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Literatura

Diciendo adiós a L. Cohen

Por 15 noviembre, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (9 Comentarios)

Esta semana ha desaparecido uno de los cantantes más inseparables e imprescindibles para mí, posiblemente porque él a su vez también se ha conservado fiel a un estilo de música y poesía, sin ceder un ápice a modas ni tendencias, humilde y atormentado como pocos y que por vicisitudes de la vida se ha mantenido componiendo hasta el fin de sus días. Mi devoción por Leonard Cohen, igual por sus partisanos que por sus Aleluyas, por sus dioses angustiados o por su último disco de despedida, que todavía no he tenido ocasión de oír y que seguro que duele tanto como su pérdida, tiene también algo de hermandad, por el gran cariño por Grecia que nos unía y por la aventura de poseer ambos una casa de pueblo en una isla. Decía Cohen que un poeta no puede lamentarse sin sentido ni profundidad, ni siquiera de la muerte, si no busca la belleza por encima de todo; y en eso radicó el poder de sus canciones.

 

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Leonard Cohen en Hydra



Siempre hay una favorita, aparte de esas que suenan a épocas hermosas de juventud. Yo elegí la de Alexandra leaving, primero porque la música me parece preciosa y después porque a la letra le había yo asignado un significado, mejor dicho inventado, que hasta ahora no he podido resolver. Imaginaba la perdida de una Alexandra muy querida por el autor y hasta le inventé una relación amorosa o familiar intensa, aunque me sorprendía esa melodía dulce, sensual y envolvente; como la increíble voz de Cohen; que casi te transportaba a la alegría y la celebración. Los buenos poetas no son tan inmediatos y juegan a ocultar secretos en sus versos para hacernos pensar y elucubrar; en sí cada poema es un auténtico tratado extraído de un pedazo minúsculo de existencia, pero con toda una vida a sus espaldas; es una clara invitación a que nos detengamos y saboreemos algo que no salió de su pluma veloz sino de días y noches, después de mucho idear, recapacitar y pulir, así que el que lee tiene un hermoso cometido por delante.
A raíz de su muerte, esperada pero no menos triste, una amiga me dio la pista tanto tiempo ignorada y debo decir que me emocionó, porque comprendí nítidamente sus palabras: La belleza por encima de todo, como bien expresó mucho antes Pericles en su famoso discurso. El taimado Cohen había cambiado una letra y la tal Alexandra no era más que la legendaria Alejandría, como un intento del autor de distanciarse de un poema de Kavafis, “El dios abandona Antonio”, al que no intenta versionar sino hacerlo propio. Yo había leído ambas cosas varias veces pero no se me ocurrió casarlas.

Cuando a medianoche se escuche
pasar una invisible comparsa
con música maravillosa y grandes voces,
tu suerte que declina, tus obras fracasadas
los planes de tu vida que resultaron errados
no llores vanamente.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
di tu adiós a Alejandría, que se aleja.
No te engañes
no digas que fue un sueño.
No aceptes tan vanas esperanzas.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos de débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos de la
comparsa misteriosa
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.

K. Kavafis

Σαν έξαφνα, ώρα μεσάνυχτ’, ακουσθεί
αόρατος θίασος να περνά
με μουσικές εξαίσιες, με φωνές—
την τύχη σου που ενδίδει πια, τα έργα σου
που απέτυχαν, τα σχέδια της ζωής σου
που βγήκαν όλα πλάνες, μη ανωφέλετα θρηνήσεις.
Σαν έτοιμος από καιρό, σα θαρραλέος,
αποχαιρέτα την, την Aλεξάνδρεια που φεύγει.
Προ πάντων να μη γελασθείς, μην πεις πως ήταν
ένα όνειρο, πως απατήθηκεν η ακοή σου·
μάταιες ελπίδες τέτοιες μην καταδεχθείς.
Σαν έτοιμος από καιρό, σα θαρραλέος,
σαν που ταιριάζει σε που αξιώθηκες μια τέτοια πόλι,
πλησίασε σταθερά προς το παράθυρο,
κι άκουσε με συγκίνησιν, αλλ’ όχι
με των δειλών τα παρακάλια και παράπονα,
ως τελευταία απόλαυσι τους ήχους,
τα εξαίσια όργανα του μυστικού θιάσου,
κι αποχαιρέτα την, την Aλεξάνδρεια που χάνεις.

