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Peloponeso

Aceitunas

Por 29 octubre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)
Sirvieron un plato de aceitunas ovaladas y brillantes, de un color morado profundo, resplandeciente, húmedo, de vidrio; que se reflejaban en el aceite que había en el fondo de la loza. Rezumaban un jugo oscuro que dibujaba volutas y redondeles en el aceite. Pan y vino.

Dicen que el Mediterráneo acaba donde acaban los olivos. Hoy  puede no ser verdad pero siguen constituyendo la seña de identidad de la cuenca Mediterránea esos bosques de copas plateadas y troncos retorcidos que se llenan de flores en octubre para dejar caer sus aceitunas amargas sobre ellas. Originario de Asia menor, se extendió por toda la cuenca mediterránea de este a oeste; por el norte y por el sur. Y curiosamente nos traía a España dos palabras sinónimas de raíces diferentes; oliva y aceituna, una griega por el norte elaia (ελαια) y otra árabe por el sur, zaitum.

Se sabe por las muestras que se obtienen de polen de olivo en los restos arqueológicos, que en el Peloponeso su cultivo data del siglo XX a. C. La verdad que estas aceitunas de Kalamata son de otro nivel, convierten el aperitivo en una excelencia. Estas altezas redondas resbalan cuando intentas pincharlas y al morderlas, casi sin quererlo, abres bien la boca y los dientes, como si temieras hacerles daño. Luego estallan en prodigios, dejándote el paladar colmado de hermosos recuerdos.

La tarde era tranquila con una brisa templada que venia del mar, Gerolimena estaba en calma, a pesar de ello una molesta honda entraba en el puerto y dejaba a todos los barcos, pocos, bailando. Realmente Gerolimenas, a pesar de su nombre que quiere decir antiguo puerto o quizás puerto sagrado, es lo menos parecido a una dársena segura. Fue en sus inicios un refugio de piratas y hasta la década de los 70 no había forma de acceder si no era por mar, a pesar de eso creo que en algún momento ciertos ferries amarraban aquí; con desesperados capitanes es de suponer. He visto fotografías de Gerolimenas con temporales de suroeste que muestran un pueblo cubierto de espuma. Debe ser la razón por la cual estén censados solo 55 habitantes.

Llegó un caique pequeño con un hombre que gesticulaba ostentosamente e inmediatamente se llenó el muelle de personas que vociferaban y hacían aspavientos. Las voces subían de volumen, los brazos iban y venían con movimientos exagerados. Soy curiosa sin remedio así que dejé las aceitunas y me aproximé al barullo para ver que pescaba. El misterio se resolvió al instante al constatar que el patrón del caique era sordomudo y estaba preguntando, por señas, si podía arrimar el barco al muelle o si por el contrario habían dado un parte meteorológico preocupante y tenía que alejar el barco y dejar las amarras laxas. Las opiniones, encontradas, los meteos diversos, las interpretaciones dispares, el surtido de lobos de mar con sus experiencias, crearon un foro de chillidos y manoteos que nada tenían que ver con el leguaje de sordos. El patrón los dejó por imposibles, afirmó su barco a una distancia discreta, extendió sus alfombras por cubierta y se lió un cigarrillo en silencio, como no, dejando aplacar las discusiones.

Volví  a mis aceitunas reveladoras, cada una era una caja de sorpresas. Esta última me había dejado un perfume de ciclámenes rosas creciendo en los olivares, con la luz tamizada por hojas y olivitas. Increíble.

Gerolimena es un pueblo bello y rocoso al borde del mar que crece en encanto a medida que progresa el día, va resaltando ese color ocre de sus casas, el mismo que las montañas, o el muelle, mientras que allá, por poniente, la tarde se sonroja. El mar recorta más que en ninguna otra parte del Mani la silueta de estos caserones de piedra, la misma piedra que las montañas o el muelle. No hay la menor estridencia en este lugar.

