Browsing Tag

Navegar en España

Habaneras de una goleta

Por 6 noviembre, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (2 Comentarios)

En la esquina más sucia de la dársena, al fondo, donde las corrientes acumulan porquerías, ratas y desechos me encontré con un barco que un día quise. Un amante casi olvidado que a pesar de los años y lo que habíamos cambiado me volcó el corazón. Se mecía con gemidos de barco viejo, aunque no lo era tanto, con hierros podridos y agujereados que ya no ansiaban cortar más mares que los de las aguas sucias y amargas de su amarre prisionero. Había tantas horas de mi vida entre sus cuadernas y baos, horas de pinturas, barnices,  singladuras, olas y calmas interminables que a pesar de la melancolía me acerqué a míralo de cerca. Los barcos suelen dejar alguna historia de amor, incluso aunque no hayamos sido sus propietarios y la relación haya sido estrictamente profesional, siempre deseamos que en nuestra forzosa ausencia queden en las mejores manos posibles para que los cuiden y los mimen como si fueran perros desvalidos.

Todavía era palpable, entre la dejación y el abandono, la esbeltez de aquella goleta de stay de airosos mástiles, uno de los aparejos más elegantes para este tipo de veleros, un buque escuela que causó la alegría y la vocación de muchos. Ahora no era más que un barco enfermo y débil al que le habían negado hasta el derecho, la leyenda y la heroicidad de hundirse por sus propios medios. Sus ocupantes parecían haber salido corriendo atraídos por misiones más importantes, dejando sus cabos desparramados por cubierta sin decoro, sus chicotes como plumeros sin rematar, sus velas reverdecidas por las lluvias de años, las amarras imbécilmente tendidas desde cualquier sitio en vez de por sus nobles gateras, sus toldos y lonas arrancados, descosidos e hirientes, sus barnices despellejados, sus bronces pringosos y con una pátina de inmundicia, sus defensas tan mugrientas que ya no defendían ni de sí mismas ¿Quién podía gustar tan poco del bello arte marinero? Esa ocupación que perdura incluso después de la maniobra de atraque y el descenso de pasajeros, ordenando, estibando, adujando, arranchando y aclarando su cabuyeria, dejándola lista y pulcra para el día siguiente.

Hay barcos que tienen malos comienzos, sobre todo cuando su armador no tiene claro si los quiere y mucho más cuando el propietario no es un individuo sino un ente abstracto como la administración. Ni siquiera en la elección de su nombre tuvieron acierto; cuando se mezclan politiqueos y marinería el resultado suele ser desastroso y se tiende más hacia los lugares comunes que a la solución brillante. La corrección política le privó de un nombre innegable o genuino y la convirtió en una goleta masculina, de un abominable mal fario. Con un gran contrasentido se la bautizó como la representación de un héroe de caballerías terrestres y polvorientas. Esos fueron sus nefastos orígenes. A pesar de ello vivió algunos años de andanzas honestas en su juventud.

Pienso que incluso en el caso de barcos con feos augurios y mala reputación,  sus tripulaciones pueden ser capaces de defenderlos a muerte como si fueran su propia familia. Para ello es obvio que debe haber una marinería competente que se encargue de las necesidades que surgen cuando desarrollan su cometido: navegar. Los técnicos terrestres no conocen sus exigencias como la gente que los marea, nunca se adelantará a sus debilidades o a sus penurias. Los barcos, incluso los más humildes, están bien siempre que los hombres que vayan a bordo sean buenos y afectuosos con ellos, pero si la gente que los tripula está de paso, nunca habrá una relación entrañable que les lleve a desvivirse por ellos. Por eso fue dañino, en un barco de esas características, poner un capitán contratado por días o por horas, para ahorrar gastos, como si se tratase de un conductor de camión. Quien así lo pensó no tiene ni idea de lo que es un barco. En esta ocupación mía de la náutica de recreo profesional, hasta el más nuevo advenedizo imagina que sabe horrores y que tu trabajo bien lo puede ejecutar un primo o sobrino amateur por el simple gozo de pasearse mirando a babor y estribor con complacencia y dar dos voces autoritarias.

