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Nautica

La delgada linea roja

Por 17 agosto, 2014 Etiquetas: , , , Comentar (44 Comentarios)
Por estas épocas del año siempre me suelo repetir, pero es que el agosto es mucho agosto y se echa a la calle tanto lo bueno como lo malo. Yo si pudiera, en agosto, me quedaría encerrada en mi casa con las ventanas y puertas selladas y una pila de libros para leer, pero no tengo más remedio que sobrellevarlo como puedo. Lo que ocurre es que con el paso de los años cada vez lo acuso más y con el paso de los años las cosas empeoran, el incremento del número de barcos es exponencial y hasta los moradores de las cloacas son capaces de comprarse una neumática con motor y venir a ensuciar las aguas de todos los mares, atronarnos y a hacernos la vida imposible.Todos a veces nos cabreamos con el vecino y en ocasiones hasta perdemos los nervios y gritamos; aunque suelo morderme los labios como los pretendientes de Penélope; pero a veces incluso de grandes peleas han surgido posteriores disculpas y amistades. Pero nunca hasta ahora este mundo se había parecido tanto al del automóvil, donde las más viles bajeza pueden salir de la boca de un conductor y donde hasta se es capaz de llegar  las manos por un quítame esas penas de un intermitente mal puesto. El hombre es un lobo para el hombre y si hasta ahora el universo náutico se había librado, porque éramos pocos, ya también este se sobrecalienta y se acerca al infierno; el hombre se puede convertir en una rata rabiosa. Afortunadamente solo en agosto.

De todas las especies con las que se puede tener un altercado estaréis de acuerdo conmigo que la de los italianos es la peor. Ni los flemáticos ingleses, que insultan con indirectas susurradas, ni los cuadriculados alemanes, ni los vociferantes búlgaros, ni los gesticulantes y malhablados españoles; con un italiano hay que tener mucho cuidado. Ya sé que italianos hay muchos y que las grandes masas siempre fermentan, sean de la nacionalidad que sean, pero en este caso atufan a“ garum”  y como se encuentran muy bien colocados en el centro del marenostrum, en verano legiones romanas enteras invaden todas las costas y clavan el pilum en territorios que piensan estar conquistados. Nunca te pelees con un italiano, me digo todas las mañanas antes de entonar el Ommm que me ayudará a pasar el día sin sobresaltos. Pero esta vez algo se ha roto, se ha sobrepasado la imaginaria línea roja que todo el mundo aceptamos, como práctica de la buena convivencia marinera, que no se debe pasar; nunca se toca el barco del vecino, ni ninguno de sus apéndices, amarras o anclas. Está escrito en las tablas de la ley; pero para saberlo hay que aprender a leer y no todo el mundo tiene el vicio.

En el caso que os cuento se trataba de fondear y dar un cabo a tierra, dada la profundidad de estos mares del jónico, a escasos metros de la orilla, es una práctica habitual y necesaria. La playa estaba sembrada de gomonne con la banderita roja verde y blanca; desde lejos se oía el vociferio de patio napolitano mientras se pasaban las fiambreras de una barca a otra. No me quedó otra que dar mi amarra entre dos gomonne que se encontraban un poco más distanciadas entre sí. Al momento hubo un silencio sepulcral y la ruidosa escena feliniana se transformó en una película de  suspense.

– Si tu cabo roza mi gomonne te lo cortaré.

– Ommmmm

– ¿Me has oído?

– Es solo un cabo. Ommmm. Pero si crees que te puede malograr tu “barca di merda”, digo tu linda barca, pues lo cortas. Ommm. Me comprare otro.

El tipo tenía una pinta insolente, descargador de muelle palermitano, con una gorra con la bandera italiana y acompañado de una  gorda michelinica y calva sentada en la borda que nos hacía cuernos.
Se reanudo el griterío neorrealista y nos metimos en el salón a comer. Cuando todavía no me había sentado a la mesa noté que el barco se movía diferente y vi pasar los acantilados por la popa, salí como un exabrupto. Efectivamente, me habían soltado el cabo, justo cuando la racha cargaba y justo cuando estaba dentro y no podía verlos. Recogí el ancla como pude, rozando las rocas, mientras el muñeco michelin se reía con las piernas metidas en el agua.

Me salieron dos lagrimones. Uno por la rabia y la sed de venganza, imaginando cuchillos que rajan las neumáticas, cabos y motores, la segunda resbalaba de pura tristeza, mientras el corazón se me hacía pedazos y se desmoronaba como una vasija de porcelana fina; nunca imaginé este mundo como el estercolero acostumbrado de siempre, nadie hasta ahora había osado atravesar le delgada línea roja. Pero ahora sí, ahora ya todo era posible; con premeditación y alevosía, cuando nadie te ve, cuando más daño puede hacer. Me sorbí los mocos e intenté amarrar un poco más alejada, mientras sonaban las risotadas de la gorda  en mi cabeza.

Una barquita de griegos que estaban al lado me llamaron y me dijeron que fuera a capitanía a denunciarles. Y los italianos al oír que yo hablaba en griego se quedaron lívidos de espanto. Pero la gorda reía, dando grandes manotazos sobre la barca.

– Bah ¿Qué puede hacernos?

Tenía razón, conozco este país y sé que ir a capitanía con estos cuentos es como denunciar en la guardia civil la desaparición de tu canarito. Aun así, me tomé la molestia de bajar a la playa y tomar datos y fotografías, con lo que el muñeco Michelin dejó de sonreír.

Este trabajo mío implica convivir con mucha gente dispar y aprendes a distinguir las bondades, maldades y debilidades humanas al instante; así que me fijé que el señor de una de las barcas no se mostraba muy cómodo con la acción de su amigo; bien sea por vergüenza o por miedo, qué más da, pero esto me dio pie para elaborar mi venganza y olvidar cuchillos y revólveres que solo me hubieran rebajado a su nivel y hubieran puesto en peligro mi vida seguramente. Cuando acabamos de comer le dije al muñeco neumático con la cara más hierática que pude:

– Me puede soltar el cabo señora. No nos apetece bañarnos ahora y ustedes saben muy bien como largar los cabos.

– ¿Cómo te atreves?

Y siguió una sarta de improperios que no me atrevo a repetir. Mientras tanto mi tripulación se partía de la risa escondida en el salón. Así que me dirigí al punto débil, a ese señor que parecía de otra especie. Y accedió de inmediato a soltar el cabo, mientras la gorda se deshacía en gritos, insultos y rabietas para impedírselo. Cuando acabé de recoger el ancla me acerque al señor y tal como aprendí en las peliculas del padrino, escuchando a Robert de Niro, le solté:

– Siñore grazie, ricorderò che ti devo un favore (me acordaré de que te debo un favor).

La gorda se quedó con la boca abierta y tan solo faltó la música de Nino Rota para completar la escena. Fue una venganza sutil, pero al fin y al cabo la sutileza es la única arma que ellos no saben manejar. De todas formas la línea roja se había traspasado y eso ya no tiene vuelta atrás; como no la tiene el volver a la feliz inopia de la infancia.

 

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La libertad y la seguridad

Por 24 abril, 2014 Etiquetas: , , , , Comentar (24 Comentarios)
Tucídides decía algo así como: Es la libertad o la tranquilidad; deberás elegir. Esa frase en estas épocas en que se recortan nuestras libertades por un estado, que con la cantinela de “por su seguridad” se dedica a reglamentarlo todo, hay veces que nos falta el aire, cuando exclamamos ¿Sabes que han prohibido…? ¿Sabes que ahora es obligatorio…? ¿Sabes que han subido el permiso para…? Y todo eso, como decía Tucídides se debe a una elección nuestra, debemos ser conscientes cuando la tomamos, que no tiene vuelta atrás. Serás libre o estarás tranquilo, no puedes tener ambas cosas.

El paso del tiempo origina trastornos muy graves, entre ellos, la sensación de que todo cambia para peor y de que las cosas que nos gustaban se restringen y se pervierten hasta llegar a no reconocerlas. Pero si algo tiene de bueno el tic tac incesante, eufemismo de edad, es que se sufre de una alopecia general, principalmente en la lengua.

Así que estos son mis diálogos platónicos con mis alumnos de los fines de semana:

– Una pregunta, vosotros ¿Para qué os sacáis el título de patrón?

– Hum… eh … por si nos gusta, para poder alquilarnos un barco, para en un futuro…, para que a mi familia le entre el gusanillo, para salir a bañarnos, porque mi amigo lo tiene…

– ¿En qué queréis convertiros? ¿En patrones o en conductores de barcos?

Sigue al interrogante un silencio de muertos con caras de sospecha de que se enfrentan a una extraterrestre.

– Me refiero a que una vez acabéis estas prácticas quedareis convertidos todos en conductores de barco, pero solo alguno de vosotros tendrá el interés suficiente para intentar ser patrón. Y eso, como os voy a demostrar, me afecta a mí personalmente. Por ejemplo un conductor de automóvil llama a la asistencia en carretera cuando tiene un problema. Como aquí no existe tal servicio, un patrón intentará arreglárselas por sí solo en la soledad del mar; el simple conductor se quedará desesperado a merced de las olas y el viento.

¡Ja! soy una narradora fantástica y a esas alturas aunque les dé la espalda ya sé que están todos aterrorizados y si hay alguna mujer, me observará con espanto. Me sonrío al acordarme de una anécdota que le sucedió a una amiga cuando llevó la rueda de su coche a reparar a un taller. El chaval que salió a atenderla se llevó un susto mortal y sin pronunciar correctamente, al no poder cerrar la boca, exclamó a voz en grito: ¡Jefe, aquí hay una señora que se ha cambiado la rueda ella sola!

El caso es que me pongo a enseñarles que con unas pocas herramientas, un poco de ingenio y unos recambios, que un patrón habrá sido previsor en embarcar, se es capaz de solucionar las averías más comunes de a bordo.

– Así que si sois conductores os quedareis tirados in eternum. Vosotros decidís que queréis ser. Descanso y reflexión. El alma se serena. Solo queda esperar el tímido:

– ¿Pero podremos pedir auxilio a Salvamento Marítimo? ¿No?

Ahí es donde yo quería llegar, al germen del mal, a la seguridad mal entendida, carísima, al del papá estado que debe velar por nuestra protección, incluso cuando se trata de ocios y desmanes. Y el papá nos contesta con más normas y reglas, algunas absurdas y otras racionales, para quitarse pulgas de encima. Y nosotros que nos quejamos porque al final esto no hay quien lo pague. Y el estado dice que él tampoco puede, así que lo mantengamos nosotros. Más tasas, más impuestos; justos y pecadores, conductores y patrones, los indios y los vaqueros, todos en la misma olla a hervir juntos y a pegarnos como garbanzos. Ah, que no me olvido, que alguien hace negocio de todo esto, también.

Hace ya algunos años, navegando por Ibiza, el parte meteorológico llevaba días advirtiendo de la entrada de Mistral. A las horas de comenzar el viento ya se había recibido el primer May day; una pareja de insensatos habían tenido la ocurrencia de ir a pasar la noche a cala Saona, completamente abierta al Noroeste. Ni siquiera sospecharon nada al estar ellos solos en una playa de Formentera en agosto, ni se escamaron por las nubes de lenteja, ni de las olas que venían por donde no tocaba, ni tuvieron esa sensación, que todo observador del mar debe tener, de que algo no va del todo bien y que lo mejor es largarse cuanto antes, porque los temporales no entran de improviso, como un milagro de Fátima. El caso es que se debieron asustar bastante, porque la mujer berreaba por la radio:

– Socorro. Que alguien nos ayude. Mi marido acaba de sacarse el título y no tiene ni puta idea.

– ¿Se puede poner el patrón a la radio?- Contestaba la costera.

– Nooo, está vomitando.

Ni que decir tiene que fue el espectáculo del día, todos permanecíamos atentos al serial radiofónico y hubiéramos pagado nuestra buena localidad, por ver la llegada al puerto del barco remolcado por Salvamento Marítimo, con el capitán- que- no- tenía -ni –puta- idea al timón.

Eso fue hace tiempo, no quiero ni pensar lo que será ahora el canal 16 en agosto, con gente pidiendo auxilio porque no le arranca el motor del velero o porque se ha quedado sin combustible o porque se ha pillado un dedo con la puerta y le marea la sangre.

Pues es por cosas como estas por las que Salvamento marítimo no da abasto y por las que el estado declara insostenible el organismo y que aparte de pagar los rescates paguemos también su mantenimiento. Es decir la tasa T0 de balizamiento la multiplicamos por 2 o por 3  y aquí paz y mañana gloria. El que no quiera que venda el barco; je, si puede.

Así que el que vosotros no queráis ser más que meros conductores sin orgullo marinero, nos toca el bolsillo a todos los que antes de que nacierais ya andábamos por los mares,  incluso a los que ahora se plantean el navegar como una aventura para degustar un poco de libertad y aire fresco, muy diferente a un videojuego de seguridad absoluta y contrastada desde el salón de nuestra casa.
Me espero un poco, no mucho, para oír la respuesta:

– Pero todos han empezado desde cero y se aprende a base de errores.

Sí señor, pero también hay libros que leer, infinidad de ellos, y lo más importante: la actitud con la que cada cual se enfrenta a las cosas. Es impresentable el pedir socorro porque no hemos sido capaces de mirar el nivel del depósito, no sabemos cambiar el rodete de una bomba de agua, no sabemos leer un parte meteorológico, no sabemos manejar una carta y navegamos con la aplicación del móvil, dejamos los cabos tirados por cubierta hechos un lío y las sentinas sucias y llenas de tropezones para que se atasquen las bombas. Es indecente que un velero sin motor, sea incapaz de volver a puerto por sus medios, aunque le cueste 3 días completar la hazaña, en no saber y practicar hasta la saciedad la maniobra de hombre al agua, en no comprobar nuestro fondeo, nuestra radio, nuestro material de salvamento; en fin, en no tener el prurito de intentar solventar las cosas por nosotros mismos; que es lo glorioso de este oficio y lo que te confiere la sensación de ser un poco libre. El buscar siempre al ángel de la guarda particular en los momentos en que los acontecimientos nos superan es la antítesis de las ansias de independencia que un navegante tiene. Esa es la diferencia entre un conductor y un patrón.

Pero cuando creo que lo han captado y que les he convencido, últimamente, debe ser moda, porque siempre llega un momento en que alguien pregunta:

– ¿Y no hay control de alcoholemia en el mar? Por la seguridad de los demás, me refiero. Imagina que voy con mis niños y…

Estamos a un tris de que nos prohíban  la botellita de vino o la cerveza mientras navegamos.

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Barcos y barcas

Por 3 marzo, 2014 Etiquetas: , , Comentar (19 Comentarios)
¿A que alguna vez os habéis preguntado si los barcos son masculinos o femeninos? ¿Por qué son los buques o las naves? ¿Qué es un barco y qué es una barca? No intento entrar en controversias feministas, no me interesa, es más me aburre, pero hago estas reflexiones por escrito para poner en claro mis ideas.

Lo primero que viene a la cabeza es el tamaño; uf siempre con lo mismo;  grandes ellos y pequeñas ellas. Pero es totalmente erróneo, pues en veleros diminutos se han hecho grandes navegaciones y por otro lado también hay barcas enormes y hasta barcazas. Lo segundo que se me ocurre es la capacidad de viajar grandes distancias y tener un espacio donde vivir bajo cubierta. Tampoco este punto está del todo claro, porque los ligeros balandros de competición no tienen ninguna habitabilidad y se consideran barcos. Posiblemente el hecho de llevar mástil y velas le asciende de categoría, como la sangre azul, y si los desarboláramos quedarían degradados de inmediato. Así que por un palito de diferencia, como el que cambia de la o a la a que escriben los párvulos, tiene una importancia crucial.

Un barco tiene derecho a múltiples nombres nobles y evocadores: goletas, bergantines, pailebotes, bricbarcas, fragatas, arrastreros, atuneros, cerqueros  o portaviones. Pero la a de una barca a penas aspira a convertirse en –ita o –aza, o lo que es peor, rebajada a esquife, bote o patacha, por no envilecerla más, cómo patera desolada. Aunque hoy en día, en las revistas, también codician al glamour de ser lanchas veloces con rubias impensables de largas melenas voladas, alguna esperanza les queda.

Pero si hay un lugar donde una barca alcanza solemnidad y trascendencia es en Grecia. Una visita no es completa si no se acerca uno a un puerto de “barculas”, lindas, en fila, bailando al compás de las salidas y entradas de barcos de más importancia y enseñando sus proas descaradas con el emblema esculpido de su nombre; María, Katerina, Los dos hermanos, San Nicolás… Es todo un espectáculo y hasta la más modesta atrae al paseante por la fidelidad de su existencia. Si no las has visto, no has visto nada.

Hace ya años, estuvimos amarrados en Spetses frente a un astillero artesanal de barcas de madera. El nombre nunca lo podré olvidar: Basilis Delimitros. El maestro nos entretenía cepillando hermosos tablones enterizos y transformarlos en rodas y quillas poderosas en las que articulaba con precisión cuadernas y varengas para construir esqueletos prehistóricos.

Como desembarcábamos por su taller, a través de serrines, gubias y formones, con ese aroma emocionante que tiene la madera recién cepillada, podíamos observar la delicada metamorfosis de sus criaturas.

Tenía un gato rubio que atendía por Leónidas al que más de una vez estuvimos a punto de pisar porque se camuflaba entre las virutas, dejando a lo sumo asomar un bigote. Cuando Basilis terminaba una unidad, como un Gepeto con su hijo muñeco, le cincelaba un pez en la amura; y doy mi palabra de que cobraba vida. Lo más turbador es que posiblemente las naves aqueas que se fabricaron para viajar hacia Troya salían de un artista semejante. 
Una gran intuición la mía, ya que algún tiempo después leí que en este mismo astillero, el maestro Delimitros había construido una replica del Argos, para Tim Severin, el aventurero-historiador que reprodujo el viaje de Jasón y los Argonáutas.

Pero aunque las barcas salían vivas y coleando de su taller, no es hasta más tarde cuando se le otorgaba su alma.

La relación de un barco con su armador es un compromiso muy serio en la que el hombre vela celosamente por el estado de su barco y así este le transportará sano y salvo por los mares procelosos. De esta manera, hay barcas a las que solo les falta hablar para que nos cuenten como son sus capitanes. Recuerdo una muy graciosa, cuyo armador debía ser antiguo marino de una compañía muy famosa en Grecia; había pintado su embarcación de la misma forma que un ferry y le había colocado hasta un simulacro de chimenea con la insignia de la naviera. Otras se llenan de puntillas, visillos, alfombras, ornamentos y tapetes; dando a entender que la esposa del armador también pone su granito de arena. Un puerto de barculas, es en el fondo un concurso de belleza en el que el visitante toma el papel de jurado al pasearse entre ellas eligiendo ¡mira esta! ¿Pues has visto aquella?

Y cuando zarpan son la gloria de los mares; arrancan con un estallido sordo que rompe el silencio de la noche y se alejan con el pedorreo de sus motores; lejos, siempre lejos; así rezan sus canciones. Si es de noche iluminan el horizonte como luciérnagas y cuando amanece quedan prendidas en el lienzo rosado del agua y cielo confundidos, para quebrar con su estela el espejo del mar a base de ondas y volutas. Y si es una barca egea y el boriás azota, la veras saltar sobre las cresta de las olas como un potro de colores, o balancearse como un columpio infantil, cuando al pairo, su capitán recoge las artes. ¡Aj, barcas!

Pero estas criaturas de madera van dejando paso al plástico globalizado y cuando una desaparece vienen a ocupar su lugar tristes engendros sin alma. Cuando un capitán fallece, lo normal es que saquen su barca del agua y que esta se quede como un cachorro sin amo, es tal el desamparo que dan ganas de llorar. En Evgiros ya han sacado dos y un tercer capitán de 88 años, me decía que si no le ayudaba su hijo o su nieto, él ya no podría tenerla bonita. Por eso, cuando veo a algún joven con una barcula, pintándola o mareándola me dan ganas de abrazarlo. Estas barcas tienen derechos iguales que si pudiera respirar o hablar; y si su capitán lo merece, harán cualquier cosa por él.

Así que he confeccionado este pequeño homenaje con música de Manos Hatzidakis, letra de Nikos Gastsos y voz de María Fanturi. ¡Que disfrutéis!

Με την Ελλἀδα Καραβοκὐρη


Στίχοι: Νίκος Γκάτσος
Μουσική: Μάνος Χατζιδάκις

Μαρία Φαραντούρη
Με τη φουρτούνα
και το Σιρόκο
ήρθε μια σκούνα
απ’ το Μαρόκο
Με τον αγέρα
και με τ’ αγιάζι
πάει μια μπρατσέρα
για την Βεγγάζη
Άγιε Νικόλα,
παρακαλώ σε
στα πέλαγα όλα
λουλούδια στρώσε
Με τον ασίκη
το μπουρλοτιέρη
ήρθε ένα μπρίκι
από τ’ Αλγέρι
Με την Ελλάδα
καραβοκύρη
πάει μια φρεγάδα
για το Μισίρι

Bajo bandera griega

Con el temporal
y con el Siroco
una goleta
vino de Marruecos
Y con el viento
y con la helada
va un bergantín
para Bengasi.
San Nicolás
te ruego
por todos los mares
esparce flores.
Con un valeroso 
oficial de burlotier
vino un bricbarca
desde Argel
Con Grecia
por armador
va una fragata
para Misiri
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De ratones y capitanes

Por 16 julio, 2013 Etiquetas: , , Comentar (17 Comentarios)
De todas las criaturas vivas de la tierra, son los barcos los únicos a los que no se puede engañar con pretensiones vanas, los únicos que no consentirían malas artes por parte de sus amos.
J. Conrad. El espejo del mar.
 
Si Conrad levantara la cabeza, se daría cuenta de su error,  no daría crédito a lo que podría llegar a ver; todo un mar cubierto de capitanes.

En la marina profesional y sobre todo en épocas de Conrad, la vida de un marino era larga; hasta llegar al mando de una nave pasaban muchos años de oficiales y en ese tiempo se establecía una selección; no todos llegaban al final. Como consecuencia de esto la figura del Capitán era emblemática, sabia, imponente; un auténtico dios sobre cubierta. Algunos nombres,  personajes reales o inventados, incluso transcendieron a los libros o la historia para quedar cómo iconos, despreciables o admirables,  conocidos en todo el mundo: Larsen, Acab, Blight, Fletcher, Cook,  Nelson… ¿Quién de niño no ha jugado a ser un gran capitán y mandar a látigo y fuego sobre su tripulación?

También decía Conrad, en su Espejo del mar, que la navegación deportiva era una grata esperanza de que no se perdieran los hermosos veleros y las buenas formas marineras, un arte acosado por la llegada de  los grandes vapores. Pobre Conrad. Los veleros no se perdieron, todo lo contrario, se fabricaron como buñuelos; pero lo de las buenas formas marineras es harina de otro costal.

Hay cientos de miles de capitanes haciéndose a la mar cada fin de semana en sus barcos propios o alquilados, con sus flamantes títulos recién sacados, con sus gorras y sus guantes. Forman manadas de blancas  naves que se desplazan a velocidad del rayo de un sitio a otro sin derrota planeada; chillan y son chillados. Se someten a singladuras agotadoras y acometen maniobras que nunca les salen; sería un milagro;  solo porque han visto un barco allí fondeado desean ellos lo mismo ¿Pero cómo?

Yo misma soy parte culpable; en invierno cada semana, firmo los certificados de prácticas de otros 7 nuevos capitanes dispuestos a salir y sembrar el terror. Para la mayoría es un mero trámite y aunque yo me desgañite contándoles, en solo 16 horas, los secretos de las maniobras, los efectos del viento, que las amarras no son cuerdas para atar el barco, si no cabos de maniobra que nos facilitan la vida, que el ancla no se tira y ya está y que lo mejor es que hagan las cosas despacio y pensándolas antes; pocos me comprenden o se interesan. Siempre hay algún ser sensible que al despedirse te dice:

– La verdad es que he aprendido mucho, pero sobre todo…he aprendido que no tengo ni idea.

– Tú tienes algún boleto para ser un capitán, el resto ninguno.- Añado

Así que cada año que pasa más capitanes se lanzan al mar; un torrente inagotable de capitanes de diversas nacionalidades navegando a vela sin viento y a motor con la brisa, con sus defensas siempre puestas y listas, con sus auxiliares colgando o  enredadas en la cadena, con el único propósito de llegar a puerto y amarrar como sea, donde sea y sobre el cadáver de quien sea. Eso sí, ya lo han conseguido, son los primeros preparados a vociferar: !My anchor!  !My anchor!, cuando se aproxima el prójimo.

Chillar y ser chillados, su destino, el leitmotiv de sus vacaciones. Pero, ¿es que no son capitanes? ¿Acaso se le chilla a un capitán? ¿No es su voz la única que se tiene que oír sobre cubierta? ¡Pues chillemos! Y se enfurecen los capitanes al timón ¡Que desvergüenza de tripulación que no obedece! ¡Gandules! ¡Vagos! ¡Cómo se te vuelva a caer la amarra al agua te paso por la quilla! Y la tripulación; es decir,  la señora y el niño; aturdida, ve que el barco va directo contra el vecino, lejos, muy lejos de donde les dijo el capitán que amarrarían en un principio. Así que al llegar la noche, en la tranquilidad de la taberna, la tripulación exclama:

– It’s the first and the last time we rent a boat, Darling (la primera vez y la última que alquilamos un barco, Cariño)

Este año lo intentará con amigos. ¡Fuera la señora que es un estorbo!, nunca disfruta de sus aficiones ¡Que placer ¡Qué erección produce el ser llamado, Capi, Capitán, Patrón! ¡Almirante! Si, él realmente es un almirante. Y se envalentona. Y grita palabros incomprensibles.

– ¡Poner el ancla a la pendura! ¡A pique! ¡Zafar las bozas!

– ¿Qué dice?

Pero las maniobras siguen saliendo de pena y  la tripulación va perdiendo confianza en su Capi. Ya no le creen cuando dice mala suerte, ancla de mierda, culpa del vecino que tenía el fondeo donde no tocaba ¡Ay dios! ¡Qué falta de respeto y de disciplina! Por nada abandona la tropa a un capitán. Se le desdibujan los galones de sus hombros y resbala la gorra por su frente. Derrotado.

– Qué bien te salió la maniobra.- me dijo un vecino un día.- ¿Podías enseñarle a nuestro patrón? Siempre le sale mal.- El aludido se escondió en los cofines de sus bodegas.

– Dile a tu patrón que hay mucho escrito, pero en todo caso que observe. Se aprende mucho mirando a los demás. Que amarrar un barco es un arte que produce más alegrías que todos los galones. Buscar  con calma el sitio donde largar el ancla, un poco a barlovento pero si cruzar a nadie; colocar el barco en posición con el viento y despacito, sin prisas, todo el tiempo necesario que el viento te permita,  dejar que vaya barco y cadena, colarte entre los vecinos, suave, como media de seda, sin tocarlos, cobrando cadena cuando quieres que el barco caiga, largando cuando quieres que avance. Un gozo, una maravilla. Y ese apagar el motor y esa caricia al barco que tan bien lo ha hecho. Y esa cerveza fría, después, para analizar los errores, lo mejorable, lo incompleto. Riquísima. 

Pero dile, sobre todo, que no grite; no hace ninguna falta.

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