Otra aceituna. Esta sabe a mar azul marino, lleno de caracolas marinas. Que sorpresa.

Nos sentamos en la Taberna más antigua del pueblo. Los manteles necesitaban un repaso, las pinturas de las puertas y ventanas habían vivido mejores tiempos y los servilleteros, con emblemas de Cinzano me teletransportaron  en un segundo a la infancia. El dueño, muy callado, arrastraba unos pies de camarero cansado para servirnos las aceitunas.

– Mira, les ha puesto aceite.

– Y las sirve con pan.

Son esos milagros griegos que continúan sorprendiendo aun llevando tiempo en el país, o quizás a causa de ello; la circunstancia más simple se puede convertir en un suceso trascendente, el más escueto de los platos en una alegría inmensa.

Llegó la última oliva. Que sabía a pura melancolía salada.

– Señor, sus aceitunas son estupendas. Nos gustó mucho el aceite con el que las sirve-.

– Claro, es que eso es lo básico, el aceite-.

Nos miró sorprendido de que no hubiéramos caído en la cuenta hasta ahora.

Nos complicamos la vida sofisticándola sin sentido, cuando la virtud y la inocencia de este plato de aceitunas tienen chispa de sobra para dejar un recuerdo imborrable.

Γιωργος Μουφλουζελης




Καλες και οι ελιες

Σαν αγαπιούνται δυο καρδιές
είν’ η ζωή γλυκιά,
εμπόδια, κακοτοπιές η αγάπη τα νικά,
Καλές είναι οι ανέσεις,
μα είναι λιγοστές,
καλό είναι το χαβιάρι,
καλές και οι ελιές.
Η φτώχεια δεν είναι ντροπή,
μην την υποτιμάς,
ντροπή τον πόνο ν’ αγνοείς
και να κατηγοράς,
Καλές είναι οι ανέσεις…
Δεν είν’ κακό να `σαι απλός
και να σε λεν αγνό,
κακό είναι να μην ξέρεις,
να κάνεις το σοφό.
Καλές είναι οι ανέσεις…
Giorgos Muflucelis

También son buenas las aceitunas
Cuando se
aman dos corazones
La vida es
dulce
Obstáculos,
dificultades, el amor las vence.
Buenas son las
comodidades
Pero son
escasas
Bueno es el
caviar
También las
aceitunas
La pobreza
no es para avergonzarse
No la menosprecies
La vergüenza
es ignorar el dolor
Y reprocharlo.
Buenas son las
comodidades…
No es malo que
seas simple
Y que te
llamen ignorante
Malo es que no sepas
Y te hagas el listo

Buenas son las
comodidades…

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La miel de Afrodita

Por 18 octubre, 2014 Etiquetas: Comentar (6 Comentarios)
Ella se llamaba Afroditi. No era bella pero sí tenía un desparpajo que bien podría tener origen en el Olimpo. Yo la miraba entretenida, ella iba y venía con una corriente de aire deslenguada y sin pelos. Me mostraba, como de tapado, los secretos de su apicultura; las colmenas, la vetusta centrifugadora para extraer la miel, la cera dibujada de hexágonos diminutos; daba pena ver tanto trabajo huérfano y deshabitado. Y yo le preguntaba ¿Dónde liban las infelices? Porque en el Mani, rocas, torres y nada. Pues no señora, la mejor miel la de Esparta, porque las abejas trabajan y trabajan, insensibles, como guerreros entrenados, solo por el bien de su colmena. Ay dios, la miel de Leonídas. Y cuanto menos tienen, más se esfuerzan y mejor es su almíbar. Será así. Le compré dos kilos.

Afroditi estaba un poco chiflada y me contó en un amen la vida de su familia.

– ¿Visteis las cuevas de Diros?

– Lamentablemente sí.

