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El cartero siempre llama dos veces

Por 25 noviembre, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (12 Comentarios)
Ayer llegó el cartero con un paquete. Era un hombre normal con un carrito amarillo donde transportaba los envíos. Cuando sacó el mío se me aflojó la sonrisa y languidecí al ver los sellos de colores con sus timbres en caracteres griegos. Me acordé de Laurence Durrell, en su Reflexiones sobre una Venus marina, cuando decía que el encuentro por azar con cartas de matasellos helenos le provocaba una nostalgia irreprimible. El repartidor debió pensar que estaba pasmada, por mi sonrisa bobalicona mientras dejaba que mi mente transformara su figura de hombre corriente en la de un cartero de altos vuelos, el de Neruda o el pobre cartero muerto de Hatzidakis. Las relaciones con Grecia, cuando estás lejos de allí, tienen el poder de sanar el espíritu como un ungüento milagrero; cuando te lo untas retornas directo a tu niñez.Había contactado con un librero de viejo de Atenas que me podía conseguir un ejemplar del libro que mencionaba en la entrada anterior: Το Ταξίδι της “Χαράς”, El viaje del Jarás; un relato autobiográfico de un navegante griego que cruzó el atlántico norte con su esposa en un barco de 8 metros sin motor. El me dio un precio y me aseguró que en cuanto le llegase mi dinero lo pondría en el correo. Ya sé que a alguien le podría chocar el hecho de poner una transferencia a una cuenta bancaria particular de un desconocido a cambio de una simple promesa, pero llevo tantos años en el país que no me produce la más mínima inquietud. Los griegos son gente de palabra; eso no quiere decir que no haya ladrones o estafadores, los hay, pero son de más altos vuelos. Es una situación que he vivido en numerosas ocasiones; las cosas pueden tardar y hasta eternizarse pero no es necesario preocuparse, llegarán. Esto en sí parece una tontería, pero la confianza entre la gente es uno de los tesoros más envidiables de Grecia. Yo me dispuse a esperar el tiempo que hiciera falta y se me quedo grabada la canción de Hatzidakis El cartero murió, que llevo tarareando hasta el momento del timbrazo. Ringgg.

– Ohhh

Subí a casa como flotando, mirando aquel paquetito de papel de estraza, escrito a mano y con unos sellos de héroes y mitos; casi daba pena abrirlo. Con cuidado fui desembalando las capas y capas que el librero había envuelto con mimo y llegué a un volumen antiguo y sin desbarbar. Hacia muchos años que no veía un libro así y hasta me había olvidado de su existencia. Este tipo de edición, hoy desconocida excepto para algunos coleccionistas, usaba una hoja de papel de gran tamaño que abarcaba el texto de varias páginas, esta última se doblaba formando un pliego y  muchos cuadernillos de esos se unían mediante cosido o fresado y se encuadernaban. Como todo el proceso era artesanal los pliegos se dejaban muy a menudo intonsos, palabra que yo desconocía hasta ahora y que significa literalmente “sin cortar las barbas”. Es el propio lector el que debe abrir los bordes unidos de las páginas a medida que avanzaba en la lectura. Posteriormente se idearon máquinas que se encargaban de esta labor y sólo en algunos libros exquisitos de coleccionista se mantiene la costumbre de no cortar las páginas. Para un bibliófilo estos ejemplares intonsos, que no han sido abiertos ni por tanto sobados o leídos, tienen un valor superior al del ejemplar afeitado si barbas. Dice Víctor Infantes en su Biblia de los bibliófilos: “El bibliófilo no debe caer jamás en la tentación de leer un libro … Qué mayor honra que adquirir un libro que no tiene la más leve señal de haber sido leído, incólume y virginalmente conservado; y transmitirlo así, para otros afectos, sin el más mínimo testigo de una ignominiosa lectura.” En cualquier campo en el que te metas a indagar hay frikis.