Κ. Καβἀφης

Kavafis a su vez inicia su poema a raíz de un pequeño fragmento de “Las vidas paralelas” de Plutarco, en concreto la dedicada a Marco Antonio y a sus últimos momentos antes de ser vencido y suicidarse en Alejandría. Kavafis era alejandrino y nadie más apropiado para sentir en su propia piel la pérdida y el final en su ciudad inolvidable.

Plutarco intenta contar la historia tal cual fue, sin adornos ni embellecimientos, pero sí con una cierta intención moralizante y puntualizando que, como ya dijo Platón, los caracteres extraordinarios producen tanto grandes vicios como grandes virtudes. Describe a Marco Antonio como: “genio hueco, hinchado y lleno de vana arrogancia y presunción, con un aspecto en lo varonil que le asemejaba con los retratos de Hércules pintados y esculpidos… Antonio se jactaba de pertenecer a Hércules por el linaje y a Baco por la emulación de su tenor de vida, haciéndose llamar el nuevo Baco.” Pero lo disculpa añadiendo: “se le agregó por último mal el amor de Cleopatra, porque despertó e inflamó en él muchos afectos hasta entonces ocultos e inactivos, y si había algo de bueno y saludable con que antes se hubiese contenido lo borró y destruyó completamente…Su alma de amante vivió en un cuerpo ajeno; fue él arrastrado por aquella mujer como si estuviera adherido y hecho una misma cosa con ella”.

La historia de los dos amantes es tan densa y tormentosa, a parte de su importancia histórica, que ha sido el refugio de muchos escritores y artistas. Shakespeare es uno de los primeros en caer bajo los encantos de la intriga de Plutarco, intentado desmenuzar esos complejos personajes. Posteriormente los directores se turnaron por llevarla al cine en varias ocasiones; mi favorita es la de un Richard Burton perdidamente enamorado de una Liz Taylor que ya no cabía más en sí de guapa; aunque también dice Plutarco que Cleopatra no era excesivamente hermosa pero sí tremendamente irresistible y seductora.

Cuando ambos se repliegan, ya asediados por Octavio, en Alejandría, cuando siguiendo con su vida disoluta y desesperada pasan sus últimos días entre banquetes y festines bautizando su relación como “la confraternidad de los que mueren juntos”, el desenlace se torna trepidante, a modo del de Romeo y Julieta: él se suicida creyendo muerta a su amante, que en el fondo le ha traicionado, y ella arrepentida rescata su cadáver para dar fin a su vida también con una famosísima picadura de serpiente. Entre esas líneas hay un pasaje secundario, casi desapercibido para el común lector apabullado por tantos sucesos dramáticos e intrigantes superpuestos, donde fija Kavafis su fija mirada de miope y construye el precioso poema de más arriba: El dios abandona a Antonio. El fragmento de Plutarco es el siguiente:

Se cuenta que en aquella noche, como al medio de ella, cuando la ciudad estaba en el mayor silencio y consternación con el temor y esperanza de lo que iba a suceder, se oyeron repentinamente los acordados ecos de muchos instrumentos y griterío de una gran muchedumbre con cantos y bailes satíricos, como si pasara una inquieta turba de bacantes: que esta turba movió como de la mitad de la ciudad hacia la puerta por donde se iba al campo enemigo, y que saliendo por ella, se desvaneció aquel tumulto, que había sido muy grande. A los que dan valor a estas cosas les parece que fue una señal dada a Antonio de que era abandonado por aquel Dios a quien hizo siempre de parecerse, y en quien más articularmente confiaba.

Y luego llega Cohen y compone la canción que a tantos nos ha enamorado, pero con su acostumbrada humilde discreción deja patente que no copia al maestro y altera una letra en el título para que nos quedemos confusos, desorientados y nos calentemos la cabeza, como yo acabo de hacerlo ahora; por ello estaremos eternamente agradecidos. Y versionando, yo esta vez, a Platón puedo añadir que los caracteres extraordinarios producen tanto monstruosidades como enorme belleza, depende de quién los mire.

