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Os deseo lo imprescindible

Por 22 diciembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (24 Comentarios)

El karabaki de Lefkada cargado de deseos

Dice Plutarco que dijo Pompeyo a sus amedrentados marinos que los rayos del cielo no eran importantes, sino llevar a Roma el trigo recogido en Sicilia. Dice Plutarco que decían los marineros que: ¡No! que bajo ningún concepto se harían a la mar ese día tan terrible. Y dice Plutarco que Pompeyo les dijo, con un tono vibrante y autoritario le celebérrima frase de:

Navigare necesse est, vivere non est necesse. Navegar es necesario, vivir no es necesario.

Así que los marineros se callaron ante la evidencia y se dispusieron a zarpar.

Y esta frase pasó a la historia de boca ilustre a boca distinguida, se hizo lema de la liga Hanseática, apareció hasta en discursos de Mussolini, le tocó la fibra sensible a Fernando Pessoa, e inspiró una canción de Caetano Veloso. Y cada uno ha creído ver en la oración metáforas diversas de entregas del individuo a fines superiores tales que la patria, como Mussolini, o a la belleza y la creación, como dice Pessoa. En cualquier caso, no sé qué puede haber más importante que la vida pues sin ella no hay navegación posible. Aunque bien pensado; triste la vida que no tiene una motivación fuera de ella misma, porque sin esta tampoco vale la pena vivirla.

Llegado este momento del año, ese sol tan lejano que ahora se irá acercando para calentarnos un poco, es tiempo de desearnos buen futuro. Si no es el navegar necesario será cualquier otro anhelo vuestro propio, así que rellenar la frase con vuestros oportunos empeños para que yo os los desee de todo corazón. Por eso sí vale la pena vivir. El placer y la vida están en el viaje más que en la arribada y en el deseo.

Os argonautas. Caetano Veloso
O barco.
Meu coração não agüenta
Tanta tormenta, alegria
Meu coração não contenta
O dia
O marco
Meu coração
O porto
Não
Navegar é preciso viver não é preciso
O barco
Noite no teu tão bonito
Sorriso solto, perdido
Horizonte e madrugada
O riso
O arco
Da madrugada
O porto
Nada
Navegar é preciso viver não é preciso
O barco
O automóvel brilhante
O trilho solto, barulho
Do meu dente em tua veia
O sangue
O charco
Barulho lento
O porto
Silêncio
Navegar é preciso viver não é preciso

Los argonautas. Caetano Veloso
El barco.
Mi corazón no aguanta
Tanta tormenta, alegría
Mi corazón no contenta
El día
El límite
Mi corazón
El puerto
No
Navegar es preciso vivir no es preciso
Barco
Noche en tu tan linda
Sonrisa suelta, perdido
Horizonte y madrugada
Risa
Arco
De madrugada
Puerto
Nada
Navegar es preciso vivir no es preciso
El barco
Automóvil brillante
Vereda suelta, ruido
De mi diente en tu vela
Sangre
Charco
Lento ruido
Puerto
Silencio
Navegar es preciso vivir no es preciso

Caetano Veloso compuso la canción Os Argonautas tras su paso por la cárcel en 1969 y su exilio. Veloso se basó en el poema de Pessoa, y con música de fado expresa su lamento por las personas que luchan, como Jasón y los Argonautas, buscando lo esencial cada dia.

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Barcos y monstruos marinos

Por 28 septiembre, 2016 Etiquetas: , , Comentar (7 Comentarios)

Sentada esta tarde en una linda isla, esperando que amaine el Meltemi para zarpar, y pensando indudablemente en la belleza, como no puede ser de otro modo en un lugar como este, me ha dado por especular que el diseño de los barcos ha iniciado un lento declive hacia la degradación de las líneas y los cánones de belleza en aras de una mayor comodidad.

No voy a entrar en el mundo de las motoras, que me horroriza, porque amarradas unas al lado de las otras me recuerdan a una inmensa zapatería de deportes. Y prefiero olvidar las grandes unidades, esos yates modernos que iluminan cielo y mar por las noches, cuyo único propósito es la ostentación y normalmente pertenecen a propietarios, ricos riquísimos, sin el más mínimo gusto por las cosas. Siempre hay excepciones, está claro pero estas no justifican lo anterior.