 

El viaje del Harás

 

Pero volvamos a “el viaje del Jarás” ; allí estaba, entre mis manos, compilado en aquel pequeño objeto barbado, misterioso, secreto, excitante más que cualquier otro libro. Y yo, provista de un cuchillo jamonero bien afilado, canturreando “la muerte del joven cartero”, mientras recordaba aquellos puñales que había en los escritorios de mi infancia con los que alguna vez hemos jugado a herir y ser heridos de gravedad pero sin morir; siempre había escusas para mantenerse vivo de forma perpetua, para enfado de tus amigos.
Lo bueno de estos libros es que solo vas cortando las hojas que lees y esto es un proceso lento y mimoso para no convertir esa joya en un cuaderno de parvulario. Todo un placer delicado para pasar una tarde de frío como hoy mientras las páginas nos trae imágenes evocadoras del pasado. Pero ¡Ah! ¡Mi perdición! Ya en los primero párrafos el autor hacía mención a un libro del escritor Tasos Zappas que a él le había marcado como ningún otro: “El Jónico en una barca”; la edición debe ser de los años 30. Y ¿Qué hago? ¿Qué he hecho? Pues evidentemente volver escribir al librero griego sin mucha esperanza. Él me ha respondido que cree que lo puede conseguir.

 

Fotografía del Jónico en una barca

Fotografía del Jónico en una barca

 

El cartero murió
Letra y música de Manos Hatzidakis
Canta: Sabina Yiannatu

Ο ταχυδρόμος πέθανε…
…ήταν παιδί στα δεκαεφτά
που τώρα έχει πετάξει

Ποιος θα σου φέρει αγάπη μου
το γράμμα που `χα τάξει;

Και σαν πουλί που πέταξε
η πικραμένη του ζωή,
πέταξε πάει και του `φυγε
η δροσερή πνοή

Ποιος θα σου δώσει αγάπη μου
το τελευταίο φιλί μου;

Ο ταχυδρόμος πέθανε στα δεκαεφτά του χρόνια
κι ήταν αυτός η αγάπη μου,
η κουρασμένη του σκιά τώρα πετά στα κλώνια,
φέρνει δροσιά στ’ αηδόνια

Ποιος θα σου δείξει αγάπη μου
πού `ναι του ονείρου ο δρόμος
αφού πεθάναμε μαζί εγώ κι ο ταχυδρόμος;

El cartero murió
era un muchacho de diecisiete años
que ahora ha volado
¿Quien te llevara amor mio
la carta que te había mandado?
Y como un pájaro que voló
la amarga vida suya
voló, se marchó y se le fue
su aliento fresco.
¿Quien te dará amor mio
mi último beso?
El cartero murió a la edad de diecisiete años
y él era mi amor
Su cansada sombra
ahora vuela entre las ramas
trae frescor a los ruiseñores.
¿Quien te enseñará amor mio
cual es el camino de los sueños?
Ya que hemos muerto juntos yo y el cartero.
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Las buenas maniobras llevan a buenos puertos

Por 26 septiembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (18 Comentarios)
El trabajo de marino es una de las profesiones en las que más conocimientos se requieren en disciplinas tan dispares y alejadas entre sí como astronomía, derecho, pesca, meteorología, construcción naval, oceanografía, mecánica, reglamento, radiotelefonía, maniobras y hoy en día hasta informática. Tanto es así que un verdadero capitán no para de aprender en toda su vida laboral, lo cual también es un reto estimulante. Adquirir destreza en las maniobras es cuestión de experiencia, pero también de una actitud personal por buscar las cosas bien hechas. La navegación de recreo; sobre todo la del alquiler esporádico y veraniego, pierde la perspectiva de que los barcos son tanto técnica como arte; razón por la cual una maniobra debe ser elegante y sin artificios, como la buena música o la literatura; ya que las bellas maniobras llevan al barco a lugares hermosos, como las palabras meticulosamente escogidas llevan al texto a convertirse en una novela brillante. No solo hablo de veleros con tripulaciones numerosas en las que cada uno sabe lo que tiene que hacer y producen el resultado de un afinado concierto bajo la batuta de un buen capitán; si no que también me refiero a los pequeños barcos de solitarios o de pocas manos disponibles; igualmente en ellos, la elegancia es lo último que se tiene que perder. No soy amiga de contar historias marineras, pero esta vez me voy a permitir el desliz, lo más breve posible.

