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Los griegos

Golondrinas, mosquitos y avispas

Por 6 agosto, 2016 Etiquetas: , , Comentar (11 Comentarios)

Este ha sido un año de golondrinas. Anidan en los porches sombreados de las casas y hasta en los hoteles y restaurantes, abrigadas por la permisividad de sus dueños. Todos los tejados están repletos de sus nidos de barro donde los pollos berrean con los picos abiertos de par en par mientras sus progenitores se afanan en interminables viajes trayendo sustento. Este ha sido un año de pocos mosquitos. Pero sin embargo las playas están plagadas de avispas. Es el sutil equilibrio de la naturaleza, cualquier ínfima variación da al traste con la armonía pasada hasta que se crea una nueva y estable.

golondrinas

Encontré un cabo entre las rocas. Estaba nuevo y ordenado, adujado por unas manos cuidadosas. Era un primor, trenzado, con vetas amarillas y unos 5 metros de largo ¿Quién lo habría dejado allí? No alguien que debió de salir con prisas en una noche tormentosa, más bien una segunda persona que como yo, lo vio, se enterneció y lo dejo esperando que su dueño volviera a por él.

Solo un armador de barco comprende el fetichismo y la superstición que provocan estas amarras halladas por azar. ¡Justo lo que necesitaba! Yo nunca lo hubiera comprado en una tienda, pero ahora, ante mí, descansando sobre la piedra, sus cordones ambarinos invitaban a confeccionar bozas, andariveles, barriletes, desenganchar fondeos cruzados y hasta amarras de la auxiliar. Era el cabo soñado. Lo cogí prestado y me entretuve en hacer todo tipo de estupideces con él, dispuesta a llevarme al final y para siempre ese talismán de la buena suerte conmigo. Pero cuando ya lo había guardado en el tambucho me acordé de una historia sucedida la semana anterior: un amigo dejó olvidadas sus aletas frente al barco. Eran sus aletas de toda la vida, de las de goma negra con solera, de las que habían pataleado con él por diversos mares y en en diversas épocas; se quedó desconsolado pensando en quien se las encontraría y si serían felices con su maldito nuevo dueño que con un poco de suerte quizás le parta un rayo. Cuál fue su sorpresa cuando al volver, tras una semana de navegación, las aletas seguían en el mismo sitio, cruzadas de brazos y preguntándose porque las habían abandonado. Nos entró un ataque de risa y una inmensa felicidad. Nunca, por muchas veces que me ocurran anécdotas parecidas, acaba de sorprenderme la luminosa existencia de este país, aunque le aceche la oscura miseria. Acto seguido me aterrorizo de que la llegada de un turismo masivo pueda desvirtuar este trozo de arcadia feliz. Pensando en esto, volví a dejar el cabo en su sitio con la esperanza de que su dueño, o cualquier otro, tuvieran la misma revelación.

Unos días después me llamó un amigo desolado; había recogido su motor fueraborda del mecánico y le habían entregado un derrelicto viejo y costroso, en nada parecido a su flamante máquina casi nueva. El mecánico, también sorprendido, nos dijo que se lo había adjudicado por error a otro español que también le había dejado el motor; este sí, dueño del desecho arañado y deslucido que mi amigo sostenía entre las manos. Se había llevado el nuevo sin rechistar. Logramos encontrar su teléfono y lo localizamos en la isla de al lado. ¡Vaya! No se había percatado del cambio del motor.

– Es que estos griegos son una calamidad. La culpa es del mecánico que se equivocó y yo no me di cuenta hasta hoy.

El mecánico esbozó una sonrisa socarrona mientras acariciaba a sus gatos. Tenía unos 20 y se solazaban entre bielas y bujías como en un paraíso felino.

-Si tengo gatos no vienen los ratones.

Me entró mucha rabia porque el sujeto en cuestión era uno de esos que nos habían perseguido hasta el catre con mensajes y ruegos para que le buscara sitio en el varadero donde yo dejo el barco y que al estar lleno necesita de recomendación. Cuando lo consiguió, si te he visto no me acuerdo, como otras tantas veces.

Me entró mucha vergüenza por el posible menoscabo de la simpatía que hacia los españoles tienen en este país hasta el momento y por el temor a que nos pudieran meter en el saco común de navegantes avidos por lo ajeno, como nosotros hicimos en España cuando aparecían los primeros capitanes franceses e italianos, algunos de cuyos representates arramplaban con defensas, mangueras o lo que se terciase y pronto toda su comunidad quedó estigmatizada con el tufo de la inseguridad; supongo que muchos se avergonzaron como yo. Y me apené porque ya hubieran empezado a aparecer por aquí algunos pizarros tontorrones con sus cuentas de colores. Los que no tienen paladar para apreciar sutileza alguna y luego, en privado, hablan y critican soberbios. Los que rompen el equilibrio.

Fue un consuelo el ir y venir de las golondrinas. Se habían colocado en línea sobre el pasamanos del barco y cotorreaban agudas y complacidas dejando la cubierta perdida de porquerías moradas, originarias de un cerezo cercano. Al final, lo importante es lo que uno vive y si todo se acababa corrompiendo, como es natural en nuestra especie, lo que tiene valor es el recuerdo de las aguas que nos dejaron una hermosa placidez entre los dedos.

Έλα εδώ κοντά
να σου δώσω ένα φιλάκι
έλα μη μου κλαις
άσπρο μου χελιδονάκι

Ο Θεός να μας φυλάει
από μάτι που κοιτάει πονηρά
Ο Θεός να μας σκεπάζει
όταν η ψυχή τρομάζει την χαρά
Πες μου, τι σε πολεμάει;

Γέλασε ξανά
κρυσταλλένιο μου αγγελούδι
η άνοιξη να `ρθει
να φωτίσει το τραγούδι

Μέλισσες και πεταλούδες
να στολίζουν τις φτερούγες που φοράς
και τα σύννεφα ν’ ανοίξουν
τον Θεούλη να σου δείξουν, να μιλάς
Να σταθώ κι εγώ στο πλάι

Με τραγούδια και ζαφείρια
θα σου κάνω τα χατίρια
Μην πονάς
θα σου στείλω εγώ δελφίνια
απ’ την Πάφο ως την Κερύνεια να γυρνάς
όλες του νησιού τις χάρες να φοράς
χελιδόνι, τη ζωή να τραγουδάς

Acercate
para que te de un besito
Venga, no llores
blanca golondrina mía.

Dios nos guarda
De los ojos que nos miran con maldad
Dios nos protege
Cuando el espíritu espanta a la dicha
Dime ¿Quién te aterroriza?

Vuelve a reír
Angel mío cristalino
Que la primavera viene
Para iluminar la canción.

Abejas y mariposas
Adornan las alas que llevas
Y las nubes se abran
Para mostrarte a dios, para que hables
Me quedaré esperando en la orilla.

Con canciones y zafiros
Satisfaceré tus caprichos
No sufras
Te enviaré delfines
Desde Pafos a Kerinia para que vuelvas
y lleves todas las alegrías de la isla
Golondrina, canta a la vida.

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Los Mangas de Meganisi

Por 26 julio, 2016 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)

El fenómeno del turismo es uno de los más curiosos de la humanidad. Seguro que dentro de muchos siglos algún extraterrestre llegará a la tierra y encontrara un vasto y enorme archivo de material donde indagar en nuestra civilización. No sé qué pensará de los trillones de instantáneas de raros especímenes sonrientes con mares y precipicios detrás ni de los muy interesante yacimientos de palos metálicos telescópicos cercanos a las cataratas de Iguazú, las pirámides de Egipto o las islas Seychelles. Así como los enigmáticos jeroglíficos con el dibujo del Tripadvisor; bueno eso ellos no lo adivinarán y se devanaran los sesos intentando descifrarlo, porque yo tampoco lo entiendo.

Todos hemos hecho el turiston alguna vez. Yo misma me recuerdo subida en un autobús en el parque del Timanfaya, Lanzarote, donde ponían música de volcanes en erupción y acababan el trayecto frente a un asador de pollos a la fumarola. Fue esa vez cuando decidí que prefiero no ver las cosas a verlas de esa forma tan estabulada, porque al fin y al cabo ¿Qué me importaba a mí el antiguo volcán y qué hacía yo allí, con los pelos de punta, la piel de gallina y las gafas de sol puestas para camuflarme?

El turista es una presa fácil: no conoce el país, no conoce el idioma y lo único que desea es hacerse fotografías para mostrárselas a los amigos; el “yo estuve aquí”; así que no es improbable que acabe comprando alfombras persas made in china y oyendo o bailando bailes prefabricados para la ocasión que nada tienen que ver con el folclore local.

Hay una taberna en Meganisi donde durante la cena ponen música; siempre la misma; para amenizar a las flotillas de barcos que pasan la noche. Me sé de memoria la selección: primero El “Sirtaki”, el” Frankosiriani” y luego “Supe que eres un mangas”. Después ya se desparraman con los Bee Gees, Abba y por último la Macarena. El dueño les baila un poco, les enseña cuatro pasos y luego una especie de baile por parejas que se asemeja mucho a un, yo diría que…un rock and roll lento. Ellos lo aprenden con esmero ¡No se darán cuenta que les están tomando el pelo!

-Pero eso que enseñas es un chiste. Tu sí que eres un mangas—Le digo yo al dueño cuando no hay actuación. Tengo que apostillar que los mangas eran los personajes chulos y descarados de la rebétika.

-Y ¡qué más da! ¿Ellos se lo pasan bien o no? Además tengo piedras en el riñón y ya no puedo dar los brincos de antes.

En Meganisi hay otro reclamo turístico famoso que todos los días atrae a cientos de barcos y visitantes: La cueva de Papanikolis. Es una cueva accesible por mar donde las barcas meten sus proas entre el tumulto de neumáticas, surfistas, motos y nadadores arriesgados. Las colas en el puerto por las mañanas para embarcarse y visitar la famosa cueva son escalofriantes. Todos guardan su turno armados con sus palos selfie, como guerreros hoplitas.

Papanikolis fue un submarino griego heroico y famoso de la segunda guerra mundial. Forjo su leyenda por el arrojo de sus marineros; creo que este año murió el último tripulante con más de 100 años; y por haber hundido a un convoy italiano a pesar de la precariedad de sus medios. De hecho no podía mantenerse sumergido más de 10 horas y necesitaba emerger frecuentemente para renovar el aire. El puente del submarino se conserva en el museo del Pireo y el nombre de Papanikolis todavía hoy se utiliza para denominar unos modernos submarinos de fabricación germana que Grecia encargó en medio de la actual crisis con el anterior gobierno ¡Qué cosas!

Παπανικολις
Una de las hazañas del Papanikolis fue el esconderse en una cueva en las aguas del Jónico, rozando el límite de sus resistencia. Esta cueva se encuentra a bastante profundidad al sur de Lefkada, en un sitio que los locales llaman “aguas negras”. Pero los antiguos pescadores reconvertidos en capitanes de barcas turísticas decidieron que mejor metían al Papanikolis en Meganisi y así todos se hacían la foto con el telón de sus aguas azules.

 

Meganisi cueva

Yo siempre pensé que había gato encerrado pues la cueva no tiene suficiente tamaño como para albergar un submarino con puente y todo. Y aún si lo hubieran metido con calzador, la limpidez de sus aguas hubiera hecho imposible el pasar desapercibido; se vería una mancha oscura en un fondo turquesa. Así que un día se lo pregunte a un antiguo marino amigo mío. Todavía se está riendo. Me dijo: pásate por el museo naval del Pireo y dime si eso cabe en la cueva. Se lo inventó un dia el capitán de un caique y ahora todos se lo creen.


Pues lo que decía, que los futuros visitantes de la tierra verán las tropecientas fotos de la cuevecita de Meganisi con diferentes rostros humanos y fliparan.

Έμαθα πως είσαι μάγκας
είσαι και μερακλής
πως γυρίζεις στις ταβέρνες
είσαι και μπελαλής

Τουρνέ και τούρνε
τουρνενέ
πες το βρε μάγκα
βρε μάγκα μου το ναι

Έμαθα πως παίζεις ζάρια
στις λέσχες πως γυρνάς
και στο σπίτι σου τα βράδια
ποτέ σου δεν πατάς

Τουρνέ και τούρνε…

Supe que eres un mangas
Que te gusta la buena vida
Que frecuentas las tabernas
Y te gustan las peleas.

Gira y gira
Gira
dilo, manga
Dime que sí.

Supe que juegas a los dados
Que frecuentas los clubs
Y que en tu casa por las noches
Nunca pisas.

Gira y gira…

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Cartas y tarjetas

Por 6 julio, 2016 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)

Todos los días se aprenden cosas nuevas. Me ha quedado patente que es más importante saberte el número de teléfono de tu cartero que el de la tarjeta de crédito.

Grecia no es canción del verano este año, la liquidez de los tiempos ha hecho que se olviden las tonadillas del último estío. Pero las cosas siguen igual o peor. La subida del IVA ha disparado los precios ya estratosféricos y las pensiones y sueldos se han reducido a la mitad. Encima seguimos con el “corralito”, aunque ya nadie hable de él y tan solo se puede sacar del cajero 400 € a la semana; eso hoy en día no da para mucho. Nadie quiere oír hablar de transferencias ni tarjetas, porque el dinero se queda en el banco, hacienda sospecha que tienes muchos ingresos y te quita la mitad más otra mitad para el año siguiente. Así que ha florecido una microeconomía paralela en el que muchos andan a lo John Wayne, con los bolsillos abultados de billetes y otros a lo Chaplin, intentando cocinar un zapato. Cuando vas a pagar cualquier cosa y sacas la VISA te miran como si fuera un cromo del anticristo y prefieren fiarte y decirte que ya lo pagaras otro día; cuando consigas reunir la cantidad a base de pequeños ahorrillos de los 400 € semanales. Se inicia así un ciclo de deudas aplazadas que se pueden ir endosando a terceros. Si tú le debes a Nikos y este a su vez tiene una deuda con Sotiris, pues le pagas a este último tú mismo y todos tan felices. Bueno, esto no es verdad a todos los niveles; también hay grandes empresas con cuentas en el extranjero y algunas del norte del país, más afortunadas, desplazadas a Bulgaria para pagar mucho menos. Así que los búlgaros están que lo tiran y vienen a Grecia cargados de billetes para comprárselo, comérselo y bebérselo todo. ¿Serán los próximos en explotar? Bueno, así es este sistema que inventamos: una huida desbocada hacia adelante sin ninguna pizca de conmiseración ni de intención de arreglar nada, solo de seguir cuesta abajo hacia el abismo.

Pero lo que realmente me ocupa hoy no es esto sino una historia de un paquete y sus peripecias para llegar hasta mí, una aventura cargada de prejuicios, modernidades, berrinches y métodos tradicionales.

Como ya va siendo una maldición habitual en mí, este verano volvía a tener problemas con el móvil; con otra compañía diferente a la del año pasado, pero en el fondo todas son iguales. Le pedí a una amiga que me mandara un duplicado de mi SIM. El tema era peliagudo, ya que cuando emiten un duplicado te anulan la vieja y te quedas sin teléfono, y para mí, en estos momentos y por motivos de trabajo era fatal. El método más económico era enviarlo por correo exprés, pero me dio repelús, pensando sobre todo en la parte griega del trasiego y sus frecuentes huelgas, así que decidí gastarme el dinero y enviarlo por SEUR, empresa líder de paquetería y mensajería en España. Una pasta, pero con la promesa de que llegaría a su destino en 3 días. Como toda empresa moderna, SEUR tiene una aplicación donde puedes ver el estado de tu envío en cada momento: Mira, está en Madrid. Mira, está en el avión. Mira ha llegado a Grecia ¡Cielos está en Salónica! ¿Y qué hace allí? Aparecía en la pantalla una señal de admiración indicando algún problema y una sutil sugerencia de que te pusieras en contacto con ellos, a través de un 902, of course, al que es imposible llamar desde fuera de España.

Realmente me fascinan las teleoperadoras de los 902, bragadas en todo tipo de técnicas orientales de meditación y control de impulsos y emociones. Muy amablemente pasó mi queja al departamento correspondiente.
Pasaban los días, ya fuera de plazo, y yo seguía atenta a la pantalla de la aplicación. Una mañana desapareció la señal de alarma ¡Bien! Pero enseguida leí que el paquete había sido entregado en Salónica, a 500 km de su destino ¿Quién sería el afortunado que se quedó con mi número de teléfono? Esta vez la dulce señorita aguanto todo tipo de improperios sin soltar una interjección. Y no tardé en descubrir que había hasta páginas en internet de afectados por SEUR donde dejaban a la gente con casos similares al mío desgañitarse y berrear como método terapéutico.

Pedí un nuevo duplicado de SIM y esta vez lo mandaron por Correos. El seguimiento del envío tanto en la página de Correos España como de ΕΛΤΑ en Grecia eran impecables, te decían hasta la hora en que lo cargaban en el camión. Cuando por fin llegó a Lefkada yo andaba tan impaciente que me fui directamente a la oficina de correos para asegurarme de que había llegado y saber cuándo lo entregarían.

-¿Cómo se llama tu cartero?
-¿Mi qué?
-Vale, dime en que pueblo vives.
-Evgiros.
-Estupendo. Se llama Giorgos y apunta su número de teléfono.
-¿Le llamo?
-Pues claro.

Un poco cortada y esperando un desplante llamé al tal Giorgos, en adelante “mi cartero”, que naturalmente me dio pelos y señales de mi paquete y concertó fecha y hora para entregármelo en mano. Y así fue, puntual como un reloj llegó con su moto al pueblo y todos le saludaron. Apunte su número de teléfono en todo tipo de agendas y recordatorios, porque hoy por hoy me es mucho más útil que el PIN de mi tarjeta de crédito.

-Siempre que esperes un envío, me llamas. Yo te traigo cualquier tipo de paquete. Bueno, si es muy grande y no me cabe en la moto te indicaré que pases por la oficina.

Perro moto

Me ha venido a la cabeza esta deliciosa música de una película entrañable; de un tiempo en que los carteros eran indispensables. Parece que an algunas partes del mundo sigue siendo así.

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Los pescadores fanfarrones de Anáfi

Por 9 octubre, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)
Hay islas que te miran cuando arribas. Un abrir ventanas y
descorrer visillos al acercarte y ojos que se clavan como alfileres ¿Quién
será? ¿Qué querrá? ¿De dónde vendrá? En este universo insular, pelágico, con el
mar como el caos y la entropía feroz, la ordenada estructura de la tierra la
atisbas desde lejos, reconoces sus perfiles en las cartas y lentamente la ves
agrandarse, más grande, elevándose para producir una sombra y hacerte olvidar
que alrededor es la anarquía marina. Hay islas como peñones, hay islas tan
retiradas que la llegada produce asombro, tanto para el visitante como para el
visitado y ambos se observan con intriga.
La primera vez que pasamos un invierno en Grecia; hace ya
tantos años que prefiero no contarlos, por norma espiritual; lo hicimos en el
Egeo, alternando unas cuantas islas, desde grandes y autosuficientes como
Naxos, hasta pequeñas y arrinconadas como el Folégandros de entonces. Pero
todas ellas tenían en común el vivir a ritmo de la llegada del ferry, la
conexión con el mundo de verdad, ese que existía más allá de su rocosa
existencia. La expectación en un puerto vacío unas horas antes de que se oyera
el tan esperado  bocinazo atronador, toda
una exclamación de júbilo, que daba lugar a un frenesí en el que todos corrían de
un lado a otro nerviosos por la llegada de los parientes, los turistas, los
camiones de mercancías deseadas. A la entrada del barco todo se iluminaba como en
unas navidades improvisadas, con el campanilleo de las anclas dejándose caer
sobre el mar oscuro. Terminado el trasiego todos se alejaban y se volvía a la
armoniosa calma de una isla invernal. Finalizaba el festejo con ese susurro afligido
que dejan las amarras de los barcos cuando zarpan e incluso después, con el
lamento de sus sirenas que se hacen eco de la partida, un mugido de vaca triste, hasta
que sus luces se vuelven invisibles.
Siempre quise llegar a Anáfi, quizás porque viendo su figura
de gota en la carta y las descripciones de los derroteros la tenía por la
isla más difícil a la que arrumbar; y lo es. Imagino que la tremenda explosión
que reventó la vecina Santorini produjo entre tsunamis y terremotos la
formación de unas islas efímeras que emergerían y se sumergirían al ritmo de
esas olas monstruosas. Santorini se convirtió en una caldera, Astipalea en una
mariposa y cada una de las Cícladas se retorcieron sobre sus piedras hasta
adquirir la forma actual. Anáfi, como una lagrima redonda y lisa se quedó
destinada al fracaso de una isla sin puerto. Ni un solo doblez de su costa
abriga la esperanza de dar refugio a un barco. Tan solo hay un muelle, que no
da resguardo ninguno, para el desembarque de pasajeros y mercancías. Cuando
hace mal tiempo los barcos no tienen otro remedio que ser varados mediante una grúa.
Pero incluso en los días buenos, la pequeñez de la isla hace que la mar de fondo dé toda la vuelta y el balanceo sea considerable. Aquí solo se puede
nacer o llegar en barco. La importancia del ferry es absoluta, toda conexión
depende de su llegada y su partida y cuando en invierno, debido a los temporales,
no puede amarrar, la isla se atrinchera en su autogestión obligada dejando
pasar los días de vendavales mientras se aguarda el bocinazo rescatador.
Los sueños se cumplen alguna vez, así que este año logramos
fondear en Anáfi y a pesar del bailoteo nocturno pudimos conocer algo de su
universo particular. A parte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las
anécdotas y conversaciones porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de
una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes, el resto es
material de instagram y selfies. Lo importante no es donde estuve si no que me
llevo de equipaje en el maletero de mi cabeza.