Una flota de veleros fondeada, siempre ha sido una imagen de gracia y esbeltez. Cuando desplegaban las velas y cogían movimiento tomaban la forma de pájaros o bailarinas, como en los cuadros de Degas. Es impensable que todos naveguemos en aquellas elegantes joyas antiguas en las que se sacrificaban candeleros y pasamanos ante el más mínimo atisbo de superfluo o antiestético; esto solo está al alcance de unos pocos y más si queremos que nuestros balandros cumplan a la vez el papel de buenos marineros y confortables cobijos. Pero creo que debe haber un término medio entre la exquisitez desnuda de los antiguos clásicos y la tendencia a convertir el barco en carromatos quincalleros.

Los propietarios somos muchas veces culpables, pretendiendo ubicar en el limitado espacio de cubierta todo tipo de artilugios que nos faciliten la vida: bicicletas, canoas, tablas, placas solares, generadores eólicos, toldos y capotas, por nombrar solo lo inmediato, porque la imaginación se queda corta comparada con todo lo que se puede llevar a bordo. De vez en cuando deberíamos bajarnos de los barcos y mirarlos desde lejos, para evaluar, con sinceridad y el corazón en la mano, si él se merecía el resultado, con lo bello que era el día que lo compramos. Pero dejando a un lado ese mal uso, a veces inevitable, que hacemos de los barcos, creo que uno de los problemas está en los nuevos diseños de veleros modernos y un público nada entendido, que es capaz de hacer grandes colas para comprar la última monería extraplana de Apple, pero al que las líneas marineras de su barco se la traen al fresco.

Buscando engendros que hayan surcado los mares, me topé con los barcos del almirante ruso Popov. Los términos del tratado firmado en París en 1856 tras la guerra de Crimea, prohibía a Rusia la navegación por el mar Negro en buques de guerra, lo que dificultaba controlar su costa. La solución que se le ocurrió a Andrei Alexandrovich Popov fue la de crear un nuevo tipo de nave capaz de patrullar por áreas costeras y por ríos, unas cañoneras capacitadas para maniobrar en aguas poco profundas. Nacieron las conocidas como “popoffkas”, unos minúsculos acorazados de forma circular y seis hélices propulsoras. En aguas someras se manejaran relativamente bien, pero por desgracia para Popov su diseño se mostró demasiado lento y para colmo, cuando sus torres disparaban, la nave tendía a girar sobre sí misma siguiendo un principio de acción y reacción desdeñado por el bien intencionado diseñador. Nunca se debe olvidar que los barcos son naves que surcan y desplazan el agua, si arrinconamos este atributo estaremos tan perdidos como Popov.

Uno de los verdaderos culpables de esta liquidación de los buenos diseños marineros, que evidentemente y por principios termodinámicos todavía no descritos, son los más bonitos, es la masificación en el mundo del alquiler. Mucha gente de la que alquila veleros hoy en día no tiene realmente vocación de navegante sino que se lanza por una corriente de moda: todos sus amigos lo han hecho, así que adquiere un titulillo, que parece otorgarle la destreza suficiente para deslizarse por las autopistas marinas y navegar por islas remotas. Pero el mar es un medio incómodo, no hay que negarlo; y en esto también radica su virtud. Hay un cierto reparo a que la familia eche de menos las molicies caseras y acabe recriminándole la “mierda de vacaciones a la que nos has traído este año”. Los griegos tienen una expresión para pedir que en el suvlaki con pita te pongan un poco de todo; patatas, cebolla, tomate, tzatsiki; dicen απ’ολα, traducido por “de todo”. Y eso es lo que buscan ellos, un barco con “de todo”: lavadora, secadora, aire acondicionado, potabilizadora, generador y televisión por satélite por si hay Champion’s. Claro, todo eso no cabe y la única solución, parecida a la barbaridad que se le ocurrió al almirante ruso, es añadir más pisos al barco, así se crean super estructuras y sobre cubiertas que sobresalen como moños puntiagudos de un peinado victoriano horripilante. En un monocasco estas excrecencias tienen un límite, pero los catamaranes son más, digamos, edificables. Así que se han puesto de moda unidades de varias plantas, donde el patrón tiene su puesto de mando en las alturas, aislado de la tripulación; en una especie de castillete, como si fuera la carroza de Melchor en una noche de reyes. Aparte de su fealdad, pues parecen edificios flotantes, siempre he pensado en el pobre capitán con mala mar, subido a cinco metros sobre el nivel del mar, intentando reparar cualquier problema en la botavara; las debe pasar canutas. Evidentemente rara vez sacan las velas, son sucedáneos baratos de las motoras. Para finalizar el desastre y debido a motivos de seguridad; dado que un catamarán llevado por manos inexpertas es un bólido donde no se tiene sensación de eso que llamamos “ir pasado de trapo”, les acortan los mástiles dejando una relación de aspecto deplorable. Nunca diré que no hay catamaranes bonitos, los hay hermosos como insectos articulados que se deslizan por el mar casi sin rozarlo; pero estos nuevos de crucero son horrendos. No se trata de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que me estoy rayando, que también; sino de que, por lo menos en el mundo marino; cualquier tiempo pasado fue más bello.