Llegábamos a Astipalea por el norte de la isla, viento a favor con un meltemi no excesivo  pero que se había puesto a cargar en las últimas millas. La Maga es un queche y llevábamos todo el trapo arriba; genova, mayor y mesana. El barco empezaba a ponerse duro al gobierno y era necesario quitar la mayor para finalizar la recalada viento en popa. En esas condiciones, intentar arriar la vela, aconchada fuertemente contra el mástil  es casi imposible, algo parecido a parar un coche acelerado por la bajada de una larga pendiente sin disponer de frenos, la única solución es girar y colocarlo cuesta arriba. Recogimos la vela de proa, orzamos y cazamos la mesana todo lo posible para que dejara el barco proa al viento; maravillosos queches que permiten estas y otras muchas cosas; pero la ola empezaba a ponerse muy vertical, al subir el fondo considerablemente de prisa a barlovento de la costa y empujaba la proa del barco sacándolo de rumbo.

Yo tuve un momento de debilidad y pregunté si arrancaba el motor para intentar mantener la proa. Una voz en mi interior me decía que eso no estaba del todo bien, pero otra voz más potente protestó: ¡Eso es una cochinada! Me entró la risa porque imaginé el mar lleno de basuras y desperdicios por mi error ¿Quizás yo también me estuviera embruteciendo? Tenían razón esas voces que me daban una lección de buena paciencia marinera; las prisas y la pereza están totalmente reñidas con las buenas prácticas del mar. Sacamos un pedazo de génova y acuartelamos el barco, entre la vela de proa y la de popa, el velero se quedó elegantemente parado subiendo y bajando las olas con dulzura. Pudimos arriar la mayor sin prisas y sin dificultades para poner nuevo rumbo a una ensenada difícil de localizar, entre los acantilados y las espumas de las olas que rompían contra la costa. Y ahí viene la siguiente disciplina: la navegación exquisita y sin errores para no fallar la recalada, pero esta vez no me voy a echar faroles; la navegación electrónica y el radar son grandes inventos de estos tiempos.

Entre las rocas peladas se abrió de sopetón, como un hachazo en la montaña, un estrecho canal que conducía a una espléndida ensenada protegida por los cuatro puntos cardinales y desventada, como una balsa tranquila, indiferente al tumulto de olas cruzadas y aullidos de viento que había en su entrada. Era el abrigo total que uno siempre imagina cuando se enfrenta a mares difíciles. De hecho la rada es utilizada por los pescadores cuando faenan por el norte de la isla y son sorprendidos por el mal tiempo o incluso cuando quieren dejar su barco a buen recaudo durante las temporadas de veda. Una bahía redonda entre montañas desiertas con cuatro casas sin pintar y sin peinar, como recién levantadas de la siesta y un balido persistente de los rebaños en la orilla. Una antigua fábrica de cal hoy abandonada, daba un detalle de industria desvencijada de pasados más célebres. Aquel sitio confortable y acogedor me hizo pensar en que los lugares no son lo que parecen realmente si no que la forma de acceder a ellos y las circunstancias nos muestran caras diferentes. Llegar a Vathi con la culpabilidad de haber hecho las cosas mal no hubiera tenido el mismo significado.

Vathi, Astipalea, un día de meltemi. Fotografía de expressonews.gr

De las cuatro casas, esto no es sorprendente, una era una taberna tan destartaladamente encantadora que no dejaba más opción que bajar a visitarla ¿Quién se dejará caer por aquí a parte de los yates del verano? La tabernera era una mujer desenvuelta que resultaba atrevida de pura espontaneidad y nos llamaba corazón mío, ojos míos, alma mía, niños míos, vidas mías y otra vez vuelta a empezar con corazones. Sin hacerle la más mínima pregunta nos las respondió todas. Sobre su vida en el Pireo y cuando se trasladó a la isla; ahora ya no volvería por nada del mundo a la ciudad donde nadie te conoce y donde te mueres en una esquina sin que te miren. Nos informó sobre la fábrica de cal y los años en que Vathi era un hervidero de barcos cargando polvo blanco, yendo y viniendo a todas horas. Luego la cerraron y todos se fueron a vivir a otro lado, pero ella no, porque qué iba a hacer ella en Atenas a estas alturas.

