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Peloponeso

La isla del ciervo y la luna

Por 2 febrero, 2017 Etiquetas: , , , , Comentar (14 Comentarios)

Me deslicé por la escalera sin ser consciente del agua, persiguiendo una estela blanca como si fuera un calamar. Cuando el mar ni siquiera se riza, la luna hace un camino limpio sobre la superficie, nítido y sin temblores. Directo, como un cañón la luz penetraba en el agua y hacía visible lo desconocido. En ese caso es una necesidad imperiosa transformarse en un ser marino y perseguir el resplandor, abriendo bien la boca para tragar agua salada y dejarla escapar por las branquias, recordando el pasado pez de nuestros ancestros. En el fondo, la arena se había quedado quieta dibujando suaves montañitas como si fueran olas capturadas en una instantánea, y entre las crestas, estrellas de mil pies andaban de un lado a otro indiferentes a la indiscreción del satélite luminoso. Salir a respirar era un auténtico desperdicio porque la luz argentina y onírica del interior del mar se transformaba en oscuridad al sacar la cabeza y contemplar el cielo vacío de estrellas dominado por la cara redonda de la loca blanca.

Selene era una deidad promiscua. Una de las historias mitológicas más turbadora es para mí la de los amores de Selene con el pastor Endimión, un joven rey destronado que se ocultaba en las montañas dedicándose a pastorear sus rebaños y a contemplar el firmamento por las noches. Endimión tras ponerse el sol, para distraer su soledad, observaba a Selene, a la que cortejaba en silencio; noche tras noche su alma se alimentaba de esa muda contemplación amorosa. Una noche Selene, sin saber nada de la gran pasión que ha inspirado, desciende a la tierra, le ve dormido, hermoso, desnudo, tumbado en la entrada de una cueva, irresistible en su juventud y se desliza con sus rayos blancos para yacer a su lado. La diosa también se enamora y empieza a frecuentarle cada noche. Endimión, despierto, languidece frente a su amor imposible, dormido, se convierte sin saberlo en el objeto de amor de la misma diosa. Él no sabe que ella le visita cuando sueña y ella no sabe que él la ama cuando está consciente. Son Selene y el pastor dos amantes que se persiguen sin encontrarse.

Una noche despierta Endimión entre la zozobra de un sueño, sintiendo el roce de su amada; el goce es infinito para ambos, se confiesan su amor y se observan de cerca, pero desde ese momento Endimión ya no es feliz, siente pánico. Es consciente del paso del tiempo, ese que tan finamente dibuja su pálida amante a base de días de ausencia y noches de ardor, que se les escapa irremediablemente y le deja aterrado ante los primeros signos de su propia vejez. Selene pide ayuda a Zeus y éste concede que Endimión permanezca intemporal mientras esté dormido; sólo envejecerá en los periodos de vigilia. Endimión hace prometer a Selene que estará siempre con él mientras duerma. Sueña y no envejece, siempre despierta enamorado. Pero entonces, cuando está despierto, ella no está y se desespera, solo desea volver a caer dormido otra vez para tenerla entre sus brazos.

Pobre Endimión ¿De qué le sirve su gozo si no puede deleitarse? Le dio tanto miedo el fugaz tic-tac de Cronos que no supo saborear el presente. No tiene más remedio, al final, que caer en un sueño interminable para poder detener las nuevas arrugas que cada día descubre en su rostro y retener así a su amada. Toda una paradoja de amor, tiempo, sueño y muerte: Si existiera el dormirse y no se compensara con el despertar que se origina del estar dormido, sería como estar muerto. ¿Sentirá ahora los besos de la luna? ¿Cómo gozará de ello si no aprecia nada? ¿De qué aprovecha la inmortalidad si esta es insensible?

La isla de Elafonisos, de los ciervos, es un espectáculo durante el plenilunio, porque está hecha de arena y de dunas y se platea esas noches como una joya. Su nombre hace referencia a los muchos templos dedicados por la zona a Artemisa, la diosa virgen y cazadora, que iba acompañada siempre por un cervatillo; la que que usurpó a Selene su poderío lunar. Por cierto que fue otra virgen, la María, la que heredó a su vez el trono de Artemisa, por ello se la pinta frecuentemente pisando la luna. Los cristianos llegaron con pie firme para cambiar las cosas.

 

luna llena Elafónisos

 

Al principio Elafonisos era una pequeña excrecencia del cabo Maleas. Un terremoto quebró su unión con el Peloponeso y la isla se fue poco a poco separando y creando ese estrecho de aguas turquesas que tanto impresiona al visitante. Dicen que en 1677 todavía era posible cruzar de un lado a otro andando sobre los charcos. Los piratas sarracenos la conquistaron y asesinaron o esclavizaron su población; Elafonisos permaneció deshabitada y olvidada durante casi mil años. En el S XIX y por una disputa territorial, Kapodistrias decide mandar a unas familias a crear asentamientos y comienza a ser habitada oficialmente de nuevo.

Una barca cruzaba a remos al continente, manteniendo una línea irregular, autogestionada y espontánea, en la que los pasajeros eran invitados amablemente a remar y los animales a chapotear amarrados a sus costados; todos menos los burros que tienen pavor del agua y no saben nadar. Una mañana tranquila y calma de 1938 los ocupantes oyeron un estruendo y vieron a una barca roja acercarse a toda velocidad. ¡Nada menos que tenía 5 hp de motor! El joven piloto del flamante barco levantó el brazo y gritó señalando el nombre pintado en la borda:

–Esta es la Virgen María, ¡Mirad el futuro, la grandeza de la isla!

Y todos lanzaron sus sombreros al aire, ante el terror de los pollinos que comenzaron a rebuznar al unísono. Los remos cayeron en cubierta para siempre y los burros, poco a poco, se esfumaron con la bruma. La ruta fue operada por muchos y sucesivos barcos rojos que introdujeron a Elafónisos en una nueva era. En la actualidad, miles de coches y turistas visitan diariamente, en verano, una población de apenas 200 habitantes. Endimión se volvería a dormir para no ver ese precipicio del tiempo y de vírgenes coloradas que pisotean a su amante. Despertaría solo en el pansélino para bañarse en el agua y perseguir a su luna como si no hubieran pasado los siglos y todo fuera como antes del sueño.

La curiosa y sagaz lengua griega tiene la manía de cambiar conceptos al alterar los prefijos, dando lugar a comparaciones originales: Εκδρομές, quiere decir excursiones, recorridos de placer, hacer turismo; Επιδρομές, quiere decir invasiones, como los turistas a tropel. Y solo cambian 2 letras. Grecia necesita el turismo como el maná, pero a la vez el turismo la devora como Saturno. Una contradicción, una duda existencial ¿Qué quiero, qué? se pregunta Sapho.

Στίχοι: Σαπφώ
Μουσική: Νίκος Ξυδάκης
εκτέλεση: Ελευθερία Αρβανιτάκη

Ολονυχτίς ο σκοτεινός
τα μάτια ο ύπνος κυριεύει
και με καίει, με καίει
και μ’ ανάβει ο πόθος
σύγκορμη.

Τι θέλω τί, μήτε ξέρω τί,
δυο γνώμες μέσα μου.
Τι θέλω τί, μήτε ξέρω τί,
σταγόνα τη σταγόνα ο πόνος μου.

Letra: Sapfo
Música: Nikos Xydakis
Canta Eleftheria Arvanitaki

Toda la noche la oscuridad
los ojos el sueño domina
y me abrasa y me abrasa
y me enciende la pasión
el cuerpo entero

Qué quiero qué, ni sé qué
dos opiniones dentro de mí
qué quiero qué, ni sé qué
gota a gota mi dolor

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Esta noche rompemos

Por 12 diciembre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)
Descubrir es a cubre como desvelar es a velo. Y vislumbrar es entrever la luz. Jugar con el significado de las palabras es tal vez, como yo lo siento, tantear las historias que escribo. Saber cómo suena lo que busco a tientas.

Investigar por la necesidad de levantar el velo o el cubre, por iluminar esa taberna que daba nombre al pueblo. Tal como expliqué en la entrada anterior Finicunda antiguamente se llamaba Taberna, porque el pueblo se reducía a un establecimiento de este tipo y constituía una innegable “red social” de los marinos de Mesenia. Me preguntareis que hay de interesante en un nombre. Y yo responderé  que es una mera coartada para imaginar barcos que arriban, fondean, amarran, descansan. Hombres rudos que desembarcan con las ropas salobres y las pestañas quemadas, con las miradas blanquecinas de unos ojos opacos de tanto contemplar el mar. Vislumbrar. Y esa necesidad de charla y de roce humano, bajo un techo sin estrellas y sobre un suelo inmóvil, sin balanceo, ni céfiros, ni escamas, ni truenos. Bajo la cubierta de una tabernera sonrosada y voluptuosa que sirve tanto a forasteros como parroquianos un vino tan caliente como para reconstituir huesos y glándulas. Imagen de abrir la puerta en invierno con un bombazo de luces, olores, música y vocerío. Evocaba tantas cosas que valía la pena destapar el velo a su historia, así que cogimos nuestra vara de zahorí y emprendimos la búsqueda.

Encontrar la taberna prehistórica no fue difícil, pues aunque camuflada entre otras tantas que habían surgido por gemación, preguntando se llega hasta Roma. Era modesta y discreta, ni más bella ni más fea que sus vecinas pero la verdad es que la varita no vibraba ni mostraba indicios radiestésicos de ningún tipo, si en su momento fue la primigenia, ya no decía “mu”. Se había roto el encanto romántico de aquella cantina antigua,  ahora  enlucida y reformada, con toldos y sillas modernos, pero frente al mismo mar. No, esta no era de las que roban el alma.

Ya de vuelta y con la misión truncada, abandonada y el ánimo alicaído del cazador que regresa con la munición intacta, nos paramos frente a una taberna anfiteátrica frente al puerto que anunciaba música en vivo para esa misma noche. Era un punto positivo porque a quien no le gusta la música en directo y aunque en estos sitios veraniegos la cosa deriva invariablemente en baile de Zorba con muchos turistas levantando brazos, siempre es agradable cenar con el punteo de buzuki y la guitarra. Nada perdíamos por probar. El segundo punto a su favor es que ofrecía como plato estrella la sopa de pescado denominada Kakabiá.

Ya he hablado en otro momento de esta sopa antiquísima que se cocinaba en las barcas de pesca en unos pucheros enormes rematados por tres patas en su base, de donde viene su nombre. Hay antropólogos que afirman que la preparación de esta sopa fue de los primeros intentos de cocina, algo más sofisticado que el simple asado, de la historia conocida de la humanidad.  En esencia se basa en cocer, con poco agua, el pescado de poco valor comercial, junto con patatas, cebollas, tomate y apio. El secreto es que las espinas del pez casi se disuelvan en el caldo. Por último se añaden trozos grandes de pescado de calidad que flotaran en la salsa espesa. Se sirve con limón y trozos de pan seco.

Me recuerda a la paella, tanto por que el origen del plato hace alusión al cacharro donde se cocina, como sobre la extensa discusión sobre la elaboración del guiso. No es lo mismo una paella que un arroz; no es lo mismo una sopa de pescado que una Kakabiá. Ambas tienen ingredientes indispensables o, en su caso, prohibidos, ambas dan origen a tratados extensos y peleas entre puristas y heterodoxos. Pero eso es también parte del folclore, lo que diferencia el simple alimento de la cultura. Siempre pido Kakabiá cuando la veo.

Hacía fresco esa noche y todos nos sentamos dentro, con las mesas dispuestas en corro frente a los músicos. Y yo me entretenía en observar las viejas fotografías que colgaban de sus paredes que remitían a la Finikunda original, la de dos casas y una taberna. Esas fotos amarillentas tenían el humo de los miles de sopas servidos en el establecimiento.

Comenzaron las canciones, sirvieron la sopa. Debían ser las 9 de la noche. La música y el vino subía poco a poco la temperatura del local; los músicos eran invitados a sucesivas rondas de tsipuro, aguardiente, que hacían que el cantante cada vez se desgañitara más; era un auténtico “mangas” del Pireo, elegante, con unas patillas larguísimas, la cara roja  y las venas explosivas de tanto berrear. De vez en cuando, algún comensal suspiraba con la mano en el pecho al comienzo de una canción, la suya, y se levantaba para echarse un baile desbaratado. Siempre me ha gustado esa costumbre griega de alternar cenas con danzas sin que a nadie le parezca de mala educación. ¿Cómo podría uno seguir comiendo si se entonan los primeros acordes de esa copla que tanto le gusta y que tan buenos recuerdos trae? La verdad es que el repertorio te hacía brincar de la silla cada dos por tres porque era una selección de rebética de las buenas, solo interrumpida por un Zorba, a petición de una extranjera desubicada, que fue interpretada con desgana y entonada con una mueca de aburrimiento por parte del manga cantante.

Yo no podía acabarme la cena con tanto baile y cuando miré el reloj eran las 3 y media de la mañana. ¿Cómo era posible que siguieran punteando guitarras o buzukis sin que se les cayeran cachitos de dedo? El cantante, tras 6 horas ininterrumpidas y pasionales fue relevado de su silla y se dirigió hacia la puerta en busca de aire fresco dando tumbos y traspiés.

Ya nos íbamos cuando tocaron esta ¡Aj! Pedí otra jarra de vino.



Απόψε κάνεις μπαμ
Στίχοι και Μουσική : Βασίλης Τσιτσάνης
εκτέλεση: Σωτηρία Μπέλλου 

Απόψε κάνεις μπαμ! απόψε κάνεις μπαμ!
σε βλέπουν και φρενάρουνε και σταματούν τα τραμ
Κουρντίστηκες κυρά μου στην πένα, στο καντίνι
να ζήσει κι ο λεβέντης ο λεβέντης που σε ντύνει

Απόψε κάνεις μπαμ!

Ξαπλώσου στο ταξί ξαπλώσου στο ταξί
και πάμε να γλεντήσουμε σε φίνο μαγαζί

Απόψε στην ταβέρνα, πω πω! τι έχει να γίνει!
κι αν κάνεις να χορέψεις, ποτήρι δε θα μείνει

Απόψε κάνεις μπαμ!…

Αμάν και τι `σαι εσύ! αμάν και τι `σαι εσύ!
για χάρη σου σταθήκανε οι άντρες προσοχή
Απόψε σε γλεντάω κι ο κόσμος πάει να σκάσει
κοντεύει απ’ τη ζήλεια να τους φύγει το καφάσι

Απόψε κάνεις μπαμ!…

Απόψε στην ταβέρνα, πω πω! τι έχει να γίνει!
κι αν κάνεις να χορέψεις, ποτήρι δε θα μείνει

Απόψε κάνεις μπαμ!….

Esta noche rompes
Letra y música: Vasilis Tsitsanis

Interprete: Sotiria Bellu
Esta noche
rompes, esta noche rompes
Te ven y
frenan y paran los tranvías
Te
arreglaste como un pincel
¡Que vivan
los valientes, los valientes que son elegantes!
Esta noche rompes…
Recuéstate
en el taxi, recuéstate en el taxi
Y vamos a
celebrarlo a un local fino
Esta noche
en la taberna ¡Po, po! Que tiene que suceder
Si haces por
bailar no quedará ni un vaso en pie.
Esta noche rompes…
Aman, como
eres. Aman, como eres
Por tu
gracia se alzan los hombres
Esta noche lo
festejo contigo y el mundo va a estallar
se acercan por
la envidia que les reconcome
Esta noche rompes…
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La taberna purpura

Por 28 noviembre, 2014 Etiquetas: , , , Comentar (10 Comentarios)
Noto que el corazón me pica y hace tic-tac. Cuando eso ocurre quiere decir que me ha llegado una nueva historia para escribir, porque no se hacerlo de otra manera, si no hay víscera o entrañas mis manos se quedan quietas. Pero luego llega el cerebro y protesta y quiere su parte, el sustento que lo mantiene alerta, el deseo de algo diferente, aprender cosas nuevas cada día. Aprender para seguir vivo. Y entre uno y otro extraigo fragmentos descosidos que necesitarían un buen sastre para darles forma. Ahí está la aventura que a veces me cuesta tanto de hilvanar. Tic-tac. Finikunda.

A Finikunda hubiéramos ido de todos modos pues aunque en el puerto no se cabe, se puede fondear en la parte de fuera del muelle, siempre que haga buen tiempo. Es un puerto del Peloponeso agradable, de pocas calles paralelas al mar que da gusto pasear. En cada callejón, el azul omnipresente sorprende hasta el más despistado.

Pero el Tic-tac no fue el azul, que aunque sobresalta, es costumbre griega conocida, sino que la taquicardia empezó con el nombre del pueblo; Finikunda. Hasta 1930 el puerto se llamaba “Taberna”, evidentemente porque había un establecimiento de este tipo que congregaba a los pescadores y hombres de mar entre lances y mareas. Me dio un vuelco arrítmico porque uno de mis placeres es el descubrimiento de tabernas. No vale cualquiera y es difícil la elección. En Grecia la mayoría suelen ser sitios agradables, con buenas vistas o un ambiente especial, con una cocina modesta pero de buenos ingredientes, todas suelen ser buenas. Pero para exclamar lo de ¡He descubierto una taberna! hace falta un ¿Qué sé yo? Esa emoción que te recorre la piel, ese suspense de lo que nos depara la noche. ¿Exagero? Ni hablar. No se trata de comilonas sino de algo mucho más sutil.  Hay una gran labor de investigación por mi parte para descubrir esos sitios singulares y cuando encuentro una buena taberna me quedo pegada, dejo que los acontecimientos me desvelen que fue lo que me llevó hasta ella y normalmente, acabo aprendiendo muchas cosas. El corazón y el cerebro, lo racional e irracional.

El caso es que en 1930, el ayuntamiento, decidió devolver el nombre  arcaico del pueblo, porque era tal la proliferación de tabernas que la denominación “Taberna” era polémica y poco descriptiva. Así que resolvieron llamarle Finikunda, de Λιμήν φαινικούς, tierra de la púrpura, según Pausanias.

Hubo un tiempo, que aún perdura en ciertas curias, en el que un ciudadano de Roma demostraba su nobleza por el número de prendas purpúreas que vistiera. Aunque fuera un fleco, un estandarte, un pendón en la bandera, toda una vida de legiones e intrigas dedicadas a adquirir ese privilegio. El púrpura teñía los barcos de Cesar y las velas de Cleopatra, se utilizaba sobre los oídos enfermos, en los tapices de La Ciudad, en la pintura Bizantina, en los pergaminos de los emperadores, en su exclusivo calzado rojo. Tanto es así que hay una frase muy famosa de la emperatriz Teodosia negándose a abandonar Constantinopla por los conflictos con las diversas facciones políticas, en la que hace alusión al color distintivo de los emperadores:

“… el trono es un glorioso sepulcro y la púrpura el mejor sudario”

La historia se repite y da vueltas sobre sí misma. Somos capaces de sobrepreciar cosas, aparentemente sin mucho valor, y empeñar nuestra vida en poseerlas por encima del empeño de los demás. El oro, la plata, brillantes, la seda, el té, el petróleo…el color púrpura.

El colorante se extraía de una glándula de una caracola marina, Murex brandaris, que en su versión comestible, aquí en España, la conocemos como Cañailla. El líquido primordial es blanco pero adquiere color al exponerse al sol. En el calor del día, las tonalidades cambian rápidamente en una sucesión de verdes; claro, oscuro y un intenso mar,  en unos minutos más  aparece un brillante rojo que virará a granate. Si esperamos unas horas y suponiendo que el sol todavía brille, tomará un matiz purpura intenso. Más tarde el astro poderoso ya no puede hacer nada más, se esconde y queda el tinte para deleite de quien lo posea. Los maestros en el arte de la púrpura fueron los fenicios, que curiosamente se llaman en griego φοινικικός, finikikós.

Realmente sorprende a quien se le pudo ocurrir un proceso tan complicado para teñir. Se atribuye el descubrimiento, como tantas otras curiosidades, a Heracles. Un día su perro mordió una concha de murex y su boca se tornó morada. Heracles ansiaba a la  hermosa ninfa Tiro, que al ver al perro deseó de inmediato una prenda teñida del mismo color. Heracles no tuvo más remedio que acceder a ello y nació el famoso tinte púrpura de Tiro.

Este puerto fue en su momento, como los fenicios de Tiro o Sidón, un acumulo de caparazones calcáreos, vacíos, inertes, conchas selectas, con protuberancias diseñadas para protegerse del enemigo que nunca la evolución pensó llegara a ser tan poderoso como un humano. Un molusco con mala suerte, con la maldición de tener en sus entrañas un líquido precioso que daba color a la vanidad. Se necesitaba un kilogramo de glándulas para proporcionar 60 gramos de tinte, y se necesitaban 200 gramos para teñir un kilogramo de lana. Y para obtener un kilogramo de glándulas, se necesitaban, en vivo, unos 50.000 ejemplares. Esta playa por la que paseamos tiene con seguridad granos de esas conchas. Así es como mi mente se picó y se puso a indagar.

Siempre que me enfrento a estos enigmas me pongo a buscar canciones que me aclaren las cosas, pero todo lo contrario; traducir canciones me hace sudar gotas de sangre, púrpura o no, me conduce por laberintos que no imaginaba y me dejan con interrogantes mayores de difícil solución.  Cuando encontré esta que pongo a continuación  estuve a punto de abandonarla, pero como soy cabezota seguí con ella y acabé pidiendo auxilio a mi profesora de griego, Isabel García,  más lista que el hambre y tan cabezota como yo, que se emperró en desvelar el enigma. El placer sano de descifrar la poesía y dejarte con más preguntas que cuando empezaste.

Habla probablemente de Constantino Paleólogos, dinastía procedente de Mistrás. Fue el último emperador del imperio Romano y murió en la defensa de Constantinopla, momento triste y crucial de la historia de los griegos. Dado el estado en el que dejaron su cuerpo, solo pudo ser reconocido gracias las sandalias púrpura que llevaba en ese momento, calzado que sólo los emperadores bizantinos tenían derecho a usar.

Τα πορφυρά καμπάγια
Στίχοι: Θοδωρής Γκόνης
Μουσική: Πέτρος Ταμπούρης

Τα πορφυρά καμπάγια του
τα ρόδια του Μυστρά
τα πήραν και τα κρύψανε
στον κόρφο τους βαθιά.

Τα πορφυρά σαντάλια του
με τους χρυσούς αετούς
με το σταυρό δεμένα
και με τους ουρανούς.

Γι`αυτό κι όταν ραγίζουνε
το χώμα κοκκινίζουνε
και τα μικρά παιδιά
την Πόλη ζωγραφίζουνε
και την Αγιά Σοφιά.

Las sandalias púrpura
Letra: Teodoro Gonis
Musica: Petros Tambouris

Las sandalias púrpura suyas
Las granadas de Mistrás
Las cogieron y las escondieron
En lo más profundo de su seno.

Sus sandalias púrpuras
Con las águilas de oro
Ligadas a la cruz
y a los cielos.

Por ello cuando se quiebran
la tierra tiñen de rojo
y los niños pequeños
pintan la Ciudad (Estambul)
y Santa Sofía.

Ahora cuando mire una pintura bizantina siempre buscare al portador de las sandalias rojas o las ropas púrpuras. Ha valido la pena el esfuerzo. Mi razón se queda satisfecha. A estas alturas seguro que hay quien piensa que me he trastornado, pero ha sido solo la intriga de un nombre.

Tic-tac, tic-tac…. ¿Y la taberna?

Tranquilo, no me olvido; pero continuaré con ella en otro momento, pues si sigo hoy acabaré preguntándome por qué las granadas de Mistrás son tan importantes y cogieron las sandalias y por qué tiñen la tierra de rojo y los niños pintan… ¡Uf! Buenas noches.

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Los chicos de Gythio

Por 12 noviembre, 2014 Etiquetas: , Comentar (2 Comentarios)
Al navegar por aguas protagonistas de cuentos y leyendas tienes asegurado el caer bajo el conjuro de visitar lugares donde antes habías estado sin saberlo; una extravagante fabulación intelectual donde lo leído, soñado o escuchado tienen la manía de confundirse con lo vivido. El conjuro es más fuerte con el paso del tiempo.

Gythio tiene ese sorprendente parecido con algo ya experimentado. Un anfiteatro de casas frente al puerto que han sido espectadoras de trascendentales momentos y sucesos; donde se han representado grande dramas, donde se puede ver la isla de Kranai, con ese Paris enamorado o soberbio y esa Helena, entregada o aterrorizada, como quiera escenificarlo el director, en su primera noche tras la huida del palacio de Menelao. Gythio venida a menos con los años. Con sus fachadas de hermosa decadencia y sus hoteles envejecidos a fuerza de recibir visitantes que no paran quietos y no se quedan en la ciudad para destriparla a base de paseos y cafés. Gythio dormida a la sombra del Mani o de Mistra, destino de los turistas madrugadores. Gythio reformando su puerto para alojar a los grandes cruceros que desembarcarán ingentes cantidades de viajeros que con toda seguridad saldrán zumbando hacia los sitios más conocidos.

Si quieres conocer un poco Gythio lo mejor es coger una de las bicicletas municipales a tu disposición en algunos Kioscos. Solo tienes que entregar el DNI para poder disfrutarla todo el tiempo que quieras. Aunque estamos acostumbrados a las singularidades griegas esto es más propio de un país aristocrático que de uno arruinado; pero en los tiempos que vivimos, en los que te cobran hasta por el aire que respiras, estos detalles alegran la vida, en el sentido más literal de la expresión. Bueno, hay un punto triste; el verlas pinchadas sin que nadie las arregle. Teniendo en cuenta lo poco que cuesta arreglar un pinchazo, si descontamos ir a buscar el material, y si los mismos kioscos tuvieran parches y cola, sería un curioso experimento dejar al libre albedrío de los usuarios el arreglo de neumáticos. ¿O no? ¿Ni siquiera así nos podríamos organizar?

Otra curiosidad de Gythio es que en la plaza más cercana al puerto, donde van a parar los turistas, hay dos sedes llamativas. Una desgraciadamente es la de la aurora de los huevos dorados, con sus banderas negras cubriendo el balcón de forja y su estética Mein Kampf que no ha variado un ápice desde hace más de medio siglo. Te desvía la mirada y casi no te percatas de que detrás, en otro balcón igualmente de forja, está la sede del Olimpiacós, con su bandera verde esperanza. Parecerá una banalidad, pero el encontrar una base de un equipo de futbol del Pireo, aquí al sur del Peloponeso, no se puede entender bien si no tenemos en cuenta que esto es Esparta y no analizamos un poco la historia futbolera de este país.

El derbi de los eternos enemigos,  Ντέρμπι των αιωνίων αντιπάλων, es cualquier partido que enfrente a los dos equipos principales en Grecia; el Panathinaikós y el Olympiacós. Como siempre en estas rivalidades podosféricas, hay que hacer arqueología social para llegar al meollo de la cuestión. El Panathinaikós, fundado en 1908, se nutre de aficionados de Atenas y fue desde el principio tildado como el representante de la clase alta social de la capital. Por su parte, el Olympiacós fue fundado en 1925 y proviene de El Pireo, de la clase trabajadora, de los astilleros, del puerto sucio, de los refugiados expulsados del Asia Menor y si me apuras hasta de la rebética.  El éxito del Olympiacós tras su creación se interpretó como el triunfo de pobres sobre las  ricos y se convirtió en el equipo de los parias de la tierra oprimidos, alzados como famélica legión frente a una pelota de lunares.

No es extraño que estos descendientes de Esparta prefieran ser del Olympiacós, antes que del equipo de los atenienses, sus αντίπαλοι, enemigos, de verdad . Pero lo extravagante es que tuvieran una sede tan grande en el centro de una pequeña ciudad a muchos kilómetros del Pireo. Nunca antes lo había visto. Me pareció como una declaración de intenciones.

Suponer, idear, fantasear, recordar, elucubrar…

– ¿Esparta? ¿Para qué queréis ir a Esparta? Mejor Mistra. Es algo espectacular.

– Pero es que era Esparta la que salía en los tebeos, con Leónidas y los 300; Mistra nunca.

La verdad es que en Esparta no hay grandes cosas que ver. Un grupo de apenas 5 personas trabajaba en sus ruinas, que son de entrada libre y que te encuentras de sopetón, paseando por la desangelada ciudad moderna. Uno de los trabajadores fue muy amable y nos explicó que se ocupaban de un edificio,  supuestamente de finalidad religiosa, pero que apenas habían llegado a la capa romana; les quedaba un mundo por excavar hasta alcanzar algo perteneciente a la época clásica. El presupuesto era tan apretado y hay tantos restos en los que trabajar en este país que probablemente no llegarán nunca.  Además estas ruinas habían sido saqueadas siglo tras siglo, dominación tras dominación;  las columnas y pilares se habían utilizado en la construcción de otras edificaciones modernas. Los de antes y los de ahora, empecinados en borrar a Esparta y convertirla en un parque de piedras anónimas para paseantes.

Pero no se viene aquí solo para ver, si no para ensoñar, imaginar, evocar, inventar, recordar, representar, rememorar, revisitar… Jugaba yo a encontrar calificativos y sinónimos cuando me di cuenta de que  mi interlocutor se había quedado mudo.

– ¿Qué te pasa?

– Que me resultan muy familiares esas montañas y este valle.

– Ah ¿Si?

– Tengo la impresión de que yo ya he estado aquí anteriormente.

– Ja, a ver si resulta que tú has sido espartano en otras vidas. Pues yo siempre he sido más de la Atenas de Pericles, que quieres que te diga, lo del rigor espartano y despeñar a los deformes por las montañas no me va. Prefiero lo de “amamos la belleza y el arte sin desmedirnos y cultivamos el saber sin ablandarnos”. Eso de separar a los niños de sus familias para hacer la instrucción militar, pues que quieres que te diga… ¿No serías un esclavo ateniense?

– No.

– Manumitido, quiero decir.

La cosa se caldeaba y los espartanos siempre tuvieron fama de duros guerreros. Era mejor dejarlo ahí.

Fantasía, quimera, ilusión, ficción, espejismo, imagen…


¡Sí! Quien mejor que ella para fantasear y conocer a los chicos del Pireo, los cuatro “pajaritos” del Olympiacós.

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