cata

Vuelvo mi mirada a la luminosa y proporcionada isla de Milos  para olvidarme del sobresalto que me dio aquel barco que pasó con la música a todo volumen. La belleza siempre está si la buscas con cuidado.

meditando

 

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Un romance

Por 24 enero, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)

Siempre hubo en mi casa un “Romancero Gitano” de Lorca. Me gustaba mucho el “Romance de la Pena Negra”y “el Romance de la Guardia Civil“;  llegué a aprenderme muchos versos de memoria. Esa tarde venía yo recitando, sin saber por qué unas estrofas repentinas.

Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.

Pudieron ser los hados o la premonición inconsciente. El caso es que cuando finalizaba las clases y me disponía a amarrar, una lancha verdinegra realizó dos trágicos círculos a nuestro alrededor y nos dejó tragando saliva y rociones de salitres en un tumulto de olas que nos cercaron como un tornado. Teníamos prisa por acabar; cerraban el puerto esa noche a partir de una hora y si nos demorábamos tendríamos que dar un gran rodeo a pie para salir.

.. Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.

Yo tiesa y quieta, mirando a todos lados como quien no ve nada y observa sin notar. La lancha que está esperando a la entrada del puerto. Los guardias en tierra. Y el brazo que se alza y la palma extendida. Y la voz potente. Aunque no quieras lo ves.
¡Nos paró la Guardia civil! Espero que sea rápido, les dije a mis acompañantes. Ya que de una clase se trataba yo expliqué la maniobra que debíamos hacer. Arrimarse despacio, dar la amarra de proa y marcha atrás con el timón hacia el muelle para que la popa se acercara poco a poco. Así lo hizo mi tripulante. Así, cogió el guardia la amarra. Así dimos atrás. Así casi destrozamos el barco porque el guardia, ni corto ni perezoso, sin un aviso, nos soltó el cabo en el último instante. La sangre empezó a templarse.

Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.

Por favor, la documentación. Por favor titulación del patrón. Por favor saquen todo el material de seguridad. Yo le dije si quería revisarlo a bordo y él me dijo que no. Yo le sacaba chalecos y él me pedía bengalas. Todos mirando la hora y él escrutando papeles. Yo me atreví con lo del cierre de la marina y él que lo hubiera dicho antes y que vamos, que no faltaba más, que la Guardia Civil es muy comprensiva y que él estaba allí para nuestra seguridad y no para estorbarnos. Y yo dije que ¡oh! pero que no se me había ocurrido hasta ahora decirle a la Benemérita que pasaba de largo cuando me dan el alto. Y él, para demostrarnos que de molestar nada de nada se fue a la patrullera con los papeles. Tardó tres cuartos de hora.

Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.

Cuando ya era bien de noche y mis alumnos uno por uno fueron pidiendo permiso para irse por motivos familiares yo seguía allí viendo pasar las horas. Se acercó arrastrando las botas y rechinando sus tacones me devolvió los documentos. Le recomiendo, dijo, que no tarde tanto en encontrar los extintores la próxima vez, podría poner en peligro su tripulación.

