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Los peligros del monte

Por 6 junio, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)

De vuelta y todo sigue en su sitio. Las conversaciones a mi llegada al país son las mismas que hace 5 meses, pero más enconadas. Han subido los impuestos, han bajado los sueldos y las pensiones a la mitad y los precios se han disparado hasta la estratosfera estelar. Muchos negocios prósperos cierran porque no les sale a cuenta seguir trabajando y todos son más pobres que hace unos meses. En Grecia se da la peculiaridad de que cuando haces la declaración, pagas por lo que has ingresado más una provisión estimada para el año siguiente. Se puede dar la casualidad de que acabes pagando más de lo que cobras y frente a tal expectativa muchos deciden echar el cerrojo.

Pero sigo encontrando chispas en esta tierra peculiar. El recibimiento en el pueblo ha sido excepcional y cálido. Aceitunas, huevos, cariño y muchos abrazos. La panadera está enferma, el pescador vende su barca y el mundo da giros y giros sin que nadie podamos detenerlo. ¿Será que Grecia me la invento o sigue siendo un sitio excepcional?

El caso es que todo el mundo se prepara para la temporada estival: llegan los primeros barcos, llegan las furgonetas, llegan los coches de matrículas extranjeras, pero hay una desesperación general, una sensación de que estos malos tiempos han venido, y como siempre por siglos en este país, para quedarse. Ya no se creen que aparezca ningún Leónidas que les salve milagrosamente por su bravura y heroicidad.

Lefkada es una isla abrupta; los saben sus vientos que la circundan para evitarla, los mares que son tan diferentes en uno y otro lado, los turistas que ruedan y ruedan por sus carreteras circulares para bañarse en sus playas de piedras, nunca adentrándose en su frío, rocoso, pelado y remoto interior. Hay una muralla virtual coronando la cima de la montaña que separa a un mundo de otro, cuando traspasas su puerta, entras en un espacio tan diferente al conocido que imaginas vivir dentro de un espejo. A mí me gusta atravesarlo de vez en cuando para buscar conejos malhumorados y gatos sonrientes.

Estábamos sentados bajo un frondoso árbol, charlando con mi amiga María mientras ella acababa de preparar sus albondiguitas con hierbabuena. De repente, como por ensalmo, en silencio y sin movimiento alguno apareció un hombre desaliñado en la puerta.

– Ay, Tasos, Tasulis, que bueno eres. – Exclamó María.

Y era tan bueno que le traía boñigas de cabra para abonar sus tomates. Dejó caer la bolsa oscura y olorosa frente al portón y se sentó en una mesa a tomarse una cerveza. Era muy delgado y algo deforme y tenía un hablar gangoso que me impedía entender lo que decía. Pero debía necesitar conversación porque se disparó a hablar como si le hubieran dado cuerda, y María no tuvo otro remedio que ir traduciendo la jerga incomprensible. Tasos era pastor y se tiraba gran parte de tiempo en la montaña a solas con sus cabras y sus ovejas. De vez en cuando fruncía el ceño, se quedaba en silencio y afilaba las orejas muy circunspecto, intentado escuchar ruidos que nosotros no oíamos.

-¿Qué oyes, Tasos?

-Los perros están ladrando.

Con la crisis, la cantidad de perros abandonados en la isla, como en todos los sitios, había ido en aumento. Los canes forman jaurías y suben a las montañas, donde está el ganado, atacándolo para alimentarse. Cientos de cabras, dijo Tasos, que había perdido este invierno.

Pero cuando veía pasar el peligro, volvía a su extravagante conversación, mezcla de rebaños y perros, mezcla de sus viajes alrededor del mundo como marino y contrabandista y mezcla de sus múltiples accidentes de los que había salido milagrosamente ileso pero que le habían dejado la cabeza, los brazos, las rodillas y la mayor parte del cuerpo ensamblada con tornillos y tuercas.