El puerto son cuatro casas blancas y la vida de Anáfi se
reduce a la vida de la jora, 2 kilómetros montaña arriba. En realidad cuando
quieres alejarte del muelle siempre te enfrentas a alguna pendiente
descabellada; todo sube. En la taberna se oía una algarabía de gente que brindaba
voceando. Era un grupo que habían venido desde Santorini con una neumática
descomunal y un motor de 200 HP. Se pavoneaban de las maravillas de Santorini,
de sus bellezas, de las manadas de turistas que todo los días llegaban allí,
haciendo participes al resto de comensales que nos distribuíamos por las mesas
vecinas. No paraban de pedir cervezas como demostrando su riqueza y poderío
mirando por encima del hombro a dos pescadores que tomaban café cabizbajos en
su mesa. La tabernera protestaba entre dientes porque le daban mucho trabajo
pero en el fondo la cuenta iba a ser pequeña.
Es curioso como en unas islas se enfrentan a las penurias con
sonrisas y unas millas más allá, todos son lamentos y reproches. La mujer que
llevaba la taberna me decía que este invierno que se les avecinaba sería penoso.
Solo les habían dejado 2 ferris semanales y un médico; su madre, que apenas se movía
ya de la silla tenía que buscar a alguien que la llevara hasta el banco una vez a la
semana para cobrar su pensión, debido a ese corralito al que no se le veía final.
Creo que esa era la razón de que le doliera un poco el jaleo presumido que
montaban los visitantes pomposos.
– ¿Sois españoles, verdad? Os vi llegar con el barco. Aquí siempre estamos pendientes de las visitas; vienen bien pocas a estas alturas
del año. En un mes nos quedaremos solos.
Las voces iban en aumento y cuando nos retirábamos hacia el
barco la conversación había subido de tono y versaba sobre pescados. Los de
Santorini chafardeaban del tamaño de los peces de su isla. Los pescadores taciturnos
de la mesa colindante levantaron la cabeza para decir que “vaya trola” y la
volvieron a bajar sin enervarse. Siguieron con los calamares y langostas de
proporciones monumentales, meros y atunes casi alienígenas que ellos habían atrapado
y vendido a los restaurantes pero que en Anáfi sería difícil, por no decir imposible
de pescar. Siguieron cayendo cervezas frescas hasta que todo el mundo estuvo
bien caliente. Cuando el fantasmeo llegó al punto culminante los forasteros
decidieron que era hora de irse, el cielo estaba ya rojo con la despedida
solar, momento que aprovecharon para ir dando tumbos hasta su embarcación,
subieron cómo pudieron y con la música a todo volumen encendieron el potente
motor. Con el sopor de las cervezas olvidaron poner la cola en posición
vertical y la hélice empezó a girar a media agua generando un chorro tan gigantesco
como los peces de los que hablaban; se fueron empapados y
maldiciendo pero dando tremendas risotadas.
– Ya ves- dijo uno en la taberna- Estos no han visto un
calamar fresco ni dibujado. Nosotros pescamos pero no se lo decimos a nadie
porque nos lo comemos.- Se echaron todos a reír. Se levantaron dando un golpe en la mesa con sus vasos
y se dirigieron hacia las barcas que se mecían en la orilla. Fueron arrancando
una tras otra hasta que su petardeo se perdió en el horizonte.

Σε καινούρια βάρκα μπήκα
και στον Αϊ-Γιώργη βγήκα

Έχετε ψαράδες ψάρια
αστακούς και καλαμάρια

Εχουμε παστά και χλώρια
και πέντ’εξι οκάδες χώρια

Πάρε βούρλα βούρλισέ τα
και άμα έχεις πλήρωσέ τα

Εχουμε ,δεν τα πουλάμε 
με τους φίλους θα τα φάμε

Entré en una barca nueva
Y en San Jorge sali
Tenéis pescadores peces
Langostas y calamares
Tenemos salados y frescos
Y 5 o 6 ocas (medida de peso) apartadas
Coge y elige lo que quieras
Y si tienes págalo
Tenemos, no lo vendemos
Con los amigos lo comeremos.
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