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Nautica

Habaneras de una goleta

Por 6 noviembre, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (2 Comentarios)

En la esquina más sucia de la dársena, al fondo, donde las corrientes acumulan porquerías, ratas y desechos me encontré con un barco que un día quise. Un amante casi olvidado que a pesar de los años y lo que habíamos cambiado me volcó el corazón. Se mecía con gemidos de barco viejo, aunque no lo era tanto, con hierros podridos y agujereados que ya no ansiaban cortar más mares que los de las aguas sucias y amargas de su amarre prisionero. Había tantas horas de mi vida entre sus cuadernas y baos, horas de pinturas, barnices,  singladuras, olas y calmas interminables que a pesar de la melancolía me acerqué a míralo de cerca. Los barcos suelen dejar alguna historia de amor, incluso aunque no hayamos sido sus propietarios y la relación haya sido estrictamente profesional, siempre deseamos que en nuestra forzosa ausencia queden en las mejores manos posibles para que los cuiden y los mimen como si fueran perros desvalidos.

Todavía era palpable, entre la dejación y el abandono, la esbeltez de aquella goleta de stay de airosos mástiles, uno de los aparejos más elegantes para este tipo de veleros, un buque escuela que causó la alegría y la vocación de muchos. Ahora no era más que un barco enfermo y débil al que le habían negado hasta el derecho, la leyenda y la heroicidad de hundirse por sus propios medios. Sus ocupantes parecían haber salido corriendo atraídos por misiones más importantes, dejando sus cabos desparramados por cubierta sin decoro, sus chicotes como plumeros sin rematar, sus velas reverdecidas por las lluvias de años, las amarras imbécilmente tendidas desde cualquier sitio en vez de por sus nobles gateras, sus toldos y lonas arrancados, descosidos e hirientes, sus barnices despellejados, sus bronces pringosos y con una pátina de inmundicia, sus defensas tan mugrientas que ya no defendían ni de sí mismas ¿Quién podía gustar tan poco del bello arte marinero? Esa ocupación que perdura incluso después de la maniobra de atraque y el descenso de pasajeros, ordenando, estibando, adujando, arranchando y aclarando su cabuyeria, dejándola lista y pulcra para el día siguiente.

Hay barcos que tienen malos comienzos, sobre todo cuando su armador no tiene claro si los quiere y mucho más cuando el propietario no es un individuo sino un ente abstracto como la administración. Ni siquiera en la elección de su nombre tuvieron acierto; cuando se mezclan politiqueos y marinería el resultado suele ser desastroso y se tiende más hacia los lugares comunes que a la solución brillante. La corrección política le privó de un nombre innegable o genuino y la convirtió en una goleta masculina, de un abominable mal fario. Con un gran contrasentido se la bautizó como la representación de un héroe de caballerías terrestres y polvorientas. Esos fueron sus nefastos orígenes. A pesar de ello vivió algunos años de andanzas honestas en su juventud.

Pienso que incluso en el caso de barcos con feos augurios y mala reputación,  sus tripulaciones pueden ser capaces de defenderlos a muerte como si fueran su propia familia. Para ello es obvio que debe haber una marinería competente que se encargue de las necesidades que surgen cuando desarrollan su cometido: navegar. Los técnicos terrestres no conocen sus exigencias como la gente que los marea, nunca se adelantará a sus debilidades o a sus penurias. Los barcos, incluso los más humildes, están bien siempre que los hombres que vayan a bordo sean buenos y afectuosos con ellos, pero si la gente que los tripula está de paso, nunca habrá una relación entrañable que les lleve a desvivirse por ellos. Por eso fue dañino, en un barco de esas características, poner un capitán contratado por días o por horas, para ahorrar gastos, como si se tratase de un conductor de camión. Quien así lo pensó no tiene ni idea de lo que es un barco. En esta ocupación mía de la náutica de recreo profesional, hasta el más nuevo advenedizo imagina que sabe horrores y que tu trabajo bien lo puede ejecutar un primo o sobrino amateur por el simple gozo de pasearse mirando a babor y estribor con complacencia y dar dos voces autoritarias.