-Tasulis siempre se salva porque tiene un buen alma y le protege el cielo. -Me explicó mi amiga mientras el aludido sonreía tanto que parecía que se le fuera a partir el rostro en dos.

-Etoy eno de ecambios.

Mientras nos reíamos aparecieron unas vacas paseando por el pueblo. Parece ser que la CEE subvenciona aquí la cría de vacuno con 3000 € la cabeza. El avispado propietario las deja sueltas por el monte y ellas viven del pillaje, es decir de los huertos y jardines de los vecinos.

-Todos los días tiene una denuncia, pero le da exactamente igual.

Una negra y más grandota se metió en la casa de al lado y la emprendió con la parra. María empezó a gritar y cogió un buen palo para darle en la cabeza.

– Oooo, Maía, ooo. Ete e un macho.

María, llevada por su adrenalina, sin escucharle, cerró el portón del vecino y dejó al toro dentro que empezó a mugir enloquecido. Tasos se desternillaba y yo con mantilla y peineta me disponía a vitorearla y sacarla en hombros cuando a cámara lenta, con la misma velocidad con la que abríamos nuestras bocas de palmo, el torito pegó un brinco y se saltó la valla de dos metros, cayendo de cabeza en la calle y espatarrándose como una bailarina rusa. Para que voy a ser más explícita, yo metí un pie en la casa por precaución española y María levanto el palo como un cruzado. No sonaron las cornetas ni flamearon pañuelos, a lo sumo las carcajadas de Tasos y algún bufido del atontado animal. Este, sacudió la cabeza de un lado al otro y se fue tras una vaca que paseaba entre la maleza resoplando.

-Qué onito, qué onito…- Palmeaba Tasos en la mesa.

vacas en el monte
Pasado el trance disfrutamos de lo lindo recordando los detalles y hasta alguna tonadilla de Mari Fe de Triana. Así que cuando Tasos me invitó a subir a verle a la montaña, no lo dudé un solo momento

-¿Qué día te viene bien?

-Uando ieras.

Había una vez un hombre
tranquilo e inofensivo
tenía casa y campos
y rebaños y perros.
Y una red para cazar pájaros.

Tenía una fuente en su jardín
y un negro ciprés en sus sueños.
Amaba a una mujer
que cantaba a menudo
y hablaba quedamente.

No entendió como la pudo matar
ni como quemó todo lo que amaba
Los campos, los rebaños,
las canciones, los besos.
Y nadie le saco una palabra.

Se quedó de pie frente a las ruinas
y se le salían las lágrimas, ¡dios mío!
“Ojalá tuviera una casa y una mujer
y campos y perros”
Y más tarde se lo llevaron los pájaros.

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Un toque especial

Por 20 febrero, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (2 Comentarios)

Lo prometido es deuda, así que aquí estoy, lanzada a la aventura de las recetas de Ioanna, cocinera a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, pero a la que poco a poco voy apreciando gracias a los apuntes que me envía Rodi, mi contacto culinario. Y como ya dije, abriré una pestaña de recetas donde se irán recogiendo estas pequeñas piezas de sabiduría gastronómica adobadas
con comentarios y canciones. Estas recetas se publican en griego todos los jueves en el periódico Αιχμη.

La gastronomía griega, esencialmente mediterránea, está basada en los productos más inmediatos de la tierra y el mar, pero es palpable que convive con fogones de corte oriental. En las mesas griegas se aprecia la influencia de sus vecinos de uno y otro lado, principalmente los turcos, una de las grandes cocinas del mundo; y no nos podemos olvidar de los italianos. Pero como siempre, sin saber si fue antes el huevo o la gallina y como en el caso de la música, posiblemente la sencillez de los platos griegos también contaminó a las especies y fantasías que venían de oriente o a los legionarios y cruzados que asomaban por occidente.

Los refugiados griegos expulsados de Turquía después de 1921, tras la guerra de Asia Menor, llevaban en la maleta su cultura, pero fundamentalmente su música y sus gustos. Las tonadillas populares se enriquecieron con las notas e instrumentos traídos de Esmirna y Estambul y dieron lugar a uno de los estilos musicales más interesantes de la Europa moderna: la rebetika. De la misma forma la cocina se fue alterando por las tradiciones de esos refugiados, venidos de ciudades sibaritas, donde el buen hacer culinario era una faceta esencial de la vida. Recomiendo a todo aquel que no la haya visto, la película “Un toque de canela”, de la que pongo un trocito de su preciosa banda sonora. Ilustra muy bien lo que quiero decir. El protagonista, un cocinero griego criado y refinado en Estambul relata con humor la primera vez que le sirvieron un plato en Grecia, recién llegado en su exilio forzoso desde la ciudad que nunca olvidaría: “Tenía la impresión de que habían salido corriendo de la cocina antes de acabar”. 

 

Bueno, creo que eso no es ajeno a todas las gastronomías, enriquecidas por las aportaciones de emigrante regresados a la patria y viajeros que aprendieron nuevas fórmulas y las amalgamaron con lo ya existente. Así, podríamos remontarnos hasta las patatas y el descubrimiento de América, pero no hay espacio
Este es el caso de esta cocinera que ahora nos ocupa y que le comenta a Rodi en una entrevista que este le hace, lo siguiente:

Los aromas y los sabores como te decía, los atrapé muy joven en Tracia, donde llegamos refugiados, como si fuesen nubes, de mi abuela y de mi madre. Mi congénita sed para la cocina me embrujó y me condujo desde entonces hacia los infinitos senderos de olores y sabores.
Cuanto conocí a la Sra Joanna, no tenía ni idea que la mitad de su corazón pertenecía también a la diaspora y la otra mitad había sucumbido irremediablemente bajo la incansable insistencia de aquel Homérico Cefalonita, “corazón de León”, que no se separaba un instante de su lado, agradeciéndola incesantemente su simple existencia. Entre nosotros, creo, que la culpa de la mayor por tal veneración la tenía aquellos aromas culinarios que como mi inolvidable abuela Anastasia, transportaba la señora Joanna en su alma.

– Me casé. Y qué casualidad, entré en una familia con gran tradición en los fogones. Ha sido como si me hubiesen guardado desde siempre un puesto en la cocina, en paralelo a aquella que me guardaron en su corazón. El Sr Andronikos, mi suegro, regentaba una taberna típica en Lixouri, cerca del antiguo reino de Ulises. Cuando la gente pasaba por delante de la
puerta, el olor de conejo en salsa que “endiosaba” soberbiamente mi suegra, les desgarraba. Yo acurrucada a su lado, sedienta, empezaba a absorber
sus genuinas recetas caseras y las mezclaba mentalmente con las que había traído como dote de mi patria chica y de la diáspora. A veces confundía la cocina de Cefalonia con la de Macedonia y Tracia pero me gustaba. Me divertía. Me entusiasmaba la complejidad y la mezcla.

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La receta que hoy nos deja es, Linguini con dátiles de mar.

Siento presentaros este plato en España, donde os va a ser difícil probarlo, pues acabo de leer que está prohibida la venta de dátiles. Una lástima, porque está realmente sabrosos.
Por otro lado ya sé que estáis pensando, que es una receta de pasta y por tanto más italiana que griega. Pero, aquí está el suspense, y para mitigar la impaciencia vuelvo a transcribir las palabras de Rodi, que espero que no se moleste por desvelar un poco el misterio que luego piensa desarrollar; pero las novelas, como las recetas tienen que tener intriga.

La pasta, no sentimos decirlo, la pasta es y ha sido “genuinamente” Helena! (Ελληνική)! ¡Como El trigo Verde!

Los linguini, las lengüitas, son de procedencia Italiana. En Grecia se les llama Λαζάνια, Lazania ¿A qué suena bastante a lasaña? La antigua λάγανον, palabra ya utilizada por Homero hace más de tres milenios para referirse a unas cintas hechas de masa de harina y agua.Todo el que pueda que salga de estampida areleer la Odisea y la Ilíada en griego clásico y a ver si lo encuentra.

Los ingredientes
Un tomate rojo troceado.
Perejil fresco picadito fino.
Medio vaso de aceite virgen.
Un vaso de vino blanco suave y afrutado y si es Robola de
Cefalonia mejor.
Ajo picado.
Un paquete de medio kilo de
linguíni. Aquí llamados tallarines.
Finalmente, un kilo y doscientos gramos de dátiles del mar. En griego πετροσωλήνες, que quiere decir literalmente tubos
de mar.
Sal y pimienta.

La elaboración
Ponemos la pasta a hervir en agua y sal.
En una sartén con un poco de aceite de oliva, rehogamos los dátiles espolvoreados con el ajo, para que se abran. Cuando asoman les añadimos el tomate, el perejil, la pimienta negra recién molida y el vino.
Los dejamos dar un hervor lo juntamos con la pasta Sacudimos suavemente para que se mezclen y se desprenda el exceso de líquidos.

Los servimos preferiblemente en amplia bandeja ovalada y después respetamos el último consejo de nuestra protagonista: “Añadir un pocomás de tomate fresco y picadito y otro tanto de perejil, por encima.
Pues nada más por hoy. Buen provecho a todos.

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Mil viajes a Itaca

Por 11 noviembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (9 Comentarios)
Tengo una relación sentimental con Itaca un tanto complicada; amores y desafectos, ternuras y resentimientos que se alternan como un hilván de hilo brillante para aparecer y desaparecer de tanto en cuando. Supongo que al conocerla desde hace tiempo, como en todos los idilios hay momentos de euforia y de bajón. Una música oída muchas veces genera la rutina de la sucesión esperada de notas que no te deja disfrutar de la melodía como la primera vez.

Es obvio que esta isla atrae sin conocerla; por su nombre legendario como ningún otro, por su pasado fantaseado en cuentos y poemas que no dejamos de imaginar o releer. Pero además es que su forma de huella de gigante torpe, o de paramecio demacrado, según la mires, abre el apetito de la fantasía. Saber lo que existe al fondo de una enorme bahía oculta por los requiebros de la tierra excita a cualquier navegante. Y lo que encuentras, cuando lo descubres, merece las penas de mil viajes.

Pero si hay algo que me gustaba de la Itaca que hace tiempo conocí era su concierto vespertino. La armonía polifónica era digna de oírse; entonado con solo dos notas y otras dos silabas, comenzaba en un punto lejano y se iba extendiendo por toda la ladera hasta llegar al puerto. Un lamento de His y Hos desacompasados, con contrapunto, entremezclados con algún staccato de hi-hi-hi que acababa en un pianísimo para resurgir otra vez en otra esquina de la gran bahía de Vathi. Llegaba el culmen final enloquecedor, cuando el estruendo de burros se hacía casi imposible, para caer en el silencio que daba paso a la noche. Me encantaba ese canto gregoriano de asnos rebeldes itacenses. En concreto había uno que lo ataban donde acababa el pueblo, cercano a una zapatería de pantuflas de cuadros, que gritaba como ninguno. A veces me atreví a acariciarle y él con los ojos bizcos rebuscaba entre mis bolsas, si las llevaba, y se quedaba quieto y paciente mientras que yo le decía unas palabras amables, aunque eran puros monólogos. Con el tiempo, la orquesta fue menguando y solo quedaba algún solista. El de la zapatería se esfumó y en su lugar apareció una moto. Y yo, no sé muy bien porque no me alcanza la empatía de ponerme a hablar con una moto, pero pasé de largo. Algo se rompió en mi corazón cuando la llegada a Vathi nunca volvió a ser acompañada de esa actuación musicovocal entrañable. La verdad es que en verano ya no se distinguirían bien los borricos cantores de los insultos poliglotas de los patrones de los barcos de recreo que amarran en el puerto, mientras el viento feroz del ocaso entorpece sus maniobras. Qué cantidad de bestiadas puedes llegar a oír en todos los idiomas en una tarde estival. Pero, ves, no me siento motivada a hablar con estos pero si con los otros; es curioso.

La segunda cosa que no tardaron en cerrar fue la discoteca. No es que yo sea bailonga y por eso me lamento, pero es que ésta me gustaba porque se llamaba como solo se puede llamar un tugurio de cortinas de terciopelo rojo: “El pulpo”. Tenía una bola redonda de espejitos que giraba, como gira el mundo, como girábamos nosotros, desbocados, dislocados, desmelenados, con bebidas y dientes fluorescentes, en un sitio donde nadie podía reconocerte. Bueno, con el tiempo esto último dejo de ser verdad y cuando aparecía acompañada de amigos fascinados con la bola y los chupitos de fósforo que servían en la barra, los chavales del pueblo se frotaban las manos y acudían en tropel ante la expectativa de un intercambio cultural con extranjeros/as. Un día ya no estaba; estaban construyendo un supermercado en su lugar. Está claro que no iban a estar esperándonos todo el año mirando la bola, pero sentí una punzada de dolor al distinguir los espejuelos desmembrados en un contenedor de desescombro.

He desarrollado una especie de alergia al cambio de los sitios donde me sentí a gusto alguna vez, una hipersensibilidad a que la modernidad y el turismo lleguen como una plaga exterminadora y arrasen con todo; e intento desafectarme de los lugares amados antes de que esto ocurra. A veces creo que me paso de profilaxis, pero es que no me gusta sufrir.  A Itaca, por suerte o por desgracia, he tenido que volver mil veces por motivos de trabajo y la verdad es que los amigos y conocidos que vas haciendo con el transcurso de los años te hacen ver las cosas de diferente forma, te agarran con lazos y te dicen que te dejes de hipocondrías y que no te alejes demasiado. Pero fundamentalmente sabía que si quería reconciliarme con ella tendría que venir fuera de temporada; bien acabado el verano; en otoño, en esa época en que todo comienza su letargo pero aún no ha alcanzado el sueño invernal.

Había encontrado una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando al puerto en un pequeño velero con los brazos abiertos y la emoción de la ansiada arribada en su cara. La instantánea, ya amarillenta, era de los años 50 y llamó mi atención por varios motivos. Primero porque era un griego que había cruzado el Atlántico norte a vela en una pequeña embarcación de 8 metros sin motor, lo que era un hito desconocido para mí, pero fundamentalmente porque el paisaje que aparecía tras sus brazos era exactamente igual al que yo contemplaba en el presente; las mismas montañas vacías. Sorprendente. Y yo una exagerada fatalista. El caso es que el épico viaje está relatado en un libro escrito por el mismo navegante, Sabbas Yeorgiu, y encabezado por la siguiente frase:
 «….εσύ που είχες την καλοσύνη & την υπομονή να διαβάσεις αυτό το βιβλίο, πήγαινε στη θάλασσα, αν δεν έχεις πάει ακόμη. Θα λυτρωθείς. Ανάμεσα ουρανού και θάλασσας το μυαλό σου θα λαμπικάρει. Θα νοιώσεις ελεύθερος. Πήγαινε…..»

“…tú que tienes la amabilidad y la paciencia de leer este libro, vete al mar, si no lo has hecho todavía. Te redimirás. Entre el cielo y el mar tu mente se depurará y te sentirás libre. Vete…

Desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y el libro es por el momento difícil de conseguir. Pero el dueño de la tienda donde encontré la fotografía desencadenante de mi curiosidad  me dijo que si le daba tiempo me lo fotocopiaría. Tiempo. Desde entonces cada vez que paso por Itaca me asomo a su establecimiento con la ilusión de que el tiempo haya sido suficiente. Pero esto es Grecia y como tal cualquier espera requiere de mucho estoicismo. Pasaron los meses con una letanía de:

– Lo siento, no he tenido un minuto. – Dijo.
– Vale- Dije.
– Mañana me pongo.-Dijo
– Estupendo.-Dije.
– ¿Podrías venir la semana que viene? -Dijo
– Sí, claro.- Dije
– Cuando acabe agosto lo tengo fijo.- Dijo
– Mira, en Octubre, antes de volver a España, cuando ya estés más libre, me pasaré por aquí y si quieres lo fotocopio yo misma.- Respondí ya como un ultimátum.
– Una idea excelente. En octubre.- Dijo.

Y volví en octubre pero estaba de vacaciones en Patrás. Esta vez no dijo nada pero me prometió por teléfono y por no sé cuántas cosas y ascendientes suyos que me lo enviaba por correo. Todavía miro el buzón con inocencia.

De todas formas, los días pasados en octubre en la isla, mientras localizaba a Mr Tiempo infinito, dejaron en mí la ternura de un amor recuperado. Al acabar el verano es como si recogieran el escenario de un teatrillo callejero  o las sillas de una procesión y todos regresaran a sus quehaceres comunes. Los aperitivos al sol, los cafés repletos durante los partidos, las salidas a pescar y las tertulias de plaza. Parecía increíble que unos días atrás solo hubiera navegantes rugidores de polos coloridos. Me senté a contemplar el sol sobre el agua inquieta y abrí los brazos emulando al individuo de la fotografía. Idéntica isla, idéntico paisaje al que vio ese hombre hace 65 años. Todo permanecía en su sitio. Alguien se acercó por detrás con sigilo.

– Hola Ana ¿Cuándo has llegado?
– ¡Vassilis! ¡Qué sorpresa! Llegué ayer desde el Egeo. ¿Y tú? ¿Cómo te va la vida?
– Muy bien, vengo de tocar la trompeta, vuelvo a ensayar con la banda ¿Nos vemos esta noche en la taberna?
– Hoy no, Vassilis, dale recuerdos a Harula. Hoy debemos comernos un pescado que cogimos ayer y si no se estropeará.
– Ay, ni hablar ¡Os lo cocino yo! ¿Cómo no vas a venir esta noche a mi taberna? Esta noche tú pones el pescado y al resto os invito yo para celebrar que ya ha pasado la vorágine.

Qué cosas tiene la vida. Según escribía esta entrada y ya a punto de presionar el botón de publicar, hace una hora, he recibido un correo de una editorial de Atenas, de las muchas a las que escribí, diciéndome que me mandan el libro. Así que ya tengo un interesante trabajo por delante.

ΙΘΑΚΗ – Στίχοι μουσική – ΝΙΚΟΣ ΠΑΠΑΚΩΣΤΑΣ 

Βροντά κι αστράφτει ο βοριάς
μέσα απ’ τα ξάρτια μου φυσάει λυσσασμένα.
Κι εγώ στη μέση αφρισμένου ωκεανού
για την Ιθάκη μου αρμενίζω απελπισμένα.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι
μέσα στου χρόνου το απέραντο κενό
μ’ ένα κουπί και με τρελό καραβοκύρη
τους Λαιστρυγόνες και τους Κύκλωπες να βρω.

Το δρόμο που `χω κάνει θα σου δείξω
 μήπως και βρεις κι εσύ το γυρισμό.
Από του Άτλαντα την άκρη ως την Αυλίδα
 κι από το νησί της Κίρκης ως εδώ.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι…



Itaka. Letra y música de Nikos Papakostas


Truena y relampaguea el viento del norte
entre mi jarcia sopla furioso
y yo en medio de un océano de espuma
hacia la Itaca mía navego desesperada

Para recomenzar un viaje interminable
dentro de un infinito vacío del tiempo
con un remo y un loco capitán
los Lestrigones y los Cíclopes encontrar.

El camino que he recorrido te lo mostraré
quizas encuentres tu el regreso
desde los confines del Atlas hasta la Aulide
y desde la isla de Circe hasta aquí.

Para recomenzar un viaje interminable…



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La luz y la pobreza

Por 2 octubre, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (19 Comentarios)

Cuando le preguntaban a Henry Miller sobre cuáles eran las cosas que le habían gustado más de Grecia, él respondía: la luz y la pobreza. La respuesta era sin duda sorprendente, incluso podía ser considerada por algunos cómo una insolencia o una originalidad del excéntrico escritor; olvidando que Miller no era un rico americano cuando visitó el país heleno para escribir su Coloso de Marusi. Pero a nada que se profundiza un poco en Grecia, si esto se comienza a percibir como una experiencia singular, la frase cobra todo su significado. La luz es incontestable; más que una visión clara es un estado vital, una auténtica conmoción al contemplar el mar, una ermita, un paisaje, un cielo infinito, que no sabes bien si la produce el viento furibundo y loco que azota la tierra y barre el aire hasta dejarlo limpio como un recién nacido o la fuerza romántica y planetaria que emerge de sus piedras, sus columnas, sus mitos y sus cuentos inolvidables para transportarnos al ensueño de una tierra todavía por estrenar. Y en cuanto a la pobreza, la gallardía de hacer memorable hasta el alimento o acontecimiento más sencillo; un racimo de uvas, un higo, unas almendras, un vaso de agua fresca, una pequeña conversación o la sombra de un árbol; como si fuera un encuentro iniciático con sus antiguos dioses y misterios, eso, lo empiezas a sentir cuando tienes la suerte de charlar un poco con la gente humilde de las pequeñas islas. En ese momento ya estarás deslumbrado, perdido y ciego.Venía yo reflexionando sobre lo anterior y haciéndolo extensivo al “pobre” paisaje de Astipalea, una isla roca, marrón, recortada, con un escenario uniforme hasta el aburrimiento y donde cualquier repliegue de su orografía que da lugar a la existencia de un vegetal constituye una feliz ocurrencia. Solo el rojizo de la tierra, el azul del mar y las espumas blancas de las olas chocando contra sus farallones; la hermosura de la nada, extendida por millas y millas de costa elevaban el ánimo hasta la alegría. Así que doblar el recodo y encontrar la Jora blanca te produce un susto cegador, te hace entornar los ojos y protegerlos con la mano para poder admirar sus contornos limpios, cúbicos, escalonados, con el castro en la cumbre y sus cúpulas azules, como fanales celestes. Siempre me pareció que esas bóvedas pintadas de añil, pequeños espejos esféricos donde reflejar el cielo, crean más sensación de infinito y eternidad que las enormes catedrales, sean del credo que sean; seguramente es el efecto deseado por su constructor.

 

Astipalea es eso, una isla vacía, una Jora luminosa y algún que otro grupo de casas aisladas y casi sin habitar. Marrón, blanco, azul, marrón blanco, azul. La luz y la pobreza. Pasear por sus caminos es flotar en un espacio ingrávido donde tus pies avanzan pero tus sentidos no notan la más mínima alteración, formar parte de un lienzo de un pintor exquisito que resolvió su obra con pocos colores, muchos matices y un resultado elegante.

Dejando el espíritu, colmado, y volviendo a las cosas prosaicas, del cuerpo mortal, es necesario puntualizar que a veces, la pobreza, obliga a tirar de imaginación culinaria porque no es fácil encontrar productos frescos en estas islas, al margen de las ubicuas berenjenas y los siempre presentes tomates. Ya habíamos intentado en una carnicería de la jora lo que parecía una solución brillante y ya largo tiempo deseada de ¡un cordero al horno! Pero el carnicero dijo que no quedaba ninguno y que había que esperar unos meses a que crecieran los recién paridos. Y con cierta cara de asco añadió que tenía chuletas congeladas, pero de Irlanda. Pues no señor, agradezco su sinceridad que le va a llevar a no vendernos nada, pero  de esos corderos sin nombre y sin balidos no queremos, seguiremos con nuestra dieta vegana obligatoria desde hace unas semanas.

Los días pasaron entre tomates y berenjenas, hasta Maltezana y un paseo; cuatro casas y dos apartamentos para turistas ya cerrados. Un corral destartalado entre paso y paso, con un cartel de “Se vende pollo, conejo, perdices y huevos”. Llamamos a la puerta de cartón. Llamamos con insistencia. Llamamos con tanta fuerza que unos vecinos salieron a ayudarnos y empezaron a vocear requiriendo a Yanis, al Yanis que estaba allí pero que era un poco sordo y andaría en el huerto. Pero al final salió una señora, la señora de Yanis.

– ¿Tienen conejo?

– No

– ¿Y pollo?

– Tampoco.

Dos perdices en sus jaulas miraban con un ojo desorbitado y el alma en vilo por si seguíamos con la retahíla de peticiones de acuerdo al cartel.

– Ya los hemos matado todos y ahora hay que esperar a que crezcan los nuevos. Solo tengo huevos, berenjenas y tomates.

Y entonces apareció Yianis, delgado como una caña y esos ojos rojos de conjuntivitis crónica de la gente que ha contemplado mucho el mar sin resguardarse. Su mirada era translucida y azul, como si se hubiera quedado teñida con el esmalte del salitre y de los vientos. Dijo que había sido marino. Ya lo sabíamos nada más verle. Recitó una sucesión de palabras y frases en español pícaro, mal acentuadas por el olvido y los años, mientras cerraba los parpados evocando grandes momentos de tropelías mozas.

Le compramos huevos y berenjenas, qué otra cosa se podría hacer a la espera de ver crecer los animales de esa isla donde no se les ocurría que valía la pena criar algunos más. Comenzamos a charlar. La típica cháchara informal de ¿Cómo es el invierno aquí? ¿Cómo van las cosas por España? Y ya cuando se fue caldeando les pregunté por las elecciones del siguiente domingo 20 de septiembre.

– ¿Qué queréis que os diga? Qué me importa un bledo. Nada va a mejorar la vida para nosotros si gana uno u otro. ¿Sabes qué? Qué siempre que vienen los comunistas queriendo cambiarlo todo, este país acaba en un lio.

– ¿Dónde están esos comunistas?- dije yo- ahora ya todos dicen y hacen lo mismo. Lo único es pensar que los antiguos partidos robaron como cacos y estos no… Todavía.

Yanis se enderezó de la silla donde estaba encorvado, abrió bien los ojos de mirada transparente que comenzaron a sonreír mucho antes que sus labios y mucho antes que una sonora carcajada atronase el corral y aterrorizara a las perdices.

– Y nosotros, también robábamos. Los pequeños robamos al estado y el estado nos roba a nosotros. Y ahora quieren birlar más, subiendo los impuestos, pues seguiremos como estábamos, sisando. Eso no lo entienden los del norte, ellos vienen aquí buscando la playa y el sol y no encuentran más que la playa y el sol; luego vuelven a sus lugares tristes y grises, donde viven como máquinas, trabajando días enteros para poder comprar cosas que no sirven para nada, para seguir viviendo en sus ciudades grises y sus casas grises, siempre anhelando el mar y el sol sin remedio. No lo saben, son bárbaros, viven como autómatas unas vidas obligadas y no despiertan jamás. Yo cuando despierto por la mañana me voy al café a charlar con los amigos y luego a pescar con la barca de mí primo. Hay otra vida pero a mí no me interesa- Y soltó otro estallido de risa.

Yo pensé en meter baza en su discurso primario y extrovertido de niño grande que dice exactamente lo que piensa, pero quizás era mejor dejar hablar a ese personaje que empezaba a asomar de las páginas de un libro de Kazantzakis. Tenía en sus ojos el reflejo de todos los mares del mundo. Abandoné por completo la idea de preguntarle por qué no criaban más animales en la isla si se les terminaban tan pronto. Supongo que la respuesta hubiera sido tan simple y tan obvia que me hubiera dado la risa a mí también: la luz y la pobreza.

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