De pronto la noche se ha tornado más fría.
El dios del amor se prepara para partir
Alexandra alzada sobre sus hombros
Deslizándose entre los centinelas del corazón.
Mantenidos por las simplezas del placer,
Alcanzan la luz, se entrelazan informes
Y radiantes más allá de toda medida
Caen entre voces y vino.
No es una trampa que a tus sentidos engañan
un sueño interrumpido que la mañana apagará
Dile adiós a la Alexandra que se va
Después dile adiós a la pérdida de Alexandra.
Incluso aunque ella duerme sobre tus satenes
Incluso aunque te despierta con un beso
No digas que el momento fue imaginado
No te rebajes a estratagemas como esa
Como alguien preparado para ello por mucho tiempo
Ve firmemente a la ventana y bébelo
Música exquisita, Alexandra riendo.
Tus primeras promesas tangibles de nuevo
Y tú que tuviste el honor de su velada
y que por su honor tuviste tu sanación
Dile adiós a Alexandra que se va
Alexandra que se va con su señor.
Incluso aunque ella duerme sobre tus satenes…

Como alguien preparado  para la ocasión
Con total mando sobre cada plan que hiciste naufragar
No elijas una explicación cobarde
Que se esconda detrás de la causa y el efecto
Y tú que te desconcertaste por un significado
Cuyo código estaba roto, crucifijo descruzado
Dile adiós a Alexandra que se va
Después, dile adiós a la perdida de Alexandra.

L. Cohen

PD. Muchas gracias, Carmen Roibó, que siempre me dejas miguitas e hilos, no solo para que encuentre la salida sino para que me adentre en laberintos estimulantes.

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Dos mujeres y un cadaver egregio

Por 13 agosto, 2016 Etiquetas: , , Comentar (5 Comentarios)

La Edad Media tiene para muchos unas connotaciones de oscuridad, barbarie y decadencia cultural, pero en verdad, el Imperio Romano solo cayó en occidente. El que se trasladó a oriente era un ejemplo de ilustración y permitió conservar y transmitir el gusto por la arquitectura, el derecho, la pintura o la literatura. Cuando la mayoría de capitales europeas eran pueblos inmundos y pestilentes, cubiertos de lodazales, con habitantes totalmente analfabetos, había una ciudad en oriente rica en oro y obras de arte, maravilla y admiración de todos los que la conocían y codicia de aquellos que nunca la habían visto; Constantinopla.

Este trozo de la historia europea, que leíamos de pasada y de forma sesgada en los libros de texto, es casi un desconocido para los alumnos de esta parte del Mediterráneo, sin embargo representa una época de lo más fructífera para la ciencia y el conocimiento. Tampoco nos enseñaban que la caída del Imperio Bizantino fue en parte propiciada por la avaricia y avidez de un occidente barbarizado y codicioso.

Hay una obra muy interesante escrita en 1148 por Anna Comneno, hija del emperador Alexis Comneno, en la que recoge el periodo de reinado de su padre: La Alexiada. Yo solo he leído trocitos, pues está escrita en un griego arcaico y rimbombante difícil de digerir. Aunque dicen que su visión es un poco parcial y solo dirigida a exaltar las hazañas del padre, tiene el interés de la narración desde el punto de vista de una bizantina y su descripción de cómo se desarrolló la primera cruzada; la manera en que aquellos portadores de la cruz se desparramaron por el continente en busca del infiel, con la idea de recuperar Jerusalén, pero con la mirada puesta en Bizancio y sus tesoros deslumbrantes.

Anna Comneno nació y creció entre la púrpura y recibió una educación exquisita. De niña leía la Odisea a escondidas de sus padres que consideraban perniciosas las obras de esa época politeísta. Pero en su madurez, Anna recitaba a Homero o la Biblia de memoria. Se convirtió en una mujer culta y refinada que intentó manejar las riendas del poder, camuflada bajo el manto de su marido, como es de esperar para la época, incluso conspirando contra su propio hermano; por ello acabó sus días en un convento donde tuvo el tiempo suficiente como para escribir la extensa obra.

Pero haciendo zoom sobe los detalles de la historia, me gustaría centrarme en un hecho concreto que me interesa: la historia del Conde Guiscardo y sus peripecias en tierra Helena; más adelante veréis porque me concierne.

El Conde Roberto Guiscardo era un caballero normando (nor-man-do; hombres venidos del norte) descrito por Anna como duro, astuto, ávido de riquezas y gloria, determinado, cruel y con una ambición desmedida. Reinaba sobre Sicilia, Regio, la Puglia, pero sus ansias de poder no tenían límites y con la disculpa de perseguir infieles se dedicó a conquistar territorios griegos. Dicen del conde que era un bruto iletrado que se casó con la bien educada y también ambiciosa Sichelgaita. Su mujer frecuentemente le acompañaba en sus conquistas e incluso comandaba tropas por derecho propio. Aunque al principio intentó persuadir a su marido de no atacar al imperio bizantino, acabó metida de lleno en su campaña contra ellos. Según Anna Comneno era la viva reencarnación de la feroz Palas Atenea y hasta le dedicó un pasaje de la Iliada.