-Aquí en esta taberna, corazones, somos todos como una familia y los pescadores vienen de vez en cuando a refugiarse y a contarnos chismes y aventuras, así que ¿Cómo voy a cerrar el local? Sobre todo en invierno, cuando más falta les hace.

Hoy justamente habían llegado barcas con salmonetes ¿Os pongo unos pocos, ojos míos? Debió de vernos la mirada de aparición milagrosa porque desapareció en la cocina para prepararlos. ¡Y unas berenjenas! Exclamé cuando se alejaba. Vino corriendo y muy seria me dijo que eso que pedía era mucha faena. No lo entendí muy bien pero para qué discutir con semejante elemento.

– Lo tenías que haber encargado antes. Si quieres patatas, bien.

– Ah. Vale, patatas ¿Y pulpo?

– Ahora veo lo que se puede hacer, corazón mío. Pero sobre todo, no le deis de comer al gato. Los turistas tienen la manía de tirarle espinas, yo les digo que no lo hagan, pero como solo hablo griego no me hacen caso. El pobrecillo, por las noches, tiene unos cólicos espantosos.- Me quedé mirando al tigre bengalí que dormitaba orondo sobre un cojín de una silla y bostezaba por alusiones.

Había al fondo, en una parte del establecimiento algo más abrigada del exterior por unos ventanales de madera, una gran mesa redonda donde se sentaba la gran familia de la que hablaba ella, los marineros recién llegados se acercaban a saludar con grandes aspavientos y eran recibidos con cálidos ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo no venías por aquí? ¿El meltemi? ¿Cómo anda el abuelo? La reina de corazones corría atosigada por los encargos y los abrazos de reencuentros. La mesa se fue llenando de aparecidos que pedían ouzos, cervezas, cafés y la taberna  se caldeaba con ese apacible afecto de los sitios remotos donde siempre hay un recodo de misericordia esperando. Se comentaban partidos, se discutían lances de pesca, se despotricaba del gobierno pasado y venidero; mientras se iba llenando de humo y vocerío.

Y nosotros, sonrientes, charlábamos sobre las maniobras, las malas y las buenas, las que te traen a sitios tan extraordinarios como este. O quizás, pensándolo bien, hacen sorprendentes los sitios a los que llegas porque, al fin y al cabo, todo en la vida es relativo.

– ¿Podrías traer más vino?

– Mira, corazón-ojos-cielos-entretelas y alma mía. Coge la jarra y te lo sirves tu misma de la nevera, que yo tengo mucho trabajo.

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Cartas de marear

Por 10 abril, 2015 Etiquetas: , , Comentar (7 Comentarios)
Tengo en el salón de mi barco, enmarcado y enorme, una reproducción de un mapa del mundo navegable según Homero. Lo compré en Itaca, para hacer más genuina su procedencia. La tierra, en los tiempos arcaicos, era un disco humilde flotando en agua, en el centro de una esfera transparente; el cielo. Por debajo de ese círculo se encontraba el ignoto tártaro, la región profunda del universo, donde las sucesivas generaciones y reyertas divinas habían acabado poblándolo de rivales vencidos y penitentes. Es tan esquemático que seguramente dejaba al navegante encogido y boquiabierto, hechizado ante el enigma de los viajes posibles y siempre terribles. Lo que me fascina de esos inicios es que todo estaba por descubrir y se inventaban las mil artimañas mitológicas, filosóficas, astrológicas, para explicar lo que veían o lo que intuían. Ante un mundo tan sencillo como reflejaba el mapa, solo cabía maquinar historias y aventuras, todas posibles y reales, ya que ese espacio imaginado bien lo podía haber dibujado un niño curioso. Lestrigones, sirenas, arpías y comedores de lotos eran recaladas incuestionables para cualquiera que se atreviera a dar vueltas por ese área circular. 