Sus verdugos más despiadados fueron la vanidad y la codicia. La necesidad de gloria y mando de aquellos que solamente pensaron en la entrada triunfal a puerto con el timón en sus manos y la voracidad de otros que solo rumiaron venganzas e intereses, utilizando un bien público para sus negocios privados. Decía Conrad que el arte de gobernar barcos es más bello que el de manejar hombres pues a estos se les engaña con facilidad pero los primeros son criaturas traídas al mundo para que nos obliguen a dar la talla. Eso sería en sus tiempos románticos, ahora nada importa y todo vale, incluso dejar a un velero consumirse hasta su espina dorsal y luego abandonarlo.

A pesar de su desolación, en un último truco ilusionista de tapar sus vergüenzas le habían pintarrajeado la matrícula y el mascaron con colores chillones y llamativos, mientras por sus imbornales rezumaban goterones negros desconsolados. Y en el colmo de sus desdichas, unos días más tarde, la llevaron renqueando, mascando lamentos, como un penitente, a exhibir sus castigos en la Valencia Boat Show ; eso sí, la amarraron muy lejos de visitas y miradas, podrida en su dignidad y con unas banderitas de colores colgando sin hermosura como pingajos burlones.

 

lagrimas-negras

Lagrimas negras



-Pareces una ramera vieja, con el radiante carmín de tus labios, tus abalorios y el rímel corrido por el cansancio.- Me salió del alma, como al protagonista de “Memoria de mis putas tristes”, uno de los inmensos cuentos de García Marquez, cuando descubre que a su amada Delgadina la han transformado en una furcia corriente:

… me aturdieron los artificios: las pestañas postizas, las uñas de las manos y los pies esmaltadas de nácar, y un perfume de a dos cuartillos que no tenía nada que ver con el amor…Un vapor raro me subió de las entrañas.
—¡Puta! —grité.

La canción de hoy es una copla de León y Quiroga, “Ojos verdes”, conocida por todos en múltiples versiones, quizás la más famosa es la de la Piquer. La verdad es que todas tienen su encanto singular y aunque una de mis favoritas es la de Pasión Vega me he decantado por esta de Silvia Perez Cruz porque me parece original. La canción es una historia de prostíbulo que inicia la estrofa con un “apoyá en el quicio de la mancebía”. Me hizo gracia encontrar una antiquísima versión de la Jurado que la cambiaba por: “apoyá en la trama de la celosía”. Supongo que la censura de entonces evitó el referirse de esa forma al lupanar, pero luego el resto de la letra, pensé, ya no tenía ningún significado, y realmente las coplas eran historias cerradas y redondas, con argumentos de culebrón.  Pero estas cosas sin sentido me vien como anillo al dedo para esta entrada.

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Barcos y monstruos marinos

Por 28 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (7 Comentarios)

Sentada esta tarde en una linda isla, esperando que amaine el Meltemi para zarpar, y pensando indudablemente en la belleza, como no puede ser de otro modo en un lugar como este, me ha dado por especular que el diseño de los barcos ha iniciado un lento declive hacia la degradación de las líneas y los cánones de belleza en aras de una mayor comodidad.

No voy a entrar en el mundo de las motoras, que me horroriza, porque amarradas unas al lado de las otras me recuerdan a una inmensa zapatería de deportes. Y prefiero olvidar las grandes unidades, esos yates modernos que iluminan cielo y mar por las noches, cuyo único propósito es la ostentación y normalmente pertenecen a propietarios, ricos riquísimos, sin el más mínimo gusto por las cosas. Siempre hay excepciones, está claro pero estas no justifican lo anterior.

Una flota de veleros fondeada, siempre ha sido una imagen de gracia y esbeltez. Cuando desplegaban las velas y cogían movimiento tomaban la forma de pájaros o bailarinas, como en los cuadros de Degas. Es impensable que todos naveguemos en aquellas elegantes joyas antiguas en las que se sacrificaban candeleros y pasamanos ante el más mínimo atisbo de superfluo o antiestético; esto solo está al alcance de unos pocos y más si queremos que nuestros balandros cumplan a la vez el papel de buenos marineros y confortables cobijos. Pero creo que debe haber un término medio entre la exquisitez desnuda de los antiguos clásicos y la tendencia a convertir el barco en carromatos quincalleros.