Llegaba el conde escaldado de sus escaramuzas en golfo Anvrákiko, donde había perdido varias batallas contra las tropas imperiales y venecianas, cuando decidió reunirse con la armada de su hijo que había sitiado Cefalónia; la capital de la isla era ese tiempo una pequeña fortaleza en lo alto del monte. Pero la obstinación de Roberto era imparable pues le habían vaticinado los aduladores adivinos grandes triunfos y que solamente moriría una vez hubiera llegado a Jerusalén; se sabía invencible. Detuvo sus naves en la costa oeste de Cefalonia esperando la llegada de la otra flota, acompañado de su guerrera esposa, cuando se sintió indispuesto. Comenzó a subir la fiebre y a sufrir deshidratación y clamó a sus hombres que le trajeran agua fresca. La nave fondeó en el golfo de Atheras y los marineros salieron despavoridos en busca de manantiales, con poco éxito, pero desde tierra se oían los bramidos de su señor que no daba opción a abandonar.

Cuenta Anna que dieron con un lugareño que les dijo dos cosas:

-Esos montes que veis son la patria de Ulises. Un poco más allá hubo una gran ciudad que se llamaba Santa Jerusalén, hoy desaparecida, donde hay un pozo con agua.

En cuanto a la primera premisa me parece poco creíble que si el paisano les hubiera hecho referencia a la Odisea ellos lo hubieran recordado más allá de 10 minutos para que llegara a oídos de Anna Comeno, teniendo en cuenta que la marinería era entonces totalmente analfabeta.

En cuanto a la segunda, es también extravagante que una ciudad así de grande hubiera desaparecido sin dejar rastro. Sí, es verdad que en la costa occidental de la isla hay una pequeña playa con un muelle donde iban a cargar uva los caiques para fabricar vino que se llama Agia Ierusalim (Santa Jerusalén). En esa playa hay una pequeña iglesia católica y un pozo. El caso es que cuando Guiscardo oyó hablar de Jerusalén pensó que la profecía se había cumplido, se aterrorizó y sucumbió a la fiebre; agonizó para morir a los 6 días.

Iglesia católica de Agia Ierusalim

Dicen las malas lenguas que no murió de tifus ni de disentería como cuenta la historia, sino de los venenos de su mujer, Sichelgaita, persona ilustrada y conocedora del uso de plantas medicinales. Y puestos a elucubrar ¿No sería ella la que se inventó lo de la Santa Jerusalén cercana para que le diera un rápido patatús y luego mandó construir la iglesia? Bueno, qué más da, la verdad se esconde en los profundos pozos de la historia y sus autores ya nunca van a hablar.

Pero vamos al grano y así desvelo porqué me ha interesado esta historia. El cadáver de Guiscardo debía ser devuelto a su tierra rápidamente, pero antes debían pertrechar las naves para el viaje. Como la costa occidental de Cefalónia es algo peligrosa y con pocos refugios, le dieron la vuelta al cabo norte y entraron en Panormos, un pequeño puerto natural. Y la gracia de la lengua hizo que el puerto donde entró el féretro de Guiscardo fuera tomando y dejando letras y acabara convertido en Fiskardo, uno de los pueblos más visitados del mar Jónico donde hay que ir para dejarse ver y vestirse como dios manda.

En Fiskardo hay, según entras por el mar, un cementerio romano descubierto recientemente con preciosos sarcófagos. Deberían haberlo sepultado aquí para que todos pudieran visitar la tumba de tan famoso personaje. El problema es que la mitad del cementerio está ocupada por una taberna a cuyo dueño le habrá hecho poca gracia el hallazgo, pues ya no puede ampliar y volverse de oro. Y a los pobres fantasmas romanos, pues tampoco. Eso de penar eternamente oyendo sirtakis y chunda-chunda es una verdadera maldición.

Miles de turistas van y vienen cada día a Fiskardo sin saber nada de la historia del extraño nombre del lugar, que no suena a griego ni a nada. Como tampoco sabían nada los marineros de Guiscardo cuando les hablaron de la Odisea. El tiempo va dejando pátinas de olvido sobre la realidad y así, solo así, da lugar a los cuentos primero y a las fábulas más tarde. Eso está bien.