Sus verdugos más despiadados fueron la vanidad y la codicia. La necesidad de gloria y mando de aquellos que solamente pensaron en la entrada triunfal a puerto con el timón en sus manos y la voracidad de otros que solo rumiaron venganzas e intereses, utilizando un bien público para sus negocios privados. Decía Conrad que el arte de gobernar barcos es más bello que el de manejar hombres pues a estos se les engaña con facilidad pero los primeros son criaturas traídas al mundo para que nos obliguen a dar la talla. Eso sería en sus tiempos románticos, ahora nada importa y todo vale, incluso dejar a un velero consumirse hasta su espina dorsal y luego abandonarlo.

A pesar de su desolación, en un último truco ilusionista de tapar sus vergüenzas le habían pintarrajeado la matrícula y el mascaron con colores chillones y llamativos, mientras por sus imbornales rezumaban goterones negros desconsolados. Y en el colmo de sus desdichas, unos días más tarde, la llevaron renqueando, mascando lamentos, como un penitente, a exhibir sus castigos en la Valencia Boat Show ; eso sí, la amarraron muy lejos de visitas y miradas, podrida en su dignidad y con unas banderitas de colores colgando sin hermosura como pingajos burlones.

 

lagrimas-negras

Lagrimas negras



-Pareces una ramera vieja, con el radiante carmín de tus labios, tus abalorios y el rímel corrido por el cansancio.- Me salió del alma, como al protagonista de “Memoria de mis putas tristes”, uno de los inmensos cuentos de García Marquez, cuando descubre que a su amada Delgadina la han transformado en una furcia corriente:

… me aturdieron los artificios: las pestañas postizas, las uñas de las manos y los pies esmaltadas de nácar, y un perfume de a dos cuartillos que no tenía nada que ver con el amor…Un vapor raro me subió de las entrañas.
—¡Puta! —grité.

La canción de hoy es una copla de León y Quiroga, “Ojos verdes”, conocida por todos en múltiples versiones, quizás la más famosa es la de la Piquer. La verdad es que todas tienen su encanto singular y aunque una de mis favoritas es la de Pasión Vega me he decantado por esta de Silvia Perez Cruz porque me parece original. La canción es una historia de prostíbulo que inicia la estrofa con un “apoyá en el quicio de la mancebía”. Me hizo gracia encontrar una antiquísima versión de la Jurado que la cambiaba por: “apoyá en la trama de la celosía”. Supongo que la censura de entonces evitó el referirse de esa forma al lupanar, pero luego el resto de la letra, pensé, ya no tenía ningún significado, y realmente las coplas eran historias cerradas y redondas, con argumentos de culebrón.  Pero estas cosas sin sentido me vien como anillo al dedo para esta entrada.

Share:

Un romance

Por 24 enero, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)

Siempre hubo en mi casa un “Romancero Gitano” de Lorca. Me gustaba mucho el “Romance de la Pena Negra”y “el Romance de la Guardia Civil“;  llegué a aprenderme muchos versos de memoria. Esa tarde venía yo recitando, sin saber por qué unas estrofas repentinas.

Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.

Pudieron ser los hados o la premonición inconsciente. El caso es que cuando finalizaba las clases y me disponía a amarrar, una lancha verdinegra realizó dos trágicos círculos a nuestro alrededor y nos dejó tragando saliva y rociones de salitres en un tumulto de olas que nos cercaron como un tornado. Teníamos prisa por acabar; cerraban el puerto esa noche a partir de una hora y si nos demorábamos tendríamos que dar un gran rodeo a pie para salir.

.. Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.

Yo tiesa y quieta, mirando a todos lados como quien no ve nada y observa sin notar. La lancha que está esperando a la entrada del puerto. Los guardias en tierra. Y el brazo que se alza y la palma extendida. Y la voz potente. Aunque no quieras lo ves.
¡Nos paró la Guardia civil! Espero que sea rápido, les dije a mis acompañantes. Ya que de una clase se trataba yo expliqué la maniobra que debíamos hacer. Arrimarse despacio, dar la amarra de proa y marcha atrás con el timón hacia el muelle para que la popa se acercara poco a poco. Así lo hizo mi tripulante. Así, cogió el guardia la amarra. Así dimos atrás. Así casi destrozamos el barco porque el guardia, ni corto ni perezoso, sin un aviso, nos soltó el cabo en el último instante. La sangre empezó a templarse.

Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.