Mapa mundi según los textos de Herodoto

No hay un momento concreto en el que se nos ocurriera plasmar en dos dimensiones lo que veíamos en tres; ahora dicen que pueden ser muchas más; para poder reproducir viajes ya realizados y dejar constancia de los peligros del camino. La geografía, y en concreto la cartografía náutica, surgieron como una constante evolución de ese mapa homérico por sucesivas aportaciones de algunos y frenazos religiosos de otros. Pero afortunadamente los diferentes cultos se turnan para castrar nuestro conocimiento; hoy por ti mañana por mí; y fueron los árabes esta vez los encargados de transmitir los antiguos trabajos  griegos y continuar con el desarrollo de ciencias no accesible a los europeos durante más de 1.000 años como la astronomía, la matemática y la geometría. La mayoría de los mapas medievales  tienen concepción de Orbis Terrarum, conocido por sus siglas O.T. La O representa el mundo circular, la forma geométrica perfecta, rodeado por el océano, la T hace referencia a la a la cruz y  el centro del mapa era Jerusalén. Los árabes sin embargo, partiendo de los escritos de Ptolomeo, estudiaron los sistemas de proyección y desarrollaron mapas para orientarse y viajar a la Meca. Los conocimientos griegos volvieron a nosotros con su paso por Al-Ándalus. De alguna forma corroboraban que el pequeño mundo era una circunferencia en la que todo circula, se aleja y retorna.

Hoy navegamos con sofisticados sistemas de posicionamiento y cartografías digitales. Dando un click con el ratón tenemos acceso a toda la información que puede contener un pixel terrestre; profundidades, mareas, corrientes, predicciones meteorológicas, fotografías y hasta datos añadidos por nosotros. El viejo globo terráqueo deja de tener secretos que nos perturben. Los viajes pierden gran parte de su romanticismo. No despotrico de la tecnología que nos facilita la vida, pues solo hay que recordar el tiempo en que surcábamos los mares con gran parte del barco ocupado por las cartas de papel. Tenías dos soluciones, o las enrollabas en plan papiro y las guardabas en un armario, o las plegabas como una sábana y las apilabas en la mesa de cartas. En el primer caso ellas tenían la costumbre de acomodarse y volver a su forma, como un muelle, por mucho que tú te empecinaras en lo contrario; acababas sujetando sus esquinas con los codos y la nariz mientras el barco escoraba y el resto de utensilios resbalaba por la mesa. En el caso del plisado, indefectiblemente siempre caía una isla o un bajo importante en el pliegue, por no comentar lo difícil que era trazar rectas con los altibajos del papel y los obstáculos de las molduras de la mesa de cartas, que aunque se llamara así nunca tenía el tamaño suficiente como para albergar una entera extendida.

La cartografía electrónica nos hace cómoda la existencia pero nos priva de los recuerdos de esas rutas dibujadas, que nadie se molestó en borrar, y esas filigranas en sus márgenes, producto de guardias aburridas y somnolientas; las que hoy me he encontrado en el trastero cuando una pila de cartas antiguas se han precipitado sobre mi cabeza. La electrónica hace más segura la navegación. Bueno, depende. Que se lo digan al Team Vestas que se subió en una isla en medio del océano, en la pasada Volvo Ocean Race, por olvidarse de  darle a la ruedecita del ordenador para cambiar la escala.

 

Pero lo que más me preocupa es que lleguemos a olvidar su nombre; las cartas de marear.

 

Χάρτες
Στίχοι: Σοφία Κατζούρη
Μουσική: Γιώργος Καζαντζής
Πρώτη εκτέλεση: Δήμητρα Γαλάνη
 
Χάρτες τα μάτια σου και ταξιδεύω,
μέσα στο βλέμμα σου νησιά γυρεύω,
γλύκα κι αλμύρα σα θάλασσες μοιάζουν,
κύματα στέλνουνε και με τρομάζουν.
 
Χάρτες τα μάτια σου κι όλο γυρίζω,
κάθε λιμάνι σου κρυφό γνωρίζω,
δρόμοι και σύνορα, όλα δικά σου,
δέκα τηλέτυπα μεσ’ στη ματιά σου.
 