Μουσική-Μανος Χατζιδάκις
Στίχοι-Νίκος Γκάτσος

Στα Κακοτράχαλα τα βουνά,
με το σουραύλι και το ζουρνά.
Πάνω στην πέτρα την αγιασμένη,
χορεύουν τώρα τρεις αντρειωμένοι.
Ο Νικηφόρος και ο Διγενής
και ο γιος της Άννας της Κομνηνής.

Δική τους είναι,μια φλούδα γης,
μα εσύ Χριστέ μου,τους ευλογείς,
για να γλιτώσουν αυτή τη φλούδα,
απ’το τσακάλι και την αρκούδα.
Δες πως χορεύει ο Νικηταράς,
και αηδόνι γίνεται ο ταμπουράς.

Από την Ήπεορο ως το Μωριά,
και απ’το σκοτάδι στη λευτεριά,
το πανηγύρι κρατάει χρόνια,
στα μαρμαρένια του χάρου αλώνια.
Κριτής και αφέντης,είναι ο Θεός
και δραγουμάνος του ο λαός.

Música: Manos Hatzidakis
Letra: Nikos Gatsos

En las escarpadas montañas
Con la flauta y el clarinete
sobre la piedra bendita
bailan ahora tres valientes
Nikiforos, Digenís
Y el hijo de Anna Comnena

Suya es la corteza terrestre
pero tú, Cristo mío, los bendices,
para que protejan esta corteza
del chacal y del oso
Mira como baila Nikitarás
y el tambor se transforma en ruiseñor.

Desde el Epiro hasta Moréa
y desde la oscuridad hasta la libertad
la fiesta dura años,
en los marmóreos campos de la muerte.
Juez y dueño es el Señor
y el intérprete suyo el pueblo.

Mis agradecimientos, como otras  tantas veces a mi amigo Rodi que siempre me da pistas y que me regaló el libro de Gerásimos Likoudis  “la Alexiada, Roberto Guiscardo y la Itaka homérica” y me llegó al corazón. Espero haber sido merecedora de tales honores.

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Amores de invierno

Por 15 abril, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (11 Comentarios)

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. Así comienza uno de los cuentos imprescindibles: El amor en los tiempos del cólera. Y empieza de ese modo no por pura casualidad, sino porque Gabriel García Márquez, hombre sensible y cultivado en los clásicos, sabía de sobra que el amor y las almendras han sido siempre compañeros de aventuras por las páginas y capítulos de los libros desde hace 5000 años; normalmente en narraciones tristes e imposibles, porque el amor angustiado es mucho más amor y deja en la boca el terrible e inolvidable sabor de la almendra podrida y maldita que se mezcló entre las dulces.

Amigdalia era una delicada joven que vivía en una torre en Grecia, seguramente en el Mani, donde los torreones son más altos e imponentes. La muchacha era tan delicada que su madre no la dejaba salir en invierno para que no se enfriara y la pobre se aburría lánguidamente tras las ventanas viendo llover, viendo nevar, viendo los vendavales agitar los árboles y los pájaros desaparecer de sus ramas, esperando la salida de las primeras flores, cuando volvería a emerger al jardín, como Perséfone.
Un día, el frio viento del norte, el Boriás, aulló y asoló la tierra, golpeando los cristales de la torre y asustando a Amigdalia que se asomó con precaución. El viento la vio y se enamoró perdidamente de ella; bueno, estas cosas ocurren en los cuentos; y decidió humanizarse para conquistar a la muchacha. No fue un estúpido, por supuesto, y se transformó en el más apuesto y fuerte galán imaginable y dejó el corazón de Amigdalia con un novedoso y desconocido “tipi y tap”.

-¿Por qué no abandonas la ventana para que te pueda ver de cerca?

– Mi madre no me deja. Vuelve en verano, cuando me permite bajar de la torre.

-En verano es imposible, yo soy el viento del norte y debo viajar a otras tierras. Dile a tu madre que quiero casarme contigo y que nada se interpondrá entre nosotros.

Tan perseverante fue el viento que la muchacha aceptó, en un descuido, abrir las ventanas y dejarle pasar. Boriás se abrazó a ella con impaciencia y toda su fuerza. Y la inocente y cándida Amigdalia comenzó a notar un frio intenso que partía de los brazos de su amado, le atenazaba el pecho y la garganta y acabo por congelarle el aliento y el alma. Cayó muerta en ese mismo instante ante el desconsuelo del desdichado viento que contempló sus manos asesinas y se tornó en huracán para alejarse de allí cuanto antes.

En el mismo lugar donde enterraron a la muchacha creció un árbol de flores blancas. Año tras año, con las calmas de enero, asomaban los primeros botones florales, pero cuando se abrían, soplaba el viento del norte y sacudía sus ramas intentando desnudarlas. El almendro se convirtió así en la “novia del viento del norte”.

La relación de las almendras con el amor es una constante de todas las culturas. Y la historia está llena de fábulas muy parecidas en los que una joven muere enamorada y en el lugar de su muerte brota un Prunus dulcis, un almendro, que florece en pleno invierno, como indicio de una pronta primavera. Yo creo que una de las más desgarradoras es la de Filis y Demofonte:

Demofonte era hijo de Teseo y Fedra. Al volver de la guerra de Troya arriba con sus naves a las costas de Tracia, donde Filis, la hija del rey, se enamora y se casa con él, poniendo su reino como dote. Demofonte prosigue su derrota prometiéndole regresar y ella le regala un cofre sagrado que no debe abrir más que cuando pierda toda esperanza de volver a Tracia. Los años pasaron y Demofonte no volvió. Filis bajó hasta nueve veces a la playa buscando las velas en el horizonte; cuando se percató de la vana ilusión del regreso se ahorcó, colgándose de la rama de un árbol que se convirtió en un almendro.
Claro que Demofonte abrió el cofre, como era de esperar, y algo terrible vio en su interior que le hizo enloquecer, subirse a su caballo y lanzarse a galope tendido. El animal se encabritó, lo arrojó al suelo y murió ensartado en su propia espada ¡Qué dramón! Un argumento digno de una Ópera de Puccini.

De las muchas versiones de este cuento de detalles inciertos, me quedo con la que da Ovidio en sus Heroidas; sus cartas de amor o desamor escritas por heroínas; presentando a Filis como una mujer despechada y humillada que escupe bilis sobre el recuerdo de su amante; la prefiero sobre aquellas de doncellas llorosas y resignadas. El eterno femenino encolerizado me va más:

A menudo me inventé mentiras para excusarte, a menudo pensé que los procelosos Notos viraban tus velas blancas…A menudo, suplicando a los dioses que tú, malvado, estuvieras a salvo, con plegaria me arrodillé ante los altares… Me lo juraste por el mar, que es agitado todo él por el viento y las olas.

Pues evidentemente, hoy la receta lleva almendras, las reinas de la repostería y de los cosméticos desde la época clásica. Esa fruta cuyo alimento está curiosamente escondido e inaccesible y que los romanos llamaba “nuez griega”, nux graecum. Ese árbol cuya floración nos hace esperar la primavera. Este símbolo que, emulando a Kazantzakis y su eterna búsqueda, nos invita a encontrar una pizca de divinidad entre sus hojas:
Le dije al almendro: hermano, háblame de dios. Y el almendro floreció”.

Almendras (2)

La tarta de almendras
5 Huevos
100 gr de mantequilla
1, ½ taza de azúcar
1 taza de Coñac
1 taza de sémola fina
1 taza de almendras sin cascara molida con su piel
1 sobre de levadura en polvo
Canela molida y clavo.

Para el sirope
2 tazas de azúcar
3 tazas de agua
1/2 taza pequeña de Coñac
El jugo de un limón mediano
1 sobrecito de vainilla

Elaboración
Batimos las yemas de los huevos con el azúcar, la mantequilla y el coñac. Aparte batimos las claras al punto de nieve lo añadimos poco a poco sin que baje.
Mezclamos en un recipiente la sémola con las almendras, la levadura, la canela y el clavo.
Lo mezclamos todo y se me te al horno y lo horneamos 30 minutos a 180º
Cuando la tarta esté fría echamos el sirope caliente por encima.

Φύσηξε Βοριάς – Μάρθα Φριντζήλα
Φύσηξε βοριάς κι η πόλη
άλλαξε πνοή
Ήλιε, φτιάξε μου τη μέρα
μ’ ένα σου φιλί
ν’ ανταμώσω τ’ όνειρό μου
ομορφιά μου ορφανή
να ξυπνήσω την ψυχή μου
πού ‘χει ναρκωθεί

Σαν λαθραίος μετανάστης
θα ξαναγυρνώ
στης καρδιάς μου τα λημέρια
σ’ έρημο χωριό
Έρωτά μου, πρωτεργάτη
κι ακριβή μου μοναξιά
τι γεννάει το σμίξιμό σας
κι η αποκοτιά.

Mεσ’ στου κόσμου το αλώνι
θ’ αναμετρηθώ
με τον φόβο του θανάτου
και τον ουρανό

Sopló norte- Marta Frintzila
Sopló norte y la ciudad
cambió el aliento
Sol, arréglame la mañana
con uno de tus besos
Para encontrar en mí sueño
la belleza huérfana
Para despertar mi alma
que se ha adormecido.

Como el inmigrante ilegal
regresaré al escondite del corazón
en un pueblo desierto.
Amor mío, pionero
y mi estricta soledad
Quien genera tu caricia
y tu arrojo.

Dentro del mundo la corona
para enfrentarse
con el miedo a la muerte
y con el cielo

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La cacerola gástrica

Por 5 abril, 2016 Etiquetas: , , , , Comentar (5 Comentarios)

Cuando un grupo de elementos, principalmente artísticos, se convierte en histórico, suelen aparecer posteriormente supuestos integrantes extraordinarios, que habían permanecido en el anonimato hasta el momento. El ejemplo que me  viene antes a la memoria es el del “quinto Beatle”, calificativo aplicado por la prensa musical sobre una retahíla de personas que tuvieron alguna relación con la famosa banda y que podrían ser merecedores de tal distinción, o la décima sinfonía de Beethoven, esa que nadie sabe si escribió pero que todos elucubran sobre su existencia, y hasta inventan si hace falta.

En el siglo, XVIII Brillant- Savarin, un jurista francés, escribía un tratado de gastronomía, definiéndola como un arte sutil que requería inspiración. Le gustaba tanto la buena mesa que decidió añadir una musa al catálogo de deidades sugerentes de las artes y la llamó Gasterea. Las musas siempre fueron 9, el décimo puesto se lo atribuían a la poetisa Safo y posteriormente, como vemos, a la susodicha Gasterea, hipotética conductora gastronómica y representada por una joven de gran belleza que gustaba de vivir en el Olimpo parisino.

La hermosa Gasterea, la artística gastronomía, el más ácido gástrico, los pobres gasterópodo que comen junto con sus pies, dicen que hasta la voraz gangrena tienen raíces griegas; γάστρης , γαστέρα, γάστρα, términos que en griego, nos remiten a la barriga y la digestión, al útero o la matriz,  y por metonimia al hambre, el apetito y la gula. En el estómago siempre se cocieron los jugos de nuestros anhelos, porque comer es una de los requisitos de cualquier ser vivo sobre la tierra, motivo de disputas y de guerras. El estómago es tan importante en nuestras vidas y en nuestra historia que podríamos relatar muchas peleas y batallas por un plato de lentejas. Y si están bien cocinadas, hasta la guerra de los cien años.

La gastra es también  una cacerola de barro de antepasados micénicos, con tapa, que se puede meter en el horno, encerrando y sellando la comida como en un sarcófago, lo cual probablemente permitía enterrarla en el suelo. Es, como siempre con las cosas griegas, la abuela de todas las cacerolas y yo creo que viene al pelo para hacer un corderito Kleftico; plato que me subyuga y del que ya he hablado en alguna ocasión. ¿Qué sería antes, el estómago o la cacerola? Porque ambos tienen formas y finalidades similares; la digestión, como la cocina, no es más que un proceso agresivo de cocción y desestructuración de los alimentos.

gastra

Y luego por último, los derroteros lingüísticos nos conducen a γλάστρα, glastra, la maceta donde crecen las flores hermosas, tanto como la de la supuesta Gasterea.

Rebuscando entre los intestinos de homero aparecen varias referencias a la acepción digestiva de la palabra,  en el canto XVII, Odiseo vestido de mendigo andrajoso, se adentra con el porquero Eumeo en el palacio de Itaca para combatir a los pretendientes de Penélope que, literalmente, están devorando su hacienda y sus ganados. Así habla Melantio cuando descubre a Odiseo disfrazado:

¿Adónde, miserable porquero, llevas a ese gorrón, a ese mendigo pegajoso, a ese aguafiestas? Arrimará los hombros a muchas puertas para rascarse mientras pide mendrugos, que no espadas ni calderos. Si me lo dieras a mí para vigilante de mi majada, para mozo de cuadra y para llevar brezos a mis chivos, quizá bebiendo leche de cabra echaría gordos muslos. Pero ahora que ha aprendido esas malas artes no querrá ponerse a trabajar, que preferirá mendigar por el pueblo y alimentar su insaciable estómago.