Por favor, la documentación. Por favor titulación del patrón. Por favor saquen todo el material de seguridad. Yo le dije si quería revisarlo a bordo y él me dijo que no. Yo le sacaba chalecos y él me pedía bengalas. Todos mirando la hora y él escrutando papeles. Yo me atreví con lo del cierre de la marina y él que lo hubiera dicho antes y que vamos, que no faltaba más, que la Guardia Civil es muy comprensiva y que él estaba allí para nuestra seguridad y no para estorbarnos. Y yo dije que ¡oh! pero que no se me había ocurrido hasta ahora decirle a la Benemérita que pasaba de largo cuando me dan el alto. Y él, para demostrarnos que de molestar nada de nada se fue a la patrullera con los papeles. Tardó tres cuartos de hora.

Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.

Cuando ya era bien de noche y mis alumnos uno por uno fueron pidiendo permiso para irse por motivos familiares yo seguía allí viendo pasar las horas. Se acercó arrastrando las botas y rechinando sus tacones me devolvió los documentos. Le recomiendo, dijo, que no tarde tanto en encontrar los extintores la próxima vez, podría poner en peligro su tripulación.

Yo para entonces tenía la boca seca y el espíritu amargo. En lo que transcurre un instante infinito se me cayó un cielo encima y me ahogaron vaharadas de poemas. Corre que te corre, la mente en esos segundos nos traiciona. Cállate tonta y quédate quieta. Pero para entonces me hervían todos los fluidos y linfas.

Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo se les antoja
una vitrina de espuela

La voz surgió de mi interior casi sin yo quererlo:

– Y yo le recomiendo, amable guardia, que dado que nuestras profesiones confluyen de algún modo; usted Guardia Civil del mar, yo Patrona de Altura de la Marina Mercante; hagamos prevalecer las costumbres y leyes de la navegación.  También yo me permito aconsejarle que no suelte la amarra a ningún barco sin permiso de su capitán; podría haber generado un accidente. Creo que usted, como yo, queremos ser buenos profesionales.

En el silencio de la noche, en aquel puerto vacío donde el relente iba rozándolo todo con sus dedos de charol, sonó algún trueno terrible en su cabeza de plomo, chispearon sus ojos de muerto  y me arrebató los papeles de un manotazo. Pasaron dos horas más hasta que me entregó la sanción.

Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.

Con las últimas fuerzas del cuerpo rebelado le miré a los ojos y le dije:

– Ve usted cómo no se les puede decir nada. Ustedes son guardias, pero no se equivoque, no se haga a la idea de que son accesibles y comprensivos. Cíñase a poner la multa, no hay otra motivación; y no endulce su conciencia.
Tengo que reconocer que no consiguió devolverme la mirada.

Share:

La isla cuentacuentos

Por 6 septiembre, 2015 Etiquetas: , , Comentar (12 Comentarios)
Trizonia es una isla chismosa, siempre que pasamos por ella me cuchichea historietas y cotilleos al oído para que no pase de largo y le preste la atención merecida por otras islas de más renombre, me invita a que aguarde la noche para oír el canto de los grillos, των τριζονιών,  de donde dicen proviene su nombre. A mí me gusta escucharla y bañarme en sus playas negras, o en sus playas doradas, o en la arena roja de Agios Nikolaos, el pequeño islote que cierra su bahía, con el sol de la tarde. Las olas que llegan a la costa hacen brillar sus arenas con mil matices de sangre y salen a la luz unos pequeños guijarros verdes como esmeraldas, especialmente puestos allí para llamar la atención y que te quedes un rato sentada en la orilla amasando un tesoro.

Foto de mi amiga María

Trizonia fue un lazareto durante la dominación turca hasta que en 1821 pasó a manos de Alí Pachá. El ancestro de toda su actual población fue el Señor Stamatogianis, un griego que se trasladó a vivir a la isla junto con los pocos pastores que mantenían aquí sus rebaños. Debió de ser muy prolífico el tal Stamatogianis ya que Trizonia llego a  tener 100 familias en 1928. Se volvió a despoblar en la década de los 40 debido a la hambruna y la emigración y hoy apenas quedan 30 habitantes autóctonos en invierno; la isla se mantiene con el turismo que recibe en verano, con los olivos y las viñas que sobreviven y con unos pocos navegantes que recalan con sus barcos en espera de mejores vientos en su tránsito del Jónico al Egeo y viceversa. La isla queda unida al continente; distante apenas 500 metros;  por tres barquitas que van y vienen sin descanso trayendo turistas, llevando pescado, llevando turistas, trayendo pan; una línea que mantienen los propios habitantes y sospecho que sin ninguna subvención estatal, de esa forma tan autogestionaria que tienen los griegos para sobrevivir a su orografía y a sus perpetuos malos tiempos.