– Pues todo ese terreno era de mi familia. Ahora nos prohíben hacer cualquier cosa con él. Yo podría ser riquísima y aquí estoy, vendiendo miel. Esos desgraciados del gobierno, los miserables de Atenas.

Me quedé pensativa, con la impresión de que la vieja rivalidad entre Esparta y Atenas seguía latente; posteriormente tuve otras ocasiones para meditar sobre el tema.

Estábamos en Areópoli, sobre Limeni, donde habíamos dejado el barco. Limeni no es un sitio excelente donde pasar la noche con un barco, no es más que una bahía abierta a los vientos dominantes, pero como se esperaba que no soplasen muy fuerte decidimos conocerla; es agradable, siempre que des un cabo a tierra y dejes la proa apuntando a la salida para cabecear y evitar el incómodo balanceo.

Esta vez, como otras, fueron apareciendo las casas según nos aproximábamos. El Mani con sus pueblos es parecido a un roble con setas, del mismo color, indistinguibles hasta que te das de bruces con ellos. Los edificios parecía que se iban construyendo en ese preciso momento de la arribada como si las propias rocas se ordenaran en bloques, se apilaran, tomaran altura, abrieran los diminutos huecos de puertas y ventanas, todo en absoluto sigilo y con discreción, con el tintinar de los rebaños camuflados entre las matas en un atardecer amarillo, el color de los locos, que sobre Limeni dejaba un regusto a caramelo. El roce monocorde de los zapatos sobre el pavimento no sugería mejor entretenimiento que caminar y subir hasta Areópolis, la ciudad de Ares, la capital del Mani.

Esta región es tozuda y rebelde como ninguna; no solo llevan sangre espartana si no que posteriormente, durante la dominación otomana, fue la única parte de Grecia que consiguió conservar un cierto grado de autonomía y un gobierno propio. Era una forma de dejarlos por imposibles pero ciertamente controlados por un Bey amigo. Pero ni por esas pudieron con ellos porque el foco que llevo a la guerra por la independencia de Grecia prendió precisamente aquí, en esta tierra de piedras y torres. Y fue exactamente un Bey, Petros Mavromihalis, quien encabezó la revolución. Una vez más les salió el tiro por la culata en lo que respecta a estos indoblegables y escurridizos maniotas.

En Limeni, al borde del mar se encuentra la antigua casa de Mavromihalis convertida hoy en un hotel de pocas habitaciones y bastantes estrellas. En general, en todo el Mani, hay un intento por restaurar las torres y las antiguas mansiones de piedra y atraer a un turismo  tranquilo y de cierto poder adquisitivo. De hecho, las tabernas de Limeni ya tienen un indiscutible aire de excelencia tanto en precio como en servicio, y sobre todo por las marcas de los coches aparcados a sus puertas. Resultaba muy curiosa la inscripción en una placa de bronce sobre el portón de la entrada del hotel:

Este hotel ha sido enteramente restaurado por la familia Mavromihalis.

Era como un dejar caer que el estado no había tenido nada que ver en la reconstrucción. Ese estado gobernado por familias ajenas; Papandreus o Mitsotakis. Nunca Mavromihalis.

Cuando fui a pagarle la miel a Afroditi no tenía suelto y le propuse ir a cambiar a una tienda de cerámica que había frente a su puesto.

– Ni se te ocurra. Esa que está sentada en la puerta me aborrece, es mala. En realidad es mala toda su familia. No vayas allí.

Se santiguó varias veces y me hizo un gran descuento para que le pudiera pagar con las monedas que llevaba. Esta mujer estaba escenificando al completo mis expectativas sobre esta tierra extraña,  ese Mani feudal sobre el que había leído. Una tierra de clanes que luchaban entre sí y donde una afrenta se debía vengar necesariamente, no importaba en que generación ni cuál fuera el motivo del desagravio. Los rencores se transmitían como las arrugas de los guisantes de Mendel.