Ya así contesta Ulises al desvergonzado ataque de uno de los pretendientes:

…Antínoo me ha golpeado por causa del miserable estómago, el maldito estómago que proporciona males sin cuento a los hombres… No se pueden disimular las instancias del ávido y funesto vientre, que tantos perjuicios les originan a los hombres y por el cual se arman las naves de muchos barcos que surcan el estéril mar y van a causar daño a los enemigos.

Siempre relacionamos el hambre y la pereza con la picaresca. El apetito y el vacío de estómago agudizan el ingenio de todos los pícaros universales; desde el Lazarillo a Carpanta, sus vidas giraban en torno a la pitanza que deseaban adquirir sin esforzarse demasiado, a base de trampas. La moraleja de la historia nos dejaba adivinar que al final el taimado protagonista acababa trabajando el doble de lo que lo hubiera hecho por las vías legales.

Los griegos tienen un personaje folclórico similar: Karagiosis, una marioneta protagonista de los teatros de sombras. Karagiosis llega a Grecia a través de Asia menor y cuando el país se independiza de la dictadura otomana, el muñeco se heleniza y pierde todo su misticismo y relación con el islam. Karaguiosis es un jorobado griego al que se representa con una mano muy larga, harapiento y descalzo. Vive en una pobre cabaña  con su mujer y sus tres hijos. Las aventuras del desdichado suelen centrarse en engaños y subterfugios para conseguir dinero de los ricos otomanos y alimentar a su familia. La música del teatrillo es parecida a la rebética, la música de los desclasados expulsados de Turquía. Al fin y al cabo, compartían locales y penurias y tanto marionetas como músicos trabajaban simplemente por un plato de comida.

Pues la receta que me trae Rodi , tiene de peculiar que se debe cocinar en una cazuela de barro, una gastra, la cacerola estomacal que hace que los guisos y los sabores aparezcan como por arte de magia. Su nombre y forma originales han variado con el tiempo y se puede hablar de gastras, de giuvetis o de tsikalis; igual que nosotros hablamos de ollas, cazuelas, cacerolas, pucheros o cazos. Yo, sinceramente, no sé diferenciarlas.

Gambas giuvetsi
Ingredientes para 4 personas

24  Gambas
1 Cebolla picada
Dos dientes de ajo
Perejil picado
1 Tomate cortadito en cubitos
Sal & pimienta
1/2 Vaso de vino blanco
250 Gramos “kritharaki”. Es una pasta en forma de pepitas, creo que nosotros le llamaos orzo.

Elaboración

Pelar las gambas dejándoles la cabeza y la cola. Las sofreímos y las reservamos. En un recipiente de barro (Giuvetsi), echamos el aceite de las gambas añadimos la pasta. Cuando cambie de color le añadimos la cebolla, el ajo, el tomate y el perejil. Apagamos con vino blanco al primer hervor y dejamos que se evapore. Añadimos agua y lo dejamos hervir a medio fuego por unos 8 minutos según Añadimos por ultimo las gambas.


La canción que pongo, cantada por Tania Tsanaklidu es parte de un poema mucho más largo de Yianis Ritsos que se titula καπνισμένο τσουκάλι, que podría traducirse como cazuela ahumada y fue compuesto en 1948. Al principio del video se puede oir la propia voz de Ritsos recitando la letra. Tampoco tengo muy claro que sea la suya, pero yo me lo creo y me gusta más.

Ξέρουμε πως ο ίσκιος μας θα μείνει πάνω
στα χωράφια

Πάνω στην πλίνθινη μάντρα
του φτωχόσπιτου

Πάνω στους τείχους των μεγάλων σπιτιών που θα κτίζονται αύριο
Πάνω στην ποδιά της μητέρας που καθαρίζει φρέσκα φασολάκια
Στη δροσερή αυλόπορτα. Το ξέρουμε.

Ευλογημένη ας είναι η πικρά μας
Ευλογημένη η αδελφοσύνη μας.
Ευλογημένος ο κόσμος που γεννιέται.

Sabemos que nuestra sombra permanecera sobre los campos
sobre las paredes de adobe de las moradas de los pobres
sobre los muros de las grandes casas que se construirán mañana
sobre el delantal de la madre que limpia las judías verdes
a la fresca de la puerta del patio. Lo sabemos.

Bendita sea nuestra amargura
Bendita nuestra fraternidad
Bendito el mundo que ahora nace.

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