Yo para entonces tenía la boca seca y el espíritu amargo. En lo que transcurre un instante infinito se me cayó un cielo encima y me ahogaron vaharadas de poemas. Corre que te corre, la mente en esos segundos nos traiciona. Cállate tonta y quédate quieta. Pero para entonces me hervían todos los fluidos y linfas.

Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo se les antoja
una vitrina de espuela

La voz surgió de mi interior casi sin yo quererlo:

– Y yo le recomiendo, amable guardia, que dado que nuestras profesiones confluyen de algún modo; usted Guardia Civil del mar, yo Patrona de Altura de la Marina Mercante; hagamos prevalecer las costumbres y leyes de la navegación.  También yo me permito aconsejarle que no suelte la amarra a ningún barco sin permiso de su capitán; podría haber generado un accidente. Creo que usted, como yo, queremos ser buenos profesionales.

En el silencio de la noche, en aquel puerto vacío donde el relente iba rozándolo todo con sus dedos de charol, sonó algún trueno terrible en su cabeza de plomo, chispearon sus ojos de muerto  y me arrebató los papeles de un manotazo. Pasaron dos horas más hasta que me entregó la sanción.

Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.

Con las últimas fuerzas del cuerpo rebelado le miré a los ojos y le dije:

– Ve usted cómo no se les puede decir nada. Ustedes son guardias, pero no se equivoque, no se haga a la idea de que son accesibles y comprensivos. Cíñase a poner la multa, no hay otra motivación; y no endulce su conciencia.
Tengo que reconocer que no consiguió devolverme la mirada.

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Bendito sea el caos.

Por 15 diciembre, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (17 Comentarios)
Quizás la culpa la tuvieron los poetas románticos con sus canciones de libertad, de rechazo de la sociedad del momento, de rebeldía, de independencia, de desprecio a las normas y las leyes que no fueran las de la propia naturaleza. La búsqueda de la libertad y de la belleza era su principal exigencia y el mar fue una inagotable fuente de inspiración. Nunca me volvió loca la poesía romántica pero es innegable que la idea de un velero asociado a un ser libre es común en el imaginario popular gracias a ella, y no habrá muchas personas que no reconozcan los versos de Espronceda y hasta los reciten de memoria.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar…


…Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Luego llegarían muchos otros escritores como Stevenson, como London; aventureros como Slocum, Moitessier y cientos de pirados más que pensaron que la tremenda soledad de un hombre frente al mar era la forma más pura de libertad. Ese es el contagio que sufrimos muchos y que nos hizo cambiar el curso de nuestra existencia para saborear, aunque solo fuera a instantes fugaces esa trascendencia que pocas cosas generan tan profundamente como un barco aislado en una superficie inmensa y peligrosa de agua bajo un cielo colosal. Pero la libertad siempre va asociada a la responsabilidad y a la autogestión, por eso muchos hombres huyen de ella.

El tomar de vez en cuando contacto con la enseñanza  tiene una vertiente inquietante, algo de aterrizaje forzoso, viendo lo que se viene encima y tomando tierra sin descompresión. Da pavor el sopapo que te aguarda. Cada vez que reemprendo las prácticas de navegación tengo la sensación de que esto ha tomado una carrerilla acelerada, cuesta abajo, hacia lo más profundo y que más pronto que tarde me faltará el aire. Hay una corriente infecciosa de banalizar todas las parcelas de la vida hasta vaciarlas de significado que se extiende como un virus y que mes a mes el enfermo empeora a pasos agigantados. No es lo mismo ahora que hace cuatro meses.

No creo que sea necesario recitar a Espronceda para captar el hechizo de la navegación o lo exigente que puede llegar a ser el mar a cambio de hacernos un poco más libres; ha habido muchos marinos casi analfabetos que lo han sentido como ninguno; pero que la literatura ayuda es indiscutible. No pido que nadie se lea a los clásicos para aprender a navegar, aunque sí que sea consciente de que se asoma a un mundo de muchos siglos de antigüedad, desconocido para él y por tanto con una serie de valores a respetar. Y creo que uno de los más representativos es la autosuficiencia una vez se largan amarras. Igual se cose una vela que se sala un pescado, se repara una avería de motor, se idea un aparejo de fortuna, se negocia un temporal o se aguanta uno frente una calma chicha. Salir de estas vicisitudes por uno mismo y sin ayuda externa es el leitmotiv del sabio marino que todos queremos llegar a ser y produce una satisfacción incomparable, te sientes un héroe, te estimula a seguir buscando aventuras vitales en el mar; estás más vivo que nunca. Es así como me recompensa los malos momentos, es entonces cuando me encuentro libre de ataduras. Yo intentaba transmitir este espíritu a los nuevos aprendices. Cada vez se me hacía más difícil. Hoy he abandonado por KO. Creo que es mejor pensar que son unas prácticas de autoescuela y esperar a que salga una buena App para descargarla en el móvil. Me rindo.

 Las preguntas que me hacen intento tomarlas a risa, pero mis respuestas no pueden ser más que ácidas:

– ¿Y no hay un servicio de asistencia en el mar como el de los coches?
– Sí hombre y qué más, qué vengan en helicóptero con la pieza de recambio.
– ¿Y no hay un servicio de práctico que se suba abordo y te amarre el barco?
– Esta es tan obvia que no puedo contestar mas que con un: No.
– Realmente lo más difícil es amarrar, porque una vez sales ya es todo más fácil. ¿No?
– Es verdad, capear un temporal está chupado.
– Pues ya podrían volar todos los bajos que hay, son un peligro para los navegantes.
– Yo añadiría más, que pongan unos carriles de boyas, asemejando autopistas, donde transitemos por riguroso orden y sin adelantar.

 Y de un tiempo a esta parte, una pregunta que antes aparecía casi como una anécdota, ahora se repite en cada grupo de alumnos:

– ¿No hay control de alcoholemia en el mar?
– Habéis oído una canción muy antigua que decía Ron,ron,ron…la botellaa… de ron.
– Bueno, pero esos eran piratas; criminales.

Al principio eran casos aislados, casi como una ocurrencia de preguntar por preguntar, pero la cosa se ha ido acelerando hasta convertirse en un machaque constante y  me muerdo la lengua para no entrar al trapo. Poco a poco he notado que más que una pregunta es un ruego, como si el estado vigilante hubiera bajado la guardia en este caso y los dejara desamparados frente a los actos vandálicos de multitud de borrachos navegantes que acechan detrás de las olas poniendo en peligro sus vidas y las de sus familias. Y yo me quedo mirándolos con asombro y conmiseración ¿Tendrán el síndrome de Estocolmo? ¿No tienen bastante policía, bastantes normas, prohibiciones, revisiones o  material de seguridad obligatorio y reclaman más? ¿Se puede uno a acostumbrar a vivir así? Me produce terror.

Me acuerdo de Grecia con melancolía y con asfixia. También de una frase de Tierno Galvan: Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad. A ambos los echo de menos.

El mar
Canta : Socratis Malamás
Musica: Zemi Karamuratidis




Η Θάλασσα
Tην άκουσα τη θάλασσα
Τα κύμματα να λύνει
Δεν είχα φίλους ναυτικούς
Τσιγάρο άναψα γι’ αυτούς
Που το νερό τους πίνει

Τον άκουσα τον άνεμο
Με δέντρα να παλεύει
Να σπάει στο γόνατο κλαδί
Να μετανοιώνει σαν παιδί
Τα φύλλα να χαϊδεύει

Τον άκουσα τον κεραυνό
Τα κρίματα να καίει
Με την λεπίδα του γυμνή
Κι έκανα μία προσευχή
Γι’ αυτόν που πρώτος φταίει.

Σε άκουσα που έκλαιγες
Κι ήθελες να γυρίσω
Δεν τους γυρνάς τους ποταμούς
Τσιγάρο άναψα γι’ αυτούς
Που πίσω μου θ’ αφήσω.

El mar
Oí el mar
las olas al romper
No tuve amigos marinos
Enciendo un cigarro por estos
a los que el agua se bebe

Escuché al viento
pelear con los árboles
quebrar las ramas
lamentarse como un niño
acariciar las hojas.

Oí al rayo
quemar las penas
con su filo desnudo
Y recé una oración
por el primer culpable.

Te oí llorar
Y querías que regresara
No puedes hacer volver a los rios
Enciendo un cigarro
por aquellos que dejo atrás.

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