Cuando Onassis decidió comprarse una isla como su rival Niarkos, dicen que eligió Trizonia. Allí se le veía llegar muchas veces con su yate, el Cristina, o con su helicóptero, para parlamentar con los propietarios de las tierras, pero hubo una resistencia popular, el magnate desistió y lo intentó con  Skorpios, donde solo habitaban cabras; un poco más fácil convencerlas. Son duros estos grillos cantores. En la misma Agios Nikolaos un cartel advierte de que el islote pertenece a una familia desde tiempos inmemoriales y que se prohíbe pernoctar en ella. Apenas una casa en ruinas, que seguro antaño vivió tiempos de esplendor y una iglesia blanquísima y azulísima dan el toque de color a la arena roja y a los pinos apretados que se inclinan hacia el este dejando bien claro cuáles son los vientos dominantes. Todo absolutamente inmaculado.

La situación de Trizonia, a la entrada del golfo de Corinto, y la seguridad de su puerto natural siempre la hizo muy popular entre la náutica de recreo. La historia de Lizzie y el antiguo Yatch club de Trizonia, de final un poco triste, ya la he contado en otra ocasión; podéis leerla aquí. Pero nadie se explica muy bien qué sentido tuvo la construcción de una marina desproporcionada en esta isla pequeña hace ya más de 15 años. En ninguna cabeza bien pensante cabía la idea de que alguien quisiera dejar su barco en una isla a la que solo se accede en una barca y cuyas comunicaciones con Atenas son más difíciles que el viaje de Jasón y los argonautas. Pero el pelotazo es el pelotazo y a los habitantes se les vendió que sería su prosperidad. La obra nunca se terminó y hoy, abandonada, permanece en un limbo legal en el que nadie la puede explotar. Los muelles se han ido llenando de barcos que la gente deja o deserta y que por supuesto no crean la más mínima riqueza. Cuentan que un día, hace más de 7 años, llegó una familia alemana en su velero, amarró, se bajaron con sus maletas y nunca más se les ha vuelto a ver. Hay incluso un barco hundido en medio de la dársena, impidiendo el paso, y hasta que se solucionen los problemas reglamentarios de propiedad nadie en el pueblo lo puede tocar. Me sabe mal decirlo pero a mí me produce sosiego verlo siempre ahí, viaje tras viaje, con sus mástiles saliendo del agua como las velas de una tarta de cumpleaños, siempre el mismo, con una quietud y una ilusión de que las cosas no cambian con los años; sobre todo para aquellos que venimos de países donde cuando vuelves es irreconocible hasta la puerta de tu casa.

Veo llegar la barquita por la mañana repleta de familias con niños cargados de cubitos y flotadores. La chiquillería se sube al techo de la barca y dan unos brincos que deben de estar atronando al patrón, pero nadie se inmuta, todos se alegran en la playa al verlos llegar y hacen gestos con las manos. ¡Qué felicidad! En mi país ya hubiera llegado la benemérita del mar que, por su seguridad, claro, les estaría poniendo una buena papeleta por llevar a los niños sueltos ¿Y dónde está el jefe de máquinas? Es obligatorio. Tiene usted caducado el curso de operador del sistema mundial de socorro y seguridad en el mar ¿Y el certificado de desratización? ¿Dónde está la taquilla para expedir los billetes? ¿Cómo? ¿Qué no tiene? ¿Y los aseos para minusválidos? ¿Y el botiquín contra picaduras de animales ponzoñosos? Ajá, conque no lleva usted pasarela de desembarque homologada e instalada por un instalador competente; ya veo, ya veo…Dejeme ver su titulo, si es tan amable.

Trizonia siempre fue de alguna forma el inicio de mis viajes.

Share:

El terror al vacio

Por 8 mayo, 2015 Etiquetas: , , Comentar (16 Comentarios)
Soy, más, estoy. Respiro.
Lo profundo es el aire.
La realidad me inventa,
Soy su leyenda. ¡Salve!

