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Música

El viento de Syros

Por 24 enero, 2017 Etiquetas: , , , Comentar (10 Comentarios)

Los nombres de los negocios y establecimientos a veces son un poco pretenciosos, imposibles o desorientadores y nos hacen preguntarnos el porqué de dicho apodo, qué pensó su dueño y cuál fue la curiosa historia que llevó a la elección de semejante sello, pero no nos atrevemos a sonsacar, pues suponemos que puede estar harto de explicarlo a todo el mundo.

Una vez me encontré una carnicería que se llamaba, “Rosa de los vientos”, ανεμολόγιο en griego. El letrero de colores me intrigó y desafió mi imaginación, desde entonces no he cesado en buscar la relación entre ambos conceptos; carne y aire, chicha y corriente, músculo y céfiro. Con el paso del tiempo se me olvidó, pero volvió a resurgir con fuerza la pugna cuando me topé con una ψησταριά con el mismo nombre: Rosa de los vientos. Una ψησταριά es un asador de carbón, un tiovivo de pollos, corderos y tripejas enrolladas, girando hasta el aburrimiento, como gira el mundo, como gira el universo y el aroma irresistible de las piezas en el espeto ¿Sería por eso? La tierra al girar produce el viento, como las barras metálicas ensartadas de esas piezas apetitosas difunden los olores. No sé, puestos a emparejar, ya se sabe que es posible hacerlo con el tocino y la velocidad ¿por qué no entre chuletas y brisas?

En Syros volví a encontrar una “Rosa de los vientos” pero esta vez eran unos apartamentos de alquiler. Aquí el nombre estaría más justificado. Yo imaginaba una persona en el balcón, al punto del vuelo, con el cabello revoloteando, con el fondo del cielo y mar azul batido por el Meltemi de verano y los Nortes de invierno, hasta la demencia. Las Cícladas, al estar en el centro del Egeo son las islas más ventosas y en concreto Syros, que está en el eje del archipiélago, es la isla por la que todo tiene que pasar, hasta el viento.

Aunque algunos vientos reciben nombres locales, hay una especie de convención pan-mediterránea de denominar a los grandes vientos, los más comunes, de manera parecida a una parte y otra del mar. Situándonos en un punto central imaginario, intermedio entre Creta y Malta, los vientos se denominan según su procedencia. Así el Siroco es el viento del sureste, el que viene de Siria. El Gregal o Greco es el viento de dirección noreste, la actual Grecia. El Mistral, Maestro o Maestrale es el viento del noroeste, el viento que provenía del centro del mundo: Roma. Y el Libeccio o Libico, el viento que venía de Libia. Aunque yo siempre mantengo que pudo ser el revés, que alguno de estos vientos tenía ya de por sí tanta presencia y personalidad que sustantivaban a los países de donde provenían.

En Syros está la capital de las Cicladas; Ermoúpolis. La ciudad pierde el toque pueblerino de las islas cercanas y se hace más cosmopolita. Su puerto, en el centro del Egeo, llegó a ser uno de los principales tras la independencia de Grecia y se convirtió en el centro naviero y comercial del recién estrenado país. Tuvo uno de los astilleros más importantes y productivos que atrajo dinero y población extranjera. Cuatro años después de la emancipación de Turquía solo tenía una iglesia y un puñado de casas, a finales de siglo, las desnudas rocas grises y las playas de guijarros se transformaron en viviendas y calles para albergar una población de cerca de 50.000 personas, una ciudad cosmopolita dividida en dos colinas, con su barrio católico y su barrio ortodoxo. Cuando el Pireo tomó el relvo, a finales de 1800, Syros quedó convertida en una dama distinguida que vive de sus recuerdos y viejos tiempos, con sus elegantes edificios neoclásicos, hoy anacrónicos, como joyas inservibles y con un pretencioso teatro Apollo copia de la mismísima Scala de Milan. Con el declive naval de Syros, también se asistió a la caída y desaparición de los grandes veleros de carga y cabotaje, dejando paso al modernísimo vapor. Los mástiles se amontonaban en las esquinas sucias de los puertos mientras las chimeneas resoplaban orgullosas. El viento siguió siendo importante, pero ya no indispensable.

 

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Hoy las tornas han cambiado otra vez y el puerto de Ermupolis vuelve a albergar a los numerosos veleros de alquiler, en la temporada estival, de tripulaciones de todo el mundo, que poco a poco ocupan los muelles y desplazan a los vapores y ferris. Estos también, amedrentados por la feroz fama del Meltemi andan día y noche consultando las previsiones meteorológicas y la fuerza de los vientos.

Debido a la categoría de su puerto marítimo, Syros fue una de las islas que más refugiados recibió tras la crisis de 1922, la expulsión de la población griega residente en Turquía y la quema de Esmirna. Algunos de los emigrantes trajeron su música popular que, enriquecida con otros elementos, convirtió a la isla en una de las cunas de la rebétika. Quisieron las musas que en la isla, en el barrio católico, naciera uno de los mejores compositores de rebétika de todos los tiempos: Markos Vamvakaris, Ο Μαρκος.

A la edad de 12 años, Markos, huyó de Ermupolis y desembarcó en un Pireo efervescente. El puerto de los expatriados y del lumpen, de las drogas y la prostitución; se sumergió en la melodía de un mundo que marcaría su vida para siempre. Fascinado por un hombre que tocaba el buzuki en un café, juró que si no aprendía a tocarlo en 6 meses se cortaría los dedos con una cuchilla de carnicero; instrumento que conocía bien por sus trabajo habitual como carnicero y matarife. La música era la única forma de redimirse en un mundo tan sangriento y sórdido. Compuso sus mejores canciones con los recuerdos de los aullidos del Meltemi en su isla natal y el chillido salvaje de las reses en el matadero de Atenas y nos dejó baladas tan hermosas como la que pongo más abajo.

Yo me conformé con haber encontrado el engarce entre los dos eslabones; la carne y el viento. Correspondencia que, aunque un poco endeble, me permitía descargarme de mi obsesión y respirar complacida viendo letreros sin preocuparme. Pero algún tiempo después, paseando por las calles me topé con una peluquería canina que se llamaba Ο Ανεμοστρόβιλος, El Tornado. Me desesperé al principio por la intriga, pero rápidamente me tranquilicé imaginando a sus clientes todos cardados, con sus pelos de punta, electrizados por el secador, los rabos enroscados, huyendo del salón de belleza, apresurados y dando vueltas alrededor del árbol más próximo en pos de cualquier meada como almas que lleva el diablo. Pues sí, es bastante descriptivo, yo misma lo habría elegido también.

Μες στη χασάπικη αγορά ένα χασαπάκι,
με την ελίτσα και τα φρίδια τα σμιχτά
όταν με βλέπει και περνάω από μπροστά του
τη μαχαιρίτσα του στο κούτσουρο χτυπά.

Τα μάγουλα του κοκκινίζουν και με σφάζουν
η όμορφιά του μ’ έχει κάνει σαν τρελή
με γοητεύει, με μαγεύει, με παιδεύει
τον έσυμπάθησα, μανούλα μου, πολύ.

Έχει ένα μπόι λεβεντιά, σαν τη λαμπάδα
να ξέρες, μάνα μου, πολύ τον αγαπώ
κι αν δεν το πάρω, να το ξέρεις θα χτικιάσω,
γιαυτόνε, μάνα μου, στη μαύρη γη θα μπω

En el mercado de la carne un carnicerito,
aceitunado y cejijunto
cuando me ve pasar por delante
su cuchillito golpea contra el tajo.

Sus mejillas se sonrojan y me matan
su belleza me ha vuelto loca
me seduce, me embruja, me mortifica,
me gusta, mamita mía, mucho.

Tiene una talla elegante, como un cirio
Qué sepas, mamita mía, que le amo
y si no lo consigo, qué lo sepas, enfermaré
por ello, mamita mía, en la negra tierra entraré.

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Diciendo adiós a L. Cohen

Por 15 noviembre, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (9 Comentarios)

Esta semana ha desaparecido uno de los cantantes más inseparables e imprescindibles para mí, posiblemente porque él a su vez también se ha conservado fiel a un estilo de música y poesía, sin ceder un ápice a modas ni tendencias, humilde y atormentado como pocos y que por vicisitudes de la vida se ha mantenido componiendo hasta el fin de sus días. Mi devoción por Leonard Cohen, igual por sus partisanos que por sus Aleluyas, por sus dioses angustiados o por su último disco de despedida, que todavía no he tenido ocasión de oír y que seguro que duele tanto como su pérdida, tiene también algo de hermandad, por el gran cariño por Grecia que nos unía y por la aventura de poseer ambos una casa de pueblo en una isla. Decía Cohen que un poeta no puede lamentarse sin sentido ni profundidad, ni siquiera de la muerte, si no busca la belleza por encima de todo; y en eso radicó el poder de sus canciones.

 

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Leonard Cohen en Hydra



Siempre hay una favorita, aparte de esas que suenan a épocas hermosas de juventud. Yo elegí la de Alexandra leaving, primero porque la música me parece preciosa y después porque a la letra le había yo asignado un significado, mejor dicho inventado, que hasta ahora no he podido resolver. Imaginaba la perdida de una Alexandra muy querida por el autor y hasta le inventé una relación amorosa o familiar intensa, aunque me sorprendía esa melodía dulce, sensual y envolvente; como la increíble voz de Cohen; que casi te transportaba a la alegría y la celebración. Los buenos poetas no son tan inmediatos y juegan a ocultar secretos en sus versos para hacernos pensar y elucubrar; en sí cada poema es un auténtico tratado extraído de un pedazo minúsculo de existencia, pero con toda una vida a sus espaldas; es una clara invitación a que nos detengamos y saboreemos algo que no salió de su pluma veloz sino de días y noches, después de mucho idear, recapacitar y pulir, así que el que lee tiene un hermoso cometido por delante.
A raíz de su muerte, esperada pero no menos triste, una amiga me dio la pista tanto tiempo ignorada y debo decir que me emocionó, porque comprendí nítidamente sus palabras: La belleza por encima de todo, como bien expresó mucho antes Pericles en su famoso discurso. El taimado Cohen había cambiado una letra y la tal Alexandra no era más que la legendaria Alejandría, como un intento del autor de distanciarse de un poema de Kavafis, “El dios abandona Antonio”, al que no intenta versionar sino hacerlo propio. Yo había leído ambas cosas varias veces pero no se me ocurrió casarlas.

Cuando a medianoche se escuche
pasar una invisible comparsa
con música maravillosa y grandes voces,
tu suerte que declina, tus obras fracasadas
los planes de tu vida que resultaron errados
no llores vanamente.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
di tu adiós a Alejandría, que se aleja.
No te engañes
no digas que fue un sueño.
No aceptes tan vanas esperanzas.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos de débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos de la
comparsa misteriosa
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.

K. Kavafis

Σαν έξαφνα, ώρα μεσάνυχτ’, ακουσθεί
αόρατος θίασος να περνά
με μουσικές εξαίσιες, με φωνές—
την τύχη σου που ενδίδει πια, τα έργα σου
που απέτυχαν, τα σχέδια της ζωής σου
που βγήκαν όλα πλάνες, μη ανωφέλετα θρηνήσεις.
Σαν έτοιμος από καιρό, σα θαρραλέος,
αποχαιρέτα την, την Aλεξάνδρεια που φεύγει.
Προ πάντων να μη γελασθείς, μην πεις πως ήταν
ένα όνειρο, πως απατήθηκεν η ακοή σου·
μάταιες ελπίδες τέτοιες μην καταδεχθείς.
Σαν έτοιμος από καιρό, σα θαρραλέος,
σαν που ταιριάζει σε που αξιώθηκες μια τέτοια πόλι,
πλησίασε σταθερά προς το παράθυρο,
κι άκουσε με συγκίνησιν, αλλ’ όχι
με των δειλών τα παρακάλια και παράπονα,
ως τελευταία απόλαυσι τους ήχους,
τα εξαίσια όργανα του μυστικού θιάσου,
κι αποχαιρέτα την, την Aλεξάνδρεια που χάνεις.

Κ. Καβἀφης

Kavafis a su vez inicia su poema a raíz de un pequeño fragmento de “Las vidas paralelas” de Plutarco, en concreto la dedicada a Marco Antonio y a sus últimos momentos antes de ser vencido y suicidarse en Alejandría. Kavafis era alejandrino y nadie más apropiado para sentir en su propia piel la pérdida y el final en su ciudad inolvidable.

Plutarco intenta contar la historia tal cual fue, sin adornos ni embellecimientos, pero sí con una cierta intención moralizante y puntualizando que, como ya dijo Platón, los caracteres extraordinarios producen tanto grandes vicios como grandes virtudes. Describe a Marco Antonio como: “genio hueco, hinchado y lleno de vana arrogancia y presunción, con un aspecto en lo varonil que le asemejaba con los retratos de Hércules pintados y esculpidos… Antonio se jactaba de pertenecer a Hércules por el linaje y a Baco por la emulación de su tenor de vida, haciéndose llamar el nuevo Baco.” Pero lo disculpa añadiendo: “se le agregó por último mal el amor de Cleopatra, porque despertó e inflamó en él muchos afectos hasta entonces ocultos e inactivos, y si había algo de bueno y saludable con que antes se hubiese contenido lo borró y destruyó completamente…Su alma de amante vivió en un cuerpo ajeno; fue él arrastrado por aquella mujer como si estuviera adherido y hecho una misma cosa con ella”.

La historia de los dos amantes es tan densa y tormentosa, a parte de su importancia histórica, que ha sido el refugio de muchos escritores y artistas. Shakespeare es uno de los primeros en caer bajo los encantos de la intriga de Plutarco, intentado desmenuzar esos complejos personajes. Posteriormente los directores se turnaron por llevarla al cine en varias ocasiones; mi favorita es la de un Richard Burton perdidamente enamorado de una Liz Taylor que ya no cabía más en sí de guapa; aunque también dice Plutarco que Cleopatra no era excesivamente hermosa pero sí tremendamente irresistible y seductora.

Cuando ambos se repliegan, ya asediados por Octavio, en Alejandría, cuando siguiendo con su vida disoluta y desesperada pasan sus últimos días entre banquetes y festines bautizando su relación como “la confraternidad de los que mueren juntos”, el desenlace se torna trepidante, a modo del de Romeo y Julieta: él se suicida creyendo muerta a su amante, que en el fondo le ha traicionado, y ella arrepentida rescata su cadáver para dar fin a su vida también con una famosísima picadura de serpiente. Entre esas líneas hay un pasaje secundario, casi desapercibido para el común lector apabullado por tantos sucesos dramáticos e intrigantes superpuestos, donde fija Kavafis su fija mirada de miope y construye el precioso poema de más arriba: El dios abandona a Antonio. El fragmento de Plutarco es el siguiente:

Se cuenta que en aquella noche, como al medio de ella, cuando la ciudad estaba en el mayor silencio y consternación con el temor y esperanza de lo que iba a suceder, se oyeron repentinamente los acordados ecos de muchos instrumentos y griterío de una gran muchedumbre con cantos y bailes satíricos, como si pasara una inquieta turba de bacantes: que esta turba movió como de la mitad de la ciudad hacia la puerta por donde se iba al campo enemigo, y que saliendo por ella, se desvaneció aquel tumulto, que había sido muy grande. A los que dan valor a estas cosas les parece que fue una señal dada a Antonio de que era abandonado por aquel Dios a quien hizo siempre de parecerse, y en quien más articularmente confiaba.

Y luego llega Cohen y compone la canción que a tantos nos ha enamorado, pero con su acostumbrada humilde discreción deja patente que no copia al maestro y altera una letra en el título para que nos quedemos confusos, desorientados y nos calentemos la cabeza, como yo acabo de hacerlo ahora; por ello estaremos eternamente agradecidos. Y versionando, yo esta vez, a Platón puedo añadir que los caracteres extraordinarios producen tanto monstruosidades como enorme belleza, depende de quién los mire.

De pronto la noche se ha tornado más fría.
El dios del amor se prepara para partir
Alexandra alzada sobre sus hombros
Deslizándose entre los centinelas del corazón.
Mantenidos por las simplezas del placer,
Alcanzan la luz, se entrelazan informes
Y radiantes más allá de toda medida
Caen entre voces y vino.
No es una trampa que a tus sentidos engañan
un sueño interrumpido que la mañana apagará
Dile adiós a la Alexandra que se va
Después dile adiós a la pérdida de Alexandra.
Incluso aunque ella duerme sobre tus satenes
Incluso aunque te despierta con un beso
No digas que el momento fue imaginado
No te rebajes a estratagemas como esa
Como alguien preparado para ello por mucho tiempo
Ve firmemente a la ventana y bébelo
Música exquisita, Alexandra riendo.
Tus primeras promesas tangibles de nuevo
Y tú que tuviste el honor de su velada
y que por su honor tuviste tu sanación
Dile adiós a Alexandra que se va
Alexandra que se va con su señor.
Incluso aunque ella duerme sobre tus satenes…

Como alguien preparado  para la ocasión
Con total mando sobre cada plan que hiciste naufragar
No elijas una explicación cobarde
Que se esconda detrás de la causa y el efecto
Y tú que te desconcertaste por un significado
Cuyo código estaba roto, crucifijo descruzado
Dile adiós a Alexandra que se va
Después, dile adiós a la perdida de Alexandra.

L. Cohen

PD. Muchas gracias, Carmen Roibó, que siempre me dejas miguitas e hilos, no solo para que encuentre la salida sino para que me adentre en laberintos estimulantes.

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El cartero siempre llama dos veces

Por 25 noviembre, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (12 Comentarios)
Ayer llegó el cartero con un paquete. Era un hombre normal con un carrito amarillo donde transportaba los envíos. Cuando sacó el mío se me aflojó la sonrisa y languidecí al ver los sellos de colores con sus timbres en caracteres griegos. Me acordé de Laurence Durrell, en su Reflexiones sobre una Venus marina, cuando decía que el encuentro por azar con cartas de matasellos helenos le provocaba una nostalgia irreprimible. El repartidor debió pensar que estaba pasmada, por mi sonrisa bobalicona mientras dejaba que mi mente transformara su figura de hombre corriente en la de un cartero de altos vuelos, el de Neruda o el pobre cartero muerto de Hatzidakis. Las relaciones con Grecia, cuando estás lejos de allí, tienen el poder de sanar el espíritu como un ungüento milagrero; cuando te lo untas retornas directo a tu niñez.Había contactado con un librero de viejo de Atenas que me podía conseguir un ejemplar del libro que mencionaba en la entrada anterior: Το Ταξίδι της “Χαράς”, El viaje del Jarás; un relato autobiográfico de un navegante griego que cruzó el atlántico norte con su esposa en un barco de 8 metros sin motor. El me dio un precio y me aseguró que en cuanto le llegase mi dinero lo pondría en el correo. Ya sé que a alguien le podría chocar el hecho de poner una transferencia a una cuenta bancaria particular de un desconocido a cambio de una simple promesa, pero llevo tantos años en el país que no me produce la más mínima inquietud. Los griegos son gente de palabra; eso no quiere decir que no haya ladrones o estafadores, los hay, pero son de más altos vuelos. Es una situación que he vivido en numerosas ocasiones; las cosas pueden tardar y hasta eternizarse pero no es necesario preocuparse, llegarán. Esto en sí parece una tontería, pero la confianza entre la gente es uno de los tesoros más envidiables de Grecia. Yo me dispuse a esperar el tiempo que hiciera falta y se me quedo grabada la canción de Hatzidakis El cartero murió, que llevo tarareando hasta el momento del timbrazo. Ringgg.

– Ohhh

Subí a casa como flotando, mirando aquel paquetito de papel de estraza, escrito a mano y con unos sellos de héroes y mitos; casi daba pena abrirlo. Con cuidado fui desembalando las capas y capas que el librero había envuelto con mimo y llegué a un volumen antiguo y sin desbarbar. Hacia muchos años que no veía un libro así y hasta me había olvidado de su existencia. Este tipo de edición, hoy desconocida excepto para algunos coleccionistas, usaba una hoja de papel de gran tamaño que abarcaba el texto de varias páginas, esta última se doblaba formando un pliego y  muchos cuadernillos de esos se unían mediante cosido o fresado y se encuadernaban. Como todo el proceso era artesanal los pliegos se dejaban muy a menudo intonsos, palabra que yo desconocía hasta ahora y que significa literalmente “sin cortar las barbas”. Es el propio lector el que debe abrir los bordes unidos de las páginas a medida que avanzaba en la lectura. Posteriormente se idearon máquinas que se encargaban de esta labor y sólo en algunos libros exquisitos de coleccionista se mantiene la costumbre de no cortar las páginas. Para un bibliófilo estos ejemplares intonsos, que no han sido abiertos ni por tanto sobados o leídos, tienen un valor superior al del ejemplar afeitado si barbas. Dice Víctor Infantes en su Biblia de los bibliófilos: “El bibliófilo no debe caer jamás en la tentación de leer un libro … Qué mayor honra que adquirir un libro que no tiene la más leve señal de haber sido leído, incólume y virginalmente conservado; y transmitirlo así, para otros afectos, sin el más mínimo testigo de una ignominiosa lectura.” En cualquier campo en el que te metas a indagar hay frikis.

 

El viaje del Harás

 

Pero volvamos a “el viaje del Jarás” ; allí estaba, entre mis manos, compilado en aquel pequeño objeto barbado, misterioso, secreto, excitante más que cualquier otro libro. Y yo, provista de un cuchillo jamonero bien afilado, canturreando “la muerte del joven cartero”, mientras recordaba aquellos puñales que había en los escritorios de mi infancia con los que alguna vez hemos jugado a herir y ser heridos de gravedad pero sin morir; siempre había escusas para mantenerse vivo de forma perpetua, para enfado de tus amigos.
Lo bueno de estos libros es que solo vas cortando las hojas que lees y esto es un proceso lento y mimoso para no convertir esa joya en un cuaderno de parvulario. Todo un placer delicado para pasar una tarde de frío como hoy mientras las páginas nos trae imágenes evocadoras del pasado. Pero ¡Ah! ¡Mi perdición! Ya en los primero párrafos el autor hacía mención a un libro del escritor Tasos Zappas que a él le había marcado como ningún otro: “El Jónico en una barca”; la edición debe ser de los años 30. Y ¿Qué hago? ¿Qué he hecho? Pues evidentemente volver escribir al librero griego sin mucha esperanza. Él me ha respondido que cree que lo puede conseguir.

 

Fotografía del Jónico en una barca

Fotografía del Jónico en una barca

 

El cartero murió
Letra y música de Manos Hatzidakis
Canta: Sabina Yiannatu

Ο ταχυδρόμος πέθανε…
…ήταν παιδί στα δεκαεφτά
που τώρα έχει πετάξει

Ποιος θα σου φέρει αγάπη μου
το γράμμα που `χα τάξει;

Και σαν πουλί που πέταξε
η πικραμένη του ζωή,
πέταξε πάει και του `φυγε
η δροσερή πνοή

Ποιος θα σου δώσει αγάπη μου
το τελευταίο φιλί μου;

Ο ταχυδρόμος πέθανε στα δεκαεφτά του χρόνια
κι ήταν αυτός η αγάπη μου,
η κουρασμένη του σκιά τώρα πετά στα κλώνια,
φέρνει δροσιά στ’ αηδόνια

Ποιος θα σου δείξει αγάπη μου
πού `ναι του ονείρου ο δρόμος
αφού πεθάναμε μαζί εγώ κι ο ταχυδρόμος;

El cartero murió
era un muchacho de diecisiete años
que ahora ha volado
¿Quien te llevara amor mio
la carta que te había mandado?
Y como un pájaro que voló
la amarga vida suya
voló, se marchó y se le fue
su aliento fresco.
¿Quien te dará amor mio
mi último beso?
El cartero murió a la edad de diecisiete años
y él era mi amor
Su cansada sombra
ahora vuela entre las ramas
trae frescor a los ruiseñores.
¿Quien te enseñará amor mio
cual es el camino de los sueños?
Ya que hemos muerto juntos yo y el cartero.
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El baile del águila

Por 20 agosto, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (8 Comentarios)
Desperté soñando que una melaza empalagosa y mórbida manaba de las montañas como una lava suave y se extendía lentamente por los prados, subiendo los troncos de los árboles, trepando a las copas de los cipreses, con el rayar del alba grisácea le daba al momento un toque irreal. Pero no fue realmente un despertar, si no ese estado ilusorio que existe entre el sueño y la vigilia en el que los sentidos intercambian sensaciones entre ellos. No era un manantial de mermelada si no el sonido dulzón de un clarinete que acompañaba una voz rasgada y destemplada, entonando una melodía repetitiva. ¡Qué exagerados que son! Eran las 6 de la mañana. Decidí acercarme a la plaza para ver quien cantaba y quien bailaba a esas horas azules.

El 15 de agosto es una fiesta muy especial en Grecia. Es como nuestra Virgen de Agosto, días de festejos y verbenas, pero para los griegos es tan importante como la Pascua o las Navidades; momento de desplazarse a las islas y los pueblos de los abuelos y de reencontrarse con familiares y amigos que hace tiempo que no se ven, comentar las novedades, constatar cómo han crecido los niños, quien ha emigrado, quien ha conseguido volver. Para los habitantes de los pequeños pueblos son días de mucha felicidad porque logran ver la pequeña villa, casi abandonada en invierno, bullendo otra vez con gente, como en los buenos tiempos. Pero sobre todo son noches de música, de pinchos a la brasa y de bailar hasta que el cuerpo aguante.

Cuando me arrimé al escenario los músicos  se tambaleaban cansados al compás de la canción y un solo bailarín permanecía en la pista. Era un hombre delgado, con el pelo cano y unos bigotes enormes. Vestido como los camareros de antaño; camisa blanca remangada, pantalones negros y zapatos acharolados de cordones que relucían con sus pasos de baile, iluminados por las bombillas festivas de colores. Danzando con los brazos en alto y la cabeza gacha. Concentrado en su coreografía como si no hubiera más en el mundo que esos gestos y esa composición que ejecutaba; ni amanecer, ni fiesta, ni gente dormitando sobre las mesas. Bailaba solo, para sí mismo, con una incomunicación solemne.

Los griegos suelen bailar en corro como un estado de comunión con los amigos. Bailar, pueblo y país tienen la misma raíz. El baile tiene un sentido ancestral de intercambio y unión entre los bailarines. Nada nuevo, se baila de esa forma en muchas partes del mundo. Solo el que lleva la voz cantante, el primero de la fila, se permite hacer filigranas diferentes a las del resto del grupo. Apareció mi amiga Sula, de 80 años, toda vestida de negro; con el menguar de los años parecía una hormiguita oscura entre un coro de patosos elefantes. Los llevó a todos por la calle de la amargura bailando una danza antigua; de sus mozos tiempos; que nadie conocía también como ella. Le aplaudieron a rabiar. Yo también salí, he de confesarlo, y resurgí airosa del trance. Pero eso fue a primera hora de la noche, con el pasar de las horas, solo quedaron los resistentes.

El viento del alba levantaba los vasos de plástico que giraban en el suelo y en las mesas como el solitario danzarín y las brasas aun no extinguidas de la hoguera de suvlaquis ascendía hacia el cielo ahumando a las pobres lechuzas que no habían osado a dar un Cuu en toda la noche. Los finales de fiesta siempre tienen algo de desolación, pero ese hombre solitario girando con la triste melodía superaba toda melancolía. Pocas veces he visto a alguien danzando tan elegantemente un “zeibekiko” y con tanta introspección.

El zeibekiko es un baile de origen tracio, exportado a Asia menor y posteriormente recuperado con la llegada de los refugiados griegos expulsados de Esmirna y Estambul en los años 20. Según autores, el nombre proviene de Zeus, el dios, y beko, pan; la unión del cuerpo con el espíritu. También le llaman el baile del águila, el alter ego de Zeus, porque se baila con los brazos bien abiertos e incluso moviendo las manos hacia arriba, con el chasquear los dedos, imitando el movimiento de las plumas distales de las alas del ave al planear. Es un baile estrictamente masculino que implica un sufrimiento y una pasión interior que solo puede calmar con una danza eremita en busca del éxtasis y el consuelo. Nadie aplaude, todos miran; a lo sumo se arrodillan frente a él dando palmas secas en una forma de acompañamiento y conmiseración con el doliente. Antiguamente solo podían bailarlo mujeres mayores y con lutos desgraciados pero en la actualidad hay muchas féminas que se atreven con él, dándole un toque más dulce y menos sobrio.

El ritmo del zeibekiko es un endemoniado 9 por 8, muy difícil de interiorizar para un neófito. No tiene pasos, sino figuras y se trata más de una improvisación que de un baile de normas establecidas, algo parecido al flamenco. La canción se espera o se elige y a menudo es una petición a los músicos para que interpreten esa que al bailarín le transporta a ese lugar tan suyo de pena y oscuridad personal. Si la tararea, lo hará bajito, se agachará y dará palmadas en el suelo, golpeando a la tierra para que le deje entrar y terminar así con su sufrimiento.
Así fue, el último acorde paró en seco y el hombre permaneció con una rodilla al suelo y un puñetazo en tierra. Clareaba. Me acordé de una estrofa de Markos Bambakaris:
Τι πάθος ατελείωτο που είναι το δικό μου, όλοι να θέλουν την Ζωή και εγώ το θάνατο. Que pasión interminable la mía, todos quieren la vida y yo la muerte…

La vida continuó al día siguiente.

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