Los propietarios somos muchas veces culpables, pretendiendo ubicar en el limitado espacio de cubierta todo tipo de artilugios que nos faciliten la vida: bicicletas, canoas, tablas, placas solares, generadores eólicos, toldos y capotas, por nombrar solo lo inmediato, porque la imaginación se queda corta comparada con todo lo que se puede llevar a bordo. De vez en cuando deberíamos bajarnos de los barcos y mirarlos desde lejos, para evaluar, con sinceridad y el corazón en la mano, si él se merecía el resultado, con lo bello que era el día que lo compramos. Pero dejando a un lado ese mal uso, a veces inevitable, que hacemos de los barcos, creo que uno de los problemas está en los nuevos diseños de veleros modernos y un público nada entendido, que es capaz de hacer grandes colas para comprar la última monería extraplana de Apple, pero al que las líneas marineras de su barco se la traen al fresco.

Buscando engendros que hayan surcado los mares, me topé con los barcos del almirante ruso Popov. Los términos del tratado firmado en París en 1856 tras la guerra de Crimea, prohibía a Rusia la navegación por el mar Negro en buques de guerra, lo que dificultaba controlar su costa. La solución que se le ocurrió a Andrei Alexandrovich Popov fue la de crear un nuevo tipo de nave capaz de patrullar por áreas costeras y por ríos, unas cañoneras capacitadas para maniobrar en aguas poco profundas. Nacieron las conocidas como “popoffkas”, unos minúsculos acorazados de forma circular y seis hélices propulsoras. En aguas someras se manejaran relativamente bien, pero por desgracia para Popov su diseño se mostró demasiado lento y para colmo, cuando sus torres disparaban, la nave tendía a girar sobre sí misma siguiendo un principio de acción y reacción desdeñado por el bien intencionado diseñador. Nunca se debe olvidar que los barcos son naves que surcan y desplazan el agua, si arrinconamos este atributo estaremos tan perdidos como Popov.

Uno de los verdaderos culpables de esta liquidación de los buenos diseños marineros, que evidentemente y por principios termodinámicos todavía no descritos, son los más bonitos, es la masificación en el mundo del alquiler. Mucha gente de la que alquila veleros hoy en día no tiene realmente vocación de navegante sino que se lanza por una corriente de moda: todos sus amigos lo han hecho, así que adquiere un titulillo, que parece otorgarle la destreza suficiente para deslizarse por las autopistas marinas y navegar por islas remotas. Pero el mar es un medio incómodo, no hay que negarlo; y en esto también radica su virtud. Hay un cierto reparo a que la familia eche de menos las molicies caseras y acabe recriminándole la “mierda de vacaciones a la que nos has traído este año”. Los griegos tienen una expresión para pedir que en el suvlaki con pita te pongan un poco de todo; patatas, cebolla, tomate, tzatsiki; dicen απ’ολα, traducido por “de todo”. Y eso es lo que buscan ellos, un barco con “de todo”: lavadora, secadora, aire acondicionado, potabilizadora, generador y televisión por satélite por si hay Champion’s. Claro, todo eso no cabe y la única solución, parecida a la barbaridad que se le ocurrió al almirante ruso, es añadir más pisos al barco, así se crean super estructuras y sobre cubiertas que sobresalen como moños puntiagudos de un peinado victoriano horripilante. En un monocasco estas excrecencias tienen un límite, pero los catamaranes son más, digamos, edificables. Así que se han puesto de moda unidades de varias plantas, donde el patrón tiene su puesto de mando en las alturas, aislado de la tripulación; en una especie de castillete, como si fuera la carroza de Melchor en una noche de reyes. Aparte de su fealdad, pues parecen edificios flotantes, siempre he pensado en el pobre capitán con mala mar, subido a cinco metros sobre el nivel del mar, intentando reparar cualquier problema en la botavara; las debe pasar canutas. Evidentemente rara vez sacan las velas, son sucedáneos baratos de las motoras. Para finalizar el desastre y debido a motivos de seguridad; dado que un catamarán llevado por manos inexpertas es un bólido donde no se tiene sensación de eso que llamamos “ir pasado de trapo”, les acortan los mástiles dejando una relación de aspecto deplorable. Nunca diré que no hay catamaranes bonitos, los hay hermosos como insectos articulados que se deslizan por el mar casi sin rozarlo; pero estos nuevos de crucero son horrendos. No se trata de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que me estoy rayando, que también; sino de que, por lo menos en el mundo marino; cualquier tiempo pasado fue más bello.

cata

Vuelvo mi mirada a la luminosa y proporcionada isla de Milos  para olvidarme del sobresalto que me dio aquel barco que pasó con la música a todo volumen. La belleza siempre está si la buscas con cuidado.

meditando

 

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Bendito sea el caos.

Por 15 diciembre, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (17 Comentarios)
Quizás la culpa la tuvieron los poetas románticos con sus canciones de libertad, de rechazo de la sociedad del momento, de rebeldía, de independencia, de desprecio a las normas y las leyes que no fueran las de la propia naturaleza. La búsqueda de la libertad y de la belleza era su principal exigencia y el mar fue una inagotable fuente de inspiración. Nunca me volvió loca la poesía romántica pero es innegable que la idea de un velero asociado a un ser libre es común en el imaginario popular gracias a ella, y no habrá muchas personas que no reconozcan los versos de Espronceda y hasta los reciten de memoria.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar…


…Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Luego llegarían muchos otros escritores como Stevenson, como London; aventureros como Slocum, Moitessier y cientos de pirados más que pensaron que la tremenda soledad de un hombre frente al mar era la forma más pura de libertad. Ese es el contagio que sufrimos muchos y que nos hizo cambiar el curso de nuestra existencia para saborear, aunque solo fuera a instantes fugaces esa trascendencia que pocas cosas generan tan profundamente como un barco aislado en una superficie inmensa y peligrosa de agua bajo un cielo colosal. Pero la libertad siempre va asociada a la responsabilidad y a la autogestión, por eso muchos hombres huyen de ella.

El tomar de vez en cuando contacto con la enseñanza  tiene una vertiente inquietante, algo de aterrizaje forzoso, viendo lo que se viene encima y tomando tierra sin descompresión. Da pavor el sopapo que te aguarda. Cada vez que reemprendo las prácticas de navegación tengo la sensación de que esto ha tomado una carrerilla acelerada, cuesta abajo, hacia lo más profundo y que más pronto que tarde me faltará el aire. Hay una corriente infecciosa de banalizar todas las parcelas de la vida hasta vaciarlas de significado que se extiende como un virus y que mes a mes el enfermo empeora a pasos agigantados. No es lo mismo ahora que hace cuatro meses.

No creo que sea necesario recitar a Espronceda para captar el hechizo de la navegación o lo exigente que puede llegar a ser el mar a cambio de hacernos un poco más libres; ha habido muchos marinos casi analfabetos que lo han sentido como ninguno; pero que la literatura ayuda es indiscutible. No pido que nadie se lea a los clásicos para aprender a navegar, aunque sí que sea consciente de que se asoma a un mundo de muchos siglos de antigüedad, desconocido para él y por tanto con una serie de valores a respetar. Y creo que uno de los más representativos es la autosuficiencia una vez se largan amarras. Igual se cose una vela que se sala un pescado, se repara una avería de motor, se idea un aparejo de fortuna, se negocia un temporal o se aguanta uno frente una calma chicha. Salir de estas vicisitudes por uno mismo y sin ayuda externa es el leitmotiv del sabio marino que todos queremos llegar a ser y produce una satisfacción incomparable, te sientes un héroe, te estimula a seguir buscando aventuras vitales en el mar; estás más vivo que nunca. Es así como me recompensa los malos momentos, es entonces cuando me encuentro libre de ataduras. Yo intentaba transmitir este espíritu a los nuevos aprendices. Cada vez se me hacía más difícil. Hoy he abandonado por KO. Creo que es mejor pensar que son unas prácticas de autoescuela y esperar a que salga una buena App para descargarla en el móvil. Me rindo.

 Las preguntas que me hacen intento tomarlas a risa, pero mis respuestas no pueden ser más que ácidas:

– ¿Y no hay un servicio de asistencia en el mar como el de los coches?
– Sí hombre y qué más, qué vengan en helicóptero con la pieza de recambio.
– ¿Y no hay un servicio de práctico que se suba abordo y te amarre el barco?
– Esta es tan obvia que no puedo contestar mas que con un: No.
– Realmente lo más difícil es amarrar, porque una vez sales ya es todo más fácil. ¿No?
– Es verdad, capear un temporal está chupado.
– Pues ya podrían volar todos los bajos que hay, son un peligro para los navegantes.
– Yo añadiría más, que pongan unos carriles de boyas, asemejando autopistas, donde transitemos por riguroso orden y sin adelantar.

 Y de un tiempo a esta parte, una pregunta que antes aparecía casi como una anécdota, ahora se repite en cada grupo de alumnos:

– ¿No hay control de alcoholemia en el mar?
– Habéis oído una canción muy antigua que decía Ron,ron,ron…la botellaa… de ron.
– Bueno, pero esos eran piratas; criminales.

Al principio eran casos aislados, casi como una ocurrencia de preguntar por preguntar, pero la cosa se ha ido acelerando hasta convertirse en un machaque constante y  me muerdo la lengua para no entrar al trapo. Poco a poco he notado que más que una pregunta es un ruego, como si el estado vigilante hubiera bajado la guardia en este caso y los dejara desamparados frente a los actos vandálicos de multitud de borrachos navegantes que acechan detrás de las olas poniendo en peligro sus vidas y las de sus familias. Y yo me quedo mirándolos con asombro y conmiseración ¿Tendrán el síndrome de Estocolmo? ¿No tienen bastante policía, bastantes normas, prohibiciones, revisiones o  material de seguridad obligatorio y reclaman más? ¿Se puede uno a acostumbrar a vivir así? Me produce terror.

Me acuerdo de Grecia con melancolía y con asfixia. También de una frase de Tierno Galvan: Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad. A ambos los echo de menos.

El mar
Canta : Socratis Malamás
Musica: Zemi Karamuratidis




Η Θάλασσα
Tην άκουσα τη θάλασσα
Τα κύμματα να λύνει
Δεν είχα φίλους ναυτικούς
Τσιγάρο άναψα γι’ αυτούς
Που το νερό τους πίνει

Τον άκουσα τον άνεμο
Με δέντρα να παλεύει
Να σπάει στο γόνατο κλαδί
Να μετανοιώνει σαν παιδί
Τα φύλλα να χαϊδεύει

Τον άκουσα τον κεραυνό
Τα κρίματα να καίει
Με την λεπίδα του γυμνή
Κι έκανα μία προσευχή
Γι’ αυτόν που πρώτος φταίει.

Σε άκουσα που έκλαιγες
Κι ήθελες να γυρίσω
Δεν τους γυρνάς τους ποταμούς
Τσιγάρο άναψα γι’ αυτούς
Που πίσω μου θ’ αφήσω.

El mar
Oí el mar
las olas al romper
No tuve amigos marinos
Enciendo un cigarro por estos
a los que el agua se bebe

Escuché al viento
pelear con los árboles
quebrar las ramas
lamentarse como un niño
acariciar las hojas.

Oí al rayo
quemar las penas
con su filo desnudo
Y recé una oración
por el primer culpable.

Te oí llorar
Y querías que regresara
No puedes hacer volver a los rios
Enciendo un cigarro
por aquellos que dejo atrás.

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Las buenas maniobras llevan a buenos puertos

Por 26 septiembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (18 Comentarios)
El trabajo de marino es una de las profesiones en las que más conocimientos se requieren en disciplinas tan dispares y alejadas entre sí como astronomía, derecho, pesca, meteorología, construcción naval, oceanografía, mecánica, reglamento, radiotelefonía, maniobras y hoy en día hasta informática. Tanto es así que un verdadero capitán no para de aprender en toda su vida laboral, lo cual también es un reto estimulante. Adquirir destreza en las maniobras es cuestión de experiencia, pero también de una actitud personal por buscar las cosas bien hechas. La navegación de recreo; sobre todo la del alquiler esporádico y veraniego, pierde la perspectiva de que los barcos son tanto técnica como arte; razón por la cual una maniobra debe ser elegante y sin artificios, como la buena música o la literatura; ya que las bellas maniobras llevan al barco a lugares hermosos, como las palabras meticulosamente escogidas llevan al texto a convertirse en una novela brillante. No solo hablo de veleros con tripulaciones numerosas en las que cada uno sabe lo que tiene que hacer y producen el resultado de un afinado concierto bajo la batuta de un buen capitán; si no que también me refiero a los pequeños barcos de solitarios o de pocas manos disponibles; igualmente en ellos, la elegancia es lo último que se tiene que perder. No soy amiga de contar historias marineras, pero esta vez me voy a permitir el desliz, lo más breve posible.

Llegábamos a Astipalea por el norte de la isla, viento a favor con un meltemi no excesivo  pero que se había puesto a cargar en las últimas millas. La Maga es un queche y llevábamos todo el trapo arriba; genova, mayor y mesana. El barco empezaba a ponerse duro al gobierno y era necesario quitar la mayor para finalizar la recalada viento en popa. En esas condiciones, intentar arriar la vela, aconchada fuertemente contra el mástil  es casi imposible, algo parecido a parar un coche acelerado por la bajada de una larga pendiente sin disponer de frenos, la única solución es girar y colocarlo cuesta arriba. Recogimos la vela de proa, orzamos y cazamos la mesana todo lo posible para que dejara el barco proa al viento; maravillosos queches que permiten estas y otras muchas cosas; pero la ola empezaba a ponerse muy vertical, al subir el fondo considerablemente de prisa a barlovento de la costa y empujaba la proa del barco sacándolo de rumbo.

Yo tuve un momento de debilidad y pregunté si arrancaba el motor para intentar mantener la proa. Una voz en mi interior me decía que eso no estaba del todo bien, pero otra voz más potente protestó: ¡Eso es una cochinada! Me entró la risa porque imaginé el mar lleno de basuras y desperdicios por mi error ¿Quizás yo también me estuviera embruteciendo? Tenían razón esas voces que me daban una lección de buena paciencia marinera; las prisas y la pereza están totalmente reñidas con las buenas prácticas del mar. Sacamos un pedazo de génova y acuartelamos el barco, entre la vela de proa y la de popa, el velero se quedó elegantemente parado subiendo y bajando las olas con dulzura. Pudimos arriar la mayor sin prisas y sin dificultades para poner nuevo rumbo a una ensenada difícil de localizar, entre los acantilados y las espumas de las olas que rompían contra la costa. Y ahí viene la siguiente disciplina: la navegación exquisita y sin errores para no fallar la recalada, pero esta vez no me voy a echar faroles; la navegación electrónica y el radar son grandes inventos de estos tiempos.

Entre las rocas peladas se abrió de sopetón, como un hachazo en la montaña, un estrecho canal que conducía a una espléndida ensenada protegida por los cuatro puntos cardinales y desventada, como una balsa tranquila, indiferente al tumulto de olas cruzadas y aullidos de viento que había en su entrada. Era el abrigo total que uno siempre imagina cuando se enfrenta a mares difíciles. De hecho la rada es utilizada por los pescadores cuando faenan por el norte de la isla y son sorprendidos por el mal tiempo o incluso cuando quieren dejar su barco a buen recaudo durante las temporadas de veda. Una bahía redonda entre montañas desiertas con cuatro casas sin pintar y sin peinar, como recién levantadas de la siesta y un balido persistente de los rebaños en la orilla. Una antigua fábrica de cal hoy abandonada, daba un detalle de industria desvencijada de pasados más célebres. Aquel sitio confortable y acogedor me hizo pensar en que los lugares no son lo que parecen realmente si no que la forma de acceder a ellos y las circunstancias nos muestran caras diferentes. Llegar a Vathi con la culpabilidad de haber hecho las cosas mal no hubiera tenido el mismo significado.

Vathi, Astipalea, un día de meltemi. Fotografía de expressonews.gr

De las cuatro casas, esto no es sorprendente, una era una taberna tan destartaladamente encantadora que no dejaba más opción que bajar a visitarla ¿Quién se dejará caer por aquí a parte de los yates del verano? La tabernera era una mujer desenvuelta que resultaba atrevida de pura espontaneidad y nos llamaba corazón mío, ojos míos, alma mía, niños míos, vidas mías y otra vez vuelta a empezar con corazones. Sin hacerle la más mínima pregunta nos las respondió todas. Sobre su vida en el Pireo y cuando se trasladó a la isla; ahora ya no volvería por nada del mundo a la ciudad donde nadie te conoce y donde te mueres en una esquina sin que te miren. Nos informó sobre la fábrica de cal y los años en que Vathi era un hervidero de barcos cargando polvo blanco, yendo y viniendo a todas horas. Luego la cerraron y todos se fueron a vivir a otro lado, pero ella no, porque qué iba a hacer ella en Atenas a estas alturas.

-Aquí en esta taberna, corazones, somos todos como una familia y los pescadores vienen de vez en cuando a refugiarse y a contarnos chismes y aventuras, así que ¿Cómo voy a cerrar el local? Sobre todo en invierno, cuando más falta les hace.

Hoy justamente habían llegado barcas con salmonetes ¿Os pongo unos pocos, ojos míos? Debió de vernos la mirada de aparición milagrosa porque desapareció en la cocina para prepararlos. ¡Y unas berenjenas! Exclamé cuando se alejaba. Vino corriendo y muy seria me dijo que eso que pedía era mucha faena. No lo entendí muy bien pero para qué discutir con semejante elemento.

– Lo tenías que haber encargado antes. Si quieres patatas, bien.

– Ah. Vale, patatas ¿Y pulpo?

– Ahora veo lo que se puede hacer, corazón mío. Pero sobre todo, no le deis de comer al gato. Los turistas tienen la manía de tirarle espinas, yo les digo que no lo hagan, pero como solo hablo griego no me hacen caso. El pobrecillo, por las noches, tiene unos cólicos espantosos.- Me quedé mirando al tigre bengalí que dormitaba orondo sobre un cojín de una silla y bostezaba por alusiones.

Había al fondo, en una parte del establecimiento algo más abrigada del exterior por unos ventanales de madera, una gran mesa redonda donde se sentaba la gran familia de la que hablaba ella, los marineros recién llegados se acercaban a saludar con grandes aspavientos y eran recibidos con cálidos ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo no venías por aquí? ¿El meltemi? ¿Cómo anda el abuelo? La reina de corazones corría atosigada por los encargos y los abrazos de reencuentros. La mesa se fue llenando de aparecidos que pedían ouzos, cervezas, cafés y la taberna  se caldeaba con ese apacible afecto de los sitios remotos donde siempre hay un recodo de misericordia esperando. Se comentaban partidos, se discutían lances de pesca, se despotricaba del gobierno pasado y venidero; mientras se iba llenando de humo y vocerío.

Y nosotros, sonrientes, charlábamos sobre las maniobras, las malas y las buenas, las que te traen a sitios tan extraordinarios como este. O quizás, pensándolo bien, hacen sorprendentes los sitios a los que llegas porque, al fin y al cabo, todo en la vida es relativo.

– ¿Podrías traer más vino?

– Mira, corazón-ojos-cielos-entretelas y alma mía. Coge la jarra y te lo sirves tu misma de la nevera, que yo tengo mucho trabajo.

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