Jorge Guillén
Veía pasar el agua con rapidez y alejarse haciendo
caracolillos. Alargué el brazo para sentir esa excitación mojada que da el mar
sobre la piel pero alcancé apenas con las uñas y no pude comprobar la fuerza de
la corriente escapándose entre los dedos ¿Se movía el mar, nos movíamos
nosotros, era el viento el que nos impulsaba, era el barco el que al
deslizarse creaba el viento? Me entusiasmó la idea de que quizás era pura
ilusión, el vacío total donde nada se mueve y que el movimiento estaba más allá
del tubo de ensayo de nuestros sentidos. El sonido era de seda principesca con
un ligero clinc de gotas resbalando. Las estrellas explotaron por turnos sobre
el negro universo y se pusieron a llover sin ruido. Esa nada y ese simple vacío
me agarraron de las solapas y me zarandearon. Es una buena existencia la de
deslizarse sobre la melaza grande del mar que no ofrece nada más que el deleite
del cero absoluto.
Esa fue la razón que me obligó a convertir mi vida en una
viajante marina. Luego llegaron otras cosas, cientos de ellas, pero la primera
impronta fue esa, lo que nunca se olvida. Cuando yo empecé con este oficio el
mundo náutico de nuestro país era da alta alcurnia. Los pocos barcos que había
se recogían en pequeños clubs náuticos de salones aterciopelados con socios jugando
a las cartas y murales entorchados con anclas y timones bajo los cuales sus
esposas cotorreaban. Llegamos los asilvestrados, la clase media ilustrada que
había decidido que vivir era algo más que envejecer junto al fuego y que si el
mundo estaba cubierto por 70 % de agua era  para deslizarnos por ella sin rumbo fijo. La
vida explotaba con margaritas en el pelo, olores orientales, pantalones
holgados, vestidos de hilo y una inmensa biblioteca donde se hundían nuestras
creencias y motivaciones. Devorábamos todo lo que caía en nuestras manos y lo poníamos en práctica. Moitessier,
Tabarly, Slocum, Conrad, London, Stevenson, Navegar con mal tiempo, Felicidad en la mar. El mundo era grande y nosotros
pequeños. No tardaron en marcarnos con el dedo señalador que merece la gente singular. No hay nada más subversivo que ser feliz. No hay nada tan grotesco
como los individuos que se creen superiores por no entender que tú no quieras pertenecer
a sus lugares comunes.
Como teníamos que vivir de algo nos inventamos el viajar con
gente aventurera que pagase por compartir esa parte de tu vida. Hacíamos
singladuras de lo más electrizantes donde
quedarse sin motor, sin baterías, sin nevera o sin nada de nada era lo más
emocionante que podía ocurrirles a aquellos pasajeros aguerridos que nos
acompañaban. Recuerdo una travesía en la que la botella de gas dio sus últimos estertores
cuando toda la comida que había a bordo esperaba cruda en el horno. Y el
desembarque atropellado de la mañana en el puerto, buscando un bar que
nos friera huevos con puntillas y con 100 litros de cerveza fresca. El placer de la arribada.
Los que antes nos despreciaban y nos daban los amarres más
alejados de sus sedes sociales para que no afeáramos el puerto, no tardaron en reconsiderar que quizás no éramos tan ilusos sí no más bien espabilados, así
que decidieron hacer lo mismo. Fueron rápidos en atiborrar esos sitios recónditos
de pescadores amables y cantinas pobretonas. Surgieron como setas las marinas uniformadas, los bares
chill out, los apartamentos, las tiendas de moda fashion  y las oficinas de
alquiler de coches a la puerta. Los barcos subieron de eslora y se llenaron de
aires acondicionados, lavavajillas, televisores de plasma y microondas.
– Hay otra forma de navegar diferente, no reñida con la comodidad.
Dijo uno
– No lo dudo. Dije yo. Y salimos zumbando para otros mares
donde no hubiera llegado el ataque por modificar la corteza terrestre. Y nos compadecíamos de los que pensaban que por fín nos habían desterrado.

