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Jónico

Ajos y flotillas

Por 18 junio, 2013 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)
Estaba yo de crisis existencial, profesional y vital, cuando de repente… Grecia.

Hace ya un mes que llevo por aquí, pasaban los días y no lograba encontrar el encanto que otras veces te llega al momento, en cuanto bajas del Ferry. Por un lado, los trabajos de varadero que te absorben; por otro, la sensación de estar en un país ocupado. Las grandes compañías de chárter, de capital extranjero, no hacen más que vomitar y vomitar veleros en el país, atraídos por las inmejorables ventajas fiscales de comprar barcos bajo bandera griega. Así que las barcúlas griegas se van arrinconando y los puertos coloridos se atiborran de clones blancos; fabricación alemana; con toallas colgadas y pálidos navegantes. Llegará un día que no cabremos y tendremos que salir todos del puerto a la vez.

Sin barcülas y sin burro, estaba perdida.

La modalidad de alquilar un barco en flotilla, invento inglés, es bastante antigua. La idea no era mala; si tú no sabes casi navegar, alquilas un barco pequeñito, 8 o 9 metros,  y sigues al jefe de la flota, “la madre”; él te llevará a sitio seguro y se ocupará de tu amarre. Era gracioso verlos en la lejanía: la pata y los patitos. El último día hacían una fiesta del pañuelo, bailaban el Sirtaki y todos tan contentos. Nunca he visto una flotilla española, ni griega, ni italiana; se necesita un carácter más disciplinado y gregario. A nosotros enseguida nos saldría eso de yo con ese no voy, o lo de ¿Quién es ese para decirme donde tengo que cenar?

Las flotillas eran pequeñas y tampoco molestaban mucho; se quedaban en un rincón con su pañuelo, sus toallas, sus hogueritas de campamento y su Sirtaki a toda voz; pero con separarte de ellos ya estaba. El problema es que la flota crece de tamaño, por motivos de rentabilidad empresarial es mejor tener solo barcos grandes que se pueden alquilar en flotilla o en solitario. Pero aunque el tamaño de los barcos ha crecido, la pericia de sus patrones, que a lo sumo han hecho un cursito en su país, no. Las maniobras en los puertos, sobre todo con viento, ya no se paran con el pie, sino que son bastantes toneladas lanzadas contra el muelle y los vecinos, que se hartan de comprar defensas y transilium. Ya no son patitos con pata, si no verdaderas flotas de hasta 20 barcos de 12 o 14 metros. ¿Y cómo encuentran espacio para todos en estos puertos tan pequeños? Pues muy fácil: los jefes de flotilla se van a las 12 de la mañana y copan todos los amarres. Luego llega alguien ajeno y no le dejan amarrar. Todo eso en inglés, of course.

Y entonces llega Agustina de Aragón y les dice que allí se habla griego y ellos ni papa y te dicen que el sitio está reservado y  te sueltan las amarras y se lía la de San Dios. Y fuck off y piss off y malakas y  los mármoles del Partenón. Y después de todo eso, solo para poder amarrar en un puerto, en Junio, te quedas agotado, malherido y con el ánimo por los suelos. ¿Dónde está Grecia?

En ese estado melancólico anda yo cuando oí a una camioneta vociferar:

-¡Ajoooss! ¡Los más rojos y grandes que podáis encontrar! ¡Ajoooss!

Me gustan los ajos y aquí en Grecia son muy buenos así que me acerqué a la camioneta para admirar las ristras tan hermosas que llevaba en la trasera. Quería venderme 3 por el precio de 2; 75 cabezas en total.

– Para hacer scordallá y tirokafterí.

– ¿Una tonelada tengo que hacer?

Se reía apretando su barriga con las manos. Y se quedó mirando a los sonrosados turistas de la flotilla.

– ¿Cómo se dice ajo en inglés?

–  Garlic.

Tomó dos ristras en cada mano y se acercó a los barcos gritando:

– Garlic, garlic.

Los navegantes  que en ese momento cargaban bolsas coloridas de Sprinkles, Nuggets, Woffles y Kellog’s, dijeron un no rotundo con cara de espanto y se metieron dentro del barco. Debían pensar que andaban cerca de Transilvania.

– Pero si solo van a estar 7 días en el país y no les gusta el ajo ¿Cómo quieres que se coman una ristra?

El seguía moviendo su barriga con las carcajadas y acabó contagiándome.

Y claro, le compré una.

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El puente de Lefkada

Por 23 marzo, 2013 Etiquetas: , , , Comentar (14 Comentarios)

Cuando ya casi habíamos acabado, no habíamos hecho más que empezar; empezar a buscar un varadero donde dejar el barco en seco. Lefkada estaba totalmente llena, ninguna de las marinas con las que hablamos podían hacernos un sitio hasta mitad de Marzo. Más que una isla, en invierno parece un puercoespín, desde lejos solo se ven mástiles; la flota de recreo de media Europa se acumula aquí durante el “fuera de temporada”. Así que había que ir a Preveza, donde nos dijeron que sí, pero que mañana es sábado, pues corre, vamos, espero que abran el puente cada hora, sí, eso me han dicho, como en verano.

El puente de Lefkada, Το Πέρασμα, el paso, es una plataforma barco que permite pasar al tráfico rodado sobre los escasos 70 mts de canal que separan la isla del continente en su parte norte. Cada hora se retira, o bien levanta uno de sus extremos cuando no hay mucha demanda náutica, para posibilitar el tránsito de las embarcaciones. Cuando se rompe “el paso” todos se acuerdan de que sí, efectivamente, que Lefkada es una isla.

6_perama_lefkadas.jpg.El puente de Lefkada

Como sé de buena tinta que la isla se relaja en invierno, como ya he comprobado en mis carnes que al más mínimo obstáculo el puente se queda cerrado por unos días, como era febrero y los Lefkadiotas andaban a cámara lenta y como hay pocos chalados navegando en estas fechas, debí preguntar unas 100 veces:

¿Seguro que el puente se abre cada hora?

Antiguamente la cosa era mucho más sencilla; para los barcos, pero no para los terrestres.

– Tú vas con coche, yo voy con barco, tú vas antes y les dices que llego en una hora, tú me esperas y tú me recoges.

– Bien.

Allá que me fui, eran menos diez. Crucé el puente, paré el coche y esperé al otro lado. Menos cinco… menos uno… o’clock. Veía el barco que se acercaba y aguardé a que levantaran el ala lateral de la plataforma. Y tres… y cinco… y siete… nada ¿Ya estamos? Desde allí podía ver la cara de interrogación en el velero.

Dejé el coche donde estaba y me dirigí a pie hacia la cabina del…como diría yo ¿Puentero? ¿Puentista? Me dirigí hacia el señorencargadodelpuente. Mientras andaba, pensaba en estas necedades, pero no son tan necias como parecen; los griegos usan el vocativo, así que necesitaba un nombre con el que llamar al señorencargadodelpuente y utilizar el dichoso caso.

Una manada de perros griegos se hacinaba alrededor de la cabina de mando. El lector que haya estado en Grecia sabrá a lo que me refiero cuando hablo de perros griegos; no es una raza definida, pero sí un tipo de perro inequívoco. Los perros griegos se agrupan en las estaciones de autobús o de tren, en los puertos, en la entrada de los recintos arqueológicos; en cualquier sitio donde haya tránsito. Son serenos, calmados, lentos, indiferentes; parecen dotados de una sabiduría ancestral y hay hasta quien afirma que son los mismísimos dioses reencarnados. Lo que sí tienen es mierda, pulgas saltarinas y sustancia acumulada. Siempre están durmiendo, a veces se levantan, andan unos metros y dejan caer sus huesos, sus pulgas y su mierda, con un “plom”, en otro lado.

Yo me acerqué saltando entre los chuchos, que a lo sumo se dignaron a descorrer un parpado y mirarme sin interés, con el ojo turbio. Por las ventanas de la cabina de mandos no se veía un alma. Abajo si se veía algo; un barco con una persona indignada.

– ¡Señorencargadodelpuente! ¡Señorencargadodelpuente! – Dije; en vocativo, claro.

Me acerqué más, ya casi podía tocar los mandos; los perros roncaban al unísono. Me metí en la cabina y… aja…allí estaba. En una cama, tapado hasta la nariz, con sábanas y manta, yacía el susodicho puentero, roncando como los canes.

– ¡Oiga!

– Ahhhh. De un salto salió de la cama, con los ojos enajenados.- ¿Qué quieres?

– ¡Que se ha pasado la hora!

– ¿Qué hora?

Miró hacia abajo y vio el velero esperando, le dio al mando y el puente lateral comenzó a levantarse con incómodos y grandes lamentos metálicos.

– No son fechas para esto. Gritaban los conductores que casi se habían caído al mar, con las ruedas chirriando en el borde del muelle. La falta de costumbre invernal.

El velero pasó mientras todos increpaban con el ¡venga!, con el ¡más rápido!, con lo de que ¡a ver si perdemos aquí la mañana! ¿Tendrán valor?

Los perros cambiaron de postura. El señor del puente cogió un sedal y se puso a pescar.
Este trabajo es de un estrés que flipas.

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El veneno de sus ojos

Por 6 noviembre, 2012 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)
En el Jónico de nuevo.

Clinc, clinc…..quitiquiticlinc….quiticlinc.

Sonó un
cascabel, amortiguado por los silbidos del viento y los impactos de las olas
contra el casco. Con poca convicción me acerqué a comprobar la tensión del
sedal. Este mismo hilo con diversas cucharillas, plumas y rapalas, había navegado día tras día,
surcado millas, siguiendo al barco de cerca, por varios mares; sin ningún resultado.

-¡Algo ha picado! ¡No me lo puedo creer!
-Cobra el sedal.
-Pásame el cubo.
-Es una bacoreta
-Dame las tijeras.

-Sujeta aquí. 
-Tráeme una bolsa
-Cuanta sangre.
-Tira las tripas, desángralo bien que si no estará
incomestible.
-¡Ya tenemos cena, que bien! Lo meto en la nevera.
Todavía no había cerrado la tapa del frigorífico cuando oí:
Clinc, clinc…..quitiquiticlinc….quiticlinc
-¡Otro! 
-Cobra el sedal.
-Pásame el cubo.
-Es otra bacoreta
-Dame las tijeras.
-Sujeta aquí. 
-Tráeme una bolsa
-Cuanta sangre.
-Tira las tripas, desángralo bien que si no estará
incomestible.
-Ya tenemos cena para mañana. Lo haremos al horno. Voy a
dejarlo en…
Clinc, clinc…..quitiquiticlinc….quiticlinc
-¿Otro?
Clinc, clinc…..quitiquiticlinc….quiticlinc
-¿Más?
Clinc, clinc…..quitiquiticlinc….quiticlinc
-Pásame el cubo.
Clinc, clinc…..quitiquiticlinc….quiticlinc
– Quita ese cubo. D… Tijeras. P… la bolsa. Clinc,
clinc…..quitiquiticlinc….quiticlinc. Trae el cubo. ¡Cuanta sangre! Tira las
trip…
Clinc, clinc…..quitiquiticlinc….quiticlinc
– Bolsa… Cubo.
..Tripas… Sangre… Sedal. ..Bolsa…Nevera… ¡Dios!
En apenas una hora habíamos cobrado 20 piezas. Algunas se
soltaban al llegar al faldón de popa, pero inmediatamente venía otro hambriento
animal a rescatar el bocado perdido. Pronto las neveras estuvieron llenas.
También las pilas de la cocina. Y el cubo. Y todas las bolsas. Estaba
anocheciendo y la cosa no tenía visos de cambiar.
– Yo no entiendo
nada. Si vamos casi a 8 nudos ¿Como puede entrar tanto bicho?
Aquello parecía una hecatombe. Cabezas, tripas y sangre se
acumulaban en el balde y yo repasaba mentalmente los diferentes ingredientes para
mantener fresco todo aquello que no cabía en la nevera.
–  A ver… Sal gorda,
queda un poco. Limones, hay. Vinagre, bastante. Laurel y pimenton, algo. ¿Botes?
¿Aceite? ¿Cuanto? Se nos presentaba una noche en vela cocinando y conservando. Y eso sin
tener en cuenta a que hora llegaríamos a un sitio decente para ponernos manos a
la obra. 
– Hay que meter otro rizo a la mayor. ¡Tenemos que ir más
despacio!
– ¿Te has vuelto loco?
Y fue entonces cuando lo noté, cuando se volvió hacia mí y
le pude ver los ojos;  el veneno en sus pupilas,
la ponzoña en su sangre, la picadura, la obsesión, la chifladura por la
pesca; un trastorno de mal pronóstico.
– ¿Te has dado cuenta 
de cómo llevamos el barco? A lo mejor no cabemos en la cama.
– Está bien… recogeré el curri – dijo en voz muy baja. 
Fue una labor difícil. Cada vez que intentábamos recuperar
el aparejo, otro pez ansioso se enganchaba en el anzuelo;  había que largarlo otra vez para no enredarlo
y al recogerlo… Pásame el cubo… las tijeras…
– ¡Basta ya! Si pica otro lo tiras al mar.

– No puedo hacerlo. Nunca había visto algo así.
-Pues lo haré yo.
– Somos pescadores, ahora buscaremos un refugio donde organizar
nuestras capturas.
¿Reír o llorar? Esa era la cuestión. Pero la situación era
tan cómica, tan caótica, que opté por lo primero. Su rostro, sus manos, su ropa teñidos de rojo; yo no me miré al espejo, pero supongo que otro tanto. Como la risa es contagiosa, estuvimos
horas desternillándonos.
Nunca fue Petalás, una isla deshabitada del Jónico,  un refugio de pescadores; pero esa noche,
algún barco que había fondeado, se enteró de que habían llegado unos a las 2 de
la mañana; unos pescadores algo escandalosos.

Y esta canción de Thanasis Papakonstantinou me viene como anillo al dedo.

El anillo. Thanasis Papakonstantinou

Η βέρα 
Καθόμουνα στον
καφενέ, βρ’ αμάν, αμάν,
κι έβλεπα τα
μανάρια
να περπατούν καμαρωτά,
β’ αμάν, αμάν,
και να
μοσχοβολάνε.
ΧΟΡΟΣ : «Κι όσο
το μάτι θόλωνε,
η βέρα που
φορούσε
γαντζώνονταν στο
δάχτυλο
και τον
πετροβολούσε».
Μέταλλο σε
βαρέθηκα, βρ’ αμάν, αμάν,
βάρυνες με τα
χρόνια.
Σε βγάζω από πάνω
μου, βρ’ αμάν, αμάν,
και σε πετώ στο
κύμα.
ΧΟΡΟΣ : «Περνούσε
ψάρι νηστικό
και άρπαξε τη
βέρα.
Ό,τι γυαλίζει δεν
είναι χρυσός,
άκου, φτωχό και
μένα».
Το ψάρι ήταν
άτυχο, βρ’ αμάν, αμάν,
έπεσε σε τηγάνι
και βρέθηκε στο
πιάτο μου, βρ’ αμάν, αμάν,
ένα Σαββάτο
βράδυ.
ΧΟΡΟΣ : «Το
ανοίγει με τα χέρια του
και βρίσκει το
μπελά του.
Πετιέται η βέρα κι έρχεται
ξανά στα δάχτυλά του».
El anillo

Sentado en el café ¡Ay! ¡Ay!
Veía a las “corderitas”
Que pasaban garbosas ¡Ay! ¡Ay!
Y perfumaban el ambiente
CORO: Cuando se le nubló la vista
El anillo que llevaba
Se enganchaba en su dedo
Y lo arrojó como una piedra.
Te aborrezco metal ¡Ay! ¡Ay!
Me pesas con los años
Te quito de encima ¡Ay! ¡Ay!
Y te arrojo al mar
CORO: Pasó un pez hambriento
Y atrapó el anillo
Lo que relucía no era oro
Oye, pobre de mí.
El pez fué desdichado ¡Ay! ¡Ay!
Cayó en la sartén
Y se encontró sobre mi plato ¡Ay! ¡Ay!
Un sábado por la noche
CORO: Lo abre con sus manos
Y encuentra su desdicha
Lo tira y el anillo
Vuelve otra vez a su dedo.

La traducción la hizo esta infeliz, que para eso era griega.

 

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