Los pueblos maniotas, son callados y silenciosos, sin música, pero Afroditi tarareaba una canción tan repetitiva mientras rellenaba los tarros que terminó por adormecer mi cerebro y emprendí el camino de vuelta cantándola yo también, Me pareció oír murmullos en sordina al volver a Limeni, como si las torres contaran secretos inconfesables y las sombras bailaran a nuestro paso. Tenía tanto por descubrir que me emocionaba.

Baile con mi sombra. 

Cuando llegué a casa comencé a bailar. El sonido de una banda me transportaba. Rompí la pared y me encontré a en calles de colores estridentes. Y la banda ejecutaba los ritmos frenéticamente, mientras yo me desvanecía en el tiempo, desolado, enigmático, perdiéndome a través del lugar de donde procedía, dejando a mi paso una sonrisa eterna en la memoria de los hombres. Porque nadie sabrá realmente si fui, si volví  o si alguna vez existí entre ellos.


M.Hatzidakis

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Buscando el Hades

Por 3 octubre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (12 Comentarios)
Hay cosas que no existen a menos que te pongas a buscarlas. Indagar sobre asuntos increíbles puede convertirse en un galimatías. Por ejemplo si buscas la entrada al Hades comprobarás que hay diversos lugares de Grecia que reclaman su paternidad. La falta de datos concretos de los historiadores sobre la geolocalización del ingreso a los infiernos griegos hace que todo se complique mucho. Ya sé que parece que hablo de broma pero es totalmente en serio, no es nada fácil situar la puerta de la morada del dios Hades y su esposa Perséfone. Solamente en el Jónico hay dos desembocaduras de rio que responden a la descripción que da Homero, por boca de Circe cuando quiere indicar a Odiseo como descender al inframundo:

El soplo de Bóreas la llevará, y cuando hayas atravesado el Océano y llegues a las planas riberas y al bosque de Perséfone esbeltos álamos negros y estériles cañaverales , amarra la nave allí mismo, sobre el Océano de profundas corrientes, y dirígete a la espaciosa morada de Hades. Hay un lugar donde desembocan en el Aqueronte…

Yo estuve en las dos, pero nada vi sobre la laguna Estígia. Pero resulta que en  el  Peloponeso, en el Ténaros hay otro posible ingreso a los infiernos. Si mal no recuerdo Heracles, Hércules, bajó por aquí para vérselas con el perro de tres cabezas, el cancerbero, en uno de sus famosos trabajos expiatorios. Nada más lejos de la descripción homérica pues aquí no hay álamos, ni otros árboles, ni mucho menos desembocaduras ni cañaverales. Pero sí un océano de profundas corrientes, porque es frente a este cabo meridional donde el mediterráneo llega a sus máximas profundidades, casi 5000 metros. No sé si los clásicos barajaban este dato para elegir la antesala del más allá, pero, la verdad es que cada día me sorprendo más de las cosas que conocían y perdimos con la bruma de la historia.

Yo venía  releyendo a Patrick L. Fermor, en su libro “Viajes por el sur del Peloponeso”; narración obligatoria si quieres viajar por la zona y entenderla. El también, atraído por el mito, se embarcó en un caique para buscar la improbable entrada, cerca ya del faro del Ténaros. Creo que llegamos a descubrir la cueva de la que hablaba y donde se sumergió, pero tampoco dejaba muy claro que hubiera encontrado nada especial. La verdad es que resultaba difícil dejar el barco solo en un fondeo precario para adentrarse buceando en el abismo sin retorno. Un barco te transporta pero también tiene su servidumbre y sus cuidados; no se merece que bajes la guardia por mucho infierno que busques. Nos quedamos con las ganas.

