servida. Ser o no ser, restaurar o conservar, he ahí el dilema. Cada uno que lo resuelva como quiera, yo tampoco lo tengo claro.

Detalle de la puerta de entrada al castro
Tronera para derramar aceite hirviendo

Share:

Skorpios Revisited

Por 12 junio, 2014 Etiquetas: , , , Comentar (9 Comentarios)
Si pudiera hablar, Skorpios mandaría a todos al infierno para que la dejaran en paz, como a sus vecinos, los islotes de cabras y moscas. La verdad es que vista desde lo alto, tiene unas formas hermosas y suaves llenas de pequeñas bahías recoletas, situada en medio de un mar rodeado de hermanas más grandes, como Lefkada o Meganisi, que hacen imposible que un temporal la pudiera castigar; en otro lugar está su pecado.

Ya escribí el año pasado por estas fechas (leer aquí la entrada) que la isla de Onassis había sido comprada por un millonario ruso como regalo para su hija; Ekaterina Ryvolovleva. La chica le comentó a papá que una íntima amiga suya, Athina Onassis, vendía una pequeña isla en el jónico, heredada de su familia materna, de la que no quería volver a oír a hablar. Fue por su 24 cumpleaños y a ella le hacía una ilusión tremenda pasearse como dueña por Skorpios, la glamurosa isla de Jaqueline-Kennedy-Onassis-Maria-Callas. Adueñarse de una tierra con historia es algo que a los ricos entusiasma; el dinero lo compra todo de forma rápida pero los cuentos de príncipes y princesas tardan más tiempo en escribirse. Hablamos de ricos muy ricos, sin fama ni laureles heredados, pero que bien se pueden crear a base de billetera. Ya descubrió el mismo Aristóteles Onassis lo de que si quieres ser popular debes rodearte de gente notoria. Él lo llevó hasta el extremo de casarse con la heredera más rica, enamorar a la diva más importante y volverse a casar con la viuda más celebre del momento; así consiguió la gloria.

Todavía resuenan en las montañas los ecos de las grandes fiestas que organizaba el mismísimo Onassis con insignes invitados de nombres solemnes que inmediatamente originaban nubes de flashes y fotógrafos de la prensa rosa persiguiéndolos a todos con teleobjetivos de metro. Mientras tanto hacía negocios. Como una enfermedad contagiosa, Ekaterina parece perseguir el mismo plan; emulando a su antiguo dueño ha montado un auténtico sarao para celebrar su 25 cumpleaños. Lo ha hecho a lo grande; gastando la pequeña cantidad de 4 millones de euros en preparativos. Conozco a gente que lleva más de 5 meses trabajando en la isla para la organización del gran evento que se ha dado en llamar “El  party del año”.  Un poco exagerado el calificativo; dados los tiempos que vivimos, ser algo del año requiere mucho más mérito ¿Acaso ha sido trending topic? Más de 60 personas vivían o viajaban a diario pendientes de las preparaciones. Todos estos están encantados. Me comentaba un amigo que incluso tiene gente de servicio encargada de cuidar la flora y fauna de la isla. Que afortunadas las serpientes y lagartijas de Skorpios, las ovejas, los pavos salvajes que corretean a su antojo. Podrían haber nacido en Atenas y simplemente se los habrían merendado.

También conté en anterior ocasión el empeño de Onassis en congraciarse con los habitantes vecinos¸ hubo algún cabrero desterrado que le juró muerte eterna; él simplemente sacó el talonario y le tapó la boca. Poco a poco se convirtió en un prócer de la zona y de todo Grecia; a pesar de que, en fin, esas fortunas inmensas no se consiguen nunca limpiamente, no salen las cuentas.

La fascinación de la Ryvolovleva por el antiguo dueño de Skorpios le hace seguir a pies juntillas el guion. Ha regalado una ambulancia nueva para el hospital de Lefkada y una flamante patrullera a la capitanía de puerto; instancia militar en Grecia; para que no se les cuele ningún maleante en patera. También ha dicho a sus invitados al cumpleaños que no le hagan ningún regalo, que lo donen a obras de caridad para niños.

Dicen que los concurrentes fueron divididos en dos equipos
para participar en “la búsqueda del tesoro”; que podía encontrarse tanto en la
tierra como en el mar. Quien lo hubiera pillado de niños, aunque fuera en una
isla recortable ¿Verdad?  tanto mejor en una isla de tierra y agua.  Ataviados como piratas, con pistolillas laser y con
dispositivos último grito que emitían señales sonoras o luminosas cuando el
rayo les alcanzaba, declarándoles fuera de juego, corrían por los senderos o
nadaban por las bahías entre risas, bromas y pavos asustados. Es más, para
hacerlo real de verdad, amarraron un barco pirata, con tibias y calaveras. Ni
Stevenson podría haberlo recreado mejor.
Foto oficial de la fiesta
El caso es que una invitada se hirió y tuvo que ser
trasladada al hospital de Lefkada; el de la ambulancia nueva; donde un equipo
médico suizo, de uniformes níveos, muy almidonados y crucecitas rojas sobre
fondo blanco esperaban atentos; contratados expresamente para cubrir las urgencias
del evento, ante la duda de que la sanidad pública helena, con los tiempos que
corren, pudiera hacerse cargo. Debió ser ante el estupor de los médicos y
pacientes griegos del día a día, porque conozco el hospital y allí no cabe
mucha gente. Pero supongo que ante el famoseo y el ricachón, las enfermedades
comunes aflojan, pues son prescindibles.
Un portavoz familiar declaró que Ekaterina había decidido
celebrar su aniversario en Skorpios por el gran apego que le tiene a Grecia; se
siente muy cerca de su pueblo. Yo es que soy muy descreída y estos espectáculos
feudales de las bodas de Fígaro y del conde de Almaviva me pueden. Además, lo
que echo en falta es una voz lírica cantando “Casta Diva” a lo Callas; mi punto
flaco de toda la historia. Que me perdone Beyoncé pero Anna Netrebko, la
soprano rusa más codiciada del momento, hubiera sido más apropiada si de seguir
la costumbre se trataba.

A  Skorpios se le presenta una segunda o
tercera vida de sociedad y en muchos negocios de los alrededores, los nietos de
aquellos que servían a Onassis se vuelven a frotar las manos. La isla,
reverdece a la espera de que se aburran otra vez de ella y de que pavos vanidosos dejen de picotearle las entrañas..

Skorpios al fondo, con el barco de invitados

Share: