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Mitología

El príncipe de los ríos

Por 6 diciembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (12 Comentarios)

Hubo una vez un dios, príncipe de todos los ríos y padre de todas las aguas dulces del mundo, llamado Aquelóo; Αχελώος, “el que ahuyenta el pesar”; que se enamoró de una hija del rey de Calidón, Deyanira, y pidió a su padre que se la diera en matrimonio. La pobre muchacha no amaba al espantoso rio en absoluto y así se lamentaba de su destino en Las Traquinias de Sófocles:

Yo, cuando habitaba aún en Pleurón en la casa de mi padre Eneo, experimenté una repugnancia muy dolorosa por el matrimonio, en mayor grado que cualquier mujer etolia. En efecto, tenía como pretendiente un río, me refiero a Aquelóo, el cual, bajo tres apariencias, me pedía a mi padre. Se presentaba, unas veces, en figura de toro, otras, como una serpiente de piel moteada y, otras, con cara de buey en un cuerpo humano. De su sombrío mentón brotaban chorros de agua como de una fuente. Mientras yo esperaba temerosa a semejante pretendiente, pedía una y otra vez, desventurada, morir antes que acercarme nunca a este tálamo.

Heracles también procuraba a la dulce Deyanira y ella le prefería entre los dos; porque la muy ingenua ignoraba que este último la abandonaría tras contraer matrimonio. Hubo un duelo y tuvieron que medir su amor en un enfrentamiento carnicero el rio y el héroe. En el transcurso de esta batalla, el dios fluvial utilizó la astucia, pues se sabía inferior en fuerza al semidiós, y adoptó la forma de diversos animales para derrotarlo. Primero se transformó en una serpiente escabrosa y curvilínea pero fue estrangulado casi hasta la muerte por su rival, más tarde adoptó la forma de un toro enorme pero Hércules lo tomó por las astas, lo arrastró por los suelos, le arrancó uno de sus cuernos y lo tiró al rio. El cuerno cercenado fue recogido por las náyades que lo llenaron de flores y frutas como un cuerno de la abundancia.

Se puede decir que los mitos representan una ingenua respuesta a los interrogantes más complejos y profundos del ser humano: lo que le asombra, lo que le espera en el futuro, de dónde venimos, cual es la fuerza de la naturaleza, cómo se organiza la realidad y qué produce los fenómenos físicos observables. Estrabón interpreta este mito de Aquelóo atendiendo a la naturaleza del mismo río cuyas frecuentes inundaciones asolaban los campos de Calidón, confundiendo las fronteras y provocando por esto varias guerras entre los pueblos limítrofes. La forma de serpiente de Aquelóo alude a la sinuosidad de su trazado, y la de toro, a la fuerza de sus inundaciones y al rugido de sus aguas precipitándose en torbellinos. Heracles uniformó su cauce poniéndole diques y reuniendo en un sólo lecho los dos brazos de su curso, de aquí que le dejara con un cuerno sólo. La cuenca transformada del Aqueloo fue responsable de la riqueza del país que regaba con sus aguas, que guardaría buena relación con el cuerno de la abundancia.

Seguimos echando mano de explicaciones fantásticas cuando la realidad nos sorprende, cuando nos levantamos una mañana y contra todo pronóstico ha ganado un toro rubio y furibundo las elecciones en Estados Unidos. Como no quedan dioses que construyan historias y nos muestren las razones, buscamos entre entelequias como los Big Data los rastros que dejamos en nuestro paso por el inframundo de las redes, que son manipulados sin que apenas nos demos cuenta para que gane el toro antes que el héroe. Y Deyanira se desmaya.

Pero volvamos al rio que derrotado y solitario, fluyendo entre Etolia y Acarnania pensaba solamente en venganza. Unas Ninfas habían preparado un sacrificio para honrar a un dios y convidaron a todas las divinidades de las aguas para que asistieran a la ceremonia. Se olvidaron, sin embargo, de invitar a Aqueloo. Toda la cólera del dios-rio se enardeció con este nuevo desprecio. Aquelóo hizo subir las aguas hasta el límite de las tierras y las inundó. En su torrente arrastró, implacable, a las cuatro Ninfas y al lugar que ellas habían adornado para realizar la ceremonia del sacrificio. No satisfecho aún con su propia violencia, transformó a las jóvenes en islas, las Equinades del mar Jónico, que quedaron flotando para siempre en su desembocadura. Después, aplacado no del todo su odio, volvió a correr entre Etolia y Acarnania, pero siguió llevando consigo toda su amargura en sus aguas, dejando sedimentos aquí y allá, crecidas devastadoras, sequias y plagas a su antojo; donde había tierras firmes las separó en islas y donde había islas y penínsulas las anegó con sus limos y las transformó en valles y lomas. Son las cosas que pasan cuando se enrabietan los dioses ríos-toros-serpientes, rubios o no.

Es cierto que cuando navegas por la zona debes dar buen resguardo a su desembocadura, que plagada de sedimentos, avanza año tras año mar adentro cambiando la distribución de lo que son tierras o aguas y ha dejado un paisaje muy característico de marismas, salinas, lagunas e islotes, como si fuera un enorme plato de sopa con menudillos, y que para entrar en Mesolongi hay que hacerlo atravesando con atención un canal balizado con poco calado en sus extremos. Pero el paisaje que deja es sorprendente, un reino lodoso y acuático donde los humanos habitan, con consentimiento del Aqueloo, los cachitos firmes que les ha ido dejando como por olvido. Los palafitos, empalizadas, plataformas de pesca y las ciudades que aparecen flotando, como nenúfares, en las superficies especulares de los pantanos tienen una quietud y hasta una modorra genuina. Sirva de ejemplo la pequeña y curiosa ciudad de Etóliko, unos 600 km2 de terreno, secuestrados a la laguna y unidos por una carretera de entrada y otra de salida a la tierra firme, si se puede hablar de algo firme en este universo de charcos, bancos y ríos vengativos, donde sus habitantes deben pasear despacio para no precipitarse al agua en un traspiés.

Si hay un sitio emocionante cerca del Aquelóo, en su ribera oeste, es la antigua Oiniades, una ciudad portuaria importante de Acarnania fundada en el siglo V a. C. sobre una colina rodeada de marismas y protegida por unas fuertes murallas del invasor, que estaba obligado a llegar por mar. La ciudad debió tener mucha importancia comercial en la antigüedad con un considerable tráfico marítimo. Hoy en día  descansa sobre un montículo tierra adentro gracias a los depósitos y aluviones fluviales de 26 siglos. Las excavaciones arqueológicas han conseguido recuperar parte de sus murallas, su precioso teatro, y unas atarazanas.

Yo aquel día reservaba mi entusiasmo para esto último, para el varadero, pues significaba para mí la confluencia de mis pasiones: el mar, los barcos y Grecia. Siempre que visito algún punto de la costa donde se ubicó un puerto griego clásico, me deleito contemplando sus contornos e imaginando las idas y venidas de naves de diversos tamaños impulsadas a vela o a remos entre los espigones, cómo azotaban los vientos dominantes, cuál era la calidad de su abrigo. Incluso cuando no queda ya el más mínimo vestigio de lo que fue, como en los restos micénicos, mi imaginación disfruta sin límites ni ataduras de estos lugares. Pero sabía, por alguna fotografía, que las atarazanas que íbamos a ver no eran simples piedras dispersas para hacer trabajar a nuestra imaginación sino algo más imponente.

Era un precioso día de septiembre, húmedo pero luminoso, cuando llegamos acompañados por unos hospitalarios amigos de Mesolongi. Los robles empezaban a deshacerse de parte de su frondosidad que crujía a nuestros pies dando una atmosfera de suspense e intriga y el cercano rio se deslizaba casi dormido y sin torbellinos.

 

neorio

El astillero solo es visible al doblar un recodo, momento en el cual te quedas tan de piedra como él desde hace 25 siglos. Te quita el aliento la envergadura del edificio, excavado en la montaña, que albergaba hasta 7 naves de 40 metros de eslora. Te mete en escena las enormes charcas que consiente, por el momento, el nivel freático del Aquelóo. Te anestesia el fru-fru de los robles perdiendo sus hojas, el zumbido de los insectos y las nubes estáticas de una mañana exactamente igual a la de hace 2500 años. Te embriaga el olor a rio y humedales. Te hipnotiza el tic-toc de tu corazón que reclama tiempo recorriendo el varadero.

Era sorprendente ver aquel imponente perímetro sin un solo visitante a parte de nosotros y eso, aunque egoístamente podríamos pensar que era un privilegio, implica que muchas veces estos lugares se tienen que cerrar por no poder mantenerlos. Y ese era también el temor de mis generosos anfitriones. El mundo es así de absurdo: el turista solo quiere ir a lugares ya famosos y contrastados por hordas anónimas, con muchos likes y followers. A quién leches le va a importar tu selfie si no tienen ni la más remota idea de donde está hecho. La cosa cambiaría si consiguieran traer aquí a Cristiano Ronaldo; entonces sería la bomba. Igual Deyanira cambiaría de parecer y se desposaría a gusto con el rio.

Το ποτἀμι

Γύρισα πάλι στα ίδια μέρη
Κι εκεί που όλα μοιάζαν ξένα
Κάτι μου θύμισε εσένα
Κι είπα, εδώ είναι η πατρίδα
Το φως που ξέρω και με ξέρει.

Κοίταξα μέσα από το τζάμι
Κι είδα στρωμένο το τραπέζι
Δίπλα η κόρη μου να παίζει
Κι είπα, εδώ θέλω να ζήσω
Εδώ κυλάει το ποτάμι.

Άλλοτε πέτρα, άλλοτε σφαίρα
Που δεν μπορεί να κάνει πίσω
Σαν να κρατιέμαι απ’ τον αέρα
Ψάχνω μια γη για να πατήσω.

Έφευγα πάντα σαν το βέλος
Βρήκα ανοιχτό ουρανό και πήγα
Έψαξα αλλού και βρήκα λίγα
Κάποτε ήμουνα των άλλων
Τώρα δικός σας ως το τέλος.

El río

Regresé de nuevo al mismo sitio
y allí donde todo parecía extraño
algo me recordó a ti
Y dije: aquí está mi patria
la luz que conozco y me conoce.

Miré tras el cristal
Y vi la mesa preparada
A un lado mi hija jugar
Y dije: aquí quiero vivir
Aquí fluye el rio.

A veces piedra, a veces esfera
que no puede volver atrás
Para mantenerme contra el viento
busco una tierra firme.

Salí siempre como una flecha
encontré el cielo abierto y me fui.
Busque en otros lados y encontré poco.
Una vez fui de los demás
ahora, tuyo siempre hasta el final.

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Un arroz divino

Por 8 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (7 Comentarios)

La leyenda de Prometeo pertenece a la clase de mitos con la que los griegos clásicos intentaban explicar la metamorfosis del individuo nómada y cazador en sedentario, agrupándose en tribus asentadas, donde pudo dedicarse a la agricultura y la ganadería para dar paso a lo que llamamos hombre civilizado; aquel que “comía pan y era de fiar”, como muchas veces dijo Homero. Para tan dificil proceso hacía falta la ayuda de los cielos. Prometeo robó el fuego de los dioses y se lo regaló a los humanos para que fueran capaces de cocinar y almacenar sus cacerías haciéndolas más digeribles, permitiendo esta evolución. Atenea les regaló el olivo para obtener el aceite nutritivo y luminoso. Deméter les dio los cereales y el conocimiento para cultivarlos. Y Dionisos, en el colmo del refinamiento, para sublimar el paladar y los sentidos de aquellos fundadores de nuestra cultura, les regalo la sabiduría del vino.

Había una vez un rey llamado Oineas que gobernaba sobre unas islas llamadas Oiniades, cercanas a la desembocadura del rio Aqueloo, en el Jónico, y que formaron parte del archipiélago de las Equinadas hasta que el terrible rio las fue engullendo con sus sedimentos y las transformó en tierra firme. El Aqueloo, el príncipe de los ríos, el grande, como lo describió Pausanias. Tenía Oineas pastos y rebaños de los que se encargaba su fiel esclavo Estafílos. Todos los días llevaba Estafílos sus cabras a los forrajes más tiernos para que engordaran y dieran más blanca leche. Pero a menudo alguna res se le escapaba y corría hacia unas plantas retorcidas de frutas menudas. El pastor se dio cuenta de que la cabra, tras comer esos frutos, volvía al redil más contenta y vigorosa; pensó recoger las semillas y se las dio a su señor. Oineas decidió cultivarlas y se percató de los dulces frutos que producían esos tallos ensortijados, exprimía su jugo y lo mezclaba con las sagradas aguas del Aqueloo.

Fue un día Dionisos a visitarle, atraído por la belleza de su mujer. Oineas le agasajó con su dulce zumo y Dionisos quedó entusiasmado. Dicen las malas lenguas olímpicas que el astuto dios explicó al rey como fabricar el vino para yacer con su esposa, con la que más tarde tuvo un hijo, mientras él dormitaba obnubilado por el brebaje,  o quizás fue de buena fe, el caso es que desde entonces esa bebida sagrada y fermentada recibió el nombre de “oinos” que dio lugar a nuestro actual vino y el rey Oineas fue rico y poderoso por mucho tiempo gracias al presente del dios.

De esas vides primordiales el tiempo ha hecho un velo y el delta del rio ha devorado  las islas del rey iluminado, pero con las nuevas tecnologías y las técnicas de selección por análisis de ADN se ha conseguido revivir las cepas que producen un caldo primigenio, parecido  al que pudo probar Dionisos. A esas cepas y al vino que dan se les llama Malagusiá. Y aunque no tengo orígenes olímpicos puedo aseguraros que es una experiencia inolvidable.

Pero la receta de hoy no tiene nada que ver con el proceso de fermentación del mosto sino que es un exquisito arroz. Como otras veces, mi amigo Rodi en su columna del periódico Aixmi de Mesolongi sugiere  utilizar el excelente  Malagusiá para cocinar, no solo para acompañar.  Yo siempre pienso en demonios cuando  me imagino vertiendo el vaso dorado sobre el guiso, porque seguro que antes de llegar a la sartén me lo bebería codiciosa. Pero vosotros no haced caso de mi tacañería y seguid la formula como la proponen. La he probado en Mesolongi elaborada por un excelente cocinero amigo y vale la pena hacerle caso.

Cuando leí  la receta me entró un resquemor. El catecismo valenciano, grabado año tras año en mi subconsciente, sobre como cocinar el arroz seco es muchas veces fundamentalista, o me atrevería a decir que casi estalinista y sofreír cebolla o cocer el grano con poco caldo y a fuego lento puede ser motivo de detención en la lubianka y hasta de deportación a Siberia. Pero hay que tener amplio paladar  para degustar muchas cosas y elegir lo conveniente. Donde fueres haz lo que vieres es para mí la única fórmula para desnudarse de nacionalismos y acercarse a la sabiduría. Poneros el delantal que empezamos.

mejillones

Mydopilafo. Arroz con Mejillones.
Ingredientes
Medio kilo de mejillones
250 gr. De arroz
Una cebolla picada
Un kilo de tomate natural y triturado
Un pimiento verde
3 cucharadas de Perejil
2 cucharadas de hierbabuena
4 dientes de ajo
Pimienta y pimentón dulce
1 vasito de Ouzo
Un vaso de vino
Un vaso de agua

Elaboración
Calentar el aceite y sofreír la cebolla, el ajo y el pimiento a medio fuego; añadimos sal, pimienta y pimentón. Se apaga con el ouzo y se añade el tomate y el vino. Más tarde los mejillones, sin concha, y el agua. Dejar hervir unos minutos y añadir el perejil y la hierbabuena y el arroz. Hay que vigilar que siempre tenga caldo. Cuando borbotee generosamente, apagamos el fuego y tapamos la cacerola para dejar que el arroz embeba el caldo- Servir con limón.

Buen provecho.

 Το κρασί του Διονύσου
Λουδοβίκος των Ανωγείων

Έκλεψαν το κρασί του Διονύσου
μέθυσαν οι αγγέλοι τ’ ουρανού
κατέβηκαν στη γη να αμαρτήσουν
την ώρα του μεγάλου εσπερινού

Κι ήρθαν οι νύμφες των κυμάτων
ντυμένες άμμο και αφρό
έπαιζαν και σιγογελούσαν
στύβοντας απ’ τις μπούκλες το νερό

Γυμνή αλήθεια του Θεού
πάνω στην άμμο ξαπλωμένη
κι ο ποταμός του φεγγαριού
πάνω στη λίμνη να μακραίνει

Ήπιανε όλο το κρασί
χόρεψαν οι αγγέλοι και οι δαιμόνοι
μα στο χορό των σταφυλιών
όσοι χορεύουν είναι μόνοι

El vino de Dionisio
Ludovikos ton Anogion

Robaron el vino de Dionisio
Se emborracharon los ángeles del cielo
Descendieron a la tierra para pecar
A la hora de las vísperas

Y vinieron las ninfas del océano
Vestidas de arena y espuma
Jugaban y reían quedamente
Escurriendo el agua de sus rizos

La desnuda verdad de Dios
Tendida sobre la arena
Y el rio de la luna
Alejándose sobre el lago.

Bebieron todo el vino
Bailaron ángeles y demonios
Pero en el baile de las uvas
Aquel que baila está solo

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Sopas con fundamento

Por 18 mayo, 2016 Etiquetas: , , , , Comentar (8 Comentarios)

Mafalda aborrecía la injusticia, la pobreza, las guerras y…la sopa. Yo la adoraba; a Mafalda y a la sopa.
Los niños suelen encontrar aburrido ese plato caldoso donde flotan estrellas, letras, fideos y mendrugos y desconocen que es una de las formas de cocinar más antiguas que existen, tampoco les importa. Nada más descubrir el fuego debió ser inmediato el poner agua a hervir con alimentos que le confirieran sabor y algo de consistencia a base de cereales. Desde ahí hasta llegar a nuestras reconfortantes sopas de ajo, minestrone o cebolla hay un interesante camino culinario plagado de anécdotas e historias. Y en esta riada de hervores y experimentos creo que el ingrediente estrella es la harina y su manipulación posterior en forma de panes y pastas. El descubrimiento de ese proceso tan mágico y complicado de la fermentación y subida de la masa para su posterior horneado es uno de los momentos estelares de nuestra evolución. Como ya dije en anterior ocasión, Homero discriminaba entre hombres civilizados o no por su costumbre de alimentarse con pan.

Envié a mis compañeros para que indagaran qué hombres eran de los que comen pan sobre la tierra. Odisea Canto X

trigo espigas

Los misterios de Eleusis, fueron durante más de un milenio un símbolo espiritual del renacimiento primaveral en Grecia que conmemoraba la vuelta de Perséfone al mundo de los vivos, para alegría de su madre, Demeter, diosa de los cultivos y los cereales, que hacía fructificar los campos. Como ya he hablado sobre ello y para no hacerlo largo, al que le interese que lo lea aquí. Se realizaba, durante las ceremonias, diversos ritos iniciáticos y ayunos que finalizaban con la comunión con “kykeón”, un caldo hecho con cereales, cebada principalmente, hierbas, queso y vino. Este sacramento producía el éxtasis y la revelación, posiblemente por las hierbas o la presencia de contaminación de la cebada por el cornezuelo del centeno que contiene alcaloides precursores del LSD.

Pero el Kykeon era ya un brebaje muy antiguo que se utilizaba con fines alimenticios y medicinales, citado por Homero en la Iliada XI 623-641

Hecamede acercó una mesa magnífica, de pies de acero, pulimentada… la mujer, que parecía una diosa, les preparó la bebida: echó vino de Pramnio, raspó queso de cabra con un rallo de bronce, espolvoreó la mezcla con blanca harina y los invitó a beber así que tuvo compuesto el potaje.

También, en la Odisea, canto X, Circe prepara una poción parecida cuando quiere hechizar a Ulises y sus hombres para que permanezcan en la isla.

Los introdujo, los hizo sentar en sillas y sillones, y en su presencia mezcló queso, harina y rubia miel con vino de Pramnio. Y echó en esta pócima brebajes maléficos para que se olvidaran por completo de su tierra patria.

Curiosamente, me comentaba Rodi, que este menjunje se parece mucho a la “Zupa” que ingerían por desayuno los abuelos en Cefalonia antes de tomar el camino del campo. Era pan duro tronchado de trigo o de cebada, mojado en aceite y vino fermentado en un botijo. Lo acompañaban de queso feta cortado en trozos o a veces rallado y espolvoreado por encima.

Pero si hay una sopa que intriga sobremanera a los historiadores es la del “caldo negro” μέλας ζωμός, espartano. Esta comida se tomaba durante la “sisitia” o asamblea del pueblo con el ejército y se la considera símbolo de la frugalidad de las costumbres espartanas. Para su elaboración se recogía la sangre de la matanza y se mezclaba con vinagre para impedir su coagulación. En una sartén se freía la carne con grasa de cerdo y se añadía agua y cebada dejándolo cocer largo rato. Se echaba al final la sangre.

No vale poner cara de asco, ya que en Galicia se cocina la Lamprea con su propia sangre y es un plato bien apreciado. Pero sí que algún chistoso dijo que entendía porqué los espartanos no tenían miedo y estaban dispuestos a morir.

Y ya que hablamos de gracias, he leído en algún sitio una anécdota, posiblemente trola, que hace pensar que la leyenda de los “leperos” que tantos chistes generan en nuestro país, tiene raíces muy antiguas; en la propia Esparta:
Invitaron a comer a un guerrero espartano en la orilla de la playa, degustando diversos frutos del mar, moluscos y erizos entre ellos. Al finalizar la comida el espartano manifestó que no estaba mal. Pero cual fue el estupor del anfitrión cuando constató que su invitado no había dejado ninguna cáscara. Se los había comido enteros.

Hoy repito una hermosa canción: la “Pesadilla de Perséfone”, escrita por Nikos Gatsos y con música de Hatzidakis. Ya la puse cantada por Tania Tsanaklidu, versión que me encanta, pero para no repetirme del todo hoy pongo esta otra que me ha parecido muy original.

Disfrutad y nos vemos en Grecia; no creo que pueda seguir con las recetas de momento; haremos un inciso y las retomaremos más tarde. A partir de ahora os contaré historias tan irreales como la pura realidad griega.

Εκεί που φύτρωνε φλισκούνι κι άγρια μέντα
κι έβγαζε η γη το πρώτο της κυκλάμινο
τώρα χωριάτες παζαρεύουν τα τσιμέντα
και τα πουλιά πέφτουν νεκρά στην υψικάμινο.

Κοιμήσου Περσεφόνη
στην αγκαλιά της γης
στου κόσμου το μπαλκόνι
ποτέ μην ξαναβγείς.

Εκεί που σμίγανε τα χέρια τους οι μύστες
ευλαβικά πριν μπουν στο θυσιαστήριο
τώρα πετάνε αποτσίγαρα οι τουρίστες
και το καινούργιο πάν να δουν διυλιστήριο.

Κοιμήσου Περσεφόνη…

Εκεί που η θάλασσα γινόταν ευλογία
κι ήταν ευχή του κάμπου τα βελάσματα
τώρα καμιόνια κουβαλάν στα ναυπηγεία
άδεια κορμιά σιδερικά παιδιά κι ελάσματα.

Κοιμήσου Περσεφόνη…

Allí donde crecía el poleo y la menta fresca
Donde la tierra hacía brotar los ciclámenes
Ahora, campesinos negocian con cemento
Y los pájaros caen muertos sobre las chimeneas

Duerme Perséfone
En el abrazo de la tierra
Al balcón de este mundo
no salgas más

Allí donde juntaban las manos los iniciados
Reverentemente antes de entrar en el templo
Ahora tiran colillas los turistas
Y van a contemplar la nueva refinería.

Duerme Perséfone…

Allí donde el mar se bendecía
Y los balidos eran la enhorabuena de los prados
Ahora camiones transportan a los astilleros
Cuerpos vacíos de niños de chatarra y chapa

Duerme Perséfone…

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Amores de invierno

Por 15 abril, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (11 Comentarios)

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. Así comienza uno de los cuentos imprescindibles: El amor en los tiempos del cólera. Y empieza de ese modo no por pura casualidad, sino porque Gabriel García Márquez, hombre sensible y cultivado en los clásicos, sabía de sobra que el amor y las almendras han sido siempre compañeros de aventuras por las páginas y capítulos de los libros desde hace 5000 años; normalmente en narraciones tristes e imposibles, porque el amor angustiado es mucho más amor y deja en la boca el terrible e inolvidable sabor de la almendra podrida y maldita que se mezcló entre las dulces.

Amigdalia era una delicada joven que vivía en una torre en Grecia, seguramente en el Mani, donde los torreones son más altos e imponentes. La muchacha era tan delicada que su madre no la dejaba salir en invierno para que no se enfriara y la pobre se aburría lánguidamente tras las ventanas viendo llover, viendo nevar, viendo los vendavales agitar los árboles y los pájaros desaparecer de sus ramas, esperando la salida de las primeras flores, cuando volvería a emerger al jardín, como Perséfone.
Un día, el frio viento del norte, el Boriás, aulló y asoló la tierra, golpeando los cristales de la torre y asustando a Amigdalia que se asomó con precaución. El viento la vio y se enamoró perdidamente de ella; bueno, estas cosas ocurren en los cuentos; y decidió humanizarse para conquistar a la muchacha. No fue un estúpido, por supuesto, y se transformó en el más apuesto y fuerte galán imaginable y dejó el corazón de Amigdalia con un novedoso y desconocido “tipi y tap”.

-¿Por qué no abandonas la ventana para que te pueda ver de cerca?

– Mi madre no me deja. Vuelve en verano, cuando me permite bajar de la torre.

-En verano es imposible, yo soy el viento del norte y debo viajar a otras tierras. Dile a tu madre que quiero casarme contigo y que nada se interpondrá entre nosotros.

Tan perseverante fue el viento que la muchacha aceptó, en un descuido, abrir las ventanas y dejarle pasar. Boriás se abrazó a ella con impaciencia y toda su fuerza. Y la inocente y cándida Amigdalia comenzó a notar un frio intenso que partía de los brazos de su amado, le atenazaba el pecho y la garganta y acabo por congelarle el aliento y el alma. Cayó muerta en ese mismo instante ante el desconsuelo del desdichado viento que contempló sus manos asesinas y se tornó en huracán para alejarse de allí cuanto antes.

En el mismo lugar donde enterraron a la muchacha creció un árbol de flores blancas. Año tras año, con las calmas de enero, asomaban los primeros botones florales, pero cuando se abrían, soplaba el viento del norte y sacudía sus ramas intentando desnudarlas. El almendro se convirtió así en la “novia del viento del norte”.

La relación de las almendras con el amor es una constante de todas las culturas. Y la historia está llena de fábulas muy parecidas en los que una joven muere enamorada y en el lugar de su muerte brota un Prunus dulcis, un almendro, que florece en pleno invierno, como indicio de una pronta primavera. Yo creo que una de las más desgarradoras es la de Filis y Demofonte:

Demofonte era hijo de Teseo y Fedra. Al volver de la guerra de Troya arriba con sus naves a las costas de Tracia, donde Filis, la hija del rey, se enamora y se casa con él, poniendo su reino como dote. Demofonte prosigue su derrota prometiéndole regresar y ella le regala un cofre sagrado que no debe abrir más que cuando pierda toda esperanza de volver a Tracia. Los años pasaron y Demofonte no volvió. Filis bajó hasta nueve veces a la playa buscando las velas en el horizonte; cuando se percató de la vana ilusión del regreso se ahorcó, colgándose de la rama de un árbol que se convirtió en un almendro.
Claro que Demofonte abrió el cofre, como era de esperar, y algo terrible vio en su interior que le hizo enloquecer, subirse a su caballo y lanzarse a galope tendido. El animal se encabritó, lo arrojó al suelo y murió ensartado en su propia espada ¡Qué dramón! Un argumento digno de una Ópera de Puccini.