Unas millas más al norte, en la bahía de Diros, hay unas cuevas muy famosas que, como no,  aspiran a ser las puertas del Hades. Se trata de un conjunto de galerías, cuyo acceso está situado un poco por encima del nivel del mar, pero que en algunos puntos pueden llegar hasta 71 metros bajo la superficie; miden aproximadamente 14 kilómetros de largo y el agua dentro no es salada pero sí de una dureza especial que ha producido la creación de pasadizos interminables adornados con estalactitas y estalagmitas de gran belleza. Las cuevas se conocían desde principios de siglo pasado pero no se empezaron a explorar hasta los años 60. Los primeros aventureros se quedaron sorprendidos de encontrar esqueletos fosilizados de muchos animales extinguidos en el continente europeo; hipopótamos, linces, leones y hasta restos de asentamientos neolíticos. Las cuevas se abrieron al público y hoy en día representan un atractivo turístico para la deprimida zona del Máni. Se accede a ellas por carretera o por mar, fondeando en las cristalinas aguas de la bahía, aunque muy abierta a los vientos dominantes de la zona.

No me entusiasman los sitios donde llegan los autocares, en caravana, y se bajan los turistas, en fila, y te reparten folletos y te estabulan y te sientan en una barca y te dan un chaleco salvavidas y te explican, pero… ¿No había que buscar la bajada a los infiernos? Así que hicimos de tripas corazón y nos encaminamos al posible fuego eterno.

Por un lado tuvimos suerte pues no había nadie ese día, por otro no, pues el nivel del agua había subido; dijeron; y el recorrido por las cuevas quedaba reducido a la mitad; explicación suficiente para que no hubiera nadie. Consideramos la posibilidad de abandonar, aunque era ahora o nunca; no creo que hubiera otra ocasión para obnubilarnos tanto y volver a un sitio así. Nos sentamos en un banco, nos pusieron el chaleco y esperamos. Como no vino nadie más pudimos bajar los dos solos por las escaleras que conducen al pequeño embarcadero donde unas 8 chalupas con banquitos esperaban la llegada de clientes.

Los carteles constantemente advertían de la prohibición de utilizar cámaras o de tocar las paredes de la cueva para no malograr las estalactitas. Lo de las fotos no lo entendía bien pues las cuevas se encuentran iluminadas, con luces de colores, para realzar más el efecto de las formaciones milenarias; pero me lo aclararon en seguida. Nada más sentarnos en la barca, juntos, en crujía y con el chaleco puesto ¡ay señor! emergió un fotógrafo desde las profundidades del Averno  y nos soltó un flash que nos dejó noqueados y viendo estrellitas luminosas.

Subió el barquero como un exabrupto que hizo tambalear la barca, transmitiéndoles el impulso a sus vecinas y quedando todas bailando una danza maldita. Comenzó a recitar a voz en cuello un texto aprendido de memoria sin puntos ni entonaciones pero lleno de cifras, fechas, hipopótamos, nombres y distancias. Nosotros veíamos pasar hermosas galerías a nuestro costado que nunca visitaríamos, pues él seguía en línea recta y voceando, pegando unos tremendos empellones a las bellas estalactitas y estalagmitas para dirigir la barca. Estuve segura de que por fin habíamos llegado al Tártaro y el barquero, el mismísimo Caronte nos torturaba ya desde el inicio del viaje; le hubiera metido un trapo en la boca para que dejara de enumerar nuestros pecados.

Tras recorrer unos 200 metros escasos nos desembarcó en la otra orilla para que saliéramos por nuestro pie a través de corredores que ascendían a la superficie; creo que fue lo mejor de la visita, cuando se alejaba en silencio.

A la salida y como era de esperar, nuestra foto colgaba expuesta para que la adquiriéramos; impresa sobre un folio corriente y con la tinta borrosa de una impresora en mal estado. Pero se alcanzaba a ver la mueca gorgónea que posé para el fotógrafo.

Intentaba encontrar una canción alegre para esta entrada pero me tropecé con Hatzidakis, mi debilidad, y este poema de Nikos Gkatsos. No habla concretamente del Hades pero sí del mito de la resurrección de Perséfone cada primavera para pasar un tiempo con su madre Demeter, diosa de los cereales y los frutos. La vuelta a la vida de la hija alegraba a la madre que permitía una abundante cosecha para el verano y se celebraba en Eleusis con especial devoción mediante el rito iniciático de los “misterios de Eleusis”. Hoy Eleusis, convertida casi en un arrabal de Atenas, carga con los deshechos de la gran ciudad y su silueta queda oculta entre grandes astilleros, refinerías, llamaradas y petroleros fondeados frente a su costa.



Ο εφιάλτης της Περσεφόνης 

Τάνια Τσανακλίδου
Στίχοι: Νίκος Γκάτσος
Μουσική: Μάνος Χατζιδάκις

Εκεί που φύτρωνε φλισκούνι κι άγρια μέντα
κι έβγαζε η γη το πρώτο της κυκλάμινο
τώρα χωριάτες παζαρεύουν τα τσιμέντα
και τα πουλιά πέφτουν νεκρά στην υψικάμινο.

Κοιμήσου Περσεφόνη
στην αγκαλιά της γης
στου κόσμου το μπαλκόνι
ποτέ μην ξαναβγείς.

Εκεί που σμίγανε τα χέρια τους οι μύστες
ευλαβικά πριν μπουν στο θυσιαστήριο
τώρα πετάνε αποτσίγαρα οι τουρίστες
και το καινούργιο πάν να δουν διυλιστήριο.

Κοιμήσου Περσεφόνη…

Εκεί που η θάλασσα γινόταν ευλογία
κι ήταν ευχή του κάμπου τα βελάσματα
τώρα καμιόνια κουβαλάν στα ναυπηγεία
άδεια κορμιά σιδερικά παιδιά κι ελάσματα.

Κοιμήσου Περσεφόνη…

La pesadilla de Perséfone

Canta: Tania Tsanaklidu
Música: Manos Hatzidakis
Letra: Nikos Gkatsos

Allí donde crecía el poleo y la menta fresca
Donde la tierra hacía brotar los ciclámenes
Ahora, campesinos negocian con cemento
Y los pájaros caen muertos sobre las altas chimeneas

Duerme Perséfone
En el abrazo de la tierra
Al balcón de este mundo
no salgas más

Allí donde juntaban las manos los iniciados
Reverentemente antes de entrar en el templo del sacrificio
Ahora tiran colillas los turistas
Y van a contemplar la nueva refinería.

Duerme Perséfone…

Allí donde el mar se bendecía
Y los balidos eran la enhorabuena de los prados
Ahora  camiones transportan a los astilleros
Cuerpos vacíos de niños de chatarra y chapa

Duerme Perséfone…

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El oráculo del sur

Por 27 septiembre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)
Abandonar la golosa melancolía del Jónico para adentrarse en la generosa luz del Egeo no es algo que se produzca de forma gradual cuando se navega por el sur del Peloponeso; ese lento desaparecer de los tejados rojos y las casas coloridas para dejar paso al blanco de las terrazas eternas y azules infinitos, no sucede. A la altura del cabo Ténaros, el dedo central de la península, hay un salto en el tiempo y el espacio para el cual es difícil preparase, por mucho que uno lea y se informe. En este cabo, la abrupta cordillera del Taigeto comienza a perder fuelle y se agacha hasta sumergirse en el mar; aunque antes se vuelve pérfida y apocalíptica, cuando sus montañas reciben el nombre de Kakovuná; montes malos; o Kakovouliá; malos consejos; según la fuente que consultes. Estos kakovouná se van desvistiendo poco a poco y se deshacen de sus árboles y matorrales en el descenso. Se achicharran la piel con el sol y los temporales, quedándose en cueros o con tan solo unas zarzas, como puercoespines, para dar sombra a las culebras, si las hubiera. Es la región del Máni profundo, la parte más extravagante de Grecia y que fue territorio espartano en su momento glorioso.