Luego vinieron cruzadas ecologistas por enmendar lo
irrecuperable, la policía, la seguridad, los parques,  el control, el estar localizable en todo
momento, el maldito tripadvisor. Y nosotros seguíamos corriendo sin rumbo fijo,
corriendo delante del maremoto, de la ola rompiente, del temporal que todo lo
arrasa. Esa carrera de fondo que no tiene meta.
Aristóteles pensaba que la naturaleza aborrecía el vacío,
Esta idea perduró hasta el siglo XVII, cuando Torricelli, Newton y Pascal
demostraron que era falso. Hoy sabemos que hay incontables universos
posibles en cada pulgada de nada. Pero a pesar de todo, en el arte, en la
ciencia y en la vida, el ser humano tiene un tremendo horror vacui y no
descansa hasta colmarlo todo con su presencia. Entonces se da cuenta que estaba
mejor antes, con el lienzo blanco.

Vuelvo a ver aparecer esos mismos personajes buscando islas luminosas de revistas de viajes, pescadores amables y nativos sonrientes. Boquiabiertos de que las cosas no sean como pensaban, arrogantes  frente a un país “tan atrasado”. Descompuestos porque se han quedado sin antena y sin ver el mundial, que desgracia, o porque su AIS no funciona y sus amigos no lo encuentran. Socorro. ¡A mi, a mi, que necesito un varadero urgente por favor, tengo una vía de agua! Y yo un mecánico, un presupuesto para el seguro, un velero, un … ¿Vosotros me podíais ayudar? ¿No te acuerdas de mi? Sí, ¿Verdad? Qué gracia el volvernos a encontrar aquí otra vez. He pensado mucho en vosotros; lo cierto  es que siempre fuisteis un poco extravagantes. Pero yo no, no te creas, yo os defendía a capa y espada, en el fondo le dabais vidilla al asunto y aprendíamos muchas cosas con vosotros. Y ¡Qué valentía la vuestra! La verdad es que me parece que faltan muchas comodidades para el barco en este país, más marinas, más tiendas, no sé como explicarlo… Y ahora, con ese gobierno radical que tienen, qué desastre ¿No? Pero no hablemos de política que está mal visto, no sea que tu me digas que a ti sí te gustan los comunistas prosoviéticos esos de Varufucker, ja,ja, y tengamos el lío montado. Ale, vamos a tomar una cerveza y me cuentas que sitios hay para ver por aquí y me recomiendas alguna tabernita del puerto, de las que solo tu sabes.

Me guardo el secreto de los soberbios placeres sencillos, del viento terco, de las nubes negras y azules, de las aguas saladas que he vivido, aguas que dejaban en las manos el recuerdo de una felicidad inmensa, como dijo Yiorgos Seféris ¿Qué saben ellos de eso?

Στίχοι: Γιώργος Χρονάς
Μουσική: Γιώργος Καζαντζής
Πρώτη εκτέλεση: Λιζέττα Καλημέρη



Τι ξέρεις για τον καιρό γι αυτόν τον άνεμο
την κάθε της ματιά που γυρνάει και σβήνει
τι γνώριζες γι αυτή για τα χείλη της
την κάθε της φωτιά που γυρνάει και δίνει


Ήτανε αέρας πάντα σύννεφο σκοτεινό
δεν τη βρίσκεις δεν τη φτάνεις
ψάχνει το χαμό
Ήτανε αέρας πάντα σύννεφο βιαστικό
μες σε τρένα μες σε πλοία
κλαίει το χωρισμό


Τι γνώριζες γι αυτή για τη μάνα της
την κάθε της σιωπή πριν τραγούδι γίνει
τι γνώριζες γι αυτή για το γέλιο της
την κάθε της φωτιά που γυρνάει και δίνει


Ήτανε αέρας πάντα σύννεφο σκοτεινό

Era el aire
Letra y música: Yiorgos Kazantzis
Canta: Lizetta Kalimeri


Qué sabes del tiempo, de ese viento
de cada mirada suya que gira y se apaga
Qué sabes de ella, de sus labios
de cada fuego suyo que regala y vuelve.

Era siempre aire, una nube oscura
no la encuentras, no la alcanzas
busca tu perdición.
Era siempre aire, una nube apresurada
en los trenes, en los barcos
llora la separación.

Qué sabes de ella, de su madre
de cada silencio suyo antes de que se haga canción
Qué sabes de ella, de su risa
de cada fuego suyo que regala y vuelve

Era siempre aire, una nube oscura

Share: