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Música

El baile del águila

Por 20 agosto, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (8 Comentarios)
Desperté soñando que una melaza empalagosa y mórbida manaba de las montañas como una lava suave y se extendía lentamente por los prados, subiendo los troncos de los árboles, trepando a las copas de los cipreses, con el rayar del alba grisácea le daba al momento un toque irreal. Pero no fue realmente un despertar, si no ese estado ilusorio que existe entre el sueño y la vigilia en el que los sentidos intercambian sensaciones entre ellos. No era un manantial de mermelada si no el sonido dulzón de un clarinete que acompañaba una voz rasgada y destemplada, entonando una melodía repetitiva. ¡Qué exagerados que son! Eran las 6 de la mañana. Decidí acercarme a la plaza para ver quien cantaba y quien bailaba a esas horas azules.

El 15 de agosto es una fiesta muy especial en Grecia. Es como nuestra Virgen de Agosto, días de festejos y verbenas, pero para los griegos es tan importante como la Pascua o las Navidades; momento de desplazarse a las islas y los pueblos de los abuelos y de reencontrarse con familiares y amigos que hace tiempo que no se ven, comentar las novedades, constatar cómo han crecido los niños, quien ha emigrado, quien ha conseguido volver. Para los habitantes de los pequeños pueblos son días de mucha felicidad porque logran ver la pequeña villa, casi abandonada en invierno, bullendo otra vez con gente, como en los buenos tiempos. Pero sobre todo son noches de música, de pinchos a la brasa y de bailar hasta que el cuerpo aguante.

Cuando me arrimé al escenario los músicos  se tambaleaban cansados al compás de la canción y un solo bailarín permanecía en la pista. Era un hombre delgado, con el pelo cano y unos bigotes enormes. Vestido como los camareros de antaño; camisa blanca remangada, pantalones negros y zapatos acharolados de cordones que relucían con sus pasos de baile, iluminados por las bombillas festivas de colores. Danzando con los brazos en alto y la cabeza gacha. Concentrado en su coreografía como si no hubiera más en el mundo que esos gestos y esa composición que ejecutaba; ni amanecer, ni fiesta, ni gente dormitando sobre las mesas. Bailaba solo, para sí mismo, con una incomunicación solemne.

Los griegos suelen bailar en corro como un estado de comunión con los amigos. Bailar, pueblo y país tienen la misma raíz. El baile tiene un sentido ancestral de intercambio y unión entre los bailarines. Nada nuevo, se baila de esa forma en muchas partes del mundo. Solo el que lleva la voz cantante, el primero de la fila, se permite hacer filigranas diferentes a las del resto del grupo. Apareció mi amiga Sula, de 80 años, toda vestida de negro; con el menguar de los años parecía una hormiguita oscura entre un coro de patosos elefantes. Los llevó a todos por la calle de la amargura bailando una danza antigua; de sus mozos tiempos; que nadie conocía también como ella. Le aplaudieron a rabiar. Yo también salí, he de confesarlo, y resurgí airosa del trance. Pero eso fue a primera hora de la noche, con el pasar de las horas, solo quedaron los resistentes.

El viento del alba levantaba los vasos de plástico que giraban en el suelo y en las mesas como el solitario danzarín y las brasas aun no extinguidas de la hoguera de suvlaquis ascendía hacia el cielo ahumando a las pobres lechuzas que no habían osado a dar un Cuu en toda la noche. Los finales de fiesta siempre tienen algo de desolación, pero ese hombre solitario girando con la triste melodía superaba toda melancolía. Pocas veces he visto a alguien danzando tan elegantemente un “zeibekiko” y con tanta introspección.

El zeibekiko es un baile de origen tracio, exportado a Asia menor y posteriormente recuperado con la llegada de los refugiados griegos expulsados de Esmirna y Estambul en los años 20. Según autores, el nombre proviene de Zeus, el dios, y beko, pan; la unión del cuerpo con el espíritu. También le llaman el baile del águila, el alter ego de Zeus, porque se baila con los brazos bien abiertos e incluso moviendo las manos hacia arriba, con el chasquear los dedos, imitando el movimiento de las plumas distales de las alas del ave al planear. Es un baile estrictamente masculino que implica un sufrimiento y una pasión interior que solo puede calmar con una danza eremita en busca del éxtasis y el consuelo. Nadie aplaude, todos miran; a lo sumo se arrodillan frente a él dando palmas secas en una forma de acompañamiento y conmiseración con el doliente. Antiguamente solo podían bailarlo mujeres mayores y con lutos desgraciados pero en la actualidad hay muchas féminas que se atreven con él, dándole un toque más dulce y menos sobrio.

El ritmo del zeibekiko es un endemoniado 9 por 8, muy difícil de interiorizar para un neófito. No tiene pasos, sino figuras y se trata más de una improvisación que de un baile de normas establecidas, algo parecido al flamenco. La canción se espera o se elige y a menudo es una petición a los músicos para que interpreten esa que al bailarín le transporta a ese lugar tan suyo de pena y oscuridad personal. Si la tararea, lo hará bajito, se agachará y dará palmadas en el suelo, golpeando a la tierra para que le deje entrar y terminar así con su sufrimiento.
Así fue, el último acorde paró en seco y el hombre permaneció con una rodilla al suelo y un puñetazo en tierra. Clareaba. Me acordé de una estrofa de Markos Bambakaris:
Τι πάθος ατελείωτο που είναι το δικό μου, όλοι να θέλουν την Ζωή και εγώ το θάνατο. Que pasión interminable la mía, todos quieren la vida y yo la muerte…

La vida continuó al día siguiente.

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Casi no llegamos al concierto

Por 14 julio, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (17 Comentarios)
Comenzó la caída del rocío sobre las ramas de los árboles y sobre las piedras desgastadas de lo poco que quedaba de un monasterio. La ausencia de brisa dejaba arder llamas verticales y limpias que subían de cada vela, colocadas en fila en el escenario, en los escalones, bajo los pequeños iconos de la capilla abierta de par en par esa noche; iconos ortodoxos de miradas sesgadas y enigmáticas. El pope daba sus últimas bendiciones mientras los tres músicos y la cantante se disponían bajo un cielo aun de raso y con alguna estrella impaciente como nosotros. La electricidad era palpable y hacía saltar chispas a cada movimiento. Era el domingo 12 de julio y mientras nosotros escuchábamos a Ludovikos ton Anogión, el futuro del país se debatía a puerta cerrada a muchos kilómetros de aquí. Presentíamos que aquella noche era única y última;  la última de algo que nadie se atrevía a nombrar.
Este músico y compositor cretense es de los favoritos de mi amiga María. Cuando, saltando y palmoteando, me dijo que actuaba en un monasterio medio abandonado del bosque, no lo dudé un segundo y le dije:

– Esa tarde cierras la taberna, venimos a por ti y nos vamos dando un paseo por el campo.

– Sí. Y me pondré mi vestido blanco.

Se enfrascó en sacar y colocar todos los CDs que tenía de él y disponerlos alrededor de la foto enmarcada del cantante, como en un altar. A ella misma le dio un ataque de risa.

Cuando llegué la tarde del concierto y vi toda la taberna llena de gente la miré y sin esperar mi pregunta respondió:

– Tenían sed y ¿Qué iba a hacer yo?- Se arrimó a mi oído y me dijo en voz baja- Después del concierto vienen los músicos a cenar a mi taberna.- Destapó unas cacerolas y me admiré de los exquisitos platos que había estado cocinando; empanadas de calabacín y menta, flores rellenas de arroz, pollo al limón.- ¿Le gustará al cretense? ¿Tú que crees?

El teléfono no paraba de sonar. Que si periquito tiene hambre y hay que subirle un bocadillo al monasterio, que si a Juanito, montando el escenario, se le ha caído una piedra en el pie y necesita una tirita, que si zutanito quiere agua. Andaba por allí Stelios, un amable vecino que a veces aparece en la taberna a ayudar, a cambio de que le dejen darle un buen tiento a la nevera
de las cervezas. Subía y bajaba Stelios con todos los recados, pero cuando llamaron pidiendo Frapés, primero se negó en redondo, luego me miró y por último, con ese alegre desparpajo que tienen los griegos, para los que pocas veces algo es considerado imposible, nos dijo:

– Yo llevo el coche y vosotros los cafés.

No rechistamos. Nos metimos en el automóvil abrazados a unos vasos bailarines y salpicantes, mientras él se encargaba de pillar todos losbaches, subirse en todas la piedras y tomar las curvas lo más deprisa posible. Cuando llegamos, la mayor parte del café la llevábamos encima pero a nadie pareció importarle. Las sillas estaban dispuestas, las velas colocadas y el escenario preparado.
Volvimos a la taberna para darle el primer aviso a María, pero estaba desolada. Acababa de descubrir una mancha en su vestido y sin pensárselo dos veces lo había lavado y colgaba chorreando de un árbol en medio de las mesas, donde todavía daba el sol. Los clientes que pasaban indudablemente se enredaban en sus flecos.

– Si no se seca me lo pondré mojado.

El teléfono seguía sonando y yo comenzaba a impacientarme mirando el reloj. Pero con la última llamada, María se había puesto lívida y se aferraba al auricular mientras canturreaba una canción. Colgó y casi no hablaba.

– Era él, Ludovico. Me ha preguntado ¿De qué color es el amor? Y luego me la ha cantado bajito.- No hubo forma de que se recuperara, flotaba como un algodón de campo mientras me preguntaba al oído- ¿Tú sabes de qué color es el amor?

– Rojo, María. Como el de la rabia que nos va a dar como no lleguemos al concierto.

Conseguimos embutirle el vestido mojado y cerrar sus pulseras finas. Se pintó ojos y labios, coloreó sus mejillas y tras media hora de mirarse al espejo; tiempo que decidimos pasar compartiendo con Stelios parte de la nevera; apareció en la puerta como una sacerdotisa blanca. Se agarró a nuestro brazo y nos fuimos. Nos paramos a saludar a todas y cada una de las personas con las que nos cruzamos.

– Stelios ¿Te vienes?
– No, me quedo a controlar las brasas. Dijo mientras buscaba
el abrebotellas.

Concierto

Llegamos con las últimas bendiciones y las primeras notas. Comenzó la melodía y un gran silencio. Entre canción y canción Ludovico contaba
chistes y María se desternillaba. Con el inicio de los primeros compases de cada balada, María me agarraba el brazo hasta gangrenarlo; luego lloraba mientras canturreba bajito. Así se pasó la noche; llora que te llora, rie que te rie Algunos gritaban Viva Grecia, otros hacían coros con una estrofa sobre el Sí y el No. Nos emborrachamos con el encanto. Al día siguiente nos sorprendió la resaca.

El color del amor
Letra y música: Ludovicos ton Anogión
¿Cual es el color del amor?
¿Quién me lo puede decir?
Si es rojo como el sol
Quemará como el fuego
Si es amarillo como la luna
Tendrá soledad
Si tiene el color del cielo
Estará muy lejano
Si es negro como la noche
Será malvado
Cual es el color del amor…
Si es una nube blanca
Irá y vendrá
Si es un blanco jazmin
Se marchitará
Si es un arcoíris no podre atraparlo
Siempre parece que lo alcanzo
Pero se escapa

Cual es el color del amor…

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La taberna purpura

Por 28 noviembre, 2014 Etiquetas: , , , Comentar (10 Comentarios)
Noto que el corazón me pica y hace tic-tac. Cuando eso ocurre quiere decir que me ha llegado una nueva historia para escribir, porque no se hacerlo de otra manera, si no hay víscera o entrañas mis manos se quedan quietas. Pero luego llega el cerebro y protesta y quiere su parte, el sustento que lo mantiene alerta, el deseo de algo diferente, aprender cosas nuevas cada día. Aprender para seguir vivo. Y entre uno y otro extraigo fragmentos descosidos que necesitarían un buen sastre para darles forma. Ahí está la aventura que a veces me cuesta tanto de hilvanar. Tic-tac. Finikunda.

A Finikunda hubiéramos ido de todos modos pues aunque en el puerto no se cabe, se puede fondear en la parte de fuera del muelle, siempre que haga buen tiempo. Es un puerto del Peloponeso agradable, de pocas calles paralelas al mar que da gusto pasear. En cada callejón, el azul omnipresente sorprende hasta el más despistado.

Pero el Tic-tac no fue el azul, que aunque sobresalta, es costumbre griega conocida, sino que la taquicardia empezó con el nombre del pueblo; Finikunda. Hasta 1930 el puerto se llamaba “Taberna”, evidentemente porque había un establecimiento de este tipo que congregaba a los pescadores y hombres de mar entre lances y mareas. Me dio un vuelco arrítmico porque uno de mis placeres es el descubrimiento de tabernas. No vale cualquiera y es difícil la elección. En Grecia la mayoría suelen ser sitios agradables, con buenas vistas o un ambiente especial, con una cocina modesta pero de buenos ingredientes, todas suelen ser buenas. Pero para exclamar lo de ¡He descubierto una taberna! hace falta un ¿Qué sé yo? Esa emoción que te recorre la piel, ese suspense de lo que nos depara la noche. ¿Exagero? Ni hablar. No se trata de comilonas sino de algo mucho más sutil.  Hay una gran labor de investigación por mi parte para descubrir esos sitios singulares y cuando encuentro una buena taberna me quedo pegada, dejo que los acontecimientos me desvelen que fue lo que me llevó hasta ella y normalmente, acabo aprendiendo muchas cosas. El corazón y el cerebro, lo racional e irracional.

El caso es que en 1930, el ayuntamiento, decidió devolver el nombre  arcaico del pueblo, porque era tal la proliferación de tabernas que la denominación “Taberna” era polémica y poco descriptiva. Así que resolvieron llamarle Finikunda, de Λιμήν φαινικούς, tierra de la púrpura, según Pausanias.

Hubo un tiempo, que aún perdura en ciertas curias, en el que un ciudadano de Roma demostraba su nobleza por el número de prendas purpúreas que vistiera. Aunque fuera un fleco, un estandarte, un pendón en la bandera, toda una vida de legiones e intrigas dedicadas a adquirir ese privilegio. El púrpura teñía los barcos de Cesar y las velas de Cleopatra, se utilizaba sobre los oídos enfermos, en los tapices de La Ciudad, en la pintura Bizantina, en los pergaminos de los emperadores, en su exclusivo calzado rojo. Tanto es así que hay una frase muy famosa de la emperatriz Teodosia negándose a abandonar Constantinopla por los conflictos con las diversas facciones políticas, en la que hace alusión al color distintivo de los emperadores:

“… el trono es un glorioso sepulcro y la púrpura el mejor sudario”

La historia se repite y da vueltas sobre sí misma. Somos capaces de sobrepreciar cosas, aparentemente sin mucho valor, y empeñar nuestra vida en poseerlas por encima del empeño de los demás. El oro, la plata, brillantes, la seda, el té, el petróleo…el color púrpura.

El colorante se extraía de una glándula de una caracola marina, Murex brandaris, que en su versión comestible, aquí en España, la conocemos como Cañailla. El líquido primordial es blanco pero adquiere color al exponerse al sol. En el calor del día, las tonalidades cambian rápidamente en una sucesión de verdes; claro, oscuro y un intenso mar,  en unos minutos más  aparece un brillante rojo que virará a granate. Si esperamos unas horas y suponiendo que el sol todavía brille, tomará un matiz purpura intenso. Más tarde el astro poderoso ya no puede hacer nada más, se esconde y queda el tinte para deleite de quien lo posea. Los maestros en el arte de la púrpura fueron los fenicios, que curiosamente se llaman en griego φοινικικός, finikikós.

Realmente sorprende a quien se le pudo ocurrir un proceso tan complicado para teñir. Se atribuye el descubrimiento, como tantas otras curiosidades, a Heracles. Un día su perro mordió una concha de murex y su boca se tornó morada. Heracles ansiaba a la  hermosa ninfa Tiro, que al ver al perro deseó de inmediato una prenda teñida del mismo color. Heracles no tuvo más remedio que acceder a ello y nació el famoso tinte púrpura de Tiro.

Este puerto fue en su momento, como los fenicios de Tiro o Sidón, un acumulo de caparazones calcáreos, vacíos, inertes, conchas selectas, con protuberancias diseñadas para protegerse del enemigo que nunca la evolución pensó llegara a ser tan poderoso como un humano. Un molusco con mala suerte, con la maldición de tener en sus entrañas un líquido precioso que daba color a la vanidad. Se necesitaba un kilogramo de glándulas para proporcionar 60 gramos de tinte, y se necesitaban 200 gramos para teñir un kilogramo de lana. Y para obtener un kilogramo de glándulas, se necesitaban, en vivo, unos 50.000 ejemplares. Esta playa por la que paseamos tiene con seguridad granos de esas conchas. Así es como mi mente se picó y se puso a indagar.

Siempre que me enfrento a estos enigmas me pongo a buscar canciones que me aclaren las cosas, pero todo lo contrario; traducir canciones me hace sudar gotas de sangre, púrpura o no, me conduce por laberintos que no imaginaba y me dejan con interrogantes mayores de difícil solución.  Cuando encontré esta que pongo a continuación  estuve a punto de abandonarla, pero como soy cabezota seguí con ella y acabé pidiendo auxilio a mi profesora de griego, Isabel García,  más lista que el hambre y tan cabezota como yo, que se emperró en desvelar el enigma. El placer sano de descifrar la poesía y dejarte con más preguntas que cuando empezaste.

Habla probablemente de Constantino Paleólogos, dinastía procedente de Mistrás. Fue el último emperador del imperio Romano y murió en la defensa de Constantinopla, momento triste y crucial de la historia de los griegos. Dado el estado en el que dejaron su cuerpo, solo pudo ser reconocido gracias las sandalias púrpura que llevaba en ese momento, calzado que sólo los emperadores bizantinos tenían derecho a usar.

Τα πορφυρά καμπάγια
Στίχοι: Θοδωρής Γκόνης
Μουσική: Πέτρος Ταμπούρης

Τα πορφυρά καμπάγια του
τα ρόδια του Μυστρά
τα πήραν και τα κρύψανε
στον κόρφο τους βαθιά.

Τα πορφυρά σαντάλια του
με τους χρυσούς αετούς
με το σταυρό δεμένα
και με τους ουρανούς.

Γι`αυτό κι όταν ραγίζουνε
το χώμα κοκκινίζουνε
και τα μικρά παιδιά
την Πόλη ζωγραφίζουνε
και την Αγιά Σοφιά.

Las sandalias púrpura
Letra: Teodoro Gonis
Musica: Petros Tambouris

Las sandalias púrpura suyas
Las granadas de Mistrás
Las cogieron y las escondieron
En lo más profundo de su seno.

Sus sandalias púrpuras
Con las águilas de oro
Ligadas a la cruz
y a los cielos.

Por ello cuando se quiebran
la tierra tiñen de rojo
y los niños pequeños
pintan la Ciudad (Estambul)
y Santa Sofía.

Ahora cuando mire una pintura bizantina siempre buscare al portador de las sandalias rojas o las ropas púrpuras. Ha valido la pena el esfuerzo. Mi razón se queda satisfecha. A estas alturas seguro que hay quien piensa que me he trastornado, pero ha sido solo la intriga de un nombre.

Tic-tac, tic-tac…. ¿Y la taberna?

Tranquilo, no me olvido; pero continuaré con ella en otro momento, pues si sigo hoy acabaré preguntándome por qué las granadas de Mistrás son tan importantes y cogieron las sandalias y por qué tiñen la tierra de rojo y los niños pintan… ¡Uf! Buenas noches.

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El baile de los malditos

Por 25 julio, 2014 Etiquetas: , Comentar (14 Comentarios)
De todos los animales parece ser que el hombre es el único que es capaz de bailar, me refiero a danzar por placer, no valen osos ni perritos amaestrados ¿Para bailar qué necesitamos? ¿Música? Yo creo que no hace falta una melodía elaborada, sino que a veces basta con un compás desnudo; el de unos tacones, unas palmas, unos nudillos, unos palillos o unas cucharillas. O con simples pedorretas.  Pero no es extraño ver bailar; ilusionadamente me refiero; a loros o cacatúas. Precisamente son ellos, como nosotros, los únicos capaces de entonar música con la boca. Alguna vez leí algo al respecto; que para sentir la necesidad de mover los huesos al ritmo de una harmonía es condición imprescindible poder entonarla primero. Ay que ver lo complicada que es la mente.

Este video que encontré en youtube con esta cacatúa rockanrolera ilustra muy bien lo que quiero decir. Se lo pasa de miedo.

Quien canta sus males espanta, pero quien baila también. Con los años, nos volvemos tan timoratos que solo cantamos y bailamos a solas, porque está claro que no lo hacemos muy bien de acuerdo a los cánones; nos olvidamos que ambas actividades son una válvula de escape a los sentimientos más profundos que se quedan dentro de la olla a presión de nuestro cerebro y que los bailes corales se idearon también como ceremonia de socialización y comunión entre los miembros de un clan.

Todo aquel que haya leído el Zorba de Katzatzakis, o visto la película del soberbio Anthony Quinn; que representó como nadie al griego inmortal; se acordará de lo importante que era el baile para el vital y libre personaje y que solo al final de la historia es capaz de hacer entender al intelectual y encorsetado Basil que la vida es mucho más simple y que muchas preocupaciones se solucionan de forma también sencilla; bailando.

Es verdad que los griegos son muy dados a sus bailes, en cuanto oyen un buzuqui, se ponen con las manos haciendo palillos, pero saben elegir muy bien el donde y el cuándo. A mí me revientan un poco los sitios turísticos donde ponen el Sirtaki y sacan a los guiris. Sosos, como ellos solos, se lanzan a dar patadas a diestro y siniestro con los brazos en alto. Es como lo del toro y el torero de los hoteles Portinax, en Ibiza, o en cualquier otro sitio de España; se me eriza el pelo de pensarlo. Así que cuando alguien me dijo lo de “enséñanos a bailar” Yo pensé que ni hablar, que habrase visto ¡Qué pensarán los de la taberna!
Pero fue en una noche de verano, de una lunita entera, llena de presagios y de hombres lobo, vampiros, locos y enajenados bailarines. La playa con 6 olivos oscuros, sordos y ciegos; para no decir ni mu. Solos solitos en la taberna, un rebétiko que te ponía la piel como de lija y los kilos de vino blanco que iban y venían de la cocina a la mesa ellos mismos, sin pedirlos.

Pamplinas al fin y al cabo, para justificar que al final consentí en enseñarles mi mal aprendido hasapikó, Sirtaki para el neófito, que me enseñó algún amigo bailón. Comenzamos a dar patadas a discreción, claro. Los hijos del tabernero, recién salidos del toril escolar, hacían sus deberes en una mesita en la esquina; o pintaban monas, más bien. Nos miraron divertidos y poco a poco se acercaron. El niño estaba muy serio,  yo le pregunté que si sabía bailar. Claro, me contestó muy orgulloso. Pues baila con nosotros. No. Pues nada, tú te lo pierdes. Y salió escopeteado a esconderse en la cocina.

Bailamos y bailamos, sin parar, como malditos; alzando los brazos, en corro y por separado. Y la niña, que era más niña, y que todavía no había sido picada por la timidez de los años se unió a la fiesta como uno más. Bailamos sin descanso. A su padre, el cocinero,  se le caía la baba de vernos, dejó el mandil sobre los fogones y salió también al ruedo. Bailamos todos como malditos. Y el niño, que atisbaba desde la cocina, se sintió estúpido y le entró una envidia total. Se arrimó como quien no quiere la cosa. Bailó como un maldito, rebozándose por los suelos, mientras le palmeábamos, pegando manotazos  a tierra y levantando la pierna sobre nuestras cabezas. Volaron los papelillos sobre nosotros que caían sobre el niño danzarín y en sus giros los revolvía haciéndolos flotar otra vez como torbellinos. Fue la luna, no lo dudo ¿Quién sino?

Cuando nos íbamos exhaustos, me preguntaron si habíamos disfrutado.

– ¿Cuándo nosotros vayamos a España también bailaremos como aquí?

– Claro, claro.

Pero no pude decirles  que un baile en España podría levantar ampollas, según en qué situaciones. Por ejemplo, si se ponen a bailar sevillanas en Bilbao o Sardanas en Valencia.
¿Cómo explicarles eso, si yo tampoco lo entiendo?

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