Cuando te aproximas con el barco te da el pálpito de que ves una tierra nerviosa, un filete entreverado de fibras y ligamentos difícil de masticar. Debe de ser su color pardo surcado de caminos quebrados que suben a latigazos, o las vallas y linderos de piedra de las propiedades que dibujan un entramado de formas sorprendentes; ya sea en círculos, ya sea en cuadrados o en figuras irregulares de las que a veces sale un cuerno insolente que se adentra en propiedades vecinas. La posesión de estos campos baldíos, a los que nadie en su sano juicio debería dar mucha importancia, fue fuente de graves conflictos y luchas intestinas entre clanes familiares. Me huele que dichas cuitas no deben de estar del todo solucionadas pues algunos terrenos se ven socarrados por el incendio, mientras que los vecinos están intactos; no parece nada serio pues aquí el fuego se extingue por aburrimiento y se apaga sin que nadie lo mire.

El faro del Ténaros en la punta más meridional; que nosotros memorizábamos cómo Matapán; tiene el castillete pintado de un color turquesa, amable y luminoso para sosegar al asustado navegante, porque aunque los montes son malos, los mares peores y los vientos racheados hasta la locura, la procesión de mercantes que transitan de una parte a otra del Mediterráneo es eterna y ahí está él para guiarles a buen puerto. ¿Cuál? Le preguntaría yo, porque si algo le falta a la zona es un puerto abrigado. Pero ¡que se le va a hacer! Si quieres conocer el Máni profundo tienes que ser paciente y esperar al buen tiempo. Veníamos dispuestos a ello.

En las proximidades del faro hubo un oráculo bastante importante que los espartanos venían a consultar antes de la salida de las naves. El lugar albergó también un templo de Apolo que luego fue uno de Poseidón y por último una  iglesia bizantina; dioses diferentes, los unos sobre los otros y las piedras cambiando de culto a capricho de los fieles. Abajo los barcos navegando en fila, siglo tras siglo. El día era el perfecto para poder fondear a sus pies y visitarlo, aunque no hace falta decir que poco queda que dé pistas de cómo fueron los templos o la iglesia. Dejamos caer el ancla sobre una arena suave produciendo una polvareda en el fondo que atrajo a todos los peces buscando el alimento que dejaba al descubierto la nube de granitos plateados que levantaba el fondeo. El color del mar hacía juego con el castillete del faro, a manchas azules y turquesas.  Los pocos visitantes acababan indefectiblemente lanzándose al mar para refrescarse y nadaban entre las barcas, escondiéndose del sol y flotando en la calma.

El recinto se encuentra abierto y estaba casi vacío, tan solo una pareja de inglesas victorianas, con sus pamelas sujetas con lazos, paseaban dando traspiés por las rocas y exclamando ¡Oh my God! a cada momento. Supongo que no entenderían que en el hotel les hubieran interrumpido la partida de bridge para traerlas a este sitio pedregoso, sin carteles, sin guías y sin tienda de suvenires; se hicieron dos fotos y salieron despavoridas en busca de una sombra. Pero a mí me pareció un privilegio sentarme sobre estas piedras calientes a contemplar el infinito y alcanzar ese estado de bienestar nutritivo que producen los templos griegos destruidos hasta sus cimientos. Debe de ser la posibilidad de ensueño que origina el imaginar lo que allí había, pero quedarse ahí quieto y en silencio es un masaje del alma.

Dicen que el Homo sapiens inventó las religiones como medio de supervivencia colectiva, pero también que fue la primera especie en la evolución capaz de ello por que sueña, con sueños elaborados, a diferencia de otros homínidos. Allí estaba ese lugar que lo transmitía todo con una paz total. No tuve más remedio que ofrecer un sacrificio en el redondel del oráculo frente a la gran pitonisa del Ténaros.

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