Χιλιάδες νύχτες με ταξιδεύεις
σα στρώμα με βεγγαλικά το σώμα μου
παιδεύεις,
χιλιάδες νύχτες με ταξιδεύεις
στα βάθη του Ατλαντικού το σώμα μου
γυρεύεις.
 
 
Cartas
Letra: Sofía Katsuri
Música: Yiorgos Kaztzis
Cantante: Dimitra Galani
 
Cartas tus ojos y viajo
En tu mirada busco islas
Dulces y salobres semejan mares
Olas mandan que me asustan
 
Cartas tus ojos y todo recorro
Cada puerto escondido tuyo conozco,
Caminos y fronteras, todos tuyos,
Diez teletipos en tu mirada
 
Miles de noches me haces viajar
Como un colchón con bengalas mi cuerpo atormentas
Miles de noches me haces viajar
 
En las profundidades del Atlántico buscas mi cuerpo
 

 

 
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La delgada linea roja

Por 17 agosto, 2014 Etiquetas: , , , Comentar (44 Comentarios)
Por estas épocas del año siempre me suelo repetir, pero es que el agosto es mucho agosto y se echa a la calle tanto lo bueno como lo malo. Yo si pudiera, en agosto, me quedaría encerrada en mi casa con las ventanas y puertas selladas y una pila de libros para leer, pero no tengo más remedio que sobrellevarlo como puedo. Lo que ocurre es que con el paso de los años cada vez lo acuso más y con el paso de los años las cosas empeoran, el incremento del número de barcos es exponencial y hasta los moradores de las cloacas son capaces de comprarse una neumática con motor y venir a ensuciar las aguas de todos los mares, atronarnos y a hacernos la vida imposible.Todos a veces nos cabreamos con el vecino y en ocasiones hasta perdemos los nervios y gritamos; aunque suelo morderme los labios como los pretendientes de Penélope; pero a veces incluso de grandes peleas han surgido posteriores disculpas y amistades. Pero nunca hasta ahora este mundo se había parecido tanto al del automóvil, donde las más viles bajeza pueden salir de la boca de un conductor y donde hasta se es capaz de llegar  las manos por un quítame esas penas de un intermitente mal puesto. El hombre es un lobo para el hombre y si hasta ahora el universo náutico se había librado, porque éramos pocos, ya también este se sobrecalienta y se acerca al infierno; el hombre se puede convertir en una rata rabiosa. Afortunadamente solo en agosto.

De todas las especies con las que se puede tener un altercado estaréis de acuerdo conmigo que la de los italianos es la peor. Ni los flemáticos ingleses, que insultan con indirectas susurradas, ni los cuadriculados alemanes, ni los vociferantes búlgaros, ni los gesticulantes y malhablados españoles; con un italiano hay que tener mucho cuidado. Ya sé que italianos hay muchos y que las grandes masas siempre fermentan, sean de la nacionalidad que sean, pero en este caso atufan a“ garum”  y como se encuentran muy bien colocados en el centro del marenostrum, en verano legiones romanas enteras invaden todas las costas y clavan el pilum en territorios que piensan estar conquistados. Nunca te pelees con un italiano, me digo todas las mañanas antes de entonar el Ommm que me ayudará a pasar el día sin sobresaltos. Pero esta vez algo se ha roto, se ha sobrepasado la imaginaria línea roja que todo el mundo aceptamos, como práctica de la buena convivencia marinera, que no se debe pasar; nunca se toca el barco del vecino, ni ninguno de sus apéndices, amarras o anclas. Está escrito en las tablas de la ley; pero para saberlo hay que aprender a leer y no todo el mundo tiene el vicio.

En el caso que os cuento se trataba de fondear y dar un cabo a tierra, dada la profundidad de estos mares del jónico, a escasos metros de la orilla, es una práctica habitual y necesaria. La playa estaba sembrada de gomonne con la banderita roja verde y blanca; desde lejos se oía el vociferio de patio napolitano mientras se pasaban las fiambreras de una barca a otra. No me quedó otra que dar mi amarra entre dos gomonne que se encontraban un poco más distanciadas entre sí. Al momento hubo un silencio sepulcral y la ruidosa escena feliniana se transformó en una película de  suspense.

– Si tu cabo roza mi gomonne te lo cortaré.

– Ommmmm

– ¿Me has oído?

– Es solo un cabo. Ommmm. Pero si crees que te puede malograr tu “barca di merda”, digo tu linda barca, pues lo cortas. Ommm. Me comprare otro.

El tipo tenía una pinta insolente, descargador de muelle palermitano, con una gorra con la bandera italiana y acompañado de una  gorda michelinica y calva sentada en la borda que nos hacía cuernos.
Se reanudo el griterío neorrealista y nos metimos en el salón a comer. Cuando todavía no me había sentado a la mesa noté que el barco se movía diferente y vi pasar los acantilados por la popa, salí como un exabrupto. Efectivamente, me habían soltado el cabo, justo cuando la racha cargaba y justo cuando estaba dentro y no podía verlos. Recogí el ancla como pude, rozando las rocas, mientras el muñeco michelin se reía con las piernas metidas en el agua.

Me salieron dos lagrimones. Uno por la rabia y la sed de venganza, imaginando cuchillos que rajan las neumáticas, cabos y motores, la segunda resbalaba de pura tristeza, mientras el corazón se me hacía pedazos y se desmoronaba como una vasija de porcelana fina; nunca imaginé este mundo como el estercolero acostumbrado de siempre, nadie hasta ahora había osado atravesar le delgada línea roja. Pero ahora sí, ahora ya todo era posible; con premeditación y alevosía, cuando nadie te ve, cuando más daño puede hacer. Me sorbí los mocos e intenté amarrar un poco más alejada, mientras sonaban las risotadas de la gorda  en mi cabeza.

Una barquita de griegos que estaban al lado me llamaron y me dijeron que fuera a capitanía a denunciarles. Y los italianos al oír que yo hablaba en griego se quedaron lívidos de espanto. Pero la gorda reía, dando grandes manotazos sobre la barca.

– Bah ¿Qué puede hacernos?

Tenía razón, conozco este país y sé que ir a capitanía con estos cuentos es como denunciar en la guardia civil la desaparición de tu canarito. Aun así, me tomé la molestia de bajar a la playa y tomar datos y fotografías, con lo que el muñeco Michelin dejó de sonreír.

Este trabajo mío implica convivir con mucha gente dispar y aprendes a distinguir las bondades, maldades y debilidades humanas al instante; así que me fijé que el señor de una de las barcas no se mostraba muy cómodo con la acción de su amigo; bien sea por vergüenza o por miedo, qué más da, pero esto me dio pie para elaborar mi venganza y olvidar cuchillos y revólveres que solo me hubieran rebajado a su nivel y hubieran puesto en peligro mi vida seguramente. Cuando acabamos de comer le dije al muñeco neumático con la cara más hierática que pude:

– Me puede soltar el cabo señora. No nos apetece bañarnos ahora y ustedes saben muy bien como largar los cabos.

– ¿Cómo te atreves?

Y siguió una sarta de improperios que no me atrevo a repetir. Mientras tanto mi tripulación se partía de la risa escondida en el salón. Así que me dirigí al punto débil, a ese señor que parecía de otra especie. Y accedió de inmediato a soltar el cabo, mientras la gorda se deshacía en gritos, insultos y rabietas para impedírselo. Cuando acabé de recoger el ancla me acerque al señor y tal como aprendí en las peliculas del padrino, escuchando a Robert de Niro, le solté:

– Siñore grazie, ricorderò che ti devo un favore (me acordaré de que te debo un favor).

La gorda se quedó con la boca abierta y tan solo faltó la música de Nino Rota para completar la escena. Fue una venganza sutil, pero al fin y al cabo la sutileza es la única arma que ellos no saben manejar. De todas formas la línea roja se había traspasado y eso ya no tiene vuelta atrás; como no la tiene el volver a la feliz inopia de la infancia.

 

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