De las muchas versiones de este cuento de detalles inciertos, me quedo con la que da Ovidio en sus Heroidas; sus cartas de amor o desamor escritas por heroínas; presentando a Filis como una mujer despechada y humillada que escupe bilis sobre el recuerdo de su amante; la prefiero sobre aquellas de doncellas llorosas y resignadas. El eterno femenino encolerizado me va más:

A menudo me inventé mentiras para excusarte, a menudo pensé que los procelosos Notos viraban tus velas blancas…A menudo, suplicando a los dioses que tú, malvado, estuvieras a salvo, con plegaria me arrodillé ante los altares… Me lo juraste por el mar, que es agitado todo él por el viento y las olas.

Pues evidentemente, hoy la receta lleva almendras, las reinas de la repostería y de los cosméticos desde la época clásica. Esa fruta cuyo alimento está curiosamente escondido e inaccesible y que los romanos llamaba “nuez griega”, nux graecum. Ese árbol cuya floración nos hace esperar la primavera. Este símbolo que, emulando a Kazantzakis y su eterna búsqueda, nos invita a encontrar una pizca de divinidad entre sus hojas:
Le dije al almendro: hermano, háblame de dios. Y el almendro floreció”.

Almendras (2)

La tarta de almendras
5 Huevos
100 gr de mantequilla
1, ½ taza de azúcar
1 taza de Coñac
1 taza de sémola fina
1 taza de almendras sin cascara molida con su piel
1 sobre de levadura en polvo
Canela molida y clavo.

Para el sirope
2 tazas de azúcar
3 tazas de agua
1/2 taza pequeña de Coñac
El jugo de un limón mediano
1 sobrecito de vainilla

Elaboración
Batimos las yemas de los huevos con el azúcar, la mantequilla y el coñac. Aparte batimos las claras al punto de nieve lo añadimos poco a poco sin que baje.
Mezclamos en un recipiente la sémola con las almendras, la levadura, la canela y el clavo.
Lo mezclamos todo y se me te al horno y lo horneamos 30 minutos a 180º
Cuando la tarta esté fría echamos el sirope caliente por encima.

Φύσηξε Βοριάς – Μάρθα Φριντζήλα
Φύσηξε βοριάς κι η πόλη
άλλαξε πνοή
Ήλιε, φτιάξε μου τη μέρα
μ’ ένα σου φιλί
ν’ ανταμώσω τ’ όνειρό μου
ομορφιά μου ορφανή
να ξυπνήσω την ψυχή μου
πού ‘χει ναρκωθεί

Σαν λαθραίος μετανάστης
θα ξαναγυρνώ
στης καρδιάς μου τα λημέρια
σ’ έρημο χωριό
Έρωτά μου, πρωτεργάτη
κι ακριβή μου μοναξιά
τι γεννάει το σμίξιμό σας
κι η αποκοτιά.

Mεσ’ στου κόσμου το αλώνι
θ’ αναμετρηθώ
με τον φόβο του θανάτου
και τον ουρανό

Sopló norte- Marta Frintzila
Sopló norte y la ciudad
cambió el aliento
Sol, arréglame la mañana
con uno de tus besos
Para encontrar en mí sueño
la belleza huérfana
Para despertar mi alma
que se ha adormecido.

Como el inmigrante ilegal
regresaré al escondite del corazón
en un pueblo desierto.
Amor mío, pionero
y mi estricta soledad
Quien genera tu caricia
y tu arrojo.

Dentro del mundo la corona
para enfrentarse
con el miedo a la muerte
y con el cielo

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